juan3 Proséf Chetai

Todo en el poblado era normalidad hasta que llegó la cuarentena. Ella afectó a muchos. Tanto que hasta "el loquito del poblado" ha salido a escena.


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El cuento del cuenta cuento

¿Quién pudiera decirlo? Ni yo mismo me hubiera atrevido a pensarlo. Que en un lugar así se pudiera dar una historia tan fantasiosamente verdadera; resulta inexplicable Justo en aquel apartado poblado; en medio de aquella solitaria llanura de Apure.

─ ¡Siiii, Claro que sí! Cualquiera en su sano juicio tendría que dudar, pues es algo casi perturbador. Ni lo mencionaría, si no estuviera obligado a contarlo. Unos padres tan amorosos como nosotros no podemos dudar de nuestro hijo.

Cuando llegó de sus vacaciones si lo notamos extraño. Apenas terminaba de regresar de donde la tía y al ver lo cambiado que actuaba lo sentamos con todas las de la ley:

─ O Nos cuenta lo que pasó o vamos a ir donde su tía y se va a enterar bien quienes son tus padres. Se lo dijimos ambos, con cara de: ¡Habla o vas a tener más problemas de los que ya tienes! Luego de que le resbalaran algunas incomprensibles lágrimas; no le que quedó más remedio: Soltó la lengua.

Sobrepasado el afligido instante empezó por decirnos:

─ Recuerdo que ese día me paré en la ventana a ver correr el río; cuando de la nada apareció un hombre que se puso a pintar en la roca de la orilla del terraplén.

Apenas terminé la frase, me pasé el dorso de la mano por la nariz y me froté los ojos. ─ Mi madre y mi padre aprovecharon ese breve instante para acomodarse en el sillón grande; creo que para oír mejor ─. Luego, continué:

─ No había nadie. Las canoas estaban solas. Hacía rato que los canoeros les habían quitado el Jhonnson porque la ribazón se había terminado.

─ Tiaaaaaa…Tiaaaaaa…. Recuerdo que grite desesperado. Estoy seguro que se escuchó por toda la llanura. Le puse tantas ganas como para que la tía corriera y acudiera a millón. Cuando llegó me preguntó azorada.

─ ¿Qué pasa muchacho? ¿Qué son esos gritos? ¡Me asustaste! dijo. Y yo sin prestarle atención le señale al hombre.

─ ¡Mira tía! Hay un tipo haciendo garabatos en la peña del terraplén cerca de las canoas.

─ ¡Ah! ¡Yo pensé que era otra cosa! Es el loquito del poblado. Él no es malo, ni le hace daño a nadie. Se la pasa por la vía y cuando menos se espera le da por garabatear.

─ ¡Pero se ve peligroso! No está sucio y parece que estuviera acechando en las canoas.

─ No te preocupes muchacho, no va a hacer nada; dijo mi tía, volteándose para regresar a sus oficios culinarios. ¡Claro! A un recién llegado de la gran civilización, lo mínimo que le parece el loquito del poblado es un grandísimo peligro.

Todavía, no satisfecho; me quedé a vigilarlo desde la ventana. Me dediqué a observarlo. Estaba iluminado por un haz de luz que atravesaba las oscuras nubes de lluvia ─ toda la mañana había estado formándose un tumba araguatos descomunal ─. Aquella luz lo enfocaba casi como un spot light celeste hecho a posta. La llamativa figura se entretenía pintarrajeando el mundo que él creía ver. Cada trazo le tomaba una concienzuda técnica. Estaba tan inmerso en ella que no prestaba atención a que la pantanosa pintura enlodara la ropa. Solo levantaba la mirada, viendo las ligeras olas que formaba la brisa del próximo tumba araguatos, para luego parangonar no sé qué esotéricos garabatos a su manera.

Trazaba un poco. Se detenía, miraba. Le ponía encuadre al río con sus grandes manos y visualizaba a través de él. Volvía y trazaba, para volver a encuadrar. Quizás en su delirio soñaba pintar algo glorioso. ─ ¡Quién sabe! ─

Por un buen rato le puse atención; no dejando escapar ni uno solo de los gestos del loquito del poblado. Me parecía que en cualquier momento adivinaría lo que aquél pintaba. Pero al final gano el desánimo.

─ ¡Bah! ¡Qué vaina! Son puras letras sosas y muy complicadas para entenderlas pensé; así que abandoné la curiosa vigilancia para ir a entretenerme con mi maravillosa tablita. Con un punzón escribíamos, pintábamos o lo que fuera sobre ella y cuando levantábamos la hoja plástica desaparecía todo para volver a empezar otra tarea. Era la moda en el poblado, desde la urbanización de la gente con dinero en “Llano Alto” hasta los ranchos de paja en medio de la sabana.

En la tarde, bajé a la plaza. Había algo de alboroto. Se rumoraba entre los de la vega que se avecinaba una vaina peor que el tumba araguato que estaba por caer y no terminaba de cuajar.

En la esquina, Guacho le comentaba a José ─ el dueño de la Licorería ─.

─ Claro que sí, camarita. Mi primo, que vive en el centro, me lo dijo.

─ ¡Qué va! Eso son puros cuentos de camino. ¡Guacho, tú inventas mucho! ¡Yo te conozco! La seguridad de José al responder, le nacía de ser el dueño de la licorería y no haber probado pero ni siquiera un trago de agua en ese momento.

─ ¡Claro que sí! Neceó Guacho. Y agregó ¡Vas a ver José!

─ ¡Eso es porque eres un chorriao (sic), Guacho! Ahorita vas a ponerte a rezar. José sabía que si azuzaba a Guacho diría alguna de sus barbaridades.

- ¡Nooo, que va! Yo sí. Yo si soy dañao (Sic). No ando por ahí aparentando. Esa gente que se la pasa en eso son unos hipócritas. Pierden su vida tan malamente encerrados en sus cuatro paredes. ¡No saben lo que es buena vida!

─ Ya te vas a meter con esa gente. Le advirtió José.

─ ¡Claro que sí! Se necesita mucho guáramo pa¢ ser malo. Yo no tengo miedo que me haga negar que obro como me da la gana y no tengo por qué rendirle cuentas a nadie; ¡Porque no lo hay!

─ ¡Ni a mi mamá; pues! Soltó una risotada y José lo acompaño, divertido de las ocurrencias del Guacho. Por eso le gustaba buscarle la lengua.

Quedé un poco confrontado con esa conversa. Pero, aquello no era lo mío en ese momento; así que me moví del sitio. No fui de vacaciones buscando diatribas con borrachos. A la distancia distinguí a Yeinny. Su abultadita presencia y sus grandes… ojos siempre me asaltaban la atención cuando iba al poblado. Ahora más; desde que cumplí los diecisiete.

─ ¡Caramba Yorbi! Tanto tiempo sin verte; me dijo mientras sonreía, pestañeado seguido y jugando con la punta de sus azabaches cabellos.

─ Desde la última vacación que vine; le comenté en tono jocoso.

─ ¡Si, jaja! Has crecido.

─ Si claro, no me iba a quedar enano para siempre.

─ ¡Cuéntame!, mencionó ella con ánimo de alargar el saludo.

─ No mucho. Dije, para luego corregir. ¡Ah, sí! Hoy me quedé sorprendido con el “loquito del poblado”. Así lo llamó mi tía, le dije mirándola un poco avergonzado.

Ella bajó un poco la mirada, algo apesadumbrada; y, abandonando el juego con el cabello, lo dejó caer para decir:

─ ¡Ah, sí! Pobrecito.

─ ¿Por qué? ¿Qué pasó? ¿Por qué te pones así? ¿Es familia tuya?

─ ¡No, jajaja! Carcajeó ligeramente, sin estridencia.

─ ¿Y entonces? Pregunté insistente.

─ Bueno… iba a responder cuando se oyó un grito:

─ ¡Yeinnyyyy! ─ Era la mamá ─. ¡Vámonos! Ya va a llover.

Y era verdad. Ya se había asomado tímidamente el agradable olor de tierra mojada. Las hojas volaban semejante a manada de “guirirías”. Todas hacia la misma dirección que la que llevaba el viento. Los árboles bailoteaban agitados. El polvo formaba arreboladas tolvaneras. Sí, era lo mejor, cada quien irse a su casa. Le di un amable beso en la mejilla y cada uno nos fuimos.

Menos mal también me vine. Todo se volvió oscuro, gris, triste. El agua caía como si la tiraran con cubeta. El amarillento río deslizaba espumarajos de magníficos tornasoles. Por momentos se veían grandes raíces de árboles, para luego desaparecer; para luego aparecer ramas azotadas violentamente por alguna fuerza invisible. A lo lejos se oían caer los barrancos que arrancaba el bravío cauce. Hasta la casa llegaba el olor de barro mojado. Menos mal esa noche estuvo fresca. Antes de dormir, igual de fugaz que los atronadores relámpagos que estremecían la tierra, me pasó por un instante el recuerdo de la conversa de Guacho y la figura del loquito del poblado.

Mientras llegaba el sueño con la cabalgata de las valquirias; que entonaba el caudal del río, me rompía la cabeza preguntándome tontamente:

─ ¿Por qué es más válido luchar por ser un malo? Me preguntaba un tanto dudoso ¿Qué hay de honroso en ser un auténtico inmoral? ¿Qué cosa buena salía de ser un empedernido hedonista? ¿Qué gran botín obtenía Guacho de solo ser “ciudadano Kane”? que seguramente terminaría sus días diciendo: “¡Rosebud!”. Eran solo preguntas retóricas en ese momento. Nada más.

─ ¡Bahhh! Eso no son tonterías que ayuden a dormir, pensé; mientras aguce el oído para escuchar mejor la rugiente cabalgata acuífera.

La mañana pintó, clara. El rio bajaba bordeando la orilla del terraplén. El desfile era fastuoso: Árboles arrancados de cuajo, troncos molidos, canoas sin tripulantes, un burro ahogado aquí un perro allá... No habría inventario en que cupieran tantas cosas tan dispares. Estaba distraído en la ventana ojeando el anárquico y surreal desfile, cuando se oyó la voz:

─ ¡El desayuno está listo!

Hoy le tocaba a la famosa tortilla y pisillo de babo. No eran mis preferidos. La consistencia elástica de la tortilla no era de mi agrado. Pero los aliños y el verde cilantro de monte la convertían en aceptable. El pisillo era más admisible; y con las arepas si se convertía en tentación.

─ ¡Tía! ¿Dónde vive “el loquito del poblado”? ¡Se habrá mojado ayer! Con ese palo de agua a cualquiera se le mojaba hasta el mango del paraguas; comenté mientras terminaba de rellenar la dorada arepa con el pisillo.

─ ¡Noooo! Ese vive en un rancho de paja. Él mismo se lo hizo; con techo de palma y paredes de barro y caña brava.

─ ¡Si! Y si es tan pobre ¿Cómo hace para comer? ¿De dónde saca ropa tan presentable? Pregunté, un algo picado por la curiosidad.

─ ¡Oh! ¡Eso! No.No es problema. A veces algunas personas de buena voluntad le dan alimento; y, si no, él se apaña con lo que consigue en la sabana. Yyyy…la ropa, comentó, mientras untaba mantequilla a la arepa; se la regala una gente que a veces viene del centro.

─ Tía, ahora voy a casa de Guayuguá.

─ ¿Por qué le dices así? Se llama Gabriel, comentó un poco molesta.

─ Pero así le dicen todos, respondí un poco irritado; aunque no lo mencioné.

─ ¡Ah Claro! Si todos se tiran por un barranco ¿tú también? ¡Sí, Verdad! ¡Me olvidaba! Dijo mientras se ponía divertidamente el dedo índice en la sien; es que tengo un sobrino muy preparado. Inmediatamente, levantándose de la mesa con el plato se dirigió al fregadero. Por el camino soltó unas cuantas carcajadas con alegre jovialidad.

Camino a casa de Guayuguá me asaltó la fatídica razón de cómo conocí la familia. Fue una lúgubre razón. Esa vez mi tía me arrastró hasta la casa de ellos. Fue cuando Danny, el hermano menor, en medio de la borrachera se disparó con la escopeta. Se había colocado el cañón en la boca y de un solo jalón se pegó el tiro de escopeta. Todo porque lo había abandonado la mujer. ─ Qué cosas tan dolorosamente profundas y misteriosas habrán detrás de esas acciones ─.

Bueno, lo cierto es que hablar con Guayuguá resultaba interesante. Siempre me explicaba de forma sencilla lo que no entendía del poblado. Por cierto, de tantas vacaciones nunca habíamos hablado del loco del poblado. Y…Claro, tampoco lo había visto nunca.

El saludo fue el acostumbrado. Formal. Amistoso. Toda la familia me recibía muy agradada. ¡Claro! Yo era nada más y nada menos que un citadino ¡Ja! Imagínense.

Como era ya tradición en nosotros; fuimos al patio, debajo del mango. Por supuesto que era obligado empezar por Yeinny.

─ ¿Ya tiene marido? Pregunté todavía lacerado por la noticia.

─ Si. Y también tiene una niña, respondió Guayuguá.

Con aquella información, y el vasto desencanto, pasó a ser tema de poco interés.

─ ¡Epa, Guayuguá! ¿Qué sabes del loquito del poblado? Ayer estaba cerca de la casa de mi tía. Me da curiosidad saber cómo llegó a ese estado.

─ No es mucho lo que se sabe en verdad. Respondió mientras lanzaba piedras al racimo de mangos. Tenía preparado el cuchillo y la sal; pero le faltaba el mango. Cosa que no tardó en conseguir para sentarse en el taburete y empezar a pelarlo.

─ Mucha gente del poblado dice que le pasó eso por culpa de sus padres. Aprovechó para decirme:

─ ¡Pásame la sal, compadre!

Le entregue la bolsita de sal, y continué preguntando: ─ ¿Cómo así? ¿Qué le hicieron?

─ Nada en realidad. Lo amaron un montón, aclaró mientras se llevaba a la boca el trozo de mango verde con sal. A la vez que mastica, continuó diciendo: ─ Lo mandaron al centro. Parece que también estuvo fuera. ¡uhmm! ¡Jummm! Según los chismosos del poblado, recorrió mundo y tragó muchos libros. Pero cuando volvió no encontraba con quien hablar. La mayoría nos burlábamos de él y otra gran parte no lo entendíamos. Es que hablaba unas cosas infumables.

─ ¿Qué cosas?

Cosas tales como que iba a llegar un día en que tendríamos dinero pero no hallaríamos que comprar. Que el mundo se iba a detener. ¡Imagínate! ¡Hablaba de la gran bestia y de la plaga funesta! ¡Cosas así!

─ ¿Quién le iba a estar parando a eso? Sentenció finalmente Guayuguá. ¡Hubieras visto! El día en que el loquito se puso machaconamente a advertir que llegaría un espanto que nos encerraría a todos. El poblado entero duro una semana con la chacota. En su guasa llegaron a decir que cuando llegara le iban a poner corona. Y… Fíjate ayer dijeron que la cuarentena era para todos lados. ─ Con el comentario de Guayuguá me di cuenta que eso era lo que discutían José y Guacho frente a la licorería. Justicia poética, pensé ─.

─ ¡Pero eso no son cosas de otro mundo! Dije sorprendido.

─ ¡Claro que no! Pero, después que sus padres enfermaron gravemente; tuvo que atenderlos él. Al final, ya casi no salía. Se la pasaba encerrado en la casa atendiendo sus padres y leyendo.

De un momento a otro, empezó a dibujar tonterías y letras en donde se le ocurría. Eso fue justo, cuando la guerrilla secuestró a Atamaica y más nunca la vio. El hombre se le volaron los tapones.

─ ¿Quién era Atamaica? ¿La hermana?

─ ¡Nooooo! Él estaba enamorado solo de ella. ¡Esa era mucha mujer para él! Comentó Guayuguá con aire de reproche.

─ ¡Qué cosas!, comenté. Pero si tenía casa ¿Por qué vive ahora en un rancho?

─ Se le metió la extraña idea de que nada de lo que tenía era de él.

A veces salía a la calle gritando desesperado:

─ ¡Todo es pasajero! ¡Nada vale la pena!

Los vecinos sintieron mucha pena por él. Hasta pensaban que era un mal puesto. Después fue que comenzó a escribir tonterías por las vías y caminos. No me creas, pero yo pienso que él está convencido de que con esas locuras ilumina la nimia vida de los habitantes del poblado. ─ ¡Pobrecito! Me supongo que todavía lo cree ─.

No se da cuenta que esa gente ha ganado tanto y que sus hijos se entretienen con una caja de sueños y unas tablitas muy especiales –no dije nada, aunque pensé en la mía─ en la que escriben y escriben y cuando se cansan levantan la plástica hoja y todo desaparece. La mayoría de ellos creen que con eso ya todo el mundo ve lo geniales que son. Esa gente piensa que así todo el mundo comprende la magnificencia que irradian.

─ ¡Dígame la gente de “La gran casa” en la urbanización! Tienen varios carros deportivos demasiado modernos. Lo que da más risa es que esos carros no los llevan más rápido que una carreta de mula. Los caminos, tan llenos de huecos y grava, no les dan mucho para correr.

─ ¡Fíjate! Agregó, mientras clavaba el cuchillo en el tablón de la mesa. ¡Qué cosas! Muchos ahora en el poblado no saben qué hacer ni con ellos mismos. Ninguna receta se les parece suficiente para sus grandes personalidades. La tabilla de escritura les resulta insuficiente para lo que ellos aspiraban.

Y qué decir del boche que se pegaron con los que tenían a vuelta de la puerta. ¡Esa gente común y corriente que viven a su lado! Padres regañones. Madres controladoras, Hijos incomprendidos. ¡Ahhh! Siiii, como no ¡Pobrecitos, esos niños! Ahora, más que antes, nadie en este poblado se percata de que ellos son los dueños del mundo; los herederos del futuro.

Esta situación les ha hecho rumiar, a los pobres chiquillos, sobre la idea que tenían acerca de que todo el poblado les debía algo. Y, todavía, lo peor, es que no entienden porque a ellos no se les reconoce tal deuda. Estos infortunados niños tienen la majestad de existir y nadie se da cuenta que esa es suficiente razón para que los demás tengan que concederles pleitesía. ─ Definitivamente, la vida no es como nosotros queremos. Ella es como ella es ─

─ ¿Cómo es eso? Pregunté un poco confundido.

─ ¡Ah, Bueno! Aquí hay un montón de gente que gana muchísimo. En comparación con ellos, cualquiera no es “alguien”. Ahí no se detuvo Guayuguá. Continuó:

─ Una vez escuché decir a don Cachito, el del hato de “La curva del Diablo”:

─ ¡Pobre loco! No tiene ni siquiera qué comer; ni donde caerse muerto y quiere dar clase de verdadera vida. ¿Hasta donde llega la gente ignorante? ¡Claro! todos sabíamos que era cuestión de tiempo. ¡Qué pena da! Cree que con juntar dos o tres palabras es una eminencia. Ya sabíamos que iba terminar pensando que tenía un mensaje el “iluminado del rancho”.

─ Esa vez no dije nada por no querer meterme donde nadie me llama; comentó Guayuguá. Pero, a veces dan gana de decírselo. Lo bueno es que el loquito en su locura se los dice. ¡Y como él sí tiene palabras de sobra! No los deja pero ni siquiera respirar. Es por eso que más de uno prefiere evitarlo.

─ ¡Ah, comprendo! Y… ¿Por qué será que Yeinny le tiene lástima?

─ ¡No va a ser! Exclamó como picado de avispa. Él siempre fue el amor de su vida. Pero siempre ha estado tan loco que no le paró.

Si está loco pensé. No pararle a Yeinny. Bien dicen que la suerte de los feos los simpáticos la desean.

De la nada, Guayuguá cambió el tema:

─ ¡Epa! Quieres ir a montar. Hoy vamos a la casa del “Guásimo”. Danny Está cumpliendo seis meses. Mamá quiere que vayamos a ponerle flores a la cruz y le prendamos una vela.

─ ¿Quiénes van?

─ Claudio, Gabriel, Miguel y César.

─ ¡Claro! Vamos.

─ ¿No le vas a decir a tu tía?

─ ¡No! Ella ni se dará cuenta. Eso sí ¡Tienes que préstame un pantalón y una camisa vieja! No me sirve ensuciar la ropa. Así sí se puede dar cuenta.

─ ¡Ah! Cierto.

─ Esta vez me prestas a Victorinox. Le dije. ─ Era un magnifico caballo blanco de colear que tenía Guayuguá ─.

─ ¿Seguro que quieres montarlo?

─ Por supuesto que sí, hoy es el día, dije.

─ Está bien, yo me voy en la yegua.

─ Hoy si podemos competir en la “Junquera”, propuse bastante animado. Allí podíamos competir al galope porque era una explanada bastante extensa y de grama pequeña; semejante al césped. Era más que especial para correr.

Nos fuimos por el camellón, bordeando toda la ribera del río; que todavía a bajo volumen seguía tocando las valquirias. Victorinox se portó a la altura. Al llegar a la casa del “Guásimo” le dimos la vuelta completa. Entramos para confirmar que todo estuviera en orden. Después, fuimos también a ver la siembra de maíz. Guayuguá comentó que ya estaba cerca la vendimia. Los jojotos despuntaban con un verdecito amarillento. Lucían frondosos y lozanos. Luego de revisar algunos para ver que no tuvieran gusanos, nos enfilamos de vuelta al poblado.

Cuando se hubo cerrado el último falso, se oyó el grito de Claudio:

─ ¡El que llegue de último al higuerón es una madreee...! Bastó aquella consigna para fustigar las bestias y soltarlas a todo galope. Victorinox se fajó a mostrar de qué estaba hecho. Pasamos a uno, a dos, a tres… a todos. No iba a jalarle la rienda. Al contrario se la solté para que fuera a su aire. Lo llevaba suelto; al garete.

Victorinox corría como el viento. Ninguno podía superar los tres cuerpos de ventaja que les habíamos sacado. Giré a ver como los demás se había retrasado y recortado el paso; a la vez que gritaban. Lo único que se me ocurrió fue que me estaban asustando para poderme alcanzar. Cuando voltee de nuevo al frente, ahí estaba: el barranco de metro y tanto que habíamos pasado temprano bordeándolo por abajo.

El animal no de detuvo. Tomó la mayor de las fuerza en sus cuartos traseros y por un instante volamos como si él fuera un Pegaso.─ Si así es la eternidad no dura nada; pero se detiene el tiempo ─.

Cuando las patas delanteras tocaron el otro lado fue algo fantástico. Sin embargo, unos instantes después Victorinox se enredó con la grama “tumba borrachos” que había al otro lado. En milésimas de segundos no supe de mí.

Quien sabe cuántos días transcurrieron después, hasta que desperté en la unidad de cuidados intensivos; ni idea de qué pasó; ni de dónde quedó el loquito ni nada. ¿Qué fue de él? No lo sé. Lo que sí sé es que todo quedó claro ese día. Cuando desperté, en mi cabeza solo giraba una revelación; diáfana como lágrimas de redención. Entendí por qué el loquito escribía en las paredes y en las piedras del camino:

“El aquí y ahora es lo único y verdadero que tenemos”. Alguien debe mantener ese mensaje hasta que llegue el día en que se nos haga saber definitivamente quiénes somos. A veces, para ello; supe entonces, deberemos también pintarrajear algunas piedras en el camino con palabras tan tontas que parecen sacadas de los libros que él leía. Ahora comprendo que eso es lo que hace el loquito del poblado.




La distracción terminó cuando el filoso llamado atravesó la inexpugnable fortaleza de la misma:

─ ¿Yorbi Martínez? voceó la enfermera.

─ Si soy yo, respondí enseguida.

─ El Dr. Lo espera. Pase.

Crucé la puerta, para encontrarme dentro al doctor, sentado tranquilamente en su silla reclinable.

─ Adelante, dijo, mientras señalaba la silla. Tome asiento, fue su frase de amable bienvenida.

─ Gracias. Usted me dirá Dr.

─ Bien Señor Martínez… Lamento tener que decírselo. Pero con lo que nos han narrado sus padres tenemos la certeza de que esta vez es mejor que se queden con nosotros. ¡Usted no va a tener tiempo para atenderlos! Enfatizó con amabilidad. Darle la medicación necesaria para mantenerlos estables es una necesidad urgente, agregó. ─ El bolígrafo se deslizaba entre los dedos del Dr.; que lo mantenía en constante voltereta ─.

─ Lamentablemente, continuó diciendo, la “Cipresa y Risperidona” deben ser administradas puntual y continuamente para asegurar su estabilidad. De lo que hemos visto en el historial resulta evidente que los períodos de crisis y los síntomas graves han evolucionado tanto que se hace indispensable hospitalizarlos para garantizar su seguridad, alimentación correcta, horas de sueño adecuadas e higiene básica.

─ De verdad ¿tan mal están?

─ Aseguran que usted no es su hijo. Para ellos usted solo tiene 17 años y está de vacaciones con su tía. ─ Puntualizó el Dr.─. Alucinan con la Historia de un loquito y lo relacionan con la actual pandemia del Corona virus.

No pude evitar agachar la cabeza y que resbalaran un par de incomprensible lágrimas contenidas. En un instante sin medida, me percaté que ya no tendría más sentido contarle las hazañas de mis vacaciones. Para ellos solo existía una vacación de tantas que les conté: Las del Loquito del Poblado.

─ Está bien; y, sin esperar más nada, cerré la puerta y dejé todo a mis espaldas. Ya no podría contarles más nada.

FIN

2 Mai 2020 00:28 6 Rapport Incorporer Suivre l’histoire
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La fin

A propos de l’auteur

Proséf Chetai Una obra escrita es una criatura que se va gestando como la vida. Llega el momento en que ella quiere ampliar sus horizontes. Hay que dejarla crecer. Que tenga tantas personas en su camino como tantas quieran conocerla. El lector será quien elija. Por supuesto tiene que ser un lector que quiera ir mas allá de la zona de confort.

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Proséf Chetai Proséf Chetai
Reyes, gracias por el comentario. Resulta provechoso que apuntes al tema de fondo y el alcance de la intención.
May 16, 2020, 00:01
W. E. Reyes W. E. Reyes
Un relato muy bueno e interesante..., uno no sabe si los alucinados viven en su mundo o nosotros en el de ellos.
May 15, 2020, 23:12
Proséf Chetai Proséf Chetai
Gracias, Nicolás. Es un agrado tenerte como lector. Un abrazo, igual.
May 15, 2020, 00:11
Nicolás Alejandro Nicolás Alejandro
cuanto talento maestro! un abrazo !
May 13, 2020, 21:53
Proséf Chetai Proséf Chetai
Angie, gracias a ti por leer y comentarla. Estoy agradecido de tu apoyo.
May 11, 2020, 00:58
Angie Aboytes Angie Aboytes
Interesante historia, muchas gracias por compartirla.
May 11, 2020, 00:23
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