oscarmjordan Oscar M. Jordan

Adela es una chica originaria de Jalisco en México, con un trabajo humilde pero honesto, su corazón roto es uno de sus mayores penares y una noche conocerá al hombre perfecto. Sumérgete dentro de esta historia para conocer el terror y dolor que un ser humano puede experimentar en manos de un personaje clásico del horror de la cultura mexicana.


Horreur histoires de fantômes Tout public.

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Histoire courte
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SERENATA SINIESTRA

La Parroquia de la Sagrada Familia se vestía de gala una vez más en el centro de Jalisco, resultaba una tradición que alguien de la región a vísperas de una buena vida se decidiera por aquel lugar para contraer matrimonio. Los vestidos blancos y variados por los que sus muros pasaron fueron la punta de la sierra comparada con los pétalos de rosas y granos de arroz que adornaron sus suelos amén de la más pura felicidad expresada en sonrisas de todo quien mirase al par de novios salir por las puertas majestuosas de la parroquia.

Amparo postraba su puesto de girasoles cada fin de semana fuera de la parroquia de la que veía con ciertos celos salir al par de jubilosos sujetados de la mano sábado tras sábado. El corazón de la mujer joven de ojos cafés teñidos de claridad se arrugaba al pensarse una mujer por demás atractiva, pero sin ningún caballero que la acompañase en su día a día; el momento llegaría, claro ―pensaba― pero «¿cuándo, Chuchito?, ¿cuándo?». Mientras más tiempo pasaba sentada en la banqueta frente a sus cubetas con agua fría, más se terminaban las flores que vendía con orgullo y belleza; la sonrisa con la que solía atender a sus clientes primerizos le provocaban de una emoción empoderada de coqueteo sin igual. Amparo creció en el seno de una familia humilde, pero trabajadora por su pedazo de pan en la mesa; su madre fue quién se lo inculcó y su padre ―que a fecha no conocía siquiera― se lo recalcó en la forma que sólo una ausencia tal puede provocar en la vida de una joven retoña dentro de sus propias flores de madurez.

Aquel sábado 12 de abril, Amparo Adela preparaba su puesto poniendo a ras del suelo algo polvoriento su docena de cubetas plagadas de girasoles en mayoría y rosas rojas esparcidas eventualmente en cada una de las doce cubetas. De vez en cuando, sumergía las manos dentro del agua fría para refrescarlas ante el calor colosal que su piel resentía; era sumamente importante mantener las flores hidratadas, de otra manera, perdían su chispa visual y nadie las querría; lo sabía por experiencia que le causó en alguna ocasión el regaño de su estricta madre; sin embargo, no permitiría que sucediera de nuevo. Dentro de una hielera cargaba unos cuantos litros de agua fresca de más que le ayudarían a bañar las hojas de todas las flores y, en aquellas que se vendieran, esparcir unas cuentas gotas sobre el papel trasparente celofán para dotarlas de frescura y brillo natural. Su conocido compañero de al lado, dichoso y famoso por vender aguas frescas, había tenido la desdicha de encontrarse enfermo de un resfriado que pescó al devorarse un par de sus aguas con extra hielo, Amparo lo sabía, no estaba cerca de ser una doctora de profesión; sin embargo, confiaba en sus corazonadas; «ese mocoso se enfermó por necio y terco, ¡qué si lo sabré yo, Dios mío!».

―Señorita, buen día ―escuchó Amparo frente a sí, la mirada postrada en el piso le impidió atender al primer cliente del día inmediatamente.

La mirada de la joven pasó por los zapatos pulcros color negro de un hombre bien vestido con un pantalón del mismo color al igual que el de su saco perfectamente cuidado y liso. Amparo abrió la boca sin hacerlo notar de más, por supuesto, y, con los ojos clavados ya en los ojos del hombre blanco y de bigote peinado, contestó:

―Buenos días… jovenazo ―respondió ella con humor y cierto estilo picarón.

―Deme por favor una docena de estas rosas hermosas que tiene usted de su lado derecho, izquierdo mío.

Ella asintió con la cabeza sin perder de vista los ojos claros de aquel hombre que, igual que ella, le sonreía emanando la misma mirada audaz de un ser al contemplar algo o alguien que sencillamente cae en el gusto personal. Con ambas manos, Amparo tomó las primeras cinco rosas rojas en sus manos pinchándose al mismo tiempo; había resultado ser un milagro que no gritase a los cuatro vientos del dolor, no podía, no, claro que no. Frente a ella, el hombre sólo la miraba de la misma manera y no permitiría que esos ojos se desviaran milímetros de ella siquiera. Con estilo, ella le dio la espalda al joven apuesto del bigote pronunciado procurando lucir ante él la piel suave color canela de sus piernas detrás del vestido blanco que presumía con orgullo. La voluntad de la joven propició frutos y los ojos del hombre bien vestido se dirigieron centímetros debajo de donde se hallaban puestos hacía segundos, la piel de Amparo podía brillar producto de la luz del Sol y la sensualidad de un pequeño baile seguido de un tarareo angelical le despertaron, a él, de cierto calor que su pecho infló y su postura mejoró.

―Prefiero que sean seis rojas y seis blancas, por favor, señorita ―corrigió el hombre que, si bien era lo suficientemente alto, los zapatos le elevaban más la altura lo suficiente para figurar la imponencia de un extraño de buen ver.

Amparo, sin notar las intenciones de aquel hombre, sumergió aún más su dorso al medio anillo de cubetas propiciando que su falda se elevara en el aire de la parte de atrás por unos segundos; de vuelta frente a frente en sentido directo a la parroquia, ella le entregó la docena de flores al hombre rozando delicadamente su mano con la de él en un acto de coqueteo puro que, pudo jurar, ser fidedigno. Las monedas sonantes reposaron en la palma de ella y, con un agradecimiento, el joven apuesto se marchó directamente a la entrada de la parroquia en la que un cúmulo de gente esperaba la hora en que el par de puertas se abriera y diera paso libre a los muros sonoros de la iglesia para celebrar sólo Dios sabe qué cosa. La distancia obligaba a Amparo, en un acto de lujuria, mirar con especial atención la figura de aquel «bigotudo hermoso» y sus glúteos moverse con muy particular sonata sobre sus pantalones negros ajustados.

El tiempo hizo su trabajo y a los segundos tan sólo la decepción tocó la puerta y la sonrisa con la que Amparo miraba el cuerpo del joven que se alejaba desapareció cuando lo miró, a la distancia, darle un beso apasionado a una mujer que asemejaba su edad envuelta en un vestido color vino que se ajustaba a su figura «perfecta». La mirada de vuelta a sus flores y a su propio vestido blanco le hicieron crecer a pasos agigantados la decepción que le oprimió el pecho y les pronunció a los girasoles; «Vives en sueños, Adela vives en sueños. Nunca va a ocurrirte algo así»,

En la imaginación de Amparo, resultaba un sueño imposible hallar a un joven apuesto, de buen ver y fino que la hiciera su esposa; a pesar de lo bella que realmente era en cuerpo y alma, sus pensamientos seguían posicionándola en el lugar de una vendedora de flores cualquiera y pobre de cualquier virtud. La falta de empatía de los hombres que habían interactuado con ella en su momento le sembraron erróneamente tal idea que fungía como latigazos en la espalda que le lastimaban el orgullo, el ego y la autoestima.

Dentro de su comunidad sumergida en el centro de Jalisco era muy bien conocida por todos por ser una mujer hermosa pero desafortunada en el amor. Mientras los jóvenes de su misma clase morían por una mirada de su parte, ella concentraba todo su fervor en morir por una real y fidedigna de alguien como la de aquel hombre alto de tez blanca trajeado de negro.

Las horas vitales de aquel 12 de abril se consumían en función del tiempo mismo hasta que la luz del sol se escondía ya detrás de las nubes densas que adornaban el atardecer, la iglesia no tuvo, aquella tarde, mucha interacción más que la aparente boda de la que escuchó del gentío emociones mezcladas entre cada uno de los presentes en la forma de chiflidos, gritos de alegría y risas inconmensurables en el ambiente. Un día de trabajo eventual terminaba y ella conocía mejor que nadie la hora idónea para tomar las flores restantes y cargar las cubetas vacías de líquido que le regalaba al gran árbol poderoso que yacía detrás de ella. La luna llena de tono casi azulado se escondía menos de su mitad detrás de una nube que se despedía por fin del Sol y daba la bienvenida a las estrellas; ver el brillo de aquellos puntos celestiales era el indicador perfecto para hacer de Amparo Adela una mujer caminante por el centro del bello y folclórico estado mexicano en busca del descanso dentro de su hogar; escuchar a su madre rezar y beber un jarrón de café recién hecho casi hirviendo.

Amparo se sumergía ya por una de las calles empedradas desiertas camino a su hogar tarareando una canción clásica.

―¡Cucurrucucu, cantaba!, Cucurrucucu, gemía… ―cantaba ella con especial belleza a la noche elevando su vestido blanco intentando aliviar su recién corazón roto desde hace mucho tiempo ante los desamores imaginarios.

El alumbrado público producía una sombra emergente de sus pies extendiéndose por gran parte del suelo deforme.

―Las piedras jamás, ¡Paloma!, ¡qué van a saber de amores!, ¡Paloma…! ―seguía ella, con el más puro sentimiento en su canto.

Hasta que, en el silencio de la última pausa de su canción favorita en aquella calle solitaria poco iluminada:

―¡Ya no le llores! ―completó el cántico alguien más que no fue Amparo.

Las últimas palabras de aquella canción sonaron poderosas en una voz masculina sumergida de la nada; Amparo abrió los ojos cuales platos y dejó escapar un gemido con toda la razón extendiéndose al lógico y tremendo susto que aquella voz le provocó en el cuerpo dando un pequeño brinco que, por poco, le hace soltar la hielera de agua fresca vacía.

―No te espantes, pequeña ―habló con más quietud aquella voz caballerosa potente en el aire.

Amparo no detuvo la marcha, los nervios comenzaban a emergerle por todo el cuerpo y, contrario a lo que cualquiera hubiera imaginado, ella siguió su camino a paso rápido.

―Adelita, ¿por qué no me permites ayudarte con eso? ―volvió a decir el hombre escondido entre la oscuridad de la noche mientras Amparo se preguntaba con energías por qué él sabía su segundo nombre si jamás lo escuchó de nadie más que su propia madre.

―¿Quién eres? ―preguntó ella, sin ánimo de detenerse.

―Tu enamorado ―contestó de nuevo la voz que parecía estarla siguiendo sin producir ruido alguno.

A Amparo se le tocó una fibra que no cualquiera podía atinar al alzar y fue suficiente para que la joven diera fin a su andar casi bruscamente.

―¿Mi…?

―Tu enamorado.

Por debajo de un poste de luz, Amparo vislumbró la figura de quien era, definitivamente, un hombre, con un enorme sombrero sobre su cabeza.

―¿Y tú acabas de despedirte del resto del mariachi? ―preguntó con humor Amparo, soltando una pequeña risita delicada.

Aquel sujeto salió de entre el poste y el camino dejándose ver mil veces más imponente que el anterior sujeto quien le había comprado a Adela una docena de flores; particularmente diferente desde el gran sombrero negro con bordes dorados brillantes que parecían ser hilos finos de oro; el resto de su vestir lucía con el mismo estilo y, sobre su espalda, yacía una guitarra colosal emergida por poco del más puro material.

―Yo no cantaría una canción tan desdichada como la que te he escuchado. Mereces la mejor de las serenatas, mi pequeña Adela.

―¿Cómo sabes mi nombre?, sólo lo dice mi mamacita.

―Te conozco desde hace mucho, pero jamás me atreví a presentarme; te pido me disculpes si te he incomodado, una mujercita tan bella como tú no debe andar en la oscuridad de estas calles que muchas veces solo conducen a borrachos avariciosos capaces de venderle el alma al diablo por unas monedas más que gastar ―las últimas palabras dichas por el hombre le causaron una fina sonrisa burlona al mismo tiempo que buscó cubrirla tomando una de las manos de Amparo y besándola con delicadeza.

El tacto que ella sintió sobre su propia piel le produjo calor, uno inexplicable y casi imposible de pertenecer a una persona que no hirviera en temperatura a causa de una mala enfermedad empeorando poco a poco. Él lucía sano y vigoroso de energías, nada que le pareciera enfermo de salud.

―Estás hirviendo ―dijo ella.

―Disculpa, estar tanto tiempo tocando aquella lámpara me calentó la piel ―se excusó él de nueva cuenta burlándose un poco sin que Amparo lo notara―. Antes de que te vayas quisiera hacer algo por ti, para aliviar la pena que llevas sobre tus hombros. ¿Me permitirías?

«¿De qué pena habla?», se preguntó Adela con extraño; sin embargo, los ojos poderosos de aquel charro magnificente le encantaron el cuerpo, haciéndola escurrir en lujuria.

―Si cantas tan bien como al inicio, claro que sí ―dedujo ella, sintiendo chinita la piel a causa del fervor carnal que le provocó el hombre sujetando firmemente su enorme guitarra, luciendo así una pose que le favorecía la figura de todo el cuerpo.

«Ese bigotudo no estaba ni cerquitas de verse como tú», pensó Adela, mientras la guitarra comenzaba a sonar.

La figura negra sosteniendo la guitarra comenzó a cantar su propia versión de un nuevo clásico, adornando el segundo nombre de Amparo que sólo pronunciaba su madre y que ella, por vergüenza, jamás admitía. Para Amparo, Adela sonaba «horroroso». Pero aquella noche en la voz del imponente charro se oía casi glorioso. Las piernas de Adela se movieron un poco entre su vestido mientras el hombre adornado de dorado cantaba a todo pulmón la canción.

En lo alto de una abrupta serranía, acampado se hallaba un regimiento y una musa que valiente los seguía, locamente enamorada del sargento.

A los vecinos que aún se encontraban despiertos, los alteró el cabalgar de un animal que hacía temblar el subsuelo y que Amparo simple y llanamente ignoraba; nada podía quitarle el gusto de escuchar y ver a tan apuesto hombre. Un par de personas asomadas por la ventana no vieron nada más que la figura de Amparo bailándole a la oscuridad mientras el suelo vibraba con fuerza haciendo rechinar la madera y chocar el vidrio de la ventana con su propio marco.

Popular entre la tropa era Adelita, la mujer que yo enamorado idolatraba, que además de valiente era bonita, que hasta el mismo coronel la respetaba.

Una mujer anciana, quien por su ventana se asomaba, deformó su rostro en uno de completo horror; con una mano se adhirió completamente en la cortina, sosteniéndola con fuerza. Su voluntad le dictaba tocar desesperadamente la ventana hasta conseguir la atención de la mujercita en la calle y suplicarle que corriera, que huyera de allí dejando todas sus cosas atrás; sin embargo, su cuerpo sólo respondió con una parálisis de horror que la obligó a ver más de la ingenuidad de Amparo frente a la escalofriante sombra humeante color negro frente a ella.

Y oía que decía aquel que tanto la quería; Y si Adelita quisiera ser mi novia, y si Adelita fuera mi mujer, le compararía un vestido color vino para llevarla a bailar al altar.

El cabalgar de lo que fuese que se acercaba se pronunciaba como las pisadas constantes y rítmicas de un ser de otro mundo majestuoso digno de un monstruo gigante. La anciana petrificada mirante por la ventana pudo ver los ojos envueltos en fuego de lo que distinguió ser una especie de caballo camuflajeado en la noche que se acercaba con una velocidad digna del propio infierno.

Amparo, fascinada por el espectáculo del que era única testigo, soltó la hielera y las cubetas dejándolas a su suerte sobre el piso para tomar dos extremos de su vestido y, con ritmo, bailar amén del propio ritmo con que aquel charro adornaba su ambiente. Sonriente y con la mirada hermosa, dio un par de pequeños brincos disfrutando de las notas que de la guitarra salían y con el mismo encanto visual que la figura del hombre sombra le inspiraba.

Y si acaso yo muero en pelea, mi cadáver lo van a sepultar, Adelita, mi vida, te lo ruego ¡Acompáñame al lugar de donde vengo!

La última palabra del charro salió cuando, detrás de él, llegó veloz su fiel corcel de ojos color fuego. El hombre tomó a Amparo de la cintura con una mano impidiéndole moverse incluso si lo intentase con la mayor de sus fuerzas; su tacto le causaba calor, uno que podía sentir derretirle la piel con especial dolor mientras que el charro, con el cuerpo, depositaba la guitarra de nuevo sobre su espalda y, de un salto inhumano, subió junto al cuerpo de ella al caballo. Amparo no tuvo oportunidad de oponerse a absolutamente a nada; en un segundo había pasado de estar bailando feliz amén de la noche a sentir cómo su cuerpo era envuelto en una capa de fuego intensa que sólo le causaba dolor al mismo tiempo en que su hermoso cabello se consumía y su piel sentía el fuego que le hacía brotar gotas de sangre caliente por todo el cuerpo; la tela de su vestido se consumió, elevando el humo por la calle y parte del mismo se pegó a la piel de ella en un acto de ardor infernal.

La mujer pálida que yacía detrás de la ventana miró por fin la magnificencia de la criatura acompañada de la figura infernal de un hombre oscuro y carbonizado a la luz del poste y frente a él, además, el cuerpo de la mujer que añoró ayudar de alguna manera sin poder hacerlo a causa del terror, quemándose viva al puro tacto de aquel que Amparo creyó ser el hombre perfecto. Los gritos aferrados de ella despertaron a quienes dormían y, cuando las miradas de todos se postraron sobre la calle empedrada, no vieron más que el cuerpo de una mujer prendido en llamas sobre el caballo negro que se preparaba para marchar de vuelta a su destino.

―Maldito, te la has llevado ―habló la anciana, deseosa de jamás haber visto tal espectáculo de dolor infernal.

Los sollozos de ardor de Amparo se perdieron en la oscuridad marcando el camino en gotas calientes de sangre acompañando el cabalgar del animal y de la carcajada que ―en palabras de la mujer veterana de conocimiento― no era nadie más que el Charro Negro.

13 Avril 2020 00:49:36 0 Rapport Incorporer Suivre l’histoire
4
La fin

A propos de l’auteur

Oscar M. Jordan Autor de #MientrasEstésConmigo, #LaPrimera, y "ElJuguetero" 📚 Estudiante Fan de la música country🎶

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