aoshin-kuzunoha Aoshin Kuzunoha

En 1939 el Dr. Griesinger es invitado al juicio que se llevará a cabo contra de Johannes Decker, quien es acusado de cometer ocho asesinatos a sangre fría en la localidad de Couville. Como parte de la investigación de Griesinger para comprobar su teoría sobre el origen del brote psicótico que afecta el norte de Europa, decide aceptar la invitación y viaja a América para analizar en detalle el caso de Decker. Sin embargo su motivación no se fundamenta por completo en la labor científica. Desde lo profundo de su alma surgió un deseo irracional, que no fue capaz de controlar.


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#asesinatos #locura #psiquiatra
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La invitación.



"Prefiero una locura que me entusiasme, a una verdad que me abata".

Christoph Martin Wieland (1733-1813).



Sé que es poco usual, pero cada día, de los veinte años que llevo aquí, me levanto a las cinco de la mañana para preparar un poco de té. Espero varias horas hasta que se enfrié, lo hago a conciencia, para beberlo con calma, frío y disuelto. Lo tomo como si fuese simple agua en un vaso de vidrio.

Deduzco, desde mi experiencia en el campo de la psiquiatría, que cada persona, sin importar su estilo de vida, encuentra sus preferencias, sus deseos más profundos, o por lo contrario los más mundanos; de las más distintas maneras que alguien puede llegar a imaginar. Es poco usual, el modo como el pensamiento modifica el comportamiento y nos lleva a caer en conductas repetitivas. Situaciones extrañas e ilógicas. Eso que vuelve singular a cada individuo.

La locura surge de... es algo que muchos saben, proviene de los deseos, según entiendo. Es la sensación de perder algo que siempre estuvo allí, la fantasía que nos lleva a tomar aquello que nunca fue nuestro y el desencanto por saber que aquello que brilla no es más que una ilusión ante la vista.

Es desde el fuego del alma. En ese incomodo lugar surge y nos da forma; en especial cuando son motivos diferentes a los de los demás. Nuestros deseos más profundos nos vuelven ceniza. Carcomen cada parte de la carcasa que protege al sentido común que nos ha sido entregado por los demás, como un mapa para no olvidar el camino, el cual finalmente desaparece al ser engullido por las llamas. Es el sendero que se borra tras nuestros pasos.

Sin embargo no todos están tan mal, no como algunos en este hospital, pero... no es necesario, la verdad que no debería decirlo. Por esto y sin caer en redundancias absurdas debo aclarar que ese día me llegó una carta particular, la cual no esperaba recibir. Dadas las circunstancias del brote psicótico que azota al país, y ante la amenaza de la Alemania fascista nadie desea salir de la institución. Ya no es seguro hacerlo.

Algo curioso, de aquel 15 de julio de 1939, es que el cartero que vino a entregármela se mostró ante mí con cierta preocupación, su expresión entre molesto y angustiado fue fácil de leer. Él es solo un empleado del hospital, no alguien cercano a mí, por lo que su molestia está más relacionada con mi trabajo que su admiración hacia mi persona.

El cartero del hospital, debo decir, es quien se encarga de repartir la correspondencia en cada uno de los edificios, a cada uno de los doctores; es sin duda alguna una labor ardua. Ni siquiera imagino lo cansado que termina tras recorrer tantos kilómetros cada día. El hospital ya era enorme, tal como lo recuerdo.

Si se piensa un poco en ello, el hospital psiquiátrico de Londres creció a una velocidad vertiginosa, como resultado de una larga serie de eventos de los cuales no tenemos control. Todo sucedió como consecuencia del pueblo fantasma de Chiesanovab. Descubrirlo hace más de una década cambió algo en las personas, fue un temor constante. Algo que nunca desapareció.

Compadezco a ese joven que reparte la correspondencia, aunque sé muy bien que no camina tanto por llano amor a su trabajo, sino que se trata de una deuda pendiente. Su padre y su madre son pacientes de mi colega, el Dr. Jean Burwell, algo que explica la forma en la que temblaban sus manos al entregarme ese sobre arrugado que contiene la carta.

—¿A pesar de todo viajará a América, Dr. Griesinger? —Me preguntó alterado, como si fuese el fin del mundo para todos los demás que esperaban atentos fuera de mi oficina.

—¿América? ¿De allí remite la carta? —le pregunté, sin obtener respuesta. Me miraba exasperado, aún sin entregarme mi correspondencia—. Dudo que sea de la ciudad del hexágono, y en cualquier otro caso rechazaré la invitación, supongo.

—¿Cómo lo sabe? Ni siquiera la ha leído. Si lo llaman a usted debe ser algo grave —dijo con lágrimas, demostrando que cada quien tiene sus preferencias, por extrañas que estas sean.

—No necesitan un psiquiatra. Dónde los necesitan actualmente es en este lugar y no en otro. Eso debe tenerlo claro —le respondí, para luego tomar un sorbo de la taza de té, la cual aún emanaba vapor, para mi pesar.

Terminé por arrebatarle la carta de la mano, al entender que no quería entregármela de buena manera. El documento, luego de haber sido abierto y leído por varias personas antes de mí, era conciso. Los demás no respetan ni un poco mi privacidad, ya que me consideran demasiado valioso, aún cuando soy un doctor como cualquier otro. Debo admitir que tenían toda la razón para preocuparse por el comunicado, no es algo que pueda dejar pasar. El origen de la psicosis colectiva que investigo puede estar en ese lugar. Es un buen indicio.

La carta me invita de forma expresa, por orden del presidente de la república de Golden Coast, a participar en el juicio de un asesino en serie. Por lo que no es un viaje de placer. El hombre mayor acabó con la vida de ocho personas en varias localidades del valle central del país Latinoamericano. Se me entregó la potestad, aún sin aceptar la propuesta, para estudiar al sujeto en cuestión, ya que aunque su juicio no se ha llevado a cabo el veredicto es evidente. En la carta me permiten incluso diseccionar al hombre, si eso facilita mi trabajo.

De cualquier forma, una invitación de este tipo puede ser rechazada con una excusa sencilla, con cordialidad y sin el menor perjuicio a mi buen nombre. Pero el caso era más interesante de lo que pueden entender los demás en el hospital. Aquel sujeto desconocido era para mí como el fuego de mi alma. Deseaba conocer su historia, su motivo y su locura.

—¡Iré, desde luego que iré! —le dije al cartero con entusiasmo, tras leer la carta de principio a fin en menos de un minuto.

—¡Griesinger, no puede hacernos esto! Usted sabe la situación que enfrentamos día a día. Debe pensar en cómo nos afectará. No se trata solo de usted y su maldita teoría. Nuestra credibilidad está en juego sin su conocimiento. Tiene que rechazar esa invitación. Le aseguro que es solo un anciano senil con delirios y mentiras. Tomaron el asunto con demasiada seriedad y por eso pretenden que vaya hasta allá —me dijo el director, provocando el ingreso masivo de colegas a mi oficina, quienes me reclamaron por mi lealtad a la institución y como se perjudicarán en mi ausencia.

—Llevaré a Burwell conmigo, será como mi asistente. Les prometo que volveré antes de septiembre, con su ayuda todo se resolverá en poco tiempo. Será tan rápido como sea posible, y los resultados de la investigación mejoraran nuestra atención de pacientes. Puede que encuentre una cura.

—¿Está seguro? —Me preguntó el director, mientras lo medita y se rasca el tope de su calvicie.

Pese a la oposición del director y los demás, Jean estuvo de acuerdo en acompañarme. No fue necesario explicárselo. Su padre es uno de los accionistas mayoritarios de las industrias Baumwolle, y entre sus diversos aportes para el avance científico poseen gran influencia en el mercado de las máquinas de terapia de electro-compulsiva que se utilizan en el tratamiento de diversos trastornos mentales.

Con el conocimiento electromecánico de Jean, la máquina más nueva que tenemos en el hospital y mi experiencia en psiquiatría podremos analizar los detalles del inusual caso de Johannes Dekker en poco tiempo. Puede que el brote psicótico se detenga, luego de desentrañar el misterio tras los homicidios de ese hombre.

—Es mejor así, Wilhem —me dijo Jean, como mi confidente.

—Ellos solo piensan en el maldito hospital. No les interesa solucionar el problema —le respondí, con el equipaje ya en el taxi.

—El director piensa en sí mismo como lo haría un político, solo desea aprovechar la crisis.

—Siempre ha sido así.

Al día siguiente, casi de inmediato, zarpamos del puerto de Londres en un barco que nos llevó hasta la triste ciudad de New York. Con la crisis económica habitual en el nuevo mundo, esperamos varios días hasta conseguir un viaje hacia el sur, hacia nuestro destino.

Golden Coast es conocida por ser el patio trasero de los Estados Unidos de América, siendo básicamente su propiedad tras la conquista de mediados del siglo XIX. Aunque la ciudad del hexágono se encuentra cerca, no son muchos los privilegiados en conocerla. Vivir en ese lugar es casi una fantasía para el resto del mundo.

Arribamos el 9 de septiembre de 1939 a la costa caribeña, donde los periódicos de Newport nos recibieron con las terribles noticias sobre la invasión alemana en tierras polacas. El ejército local se mostró alterado, ante los rumores sobre fascistas que llegarían a Golden Coast en los próximos días, sin embargo los oficiales de mayor rango eran reacios a ese tipo de palabrería sin fundamento dentro de la milicia. Nos sorprendió en primera instancia la nueva guerra, no puedo negarlo, pero jamás pensamos en ello con un problema que nos concierna. Nuestra primordial preocupación en ese entonces era llegar a Southerlake en el menor tiempo, dónde mantenían preso al asesino de Couville.

8 Avril 2020 18:31:46 2 Rapport Incorporer Suivre l’histoire
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Jorge F. Carrero Jorge F. Carrero
Interesante tu historia, sabes expresar las ideas muy bien y manejas un enguaje amplio. Felicitaciones. Saludos.
May 07, 2020, 19:22

  • Aoshin Kuzunoha Aoshin Kuzunoha
    ¡Muchas gracias por leer el capítulo y dejar un comentario! Me alegro que te haya gustado. May 07, 2020, 19:45
~

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