INVIERNO DE LA VIDA Seguir blog

luischb Luis Chávez B. Relato que muestra la convivencia del hombre en su entorno con la naturaleza, mientras el paso inexorable del tiempo ya presagia la llegada del invierno ante la vida y los cambios ecológicos.

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INVIERNO DE LA VIDA

INVIERNO DE LA VIDA

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Category: Non-fiction

Relato que muestra la convivencia del hombre en su entorno con la naturaleza, mientras el paso inexorable del tiempo ya presagia la llegada del invierno ante la vida y los cambios ecológicos.

Chapter 1: INVIERNO DE LA VIDA

El transcurrir del tiempo y el invierno del hombre con su entorno.
 

L. Chávez B Ensayo Sobre el Invierno
 

Delatando la llegada del otoño, las coloridas hojas de los árboles que resguardaban el estanque comenzaban a caer sobre aquel gran espejo reluciente del riachuelo, provocando pequeños círculos que se expandían hasta la orilla con su ondulante ritmo. Durante las horas más intensas del calor, ahí solían resguardarse cientos de pequeños animales silvestres, bandadas de pájaros, aves migratorias y animales domésticos que reposaban con sus crías luego de mitigar su sed. Yo crecí junto a ese arroyo pintoresco al que le debo haber podido descubrir mi amor y admiración por la naturaleza, al amparo de mis padres, respirando el aire de aquel valle con perfume a pino, a encino y a toda clase de hierbas que, de forma exquisita impregnaban el ambiente; ahí, bajo ese manto lleno de esperanza que lo cobija a uno cuando todavía palpita en nuestros corazones la ilusión, el amor y la inocencia. A esa edad cuando no se advierten los peligros, ni las ambiciones destructoras de la humanidad.

Allí, bajo ese cielo saturado de estrellas relucientes que brillaban en el infinito terciopelo de la noche o bajo el resplandeciente sol de primavera que siempre curaba mis penas y temores. Recuerdo con nostalgia el regocijo que me daba refrescarme la cara con el agua de la lluvia matinal del mes de mayo, o el arrullo seductor del aguacero cuando caía sobre el tejado, abatiendo con ritmo las hojas de la higuera, las plantas de mi madre y los matorrales que circundaban nuestra casa. Inmerso entre las tibias aguas de aquel pequeño río que bordeaba la huerta de mi padre, yo allí disfruté muchos veranos calurosos y en mis múltiples paseos de solitario, conseguía charlar conmigo mismo y me aventuraba a caminar junto a su orilla bajando a descubrir sitios ignotos, guiado tan solo por su cauce entre el follaje, pero acompañado de mi utópica ilusión de explorador. Luego cuando llegaba el tiempo de calor disfrutaba ver aquel el arroyo que corría por la campiña, atravesando toda la pradera como un chiquillo persiguiendo su cometa, o después de una tormenta cuando sus aguas crecidas lo abrumaban y descendían bufando entre las rocas mientras arrastraba ramas, troncos, piedras y basura; pero, yo lo admiraba al verlo hacer gala de su fuerza natural.

Casi al final del otoño, cuando las hojas cubrían aquel estanque transparente del estero y los árboles se desnudaban poco a poco hasta quedar completamente expuestos ante el viento frío que amenazaba la llegada del invierno, donde solo algunos árboles aun conservaban su follaje se les veía mecerse altivos y felices, conservando algunos nidos de gorriones que pronto partirían igual que muchos de los animales que en esta época migraban a mejores climas. Únicamente aquellos que pasaban el invierno en el lugar se les podía mirar tratando de acarrear lo necesario para alimentarse en la época del frío, protegiendo las entradas de sus cuevas, poniendo pajas, hojas secas, pasto y ramas en sus madrigueras.

Yo me entretenía mirando las hormigas que, cargando con insectos, hojas, y pedazos de algún fruto desfilaban por la arena, haciendo enormes filas en caminos coloreados que ascendían entre las piedras y bajaban por lugares escondidos en la yerba, pero siempre cargando en sus espaldas un peso mayor al de su cuerpo, como si aquello fuera parte de una penitencia, o solo parte de su karma. En este lugar, aun cuando el invierno entrara con todo su rigor, todavía se podía disfrutar del campo y sus alrededores, distinguir lo verde de los pinos, los bosques poblados de fresnos y de encinos que, sin dificultad, adornaban el paisaje donde todavía era posible deambular bajo los rayos taciturnos de un sol que había que aprovechar hasta la nueva llegada de la primavera.

Así pasaba el tiempo por mi casa, las estaciones se sucedían una tras otra, mis juegos y paseos se fueron reduciendo más y más hasta quedar perdidos en el tiempo para dedicarme a las tareas de adultos y al trabajo que pronto me absorbió. Mucho tiempo después pensé en volver a aquel paraje y quise de nuevo disfrutar de nuevo del cambio de estaciones llenas de vida y de color. Yo estaba ya viviendo en el otoño de mis días y los años transcurridos me habían pintado de blanco los cabellos, mis ojos disminuidos ya no miraban los colores del paisaje como ayer y sentí que el frío de mi existencia me anunciaba la llegada del invierno. <<El invierno de mi vida>>. Ya solo me quedaba aquel recuerdo de la infancia, un recuerdo ligado a ese lugar lleno flores que adornaban la pradera, las lomas y el arroyo con su agradable rumor de aquellas aguas que, bañadas por el sol, brillaban a lo lejos cuando se abatían desde lo alto de aquel cerro. Quería volver a ver la casa de mis padres, los árboles que me miraron durante tantos años y el pequeño estanque por donde yo paseaba.

Emocionado y recordando aquel lugar me trasladé desde muy lejos para volver a andar aquel camino que al fin me llevaría hasta mi terruño. ¡Ah que lugar!, muy pronto podría mirar de nuevo aquel paisaje en todo su esplendor que ya era parte de mi historia en la naturaleza; pero, cuando al fin llegué, ay Dios, no puede ser posible. Tal parecía que me encontraba en un lugar desconocido ¿me habré perdido en el camino? Me pregunté a mí mismo. Levanté la mirada y ante mis ojos se extendía un paisaje miserable, el río se había secado por completo y, donde antes corría aquella agua cristalina, ya era solo un basurero. Aquel estanque que formó parte de mi vida ya no estaba más allí, hoy era solo un hueco entre el follaje de los escasos árboles que habían sobrevivido aquel desastre causado por el hombre. Los animales que antaño lo habitaban también se habían marchado o muerto. Las enormes cercas alambradas que bordeaban los terrenos para dividir las propiedades, ahora me impedían pasar por los caminos a donde antes yo corría. De la casa que antes fuera de mis padres, solo habían quedado sus vestigios junto a un árbol polvoriento que, a pesar de todo, logró sobrevivir. Mirando aquel ultraje me dieron ganas de llorar y así lo hice. Completamente entristecido me senté junto a una roca contemplando aquel lugar que, víctima de la indiferencia de la gente, le habían succionado el agua del subsuelo hasta matarlo, destruyendo aquel hermoso oasis que, así como antes había sido la vida misma de aquel pueblo, la principal causa de mi dicha y barandal de mi ilusión, hoy se había convertido en el más triste momento de mi vida; y sin poder resistir, lloré mirando en lo que se había convertido aquel bello paraje y su riachuelo que, cuando se le veía descender desde los cerros, alegre saludaba a todos, acompasando su rumor hasta el estanque.

Hoy a muchos años de distancia, todo aquello se convirtió en el motivo principal de mi tristeza, pues fui a mirar su muerte mientras que yo seguía llorando en su sepelio, como si fuera el propio invierno de mi vida.

FIN

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29 de Julho de 2019 às 17:41 1 Denunciar Insira 2
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