franck-palacios1581951992 Franck Palacios

Cuatro amigos hacen un viaje por final de ciclo de la universidad, cuando se les acaba el combustible, de regreso a la ciudad, uno de ellos debe ir por combustible; cuando este compañero no vuelve, se deben obligados a buscarlo. Al parecer se dirigió a un pequeño pueblo de los alrededores, donde todos los pobladores se están yendo a una celebración milenaria, dejando el pueblo completamente solo. El verdadero problema comienza, cuando reciben una llamada para informarles que tienen secuestrado a su amigo y que si no abandonan el pueblo, lo asesinaran.


Thriller/Mystère Déconseillé aux moins de 13 ans.

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La Vaca de Calambrias


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Hospital general del pueblo de Valley.

El detective David Rosales conversaba con la única sobreviviente de un horrible crimen sucedido en Wilson, un pequeño pueblo en las afueras de Catalina.

—¿Entontes, Srta. Milena —pregunta el detective—, que fue precisamente lo que sucedió ene se lugar? Se que debe ser difícil, sobre todo en este momento y habiendo sucedido tan recientemente, pero su colaboración es fundamental.

La joven, herida, ensangrentada y nerviosa se dispone a responder, se incorporó en la cama de su habitación.

—Entiendo. Pienso colaborar con usted, detective. Quiero que atrape a ese criminal que le hizo esto a mis amigos —dice ella con una expresión de tristeza y bajando la mirada—. Fue horrible, no se imagina, ni en sus peores pesadillas se lo imaginaria. Fue digno de una película de horror.

El detective saca una libreta y la abre, prepara su lápiz y se acomoda en el mueble al lado de la cama de Milena.

—Muy bien, comience. Dígame que sucedió exactamente. Todo, antes de que usted escapara de ese edificio.

Milena asienta y comienza a narrar lo sucedido.

1

El día anterior, dos de la tarde.

Un auto avanza por la carretera 78 en las afueras de la ciudad. En su interior viajaban un grupo de jóvenes.

Milena conducía.

A su lado estaba Mauricio, quien estaba dormido; en la parte trasera iban Felipe y Esther, su enamorada; al lado de ellos Eliza, los 3 dormidos.

Una noche antes, y parte de la mañana, habían estado en una feria en un pueblo a unos kilómetros de Catalina; festejando, era fin de ciclo de la universidad y habían ahorrado para hacer un viaje y darse un gusto. Un gusto que se dieron al pie de la letra. Habían festejado como locos, realmente hacían honor a su título de universitarios fiesteros. A pesar de ser mitad de ellos de facultades diferentes, se llevaban bien y sabían divertirse. Obviamente no eran los más aplicados de sus facultades, con excepción de las chicas, pero habían logrado acabar el ciclo que era lo importante.

—Chicos —dice Milena, percatándose de que la gasolina se estaba agotando—. Chicos despierten, tenemos problemas.

El primero en despertar es Mauricio, amigo de Milena, ambos estudiantes de medicina. Se despereza y mira alrededor.

—¿Qué pasa, Mili? —dice bostezando y con una cara de resaca tremenda.

—Es el combustible, se está acabando

Los chicos en la parte tercera se despiertan también.

—Habla más bajo —dice Felipe—, me duele todo, hasta las cejas.

—Eso te pasa por exagerar con el ron. —Increpa Esther, regañándole.

—Ya, no me regañes tú también tomaste —repone y cubre sus ojos con su antebrazo.

—Pero no como tú, mírate, esos ojos pareces un zombi.

—Ya cállense —dice Eliza girándose y acurrucándose en su lugar—. Dejen dormir.

Milena continúa.

—chicos, escúchenme, se nos termina el combustible.

—Pues —dice Felipe— detén el auto y llénalo con el galón que tenemos atrás. —El muchacho se acomodó de lado junto a Esther.

—Oye tarado —espeta Milena— ¿No recuerdas que hiciste ayer con la gasolina? —le pregunta irónicamente.

—¿Qué? —responde Felipe confundido y mirando a Esther frunciendo el ceño.

—Pues —ella le contesta—, pues intentaste prender un pastizal roseando la gasolina escribiendo mi nombre.

Felipe levanta las cejas, incrédulo.

—lo que fue una rotunda estupidez —agrega Milena, quien acostumbra ser muy directa—. Para estar en el 5to ciclo de psicología eres un demente.

—Ya, ya. Ya. —Responde Felipe y vuelve la vista a Esther—. ¿Al menos lo hice bien? ¿Escribí tu nombre, amor? —pregunta.

—No. —Responde y niega con la cabeza, y aprontando los labios—. Casi ocasionas un accidente y fue realmente una tontería hasta te amarramos con una cuerda que encontramos por ahí.

—Como… ¿Cómo pudieron…?

—Yo lo até —dice mauricio.

—Lo mismo que nada —tercia Esther—, tus ataduras son pésimas. Eres bueno en ciencias, pero no eres capaz de hacer un simple nudo que contenga a un ebrio—dice con sarcasmo.

Felipe se yergue con el ceño fruncido y quejándose del dolor de cabeza que tenía.

—Ay dios, les juro que ya no tomo más.

—Todos hemos dicho eso. Hace tan solo 2 semanas —agrega Mauricio.

—Ok, escuchen —continua Milena—: según creo con lo que tenemos pues no llegaremos muy lejos, a lo más avanzaremos unos 15 o 20 minutos más. —Detiene el auto a un lado del camino y saca su cabeza por la ventana y ve a su alrededor—. Creo que sí. creo que, a un kilómetro, quizás menos había una gasolinera ¿recuerdan? —pregunta.

Mauricio agrega:

—¿La del símbolo en forma de estrella no?

—Si, esa. —Milena baja del auto—. Iré a llenar el tanque y regreso, ¿de acuerdo?

Mauricio baja del auto también.

— ¿Qué? No, claro que no. ¿Cómo vas a ir tu?... Déjale eso a los hombres, yo voy —sonríe y baja del auto.

Milena camina en dirección a la parte trasera del auto.

—No seas machista oye, yo fácilmente puedo ir. No hace calor y tengo ganas de caminar —Abre la maletera del auto y saca uno de los galones vacíos—.

Cierra el maletero.

Mauricio la alcanza.

—Deja que vaya yo —insiste.

Milena pasa al lado de el y se inclina cerca de la ventanilla trasera. Le da unos golpes.

—¡En todo caso quien debería ir eres tú oye! —golpea nuevamente.

Felipe se retuerce por el ruido.

—No que vaya Mauricio. Yo quiero dormir —responde—. Además, sigo mareado.

Milena resopla.

—Si, durmiendo eres más útil. —Rodea el auto hacia la parte delantera. Mauricio va tras ella—. Escuchen: esperen aquí, yo en unos 30 minutos debo estar regresando, cortare por el bosque, no se ve muy difícil de atravesar.

—Milena., hablo en serio. Quédate, haz estado conduciendo toda la mañana y bebiste anoche, no has dormido y yo sí, déjame ir. — Alarga el brazo y le quita el galón con delicadeza.

— No lo sé. No quiero dormir, de verdad, me voy a aburrir ya sabes como soy.

—Comprende, además —le susurra y guiña—, así cuidas a estos locos de psicología.

Ester se inclina entre los asientos delantero.

—¡Oye, te escuchamos!

—Perdones chicos —responde Mauricio sonriendo.

Milena sonríe también.

—Ok, ve tú; pero llámame por cualquier cosa ¿sí? Que voy en seguida.

—Hecho. —Avanza unos pasos en dirección a la carretera—. Te llamo así me das el alcance con el auto ¿no? —Le guiña un ojo, sonríe y comienza a caminar.

—Burlón.

2

Algunos minutos más tarde dentro del auto.

Esther y Felipe dormían, mientras Milena intentaba conversar con Eliza. La joven estudiante de psicología se había pasado al lado del chofer, en la parte delantera. Por comodidad.

—¿Cómo te sientes? —Pregunta Milena amablemente—. Anoche bebiste mucho, más de lo necesario.

Eliza la mira con las cejar arqueadas.

—Tú también bebiste mucho y estas bien —responde sarcásticamente.

—Vamos… No seas así; sé que estas enfadado por lo de Pablo, pero ya olvídalo; es decir, todos ayer bebimos para alegrarnos; pero tu estabas con una cara… No dejaste de mensajear y estoy segura que le estuviste mensajeando a él. Eres una boba. Te haces daño tu misma.

Elizabeth se vuelve hacia la ventanilla.

—Para ser estudiante de medicina te crees la psicóloga; ni Esther me dice esas cosas, ya deja de ponerte en ese plan, Milena —rebufa.

Milena sonríe.

—Sí quieres desquitarte conmigo adelante, pero con tal de que saques tu cólera. No haces nada reprimiéndote y hundiéndote en la depresión. Vamos, parte de este paseo era animarte y hasta ahora todos se han animado, menos tu; es más, pareces más depre aún.

Sin volverse, Eliza responde.

—Tu eres linda, popular, tus padres tienen dinero, tienes un enamorado que trabaja en un banco, tus padres están en Francia —se vuelve hacia Milena—, eres alta, tienes bonitos ojos, toda la facultad de medicina y la de psicología se mueren por ti. Es fácil decirme «anímate», así que cállate. —Se vuelve.

—Ay, Eliza. Tú y tus cosas. ¿Sabes? Eres una chica linda ¿ya? No tienes nada que envidiar nada; así que por favor ya deja de pensar eso. ¿Cuánto tiempo nos conocemos? Quizás un año y algo y siempre he sido amable contigo.

—Eres amable con todos, no me hace especial nada —responde con dureza—. No soy especial para nadie, ni para el que decía amarme. Ese idiota. Hasta a él le gustabas —Musita.

Milena la oyó.

— ¿Qué? Eso es ridículo —responde.

—Es verdad, y ya no me digas nada. Quiero dormir, por eso me coloqué aquí. — La joven se arrellano en el asiento.

— Sí, ya cállense —Se queja Felipe abrazado a Esther, cubiertos por una manta que habían traído.

Milena hace un gesto de disconformidad con los labios y se vuelve hacia la carretera. Mirando el camino.

3

Un rato más tarde.

Felipe estaba orinando en un árbol, a unos metros de la carretera. Esther estaba a unos metros de él, a unos 6 metros del auto, con los brazos cruzados.

El joven termina de miccionar y regresa a donde su enamorada.

—¿Que viaje, edad, amor? fue divertidísimo. —Limpia sus manos en la parte trasera de su pantalón.

—Si, me divertí mucho —dice sonriéndole con una especie de mueca.

Mueca que Felipe no comprendió.

—¿Pasa algo? ¿Estás bien? —le pregunta metiéndose delante de ella.

—No ¿Por qué? —pregunta Esther.

—Pues te veo extraña, estás rara. ¿De verdad estas bien? —Felipe la toma de la cintura, la acerca a ella— ¿He? —Reitera la pregunta y le sonríe.

Ella le esquiva la mirada y luego la vuelve, mirándolo a los ojos.

—Escúchame, Felipe, yo…

Algo interrumpe la conversación.

Era Milena llamando al joven.

—¡Felipe! —lo llama.

—¿Qué pasa? — responde este desde su lugar a varios metros.

Milena baja del auto. Se acerca un poco, rodeando el auto.

—Estoy intentando llamar a Mauricio. Ya ha pasado una hora. No regresa, no debía tardar tanto, y no responde el celular, me comienzo a preocupar.

Felipe y Esther regresan unos metros. Ella comenta:

— Mmm pues quizás estaba más lejos de lo que pensamos.

—Eso explica el tiempo. ¿Pero por qué no responde? —pregunta Milena.

Se reúnen tras el auto.

Felipe comenta:

—Quizás no hay señal, ya sabes que su celular es una porquería. Quizás ya se malogro. Finalmente —sonríe.

—Suena tonto, pero es posible —agrega Esther encogiéndose de hombros.

—Esto es extraño. Les juro que si en 15 minutos más, no aparece entre los árboles o por la curva o no responde, voy por el —dice Milena mirando en dirección por donde partió Mauricio.

—Eres una exagerada, Milena. ¿Qué le puede haber pasado? —pregunta Felipe relajado.

—No sé, y no saber me estresa, me angustia. Debía de ir yo.

Milena se queda mirando al camino.

4

Algunos minutos más tarde.

Dentro del auto, Milena seguía intentando llamar.

—Ya no te preocupes, milena. Ya debe estar en camino, quizás su señal es mala, todos hemos tenido problemas con la señal — Esther intenta tranquilizar a su amiga.

—No, porque timbra y me manda al buzón, escuchen:

Milena marca y deja el altavoz.

Finalmente, Mauricio contesta.

Milena se sobresalta, se alegra.

Pero no era lo que esperaban.

—¡Mauricio de mierda! ¡¿Dónde estás?!

—¡¡Ayúdenme, ayúdenme!! ¡¡por favor!! ¡¡¡ayudaaaaaaaa!!!!! —Se escuchó la voz de Mauricio gritando, acompañado de sonidos de golpes y quejidos.

Todos ahí en el auto se quedaron realmente asustados, sorprendidos, incluso Eliza se volvió.

La comunicación se cortó antes de que pudieran decir una sola palabra.

Cruzaron miradas en silencio, con ojos y mandíbulas abiertas.

— ¿Qué le pasó? Debe ser un abroma de ese tonto… ¿No? —pregunta Felipe sorprendido, confundido. Mirando a sus compañeras.

Milena sale del estupor. Sacude la cabeza.

—No… No creo. —Intenta marcarle nuevamente—. El no haría esta clase de bromas—. Esta vez el celular no respondió. Simplemente lo mandaba al buzón, el celular estaba apagado—. ¡¡Carajo, no!! —Milena arroja el celular al asiento trasero— Apagó el celular. Lo apagaron.

—Tenemos que ir a buscarlo—dice Esther.

—Si, conduciré, hasta donde lleguemos —agrega Felipe—, de ahí corremos a la gasolinera.

Eliza solo estaba ahí sentada, nerviosa.

Milena asienta y se vuelve rápidamente.

—Si, si, está en peligro

Enciente el auto y avanza rápidamente en dirección a la carretera.

5

Eran cerca de las 5:10pm.

El auto se detiene en plena autopista. Milena le había estado dando a fondo, sin querer la gasolina se acabó antes de lo calculado.

— ¡¡Maldita sea!! —grita Milena, golpeando el timón.

La joven baja rápidamente del auto.

Sus amigos la siguen.

—¿Vamos a dejar el auto aquí? —pregunta Eliza.

Milena, ya unos metros adelante, se vuelve.

—Sí, no hay otra —responde.

—¿Pero y si se lo roban? ¿Y las cosas? —reitera Eliza.

Esther se cerca de ella.

—Eliza, puede que algo malo le haya pasado a Mauricio, el asunto no interesa ahora. —La toma de la mano y avanzan.

Los 4 cruzan por el bosque en dirección a donde estaba la gasolinera.

6

Cerca de 30 minutos después, recorriendo el bosque y cruzando las curvas de la carretera, la cual seguía el camino en pendiente; logran ver la pequeña gasolinera a un lado de la carretera, a la derecha.

Rápidamente Milena salta una pequeña elevación de la pendiente y corre en dirección a la gasolinera. Sus compañeros la siguen unos metros tras ella.

Milena entra en la tienda de la gasolinera empujando la puerta. Ahí se encontraba un vendedor. Solamente estaba el, no parecía haber nadie más en el lugar.

—¡¡¿Dónde está Mauricio?!! —pregunta, jadeando, al encargado.

El joven retrocede unos pasos, sorprendido, al ver entrar a los amigos de Milena. Parece buscar algo bajo el mostrador.

—¿Perdón? —dice confundido— ¿A qué Mauricio se refiere?

Felipe interrumpe. Agrega.

—¡Un joven de cabello oscuro, no muy alto, venía a compra gasolina!

—¡¿Qué le has hecho?! —exclama Milena y golpea el mostrador.

—Tranquila —le dice Esther, tratando de calmarla. La toma por los hombros.

El encargado frunce el ceño. Asienta levemente.

—Esperen, esperen. Creo que recuerdo a un sujeto así. Debe de ser él. —Rasca su cabeza, trataba de recordar—. Vino un joven hace unas cuantas horas, 3 como mucho, pero se tuvo que ir al pueblo; ya que aquí no tenemos gasolina. El cartel está ahí, ¿no lo vieron? —Señala en dirección a la bomba, en el exterior.

Efectivamente, había un cartel colgando de la bomba donde ponía: “No hay combustible”.

El encargado continuó.

—Se nos terminó toda esta mañana, estoy esperando a que llegue el camión surtido; pero aun nada, debió llegar hace un día ya. —Se encoge de hombros.

—Pero —agrega Milena — ¿a dónde se fue? ¿A qué pueblo? — pregunta.

—Al que está aquí a unos kilómetros, en la salida noreste —le responde el encargado.

— ¿Pueblo? ¿Qué pueblo? —pregunta milena nuevamente—. El pueblo más cercano según el mapa que tengo en el GPS, está a unos 90 kilómetros más o menos.

—Ese debe ser Valley, yo me refiero a Wilson —Explica el joven cogiendo un mapa que tenía en el revistero a un lado sobre el mostrador—. Acérquense. Este de aquí —señala en el mapa con el dedo—, este es Wilson, está a unos 10 kilómetros más a o menos hacia el noreste. Ahí hay gasolinera y otros servicios. Es un pequeño pueblito, pero está bien implementado; aunque en estas fechas, por lo de las celebraciones del mes, muchos de los pueblerinos se van de viaje, pero nunca esta vacío. ¿Ustedes deben saber, cierto? No son los únicos jóvenes que han pasado por aquí, seguro también vienen del festival en Calambrias.

Milena frunce el ceño.

—Si, pero eso es otro tema —dice Milena— ¿Entonces ese joven que mencionas, Mauricio, se fue a Wilson? ¿Está seguro? —enfatiza.

El encargado asienta.

—Si, tan seguro como que yo mismo le vendí un mapa. Justo como éste.

—Ok —dice Felipe y coge el mapa—. Véndanos este y esas botellas de agua. —Deja unas monedas en el mostrador—. Vámonos debemos ir a ese pueblo, seguro algo le pasó por ahí.

El encargado deja las botellas sobre el mostrador.

Milena agrega, revisando el mapa.

—Por el tiempo algo le pasó allá, no en camino.

Esther se acerca a Milena.

—Ok, entonces ¿iremos a Wilson? —pregunta.

—Que pregunta… claro que iremos, Esther —responde Milena.

Coge una botella del mostrador y sale de la tienda. Sus amigos van tras ella.

—¡Una cosa más! —grita el vendedor. Los jóvenes se detienen y escuchan—. La señal telefónica en este lugar y en Wilson es nula a partir de las 4 de la tarde se corta hasta eso de las 12 de la noche más o menos. Se pueden comunicar solo en un radio de 20 kilómetros no más; incluso menos, así que sus celulares no le servirán de mucho si necesitan llamar a alguien fuera de esa área. Su mejor opción es utilizar teléfonos públicos o fijos, de la zona; nada de celulares, solo cableado.

—Gracias —responde Felipe.

Parten rápidamente.

7

Para llegar al pueblo tenían que avanzar por la carretera unos 20 minutos, ahí seguir un camino trochado, pasar por un prado y varios pequeños grupos de arboledas la distancia se observaban las montañas y sus estribaciones, sobre la espesura de los bosques de pino. En el camino conversaban, temían por su compañero mientras avanzaban lo más que podían.

—Estos lugares descampados —comenta Esther—, solitarios me dan miedo.

Esther se agarra fuertemente de Felipe.

Este asienta.

—Si, lo sé, a mí también.

—Ya cállense —dice Eliza, unos pasos delante de ellos—. Se está haciendo de noche, hay que apurar el paso, aún estamos bastante lejos. Y eso que hemos caminado bastante ya.

Milena se encontraba delante de ellos, al menos unos cinco o más pasos.

—Hay que apurarnos y llegar, sea lo que sea que le haya pasado a Mauricio mientras más nos demoremos en encontrarlo será mucho peor.

Esther se acerca al oído de Felipe.

—¿Qué crees que le haya pasado? —Pregunta Esther, murmurando, a Felipe.

—La verdad o ignoro —susurra—, se escuchó una especie de golpes ¿no? Yo creo que lo han asaltado.

—Se escuchó como eco, estaba en algún cuarto o algo —comenta Esther—. ¿Y si lo han secuestrado?

—No lo creo, eso es extraño. ¿De verdad crees eso?

Esther se encoge de hombros.

—Pues no sé, es extraño todo esto. Estoy muy asustada, muy asustada.

—A mí se me quitó toda la resaca en una, estoy muy preocupado en serio.

—¡¡El rio!! —Dice Milena al ver la carretera a lo lejos—. ¡Según el mapa ya estamos bastante cerca!!

Llegan a una rio, que sigue la trocha, al seguirla llegarían al pueblo en al menos 40 minutos más de camino. El rio y el camino llevaban al pueblo; bajando por una serie de pendientes siguiendo la trocha, rodeada de arbustos, matojos y hierva, en dirección al valle.

—Ya casi se ve el pueblo, a lo lejos, ese debe ser —dice Eliza mirando a lo lejos, con la poca luz que quedaba.

— Vamos de una vez — dice Milena.

Avanzan por el camino rápidamente.

El rio se alejaba hacia el norte, siguiendo una carretera que se atravesaba en el camino hacia el pueblo.

Cruzaron la carretera, cuando a lo lejos oyen el sonido de un auto. Era una patrulla de policía. Inmediatamente los chicos le hacen señales con los brazos, brincando y llamándolo.

Este se detiene frente a ellos en la carretera.

Dentro de la patrulla se encontraba el detective Rosales y en la parte trasera un sujeto esposado.

— ¡¿Qué hacen por aquí?! —pregunta el detective.

Milena se acerca a él.

—Oficial, lo que pasa es que un amigo nuestro fue a Wilson a conseguir combustible para nuestro auto, pero se tardó y tememos que le haya sucedido algo, nos llamó y se escuchó un grito extraño creemos que le sucedió algo.

—¿Y dices que está en Wilson? —rasca su cabeza—. Lo siento, no es mi jurisdicción, yo soy de Valley; pero puedes hablar con cualquier Oficial en la comandancia de policía de Wilson, ahí les ayudaran a encontrar a tu amigo. Normalmente Wilson es un pequeño pueblo muy tranquilo, aunque en estas épocas hay poca gente. Sigan el camino de tierra y llegaran en pocos minutos.

— Si, por lo de Calambrias —responde Milena.

El detective tragó saliva.

— Escuchen, tengan cuidado ¿sí? Vayan a la comisaría, y que les ayuden a buscar a su amigo. Yo en este momento no puedo ayudarlos.

— Ok, oficial. Entendemos, iremos al pueblo.

El detective se despide y se va.

Milena regresa con sus amigos.

— ¿Qué te dijo? — pregunta Esther.

—Pues que vayamos con cuidado, que vayamos a la comandancia allá tenemos que ir primero. Vamos, démonos prisa.

Siguen el camino hasta una especie de parque y llegan rápidamente al pueblo.

La noche les había caído ya.

La primera impresión al llegar al pueblo es que este estaba totalmente vacío, no vieron ser alguno. Era un pueblo típico de provincia, atrapado en el tiempo, de edificios altos, techos a dos aguas, calles estrechas y de atmosfera bucólica.

—Este lugar me da miedo —dice Esther abrazada a Felipe—. Milena… ¿No te parece extraño?

—Se que las —comenta Felipe— personas de este pueblo, como muchos otros pues viaja a Calambrias por la celebración, pero de verdad parece que éste lugar está abandonado. —Se encoge de hombros.

—No puede estar abandonado —repone Milena—. Las luces se han encendido —señala las farolas al lado de las veredas—, ya son las 7:00PM, alguien debe estar por aquí es solo que estos lugares alejados de la sociedad tienen otras costumbres, fíjense bien algunas casas tienen luces encendidas; quizá esta hora ya para ellos es mas tarde. Tranquilos, además, Mauricio debe estar por aquí.

Eliza, quien estaba un poco más atrás que el resto, da unos pasos, como estudiando el lugar. Observando las farolas, las ventanas, las calles alrededor.

—Las luces del alumbrado se prenden automáticamente —comenta Eliza.

—No —responde Milena—. En estas zonas tan alejadas y fuera del mapa debe haber un mecanismo no automatizado; ya dejen de decir tonteras y vamos a la comandancia.

—¿Y dónde está eso? — pregunta Eliza.

El lugar a simple vista se veía normal, un pequeño pueblo, bastante implementado, edificio medianamente modernos, grandes, elegantes, pero clásicos, se veían luces en las calles y en algunas casas; pero el lugar era totalmente silencioso, solo se escuchaba una extraña canción a lo lejos, que no se podía saber de dónde procedía.

Milena miró a su alrededor.

—Vamos por ahí, debe haber un aplaza o algún lugar con gente. —Camina siguiendo la calle hacia abajo—. Debemos caminar, alguien debe saber decirnos algo. Debe haber alguien por ahí, vamos

Caminaron unos minutos por ahí entre las calles hasta llegar, efectivamente, a una plaza.

—Ahora si estoy segura de que no hay nadie en este lugar—comenta Eliza.

—Eso es imposible —insiste Milena llevando las manos alrededor de su boca—. ¡¡¡Hola!!! —grita.

—No grites —dice Esther.

—Pues si nadie sale, es porque no nos han notado —responde y continúa gritando—. ¡¡¡¡Alguien que nos ayudeeee!!!!

Pero sus gritos eran inútiles.

—Esto es ridículo... —Milena corre a la entrada de uno de los edificios, donde estaban las luces encendidas—. ¡¡Hola!! ¡alguien, ayúdenos! —Toca el timbre, pero nada.

—Vamos a ayudarla —dice Eliza.

Los tres van con Milena a tocar puertas y a pedir ayuda.

Lamentablemente nadie respondía; era como si los ignoraran, nadie salía ni por las ventanas.

—¿Qué sucede con este lugar? —Se preguntaba Milena.

Se reúnen nuevamente en cerca de la plaza, desde donde veían todos los edificios y pasajes aledaños, vacías sin un alma.

Se sientan en las bancas.

Esther miraba a su alrededor, aun sujeta a Felipe.

—Esto comienza a asustarme, chicos —comenta.

—¿Y qué podemos hacer? —dice Milena—. No nos vamos a ir hasta encontrar a Mauricio.

—No dije que nos vayamos —replica Esther.

—Ya cálmense —interrumpe Felipe—. Encontraremos a Mauricio, y pues la gente quizás solo es algo temerosa, yo que se. Quizás no haya nadie… es una probabilidad también.

—¿Y la luces? ¿Y esa extraña música? —pregunta Eliza.

—Bueno —contesta Felipe encogiéndose de hombros—, yo muchas veces dejo la luz de mi apartamento encendida y mi madre deja la radio encendida cuando sale o para advertir a los ladrones.

Esther frunce el ceño.

—Eso funciona para una casa, pero no para “toda” una especie de pueblo en medio de la nada —explica—. Yo tengo miedo y no sé cómo nos vamos a regresar.

—No regresaremos sin Mauricio. Esto que… —Algo interrumpe a Milena.

Su celular suena nuevamente.

“Mauricio” decía en la pantalla. Rápidamente responde y sus amigos se acercan para escuchar.

—¡¿Mauricio, eres tú?! —dice Milena.

Luego de unos segundos de silencio, de cruzar miradas: responden. La voz no era de Mauricio—. Hola. No, no es Mauricio. Su amigo esta digamos… Dormido. —Se le oye reír burlonamente.

—¡¿Qué sucede?! ¡¿Quién eres y que demonios le hiciste a Mauricio?! —grita Milena.

—Lo importante no es quien soy, si no quienes fueron ustedes.

Milena frunce el ceño. Los jóvenes cruzan miradas nuevamente, no entendían.

—Eso no tiene sentido —repone Milena.

—Si se quedan en Wilson importara quienes fueron, mas no quienes son; así que ya lo saben. Ahora, dejen mi ciudad o se arrepentirán, su amigo cometió el error de entrar aquí, ustedes no cometan el mismo error. Les daré 15 minutos para que se larguen o se arrepentirán.

—¡¡¡Quién eres!!! ¡¡responde!! ¡¡donde esta Maur...!!? —Le corta.

Esther retrocede unos pasos, muy asustada.

—Dios que sucede aquí —pregunta al aire.

Milena se queda en silencio, mirando a su alrededor.

—No lo sé, pero sea lo que sea, ese que hablo tiene a Mauricio

— Es un loco o algo así —comenta Felipe.

—Debemos hacerle caso e irnos —dice Esther

—No, claro que no; él tiene a Mauricio. —Milena le marca nuevamente. Responden—. ¡¡Escúchame!! ¡¡Vamos a llamar a la policía!!! ¡Así que dinos donde esta nuestro amigo!

—Milena… —responden, esta vez era la voz de Mauricio

— ¡¡Mauricio!! —grita milena, muy sorprendida pegándose al celular.

Sus amigos se acercan nuevamente para oír.

—Milena… —dice con voz cansada, adolorida— este sujeto está loco. Váyanse, lárguense de ese lugar. ¡Lárguense váyanse! —Exclama.

Se oyen unos ruidos extraños y luego silencio.

La voz ahora era de otra persona, del que los había amenazado.

—Escuchaste a tu amigo ¿verdad? Háganle caso. Tus 15 minutos comienza a correr. Ah y si llamas nuevamente le cortare el cuello a tu amigo y lo escucharas. —Corta.

—No… espera —dice Milena—. ¡¡¡Noooo!!!¡¡Mierda!!

— ¡¿Qué vamos a hacer?! — pregunta Eliza, también alterada.

—Debemos hacer algo… ¿Pero ¿qué? —agrega Felipe.

—No sé, no sé. Yo… ¿Por qué me miran a mí? — dice Milena.

La joven se deja caer en la banca cerca de ella, se lleva las manos a la cara.

—Tu nos trajiste —le dice Esther—. Ahora decide. Yo pienso que debemos irnos. Tenemos que irnos ¿verdad Felipe? —pregunta.

Este la mira y queda en silencio.

—No podemos irnos —responde milena con la cabeza en las rodillas, levanta la mirada y se pone de pie—. Debemos buscar a Mauricio y a ese sujeto —dice decidida.

Esther retrocede unos pasos, incrédula. No podía entender lo que escuchaba.

—¿Estas bromeando, cierto? —le responde.

—No, tenemos que encontrar la comandancia, pedir ayuda. No podemos irnos no sin él. Es nuestro compañero

—Si, pero ya escuchaste a ese loco.

—No importa, es un loco justamente, ¿crees que debemos dejar a Mauricio a su merced? Vayamos a buscar la comandancia no debe estar muy lejos. Este lugar es pequeño.

Milena avanza unos pasos. Sus compañeros cruzan miradas.

Esther avanza y la toma del brazo.

—Milena, ese loco puede estar observándosenos ahora mismo. Si ve que nos quedamos… Ya lo escuchaste, nos amenazó.

Milena se suelta de Esther de un tirón.

—Escúchame Esther: Si quieres lárgate. No te puedo obligar a estar aquí; pero yo voy a quedarme a buscar a Mauricio, el haría lo mismo por cualquiera de nosotros —hace un gesto con las manos.

Milena avanza nuevamente por la calle.

Felipe da unos pasos tras ella.

—Espera, Milena —dice—. No iras sola.

Esther frunce el ceño.

—¡¿Qué?! —dice sorprendida.

Felipe se vuelve hacia su pareja.

Se acerca a ella.

—Escucha Esther: es verdad lo que ella dice. —La toma de la mano—. Mauricio es nuestro compañero, lo conocemos desde pequeños; los 5 aquí nos conocemos desde el colegio, bueno excepto Eliza a quien conocimos en la universidad. Pero somos amigos, debemos apoyarnos; y sabes que haríamos lo mismo por ti si estuvieras en peligro. Así que sé que vendrás, además no te puedes ir sola, no tenemos movilidad, no hay nada en kilómetros, no podemos simplemente llamar un auto.

Eliza se aclara la garganta. Y camina hacia Milena.

—Felipe tiene razón, yo si iré con ella.

Milena asienta y avanza junto con Eliza.

Esther, evidentemente enfadada se suelta de la mano de Felipe de un tirón y se acerca a él.

—¿Por qué no me sorprende? —susurra en el oído de Felipe—. Siempre te pones de parte de cualquiera. ¡De cualquiera, menos de mí! Sabes que no quería venir a este estúpido viaje, sabes que Milena y yo nunca nos llevamos bien y sabes que Mauricio es un idiota. Y ahora te sigues poniendo de parte de ella. Se que aun te gusta. Y por eso vas como un perrito faldero tras ella, pero ¿sabes? Iba a esperar a que regresemos la ciudad, pero te lo diré ahora: ¡Lo nuestro se terminó!

Empuja con el hombro a Felipe y va tras Eliza y Milena.

Felipe se queda sorprendido. Desencajado, no entendía que estaba diciendo su enamorada. Suspiró y fue tras ellas.

8

Luego de caminar por las calles unos cuantos minutos, alrededor dela plaza, parques y callejones, por fin encuentran una señal de vida.

Unas cuantas calles al norte de la plaza, en un camino elevado, un sujeto estaba caminando, llevaba consigo unas maletas.

—¡¡Ey!! —grita Milena al ver al hombre.

El sujeto parece no escuchar, continuó avanzando.

Milena y los chicos van tras el corren calle arriba.

Lo alcanzan, el hombre sorprendido vuelve a verlos, se detiene. Bajas sus maletas.

—Buenas noches —saluda Milena—. Pensábamos que este lugar estaba abandonado o algo así —explica Milena al hombre ya entrado en años y vestido de manera elegante, con un enorme sombrero blanco.

—Pues, creo que, con excepción de mí, lo está. —Responde el anciano.

—No entiendo.

—Pues eso, hoy es Domingo, Domingo 23. Todo el pueblo se ha ido a Calambrias, es el último domingo de la fiesta de la vaca, y ya voy tarde.

El anciano levanta sus maletas y avanza por la calle.

Milena va tras él y lo detiene con delicadeza. No quería incomodarlo.

—Espere, espere. No entiendo.

El anciano la evade de lado y continúa avanzando para la esquina.

—Se ve que no son de este lugar.

—Venimos de la ciudad.

—Correcto. Veras, jovencita; todos los años, el último domingo de este mes, el día 23, la población entera viaja a Calambrias, a rendirle respeto y pedirle sus deseos a la vaca de Calambrias. Es milagrosa. Madres, hijos, hermanos, alcaldes, mendigos, todos viajan y le llevan regalos a la gran Vaca.

Milena sonríe.

—Sabemos eso, que la vaca de Calambrias es una gran tradición. Pero no sabíamos que todo este pueblo viajaba —responde Milena.

—Lo hace, este pueblo se llama Wilson, en honor a Milton Wilson, quien, de acuerdo a la historia, fue quien crio una vaca en Calambrias, vaca enviada por Dios, que alimentó a todo un pueblo impidiendo que este desapareciera por el hambre. Todos aquí nacemos religiosamente vacanos, pues este pueblo fue fundado por los hijos de Milton. Así que vamos hasta Calambrias a rendir respetos y agradecimiento. No hay nadie en este lugar, al menos hasta el amanecer, debemos regresar con el sol; solo así nuestros deseos se cumplirán y nuestro pueblo será bendecido otro año más. Solo ahí todos volvemos. A mí me quedan al menos unas 4 horas para llegar. —Llegan a la esquina—. Sali tarde pero igual llego, si llego.

En la esquina había un auto, en el interior había tres personas más, la auto tenía algunas maletas en la parte de arriba en una parrilla.

El abuelo sube sus maletas en la parte de arriba y las asegura.

—Oiga, escúcheme — Milena va tras él.

Sus amigos la siguen de cerca, escuchaban atentos.

—¿Qué ocurre jovencita? —pregunta—. Ya te dije todo.

—¿La policía también se va? —pregunta.

—Todos, hija. Todos. La policía, bomberos, albañiles. Todos, ¿Qué entiendes por todos nacemos vácanos? —Se dirige a la parte delantera del auto. Y abre la puerta del conductor.

— Comprendo —Asienta Milena.

Desde el interior el anciano les dice:

—No se les ocurra robar nada, muchachos. Aunque eso depende de ustedes, quiero que sean conscientes de que hay una maldición. Si alguien roba algo en esta ciudad cuando estamos adorando a la vaca. Vayan con Dios.

Parte por la carretera.

Milena regresa unos pasos a la esquina con sus amigos.

Esther rebufa, cruzada de brazos.

—Dios, que gente y sus creencias —comenta Esther.

—Sea lo que sea, estamos solos entonces —agrega Eliza.

Felipe tercia.

—La vaca de Calambrias… ¿Alguna de ustedes sabia sobre la celebración y este domingo en particular? —pregunta.

—Pues —responde Milena—, sabía que era un día de celebración, alcohol, fiesta, baile y una gran devoción religiosa y cultural; pero no que había lugares completos que viajaban a rendirle homenaje a la vaca. Eso fue nuevo.

—¿Y ahora qué? —Pregunta Esther—. Ya sabemos que no hay policía. —Se encoge de hombros.

—Igual —responde Milena—. Nada cambia, debemos buscar a Mauricio. No lo dejaremos, ahora depende de nosotros nada más.

El celular de Milena suena nuevamente.

Los tres cruzan mirada. Miran a su alrededor.

Milena duda en responder, pero finalmente lo hace.

—Aún siguen aquí. Bueno, se los había advertido. Lo que les suceda a partir de ahora será absolutamente su responsabilidad —Cuelga.

—Maldito loco hijo de… —dice Felipe.

Milena ve el miedo y la frustración en los ojos de sus compañeros.

—Miren, hay que mantener la calma, busquemos un teléfono público y llamemos a la policía de Valley. Tengo el número aquí en el mapa —lo coge de su bolsillo—. Vi un teléfono por allá —señala al camino tras ellos.

9

Avanzan por la calle abajo hacia unas cuadras, donde había una caseta telefónica antigua.

Caminaban con lentitud, mirando sobre su hombro, a su alrededor. Sabían que los estaban observando, tenían esa sensación por lo menos. Sus rostros reflejaban angustia. Milena iba delante, Eliza tras ella a unos pasos, a su lado Esther, quien miraba con desprecio a Felipe algunas veces, por encima del hombro. Este último iba varios pasos tras ellas, aun con el rostro desencajado por la discusión con Esther.

Milena se acerca a la caseta.

La joven levanta la bocina, coge unas monedas de su bolsillo. Introduce la moneda y marca el numero de la comisaría de Valley.

Timbra.

Sus amigos se quedan al lado de la cabina.

Responden. Todos se acercan a la cabina para oír.

—¿Hola? —dice Milena—. ¿Comandancia de policía de Valley?

Una voz masculina y rasposa responde:

—Si, buenas noches. ¿En qué le podemos ayudar?

—Hola. Escúcheme, estamos llamándole desde Wilson, tenemos un problema aquí. Somos estudiantes de la universidad Nacional de Catalina, Catalina central.

—Díganos. ¿Cómo podemos ayudarle?

—Estábamos en un paseo, en Calambrias, en el festival. Volviendo por la carretera el auto se nos quedó sin combustible y un amigo fue a comprar, pero nunca volvió, nos dijeron que vino aquí a este pueblo, vinos por él, pero nos llamaron diciendo que ha sido secuestrado. Secuestrado aquí en Wilson, necesitamos ayuda

—Este número es de la policía de Valley. Si esto es una broma, le rogamos no volver a llamar, todas las llamadas son rastreadas, joven —le responden.

—No es una broma, estamos hablando en serio. Nos hemos quedado varados aquí, y el pueblo esta vacío, por la celebración de la Vaca de Calambrias. —Explica.

—De acuerdo. Esperen un momento.

Sus amigos le hacían gestos para saber que sucede. Milena les respondía con otro gesto, para que esperen un instante.

—Muy bien —continuó la voz tras la bocina—. Enviaremos una patrulla, llegara en una hora aproximadamente. Necesitare que me des tus datos exactos para corroborarlos.

—¿Una hora? —dice indignada—. No es posible, tenemos a nuestro amigo secuestrado y nos han amenazado también. Necesitamos su ayuda ya —insiste Milena.

—Señorita, Wilson está a 3 horas de Valley y no hay patrullas cerca de la zona. La más cercana pasará por ahí en una hora. Esperen en la comandancia. Nos comunicaremos con usted.

—Escuche esto es urgente mándenos ayuda lo antes posible, por favor. No hay nadie, no hay policías, no hay nada, por favor.

— Haremos lo que podamos, acérquese a la comandancia más cercana y espere ahí. Tienen que haber al menos un equipo policial. Por seguridad nunca se deja solo el pueblo. Acabamos de comunicarnos con ellos.

—¿Es cierto eso?

—Háganos caso, de todas maneras, estamos enviando ayuda. Ahora deme sus datos para corroborarlos.

Milena suspira profundamente y le da los datos que le pidió el oficial.

Luego de eso corta. No estaba conforme.

—¿Qué dijeron? —pregunta Felipe.

—Que esperemos, que mandaran ayuda en una hora, al menos. Que vayamos a la comisaría. Que debe haber alguien.

—Entonces vayamos de una vez— dice Esther—. Podrían matarnos hasta que llegue la policía.

—No digas eso —responde Felipe.

—¡Tú no me hables! —espeta Esther con los ojos encendidos.

Milena sale de la cabina.

—Ya basta. Vamos a la comisaría. Me dijo que se encuentra en la calle Malaga, cerca de la catedral en la plaza, dos calles arriba esta la comisaría. Vamos de una vez. Si es verdad que hay policías ellos nos ayudaran.

10

Cruzaron la plaza con cuidado, observando todo a su alrededor, asustados.

Siguieron la calle indicada y llegaron a la comisaría en pocos minutos.

Las luces estaban encendidas, había patrullas fuera, pero no había nadie en la entrada. Estaba abierto.

Se dirigieron al interior, cruzando el pórtico, subiendo las escaleras.

Una vez en el recibidor se dieron cuenta de que no había nadie ahí.

—¿Hola? —saludó Milena.

—¿Hay alguien? —agregó Eliza.

Esther se quedó en la entrada.

—No hay nadie. ¿No se dan cuenta?

Felipe se acerca al mostrador y nota algo.

—Debe haber alguien. —Levanta una botella de gaseosa que había sobre el mueble—. Esta mojado aquí debajo. Quiere decir que alguien cogió esto de algún refrigerador. Alguien estuvo bebiéndola.

Milena se acerca a él.

—Si. Vamos a ver el lugar. Revisemos.

Se separan, a excepción de Esther quien se queda en la entrada. Revisan en los pasillos y en el patio de la comisaria, pero no había nadie. Había algunas puertas cerradas, oficinas, almacenes, pero ningún rastro de alguien.

Se reunieron nuevamente en el vestíbulo al cabo de unos minutos.

Decepcionados.

—Nadie. No hay nadie —dice Milena.

—Vi en una oficina —dice Eliza— comida a medio terminar. Debió haber alguien no hace mucho.

Esther desde la puerta:

—Tenemos que esperarlos aquí. Sugiero encerrarnos aquí y esperar.

—No —responde Milena—. Por algún lugar al lado está Mauricio, debemos encontrarlo.

—¿Y el loco ese? ¿En serio no te preocupa? ¿Qué tal si esta armado?

—Pues es un riesgo que debemos tomar. Tenemos una hora al menos para que llegue la policía, ya viste que no hay nadie aquí. Y hasta el amanecer no volverá nadie, así que estamos solos por ahora.

—Nada más falta que digas que hay que separarnos —dice sarcásticamente Esther.

—Es lo que vamos a hacer —responde Milena.

—¿Es una puta broma, ¿verdad? — repone Esther.

—No, no es broma. Los celulares funcionan en el radio del pueblo, nos mantendremos comunicados; y como dices, si ese loco de verdad está por ahí va a buscarnos o nos esta buscando. Lo mejor será dividirnos, es lo más inteligente.

Esther se acerca a ella unos pasos. Enfadada.

—¿De verdad te parece inteligente? Es todo menos eso. Nos vas a matar a todos, Milena. Hay que quedarnos aquí. Los policías volverán. Cualquier cosa, menos separarnos y caminar por ahí.

—Ya escuchaste a ese loco, según él, todo lo que nos pase es nuestra responsabilidad nos amenazó.

—Estás loca.

Eliza interrumpe.

—Creo que ese sujeto que habló, lo que quería era asustarnos para que nos vayamos. No creo que de verdad venga a por nosotros; usemos la lógica, lo que sea que esté haciendo o haga con Mauricio, es solo porque no quiere que nosotros nos acerquemos.

—Pero nos llamó —agrega Felipe— quería que sepamos que tiene a Mauricio y que es un demente, quería asustarnos o hacer que vayamos a por él. Sabe que no hay más gente aquí, lo que significa que sabía que nos quedaríamos solos. Debe ser un psicópata.

—¿Pero si usa la psicología inversa? —analiza Eliza—. Sabe que iremos por él y estará esperándonos, así que lo mejor sería hacer lo contrario a lo que él supone.

—Pero él sabe que lo buscaremos.

Milena los interrumpe.

—¡Ya dejen esas cosas! Mientras perdemos tiempo pensando y pensando Mauricio puede estar… Sabe en qué situación. ¿Nos separamos y buscamos? ¿O me largo a buscarlo sola?

Milena mira a los ojos a Eliza, ella dudó; mira a los ojos a Esther, le esquivó la mirada; finalmente miró a Felipe, este parpadeó unas veces.

Eliza se coloca al lado de Milena.

—Yo voy contigo.

—Gracias.

—Esto me parece una locura.

Felipe mira a Esther, esta le evade la mirada también y se dirige a la puerta.

—Tu, Felipe —dice Eliza—, ve con Esther.

—Aunque ella no quiera, no la puedo dejar sola.

Esther rebufa, se cruza de brazos.

—Ok —dice Milena—, mantengámonos comunicados por los celulares. No se alejen mucho del pueblo. Felipe, Esther, cuídense. Y créanme, no nos va a pasar nada, solo hay que ser valientes por Mauricio. Iremos por aquella dirección. Ustedes vayan por aquella. Nos veremos en la plaza en una hora.

Milena y Eliza salen de la comisaría y se dirigen al este del pueblo.

Felipe se acerca a Esther.

—Sé que no me quietes hablar, sé que estas enfadada, muy bien; pero sabes que no es el momento para estas cosas, así que vamos, busquemos a Mauricio. No te preocupes yo te cuidare.

Felipe coloca su mano sobre el hombro de Esther, ella retira el hombro de golpe y avanza en dirección de la calle, cruzando el pórtico. Felipe suspira y va tras ella.

Milena y Eliza caminan por una calle, observando a su alrededor. Eliza se mostraba angustiada, ansiosa.

—¿Crees que ese sujeto que hablo nos haga daño? —pregunta Eliza.

—Creo que es un loco. No sé qué sea capaz de hacer. Tu eres la psicóloga —le responde.

—Pues para secuestrar y hacerle daño a una persona que ni conoce debe ser un demente. Quizá sea un psicópata, un antisocial en el mejor de los casos; pero igual podría ser capaz de michas cosas. Incluso matar.

—Ya, no digas esas cosas. Sea lo que sea mantengamos la calma.

—Nada de calma, me siento como en una película de horror, sobre todo con esa estúpida música que suena, ¿De dónde proviene por cierto? — dice y se detiene.

Milena se detiene unos pasos después.

—No lo sé —mira a su alrededor— es como si viniera de todas partes, se escuchaba más fuerte en la plaza, seguro alguien dejo su música, ya sabes, como dije Felipe.

—Sí, ¿pero tan alta?

—No esta alta, lo que pasa es que este lugar este vacío —explica Milena—. Vamos, no nos detengamos.

Continúan caminando.

11

Por otro lado, Esther y Felipe.

Ambos llegan a una especie de pequeño parque en medio de casas y negocios.

—¿De verdad quieres terminar conmigo? —le pregunta Felipe.

—No es momento para preguntar esas cosas, Felipe. No es el momento. Y sí, así es. Así que ya déjalo. —Le responde.

—¿Es por lo que me dijiste? ¿Es así? ¿De verdad crees que me importa más Milena que tú?... Yo hice este viaje por que quería estar a tu lado, no por estar al lado de ella; además tú sabes que ella está enamorada de Mauricio.

—¿Qué pena verdad? —responde con sarcasmo.

Felipe chasquea la lengua y rebufa.

—Además —continua Esther—, no solo se trata de eso; ya no me siento atraída por ti como antes. La magia se murió poco a poco y ya no doy más. Ya no aguanto más has cambiado, yo también. Llegando a la ciudad, si es que llegamos, me mudare del apartamento.

—No, no hagas eso. Vamos, no me digas que se terminó. —La toma del brazo, ella quita el brazo de golpe.

—¡Ya basta! —dice con fuerza—. Busquemos a Mauricio o encontremos nuestra muerte de una vez.

Adelanta varios pasos a Felipe.

Felipe se queda parado un instante, suspira y va tras ella, cabizbajo.

Algunos minutos más tarde.

Milena y Eliza caminaban por una de las tantas callejas, observando y poniendo atención a cualquier detalle o sonido.

El celular de Eliza suena. Lo coge del bolsillo y mira el número.

—¿Quién es? —pregunta Milena.

—Es de un numero público —dice Eliza y responde—. ¿Hola?

—Eliza, soy yo pablo. ¿Me…? ¿Me escuchas? —responde.

—¡¿Pablo?! ¿Eres tú? —El rostro de Eliza se ilumina.

—Si, ¿Dónde estás?... Intente llamarte todo el fin de semana.

—No se oye bien, Pablo. Estoy…

—Se escucha muy lejos y con ruidos. Escúchame… ¿Hola? Eliza…

—Te escucho… ¿Qué sucede? ¿Hola?

—Carajo… Se corta, Eliza. Necesito decirte algo, llámame tu. No te escucho, tus mensajes si me llegaron llámame, por favor. —Se Escucha mucho ruido e interferencia.

—Pablo yo estoy fuera de la ciudad pablo. ¿Me oyes?

La señal se perdía.

—Llámame, Eliza. Llámame.

Se cortó.

Mila se acerca a ella.

—¿Pablo?

—Si, pensé que mis mensajes no le llegaban. —Le marca, se lleva el celular al oído—. Parece que si le llegaban. —La llamada no entraba, solo se escucha un sonido vació, de mala recepción—. No entra. Necesito llamarlo, necesito llamarlo, Milena.

Eliza retrocede varios pasos.

—Oye, espera ¿Dónde crees que vas? —pregunta Milena yendo tras ella.

—Voy a la caseta telefónica, quizás de ahí si pueda comunicarme. No tengo más que un palito de señal aquí. Él quiere que le llame, pero...

—¿Vas a regresar? Debe haber alguna caseta más adelante, Eliza. Vamos a perder tiempo.

—No, de aquí a buscar, no, quiero llamarlo ya. —Continúa avanzando rápidamente de vuelta por la calleja en dirección a la calle principal.

—¡No vayas, no hay que separarnos! —Milena va tras ella.

—¡Ven conmigo entonces! —le dice sin detenerse.

—¡Perderemos tiempo, ya olvídalo! —le grita—. Vamos, debemos seguir, Eliza.

—¡Ve tú, de ahí te alcanzo, yo te llamo! —dice y se va corriendo por la calle.

Milena se detiene.

—Que boba que es. —Mira hacia ambos lados de la calle, duda si ir tras ella o continuar, pero finalmente decide continúa su camino.

Eliza corre varios minutos y encuentra una caseta cerca una calle antes de llegar a la plaza. No la había visto antes por el nerviosismo. Llega a ella e introduce unas monedas, marca el número de pablo. Muy ansiosa, agitada y emocionada.

—Responde, responde mi amor, responde.

Su corazón latía fuerte.

Finalmente, luego del tercer intento, responden.

—¿Hola? —responden.

—¡Pablo! hola sabía que me llamarías. ¿Leíste mis mensajes verdad? —dice ella.

Pablo se queda en silencio unos segundos y contesta.

—¿De qué hablas, que mensajes? ¿Y cuando te he llamado? ¿Estás loca? —responde.

Eliza frunce el ceño, extrañada.

—Pero me llamaste, ¿es uno de tus chistes? —responde confundida.

—No, obviamente no te he llamado, es más, ya había borrado tu número. Por favor ya no me llames, es patético. —Le cuelga.

Eliza queda muy confundida, sorprendida.

¿Qué pasa? —Se preguntaba para sí.

Cuelga la bocina y retrocede unos pasos.

Miraba a su alrededor. Muy confundida. Su corazón latía fuerte.

Algo le hace volver la vista a una esquiva.

Ahí frente a ella, en la vereda, al lado de un poste de alumbrado, estaba parado un sujeto. Eliza arqueo las cejas, quedo paralizada de la sorpresa. Aquella figura tenía la cabeza cubierta con una especie de mascara de trapo, encapuchado, sus ropas andrajosas, grandes, rotas. La miraba fijamente, en su mano derecha sostenía lo que parecía un largo palo ensangrentado.

—Dios —susurra Eliza, presa del estupor, sin poder hacer nada más que quedarse en silencio—. No, no —retrocede lentamente.

El extraño sujeto da unos pasos hacia adelante.

Eliza entonces corre a su derecha, calle arriba

— ¡¡¡Ayuda!!! —grita.

El hombre de la mascara la alcanza pronto sin mucha dificultad. Le pega fuertemente en la espalda con el palo que traía, habiendo que Eliza caiga de lado, quejándose del dolor, gritando. El sujeto levanta el palo sobre su cabeza y vuelve a golpear a Eliza, hasta dejarla inconsciente.

12

Felipe y Esther caminaban por un parque pequeño.

El joven se detiene.

—¿Escuchaste algo? —dice Felipe deteniéndose en la calle.

—Parecía un grito. —dice Esther—. ¡Dios! Les dije que no era buena idea, les dije que no debíamos de separarnos.

—Espera, quizás no sea nada. Voy a llamar a Milena, seguro están bien. —Felipe le marca a Milena, esta responde rápidamente— ¿Están bien? ¿Escuchaste ese grito? —pregunta.

—Seguro fue Eliza, me dejo y se fue a la caseta telefónica, estoy yendo para allá ahora mismo. Debió pasarle algo no responde el celular. No debí dejarla sola no debí dejar que se fuera —se lamentaba.

—¿Pero por qué se fue? — pregunta Felipe.

—De ahí te cuento, nos vemos en la caseta telefónica —indica y corta.

Esther se acerca a Felipe.

—¿Qué te dijo? —pregunta.

—Me dijo que Eliza se separó de ella, se regresó a la caseta. Tenemos que ir. —Felipe avanzando de regreso por la calle.

—¿Estás loco? — dice Esther inmóvil en su lugar.

Felipe se detiene y se vuelve.

—¿Qué? Claro que no; Pero tampoco podemos quedarnos aquí, les puede suceder algo, si no es que ya les pasó.

—Si vamos estamos muertos, ya esto es una locura. Escúchame —Esther se acercó a él— ¡Tenemos que irnos, hazme caso una maldita vez! —dice con énfasis, convencida.

—¡No! —repone—. No sé cómo puedes como puedes ser tan dura de corazón, puede que estén en peligro las chicas, tus amigas. Si, sé que no te cae Milena y Eliza tampoco. Pero, ¿sabes? Creo que no te llevas bien con nadie. Si te quieres quedar... ¡Quédate! —le dice severo y retrocediendo unos pasos—. Yo iré por ellas, yo no las dejare, así como tú me dejas a mí. —Da media vuelta y continúa avanzando rápidamente.

—¡¡Te van a matar, demente!!! —le grita, pero Felipe la ignora—. Estúpido —susurra—. Ese loco debe estar por ese lado, aprovechare y me voy por este otro, el ruido de esa música viene de allá. Al diablo con esto, no me moriré por culpa de esos estúpidos, debe haber alguien por aquí poniendo esa maldita música —dice y se dirige por el camino contrario.

13

Felipe se encuentra con Milena en la calle. Ella estaba ahí sola, observando una mancha de sangre en el suelo. Sangre de Eliza. Se acerca a ella.

—Dios. ¿Qué le habrá pasado, Milena? —pregunta.

—No lo sé, deben habérsela llevado. —Mira a su alrededor y se percata de que no está Esther— ¿Y Esther? No me digas que la dejaste sola —dice sorprendida.

Felipe con algo de vergüenza rasca su coronilla y responde:

—Ella se quiso quedar. No quiso venir, está muy enfadada conmigo. —Se encoge de hombros—. Me enfade también y, maldita sea, la deje sola. Soy un idiota.

—¿Qué estás demente? —espetó Milena.

—¿Es la frase de hoy o algo así? —responde con sarcasmo.

—Estamos siendo perseguidos por un loco de mierda. ¿Entiendes eso? ¿Y la dejas sola? No sabemos dónde puede estar ese loco o si está con alguien más. —El celular de Milena suena. Era el número de Eliza—. Debe ser él, Felipe. Silencio —Responde la llamada, coloca el altavoz.

—Hola Milena —dicen.

—¿Dónde está mi amiga, hijo de puta? ¡¿Dónde está Eliza?! ¿Qué le hiciste?

Se le oye reír al sujeto, del otro lado del teléfono.

—Les dije que se largaran, pero siguen aquí; se ve que aprecian su vida muy poco, muy poco realmente.

—¡¿Qué le hiciste a Eliza?! —grita Felipe, enfurecido.

—Lo mismo que le hare a ustedes tres, uno por uno. ¡Así que prepárense! —Se le oye carcajearse y corta.

Felipe da unas vueltas, ansioso, cogiendo su cabeza, golpeando el suelo con los pies. Estaba muy nervioso y lleno de colera.

—¡Es un loco de mierda! ¡Esto es una pesadilla!

—Tenemos que ir por Esther, Felipe. Estando sola es una presa fácil. Vamos por ella de una vez. ¿Es por allá?

—Si. No es muy lejos de aquí, al menos donde la dejé.

Avanzan por la calle a la izquierda, siguiendo el camino por donde vino Felipe.

—Espera —dice Milena—. No creo que se haya quedado parada ahí. ¿Dónde crees que podría haber ido? — pregunta y coge su celular.

Felipe se encoge de hombros.

—Estuvimos hablando de buscar el lugar de donde proviene esa extraña canción, se nos ocurrió que quizás encontraríamos algo interesante ahí — responde.

—¿Crees que siga con esa idea? —Le marca al celular, pero ella no responde.

— No te va a responder, esta muy enfadada. Sabes que nunca le has caído muy bien. No perdamos tiempo, busquémosla —señala Felipe.

—Que estúpida, en serio. Ni en estas circunstancias deja de querer llamar la atención. Diablos.

— Es obstinada, lo sabes. Solo nos queda suponer que esté dirigiéndose hacia al lugar de donde proviene esa música. Tendremos que ir ahí—propone Felipe.

Milena mira a su alrededor y respira profundo. Asienta.

—Parece que el sonido viene del sur como de por allá. —Señala con la mano—. Pero, hay que tomar en cuenta que los edificios pueden bloquear y distorsionar nuestra percepción del sonido. Se escuchaba más fuerte en la plaza, ¿verdad?

Felipe asienta.

—Si, pero, cuando Esther y yo llegamos a un parque que esta por allá. —Señala en la otra dirección—. El sonido se escuchaba más claro, vamos hacia allá y después seguimos el sonido, sería mejor que volver a la plaza.

—Es por la distorsión, créeme —señala Milena—. Vamos por aquí, el sonido debe porvenir de esta dirección. Estoy segura. Esther debe haber ido por esa dirección, si nos apuramos seguro la alcanzamos.

Cruzan la calle de y corren en el sentido contario, en dirección de la calle por donde llegó Milena.

14

Esther avanzaba por una larga y oscura calle, siguiendo también el ruido de aquella música. Pensaba que llegando al ruido encontraría a alguien, alguien quien los pidiera ayudar. Luego de avanzar por varios minutos, muy asustada, entre calles, pasajes y callejones, encuentra el lugar de donde parecía provenir el sonido: una vieja casona, grande y antigua. Las luces estaban encendidas, pero solo en el tercer piso.

Se detuvo justo frente al edificio, llevó las manos a los lados de la boca pensó en gritar, preguntar si había alguien, pero no lo hizo. Pensó que tal vez no sería tan buena idea hacer eso.

Se acercó un poco a la casona y se dio cuenta que el portón estaba junto, no cerrado. Se asomó para ver, pero el zaguán estaba oscuro.

Un sonido proveniente de los arbustos cerca de la entrada la alarman.

—¿Quién anda ahí? —pregunta asustada, retrocediendo.

Esther busca a su alrededor y coge lo primero que encuentra a mano, una piedra. Repite la pregunta y levanta la piedra a la altura de su rostro, lista para lanzarla. El sonido continuaba desde los arbustos.

De pronto, algo sale de los arbustos, arrastrándose. Muy golpeado y ensangrentado aparece Mauricio.

—Esther ¿Eres tú? Soy yo —dice con esfuerzo.

—¡Mauricio!

Rápidamente Esther se acerca y lo ayuda a sentarse en la acerca, con mucho cuidado, pues estaba muy adolorido y golpeado.

—¿Dónde están los demás? —pregunta el joven—. Tenemos que largarnos. Un maldito psicópata me atrapó, me golpeó y me ató. Por suerte logre escaparme cuando se fue. Debemos irnos, el sujeto es un demente. ¿Dónde está Milena y los demás? —pregunta.

—No lo sé, nos separamos. Voy a llamarlos, Felipe y Milena deben ya estar juntos. —Esther saca su teléfono y llama a Milena. Esta no tarda en responder.

—¡¿Esther?! ¿Dónde estás? — pregunta.

—Encontré a Mauricio —dice.

— ¡¿Qué?! —Felipe se acerca para escuchar.

— Si, está muy herido, muy golpeado, debemos… —La interrumpe.

—¡Pásame con él, Esther!

Esther rápidamente le da el celular a Mauricio. Este lo coge y se lo lleva al oído.

—Milena —dice él—, debemos largarnos. Este lugar es peligroso el sujeto que me atrapó anda por ahí. No se que mierda quiere, pero está loco.

—Lo sé, se llevó a Eliza, creo que le hizo algo. Tenemos que ir por ella. Tú y Esther busquen la forma de esconderse donde puedan, Felipe y yo buscaremos a Eliza y luego nos largamos todos.

Mauricio niega con la cabeza e intenta ponerse de pie. Esther lo ayuda.

—Milena, no. Debemos irnos ya. Debe haberla matado, yo escape de suerte, ese tipo iba a matarme. No vayas, vámonos ya.

Esther escuchaba muy asustada, mirando a su alrededor, temblorosa.

Milena, convencida, no daba su brazo a torcer.

—No puedo dejar a Eliza, ella me apoyó al momento de venir a buscarte. No la dejaré aquí. Escóndete muy bien con Esther. Ya nos veremos más tarde, te juro que estaremos bien no se preocupen.

Corta la llamada.

—Milena. ¿Milena? Diablos…

—¿Qué paso? —pregunta Esther.

—Dijo que nos escondamos, que ella y Felipe irán por Eliza

—¿Crees que puedas caminar? —pregunta Esther, sosteniendo a Mauricio.

—Si me ayudas, creo que sí, llegué hasta aquí renqueando hasta que no pude más. Tenemos que buscar un escondite, Esther. Ese demente puede estar por todas partes, conoce perfectamente este lugar, atajos, callejones, todo.

—¿Dónde nos escondemos? —pregunta Esther.

Mauricio mira a su alrededor, las casas, los callejones, los pasajes, los jardines.

—Pues —mira la casona—, en este edificio, de donde proviene esa música, es perfecto no imaginara que nos metimos aquí. Si estuviera dentro ya nos hubiera matado.

—El portón está abierto, debió salir—agrega Esther.

—Entremos y cerremos bien todas las salidas. De esa manera estaremos seguros.

Esther ayuda a Mauricio a dirigirse a la entrada a la casona, con cuidado, paso a paso y sosteniéndolo con toda la fuerza que tenía.

15

Por otro lado, Milena y Felipe seguían avanzando, buscando a Eliza. Milena pensaban que no podría estar muy lejos de ahí, que pronto encontrarían algo.

—¡Eliza! —gritaba Milena.

—¡Eliza! ¡¿Dónde estás?! —gritaba Felipe también—Mierda. No va a responder, Milena. Estamos perdiendo el tiempo. Aparte, hay algo que no comprendo. Se detiene en plena calle.

—¿Qué cosa? —pregunta Milena.

—La música que sonaba cuando estabas hablando con Mauricio. Se escuchaba muy fuerte a través del teléfono, pero bajo para nosotros cuando estábamos cerca de la plaza.

—Si. ellos estaban en el origen, nosotros no. ¿Qué te parece raro?

—Que ahora suena mucho más fuerte la música, pero no estamos cerca de donde están Mauricio y Esther. Ellos están en la otra dirección. ¿Por qué suena fuerte por aquí?

—Hay dos lugares de donde proviene esa música, entonces, Felipe — dice Milena.

—Si, pero ¿por qué, Milena? ¿Sera para atraernos?

Ella se encogió de hombros.

—No lo sé, yo solo sé que…

Algo llama la atención de Milena antes de terminar la frase.

En una esquina, a unos metros de ellos, entre las sombras y observándolos fijamente, se encontraba el sujeto de la máscara. Milena se percató de su presencia y le gritó.

—¡¡Oye!! ¡Felipe, ahí esta ese loco! —gritó y se lanzó a correr en dirección al misterioso sujeto, sin temor alguno.

El extraño sujeto al verla correr hacia él escapa rápidamente por la equina en dirección a la otra calle.

Felipe sorprendido va tras Milena, quien le llevaba ya algunos cuantos metros.

—¡¡Milena, espera, no vayas, espera!! —exclama Felipe corriendo tras ella.

Milena persogue al sujeto a través de la calle, el sujeto brinca una cerca y cruza un jardín, milena hace lo mismo; el hombre de la mascara sale por la parte trasera de una casa, brincando nuevamente una cerca para llegar a otra calle, la cruza; milena sigue tras él, no podía perderlo. El secuestrador cruza la calle y se mete por una calleja, oscura y angosta, que se elevaba hasta una pequeña plazuela en la intersección de varios callejones, se dirige a uno de ellos y corre a gran velocidad. Milena sigue el mismo camino, cada ves un poco mas cerca.

Felipe no era tan rápido, ni ágil, y rápidamente pierde de vista a Milena en la plazoleta de varios callejones. Se detiene ahí, recuperando aliento apoyado en la farola, la única fuente de luz en aquella intersección.

—Maldita sea, Milena. —reniega, agitado—. ¿Cómo mierda corre tan rápido?

Mira a su alrededor, había tres callejones circundantes, sin contar el callejón por el que había llegado. Ignoraba por donde ir. Estaba confundido.

De pronto, por detrás de él aparecer el sujeto enmascarado, este traía un palo en la mano. Felipe gira de repente, el enmascarado de un rápido movimiento golpea con el palo a Felipe, haciéndolo caer. Pero este golpe no fue suficiente para hacerle perder el conocimiento. El extraño sujeto encapuchado se lanza a intentan golpearlo nuevamente, pero Felipe reacciona y logra patear a su atacante, este pierde el equilibrio y cae al suelo. Ambos rápidamente se ponen de pie y se lanzan uno contra el otro. Forcejean e intercambian algunos puñetazos y patadas.

Felipe logra aturdirlo con un golpe en los bajos y lo coge por el cuello con una llave.

—¡¿Dónde está, Eliza?! —pregunta Felipe reteniendo al enmascarado contra una pared —¡¡Responde!! ¡¡Milena, lo atrapé!!

El sujeto logra zafarse de Felipe con un rápido y repentino movimiento, lo golpea y hace retroceder al joven estudiante. El enmascarado se alista para enfrentar nuevamente a Felipe, quien se repone del golpe y se lanza directamente hacia su contrincante. Forcejean, se lanzan contra las paredes, intercambian duros y sonoros golpes, algunos rodillazos. Felipe no se percata de que el enmascarado sacó un cuchillo y en un rápido movimiento, el joven es apuñalado en el estómago dos rápidas veces, esto lo hace apartarse y levar las manos a su vientre, ensangrentado.

—¡Maldito demente! No es justo… —Felipe cae de rodillas, la sangre brotaba de su cuerpo, humedeciendo rápidamente su chaqueta y sus pantalones, así como sus manos.

16

Por otra parte, Esther y Mauricio entraron a la casona y aseguraron la entrada con un enorme madero. Subieron poco a poco las escaleras, tratando de llegar al piso donde provenía la música, el tercero. El luchar estaba oscuro y completamente vacío. A cada paso a Esther se le encogía más el corazón, estaba muy asustada.

—Creo que mejor nos vamos, me da mucho miedo —dice Esther llegando al tercer piso, avanzando lentamente con Mauricio sujeto de su cuello, renqueando con dificultad.

—Ya estamos aquí —responde—, y estaremos más seguros aquí dentro que allá afuera. El sonido parece provenir del final del pasillo. De esa habitación.

—Tengo miedo, Mauricio —repite Esther.

—Tranquila, no creo que haya nadie. Igual, con esta buya no podrían oírnos.

Se acercan lentamente, poco a poco, paso a paso, el corazón de Esther estaba a mil.

Había una habitación al final del pasillo, se podía ver un poco de luz saliendo de ahí, señal de que la puerta estaba abierta. Llegaron hasta la puerta, mauricio se suelta del cuello de Esther, y le dice con un gesto que no haga un solo ruido. Ella asienta.

Mauricio abre la puerta lentamente, con cuidado.

Poco a poco va asomándose hasta abrir la puerta por completo. Efectivamente, no había nadie en la habitación. Solo un enorme parlante, dirigido hacia la ventana abierta, a todo volumen reproduciendo música. Mauricio apaga el parlante.

—¡Vamos, entra no hay nadie! — dice Mauricio.

Esther se asoma por la puerta.

—¿Por qué lo apagaste? —pregunta—. Se dará cuenta que estamos aquí.

—Tranquila. No podrá entrar de todas formas.

—Tienes razón. ¿Porque colocarían el parlante aquí con esa buya? —cuestiona Esther.

Mauricio se encoge de hombros.

—No lo sé —responde—. Quizás para ambientar el lugar, que se yo. Para confundir, aturdirá. No sé, ¿me prestas tu teléfono? —pregunta Mauricio.

—Claro. —Esther toma su celular del bolsillo y se lo alarga a Mauricio quien lo toma—. Espero que estén bien. No parece, pero me preocupan mucho esos dos.

Mauricio se dirige a la puerta y la cierra. Esther se percata de que ya no cojeó, eso llama mucho su atención.

Mauricio le marca a Milena.

—Milena ¿Dónde estás? —pregunta.

—Yo estoy donde debo estar —responde sonriente

Milena se encontraba en una vieja habitación. Frente a ella, Eliza, atada a una silla, amordazada, ensangrentada y en llanto; en el piso, Felipe, sobre un charco de sangre. Al lado de ella, Milena, como si nada, el enmascarado. Cerca a la ventana, la enorme bocina, apagada ahora.

—Perfecto, yo igual... —Mauricio sonríe, Esther se extraña—. Ok, entonces continuemos con el plan como debe ser te espero aquí en unos quince minutos, apúrate. —Cuelga y sonríe lúgubre.

Esther, comenzaba a ponerse nerviosa, no comprendía la actitud de Mauricio quien hacia minutos estaba cojeando y asustado.

—¿Qué porque sonríes? —pregunta la joven, alejándose unos pasos de Mauricio.

— Cálmate, Esther. No pasa nada —responde antes de que lanzase contra ella.

17

Milena conversa con el extraño sujeto enmascarado.

—Creo que ya es hora de que te quites esa mascara de mierda, te ves ridículo —señala ella.

—No encontré otra cosa —responde el sujeto y se quita la máscara de trapo de la cabeza, dejando al descubierto su cara.

Eliza, arquea las cejas, sorprendida, perpleja al ver que el hombre detrás de esa mascara de trapo era Pablo, su ex pareja. Este la mira y le sonríe con rostro sombrío.

—Que ¿Te sorprende verme? —pregunta acercándose a Eliza.

Pablo le quita la mordaza de la boca.

—¡Pablo! ¿Qué está pasando aquí? ¡¿Por qué me atacaste?! —Volvió la vista a milena— ¡¿Por qué Milena?! ¡¿Por qué nos haces esto?! — Exclama Eliza confundida y desesperada.

Milena se acerca a ella lentamente; sonriendo, como disfrutando de una travesura.

—¿Por qué? —repite—. Pues porque hoy es un día muy importante, Eliza. La vaca de Calambrias —le susurra— necesita sangre. Necesita algunos sacrificios. —Se carcajean.

Eliza observaba atemorizada, temblando. Con la respiración agitada.

—¡Tú no eres de esa religión! ¡No me vengas con eso! —le grita.

Milena se carcajea nuevamente.

—Claro que no, estúpida. Simplemente aproveche esta ridícula costumbre de estos pueblerinos idiotas, para poder vengarme de Felipe y de Esther. Debo aceptar que contra ti no tenía nada. —Se inclinó hacia Eliza y le susurró nuevamente—. Eso ya es problema de pablo, el quiso que fueras parte de este… Llamémosle “plan”.

—¡No entiendo! —exclamó Eliza— ¿No eran tus amigos? —pregunta Eliza, confundida.

—Claro que no —responde sonriendo—. Jamás lo han sido. Esther siempre me detestó. Siempre me molestaba en la primaria, me quitó más de un novio en la secundaria, siempre hablaba mal de mí, de mí familia. Siempre estuve bajo su sombra, hasta hace poco. Siempre creyéndose mejor que yo. Es una estúpida perra, me da asco hasta verla. Ahora tendrá su merecido. —Eliza dirige su mirada hacia Felipe, en el piso—. Felipe, él siempre se burló de las cosas que ella me hacía. Siempre, jamás fue capaz de ayudarme o decirle que deje de hacerlo. Nunca se fijó en mí y a mí me gustaba mucho. Pero solo hasta que crecí y me puse linda, el muy hijo de puta muchas veces intentó conquistarme. Incluso estando con Esther desde que puedo recordar. Pero no, nunca iba a hacerle caso, yo tenía para él un castigo pensado desde hace mucho.

—Estás demente, Milena. De verdad pensé que estabas preocupada por Mauricio.

—Actuación, Eliza. Solo es actuación. Años fingiendo que me caían bien. —Se encogió de hombros—. No fue difícil. Y repito, contigo no tengo ningún problema. Me das lo mismo.

Eliza dirigió la mirada hacia pablo.

—¿Por qué me haces esto, Pablo? Yo te amo. Te amo… —le dice.

Pablo la mira y levanta una ceja. Sonríe y escupe sobre Felipe.

—Pero yo no a ti. —responde—. Yo amo a Milena y tú lo sabes.

Milena quien estaba roseando con gasolina el suelo, sobre los muebles, sobre Felipe y sobre Eliza, interviene:

—Eso no es culpa mía, Eliza. Es cosa de él.

—Pero… Pablo…—dice Eliza, derramando lágrimas.

—¡Pero, nada! —Espeta—. Ya me tenías harto. Solo me metí contigo por que eras amiga de Milena. Para estar cerca de ella, ya que se juntaba contigo; aunque lo hacía solo porque te hiciste amiga de Esther y Felipe.

—¿Pero por que me quieres matar? —pregunta

—Porque una vez que acabemos esto, Milena y yo estaremos juntos. Por eso acepte ayudarla a eliminar a estos dos hijos de perra. Y contigo dando vueltas por ahí, sé que no sería posible ser felices, eres una dramática, obsesiva y deprimente. Solo una vez que estés hecha cenizas Milena y yo seremos felices. —Sonríe— ¿Verdad Milena? —pregunta Pablo.

Este se gira a ver a Milena, la cual de un rápido movimiento le corta la garganta con un cuchillo. La sangre brota por chorros rápidamente. Pablo no podía hacer otra cosa que coger su cuello y retroceder, muy sorprendido. Eliza grita por la impresión, sin poder hacer nada. Pablo tropieza con el cadáver de Felipe y cae de espaldas, pataleando y gimiendo, ahogándose en su propia sangre mientras se retorcía en el piso, deteniéndose poco a poco.

—¡¡Pablo, no!! —Grita Eliza, llorando. Intentando soltarse para ayudarlo; pero no podía hacer nada estando atada.

—Pobre estúpido. —Milena fija la vista en Eliza—. Te dije que era un estúpido, ¿no? Ahí está. De nada — le sonríe y le coloca la mordaza.

Milena vuelve a coge el galón de combustible y termina de rosear toda la habitación y también el cuerpo de los tres: Felipe, Pablo y Eliza, quien se retorcía tratando de liberarse, gimiendo.

—Iba a cortarte el cuello, para ahorrarte el sufrimiento de morir quemada, pero creo que te mereces esto, por ser tan estúpida. —Se encoge de hombros—. Adiós.

Milena le sonríe y sale del cuarto al pasillo. Una vez ahí enciende un trapo con combustible y lo arroja dentro del cuarto, el cual comienza a arder rápidamente. Las llamas envuelven el lugar. Mientras Milena se va por el pasillo rápidamente, solo se oían los gemidos de dolor de Eliza en el interior, siendo presa de las llamas.

18

Milena llega a la casona, donde estaban Mauricio y Esther. Éste había atado a Esther fuertemente a una silla y la había amordazado. El novio de Milena la ve entrar sonriente y le pregunta:

—¿Listo? ¿Ya ardieron?

—Si, ya está hecho. Deben estar muertos justo ahora —responde dueña de una gran soltura de huesos. Recostándose en el marco de la puerta.

Milena se percata de que Esther, quería decir algo y le indica a Mauricio que le quite la mordaza, para poder escucharla. Así lo hace él.

—¡¡Son unos desgraciados!! —Exclama Esther— ¡¿Dónde está Felipe?! ¡¿Qué le hiciste, maldita zorra?!

Milena sonreía, con satisfacción.

—Ya escuchaste, está ardiendo ahora —responde—. Ya no te preocupes por él, Esther. Ya está muerto.

—¡No! No puede ser… —susurra, entre lágrimas.

Mauricio se acerca a Milena.

—¿Dónde está, pablo? ¿Ya partió para Ciudad Catalina? —pregunta.

—Si, ya se fue —miente—. Ahora debemos deshacernos de esta perra y crear nuestra perfecta cuartada — indica sonriéndole y acercándose, seductora, para darle un beso—. Todo salió perfecto, mi amor.

Se besan apasionadamente. Ignorando los gritos e insultos de Esther a unos metros de ellos.

— Una vez que regresemos —comenta Mauricio—, cumplirás tu promesa, ¿verdad, amor? Estaremos juntos por… ¡Argh! —Retrocede unos pasos, cogiendo su vientre, desde el cual comenzaba a brotar sangre— ¡¿Qué hiciste?!

Milena, sosteniendo un cuchillo en sus manos se acerca a él. Lo apuñala dos veces más en el abdomen. Mauricio sorprendido no puede reaccionar. Esther, atada gritaba desesperada, muy asustada, pidiéndole que se detenga.

Mauricio cae poco a poco de rodillas, apoyado sobre milena quien seguía apuñalándolo, llevándolo poco a poco al sueño, dejándolo boca abajo.

—¡¿Qué hiciste, Milena?!! —grita Esther.

—Nada. Solo unos pequeños cambios de planes —dice irguiéndose—. No puedo dejar testigo alguno, como entenderás. Sería muy riesgoso.

—Pensé que se querían… ¡Pensé que lo querías!

—¿Quererlo? No. Era un idiota. Para ser estudiante de medicina es demasiado estúpido. Solo quería que me ayudara. Misión cumplida.

—Estás loca… Eres una demente.

Milena se acerca unos pasos hacia Esther.

—A ti —la señala con el cuchillo— si te cortare la garganta, antes de encenderte en fuego. Solo por que eres la que más odio. —Sonríe.

Esther aprovecha que Milena estaba cerca y la empuja con ambos pies, golpeándola justo en el pecho, logrando que retroceda y se tropezara con el cuerpo de Mauricio, cayendo de espaldas. A su vez, Esther cae de la silla, sus ataduras se habían soltado mientras Milena acuchillaba a Mauricio, lo que hizo que pudiera zafarse cuando la silla calló junto con ella. Con un poco de esfuerzo logró soltarse de sus ataduras. Milena se incorporó y se puso de pie rápidamente, buscó su cuchillo en el piso. Esther logró desatarse por completo y se lanzó contra Milena, empujándola contra la pared, golpeando su cabeza contra el muro.

—¡Zorra! ¡Eres una zorra!! —le gritaba.

Milena reacciona y le da un golpe con el brazo. Sacándose la de encima. Esther vuelve a lanzarse sobre Milena, pero esta la recibe y la sujeta, empujándola contra la cama que estaba cerca de la puerta. Esther cae y Milena se lanza contra ella colocándose a horcajadas sobre ella y comienza a golpearla fuertemente en el rostro.

—¡Ya no soy una niña, ahora no será tan fácil que me golpees! —le reclama.

Esther luchaba por defenderse, logra sujetarle las muñecas y de un rápido movimiento logra sacársela de encima. Ambas se caen de la cama, cerca al cadáver de Mauricio. En el piso, Milena coge de los cabellos a Esther y la jalonea fuertemente, golpeando su cabeza repetidamente contra el piso. Esther a ciegas, comienza a lanzar zarpazos, intentando levantarse, arañando el rostro de Milena quien suelta a su oponente. Esther logra ponerse se rodilla, pero el cabello en el rostro no la deja ver bien. Milena le da un fuerte puñetazo en la nariz, haciéndola car de espaldas sobre el cadáver en el piso. Esther se lleva las manos al rostro, tenía la nariz rota, comenzaba a sangran a borbotones. Milena busca bajo la cama su cuchillo y logra cogerlo.

Esther se pone de pie. Milena con el cuchillo en mano se lanza sobre ella, saltando el cuerpo de Mauricio. Esther logra reaccionar y evita el cuchillazo de lado. Milena intenta acuchillarla una vez más, pero solo logra cortarle el brazo a Esther, quien grita y dirige en dirección a la ventana, cerca del parlante. Milena va tras ella con el cuchillo levantado sobre su cabeza, lista para asesinar a su enemiga. Pero Esther se lanza también hacia ella y lanza todo su peso contra Milena, quien no logra encajarle el cuchillo. Por el impulso de la arremetida, Milena es impulsada hacia el mueble cerca de la pared al lado de la puerta, golpeándose contra el y soltando el cuchillo; Esther cae de rodilla, el cuchillo cae cerca a unos metros nada más. Ambas miran el arma blanca y se apuran a lanzarse sobre él, pero ninguna cogerlo. Se envuelven como fieras la una a la otra, arañándose, mordiéndose, golpeándose, cogiéndose de donde podían, de los cabellos, de la ropa, de las extremidades, dándose cabezazos, codazos rodillazos. Milena enloquecida aturde a Esther dándole de cabezazos en su herida nariz, lo que hace que Esther cese y se mueva para un lado. Milena se pone de pie y comienza a patearla en el piso. La herida y ensangrentada Esther logra coger el cuchillo y de un rápido golpe con él, a ciegas, logra cortarle la pierna a Milena quien se lanza hacia atrás, tropezando nuevamente con Mauricio y cayendo sobre el borde de la cama.

Esther se incorpora y se pone de pie, adolorida, mareada, casi sin poder ver por la sangre y los pelos en la cara, pero sabía donde estaba su objetivo. Se lanza sobre milena en la cama e intenta acuchillarla repetidas veces, pero no logra encajar el arma blanca sobre su carne, solo la corta algunas veces a la altura del hombro, la oreja y el antebrazo. Milena logra sujetarla por las muñecas y la empuja a un lado, haciéndola caer al piso, cerca del enorme parlante, golpeándose la cabeza. Esther suelta el cuchillo por el golpe que se dio. Milena ve el cuchillo caer tras el parlante, cerca de la ventana. Rápidamente se lanza en su búsqueda, lo necesitaba para acabar su trabajo.

Esther, intenta ponerse rápidamente de pie, ve a Milena en la ventana y sin pensarlo dos veces se lanza contra ella. Ambas mujeres pierden el equilibrio y caen del segundo piso hacia el jardín. Esther se golpea la cabeza, contra el pavimento. Milena logra caer sobre el cuerpo de esta, sana y salva. Agitada y desesperada, adolorida y ensangrentada, Milena se incorpora, aún tenía el cuchillo en sus manos.

—¡Perra! —grita con esfuerzo Milena.

Levanta su brazo, con el arma y golpea el pecho de Esther, atravesando su carne y clavando el cuchillo profundamente.

El trabajo aún no estaba terminado. Se puso de pie, respiró profundo y reuniendo todas sus fuerzas arrastró y subió a Esther hasta la habitación donde estaba Mauricio, la dejó sobre él. Roció el cuarto con combustible y lo encendió hasta verlo arder por completo. A la distancia, se observaba el humo del otro punto, a muchas calles de ahí, levantándose hacia el cielo en el claro cielo estrellado de aquel solitario pueblo.

19

En el hospital, varias horas más tarde.

—Entonces —concluye el detective Rosales—, dices que lograste escapar de ese psicópata y corriste, corriste hasta llegar a la carretera, deambulaste en dirección a este pueblo, hasta que te encontró la patrulla que se dirigía para Wilson.

Milena asintió lentamente, algunas lagrimas caían por sus mejillas.

—Sí, así es. Logre escaparme con las justas luego de que me capturó junto con mis amigos —finalizó de narrar Milena, haciendo gala de todo su histrionismo.

—Ya veo. Debiste haber pasado un momento realmente horrible, ahora trata de…

Un policía ingres a la habitación y le pide al detective que se acerque. Le susurra algo en el oído y luego se retira rápidamente. El detective se acerca a Milena y le sonríe.

—¿Pasa algo, detective? —pregunta ella.

—Creo que te tenemos buenas noticias, Milena.

Milena frunce el ceño, confundida y pregunta:

—¿Qué noticia? —pregunta.

—Antes que anda, no quiero que te ilusiones, ¿de acuerdo? Pero al parecer uno de tus amigos, una jovencita, está viva. —Los ojos de milena se desorbitaron—. Logró sobrevivir al incendio y está en cuidados intensivos. Dios quiera que se salve —comenta, sonriendo, el detective.

Milena no puede más que intentar dibujar una sonrisa forzada, sabiendo que su juego no salió como esperaba.

Fin.

Franck Jimmy palacios Grimaldo

Domingo 6 de junio del 2012

(Revisada, el 16 de Abril de 2020)

16 Avril 2020 14:55:20 0 Rapport Incorporer Suivre l’histoire
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La fin

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