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Oscuridad

La angustia se me instalaba todas las noches en la boca del estómago. Cerrar los ojos y abrirlos sin transición a una realidad terrorífica se había convertido en una rutina que se alargaba en el tiempo. Solo la vuelta de la luz a mi ventana conseguía alejar el miedo de mí por unos instantes. Luego paralizada, me dedicaba a observar el viaje del sol a través del cielo deseando que se parara allí, en lo más alto, y no se moviera más. Pero eso no ocurría jamás y la oscuridad volvía a envolverme y me trasladaba de nuevo a mi pesadilla.

Esa pesadilla exenta de imágenes, de sonidos, de luz. Estaba allí, perdida en la nada sin saber hacia dónde avanzar, sin saber que había más allá de la distancia de mi brazo estirado. Ni siquiera el eco vivía en aquel lugar, el eco que me diera una pista del tamaño de la habitación.

Una única cosa me acompañaba en la desorientación y el desconocimiento, el miedo. Extremo, paralizante, ese que te hace jadear porque te aterra hasta el oxígeno que intenta abrirse paso hasta tus pulmones. Ese que mantiene tus sentidos tan alerta que te vuelve irracional y crea monstruos, golpes, voces, roces que no existen. El miedo de navegar sola en medio de lo desconocido.

Entonces decidí no dormir, me quedé instalada ante el ventanal esperando que el brillo rojizo del amanecer apareciera tras la montaña.

No sé en que momento cerré los ojos, pero cuando los abrí todas las luces de mi casa, que había dejado encendidas a propósito, estaban apagadas.

Tanteé intentando encontrar la pared y con ella el interruptor, convencida de que continuaba en mi hogar parapetada tras la seguridad de mi vigilia.

Pero no encontré nada, solo oscuridad y silencio.

¡No puede ser!, pensé, ¡estoy despierta! La pared esta ahí, el interruptor está ahí ¡lo sé!

Pero mis pasos eran cada vez más cortos, mi respiración más agitada y el terror empezó a crecer como un huracán imparable y devastador.

Y me quedé inmóvil con todos mis sentidos alerta intentando identificar el sonido de voces en casa de los vecinos, el ruido de un coche al pasar, el golpe de una puerta al cerrarse, algo que me convenciera que continuaba estando en la realidad, en esta realidad. Pero lo único que pude oír fue la sangre golpeando en mis oídos, el latir loco de mi corazón.

Perdí la noción del tiempo, creí que habían pasado horas, que ya debía estar a punto de amanecer y usé ese convencimiento para infundirme valor.

Avancé en línea recta con decisión, la habitación era pequeña, en algún momento tenía que tropezar con algún objeto.

De repente me pareció como si el negro que me rodeaba se aclarara, se volviera más gris y el perfil del mobiliario se fuera haciendo tangible. ¡Ahí está, la luz salvadora! grité en mi interior.

Entonces oí una voz, una voz por primera vez en tantos días de pesadilla:

- Todavía no es hora de dormir.

Y volvió la oscuridad.




27 Avril 2020 11:38:09 0 Rapport Incorporer Suivre l’histoire
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La fin

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