moymib Moises M

El señor Rojas vive una vida normal hasta que un misterioso malestar la interrumpe.


Conto Para maiores de 18 apenas. © Derechos reservado

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El dolor de espalda

Cada mañana me levanto exactamente a las siete de la mañana a bañarme y enseguida preparo mi desayuno siempre de la misma manera. Comienzo por calentar agua en la tetera, para una taza de café. Nunca he tenido el ánimo ni el dinero para comprar una cafetera más profesional, así que me conformo con café comercial y el agua caliente proveniente de la tetera. Continúo por preparar un poco de fruta mixta, esta incluye papaya, melón, guayaba y piña, todo con granola. Para continuar, preparo el platillo fuerte, por así decirlo, que podía variar dependiendo de mi estado de ánimo. Siempre me sentaba en el mismo lugar de la solitaria mesa que reposa en mi comedor. Es una mesa de madera clara para cuatro personas, con sillas de madera oscura y cojines de tela clara que tienen un ligero hueco entre el respaldo de la silla y el asiento. El comedor es un lugar espacioso, pues se encuentra contiguo a la sala, o bueno, donde se supone debería haber una, pero tampoco me he molestado en adquirirla. Vivo solo y hace años que nadie ha pisado mi apartamento, entonces no veo la necesidad de sillones extras. Mis ventanas, al tener una vista panorámica hacen que el paisaje desde el décimo piso sea único. Entonces siempre me siento con mi único mantel y en la misma silla viendo hacia las venas de la ciudad donde me encuentro.

Recuerdo hubo un día lo suficientemente atareado para salir a mi trabajo directamente después de tomar mi baño. No pude preparar mi delicioso desayuno como de costumbre y sabía que pagaría las consecuencias más tarde por el hambre. Cuando hube acabado ya eran las diez de la noche, así que cuando salí de la oficina ya había oscurecido y mi coche estaba solo, acompañado por otro par de coches que se separaban del mío por algunos lugares. Abrí la puerta y me senté en el ya amoldado asiento de tela. Como de costumbre, cerré las puertas, me coloqué el cinturón de seguridad y prendí el coche para dirigirme a casa. De camino me detuve a comprar comida china para la cena. Al bajarme del coche note una ligera molestia en mi espalda baja, aproximadamente donde se encuentra el coxis. Pero, a decir verdad, no le di importancia pues todo el día había estado sentado y supuse que era normal.

Llegué a mi hogar, subí el elevador como de costumbre al décimo piso y entré directamente a mi apartamento. Serví mi cena inmediatamente y me senté en mi silla. La cena parecía tener un buen sabor para mi gusto y por el hambre me pareció el manjar más delicioso que había ingerido en el mes. Aun así, no pude terminarla, así que dejé un cuarto de la comida en un molde de plástico, tapado en el refrigerador. Después de haber guardado los sobrantes de mi cena, me dirigí a asearme como de costumbre antes de dormir, aunque ya era mucho más tarde de lo que acostumbraba. Me lavé los dientes y la cara, pero al momento de comenzar a vestirme de pijama sentí otra punzada de terrible dolor en la espalda baja. El dolor hizo que me irguiera y apretara los músculos de la cara cerrando los ojos y apretando mi puño con fuerza. Respiré cuatro veces en ocho tiempos para poder relajarme lo más posible. Conseguí apaciguar mi cuerpo. “Solo ha sido un día pesado de trabajo” me dije a mi mismo mientras abría lentamente los ojos para mirarme en el espejo. Observe como mi rostro lucía cansado, con mis ojos perdidos a causa del sueño y rodeados de una sombra morada, mis labios secos y mi barba a medio crecer me hicieron ver una imagen de alguien ajeno a mí. Aquella imagen me desconcertó e incluso me hizo sentir como si un extraño estuviera viendo a través de mí. Durante unos minutos me costó reconocer la imagen que se posó delante de mí, aunque terminé por aceptar que era yo. Me terminé de vestir como pude y enseguida me dirigía a recostarme al fin. Conciliar el sueño no fue un problema, pues me apliqué un poco de crema para dolor muscular en la espalda baja y bebí un par de pastillas desinflamatorias.

Amanecí en casi exactamente la misma posición en la que recuerdo haberme dormido, lo que era raro pues normalmente durante la noche, me movía demasiado y por ello había comprado una cama King. Mi alarma continúo sonando y no pude mas que observar el techo durante unos minutos mientras aquel molesto sonido continuaba. De alguna manera lo toleré. Alcancé la alarma con mi brazo derecho y la apagué. Al momento de haber extendido mi brazo sentí algo irregular con el movimiento de mi cuerpo, una ligera rigidez desde mi espina. Retraje mi brazo para comenzar a levantarme. Me gire a la derecha lo suficiente para poder recargar mi antebrazo derecho y mi mano izquierda en la cama para así darme el apoyo necesario y lograr levantarme. Ahí fue cuando volví a sentir el inminente dolor. Sentí mi espalda baja como si estuviera formada por cristal. Mientras me giraba, sentí el roce de mis vertebras, y al sentirlo, solté un sonido involuntario de dolor. No pude sentarme, pero el dolor fue tanto que me aventé hacia delante y caí. No sentí mis piernas y mis brazos estaban muy débiles para poder recargarlos, así que caí directamente con la cara en el suelo. Mi nariz había comenzado a sangrar y de mis ojos brotaban lagrimas por el dolor que emanaba de mi nariz. Empecé a respirar por la boca.

Espere unos segundos a sentir fuerza en mis brazos de nuevo. Recargué ambas palmas en el suelo y comencé a levantarme con una semi lagartija. El dolor de espalda había disminuido considerablemente, tanto que me era difícil distinguir si aún se encontraba ahí. Me levanté y me dirigí al baño de mi cuarto. El lavabo era blanco, pero al posarme sobre él, comenzó a tener un color rojo y desabrido por la dilución de sangre y agua. Agarré un pedacito de papel higiénico y lo hice rollito para poder meterlo en mi fosa nasal derecha, que era la que más sangraba. Sentí unas repentinas ganas de volver el estómago, y sin poder controlarlo, mi boca involuntariamente se abrió; de ella salió un líquido amarillo verdoso, lo que duro al menos veinte segundos o eso me pareció a mí. Creí que había terminado, pero inmediatamente después de haber respirado continúe vomitando y el líquido amarillo se convirtió a color café. Sentía un ardor terrible en mi estómago y a su vez un vacío inexplicable, como si no hubiera comido en un día entero. Mis ojos lloraban, mi nariz sangraba y sentía un fétido aroma subiendo desde mi estómago hasta mi boca. Estaba en shock. Recargado en el asiento del baño consideré que la comida del día anterior me había afectado. No estaba acostumbrado a comer fuera de casa y tampoco a no desayunar. Al mismo tiempo, pensé que mi dolor de espalda era consecuencia de mi largo día de trabajo. Recobré conciencia cuando mi alarma comenzó a sonar de nuevo, “¿Por qué?” me pregunté, pues en mi memoria, la había apagado.

Tomé aire y fuerza para moverme a donde mi reloj se encontraba, pero cuando llegué no había sonido proveniente de él. El sonido persistía, pero provenía de mi teléfono. Fruncí el ceño y sentí como mi corazón comenzó a golpear mi pecho de una manera anormal. En mi vida había escuchado el sonido de mi reloj en alguna de las opciones de mi celular y nunca me habría molestado en grabar la melodía. Abrí el cajón donde guardaba mi celular durante la noche. Las gotas de sangre de mi nariz habían disminuido, pero aún brotaban y una de ellas cayó entre mi mano y la manija del cajón. Jale la manija con mas esfuerzo de lo habitual. Ahí estaba, perfectamente colocado en el centro del cajón. Un cajón completamente vacío. “¿Qué carajos? ¿Dónde esta todo?” dije en un murmullo casi inaudible. El teléfono comenzó vibrando, seguido del sonido de mí reloj de mesa y finalmente una imagen se mostró en la pantalla. Era una alarma que de asunto tenía las siguientes palabras: “Vive en ti”. A penas vi el mensaje y dejé caer el teléfono en el cajón. La pantalla se estrelló y dejó de sonar.

En pijama, con manchas de sangre en ella y en la boca, hediondo y sucio por el vómito me encaminé al elevador. De camino tomé las llaves de mi auto de la pared. En la pared había cuadros de fotografías de árboles y un llavero postrado unos centímetros antes de la puerta del elevador. Oprimí el botón repetidas veces, quizás de esa manera subiría o bajaría más rápido de donde se encontrase. Fue ahí cuando llego la punzada de nuevo. Sin más, mis piernas se vencieron. La puerta del elevador justo se abrió y para mi suerte el interior se encontraba completamente vacío. Esta vez logré reaccionar mejor y pude caer en mi costado derecho, junto con mi antebrazo derecho. Con ese mismo antebrazo y con un poco de la ayuda de mi mano izquierda me arrastré completamente dentro de la cámara del elevador. Comencé a llorar de la desesperación y con la poca fuerza que tenía golpeé el suelo con mi mano izquierda. A lo que inmediatamente llevé mi mano derecha a mi espalda baja. Lo que sentí me hizo querer volver el estómago una vez más, pero ya no había nada que pudiera vomitar, así que, de mí, solo salieron sonidos. Con la fuerza de mi brazo derecho me alcé lo suficiente y con mi mano izquierda logré alcanzar a duras penas el botón del tercer estacionamiento, que era donde se encontraba mi automóvil.

La puerta del elevador se abrió y no tuve más remedio que arrastrarme fuera del elevador lo más rápido que pude. Una vez fuera de la cámara, me postré boca arriba sobre el concreto frío que había debajo de mí. Respirando agitadamente llevé ambas manos a mi espalda. Comencé a sentir una bifurcación en mi espalda baja que seguía hasta aproximadamente mi omóplato derecho donde terminaba bruscamente y sentía solo un ligero relieve, similar a donde comienzan las cervicales. Miré los botones del elevador mientras respiraba agitado, después mi mirada se posó en las puertas, esperando a que alguien apareciese y me ayudara a llegar al hospital. Pero nadie llegó. Así que tuve que intentar pararme de nuevo. Sentía mis piernas como gelatina y controlarlas fue la tarea más difícil que yo recuerdo haber tenido.

Mi coche no se encontraba muy lejos de las puertas del elevador, si acaso un par de metros. Un par de metros que recorrí con esfuerzo anormal. A tropezones y arrastres logré acercarme lo suficiente a mi automóvil. Cuando estuve cerca de llegar, mis piernas colapsaron una vez más y conseguí agarrarme del espejo lateral del lado del conductor. Poco a poco fui descendiendo al suelo, donde me recosté una vez más. Miraba la perilla con suma frustración. Mis manos sudaban y de mis ojos emanaban lágrimas de dolor y desesperanza. Inhalé. De un solo movimiento apoyado de mi antebrazo izquierdo y de la fuerza que me restaba en el abdomen, logré llegar a la manija con mi mano derecha. De ella me colgué para poder abrirla. Tuve éxito, la puerta estaba abierta y lo siguiente que necesitaba hacer era arrastrarme al asiento del conductor para emprender mi camino al hospital.

Al momento en el que intenté subirme a rastras al asiento del conductor, vi la pequeña punta de una aguja incrustada en la unión del respaldo y el asiento. Sentí un frío recorrer todo mi cuerpo, comenzó desde mi pecho y de ahí se extendía a mis extremidades. Con forme ese frío se fue extendiendo, mi cuerpo se fue paralizando. De mis ojos habían dejado de emanar lágrimas y no sentí el pestañar de los mismos durante, a mi parecer, horas. Mi primer instinto fue jalar la aguja para sacarla del hueco en el que se encontraba, pero algo al otro lado del asiento me lo impedía. Por debajo del mismo metí mi mano para sentir la obstrucción de la aguja, pero en cambio encontré un gran recipiente cilíndrico. Mi mano continuó la inspección de tal objeto hasta que encontró la base de este. Mis dientes vibraban, mi mano soltó el objeto y cuando la retraje no podía controlar su temblar. La miré con detenimiento hasta que cayeron dos grandes gotas de sudor en la uña de mi dedo pulgar. Cerré el puño intentando controlar el temblor, pero fracasé, me fue imposible controlar mi cuerpo en ese momento. Intenté gritar para que alguien acudiera a mi auxilio, pero de mí no podía salir sonido alguno. Mis labios secos y mi garganta congelada me impidieron gritar por ayuda. “¿En qué maldito momento había sentido el piquete?” Peor aún, “¿Por qué mierda no había sentido el líquido correr?” pensé con un nudo en mi garganta. Con mi mano izquierda bajé la palanca inferior del asiento y con la derecha lo empujé lo más que pude desde mi posición en el suelo para poder quitar la aguja y evitar sentarme de nuevo en ella.

Ante mí, se reveló el objeto cilíndrico antes explorado por mi mano. Era un tubo de aproximadamente un litro de capacidad, conectado al pivote y una aguja del tamaño de mi dedo anular, el émbolo era de metal y era lo que había sentido al explorarlo anteriormente. Frustrado y confundido pensé “Es imposible, de ninguna manera no pude haber sentido ESO entrar en mi cuerpo”. Saqué de ahí como pude la gran jeringa. En mi mano, vi el residuo que quedaba en el tubo. Era negro y aparentemente muy denso y viscoso, pues al darle un medio giro para poder observarlo mejor, el líquido permaneció alrededor de cinco segundos unido antes de que una gota se desprendiera y cayera al otro lado del tubo. Enseguida lo aventé a mi derecha lo más lejos que pude. Ahora sabía que alguien me había drogado. De alguna manera se había metido en mi auto y había colocado la gran jeringa ahí. Eso explicaría mi repentino dolor de espalda y mi vomito severo. Me detuve un segundo. Eso también tendría que significar que aquella persona hurgó en mi apartamento mientras yo dormía. Removió todos mis objetos de valor que se encontraban en el cajón y había programado la alarma en mi celular para que sonara.

Mi siguiente reacción fue tratar de mirarme la espalda en el reflejo de la puerta del pasajero que aún continuaba cerrada. Desesperado y temblando, me retiré la playera de mi pijama sangrada y llena de vómito. Lo que podía ver en el pobre reflejo de la puerta del auto eran algunas de mis vertebras marcadas de una manera anormal, y a su lado, la bifurcación que anteriormente había sentido. Vi como la punta pegada a mi omóplato se movió a la izquierda hasta casi sobre mí espina dorsal. Sabía que necesitaba ir al hospital lo antes posible. Debí haber hecho algún movimiento demasiado brusco al regresar mi cuello a su lugar.

Esta vez el dolor no fue solo en la espalda baja. Sentí una tajada desde mi coxis recargado en el pavimento, hasta la mitad de mi omóplato derecho. Aullé en agonía. El dolor fue agudo, similar al de un cúter, pero este cúter estaba ardiendo. El dolor hizo que me volteara y me tumbara en el suelo. Caí con mi hombro izquierdo de primera instancia y luego mi cara se volvió a pegar con el suelo. Mi nariz comenzó a sangrar de nuevo, pero de una manera mucho más intensa que anteriormente. Sentía como recorría desde mis fosas hasta mi mentón el chorro de sangre que emanaba de mi nariz. El dolor me hizo gritar como nunca, “NOOOO” gritaba mientras sollozaba.

El siguiente golpe de dolor vino cuando después de la tajada sentí un cuerpo. Algo, ajeno a mí, intentaba abrirse camino al exterior. Con mis manos busqué en mi espalda el agujero por donde el cuerpo desconocido pretendía salir. De una manera brusca y rápida comencé explorando con las yemas de mis dedos el relieve que había a lo largo de mi dorso. Sentía un líquido húmedo y ligeramente caliente en mis manos, asumí era sangre, pero no me dispuse a confirmarlo. Mis manos enseguida comenzaron a sentir la herida que se había formado, y fueron subiendo hasta que mis codos no pudieron doblarse y extenderse más. En ese punto, pude distinguir un agujero justo antes de mi omóplato, con la punta de algo similar a una aguja brotando de ahí.

Sin pensarlo más, mis manos volvieron casi de manera inmediata junto a mí. Me paralizó durante unos segundos el comprobar que aquel líquido que había sentido era una mezcla de sangre y el líquido que había en la jeringa. Tuve que reaccionar más rápido y comencé a arrastrarme de nuevo hacia el asiento del conductor. A los dos movimientos, dejé de sentir mi brazo derecho. Fue un golpe de dolor insoportable. Sentí mi omóplato partiéndose a la mitad y el dolor fue tanto que mis esfínteres no pudieron contener nada más. Sentía que me desvanecía y de mi boca lo más que pudo salir fue saliva, no tenía fuerza para poder mantener los líquidos, y sólidos en su defecto, en su lugar. Comenzaba a entrecerrar mis ojos y mi cuerpo tenía espasmos incontrolables.

Lo último que recuerdo haber visto fue una luz blanca muy intensa entrar al estacionamiento, brillando sobre una silueta de un par de patas arrastrando un pesado cuerpo ovalado que a su extremo poseía una cola con una punta similar a la de un gancho.

-Después de eso, no recuerdo nada en absoluto, debí haber quedado inconsciente. El dolor era demasiado – el señor Rojas había terminado su relato al policía encargado del cuestionamiento para la investigación de su agresión.

-Fue un milagro que su vecino lo encontrara aún con vida y pudiera haberlo traído a tiempo a emergencias – dijo el oficial al mando. Su voz era áspera, una voz después de una vida consumiendo cigarros.

-Aún sigo sin sentir mi brazo derecho – el Señor Rojas comentó al observar que de su costado derecho lo único que se podía apreciar era un enjundioso vendaje que le habían colocado tras la cirugía.

-No hubo mucho más que hacer, a penas pudimos salvar su vida – dijo un doctor que se encontraba en la habitación. Su voz, al contrario de la del policía, sonaba más tersa y joven. – No pudimos rescatar su brazo, se había separado casi completamente de usted cuando habían llegado aquí.

-Ya veo – hubo unos segundos de silencio en el cuarto, dejando así que el señor Rojas pudiera procesar lo mejor que pudo la información. -Entonces, ¿hoy es el primer día que despierto en cuánto tiempo? - consternado, el señor Rojas preguntó de nuevo la información, a pesar de que el doctor ya le había comentado previamente. El shock había sido tal, que escucharlo una sola vez no había sido suficiente para procesarlo de una manera óptima.

-Como ya le había comentado, han pasado dos semanas desde que fue internado en esta institución – con una voz amable, suave y lenta, el doctor le reitero al señor Rojas de su situación.

-Pero no tengo los recursos para poder pagar mi estancia – dijo el señor Rojas viendo directamente a los ojos al doctor. Sus ojos comenzaban a llenarse de agua.

-No se preocupe, su doctor se comprometió a apoyarlo en lo que pudiera. En fin, con esta información será más que suficiente por ahora para poder comenzar la búsqueda de su agresor señor Rojas – dijo el oficial tajante, apresurado por irse.

-Gracias oficial, ¿me contactarán después? – el señor Rojas desvió la mirada del doctor y se concentró ahora en el rostro del policía.

- Nosotros le mantendremos informado, hasta luego – dijo por último antes de salir de la habitación. Enseguida, la puerta se cerró.

- Doctor, ¿en cuánto tiempo podré salir de aquí? Como ya le he dicho, no puedo continuar pagando por esto – volviendo su mirada al doctor, el señor Rojas le preguntó con angustia.

-Usted por eso no se preocupe, yo cuidare bien de usted – con una sonrisa de oreja a oreja y mirando fríamente al señor Rojas, el doctor comentó e hizo una breve pausa. - Por cierto, ¿Cómo fue? – preguntó al final.

- ¿Mi accidente? – confundido, el señor Rojas le preguntó el doctor, puesto que ya había contado todo lo que el recordaba había pasado. Había contado como su vida era bastante común antes del incidente y algún día sin más, fue atacado por alguien. Con su boca a medio abrir, reconoció la voz de alguna parte, pero no podía recordar de dónde. Dentro, el señor Rojas comenzó a sentir un vacío. Su conciencia, por así decirlo, le comenzó a advertir algo de aquel que se hacía llamar su doctor. Una inquietud de pronto lo abordó. De alguna manera el haber reconocido su voz, hizo que el señor Rojas sintiera nauseas tan intensas como aquella mañana. Con su mano izquierda apretó la sábana que lo cubría. Sintió como el tubo intravenoso que se encontraba en su brazo izquierdo fue apretado por su musculo tenso. Comenzó a sentir un bigote de sudor y sus ojos miraban fijamente la boca del doctor.

-No, cuando él salió – dijo el doctor con una sonrisa que de primera instancia parecía amigable y noble, pero conforme más fuera observada, más se sentía la frialdad de esta. Sus ojos parecían ver al señor Rojas, pero en realidad veían a través de él. Como si buscara algo más en su interior. En su mirada se podía observar como para él, el señor Rojas no era más que un caparazón.

- ¿Él? – alzando ambas cejas y de un solo suspiro preguntó el señor Rojas. Sintió que un gélido frío lo recorría desde la tensión de sus sienes hasta su cadera. Su mano empapada en sudor apretó con más fuerza aún la sábana.

- Sí, aquel que habitaba – mostrando sus amarillos dientes el doctor enunciaba las palabras.

- ¿En mí? – interrumpió el señor Rojas antes de que el doctor pudiera terminar la oración.

16 de Junho de 2020 às 00:37 0 Denunciar Insira Seguir história
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Fim

Conheça o autor

Moises M ¡Hola! Bienvenido a mi perfil. Tengo 21 años. Te parecerá que por ahora mi perfil de escritor no esta muy lleno, pero ¡prometo llenarlo más! Siempre he sido un fanático del terror, aunque también disfruto de géneros diferentes como el romance, ciencia ficción, fantasía y drama. Siempre aceptaré criticas constructivas. ¡Espero disfrutes mucho de mis historias! Si tienes cualquier duda o comentario también puedes contactarme en mi sitio web. :)

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