forbit M. Forbit

La bendición de los dioses conlleva salud, buena fortuna, prosperidad y gloria.... Otabek amaba a un dios, nada sorprendente, pues amar a los dioses, venerarlos, respetarlos es la condición de un mortal. Ser amado por un dios, en cambio, es un privilegio; uno que puede llevar felicidad eterna, y también despertar celos divinos. Las Moiras nos salven de encender la ira de los dioses.... . . . ¡Feliz Cumpleaños Yuri Plisetsky! La portada es hermosa y esta hecha por la talentosísima Leiyedeth que todo lo que toca lo hace oro. Obvio que los personajes no me pertenecen, son de Mappa, yo solo hice esta historia.


Fanfiction Anime/Mangá Para maiores de 18 apenas.

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Dioses Enamorados

No se cansaba de observarlo, lo descubrió cuando el humano era solo un niño un pequeño intrépido que apenas aprendía el oficio de pescador. Miraba todo a su alrededor con tanta seriedad y concentración, sus ojos se perdían en la inmensidad del mar, siempre con curiosidad, nunca con miedo, era la criatura humana más adorable que había visto, y el era un dios, cientos de generaciones habían pasado ante sus ojos.

Bajo la atenta mirada del dios del mar, Otabek se volvió una adolescente taciturno y trabajador, tenía el cuerpo menudo y la piel tostada, la melena negra y larga que caía por sus hombros enmarando un rostro de facciones varoniles, fuerte mandíbula y labios hermosos agrietados por la sal de la brisa marina.

El dios del mar se enamoró.

Por supuesto que no fue un amor a primera vista, era demasiado regio para creer en algo tan mortal como eso.

Comenzó con curiosidad.

Así es como comienzan las buenas historias.

Al principio se conformo con contemplarlo desde el alba hasta el atardecer, lo observaba salir cada mañana en su vieja barca a tirar la redes, le complacía escuchar sus oraciones, recibía gustoso las modestas ofrendas que dejaba en su templo, sabía que siempre apartaba la mejor de las piezas en devoción a él y vanidoso como era lo disfrutaba, tanto que no podía apartar sus diván mirada del humano, de su devota actitud y su frágil mortalidad.

El dios del mar lo bendijo con buena pesca, gloriosos y gordos peces de colores, grandes y pesados inundaban sus redes sin ningún esfuerzo de su parte, la deidad se aseguró de que en su mesa no faltase nunca el pan y que sus barcas nunca estuviesen vacías Yura, -como lo conocían las criaturas del mar- se había prendado a su humano.

——

Era un juego.

Lo normal entre dioses.

Jamás se hubiera prestado a ese juego si las nereidas no le hubieran implantado esa idea. Por supuesto tenía que ser Mila, a final de cuentas era la más alborotadora de todas ellas.

Mila gozaba especialmente de su compañía porque le encantaba revolotear a su alrededor, toquetearle las largas hebras doradas y hacerle peinados extravagantes, siempre le decía que se suponía ellas eran lo más hermoso de los mares, pero que él lucía mucho más hermoso que todas ellas.

Yuri se irritaba ante sus palabras, no era “hermoso” era majestuoso, era el rey del mar, quien levantaba furiosas olas, grandes vientos, aquel que hundía barcos y ciudades enteras si le apetecía, era temperamental, caprichoso, egocéntrico, digno primogénito del padre de todos.

Las nereidas en cambio eran volátiles, caprichosas y risueñas, todo era un juego para ellas, se mezclaban entre los humanos ayudándolos, reconfortándolos, embriagándolos con su belleza para arrastrarlos a su cama hasta quedar satisfechas.

—Tu padre lo hace todo el tiempo—. Apuntó Mila con una risa juguetona.

Yuri una vez más no se inmuto, era un dios, uno de los pocos -quizá el único- que no se apareaba con humanos, era demasiado altivo e inalcanzable para ello.

—Solo así lo sacarás de tu sistema— Insistió la nereida. —Solo así dejaras de contemplarlo como si fuera un tesoro, solo es un humano Yuri, si lo quieres, tómalo—.

Fueron estas últimas palabras las que convencieron a la deidad. Era verdad, el era un dios, podía simplemente tomar lo que deseara. ¿Qué consecuencias habría para él? ¿Quién osaría refutar su elección?

Continuo observándolo embelesado, los días se convirtieron en semanas, las semanas rápidamente dieron paso a largos meses, Otabek dejó a un lado la adolescencia su cuerpo quemado por el sol, sus manos fuertes y callosas, las manos de un hombre acostumbrado al trabajo duro, su espalda se ensancho sus musculosos brazos acostumbrados a levantar peso, el cabello antaño largo y espeso ahora era una mata negra cortada al ras en tijeras descuidados.

Yuri lo encontraba más que interesante, apetecible. Ante sus ojos, Otabek podía competir con cualquier humano de los cantos épicos, y en todos esos años, el humilde pescador jamás dejo de apartar su mirada del extenso mar, siempre dando las mejores ofrendas, dedicándola a él, el dios del mar su primera oración al despertar y su último pensamiento antes de dormir, ante tanta lealtad Yuri correspondía con bendiciones y éxito en su empresa.

El sol aun no asomaba en el horizonte cuando Otabek subió a la embarcación, era una nave pequeña que podía manejar solo, pero trabajaba duro, gastaba poco, llevaba una vida modesta con el sueño de hacerse de una embarcación más grande, una que le permitiese prosperar más y así aspirar a tener una buena esposa y una amplia descendencia.

La brisa marina lo acarició produciendo un cosquilleo en la piel, cuando su modesta nave zarpó el humano dijo sus plegarias encomendándose al dios de las bastas aguas. El cielo despejado y brillante, la brisa refrescante ondeaba su túnica al viento, como cada día el mar lo bendecía de nuevo, los peces se arremolinaban bajo su barca rogando por saltar a sus redes; el viento arrastró su barca lejos de la orilla, un paseo sutil, tanto que el experimentado pescador no lo sintió ocupado como estaba en desenrollar las redes y llenar las cestas con su valiosa carga.

El viento se detuvo repentinamente y con la ausencia de este, el mar se mantuvo en calma, sin oleajes, una balsa de agua casi sin movimiento0, transparente y pura, sin una sola ondulación que rompiese la tranquila superficie. El implacable sol golpeo el rostro moreno del pescador con fuerza y sin piedad, el silencio se apodero de todo a su alrededor, una anti natural calma se adueño del océano, las gaviotas no volaban, los peces no saltaban, el mar no rugía ni el viento soplaba.

Otabek invocó al dios de los mares, pidió por piedad y clemencia, suplicó su ayuda para volver a casa, derramo el pco vino que le quedaba en honor al mar, pero por primera vez entonos sus años no recibió respuesta, la tarde pasó con lentitud, el constante sol provocó un terrible dolor de cabeza en el humano, improvisó un refugio bajo sus telas sin darse cuenta, el sopor lo inundo arrastrándolo lentamente al mundo de los sueños.

——

Despertó ante la sensación de una caricia fría, con la visión aún borrosa y nublada por el sueño, sobre él un peso reconfortante, ligero, casi inexistente, una presencia casi efímera, una cortina de oro caía sobre su rostro provocándole agradables cosquillas. Otabek abrió los ojos con dificultad, sentía las extremidades pesadas tanto como los párpados que se negaban a abrirse.

Parpadeó un par de veces intentando ahuyentar las marañas del sueño en su mente, agitó la cabeza y sintió una reconfortante caricia helada en su caliente piel, el toque era refrescante, calmaba la irritación provocada por la exposición al sol, cuando consiguió abrir los ojos las estrellas brillaban en el cielo y la visión con la que creyó soñar era una realidad, el ser sentado sobre su cuerpo tenía los ojos verdes, un verde tan intenso con las aguas cristalinas de las que hablaban marineros, un verde irreal que casi se transformaba en azul, la piel blanca con la espuma de las olas al romper contra las rocas, era delicado, hermoso, tan hermoso que dolía.

Otabek se sintió sobrecogido ate tanta belleza, la sensación abruman de estar contemplando una deidad, un nudo se instalo en su garganta, una opresión en el pecho ante tata belleza y magnificencia, el ser sobre él parecía brillar con luz propia, arrancándole a la luna su brillo, era algo de otro mundo, Otabek no dudó ni un segundo que lo que tenía frente a él era un dios, “su” dios, aquel al que estuvo suplicando por ayuda y que ahora se hacía presente.

Movió su mano despacio, casi con temor, no es cosa de todos los días que un mortal puede poner sus manos sobre una divinidad, cuando sus dedos gruesos y callosos, gastados por el trabajo constate rozaron la delicada piel de la divinidad, esta sonrió. Otabek nunca había sentido tan mortal, frágil y vulnerable como en esos momentos, pero tampoco le importaba, ese era el dios que lo había protegido siempre, a quien había venerado desde que era un crío y era mucho más hermoso que cualquier escultura, pintura o talla que había visto en su representación.

El dios no habló, no pronuncio palabra alguna, se limito a acariciarlo con sus frías humedad y suaves manos, dejando un rastro cosquilleaste en su piel, y él, se quedo ahí tendido a merced de la divinidad que no quitaba su mirada de él, era hasta cierto punto angustiante, no vio al divino ser parpadear ni una sola vez, cuando éste se acerco a sus labios y lo beso, por un instante Otabek murió y renació, una sensación apabullante, los labios suaves abriéndose paso en su propia agrietada boca, sintió su lengua suave acariciando la propia, y se dejó llevar.

El beso era suave y refrescante, de laguna manera alivió la sed que no sabía que sentía, la suave refrescante piel de la deidad niveló su temperatura sus manos encontraron el camino bajo la túnica de su dios, por mucha forma humana que este adquiriera, el tacto era sobrenatural, se sentía como el mar, como el musgo, aterciopelado, fresco, divino, adictivo, acaricio la espalda suave, blanca y esbelta de la deidad, se regodeo en los sonidos que salían de su boca, el beso era eterno como el mismo dios.

La deidad se entregó al humano, su cuerpo se relajo perdido en el éxtasis de la boca humana quien se envalentonó girando su cuerpo para atrapar a la deidad bajo él, Otabek lo observó unos segundos antes de volver a atacar su boca, fue consciente que sus ojos jamás contemplarían nada igual, la deidad lo observaba maravillado, con los labios entre abiertos e hinchados por los besos, la respiración agitada y el cabello desparramado sobre las envejecidas tablas de su barca.

Otabek lo adoró.

Besó cada parte de su salida piel, se grabo cada forma de esa piel en la punta de sus dedos convencido de que era una alucinación, no le importó encontrarse con que la visión era un hombre como él ¿podía parar siquiera? ¿podía pensar? ¿conservaba acaso la voluntad?.

Los labios de la deidad eran dulces, igual que su aroma, los sonidos que salían de su boca lo embriagaban, lo envolvían; Otabek preguntó su nombre al dios del mar quien lo susurró a su oido, como una caricia marina, Yuri era adictivo, llenaba sus sentidos, calmaba su hambre y su sed, llenaba sus sentidos al punto en que no había nada más que él.

No supo cuanto tiempo había pasado desde que sus labios se juntaron, a veces lo despertaba la caricia de la brisa, del rubio rodeabas cuello con sus pálidos brazos, no lo había escuchado hablar de nuevo, pero no era importante, sus pisos se llenaban con sus besos, con su propio nombre lleno de éxtasis que resonaban la estancia. Había abandonado su barca, había abandonado su pesca, las redes, el pueblo, y nada parecía importar, había olvidado lo que era el hambre, la sed, el calor y hasta el cansancio, su existencia se reducía a amarlo, adorarlo, contemplarlo.

En ocasiones escuchaba risas lejanas, ajenas, pero nunca tuvo curiosidad, no deseaba salir de esa estancia donde el dios del mar le hacía compañía, llenaba su copa como si Otabek, ese simple mortal fuera divino, la deidad lo procuraba, lo acompañaba, limpiaba su cuerpo con veneración y cuidado, el humano era feliz, en esa constante ensoñación, en esa borrosa realidad donde nada existía y nada era importante.

Las manos de Yuri hacían diseños imaginarios sobre la piel del pescador, disfrutaban del silencio y Otabek acariciaba la espalda baja del rubio con la punta de los dedos, fue Yuri quien rompió el silencio, hablándole de dioses, contándole anécdotas que lo emocionaban y estremecían al mismo tiempo. El humano también lo contó sobre él, las cosas que amaba y disfrutaba, sus pasatiempos y sueños, sus miedos y esperanzas. Yuri le mostró el lugar, poniendo cada rincón de su hogar a su disposición, le presentó a cada una de las nereidas complaciéndose en la natural amistad que creció entre Mila y el humano, sabiendo que, si el tuviese que abandonar el palacio Mila procuraría que su humano estuviese siempre atendido y servido.

Yuri le mostró al humano el poder de las palabras, le enseño a leer, a entender las lenguas que hasta ese momento le eran desconocidas, le enseño la importancia de las palabras, la belleza en las artes, la delicadeza en el trabajo. Otabek tejía redes con maestría y Mila, percatándose de ese talento le enseño a tejer.

Los días pasaban tranquilos en compañía de Yuri y las nereidas, en ocasiones el dios del mar se ausentaba por días y a veces por semanas, volviendo siempre ansioso a sus brazos, entonces, Otabek lo recibía gustoso, lo llenaba de besos hambrientos y posesivos, lo encerraba en la habitación por lo que parecían eternidades, negándose a soltarlo, se separarse de él, se quedaban ahí bebiendo uno del otro consumiendo sus cuerpos fusionándose en uno, hasta que las ansias se calmaban y podían abrir las puertas para disfrutar de su compañía ya con ropa puesta.

—-

Mila abrazaba a Yuri procurándole consuelo, los dos sabían que el día llegaría en que los dioses pusieran los ojos en él y se percataran de lo que estaba haciendo, la inmortalidad no era para los humanos, los palacios de los dioses no deberían ser jamás un refugio para los de su especie; Yuri sabía que podía conservarlo, había sido una locura desde el principio, Mila le había dicho “acuéstate con él” no “tráelo a tu vida y quédatelo”, pero la nereida no le recriminaba nada, le procuraba consuelo acariciando su dorada cabellera.

—Es lo mejor Yuri— Susurraba a su oído la pelirroja. Ambos sabían lo crueles que podían ser los dioses, era conscientes que, en el momento en que descubrieran la presencia del humano, todo se convertiría en un juego de poder, y en esa lucha, el único perjudicado sería Beka, -como Yuri lo llamaba en la intimidad- lo había presenciado tantas veces, luchas de egos, ciudades enteras arrasadas por acontecimientos insignificantes, humanos castigados solo por despertar los celos entre dioses, no lo permitiría, jamás permitiría que Beka quedara en el fuego cruzado entre divinidades.

Otabek notó que algo ocurría en el instante mismo en que Yuri puso un pie en la habitación, abrió la boca para preguntarle, pero el rubio cayó sobre él besando incansablemente, no pudo preguntarle porque lloraba, limpio sus lagrimas con besos y busco consolarlo con caricias desesperadas, Yuri se aferró a la espalda del humano, movió sus caderas al ritmo que éste le marcaba, hundir sus dientes en sus hombros, beso su cuello, acaricio su piel, se lleno del humano y derramó sus bendiciones sobre él, en cada beso en cada caricia, Yuri se aseguro de llenarlo de bendiciones y protecciones, para asegurarle una vida mortal, plena, feliz, alejado de carencias y sufrimientos.

Mila recibió al humano inconsciente, el sol aún no comenzaba su viaje en el cielo pero solo era cuestión de tiempo, Yura acarició la mejilla del humano por última vez, se quitó la fina cadena dorada adornada con una perla negra del cuello para ponerla en el cuello del humano; lanzó una mirada de afecto a la pelirroja quien asintió tomando la preciada carga, tal como lo acordaron el dios del mar desató una tormenta, el cielo se oscureció al igual que las aguas, remolinos se levantaron, el oleaje golpeó con fuerza, el dios del mar se despedía del humano y el mar demostraba todo su dolor.

——

Fue una suerte de milagro que sobreviviera a la tormenta, al menos eso fue lo que le dijeron en el pueblo, lo encontraron en la playa junto a los restos de su destartalado navío, sangraba de la cabeza y se veía realmente grabe, los pescadores que lo encontraron le prestaron ayuda y cuidados, cuando despertó solo había un blanco en su mente, no recordaba nada, su nombre era lo único que acudía a su mente, se había vuelto alguien sin pasado ni apellido, lo único que conservaba de su antigua vida era la cadena dorada con la perla negra que colgaba de su cuello, debido a esa coincidencia adoptó la palabra local “Altin” como apellido, pues los lugareños le explicaron significaba oro.

A pesar de no tener recuerdo ninguno de su antigua vida, Otabek descubrió que era bueno tejiendo redes, probó con la pesca dándose cuenta rápidamente lo natural que se le daba la labor, casi sin esfuerzo llenaba las cestas de enormes peces, las mas raras presas eran conseguidas por el forastero y poco a poco se ganó una reputación.

El humano se complació en su buena estrella, por alguna razón la deidad marina lo bendecía y él no paraba de agradecerle sus bendiciones a modo de alabanzas, oraciones y ofrendas.

Yuri era feliz de observar a Otabek. Se encargó de cumplir todos sus sueños, y en menos de seis meses desde el naufragio, Otabek contaba con una pequeña flota, un negocio prospero al que nunca le fallaba la pesca,. El humano construyó una casa decente cerca del mar, en la parte trasera mandó a hacer un altar para el dios del mar que tanto lo favorecía, no dejó de decir jamás sus plegarias, no sabía bien porque, pero lo adoraba, su corazón se aceleraba cuando encendía incienso en su honor y dejaba ofrendas con las manos hormigueares de necesidad, una necesidad desconocida y que no podía entender, había un vacío en su alma, uno que atribuía a haber perdido todos sus recuerdos.

Otabek prosperó, ante la siempre atenta mirada del dios del mar que se complacía con verlo, quien en forma de espuma acariciaba sus cansados pies y salpicaba su rostro de besos secretos. Ahora que ya no era un pescador humilde luchando por su supervivencia podía disfrutarlo más, al mortal le gustaba pasar el tiempo con él, hilaba redes a la orilla del mar y Yura se complacía susurrando bendiciones a su oído.

Sin embargo, el destino es caprichoso y los humanos volubles.

Casi un mes había pasado desde la última vez que el humano tejió redes a la orilla del mar, así que, cuando Otabek volvió al mar reluciente de felicidad, éste lo recibió con una sonrisa, misma que se marchitó en su rostro al notar que esta vez, su humano no volvió solo, a su lado se encontraba una hermosa mujer.

Yura lo entendió todo.

El matrimonio Altin e invitados se embarcaron para festejar su nueva unión.

La cólera del dios del mar cayó sobre ellos.

Yura se sintió traicionado, había cuidado y favorecido a ese humano, había adorado esa frágil y mortal figura, lo había procurado, acariciado, contemplado, él, el mas hermoso de los dioses, aquel que podía arrasar ciudades con solo pensarlo y hundir flotas enteras solo como entretenimiento, él, el mar, las aguas, la calma, la furia y la tormenta, la vida, él dios que se había planteado amar a un mortal, incluso mostrándose ante él, desafiando las leyes divinas, llevándolo a su palacio.

Por eso, ahora, su ira no cabía en su pecho.

Las olas se agitaron con fuerza, levantándose cual altos muros de agua azotando el barco sin piedad, los marineros gritaban ordenes a diestra y siniestra intentándose hacerse oír por encima de los gritos histéricos y aterrorizados, la madera crujió adolorida intentando resistir los embistes furiosos del agua que comenzaba a inundar la proa, los relámpagos surcaban el cielo desembocando en las oscuras y agitadas aguas, la espuma blanca empapaba las ropas de los pasajeros, el viento desgarró las velas, el navío perdió el control chocando estrepitosamente contra un peñasco.

Un crujido, gritos de terror, todo un estruendo que se perdió entre la furia de la tormenta, Otabek Altin cayó al mar, la corriente lo hundió pero él lucho con desesperación por salir a flote, pateó con fuerza al tiempo que braceaba buscando llegar a la superficie que cada vez estaba más y más cerca.

Cuando consiguió sacar la cabeza fuera del agua boqueó desesperado en busca de oxígeno, sintió un tirón en sus caderas, la corriente lo arrastraba nuevamente al fondo del mar. El dios del mar lo abrazó con fuerza, Otabek abrió los ojos, el agua salada le picó con fuerza, le costaba ver en medio del caos, sin embargo, la silueta borrosa frente a él no le causaba temor, le sobrecogió la belleza, la calma en medio de tanto caos y locura, los cuerpos comenzaron a caer alrededor, algunas nereidas se hicieron presente ayudando algunos, arrastrando al fondo a otros, los pulmones de Otabek ardían, escocían por la falta de oxígeno, por instinto intentó soltarse de los brazos que lo apresaban, nadar a la superficie, salvar su vida, pero era imposible, a pesar de sus esfuerzos fue arrastrado a las profundidades del mar.


——


¡Monstruitos!


¡Lenta pero segura!

Lo primero que quiero es decirles que no se ha bateado esta historia, así que cualquier error, tanto de redacción como de ortografía, soy la única culpable, no me lo tomen en cuenta por favor, pero es que de verdad de verdad quería subir este relato para festejar a Nuestro amadísimo Tigre del Hielo, y si lo mandaba a revisión no hubiera estado a tiempo ni por accidente.

Quiero seguir escribiendo Una Eternidad y las historias nuevas que no subo pero que tengo muy avanzadas, así que para no seguir ausente hasta el infinito voy a subir lo poco que tengo escrito, perdónenme, juro que me esfuerzo.

Y ya para despedirme, decirles que los quiero con locura, son ustedes y solo ustedes los que me hacen querer seguir creando historias.

¡Mordiditas sangrientas para todos!



23 de Maio de 2020 às 00:05 0 Denunciar Insira Seguir história
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Fim

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