ignacio_salinas Ignacio Salinas

Mi nombre es Rosario, tengo 40 años y Amparo, mi hermana gemela lleva 23 años muerta. Cuando éramos niñas hicimos una promesa: la que muriera primero volvería del más allá para decirle a la otra si existe o no el infierno. Ella nunca apareció ... Hasta ahora.


Horreur histoires de fantômes Déconseillé aux moins de 13 ans.

#terror #295 #historia-corta #infierno
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¿Hay Infierno?


Mi nombre es Rosario, tengo 40 años y Amparo, mi hermana gemela lleva 23 años muerta. Cuando éramos niñas hicimos una promesa: la que muriera primero volvería del más allá para decirle a la otra si existe o no el infierno. Ella nunca apareció … Hasta ahora.

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Desperté aterrorizada con esa misma espantosa sensación de ansiedad que me había estado torturando durante años desde que falleció mi hermana . El miedo no me dejaba respirar con normalidad y lo que vi frente a mi por poco me hace perder la conciencia: En el borde de mi cama estaba Amparo de pie mirándome fijamente con los ojos negros y vacíos . Ella solía hacer eso cuando éramos niñas y quería asustarme.


10 años antes:


Mi madre sufrió una fuerte depresión y un sinnúmero de trastornos que eventualmente la orillaron al suicidio cuando teníamos 7 años y fue mi padre el que nos crió, su nombre era Jesús. Papá nunca se recuperó del todo y vivió toda su vida encadenado al doloroso recuerdo de mi madre. Nunca pudo perdonarla. A veces solo con verlo a los ojos me transmitía el profundo dolor que lo atormentaba y que tenía que esconder por la responsabilidad de criarnos a Amparo y a mí.


Con el tiempo se refugió en la bebida, solía pasar noches enteras en solitario bebiendo y maldiciéndola por haberlo abandonado. Fue una de esas ocasiones que se encontraba totalmente ebrio gritando en la madrugada cuando Amparo lo escuchó y salió de la recámara sin hacer ruido para ver lo que estaba aconteciendo. Papá estaba en la cocina totalmente devastado y sin la máscara que solía usar cuando estaba con nosotras para esconder su dolor. Después Amparo me contó que fue como ver otra persona, una persona desconsolada, sin esperanza y sin voluntad de vivir. Estaba llorando y hablando con mamá como si ella estuviera con él, escuchándolo.


– ¿Por qué me hiciste eso Edith? ¿Por qué me abandonaste? – dijo mi padre con la voz entrecortada por el llanto.


Entonces los ojos se le llenaron de ira.


– ¡Espero que te estés pudriendo en el infierno! -gritó con todas sus fuerzas- ¡Maldita seas! ¡Maldita! ¡Mil veces Maldita! ¡Púdrete en el infierno!¡Ahí mereces estar! ¡Ahí mereces quedarte!- Papá entonces se tiró al piso y siguió llorando. Amparo estaba impactada por la escena y con miedo y sigilo volvió a la recámara intentando no llamar su atención.


Él nunca lo supo pero las palabras que pronunció esa noche cambiaron nuestra niñez y nuestras vidas para siempre.


Amparo regresó y se metió en la cama conmigo, me despertó:

-Rosario – dijo en voz baja – ¿estás despierta?


Me llevó unos segundos darme cuenta de lo que estaba pasando.


-¡Me despertaste! ¿Qué hora es? – contesté


-Casi las 2 de la mañana… Rosario ¿tú sabes a dónde se fue mi mamá?


-¿Qué? ¿por qué me preguntas eso?


-¿Si existe el infierno? – me preguntó en seco.


-¿Qué?


-Mi mamá está en el infierno- dijo convencida- mi papá dijo que está allá.

Me comenzó a dar miedo, el tono de su voz cambió y se volvió más grave y serio.


-¿Y yo cómo voy a saber? – le respondí


Ella saltó de la cama y se paró frente a mí, sus pequeños ojos se oscurecieron cuando me miró con dureza mientras me cuestionaba, parecía un pequeño adulto.


-¡Prométeme una cosa! – me ordenó.


-¿Qué? –


-¡Prométeme una cosa! – insistió – Si te mueres primero vas a venir a decirme si existe o no el infierno y si yo me muero antes te voy a venir a decir si hay o no hay infierno.


-¿Qué?- dije desconcertada


-¡EL INFIERNO QUIERO SABER SI EXISTE! – gritó


Sentí temor, era la primera vez que veía a Amparo actuando de esa manera, había algo distinto en sus ojos y parecía que se estuvieran apagando, algo similar al destello que queda por milésimas de segundo en un foco cuando apagas la luz.


-Está bien – dije titubeante.


– ¡PROMÉTELO! – me gritó, su voz en ese instante sonó igual a la voz de mi madre cuando peleaba con papá y nosotras la escuchábamos desde la recámara.


Yo estaba verdaderamente asustada.


-Lo prometo- dije casi llorando, ella se calmó, camino sin decir nada hasta su cama, se metió bajo las cobijas y se durmió de inmediato.


La noche siguiente desperté sudando y con mucho calor casi a la media noche, por la ventana se colaba una tenue luz naranja como si afuera estuviera encendida una fogata. Me levanté y caminé hacia la ventana, los destellos venían de la calle de enfrente así que por curiosidad fui para el cuarto de papá y lo encontré de pie y en silencio mirando fijamente por la ventana, el destello naranja iluminaba completamente su habitación.


-¿Papá?¿Qué está pasando? – pregunté mientras me acercaba a la ventana, en donde vi lo que estaba sucediendo:


Un violento fuego estaba consumiendo la casa de enfrente. Las llamas se elevaban muy alto y parecía que querían devorar el cielo. El no me contestó, estaba como hipnotizado mirando el fuego a través del cristal, caminé hacia él y lo tomé de la mano, reaccionó.


-¿Qué pasa?- pregunté de nuevo


– Un incendio- dijo sin mirarme -se está quemando la casa de enfrente.


Había mucha gente ahí afuera corriendo alrededor pero la habitación se encontraba en completo silencio.


El rostro de mi padre se reflejaba en el vidrio y parecía fundirse con las llamas, parecía como si estuviera siendo consumido por el fuego, su cara parecía hacer horribles muecas distorsionadas en un movimiento lento y tenebroso.


De pronto el rostro de Amparo apareció en el cristal, estaba parada detrás de nosotros en la puerta, se veía de forma clara y nítida en el reflejo del cristal. Estaba a punto de girar para hablarle cuando detrás de ella apareció una figura deslucida y siniestra que se le acercaba por la espalda sin que se diera cuenta. Una figura que se deslizaba despacio y que reconocí de inmediato, quise gritar pero no pude hacerlo. Mi padre seguía mirando el incendio con los ojos vidriosos como si yo no estuviera ahí. Entonces vi claramente el horrible espectro que parecía flotar a las espaldas de mi hermana.

Justo detrás de Amparo y con los brazos extendidos como si quisiera abrazarla estaba mi madre. Tenía los ojos negros, vacíos y circundados por unas ásperas y profundas ojeras que le cubrían casi toda la cara. Su rostro reflejaba una angustia aterradora y su piel era color gris acartonado, se veía seca y agrietada como se pone la tierra en el desierto después de años de sequía. Del rostro le brotaban perforándole la piel tres largas y puntiagudas espinas negras que parecían las extremidades de un insecto nauseabundo. Me quedé petrificada, mi padre seguía sin reaccionar.


Mi madre me miró directamente a los ojos y me soltó una escalofriante sonrisa que de inmediato trajo a mi memoria una pesadilla recurrente que tenía cuando estaba viva y en la cual ella me perseguía con una daga enorme y afilada y me llamaba para que me acercara con el pretexto de darme un dulce. En el sueño yo me escondía siempre atrás de la cortina y la veía caminando por el cuarto buscándome con la daga oculta a sus espaldas y siempre con esa exagerada y falsa sonrisa. Entonces me encontraba y me tomaba por el cuello y yo despertaba siempre justo antes de que la daga que llevaba en la mano me atravesara la garganta.


Mi madre posó sus manos sobre los hombros de mi hermana y Amparo sonrió, tenían la misma sonrisa. Finalmente pude gritar.


Desperté en mi cama sudando y respirando con dificultad, había sido una pesadilla.


-¡PAPÁ! ¡PAPÁ!- grité varias veces totalmente aterrorizada.


Amparo estaba dormida en su cama y no había ninguna luz entrando por la ventana. Con mucho miedo me volví a recostar para intentar dormir, me recosté de lado y vi algo moviéndose alrededor de la cama, sentí la sangre enfriándose dentro de mis venas, frente a mí estaban de nuevo los ojos muertos de mi madre, parecía estar en cuclillas, mirándome a los ojos. Solo podía ver la parte superior de su cabeza, frente y sus atemorizantes ojos.


Comenzó a reír y su risa se repetía una y otra vez, una y otra vez, una y otra vez a un volumen apenas perceptible pero que adentro de mi cabeza se amplificaba al punto de convertirse en un escándalo infernal ensordecedor.


Con el cuerpo entumecido por el miedo observé cuando comenzó a deslizar su rostro sobre la cama, después abrió la boca de forma exagerada y me mostró su enorme lengua descolorida, comenzó a lamer la piel de mi pierna, el pánico era enloquecedor, podía escuchar mi corazón latiendo con fuerza, después de tocarme su lengua se transformó en una delgada serpiente negra que comenzó a recorrer mis extremidades con una calma desquiciante, sentí como si me estuvieran quemando la piel con un cautín ardiente, no podía moverme, quería gritar con todas mis fuerzas, el terror que sentí en ese momento me estaba lacerando la cordura.


Ella se puso de pie frente a mí y su imagen cambió por completo, tenía un gesto de orgullo, vanidad, soberbia y arrogancia. De su espalda brotaron dos pesadas alas gruesas de color negro que brillaban imponentes en la oscuridad y prácticamente envolvían toda la habitación. Cerré los ojos y comencé a rezar. Las risas continuaban, entonces me vi dentro de aquel sueño en el que mi madre me perseguía, mi sueño recurrente, mi madre me sujetó y esta vez me atravesó el cuello con aquella daga puntiaguda.


Desperté.


Esa fue la primera de miles de noches en las que Amparo y yo sufrimos con esas horripilantes apariciones. El lazo que nos unía como gemelas nos hizo presas a las dos del acoso de aquel ente vengativo que todas las noches nos atormentaba, un sueño tras otro y todas las noches hasta que perdimos la noción de cuando estábamos despiertas y cuando dormíamos.


Nuestra casa tomó fama de ser una casa embrujada y muchas personas aseguraban haber visto o escuchado algún fantasma y el estar despiertas ahí también se convirtió en una pesadilla.


Mi padre murió algunos años después y un tío lejano de la familia que era sacerdote lo acompañó en sus últimos momentos y se hizo cargo de nosotras. Lo escuché decir que falleció con un gesto horrible y deforme, sus últimos momentos fueron de horror y pánico, ¿será que aquel fantasma también lo perseguía?.


Cuando murió mi tío nos llevó a un viejo internado religioso en el cual pasamos nuestra adolescencia. Era un edificio antiguo de piedra con unas enormes escaleras que te llevaban de los dormitorios a la puerta principal.


Las apariciones se fueron haciendo esporádicas sin embargo eran cada vez más aterradoras.


En el internado una monja de nombre Trinidad que conocía nuestra historia puso mucho de su parte para ayudarnos. Ella decía que era el mismo demonio el que nos acechaba y que lo hacía con la forma de mamá para confundirnos y llegar a nuestros corazones.


«El demonio te ataca por el sentimiento, se mete en tu corazón y es así como te enloquece y acaba con tu cordura» nos decía.


Yo estaba decidida a entregarle mi vida a Dios, habíamos aprendido a sobrellevar las apariciones, ocurría en todas partes, dormidas y despiertas y llegamos a verla juntas Amparo y yo.


A Amparo le afectaba más, le angustiaba mucho el imaginar a mi madre viviendo en ese tormento. Comenzó a actuar de forma errática y sin sentido.


Me despertó el ruido de un espejo quebrándose, Amparo estaba sentada a los pies de mi cama dándome la espalda, frente a nuestras camas teníamos un antiguo peinador, el espejo estaba estrellado , la miré con preocupación:


-Amparo ¿Qué pasa? – pregunté, lo que me respondió me dejó muda.


-Amparo no está aquí – reconocí la voz de inmediato, era la voz de mamá, me puse de pie despacio y ella giró la cabeza para mirarme. Era mi madre, parecía agotada, estaba pálida y demacrada.


-Soy un ángel … ¿sabías? – me preguntó


-¿Qué quieres? –


Entonces ella señaló al espejo roto y mis ojos no podían creer lo que estaban mirando:

En uno de los pedazos del espejo estaba mi hermana Amparo pero era una niña, estaba prisionera en el otro lado, dentro del espejo mirándome sumida en un llanto de resignación y dolor, luego me habló, su voz sonaba muy lejana:


– Rosario ¡ayudáme! – me dijo llorando –


Yo comencé a gritar y a golpear el espejo:


– ¡AMPARO! ¡AMPARO! –


-Tengo miedo- me dijo- mamá me quiere matar- entonces apareció mamá, caminando detrás de ella con los brazos extendidos como si quisiera abrazarla.


Sentí un líquido tibio mojarme los pies y Amparo y mi madre desaparecieron.


Amparo cayó al piso de mi cuarto con un pedazo de espejo enterrado en la garganta y su sangre me estaba bañando los pies. Sentí como soltó su último aliento, sus ojos vidriosos y vacíos parecían mirarme fijamente.


La enterramos dos días después en la misma tumba donde descansaban mis padres, cuando comenzaron a cubrir el féretro con tierra recordé la promesa que hicimos cuando éramos niñas.


Desde ese día todas las noches esperaba horrorizada que mi madre viniera por mi pero las apariciones cesaron. Pasé mi vida en el internado y nunca volví a ver a mi madre y el recuerdo de mi hermana y mi papá se habían comenzado a desvanecer hasta esta noche:


La hermana Trinidad llevaba meses enferma y yo me había encargado de cuidarla. Le costaba trabajo hablar pero a veces todavía lo hacía para pedir alguna cosa. Ella me acogió, me enseñó a entregar mi corazón a Dios y me sentía responsable por cuidarla como ella me había cuidado durante todo ese tiempo. Esa noche me pidió que me acercara para decirme algo:


-Hermana Rosario – dijo con voz cansada – ha llegado la hora …


No era la primera vez que hablaba sobre su propia muerte.


– Hay alguien en la puerta – dijo y en ese momento sonó la pequeña campana que usábamos como timbre. Le mojé los labios con un paño mojado y bajé a abrir.


No conseguí llegar abajo, al final de la vieja escalera de piedra estaba parada Amparo mirándome fijamente con los ojos negros y vacíos balanceando la cabeza lentamente. Mi corazón se detuvo por unos segundos, el terror de todo lo que habíamos vivido regresó a mi cabeza y me golpeó como un mazo.


-¡ROSARIO! – gritó desde abajo, después abrió mucho los ojos, tenía la mirada desorbitada y unas pequeñas venas negras parecían dibujar un contorno macabro en su rostro vacío :


-¡SI HAY INFIERNO! – dijo con una voz cavernosa que retumbó en todos los muros del internado.


Quise huir pero cuando iba a subir la escalera, arriba me estaba esperando mi madre vestida con el hábito de la Hermana Trinidad, en la mano llevaba aquella daga que tantas veces había visto en mi sueño. Estaba sonriendo y esperando para enterrármela en la garganta.


Mi madre había regresado por lo que era suyo.


No me resistí más.


Nos abrazó a mi hermana y a mi con sus enormes alas negras. Como Amparo lo había dicho un poco antes: Si hay infierno.

7 Mars 2020 21:03:14 1 Rapport Incorporer Suivre l’histoire
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La fin

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𝓜𝓮𝓵 𝓥𝓮𝓵𝓪𝓼𝓺𝓾𝓮𝔃 𝓜𝓮𝓵 𝓥𝓮𝓵𝓪𝓼𝓺𝓾𝓮𝔃
Wow!!!! Que historia tan maravillosamente narrada! Amé el terror que Rosario me contagiaba al vivir tan aterradora existencia. Increíble relato! Amo con locura el terror y paranormal y tu lo escribes muy bien!
October 05, 2020, 23:07
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