dissentproducer Oscar M. Jordan

Timoteo, un joven ladrón será testigo de los últimos pasos de Jesús, descubrir al hombre detrás de la divinidad fue el detalle que le marcó la vida a diferencia del resto. Acompaña a Timoteo en su viaje emocional y de autodescubrimiento.


Inspirant Déconseillé aux moins de 13 ans.

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EL CARPINTERO

Timoteo había recién perdido a sus padres en un desafortunado evento del que jamás supo mucho; aunque, al final del camino, poco o nada le importaba saberlo; las emociones descarnadas le endurecieron el corazón y el alma de hombre. La sed y el hambre flagelaban su cuerpo maduro en un vaivén doloroso y errante; para él, las calles polvorientas e inundadas de gente podían únicamente significar una cosa: la oportunidad perfecta para conseguir un trozo de pan o una moneda con la figura del César incrustada en su valor de un bolsillo ajeno o de un cúmulo de ellos distraídos en las tareas del diario. Ponerse a pensar en el momento en que lo sorprendieran robando no le ayudaba en nada más que acrecentar los nervios y la enorme impotencia de no poder hacer nada ante las carencias naturales de su ser.

―¡Timoteo! ―escuchó al salir por la puerta de madera del hogar para refugiados en que durmió esa noche― ¡Hey, Timoteo!, no me lo vas a creer.

―¿Qué quieres? ―respondió él a los llamados de un hombre que, de buen humor, lo llamaba amigo― No tengo tiempo para nada, tengo hambre y voy a matar a alguien si no como pronto.

―¡Lo sé! ―volvió a exclamar el hombre que, corriendo detrás, alcanzó el cuerpo de Timoteo sudando y con una sonrisa en su rostro enrojecido― Por eso he venido a buscarte, algo me decía que estabas aquí, en esta inmunda y sucia calle ―sonriendo terminó.

―Me pregunto qué tan bien sabrás dentro de una cazuela con agua hirviendo, supongo que mejor de lo que hablas.

―Tranquilo, hombre. ¿Recuerdas al hombre que hace dos días le robamos un par de pescados?

Timoteo giró los ojos con amargura y asintió con la cabeza, ya no tenía más ánimos de conversar, el hambre transformaba su estómago en una clase de monstruo poderoso que actuaba con voluntad propia devorándole los órganos internos en consuelo de tener algo que lo llenase un poco siquiera.

―¡Está regalando toda su pesca!

El hombre del ceño fruncido detuvo su andar y su atención se postró en la palabra que Ciro le había pronunciado, «¿qué tontería dijo este pobre diablo?». Pensó, mirándole a los ojos con incredulidad, pero esta vez con ánimos de saber más, de saberlo todo, de hecho.

―¿Simón regalando sus pescados?, ¿estás bromeando?, el pobre con trabajos y captura lo suficiente para él.

―Hoy no es así. Ven ya, que dentro de poco la gente se amontonará como animales. ¡Date prisa!

Confiar en las palabras de Ciro tenía sus desventajas desde la perspectiva de Timoteo, pues por alguna razón siempre terminaba por meterlos en problemas, usualmente no pasaba mucho tiempo para encontrarse ya corriendo por sus vidas entre las calles de Galilea intentando no ser alcanzados por quién los descubriese tomando pan o las monedas de un tazón que no les correspondía. Sin embargo, esta vez la emoción de su compañero tenía un algo distinto que llamó sus atenciones por descubrir de qué se trataba exactamente y, sobre todo, conseguir por lo menos cinco de esos peces de Simón para sobrevivir un par de días más de su desdichada vida.

Corriendo ya con energías, Timoteo se sintió a punto de desfallecer ante el calor descomunal de la mañana. Habían llegado a la costa en donde el barco de Simón se hallaba postrado quieto sobre la arena, impulsivamente Timoteo decidió golpear en la nuca a su compañero y, con enojo, le tomó y haló de los paños viejos de color oscuro hacia él.

―¿Te has vuelto loco? ―enojado susurró en la cara de Ciro hasta lograr escupirle, el hambre le carcomía el cuerpo y la rabia de lo que parecía el error de Ciro lo empeoró aún más por un momento―, el imbécil ni siquiera ha partido ¿no ves el barco varado?, ¿estás ciego, pedazo de inútil? Tengo el estómago vacío desde la tarde de ayer y, por lo que puedo ver, tú serás a quien mate y me coma lentamente.

Ciro deformó el rostro con espanto, Timoteo había reaccionado tan de prisa que no le alcanzó el tiempo para explicarle lo suficiente para hacerlo calmar. De golpe, el hombre de los trapos sucios cayó sobre la arena y miró el cuerpo de su compañero alejarse ferozmente con todo un umbral de mal humor. Con la mirada perdida ya sobre el horizonte de frente al barco de Simón, notó cómo dos cuerpos salían de él; uno era Simón y el otro era alguien nuevo que le acompañaba. Corriendo y olvidándose de Timoteo, Ciro fue en busca de comida en un primer día en que robar ya no fue una opción necesaria; corriendo, tuvo la oportunidad de mirar a Simón al rostro y le extendió la mano, Simón lo dejó esperando con un gesto de alegría.

―Espera, espera ―dijo Simón, mientras con trabajos podía sostener su propia red.

Sobre uno de los tantos canastos viejos que poseía el pescador a quien todos llamaban Simón, desbordó una docena de pescados frescos. Las manos de Ciro no volvieron a estar vacías y, con humor y gratitud, el canasto lleno se depositó en las palmas del hombre también hambriento.

―¿Qué es esto, Simón? ―preguntó Ciro con la mirada abierta al por mayor, no se lo creía.

La culpa tocó las fibras de Ciro al recordar que fue parte del problema que hacía días dejó sin comer a Simón, cuando el egoísmo y las necesidades de sobrevivir habían sido tan fuertes que tomar un par de pescados fue necesario para mantenerse con vida. Tener en las manos el canasto pesado no hizo más que hacerle sentir arrepentimiento y un sentido de la culpa que le gritaba desde el corazón negarse a recibirlo en un acto de autocastigo.

―¿No la tomarás? ―preguntó el pescador con gracia―, ¡Anda! Tómala, son tuyos, el canasto puedes devolvérmelo mañana, de esos no tengo tantos como peces ahora ―dijo sonriendo y carcajeando fidedignamente a los cuatro vientos―. ¿En dónde está ese amigo tuyo con cara larga?

―Ha creído que le mentí y se marchó, seguramente no lo volveré a ver en un buen rato.

―¡Qué lástima! Búscalo y lleva contigo uno más ―terminó Simón, ofreciéndole un nuevo canasto con una nueva docena de pescados elegida al tacto.

De nueva cuenta, no habían dado oportunidad a Ciro de replicar. Con ambos brazos ocupados, agradeció la buena voluntad del pescador que hacía poco conocía y, con un par de reverencias, dio unos pasos atrás. De espaldas, escuchó el cuerpo de Simón bajar del barco y, casi en seguida, escuchó un cuerpo más tocar la arena. El primer salto no lo sintió, Simón no tenía el cuerpo de un voluminoso ser; pero el segundo hizo vibrar la arena de un golpe que desequilibró por un momento a Ciro, haciéndolo por poco tropezar. Girando su cabeza, manteniendo el mismo sentido y dirección de su cuerpo, miró al acompañante del pescador; un hombre mucho más alto que el propio Simón. Ciro decidió avanzar con lentitud para descubrir más de lo extraño que era tanta cantidad de alimento y miró a un par de hombres correr hacia el mar azul en busca de más.

―¿Qué ha pasado aquí? ―preguntó uno de los hombres nuevos que Ciro vio correr con velocidad.

―Nada, que este hombre hizo aparecer un millón de pescados en mi red ―contestó Simón, mientras nuevos canastos llenaba de alimento para los demás, a quienes quisieran, a quien los pidiese, a quien los necesitase.

―Las mentiras no son bien vistas, Simón ―habló por fin el hombre alto y de voz tranquila, animosa y diferente, sonriendo con fidelidad a la sorpresa de a quien acompañó.

―Lo lamento ―se excusó Simón.

Ciro se hallaba al pendiente y escuchando la conversación. No podía ser de otra manera, pues la curiosidad le nacía del cuerpo y la obedecía a plenitud.

―¡Este hombre me ha dicho exactamente dónde pescar!

El cabello largo casi dorado adornado por una minúscula barba negra en el rostro hizo detener el paso de Ciro, la lejanía a la que se encontraba no le permitió ver más que esos pequeños detalles.

―¡Simón, no lo puedo creer! ―exclamó quien perplejo miraba de la realidad dentro del barco esperando más comida que le regalasen.

―Hablando de tu nombre ―volvió a hablar el hombre del saber marino sonriendo y dirigiéndose a Simón, tomándole del hombro.

La quietud de Simón se hizo presente y, con atención, miró a los ojos de color café de quien apenas hacía unas horas atrás conoció.

―¿Qué te parece si a partir de hoy te llamo Pedro? ―preguntó aquel del cabello largo brillante―, ¿te gusta? ―terminó, sonriéndole de oreja a oreja.

Sin saber por qué, Simón asintió con la cabeza, otorgándole a quien tenía frente a frente el poder de llamarle Pedro. Muy despacio y bajo susurró, «¿Quién eres?»

―¡Soy tu amigo, Pedro!

Durante días, Timoteo merodeó la tierra en busca de respuestas que imploraban los adentros de su ser acompañados del hambre diaria que, por la suerte o desdicha del día, le tocaba saciar o apaciguar con pena. Dentro de su cabeza palpitante se preguntaba «¿Qué habría sido de mí si hubiese podido comer aquel día?»; la respuesta no la sabía y, muy dentro de su conciencia, sabía que no valía la pena responderse. «Primero lo primero»; se decía, debía encontrar qué comer.

En las inmediaciones del Templo de Herodes, Timoteo conocía de las aglomeraciones atroces de gente que se reunía allí para cambiar sus monedas y ganado que, por necesidad o avaricia, busca efectuar. La circunstancia era perfecta y él no dudo en encaminarse hacia allá, donde muy seguramente intercambiaría sus pocas monedas robadas – y unas cuantas más por robar – a cambio de lo que fuera para poder consolar la hambruna de su cuerpo que le hacía, por poco, llorar.

El cúmulo de personas podía desesperar a Timoteo, las jaulas en donde los ganados chillaban se apoderaban del mayor de los ruidos haciéndole sentir la histeria de los animales dentro de los enormes depósitos. El sonido de las monedas chocar llamaba a su corazón a encontrarse con ellas como, en su momento de debilidad, a sus padres sabiéndolos muertos ya.

―¡Vengan acá! ―escuchó Timoteo de un vendedor de palomas frenético por atención― ¡Palomas! Las mejores que podrá usted encontrar, ¡Vengan acá y llévese cuántas quiera!

El vendedor hacía sonar su bolso inundado de monedas judías, mismas a las que el hombre perdido echó un vistazo dejando emanar una sonrisa esperanzadora. Más de una decena de personas se juntaron alrededor del vendedor de palomas, quien, al mismo tiempo y gritando, sacó de su lugar a un par de aves. Su labor no era mucha, pero la distracción y la persuasión eran sus fuertes para seguir llenando sus bolsillos de monedas que podía usar para entonces llenarse la boca de comida y de más de un beneficio. Timoteo se adentró entre la gente que, en llamas de la diversión, gritaba al unisonó; avanzó hasta llegar justo al lado del vendedor de mal olor.

―¡Mire, vea! Estos tiernos animalitos, ¡Venga aquí y mírelas ojo a ojo! ―dijo el vendedor de la cara sucia teniendo el cuerpo de Timoteo detrás de sí, a punto de tomar su bolso colgante de monedas.

«Apúrate, maldita sea, agáchate más», pensó el hombre ladrón al fallar en su primer intento por tomar las monedas brillantes, la desesperación embrutecía sus sentidos y, cerrando los ojos, se aproximó unos centímetros más arengándose más de la cuenta a fallar definitivamente.

―¡Venga!, ¡Venga acá! ―gritó una vez más el vendedor, lastimando los oídos del ladrón desesperado.

Timoteo tocó con su dedo índice una de las monedas cuando decidió abrir los ojos y resignarse con coraje a no poder tomar lo que más deseaba guiado por sentidos primitivos de supervivencia.

El vendedor de la voz poderosa reaccionó repentinamente casi por inercia a un golpe que le propiciaría un látigo en las manos de un hombre diferente a cualquiera que alguna vez, durante toda su vida, miró.

―¡Pero qué…! ―exclamó el palomero, agachándose lo suficiente para que Timoteo sintiera el bolso lleno de monedas por fin entre sus manos.

―¡AJÁ! ―pronunció en voz alta el ladrón, arrancando de un tirón el bolso y sonriéndole a su suerte que, esa tarde, se inclinó por y para favorecerle.

Imponente, el hombre del látigo en mano con el ceño fruncido dedicó una serie de palabras a todos y todas aquellas que lo escuchasen.

―¡Han convertido el hogar de mi padre en un centro de avaricia y faltas de fe! ―gritó, empuñando el látigo de sus manos y golpeando las jaulas de ganado que yacían en el suelo y sobre las mesas de los vendedores y cambiantes de monedas.

El coraje del sujeto que también Timoteo miró descontrolarse comenzó a emanar a golpes a cada uno de los presentes, haciéndolos correr. Por un momento, Timoteo alejó los motivos que lo llamaban a escapar, pues había una chispa de algo impronunciable que lo limitó a mirar sorprendido el acto del hombre alto del cabello dorado y largo. «¿Qué es lo que le ocurre a ese sujeto?», se preguntó con la curiosidad al borde, mientras miraba a los centenares de gente correr gritando, algunas intentando rescatar sus ganancias y otras muchas escapando al dolor de sentir el poder del látigo impactar sobre sus cuerpos.

―¡Este es un lugar de rezo, no de diversión! ―gritó de nuevo, adjudicándole poder a sus palabras al mismo tiempo en que recorría los rincones del templo para dejar escapar la indignación de su corazón.

Timoteo no tuvo más opción que correr escabulléndose detrás de uno de los pilares del lugar para poder seguir presenciando el acto que lo dejaba, hasta ese momento, perplejo. «Está realmente enojado y golpea a quien se le atraviese, comienza a agradarme», pensó con cinismo, escuchando aún los gritos del hombre alto y poderoso castigando a quienes faltaban a las verdaderas intenciones del templo.

―¡Templo de Herodes! ¡Vaya! ¡Este es Templo de DIOS!

El cansancio llamó a la puerta en el cuerpo del hombre empoderado con el látigo en mano mientras el resto de los animales corrían espantados y alterados por los suelos del templo. La gente terminó por dispersarse y, entre gritos, se dejó escuchar a una mujer que intentó hacerle frente junto a un par de hombres voluminosos.

―Sal de aquí ya, Jesús. ―intervino la mujer, llena hasta la cabeza de la misma rabia por haber perdido todas sus ganancias.

«Con que Jesús, ¿eh?», se dijo Timoteo aún detrás del pilar del templo, asomando la mirada al centro del conflicto en donde la mujer tomaba del suelo un cuchillo filoso que se usaba para cortar distintas herramientas artesanales que allí mismo se vendían, amén de los aprendizajes de esclavitud.

―Esta estúpida lo va a matar ―habló en voz alta Timoteo, aferrándose a la bolsa gruesa de monedas.

Jesús se encontraba de espaldas a la mujer y, en un arrebato de ira, ella corrió con energías el tramo que faltaba para tocarlo con el cuchillo en la mano derecha. Timoteo no hizo más que sostener todavía con más fuerzas la tela que sujetaba su cena y cerró los ojos sin querer ver cómo terminaba el hombre del vestir azul cálido.

―¡Alto, mujer! ―habló Jesús de espaldas, respirando profundamente gracias al cansancio.

Ella, por alguna razón, detuvo su carrera repentinamente tan apenas terminó de escuchar la voz de quien tenía de espaldas y el par de sujetos gordos grotescos que detrás de ella la acompañaban no osaron mover uno solo de sus dedos. Jesús retomó su postura y el viento liberó el movimiento de su cabello alargado, al tiempo que volteaba a ver a los ojos a la mujer deseosa por haber avanzado un par de pasos más para enterrar su cuchillo en las profundidades del cuerpo de su oponente.

―¿Qué habrías hecho tú si alguno de los que estaba aquí irrumpía tu hogar?

Una lágrima fiel brotó de los ojos de Jesús mientras Timoteo abría ya uno de sus ojos con extrañeza al no escuchar un llanto de dolor.

―¡Den al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios! ―gritó, yéndose del templo con los hombros bajos y aventando a su suerte el látigo fuera del lugar.

Timoteo, sin temor, salió del pilar para bajar por los peldaños hacia la misma dirección que Jesús. Entre su ropa escondió el bolso rico de brillo y miró cómo la mujer, en compañía del par más detrás de ella, yacía con la mirada perdida en la nada; el joven ladrón pasó frente suyo y los ojos de sorpresa del trío quieto parecían haber pausado su vitalidad. Dentro de su cabeza no pudo evitar preguntarse «¿por qué no lo mataste?, sólo tenía un trozo de cuero». El desorden resultaba atroz, digno de una pelea comunitaria sin precedentes, distintos animales en pequeñas cantidades todavía podían ser vistos correr de muro a muro averiguando una manera de salir; Timoteo, al salir del templo, se encontró con una paloma blanca que le recordó haber tomado el dinero de su vendedor.

―¿Qué le importa a este lo que la gente haga o no haga aquí? ―dijo en voz alta únicamente para sí.

A la distancia, pudo mirar el cuerpo de Jesús caminar de perfil hacia un montón de piedras enormes y en una de ellas se sentó, tocándose los ojos para secar las lágrimas que de ellos eran expulsadas con emoción pura y solitaria. Jesús se hallaba solo, sentado, cansado y triste, con los ojos y la piel enrojecidos.

«No, Timoteo, no seas estúpido, no vas a ir a ninguna otra parte que no sea donde intercambiar estas monedas para comer», pensó, alejando de sí el impulso por acercarse a quien llamaban Jesús. Había sentido algo cercano a la lástima; sin embargo, alejar las emociones humanas de su ser había resultado ser una clase de poder que aprendió gracias a la brutalidad de su propia vida. Dándole la espalda al escenario desafortunado, el joven ladrón caminó en busca de lo que más necesitaba; comida y agua.

Durante semanas, Timoteo no tuvo más noticias de Jesús que los rumores esparciéndose por Galilea; mucha gente clamaba haber visto al hijo del hombre caminar entre las personas que, con amor, se acercaban a él para escucharlo o pedirle cualquier tipo de favor. Por otro lado, otro gran cúmulo de gente negaba con energía la presencia del sujeto y se limitaba a llamarlo falso mesías. La coyuntura de ambos lados de la moneda propiciaba conflictos entre los habitantes, llamando la atención de las autoridades. Lo que había ocurrido en templo fungió como el primer peldaño para poner los ojos atentos en las acciones de Jesús a lo largo de su recorrido junto con los doce acompañantes que le seguían como fieles corderos humanos amén de la emoción de ser encaminados por un nuevo hombre, diferente al resto, pero, paradójicamente, tan igual.

―¿Hoy qué te voy a dar, Timoteo? ―preguntó Ciro.

―Lo mismo, un trozo de pan, con eso basta ―contestó cortante a la palabra.

―Siempre has sido raro, pero hoy es otra cosa, ¿qué te pasa? ―preguntó de nuevo Ciro, quien fue su compañero de delincuencia.

―Recorrimos todos los rincones de Galilea y nada se nos puso en las manos, y mírate aquí ahora, mientras que yo sigo buscando refugio, comida, agua, y una piedra donde dormir cómodo o a salvo de los romanos.

Ciro intuyó desde ya por dónde se dirigía Timoteo.

―Ya sé, ¡quédate en mi casa!

―No necesito tu compasión.

―No es compasión, Timoteo, es amistad. Desde que te fuste aquel día es muy extraña la vez que puedo verte.

―¿Qué es lo que todo el mundo trae con Jesús? ―preguntó Timoteo, desviando la conversación a otra que no lo hiciera sentir como un pordiosero miserable. Eso era, lo sabía, pero denotarlo o que los demás se lo recalcasen le dolía inmensamente.

―Con él me encontré la mañana en que te hable de Simón, él fue quien lo guío en el mar. No lo miré con detalle, pero le cambió el nombre a Pedro.

―¿Cómo que le cambió el nombre?

―Así fue y, después de ese día, Pedro lo acompañó y yo tomé el barco. Me lo pidió, no pude negarme, ¡gracias al cielo que lo acepté!

Timoteo frunció el ceño en señal de incredulidad y arrogancia, el corazón del joven ladrón seguía corrompido sin ánimos de volver a sucumbir a los golpes de la vida. A lo largo de ella, aprendió a ser fuerte ante esos golpes en función de su magnitud que empeoraba uno a uno y sus emociones bloqueadas se guardaban dentro de los rincones más profundos de su ser en un intento por sobrevivir en el mundo real; en el que le tocó vivir ―mejor dicho― sobrevivir.

―Hace unos días asesinaron a Bautista, muchos hablan que Jesús se marchó con todos sus discípulos después de enterarse.

―¿A Bautista? ―preguntó Timoteo, arrugándosele el cuerpo mientras un escalofrío le recorría la espalda.

―Le han arrancado la cabeza ―contestó Ciro con el mismo terror que la imaginación le adjudicó al sólo imaginarse el momento de ejecución― ¿Recuerdas aún la anécdota de Herodes el Grande? ―preguntó Ciro a consecuencia de un recuerdo que se le encendió en la memoria y que unía la última pieza de su rompecabezas.

―¿Qué anécdota?, ese despiadado tiene hilos de ellas.

―Antes de que tú y yo siquiera naciéramos, Herodes se enteró que había nacido el hijo Rey.

―¡Ah, claro! Ya sé de qué hablas, gracias a ese cuento ordenó asesinar a todos los recién nacidos.

―De lo que no se enteró fue que la familia de un niño escapó.

―¿Y qué tiene que ver con lo que ahora ocurre? No comprendo.

―Cuando Simón me dio el barco y comencé a trabajar, Jesús habló de su escape ―Ciro recalcó la última palabra― junto con su madre y su padre de Tierra. No quiero decir nada, pero ahora tiene sentido.

Timoteo y su credulidad no cedían a la realidad de la que era presente, la oscuridad de sus adentros se pronunciaba de tal manera que sus creencias lograban mitigarse enormemente hasta quedarse muy detrás en sus prioridades. «Primero lo primero», eran las palabras que él se pronunciaba cada que la ocasión lo ameritaba. El joven de los malos hábitos andante por las calles solitarias se despidió de Ciro, negándole una vez más refugio; lo necesitaba, claro, pero no de quien alguna vez fue su cómplice y ahora era su “superior”. El orgullo retumbaba la voluntad de él, junto con todo lo demás que le ayudaba a jamás ceder su orgullo al piso de nadie que no lo mereciese.

Ciro lamento la decisión de quien aún consideraba su compañero y se limitó a no más que extenderle un nuevo trozo de pan fresco y recién hecho. Timoteo lo aceptó y, con un gesto de despedida, reinició su caminata junto a las cadenas que su espalda y pies arrastraban con pesar.

Aunque no lo admitía, las calles le adjudicaban de ese conocimiento que sólo en ellas puede obtenerse; solitario y sin miradas humanas dirigidas a su ser le habló al viento.

―¡Vaya carpintero!, ¡Vaya carpintero! ―dijo Timoteo con amargura, girando los ojos incrédulamente.

La noche anunciaba su prominente frío y Timoteo comenzó a temblar, las calles del lugar empezaban a vaciarse sin nadie que le prestará asilo. Momentos atrás desperdició por orgullo la comodidad que podía brindarle Ciro, el orgullo y el ego pudieron más hasta hacerle cimbrar los huesos gracias al viento. Caminó hasta cansarse y, por fin, echarse de espaldas en la hierba seca del monte Tabor, que por esa noche lo salvaguardó.

Las estrellas llenaban el firmamento oscuro acompañando a la Luna que no parecía nada solitaria; los puntos brillantes y parpadeantes del cielo hicieron a Timoteo tener un momento de debilidad humana que le rompió el corazón que tanto guardó sobre murales de roca. Solía mentir a quien fuese sin importarle nada; sin embargo, mentirse a sí mismo era algo que sencillamente no podía hacer, incluso si lo intentase con fervor. El silencio se apoderó del monte en su punta casi más alta detrás de donde se hallaba ―desde su ver― la Luna enorme y brillante.

―Mis padres… ―dijo él, sintiendo el pecho oprimirse como si una enorme piedra le fuera lanzada sin piedad y temor a matarle―, ¿por qué mis padres?

La pregunta comenzó inspirándole coraje, pero fue el tiempo ―los segundos― lo que transformó el enojo en dolor y en pena. Las estrellas parecían mirarlo con tristeza y los ojos de Timoteo se humedecieron en un acto de completa humanidad que se dejó escapar después de tanto tiempo guardada. Era natural, la soledad en compañía del silencio y no más que la noche y su Luna fungió como primer empujón para dejar colapsar sus emociones comprimidas dentro de su arrugado corazón.

Todas las monedas que alguna vez pudo robar no le alcanzaron para intercambiarle la dicha que necesitaba sentir, ni todo el pan del mundo podía calmar el hambre de amor que necesitaba; hasta el momento en que, desde su espalda, avanzó hacía él la figura de un hombre igual de sucio que él, en completa apariencia que la oscuridad le adjudicaba, pero inmerso de valiosa voluntad.

―¿Te molestaría si me siento a tu lado? ―preguntó una voz que le pareció familiar.

La velocidad con la que Timoteo reaccionó fue digna de un verdadero espanto. Dentro de su imaginación, vislumbró la figura de un romano por fin capturándolo y matándolo en un segundo que él deseo prolongar mucho tiempo más.

―¡Dios mío!, ¿qué haces tú aquí? ―preguntó Timoteo, con el corazón acelerado a punto de salírsele del cuerpo.

―No quise asustarte, discúlpame ―pronunció el hombre del cabello rizo y claro―, puedo irme si no quieres verme, lo último que quiero es causarte mal.

―No, no déjalo, no pasa nada.

La vulnerabilidad emocional le impidió a Timoteo reaccionar de otra manera, la más común.

―Ven, siéntate conmigo ―invitó el hombre de la barba negra.

―¿No estabas con tus discípulos en alguna parte del mar? ―preguntó Timoteo con extraño y forzándose a disminuir el ritmo de su corazón tocándose el pecho yendo de vuelta a la hierba de donde se levantó.

Quien yacía a su lado no puedo evitar sonreír y elevar la visión de sus dientes hacia el cielo oscuro pero brillante.

―Las cosas se cuentan rápido por aquí ―respondió con sentido del humor, fiel a su sonrisa― eso es bueno.

―Eso debió quedarte claro desde hace mucho, se dicen muchas cosas sobre ti.

―¿Ah sí?, ¿cómo qué? ―preguntó Jesús con interés casi infantil, con la mirada llena de atención.

―Aquello en el templo, por ejemplo, todo el mundo se enteró… ¡Vaya coraje!

―Todo el mundo se enterará ―sonrió―, ¿cómo te llamas?

―Timoteo

―Yo me llamo Jesús.

―Lo sé, lo sé ―contestó Timoteo con redundancia.

Sin querer que la conversación con su nuevo amigo terminara, Jesús devolvió.

―¿Puedo saber por qué llorabas?

Timoteo no supo qué, de primer momento, contestar; la mitad de su ser deseaba decir en voz alta «no, y la siguiente respuesta será mi puño en tu rostro», pero la otra mitad proclamaba con humanidad expulsar la verdad de su vida de una vez por todas. Mirar los ojos del hombre que tenía al lado le permitió sujetar su corazón con fuerzas y, con un último esfuerzo, decir:

―Perdí a mis padres, los mataron mientras huían de los romanos. Yo escapé y, desde entonces, no hago más que vagar por estas tierras sin tener algo que comer.

―Lamento mucho escuchar eso ―contestó Jesús, sujetando sus rodillas alrededor de sus brazos con la mirada más comprensiva que jamás pudo Timoteo contemplar―. Mi papá también murió. Creo fielmente que desde alguna parte de allá arriba me acompaña.

―¿Lo crees? ―preguntó Timoteo, aligerando enormemente su humor. Después de todo, Jesús no era del todo cómo imaginaba, la idea que se sembró de él a partir de haberlo visto en el templo no fue más que, como él esa noche, un momento de debilidad― Todos dicen que lo sabes todo.

―Aprendí mucho ―Jesús nunca perdió la sonrisa humana― treinta y tres años se dicen con mucha facilidad, pero la realidad es que he aprendido mucho.

Entre los rumores que Timoteo logró escuchar mientras deambulaba por las calles no pudo evitar preguntar.

―¿Cómo devolviste la vista al ciego?, ¿cómo devolviste el movimiento a las piernas de esa niña?

―El hombre ciego siempre pudo ver, pero dejó de creer. Lo encontré sentado sobre la tierra seca y, sobre su canasta, una sola moneda había. Él no la veía, pero la sentía y, con ello, su decepción floreció y desvaneció su fe. Yo caminé hacia él y le mostré la verdad que le permitió abrir los ojos de nuevo. A aquella pequeña, después de haber caído, el miedo natural la paralizó en el suelo mientras sus dos amorosos padres lloraban con pena. Caminando me encontré con ellos y sobé con agua tibia las rodillas de la pequeña, la hinchazón no tardó en aparecer, pero logró ponerse de pie y caminar para descansar, esa niña será más rápida que tú y yo juntos ―contestó Jesús sonriente, con calma y pureza.

―No comprendo…

―Estoy seguro de que lo harás muy pronto.

―La gente también dice que eres milagroso, el hijo del hombre. ―pronunció Timoteo cual niño pequeño preguntando el por qué de la complejidad del mundo.

―Soy lo que tú decidas creer que soy, Timoteo ―contestó de nuevo con quietud, adornado su rostro con la misma sonrisa y levantándose del pasto seco― ¿Vienes? ―preguntó con esperanzas de escuchar un sí de parte de su nuevo amigo.

―No, muchas gracias, estaré aquí sólo un momento más.

Jesús asintió con el cabeza comprensivo y reinició su marcha al otro lado del monte Tabor, en cuya punta más alta tres de sus discípulos lo esperaban. Timoteo decidió darle la espalda al hombre que se alejaba y distintas voces detrás y a la distancia lo obligaron momentos después a voltear; de primera vista no logró distinguir nada y, con sigilo, se acercó a los límites del lugar. Cuánto más se acercaba, más distinguibles eran las voces que parecían asombradas al poder de la noche.

―¿Qué pasa allá atrás? ―susurró Timoteo con la curiosidad a tope y el corazón adquiriendo poco a poco el mismo ritmo que su recién susto.

Detrás de la hierba alta, Timoteo miró a cuatro hombres puestos de pie. Uno de ellos era Simón, le fue sencillo distinguirlo en apariencia; mientras que los otros dos eran nombrados por Jesús como Santiago y Juan. Simón (a quien Jesús llamaba Pedro) fue quien arrodillado imploró.

―Eres tú no el hijo del hombre; sino el hijo de Dios.

Entre los rumores de Galilea, Timoteo escuchó repetidamente que el hombre a quien todos llamaban Mesías no aceptaba o confirmaba la verdad, sus respuestas después de encontrarse con él no osaban proclamarse a su propia naturaleza ―a la que fuese que significara―. Esa noche, sin embargo, todo fue diferente pues, ante la privacidad de la noche, con tres de sus acompañantes, Jesús asintió diciéndoles a los ojos.

―Soy yo el hijo de Dios, Pedro. Sí.

Los tres hombres tan sólo confirmaron lo que sus almas, por separado y en colectivo, sospechaban poderosamente. Después de su retiro en los mares, Pedro aseguró saber quién realmente era el hombre que le pescó aquella mañana inspirándole fervor y amor con la mirada humana y fiel.

Timoteo escuchó la proclamación de Jesús como si su propia voz se amplificase por todos los rincones del monte haciéndole sentir un escalofrío más de algo que llamó «no sé qué cosa». La luz de la luna impactaba el cuerpo de Jesús dotándole de brillantez al mismo tiempo en que caminaba hacia atrás a la punta más alta. La montaña vibró ante el caminar de él hacia el centímetro más alto de la montaña, al mismo tiempo que la luz de la luna le hacía brillar la tela blanca con la que vestía.

Una vez postrado en la cima, Jesús cambió el rostro sonriente por uno particularmente serio y asustado; su corazón de hombre se aceleró al mismo ritmo que el de Timoteo, quien a la distancia se encontraba perplejo de lo que miraba.

El hombre violento que Timoteo miró en las piedras del templo no era realmente quien imaginaba ser, todo cambió aquella noche en que Jesús sintió el poder del látigo sobre su espalda repetidas ocasiones acompañado del dolor de cabeza que le rodeaba la frente y el pulsar doloroso de cada una de sus extremidades.

―¿Qué le ocurre? ―preguntó para sí Timoteo sin siquiera parpadear.

―Acérquense ―dijo Jesús invitando a Juan, Santiago y a Pedro subir.

Aquellos fieles seguidores no se percataron de la presencia de Timoteo escondido en la hierba alta; sin embargo, Jesús lo invitó con la mirada en el horizonte debajo de los arbustos donde sabía del corazón del joven ladrón.

―¿A qué serían capaces de renunciar por mí? ―preguntó Jesús, brillante ante la noche gracias a la luz del satélite natural.

Pedro se anticipó a los demás diciendo.

―A todo, amigo.

El resto siguió diciendo lo mismo y asintiendo con la cabeza.

El corazón de Timoteo anhelaba decir que de igual manera, pero el resto de su voluntad decidido guardar silencio para escuchar lo que ni él se explicaba.

―¿Y por los demás?, ¿por sus enemigos?

Ninguno de los tres discípulos contestó, a los tres les había terminado por ocurrir lo mismo que a Timoteo en primer lugar escondido detrás de la hierba madura.

Jesús recuperó su sonrisa cuando el dolor de su cabeza y manos disminuyó en función de los minutos.

―Desatarse de aquello que guardan en Tierra será por lo que entren al lugar de donde yo vengo. Tender la mano al pobre será ofrecerle la más pura de nuestras riquezas.

Las monedas con la figura del Cesar que había guardado Timoteo hacía días con enorme celo comenzaban a pesarle, aquellos trozos de metal delgado adquirieron el peso de una enorme piedra, cada una de ellas sintiendo su vestir desprender gracias a la fuerza descomunal de las mismas dentro de su ropa.

Jesús desvió la mirada al horizonte de arbustos para coincidir con la mirada de Timoteo, que seguía atento a sus palabras mientras los tres de sus discípulos miraban confundidos.

―Nuestros muertos nos acompañan y nos acompañarán siempre.

El silencio repentino tocó las vísperas de la quietud en la cima de la montaña y Timoteo miró casi a la perfección la sonrisa fiel que ya caracterizaba, para él, a Jesús. El brillo de su vestir se difuminó en la noche en cuanto la Luna se escondía detrás de una enorme nube densa, Timoteo se acomodó entre la tierra y recostó su espalda en el mismo lugar, suspiró con energía y al cielo le dijo.

―¡Vaya carpintero! ―pronunció con cansancio emocional sin evitar preguntar qué era lo que hacía tan especial a Jesús.

Los ojos del joven ladrón se cerraron y no pudo darse cuenta siquiera del momento en el sueño se apoderó de su cuerpo haciéndole dormir.

El cuerpo de Timoteo descansó como jamás nunca recordó, la luz del Sol le cubría el rostro y fue ese detalle el que lo despertó de su profundo sueño; además de las grandes cantidades de gente gritando bajo la montaña en todas direcciones, los gritos de hombres y mujeres confundieron la consciencia del joven ladrón y, con un estirón que se prolongó por todo su cuerpo, se levantó para buscar la sombra más próxima a él. El calor se había tornado intenso, tanto que podía sentirle lastimar la piel.

―Demonios ―maldijo Timoteo, entrecerrando sus ojos que aún clamaban cerrarse y descansar otro poco más.

Mirando hacia abajo, se dio cuenta de la cantidad enorme de gente que caminaba; muchos iban con las palmas elevadas al cielo. El lugar donde esperaba amaneciera Jesús junto a sus acompañantes se encontraba vacío, no había rastros de nadie en el monte más que de él, naturalmente. Con el tacto en sus costados, cayó en cuenta de haber perdido las monedas brillantes que guardó con especial cuidado; una cosa llamaba a la otra y su acto acostumbrado le encendió la idea de aprovechar la cantidad de gente andante para escabullirse entras las calles por donde pasaran y tomar lo que le conviniera para desayunar. Decidido y un tanto de mal humor, se encaminó pendiente abajo y el sonido de las personas aumentaba considerablemente.

Con las dos manos, Timoteo se cubrió los oídos. La velocidad con la que las personas andaban del norte al sur del lugar confundía al joven ladrón; era habitual que, a esas horas, por lo menos la mitad del total se esparciera por el mercado de intercambio que se encontraba en la dirección opuesta.

―¡Hey tú! ―gritó Timoteo a uno de los hombres que no hacía más que asomarse detrás de la puerta de su propio hogar― ¿Qué es lo que está ocurriendo aquí?

―¿No lo sabes? ―contestó el hombre anciano con sorpresa.

―No, no lo sé, por eso le pregunto.

―Es ese nazareno…

―¿De qué habla? ―exasperado, gritó Timoteo gracias al increíble ruido de fuera.

―¡Ha devuelto de la muerte a Lázaro! He querido salir de aquí y verlo con mis propios ojos, pero estoy tan viejo que no llegaría a medio camino sin que algo me ocurra.

Timoteo escuchó entonces un nuevo rumor que no solo se había extendido con una velocidad atroz, sino que motivo a miles a moverse para encontrarse con la figura de quien apenas la noche anterior se encontraba en compañía sólo de 12 hombres.

«Pero ¿de qué se trata esto?», se preguntó Timoteo, olvidándose el hambre que le carcomía los adentros. Corriendo, siguió el sentido de los demás, quienes gritaban a los cuatro vientos; «¡Es un milagro!, ¡un milagro de Dios!», una y otra vez. El joven ladrón – que se olvidó serlo por ese momento – se abrió paso entre hombres y mujeres para correr con todas las fuerzas que le quedaban. Escuchar de aquel anciano algo tan fuera de la realidad le movió las emociones gracias a la conversación que había escuchado la noche de luna llena anterior de la que cayó profundamente dormido; su corazón a algo llamaba, pero no encontraba qué con exactitud. Sabía que podía descubrirlo si volvía a ver a Jesús frente a frente explicándole exactamente qué fue lo que pasó; sin embargo la posibilidad se difuminaba entre más gente se interponía en su camino.

―Háganse a un lado, maldita sea, háganse a un lado ―gritaba con poder y coraje al sentir una multitud aberrante de personas alrededor de él, consiguiendo sumergirlo en un momento en el que no le era posible correr y avanzar más.

Con inteligencia y resignándose a lo evidente, con la mirada intentó buscar a alguien que aparentara coherencia; de un lado a otro volteó sin ver más que movimiento desequilibrado de todos los presentes. Amontonándose y restregando su cuerpo con el de los demás, consiguió moverse hasta una de las orillas de la calle en donde nuevas personas fuera de sus hogares y puestos miraban hacia la misma dirección que el resto.

―He llegado tarde ―habló Timoteo en voz alta, consiguiendo que una mujer de velo negro lo escuchase.

―¿A qué ha venido usted tarde? ―preguntó, con ánimos de averiguar más; pensando que quizás y sólo quizás algo tendría que ver con el evento que todos habían presenciado.

―He querido ver a Jesús, pero ―pausó su voz, mirando al resto de la gente gritona y desesperada de júbilo.

―¡Oh, claro, entiendo! Hace rato que caminó con sus seguidores a Jerusalén

―¿A Jerusalén?, ¿qué irá a hacer allá? ―preguntó él, sin preguntarse antes a quién le hablaba.

La mujer no hizo más que encogerse de hombros con la mirada seria.

―Él y los demás siguieron el camino que los llevará al Monte de los Olivos.

Escuchar la ruta por la que Jesús y sus fieles compañeros seguirían alentó inexplicablemente el cuerpo de Timoteo.

―¡Gracias! ―exclamó el joven, reanudando su ruta.

A diferencia de momentos atrás, Timoteo supo exactamente hacia donde correr para conseguir tomar distintos atajos que lo llevarían a tiempo para alcanzar los pasos del hombre quien le inspiró tanta amistad a pesar de haberlo creído un mortal más con aires de superioridad.

La voluntad de Timoteo cambió un poco sin que se diera cuenta de ello; el pesar que al inicio emanó por perder sus monedas se dispersó en el aire, amén de un presentimiento que le devolvía a la sensación primitiva que aquel momento en que supo perecer a sus padres en manos de un trío de romanos atravesándoles el cuerpo decenas de veces, una sensación que entonces y ahora le inspiró horror.

Hacía días que Timoteo no miraba el cuerpo de Jesús y su alma le sujetó a un sentido de protección que le nació desde el corazón. Ciro había sido su acompañante de aventuras, pero Jesús le había prestado el tiempo y la atención que, con fervor, anheló durante años. Había sido el único que había preguntado el porqué de sus males y penas y el único que las escuchó con atención. En esos momentos, Timoteo deseaba volver atrás para no haber desperdiciado ni un segundo del tiempo que él le concedió. A lo largo de los meses de monedas robar, de unos y otros escuchó un sinfín de cuentos y anécdotas; pero él poseía su verdad, la única que quería salvaguardar a como diera lugar.

En el camino, Timoteo se encontró con la disposición de los lugareños por brindarle comida y agua, pero, si bien el hambre seguía siendo una preocupación, ésta fue desplazada por algo más que le movía el cuerpo haciéndolo correr por tierra y mar en busca del hombre, de sus palabras y de nada más que un consejo, el que fuese que le pronunciara. Dentro de sí, sabía que sería lo que le salvaría la existencia.

«Para cuando llegue, él quizá ya se habrá marchado», pensó con desanimo. «Debió haber llegado ya hace días». El cansancio se hizo presente en la forma de un par de calambres intensos en ambas de sus piernas haciendo que cayera al piso abruptamente, con el rostro deformado de dolor. La gente por el camino siguió avanzando dejando a Timoteo atrás.

Con penas y con el cuerpo hecho pedazos, consiguió llegar a Jerusalén; sin embargo, los rastros de Jesús eran ya minúsculos. La gente que, con fe, lo acompañaba pareció guardar silencio entre las calles. Las cosas andaban mal y los oídos de Timoteo fueron los que pudieron escuchar el sonido de la desesperanza emergentes de los hombres y de las mujeres que, con indiferencia, conseguían realizar sus propias actividades.

Timoteo avanzó más de lo que pudo creer y, frente a él, una mujer anciana reposaba sus trastos en el suelo poco iluminado de la noche, al mismo tiempo en que se mojaba las manos para lavarlos a todos en conjunto.

―Disculpe, usted ―habló Timoteo débil, pero esforzándose poderosamente. La anciana lo miró con sorpresa sin dejar de hacer sus tareas.

―¿Hum…? ―respondió.

―¿Ha visto o sabido del hombre que hace unos días entró a Jerusalén? Lo siguió una multitud de personas que…

La mujer anciana siseó a Timoteo, interrumpiéndole la palabra bruscamente.

―A ese hombre lo están buscando.

―¿Qué quiere decir? ―preguntó él, reiniciándole las sorpresas.

―Lo han querido apresar y no tardarán mucho en hacerlo y a cualquiera que diga que lo conoce. Si es inteligente, muchacho, cerrará el pico antes de que le sea demasiado tarde.

El hueco que dentro del pecho sintió días atrás antes de partir se agudizó aún más manifestándose en la piel elevándole los vellos de los brazos.

―No, es que no va a entenderme, pero no puede ser, ese hombre ¿qué mal ha hecho?

Las emociones colmaban el vaso de su propia existencia y fueron las mismas las que inspiraron en Timoteo una mezcla pronunciada de desesperación, miedo y, por supuesto, empatía hacía el hombre que le escuchó y por un segundo lo hizo sentir como la prioridad principal y única. Aquel o aquella que le produjera tal sensación debía ser el o la correcta para aferrarse en vida en la forma de cualquier relación humana y de apego emocional inspirador de sólo las mejores sensaciones que un ser humano es capaz de sentir.

―A mí no me importa, muchacho y ¡váyase de aquí! A mí no van a cortarme el cuello por un joven torpe como usted ―regañó la mujer de los años con mal humor y ansiedad que la conversación le provocó.

Entre las calles de Jerusalén, caminó Timoteo sin mucho qué descubrir hasta el momento en que, recostándose sobre un muro polvoriento, miró a uno de los doce apóstoles del hombre rizo y alto. El discípulo era uno que poco miró en los recorridos en los que pudo coincidir con Jesús; era el más sucio de la docena y el más callado. Corriendo, emergió de la oscuridad con una bolsa de monedas brillantes inmensamente parecida a la que Timoteo alguna vez robó del palomero en aquel templo. La inercia respondió y el joven cansado retomó las fuerzas que le quedaban y siguió los pasos del hombre apresurado acompañado por un ejército de romanos postrados en enormes caballos encaminándose hacia el Huerto de Getsemaní.

Una vez allí, Timoteo cuido sus propios pasos entre la hierba para no delatarse inesperadamente mientras miraba con atención al hombre nervioso que procedía a encontrarse con el grupo que Jesús encabezaba. Disminuyendo la velocidad de su marcha, el hombre tembloroso del cuerpo se acercó al cuerpo de Jesús, quien le dio un beso delicado sobre la barbilla a espaldas de la vista de Timoteo. Los rizos de Jesús eran inconfundibles y Timoteo supo inmediatamente que se trataba efectivamente de él; gracias además de la imponencia que su sola presencia inspiraba en el espacio.

Un grupo de romanos bajó de sus caballos y, con violencia, tomaron a Jesús de las muñecas, atándole una gruesa soga de piel negra. Un grupo más, sobre sus caballos, peleaba armas en mano con los fieles acompañantes de quien apresaban con violencia azotándole las muñecas con la soga de cuero, lastimándole las manos.

―¡Carpintero! ―exclamó Timoteo, antes de que un nuevo grito detuviera a todos sin excepción.

―¡Alto! ―dijo Jesús con la mirada triste, había perdido el brillo de alegría que Timoteo miró con gratitud aquella noche de monte― ¡Pedro, alto!, ya no más, por favor, ya no más.

Los ojos de Jesús se humedecieron profundamente, deseaba ya no ver a sus acompañantes a quienes amó desde el inicio de todo comportarse de esa manera, las cosas sucederían como tuvieran qué y él lo sabía.

Timoteo se detuvo en cuanto escuchó la voz del preso pedir el alto total a los comportamientos de quienes creían en él con voluntad.

―Quien pelee su vida con una espada en las manos será la misma por la que ha de morir.

Jesús se puso de pie de nuevo y, mirando al trio de romanos que tenía en frente, dijo con seriedad, escondiendo detrás de uno de sus mechones de cabello la lágrima de miedo que ocultaba.

―Es a mí a quien han venido a buscar y aquí estoy.

―¿Eres tú Jesús de Nazaret? ―preguntó un romano serio y oscuro entre la noche.

―Soy yo ―contestó, antes de que, con forcejeos, lo guiaran a su destino.

Timoteo miraba con coraje el forcejear de los romanos al tirar con fuerza de la soga negra, siguiendo la pista del hombre a quien quiso volver a ver cerca. Juró con dolo poder escuchar los huesos de sus muñecas crujir a consecuencia de los poderosos jalones.

Con la misma velocidad en la que sus actos de bondad y amor se supieron en toda la comunidad, su captura no fue diferente, la verdad recorría las calles de Jerusalén y Timoteo lloró debajo del sauce donde se refugió.

El amanecer por poco se completaba y Timoteo, sin resignación aparente, siguió los pasos del hombre a quien llevaban preso. Las multitudes de las que fue testigo madurar se aglomeraban al pie de la zona de flagelación, gritando al unísono un par de posturas que odió mirar confrontarse en la situación que únicamente merecía ver a Jesús salir de allí sano y salvo. El juicio terminó y, para la complacencia de quienes gritaban «¡Mátale!», se ordenó castigar el cuerpo de Jesús en la presencia de todos, hallándole de paso en obediencia a una conducta cruel y morbosa que nutría las ganas del primer colectivo por verlo realmente muerto.

Timoteo se hallaba justo en medio del primer bloque de gente aullante, las voces poderosas y sin ánimos de detenerse colapsaron el pecho de Timoteo orillándolo a cerrar los ojos con feroz fuerza mientras se cubría los oídos con tal de no escuchar más. Sus esfuerzos eran inútiles y, a pesar de haberse tapado los oídos, escuchó la condena impuesta a Jesús.

Sobre un tronco de madera adherido al piso, un soldado romano ató las manos del condenado y uno más le descubría el cuerpo. Timoteo miró con horror el momento en que ambos soldados romanos presumieron al público las armas con las que lastimarían el cuerpo de Jesús, quien se encontraba inundado de lágrimas, tembloroso a causa del estrés y del miedo.

―¡Papá! ―habló Jesús, mirando al tronco de madera con espanto.

El flagelo comenzó con látigos con trenzas sueltas en las que uniformemente se hallaban huesos afilados de cordero acompañados por pequeñas bolas de metal. Uno a uno, los golpes tiraban de la piel de Jesús haciéndolo sangrar al primer tacto violento. Los gritos de quien hasta entonces solamente parecía tener una voz tranquila terminaron por romper el corazón de Timoteo.

Quienes azotaban a Jesús vigorosamente, comenzaban a mancharse el uniforme de la sangre que les salpicaba. Los huesos de animal atados a las fibras de cuero del látigo llegaron incontables veces hasta los huesos de Jesús; las heridas abiertas no hacían más que hacer mirar al público sonriente el color blanco de los huesos del hombre castigado por hacer nada malo.

Un soldado romano más emergió de las profundidades del espacio con una corona desfigurada, rodeada por las mismas tiras de hueso de animal filosas apuntando a todas las direcciones posibles y, con preferencia, al interior de la corona.

―¡Mirad todos al rey de reyes! ―exclamó el soldado, elevando la corona frente a Jesús, quien aún era golpeado violentamente.

―¡Maldita sea, no! ―gritó con todo su poder Timoteo― ¡CARPINTERO! ―volvió a gritar con dolor y arrepentimiento ante todo lo incorrecto que pensó y dijo de quien ahora anhelaba salvar.

El siguiente grito de dolor pronunciado le caló hasta los huesos a Timoteo, quien no pudo más que escuchar; sus ojos no fueron capaces de mirar tal atrocidad y, mucho menos, los movimientos descontrolados de dolor que Jesús producía atado todavía al tronco de madera sólida.

Frente a dos cruces ya elevadas se encontraban dos hombres acusados de robo y el pilar del centro aún se encontraba vacío. Timoteo había seguido a Jesús por su paso hasta el lugar en donde sería asesinado y, durante todo el proceso, forcejeó con la gente que le impidió el paso para ayudar al sujeto que llamaba carpintero en un acto de total confianza digna de una amistad poderosa y completamente leal. El desconsuelo se avecinó cuando Timoteo escuchó la serie de martillazos que clavaban en las muñecas de Jesús un par de clavos inmensamente grandes que no solamente atravesarían su cuerpo, sino la madera del pilar horizontal al que era clavado; los gritos de dolor inspiraron en la gente aglomerada en el lugar un llanto descomunal y, lejos de ser apaciguado, el joven ladrón no estuvo exento de él y, con lágrimas en los ojos, escuchó la voz poderosa de Jesús elevarse por el cielo.

―¡Padre!, ¿por qué?

El pilar horizontal con las muñecas de Jesús clavadas a él sangrando hilos de color rojo que goteaban y manchaban el suelo polvoriento se elevó gracias a dos cuerdas atadas a cada extremo, de él colgaba el cuerpo del hombre del cabello húmedo en sudor y sangre en nada más que sus muñecas totas.

―¿Por qué me has abandonado, papá?

Una vez puesto en lugar, un soldado más forzó los pies de Jesús a colocarse uno sobre el otro en un pequeño pilar más clavado en disposición vertical. Con un nuevo mazo y un nuevo clavo el doble de largo que los anteriores, el soldado romano clavó los pies del hombre rizo pintando de rojo sangre por doquier a la cruz. Golpe a golpe, le significaba a Jesús y a todos los presentes de un dolor titánico y monstruoso que en distintas formas se manifestó.

―Por todos los cielos ―con un sollozo pronunció Timoteo―, Carpintero, ¡qué te han hecho!

Acercándose la hora más triste de todos los tiempos, Timoteo se acercó a la cruz en donde, por debajo, un cuarteto de soldados jugaba mofándose del dolor ajeno.

―¡Carpintero! ―le gritó a Jesús, tocando con sus manos los dedos de los pies de aquel hombre sujetado por clavos de agonía.

―Timoteo, mi amigo… ―contestó con debilidad, temblando― no llores, no por mí.

La muerte no es un hecho al que el ser humano se pueda acostumbrar así como así, y el joven ladrón lo supo aquella mañana, nublosa ya, en que el cuerpo de su amigo moría lentamente en la cruz.

―¿Qué has hecho? ―preguntó retóricamente.

―He dado la vida por voluntad propia…

―¿Por qué? ―preguntó Timoteo una vez más cual niño pequeño preguntándose las complejidades del mundo.

―Porque te amo ―la voz de Jesús, se difuminaba como el viento hace a un diente de león―, porque he hecho al ciego mirar sus pecados y arrepentirse, porque he ayudado a caminar a quien se ha rendido de hacerlo más, porque he sembrado en ustedes la voluntad de mi padre por ser buenos e inspirar al resto de la humanidad aspirar a lo mismo que yo…

―…― los ojos de Timoteo miraron la corona de espinas brillar gracias a sus propias lágrimas.

―… a dar la vida por quienes aman. Timoteo, iré allá donde tus padres.

El llanto descomunal debilitó las extremidades de Timoteo haciéndolo hincarse debajo de la cruz, anhelándole al cielo no perder el conocimiento; no quería por nada del mundo perder de vista a su amigo, a aquel que pronto se marcharía. Y, como si conociese a la perfección lo que divagaba en su cabeza, Jesús habló.

―No llores más, Timoteo, seguirás escuchándome dentro de ti, podrás verme si miras el cielo y podrás sentirme si te recuestas en el monte en donde te conocí. Te voy a extrañar, pero me tendrás siempre contigo.

―No te vayas ―pidió Timoteo con el alma puesta en las manos.

―Yo también voy a extrañarte.

―¡Perdóname! ―comenzó de nuevo el joven, obedeciendo los impulsos de su ser hecho pedazos―, perdóname, todas las monedas que robé, todos los pescados y pan que tomé sin permiso, todo lo que le he dicho a Ciro, a todo el mundo ¡Perdóname!

Las palabras de Timoteo no se excusaban al pensar que yacía frente al hijo de Dios, sino al pensar como un hecho completamente real y tangible encontrarse con un hombre que, a pesar de haber sido humillado, azotado hasta los huesos y clavado hasta la muerte, seguía dispuesto a amar y a perdonar en un acto de pureza inimaginable.

―Adiós, mi gran amigo ―se despidió Jesús, llorándole al partir.

El cuerpo de Timoteo fue alejado bruscamente por un soldado romano que le aventó hasta verlo tropezar y caer sobre el polvo ensuciándose el cuerpo.

―Padre ―susurró Jesús a punto de fallecer―, sobre tus manos confío mi espíritu.

La cabeza del hombre crucificado, al mismo tiempo que sus rodillas, cayó, anunciándole a todos su muerte; la muerte de un hombre que fue sólo un hombre con un hambre gigante por ayudar y enseñar.

―¡Adiós, Carpintero! ―se despidió por último Timoteo, con una última lágrima que le dio la bienvenida a su luto.

De regreso al mar de Galilea, Timoteo y Ciro pescaban animosos y llenos de virtud, cada uno con su propia red y sus propios instrumentos, al cabo del tiempo ambos aprendieron a formar un excelente equipo que, además de buscar su propia comida, comenzaron a dotar a los pobres de alimento y bebida en función de los años.

―¡La red está floja de este lado, Timo! ―avisó Ciro, luchando con el agua por no perder su pesca.

Timoteo soltó la suya, olvidándose que se perdería sobre el mar con todo y sus peces recién capturados y corrió hacia el cuerpo de Ciro, de quien haló con fuerzas para conseguir salvar su red.

―Pero qué torpe soy ―contestó Timoteo al saber perdida su red.

―¿Qué? ―preguntó Ciro, cargando dentro del barco la enorme red repleta de pescados frescos.

―Perdí la mía ―pronunció el nuevo pescador.

―¿Quieres mi mitad? ―sugirió Ciro sonriente.

Ambos carcajearon, amén de las pequeñas olas del mar menear su barco.

―Es eso o volverte pescador de hombres ―comentó Ciro, mirando el cielo azul limpio de imperfecciones.

―Seré entonces las dos, mi amigo.

29 Avril 2020 02:26:44 0 Rapport Incorporer Suivre l’histoire
1
La fin

A propos de l’auteur

Oscar M. Jordan Autor de #MientrasEstésConmigo, #LaPrimera, y "ElJuguetero" 📚 Estudiante Fan de la música country🎶

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