Eligia: El elemento perdido Seguir blog

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Ximena Gómez
Ella era perfecta, vivía en plenitud y disfrutaba cada segundo, siempre creyó que su vida era normal y simple. Amaba, reía y a veces lloraba. Su cálido corazón siempre latía con fuerza hacia todo el mundo, en especial hacia el. Pero no todos los corazones pueden permanecer intactos. Ella esta rota, desecha en todas las formas posibles, sin ganas de seguir, ni continuar. Pero a pesar de ello, posee un don que no se le puede desear a nadie. Algo que empezó como un regalo y termino en una pesadilla. Ella es la pieza que falta en este peligroso rompecabezas. Ella es la que puede devolverle el balance a todo. Ella es el elemento perdido.
História Não Verificada

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I.- "Cuando una llama se apaga"


-  I -

"Cuando una llama se apaga"

Italia, 1845.


La fina llama de una vela iluminaba el estrecho pasillo. El tamaño de la vela no superaba el de un dedo pulgar y con cada segundo que pasaba un charco de cera crecía cada vez más, mientras la flama se apaciguaba lentamente.


Nadie podía quejarse, eran tiempos muy duros; el invierno apenas florecía, y aun así el frio atacaba con una fuerza estremecedora que arrebataba las vidas de aquellos que no tenían la suerte de dormir bajo un techo, de una forma lenta y dolorosa. A diario se vivían días oscuros y tormentosos, impidiendo que los hombres salieran a su trabajo cada mañana como era debido, y, si eso no sucedía las mujeres no tendrían recurso alguno para alimentar a sus familias.


Era una cadena bastante simple. La llegada del invierno significaba tormentas, las tormentas eran lo equivalente a una larga temporada sin trabajo, y el triste resultado era una familia condenada a morir por hambre o frio. Lo que pasara primero.


A veces pensaba que eso era increíblemente cruel; no, no era cruel. Esta era la cruda realidad.


El suave golpe de una ráfaga de viento chocando contra su ventana la hizo volver a la realidad. Eligia se encontraba sentada en una pequeña y dura silla de madera, justo a unos cuantos centímetros de su habitación. Había permanecido mucho tiempo en esa misma posición –más del que era capaz de recordar-, puesto que se vio obligada a frotar sus entumidas extremidades con extremo cuidado.


Sus manos habían adoptado un extraño color rojo-amoratado gracias a la baja temperatura y a la presión que ejercía sobre ellas; su piel lucía tan blanca y brillante como la nieve que caía sobre las calles. No quería ni imaginarse lo que diría su madre respecto a su aspecto: desaliñado, ojeroso y apagado. Su larga y gruesa cabellera caía de forma desordenada sobre su espalda, su vestido estaba completamente arrugado y con algunas manchas de polvo, y dos enormes círculos descansaban bajo sus ojos brindándole un aspecto mayor.


El picaporte de su puerta empezó a girar, provocando que Eligia se irguiera y tomara una rápida bocanada de aire, había pasado todo este tiempo respirando con todo el cuidado que le era posible. Un movimiento en falso y el torrente de lágrimas que guardaba saldría sin poder detenerse. No podía derrumbarse ahora, debía ser fuerte por él.


La puerta se abrió completamente dejando ver a un hombre mayor, probablemente de unos cincuenta años; vestía un fino traje de satín, junto con un sombrero de copa que cubría las áreas faltantes de cabellera en su cabeza y finalmente, portaba un monóculo en su ojo derecho que se sostenía gracias a una cadena de plata que no tenía ningún signo que delatara que pudiera estar oxidada.


Era verdaderamente un lujo que un médico se atreviera a ir a la comunidad de tu hogar para atenderte y ayudarte. Ni siquiera cuando la pobre alma estuviera encontrándose moribunda se atreverían a derramar un gota de sudor por alguien que fuera irrelevante para ellos, a menos claro, por un considerable precio.


Y el obtendría algo a cambio. Eligia se aseguraría de eso.


Los pequeños ojos color chocolate del médico la observaron con sorpresa y una fingida lastima, al ver un brillo de esperanza en los ojos de la joven; él sabía que el joven Gian no sobreviviría la noche y Eligia en el fondo lo temía. Pero una parte de ella se negaba a aceptarlo.


El hombre ante ella solo se limitó a bajar la cabeza y a negar lentamente.


Un chillido brotó de sus labios y su sangre se heló; sintió como su algo más frio que el mismo hielo la hubiera golpeado con fuerza. Un escalofrió recorrió toda su espalda y no pudo evitar estremecerse, se aferró al mango de la silla hasta que sus nudillos empezaron a tornarse blancos, solo con el propósito de mantenerse estable. Las lágrimas se acumularon en sus ojos, provocando que su vista se nublara, pero antes de que pudiera derramarlas tomó una larga y profunda bocanada de aire, llevando oxigeno hacia lo más profundo de sus pulmones.


Pero nada de eso podría ayudarla a enfrentar lo que estaba por venir.


Iba a perderlo.


-¿Qué fue lo que pasó? –preguntó, cubriendo su boca con su mano para opacar un sollozo. Su voz salía temblorosa y como un susurro.


El médico vaciló, empezando a jugar con la tela de sus guantes, evitando dirigirle la palabra a toda costa; como si la espera no la estuviera torturando lo suficiente.


-La leucemia acabó con él. –se encogió de hombros con indiferencia. Le hubiera sorprendido su frialdad de no haber recordado la clase de hombre que tenía frente a ella. Su trabajo era dar este tipo de noticias todo el tiempo, quizá ya estaba lo suficientemente acostumbrado a separar los sentimientos de su profesión. Si es que poseía sentimientos. –Está demasiado avanzada, no hay nada que pueda hacer.


Su vista volvió a tornarse borrosa, y esta vez dejo que las lágrimas se hicieran presentes, acumulándose cada segundo. Era un llanto silencioso, pero repleto de angustia y de dolor; apretó sus dientes, intentado tranquilizarse y espantar a sus lágrimas. Pero nada de lo que hacía parecía suficiente.


"Detente, por favor detente". Se suplicó a sí misma. No quería permitirse que un desconocido la observara en este estado.


-¿Cuánto tiempo le queda? –musitó con una voz ronca.


No tenía suficiente tiempo para pensar. Si en verdad el tiempo de Gian era muy poco, había mucho por hacer; debía comunicarse con el señor Falivene y con su esposa para que pudieran despedirse de él. Ella tenía que despedirse.


El médico permaneció quieto, con la vista fija en ella y sin pronunciar una palabra, a tan solo unos centímetros de la puerta; Eligia ahora podía observarlo bien. Su piel apiñonada estaba cubierta de manchas reflejando vejez, pero aun así, daba la impresión de ser un hombre que en su juventud llegó a ser alguien apuesto; pero había algo desconcertante sobre él. Debajo de todo su dinero, sus finas ropas y su profesión, se escondía un alma podrida e intimidante, y sin saber cómo, ella solo sabía que tenía razón.


Su paciencia terminó y se encaminó con paso decidido hasta su habitación, el material del picaporte era casi como el hielo, aunque no notaba cambio alguno en la temperatura. Giró ligeramente a la derecha, cuando sintió la callosa y gruesa mano del médico posarse sobre la suya; no lo suficientemente fuerte para hacerle daño, pero si para detenerla.


Eligia lo miró desconcertada, pero solo recibió una mirada inexpresiva como respuesta. Si el comprendía tan bien como ella que lo último que tenía era tiempo, ¿qué pretendía con esto?


-Lamento informarle que no discutiré ningún acuerdo sobre el costo en este momento, pues hay alguien que en estos momentos me necesita. –trataba de mostrar seguridad, pero temía que su pequeño coraje la traicionara. –Después arreglaremos ese asunto personalmente. Le agradezco su servicio doctor Fiore.


Trató de conservar su educación y tranquilidad, no era normal que una mujer le respondiera a un hombre, mucho menos una tan joven como ella. Pero eso solo lo divertía a él mucho más, con la intriga de poder averiguar lo que haría después.


El doctor Fiore elevó una de las comisuras de sus labios ligeramente, dejando ver el antiguo rastro de lo que alguna vez fue un hoyuelo y ahora no era nada más que un espacio de piel arrugada cruzando sus labios. Sus ojos brillaron con perversión y ambición, provocando que a Eligia se le erizaran los vellos en sus brazos.


-No sobrevivirá la noche. –espetó liberando su mano. –Le deseo una espléndida noche señorita Greco. –al terminar esa oración, realizo una reverencia, pero fuera de cortesía, esta solo albergaba burla. Era mucho más de lo que ella podía soportar.


Eligia bajo la cabeza y asintió. Sin pensarlo dos veces giró su picaporte rápidamente, permitiéndose entrar en la ligeramente pequeña habitación, cerrando la puerta detrás de ella, importándole muy poco –nada en absoluto- si el doctor ya había salido de su casa.


Todo se veía exactamente igual. Sus muebles estaban brillantes, perfectamente pulidos con el barniz que Gian había creado; siempre le decía que todo debía de oler igual de dulce como ella, y claro, Eligia no podía evitar sonreír cada vez que lo escuchaba. Sus ojos viajaron a sus desgatadas cortinas y al encaje de sus sábanas, para después posarse en un pequeño florero de cristal que descansaba en una mesa de noche junto a la cama. Estaba repleto de rosas blancas, las mismas que Gian había sembrado la primer noche que durmieron bajo este techo.


Él estaba feliz y ella se sentía plena al verlo así, la emoción los mataba por dentro al querer averiguar lo que el futuro les depararía en su nuevo hogar. Era mucho más sencillo soñarlo. Pero Eligia sabía que no debía de confiar en el destino.


Si alguien le hubiera dicho hace un año que perdería a la persona que más amaba en el mundo, probablemente no lo habría creído. Pero si estaba segura de que hubiera peleado con uñas y dientes para evitarlo, se aseguraría de que él disfrutara cada segundo e incluso, tal vez se hubieran unido en matrimonio.


"Pero el hubiera no existe". Le habría advertido su abuela de seguir viva.


Un dolor punzante apareció en su pecho y sintió su corazón encogerse al ver a ese joven que siempre fue el más fuerte, el más alegre e increíblemente hiperactivo, yaciendo debajo de las delgadas sabanas con una expresión desolada y triste. Sus rizos dorados se habían tornado más oscuros y los que alguna vez – no hace mucho tiempo- fueron unos ojos brillantes como las esmeraldas, ya estaban apagados.


Lo más doloroso era que todo había empezado como un día normal. Eligia se encontraba haciendo la limpieza –o al menos intentaba- dejando siempre la cocina al final, sabía que Gian se encargaba de su jardín hasta el final y justo frente al pequeño fogón, se encontraba una ventana que le daba la vista perfecta para contemplarlo hacer su trabajo.


Pero ella nunca contó con que nunca llegaría al jardín.


Iba camino a la cocina cuando lo encontró tendido en el suelo, tieso como un muerto; su cuerpo estaba cubierto de unas manchas que fácilmente podían confundirse con hematomas, con unos extraños colores, sus ojos abiertos como un par de platos mirando hacia la nada. Lo primero que pasó por su cabeza fue salir a pedir ayuda, aunque vivían en las afueras de la ciudad y no tenía muchas opciones.


Las calles estaban completamente solitarias gracias a la nieve, y era muy poco probable que alguien se detuviera a ayudar a una chiquilla demasiado sensible y desesperada. Suerte tuvo de haber encontrado a un pregonero que se encontraba en su camino al centro de la ciudad, caminando a paso lento junto a su corcel. Se sintió agradecida de que le tuviera piedad y estuviera dispuesto a traer a un médico sin cobrarle nada.


-¿Ya te dije lo hermosa que eres? –la voz de Gian llenó el oscuro silencio, reemplazándolo con paz. Su voz sonaba suave como siempre, solo que esta vez escondía un toque de galantería.


Admiraba como él era capaz de poder mostrar una sonrisa, aún en momentos como estos.


Eligia soltó una pequeña carcajada, negando con la cabeza. –Lo dices tantas veces, que he llegado a pensar que estás siendo honesto. –bromeó. Caminó hasta la orilla de la cama, para poder tomar asiento junto a él, descansando su cabeza sobre su fuerte pecho. El olor a menta y a lavanda la golpeó de repente, pero era relajante y familiar; vaya que pasar días enteros en un jardín traía repercusiones.


Los ojos de Gian se posaron sobre ella, y aunque no lo estaba observando, estaba segura de que su expresión fingía una gran indignación. –Yo siempre soy honesto bonita. –espetó, tratando de sonar intimidante. –Eligia esbozó una sonrisa y se encogió de hombros, por un momento olvidándose de su realidad. "Con él era demasiado fácil". -¿Qué fue lo que dijo el doctor?.


Se enderezó un poco para poder ver su rostro y suspiró. –Dijo que eres un muy extraño, pero lindo caso especial.


-No me pondré mejor ¿Verdad? –al escuchar esas palabras, toda la fuerza que Eligia había contenido se deshizo; ese torrente que tanto quería contener, comenzó a salir. Las lágrimas se sentían cálidas sobre su frio rostro y no pudo hacer más que acercarse a Gian y rodearlo con fuerza, escondiendo su rostro en su cuello.


"Eres una tonta".


-Lo siento mucho. –sollozó sin soltarlo.


El corazón de Gian se rompía al verla asi. El siempre supo que algo asi pasaría tarde o temprano, de todas formas, eso estuvo en su sangre más tiempo del que pudiera recordar. Sabía que su vida pronto llegaría a su final, pero el no sentía miedo en absoluto, eso no le preocupaba.


Su mayor miedo era dejar a Eligia sola.


Tan inocente, indefensa y frágil. Era muy peligroso ser una joven así en tiempos como los suyos, muchas personas no perdían el tiempo para sacar provecho de jóvenes como ella; pero Eligia era demasiado lista como para caer en esos juegos. "El problema era otro". Los meses que venían serian difíciles para todos los que él conocía. Su madre y su pequeña hermana, sus amigos e incluso su padre sufrirían.


Pero él nunca podría perdonarse el ver a Eligia sufriendo.


Levantó su rostro, acunándolo con delicadeza entre sus manos para poder verla a los ojos; las lágrimas aun salían, pero se convertían más silenciosas conforme los segundos pasaban. Las manos de Eligia se posaron sobre las suyas, y las sostuvo con fuerza.


-En serio lo siento. –susurró con voz entrecortada. –Debí de haber peleado con más fuerza.


Sacudió la cabeza rápidamente, limpiando su rostro con la descolorida manga de su desgatado vestido. Sabía que esto pasaría si no se mantenía fuerte, solo le estaba dando a Gian una preocupación más, ni siquiera pudo hacer eso bien, lo había arruinado todo. "Como siempre"


-No digas eso, por favor no lo digas. –suplicó un poco más tranquila. –Tú te vas a mejorar, yo lo sé.


-Yo ya no tengo remedio bonita. –suspiró con resignación.


¿Por qué se empeñaba en seguir engañándose?. Ella entendía perfectamente que todo estaba a punto de terminar, el doctor le había dicho que no sobreviviría la noche; pero aún guardaba fe. Tenía la esperanza de que un milagro cayera del cielo o que los ángeles bajaran un momento para escuchar sus suplicas y le enviaran una chispa de vida a Gian. "Cualquier cosa podría ayudar".


-No te rindas. –dijo besando una de sus manos. El tacto era suave, pero eran manos fuertes que habían trabajado durante muchos años, era una sensación bastante extraña. –Piensa en todo lo que tenemos planeado; iremos a Paris, nos casaremos y compraremos esa linda casa en Verona.


Sus lágrimas volvieron a aparecer al recordar tantos sueños que planearon y ya no serían más que simples recuerdos.


-Creo que será momento de que tu empieces a crear nuevos sueños. –respondió limpiando una de sus lágrimas suavemente con su pulgar. Sin saber por qué, tenía miedo de romperla si utilizaba más fuerza de la necesaria.


-Si mis sueños no son a tu lado, prefiero no soñar más. –declaró entre sollozos.


La vista de Gian empezó a nublarse, pero rápidamente apretó los ojos espantando a ese llanto, no podía simplemente dejarla así, no era justo. Llevó su mano a su cuello, buscando ese pequeño trozo de metal que tanto lo reconfortaba; era un pequeño aro de plata que había encontrado la primera vez que fue a pescar junto con su padre. Decía que le daba mucha suerte siempre que lo usaba, y al conocer a Eligia, solamente reforzó más esa creencia.


Tiró del cordón que lo mantenía sujeto alrededor y el aro terminó en sus manos. 


-¿Qué estás haciendo? –preguntó Eligia desconcertada.


Ignorando su pregunta, introdujo el aro en su dedo anular. –Yo te elijo a ti, Eligia Allegra Greco, para caminar siempre a tu lado y dormir en tus brazos, para ser mi compañera y crecer contigo todos los días. –trataba de mantener una voz segura, pero se hacía más temblorosa con cada oración. –Prometo que reiré y llorare junto contigo, sin importar hacia donde o como nos cambie la vida, te amaré hasta mi último aliento y jamás te dejare sola.


-Tú, Gian Alonzo Falivene, eres mi mejor amigo. Prometo compartir siempre todos tus sueños y alentarte a alcanzarlos. –respondió, tomando su rostro con ambas manos. –Te escuchare con atención y compresión, siempre trataré de ayudarte. Construiremos un hogar juntos y lo compartiremos con todos nuestros seres queridos. Seré tu esposa, amiga y compañera desde hoy, hasta mi último aliento.


Gian sostuvo sus manos y se acercó un poco más a ella, con una velocidad alarmante. El tiempo se agotaba.


-Por favor prométeme que no importa que pase, mantendrás esa bella sonrisa en tu rostro, harás todo lo que siempre has querido y buscarás a alguien mejor; a alguien que pueda darte lo que yo nunca podré. –Eligia negó rápidamente con la cabeza, conteniendo un sollozo. –Por favor promételo bonita.


-No podré hacerlo sola. –musitó. –No soy tan fuerte.


-Eres más fuerte de lo que piensas, y recuerda, que siempre estaré contigo pequeña. –afirmó. –Te amo.


Eligia se acercó un poco más a Gian y cuando estuvo a una distancia suficientemente razonable estampó sus labios contra lo de él; eran rosados, suaves y carnosos, siempre cargados de ternura. Su beso fue correspondido rápidamente, se movían lentamente, como si siguieran el compás de una relajante melodía. Con solo cerrar sus ojos, bastaba para que el tiempo se detuviera para ambos y fueran capaces de viajar a una realidad completamente distinta. A una vida donde ellos permanecían juntos, como marido y mujer.


Gian se sentía completo y tranquilo; podía irse en paz, pues ya estaba casado con la mujer que más amaba.


La calidez en sus labios se esfumó, siendo reemplazada por una dureza repentina. Abrió sus ojos para averiguar, pero en ese momento, deseo no haberlo hecho jamás; ahogó un grito al ver a su única compañía frente a ella, sin ningún rastro de vida. Sus ojos estaban ligeramente abiertos y su mano derecha estaba descansando tranquilamente sobre su pecho. "Parecía estar durmiendo".


Las lágrimas empezaron a salir de forma incontrolable, nublando la vista de Eligia, que no podía hacer más que dejarlas salir; una extraña punzada apareció de nuevo en su pecho, como si alguien la estuviera apuñalando, no pudo evitar retorcerse y dejar salir un chillido entrecortado.


Alargó su brazo, acercándolo un poco al rostro de Gian, pasándolo sobre sus ojos con mucho cuidado, ayudándolo a cerrarlos. Su piel se sentía tan fría como el hielo, que Eligia no pudo evitar estremecerse y apartarse. El hombre que amaba ya no estaba frente a ella.


-Yo también te amo. –respondió entre sollozos.

6 de Novembro de 2018 às 03:15 0 Denunciar Insira 0
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