martin-girona1583791253 Martin Girona

Una repentina ola de violencia inunda esta pequeña ciudad costera y todas las muertes están conectadas con un mediático caso cerrado: Hugo Argos desapareció de su casa y sólo encontraron un brazo cortado, apoyado sobre la mesa. Salazar Neón fue declarado culpable y condenado a cadena perpetua en base al testimonio de su hermano, un escritor que publicó un exitoso libro titulado "El caso del brazo". Cuatro años después, una policía con un historial de negligencia y psicosis retoma ese caso de forma extraoficial, convencida de la inocencia de Salazar Neón. Su investigación la enfrentará a lo más retorcido de la mente humana y la llevará a traspasar las fronteras de lo sobrenatural, obligando a todos los involucrados a mover sus piezas con resultados imprevisibles y sangrientos.


Thriller/Mystère Déconseillé aux moins de 13 ans.

#terror #misterio #drama #amor #traición #amistad #brujas #policial #escritor #violencia #detectives #existencial #cadáver #acción #novela-negra
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Trampas para ratas

Lila Fuentes vivía en una casa de techos bajos con poco espacio para moverse. Solo había dos sillas, pero una estaba llena de ropa y en la otra estaba acostado el perro. Mara se preguntó dónde se iba a sentar, pero Lila no la invitó a sentarse. La miraba cruzada de brazos, parada frente al sillón individual, el único que tenían en esa habitación. También había un ropero, una televisión de tubo con antena y una maceta con una planta trepadora.

El silencio recóndito del pueblo las rodeaba, en sus profundidades se escuchaba el viento que subía desde el mar.

Antes de que Mara pudiera decir una palabra, del dormitorio salió un hombre de pelo castaño, largo y enmarañado, con los ojos pegados como si recién se despertara. Tenía un buzo viejo y manchado y unos pantalones azules.

—¿Qué pasa? —preguntó alternando su mirada entre las dos mujeres.

—Perdón… ¿quién es esta persona? —preguntó Mara señalando al hombre con la cabeza.

—Él es Javier, es mi pareja —respondió Lila. Después se dirigió a él— No pasa nada, la muchacha es policía y me quiere hacer unas preguntas sobre… sobre Hugo.

La cara del hombre se contrajo, se acercó a Lila y se paró un paso por delante, interponiéndose entre ella y Mara.

—¿Por qué? ¿Qué preguntas?

—Si me permiten hablar...

Lila Fuentes asintió, mirándose las manos entrelazadas sobre su pelvis. Mara seguía parada y nadie la invitaba a sentarse. La casa estaba minada de trampas para ratas. Había por lo menos tres en esa habitación. Trampas para ratas con clavos.

Mara sacó una foto de Ezequiel Neón y la puso frente a ellos.
—¿Conocen a este hombre?

—Es el hijo de puta que se hizo rico con nuestras desgracias —bramó Lila.

Entonces se escuchó el ruido de una trampa al cerrarse y unos breves chillidos. Javier estiró los labios en una mueca que parecía una sonrisa y que intentó disimular de inmediato.

—¿Desde cuándo lo conocen? ¿Tu esposo lo conocía? —preguntó Mara.

Las piernas de Lila se sacudían debajo de la pollera azul que le rozaba los tobillos. Hacía un gesto raro con los ojos, un tic nervioso que le deformaba la cara, tenía la cabeza inclinada hacia la derecha, colgando como si su cuello ya no tuviera la voluntad para sostenerla.

—¿Hugo y Ezequiel Neón se conocían? —insistió.

—Le voy a tener que pedir por favor que me acompañe hasta la puerta —dijo repentinamente el treintañero de cara dormida y pelo largo.

Mara mostró los dientes con una sonrisa feroz y acarició suavemente la pistola que colgaba de su cintura.

—De acuerdo —dijo con un repentino entusiasmo, miró alrededor para identificar las trampas con clavos y salió de la casa, saludando a Lila con la mano.

El hombre la siguió y se quedó parado en el hueco de la puerta entreabierta.

—Tengo entendido que el asesino de Hugo lleva cuatro años preso. Ellos están tratando de rehacer su vida. No entiendo los motivos de este interrogatorio —le dijo.

—No es un interrogatorio —respondió Mara —Solo es una charla, apareció nueva evidencia y me mandaron a revisar el caso.

—¿Qué nueva evidencia?

—Bueno, eso no te lo puedo decir, pero todavía tengo algunas preguntas para hacerle a Lila.

—No quiero ser grosero, pero no es un buen momento. Tenemos que ir a buscar a Lucas y Lila tiene que ir a trabajar.

—Recién dijiste que están tratando de rehacer su vida, y veo que eres parte de esa nueva vida, es una suerte, teniendo en cuenta tu complicada… situación laboral. ¿Hace cuánto que estás desocupado?

—¿Y eso que tiene que ver?

—¿Cómo se conocieron con Lila?

—No tengo que responder nada de esto.

—No, pero tu mejor opción es que lo hagas. Si te niegas a responder podría pensar que estás ocultando algo. ¿Se conocieron antes o después de la desaparición de Hugo?

—Usted no tiene derecho a venir a nuestra casa con insinuaciones y amenazas de este tipo. No me importa que sea policía, si no tiene una orden no estamos obligados a dejarla entrar, ni siquiera a tener esta conversación. Buenas tardes.

Trató de cerrar la puerta, pero Mara interpuso su bota. Le dirigió una filosa mirada con el ceño fruncido. Después sonrió.

—Buenas tardes —le dijo y retiró el pie, sin dejar de mirarlo.

Javier le cerró la puerta en la cara. Mara tragó saliva, se acomodó el pelo y buscó el paquete de pastillas en su bolsillo, mientras miraba la madera astillada de la puerta. Eran pastillas de menta fuerte. Volteó hacia el camino de tierra rodeado por arbustos. Respiró hondo para sentir la frescura de la pastilla bajándole por la garganta.


Hugo Argos tenía cuarenta y tres años cuando desapareció. Era el cuarto hijo de un carpintero y de una mujer veinte años más joven, que dedicó su vida al cuidado de la casa, la huerta y los chanchos. Hugo tenía tres hermanas y había nacido en un pueblo con menos de cien habitantes en medio del campo. A los veinte años empezó a trabajar en la pollería donde se desempeñó el resto de su vida, a los treinta y seis se casó con Lila Fuentes, compraron una pequeña casa en la ciudad y tuvieron un hijo al que llamaron Lucas.

Si quería conocer a Hugo Argos tenía que hablar con su familia. Sus padres estaban muertos y sus hermanas habían perdido contacto con él varios años antes de su desaparición. Mara rastreó a Lila Fuentes hasta su nueva residencia: una casa en un balneario que pertenecía a su familia. Sus padres también estaban muertos y había heredado aquella pequeña casa de verano.

Mara decidió visitarla en su día libre. Se levantó temprano, se preparó el desayuno escuchando las noticias, se duchó, se secó el pelo en la cama, se vistió con una camisa blanca y una campera negra, se puso las botas, comprobó el seguro de la pistola y la escondió bajo la campera.

Alquiló un auto por el día, el más barato que consiguió. Demoró casi tres horas en llegar al pueblo. Ya eran cerca de las dos de la tarde y el tenue sol invernal estaba en su esplendor, brillando entre los árboles contra el cielo despejado. Se alejó de la ruta y se adentró en los caminos de tierra flanqueados por árboles altísimos. El aire olía a eucalipto y se escuchaba el mar rumoreando a lo lejos.


Mara miraba el camino de tierra, de espaldas a la puerta. Javier la vigilaba por la ventana. Adentro no se escuchaba nada. Las trampas para ratas esperaban pacientes y en silencio. La casa tenía un cartel en la entrada que decía Otros tiempos. Mara nunca había entendido esa costumbre de ponerle nombres a las casas, como si fueran mascotas.

Caminó hasta encontrar un bar en una esquina arbolada, en diagonal a un rudimentario taller de autos. Pidió un café y se lo sirvieron de mala gana. Tenía gusto a café de sobre y estaba aguado. Le puso bastante azúcar y se lo tomó.

—Acá nadie pide café —le dijo el hombre que atendía la barra. Tenía menos de treinta, estaba pelado, la barba le cubría sólo algunas partes de la cara y llevaba puesta una camisa de franela a rayas y un pantalón deportivo.

Mara se encogió de hombros.

—He tomado peores.

El hombre sonrió, estaba lavando un vaso, al lado del horno para pizza, frío y lleno de cenizas.

—¿Estás de servicio? —le preguntó.

Ella asintió con la cabeza.

—Estoy rastreando una pista importante para resolver un caso. ¿Conoces a Lila Fuentes? —el hombre no respondió— Supongo que sí, porque vive cinco cuadras hacia allá —señaló con el dedo índice hacia el camino de tierra.

—Si, la conozco, pero nunca hablamos. Que quede entre nosotros, como confidencial, ¿si?

—Si.

—Ella no habla con nadie, pocas personas le conocen la voz, y este es un pueblo chico, acá todos nos conocemos las voces.

—Tiene sentido —dijo Mara— ¿Conoces a su pareja? Un tal Javier…

—Si.

—¿Y? ¿Qué opinas de él?

—Prefiero no opinar, ¿puedo hacer eso?

—No, en realidad no.

El hombre dejó caer los hombros y apoyó el vaso mojado sobre la mesa.

—-A mi nunca me hizo nada, a veces viene al bar y toma algo, juega al pool y se va. Acá se lleva bien con todos.

—¿Pero?

—Pero dicen que con su esposa es diferente.

—¿Diferente como violento?

—Yo no vi nada, pero dicen que si —el hombre estaba inclinado sobre el mostrador y hablaba lo más bajo que podía.

—¿Quién dice?

Él esquivó la mirada de Mara y mantuvo los labios apretados.

—¿Me das otro café? —le preguntó ella.

—Sabes que no es café de verdad, ¿no?

Mara sonrió y se acomodó un mechón de pelo detrás de la oreja.

—¿Con quién tengo que hablar?

El hombre permaneció unos segundos de espaldas sin responder, Mara veía una parte de su cara reflejada en el espejo.

—Con Mario Diamonte.


Las distancias cortas eran la principal ventaja de investigar en un pueblo como ese. Podía caminar escuchando los pájaros y respirando el aire salitre mientras iba a buscar a Mario Diamonte.

Era el hombre más flaco que Mara había visto en su vida. Era alto y tenía las costillas hundidas y la cara puntiaguda. Sus manos y su aliento apestaban a tabaco, su casa también. Había cenizas por todas partes y unas cortinas de humo flotaban a su alrededor.

—Si, yo lo vi. Estaban discutiendo en el patio y desde acá se ve. Yo estaba ahí cuando vi que le pegaba y la arrastraba a la casa de los pelos —le dijo Mario Diamonte.

—¿Por qué no lo denunciaste? — preguntó Mara.

—¿A quién? Está en su casa, yo no sé lo que pasa entre ellos, no soy quién para meterme en su intimidad.

—Si le pasa algo a Lila Fuentes, lo que estás haciendo es un delito grave. ¿Te imaginas en la cárcel? Yo conozco las cárceles por dentro, no son para rehabilitarse, nosotros sabemos que esa no es la idea, nadie lo dice, pero está implícito. Si sobrevives a las ratas y las infecciones, todavía tienes que sobrevivir a los presos y a los guardias.

—No quiero ir a la cárcel… no hice nada malo… yo no quise ver eso, no lo busqué, sólo estaba ahí, fumando y regando las plantas…

—Tienes una vista privilegiada de su casa y pocas cosas para hacer, seguro que sabes bastante de sus vidas. Quiero que me digas todo lo que sabes.

—No sé mucho… son una familia normal...

—¿Javier la arrastra de los pelos y piensas que son una familia “normal”?

—Bueno, normal a pesar de eso. Acá eso es un poco más normal que en la ciudad. No digo que este bien, pero es más normal. Javier va a buscar a Lila y al niño todos los días, un par de veces a la semana va al bar, nunca se mete con nadie, está ayudando a construir una casa de barro, cerca de la playa.

—¿Con amigos?

—Si, con dos muchachos.

—¿Quienes son?


Juana y Franco eran una pareja de arquitectos que habían abandonado la ciudad, para construirse una casa de barro cerca de la playa. Estaba tan cerca que hasta parecía peligroso, pero Mara decidió confiar en el criterio de aquellos arquitectos devenidos en hippies.

—Boris, se llama Javier Boris —dijo Juana.

—¿Cómo conocieron a Javier Boris? —les preguntó Mara.

—Es un compañero de facultad de mi hermano —respondió Juana— Lo encontramos acá y fue una linda sorpresa, porque se ofreció a ayudarnos con la casa.

—¿Qué facultad?

—Medicina.

—¿Javier estudia medicina?

—Si.

—¿Y trabaja?

—No, que yo sepa no.

—¿Cómo es su relación con Lila Fuentes?

—Normal —dijo Franco.

—No, en realidad no. Es una relación bastante mala —dijo Juana.

Franco amagó a decir algo, pero no lo hizo.

—¿Le pega? —preguntó Mara.

Juana no respondió.

—¿Cómo se conocieron Javier y Lila?

—Ni idea, no le andamos preguntando a la gente cómo se conocieron —respondió Franco —Creo que se conocen desde hace bastante.

—¿Más de cuatro años?

—Si, me parece que iban juntos al liceo.

—Entonces Javier y Hugo Argos se conocían —dijo Mara, pero más que una pregunta era un pensamiento en voz alta.

—No sé quién es Hugo Argos —respondió Juana.

—No, yo tampoco —dijo Franco.

Mara les agradeció y se fue.

Afuera ya era de noche y el mar arrastraba una brisa fría que le estremeció la espalda. Se cerró la campera y caminó de regreso a la casa de Lila Fuentes.


Javier Boris conocía a Hugo Argos y por algún motivo lo había ocultado.

Mara se acercó a la casa de Lila Fuentes, las luces estaban apagadas y no se escuchaba ningún ruido en el interior. La rodeó hasta llegar al fondo y se encontró con una puerta de madera, con un cerrojo bastante frágil. Antes de abrirlo, se aseguró de que nadie la estuviera observando, en particular Mario Diamonte. Un golpe seco con el mango de la pistola fue suficiente para partir el cerrojo.

La casa tenía un pequeño garaje transformado en depósito. Mara tanteó la pared hasta encontrar un interruptor, encendió la luz y el horror de la muerte le saltó encima. Contra la pared había una mesa larga, en el que yacían desparramados los restos de un cadáver reseco. El cuerpo no estaba completo, faltaban un brazo y una pierna. Sólo habían encontrado el brazo de Hugo Argos, el resto de su cuerpo había desaparecido...

Escuchó ruidos en la casa y cuando volteó hacia la puerta, se encontró con Javier apuntándole con un rifle de caza.

—¿Qué estás haciendo? ¡Pensé que nos estaban robando!

—Antes que nada… baja el arma… ahora… —mientras hablaba, Mara acercó lentamente la mano derecha hacia el interior de su campera.

Javier tenía los ojos hinchados, su cuerpo se sacudía de forma involuntaria, y con él se sacudía la escopeta.

—¡No! ¿Qué haces en mi casa? —aumentó la presión de los dedos sobre el arma.

Mara desenfundó la pistola y disparó. Apuntó al hombro, pero él se movió y le dio debajo de la clavícula. Cayó de espaldas y una trampa para ratas le mordió la pierna, los clavos se incrustaron hasta el hueso. Chilló y se sacudió hasta desmayarse por el dolor. Mara le sacó el rifle y comprobó que siguiera vivo. Todavía respiraba, pero estaba perdiendo mucha sangre.

Necesita un médico.

Un médico...

Javier estaba estudiando medicina. En la Facultad, había aprendido a comer cerca de los cadáveres y ya había pasado la prueba de su primera disección. Sus percepciones sobre la muerte y sobre el cuerpo humano habían cambiado después de ver al primer muerto colgado y bañado en formol, le habían cortado el pene y tenía un tajo cocido en el pecho. Le pusieron Gregorio, tenía cara de Gregorio. Una cara rellena de acetona.

Mara revisó entre los libros y los cuadernos, leyó las últimas hojas de los apuntes y descubrió que aquella mortaja sobre la mesa no era Hugo Argos, sino el objeto de un trabajo grupal para la facultad.


Javier despertó mareado y dolorido. Tenía los brazos atados y la boca amordazada. Sentía el olor nauseabundo de un trapo húmedo contra su boca. Trató de pararse y gritó contra los pedazos de pierna que habían dejado los clavos de la trampa. Cayó de rodillas llorando de dolor y permaneció una eternidad en aquella oscuridad sofocante y tenebrosa.

En algún momento de aquel martirio sin tiempo, se abrió la puerta y la luz cegadora lo inundó por unos segundos, recortando una silueta que se ubicó frente a él. Entrecerró los ojos y pudo vislumbrar las facciones de Mara. La policía cerró la puerta y trajo de regreso la oscuridad. Se acercó a él y le aflojó la mordaza, pero no se la sacó.

—¿Cómo te sientes? —le preguntó.

—¿Dónde estoy? —fue lo primero que se le ocurrió decir a Javier.

—Eso no te lo puedo decir.

—¿Qué me hiciste? ¿Por qué estoy atado?

—Porque no tenía esposas a mano. Lo importante es que estás vivo, y eso me lo debes a mi.

—¡Me disparaste!

—Si, fue un error. Pensé que eras un asesino, el muerto que tienes en el depósito me confundió un poco. Pero la buena noticia sigue siendo que estás vivo porque yo te salvé —Mara hizo una pausa y le volvió a ajustar la mordaza. Javier sintió náuseas cuando el apestoso trapo se le metió en la boca —La parte mala es que te vas a tener que quedar acá encerrado, hasta que se me ocurra qué hacer contigo.

Como era de esperar, Javier Boris no se tomó muy bien la noticia. Mara podía entender sus dificultades para verle el lado positivo a una decisión meditada. Aquella situación también era un problema bastante grave para ella porque lo tenía encerrado en el galpón de su casa. Trancó la puerta de metal y la aseguró con una cadena.

Había sacado todos los objetos que Javier pudiera usar para liberarse o para atacarla, los tenía apilados en un rincón del living. Se sentó en el sillón, frente a la tele, tomó un trago de jugo de naranja del pico de la caja, se reclinó un poco y apoyó las botas en una caja de herramientas.

18 Mars 2020 22:32:42 14 Rapport Incorporer Suivre l’histoire
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Lihuen Lihuen
Me encantó este comienzo, una narración impecable y cautivarte que te mantiene e suspenso. Sin dudas seguiré leyendo
May 26, 2020, 18:26

  • Martin Girona Martin Girona
    Hola Lihuen! Muchas gracias por dejar este comentario tan positivo. Me alegro de que sigas leyendo, acabo de publicar un capítulo nuevo (el séptimo) con el que vuelvo a la dinámica de subir un capítulo por domingo hasta terminarla! Saludos desde Uruguay 4 weeks ago
  • Martin Girona Martin Girona
    P.D: Disculpas por la demora en responder! 4 weeks ago
Francisco Rivera Francisco Rivera
Chico, tienes el don narrativo y celebro tu trabajo, poco a poco lo estaré leyendo, saludo fraterno desde Veractuz, México.
May 10, 2020, 19:30
Francisco Rivera Francisco Rivera
En tu narración encuentro es dureza épica y cínica; ese torcimiento o el desbalance de la justicia por método deductivo-inductivo que sus agentes u omiten por pecado de desconocimiento o por convenirse a modo de lo conocido...Felicidades y atrapado en esta negra historia que seguiré leyendo...
May 10, 2020, 17:00

  • Martin Girona Martin Girona
    Hola Francisco! Gracias por el comentario y me alegro de que sigas leyendo! Espero tus devoluciones de los próximos capítulos y seguimos en contacto! Saludos desde Uruguay May 10, 2020, 17:31
Jean Carlos Martinez Jean Carlos Martinez
Buen comienzo;sin embargo, esa policia se esta saltando un monton de leyes
April 28, 2020, 22:03

  • Martin Girona Martin Girona
    Hola Jean! jaja sin dudas! Te adelanto que se va a saltar varias más! jaja Gracias por leerlo y por dejar tu comentario! Saludos desde Uruguay April 29, 2020, 01:18
Sebastian Silvestri Sebastian Silvestri
¡Wow! ¡Tremendo comienzo! ¡Felicitaciones! El título me llamó mucho la atención desde que lo vi, y desde entonces estaba buscando algo de tiempo para comenzar a leer esta historia ¡Sin duda seguiré leyendo!
April 25, 2020, 03:20

  • Martin Girona Martin Girona
    Hola Sebastian! Gracias por leerlo y me alegro de que te haya gustado! Yo estoy leyendo "Los muertos también sueñan" y en algún momento te iba a recomendar esta lectura, ya que los dos nos hemos embarcado en este género. Si lo seguis leyendo seguimos intercambiando! Saludos desde Uruguay April 25, 2020, 03:29
Marina Andrea Marina Andrea
Me gusta la evolución que van teniendo los personajes!
April 19, 2020, 23:42

  • Martin Girona Martin Girona
    Hola Marina! Muchas gracias por leerlo y por dejar tu comentario! No se hasta qué capítulo llegaste, pero acabo de publicar el sexto justo ahora. Saludos desde Uruguay! April 19, 2020, 23:49
Becca Blume Becca Blume
Me ha gustado lo despreocupada que parece ser Mara
March 27, 2020, 23:36

  • Martin Girona Martin Girona
    Hola Becca muchas gracias por leerlo y por comentar. Espero que disfrutes de la evolución de este personaje a lo largo de la historia, si es que decidís seguir leyéndola. Saludos! March 28, 2020, 03:53
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