El Hilo Rojo - Agencia Matrimonial. Suivre l’histoire

A
Ana Reales


Cuenta una vieja leyenda oriental que las personas tienen un hilo rojo invisible atado al dedo meñique desde su nacimiento, que une a quienes están destinados a conocerse. Este hilo puede alargarse, enredarse, tensarse, pero jamás romperse. No importa el tiempo o las distancias, el hilo nunca se desvanece, y el destino siempre les reúne. Cuando Ximena, resignada a no encontrar el suyo, creó la agencia matrimonial pensó en ayudar a los demás a encontrar el destino de cada uno, sin saber que al hacerlo estaría abriendo el camino para hallar dónde finalizaba su hilo rojo del destino.


Romance Romance jeune adulte Déconseillé aux moins de 13 ans.

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Nunca antes el pasillo hacia la oficina de mi madrina me pareció tan largo. Bueno, si soy sincera sí, una vez hace tres años. Cuando vine a pedirle su apoyo financiero para un sueño.

El mismo que ese día me tenía de vuelta y me hacía temblar por los nervios, mientras recorría el inmaculado corredor.

Si lo pensaba bien, era ilógico que me alterara tanto por una cita con ella. Brida había seguido el desarrollo del emprendimiento con atención, siendo testigo del crecimiento y del potencial que tenía.

La agencia no había sido una mala inversión antes, no lo sería ahora en su segunda etapa. Los números no mentían en ese aspecto.

Sin embargo la presencia de sus abogados y del asesor financiero en esta reunión, no terminaban de calmarme.

¿Por qué les había citado esta vez? Acaso ¿Brida no creía en El Hilo Rojo tanto como yo pensaba?

Sacudí la cabeza con fuerza para espantarme el pesimismo deteniéndome frente a la pesada puerta de madera de su oficina. Me arreglé algunos de mis cortos cabellos que aterrizaron en mi frente, alisé de nuevo el traje formal de tres piezas que había escogido para la ocasión y repasé en mi cabeza las primeras líneas de la presentación.

Me aclaré la garganta, golpeé la puerta en dos ocasiones, y entré, una vez que Brida autorizó mi ingreso.

Como era costumbre cada vez que venía a su oficina, suspiré extasiada.

No solo por la exquisitez de cada rincón, sino también por el gran jardín zen al que se accedía por el espacioso ventanal detrás del escritorio, desde dónde sus ojos acaramelados me observaban con cariño.

—Amo venir aquí —exclamé llevada por la emoción, aún en la puerta.

—Entonces deberías venir más a menudo —reclamó ella, poniéndose en pie para recibirme con los brazos abiertos.

Le imité, abrazándonos en la mitad de su oficina.

—Me alegra que me visites Ximena, aunque me gustaría que fuera por otras razones menos comerciales —volvió a reclamar con una sonrisa a medias.

—Perdón Brida, con todo el trabajo que hemos tenido en la agencia no he podido venir a verte —me disculpé, mientras caminaba a su lado hasta la silla frente a su escritorio —¿Y los demás? Tu secretaria me dijo que estaríamos acompañadas.

La sonrisa aún bailaba en sus labios cuando estiró su mano para pedir el portafolio de la agencia, sentándose en el borde de su escritorio.

—¿Llegarán luego? —insistí.

Brida negó con suavidad, y levantó el dedo índice en señal de que no la interrumpiera mientras leía con detenimiento el portafolio.

Le obedecí por unos segundos pero luego no aguanté más la incertidumbre y susurré.

—¿Se canceló la reunión?

Me sorprendí un poco cuando me reprendió con la mirada, me regresó a la infancia con ese gesto.

Desvié la mirada al jardín, retorciendo las manos en mi regazo, nerviosa.

Minutos después tomé el suspiro profundo de Brida como la señal que había terminado de leer el documento. Expectante, le vi levantarse en silencio dirigiéndose a su imponente silla presidencial.

No me gustó la mirada que me dio desde allí.

Me aclaré la garganta antes de hablar.

—¿Y? ¿Encontraste algo que no debe presentarse o con lo que no estés de acuerdo? Puedo explicarte todo —ofrecí. Brida continuó con ese gesto extraño mientras rechazaba mi oferta con suavidad —¿Sabes? Cuando te portas así me recuerdas a alguien —reclamé logrando una media sonrisa.

—Soy su madre Ximena, compartimos gestos.

—Y el gusto por torturarme por lo que veo —. Esta vez su risa fue más audible.

—Podría ser —Ni siquiera le reclamé. Esa era ella —Pero volviendo a nuestro tema creo que está muy bien la propuesta, de hecho es una prueba más que no me equivoqué al apoyarte. Tu agencia es un muy buen negocio, te felicito.

La sensación de alivio y felicidad que me inundó tras escucharla, me hizo sonreír y responder confiada.

—Me alegra escuchar eso. Hemos trabajado duro para que así sea y seguiremos buscando ser aún mejores—, asintió un par de veces, aún con esa cautela en los ojos que me mantenía inquieta —¿A qué horas llegan tus asesores?

—No vendrá nadie, Ximena. Esta reunión es solo conmigo.

—¿Luego será con ellos?

—No. No discuto mis inversiones personales con nadie y mucho menos con personas que no creen en sueños —amplió su sonrisa al hablar.

—Debo entender que ellos no están de acuerdo con esto y por eso cancelaste la reunión.

—Sí y no. Es cierto que ellos no están de acuerdo con invertir en la agencia pero yo no cancelé la reunión. Jamás los cité —explicó sin el menor reparo. Abrí la boca para decir algo pero la impresión no me dejó —Quería verte presentar una propuesta como la empresaria que eres, por eso lo hice.

—¡Brida!

—Sí, sí, sé que hoy no parezco tu madrina, pero es así como se crece Ximena, y yo estoy para que lo hagas. Por otro lado, era necesario que te lo tomaras en serio porque esta propuesta debe leerla alguien más. Es más deberías agregar el informe de rentabilidad de los últimos meses.

—¿Cómo que lo va a ver alguien más? Si no son tus asesores entonces ¿quién?

—Pablo —moví la cabeza confusa al escuchar ese nombre.

—¿Pablo? ¿Pablo, tu hijo? —repetí al comprenderle, mi madrina asintió impasible mientras yo empezaba a entrar en pánico —Pensé que no consultabas tus inversiones con personas que no creen en sueños —Le reclamé, me crucé los brazos sobre el pecho.

—Yo no le voy a consultar nada, Ximena, pero él va a querer revisar la propuesta una vez sepa de la condición para que yo invierta en la segunda etapa de la agencia y que le involucra —respondió.

Me envaré en la silla como reacción involuntaria.

—¿Qué condición sería esa? —pregunté con algo de temor.

Contrario a lo que esperaba no hubo sonrisa sino un gesto serio, salpicado con algo de preocupación al contestarme.

—Pablo debe probar la aplicación.

Una sonrisa nerviosa se escapó de mis labios al escucharla, seguida por varios intentos de risa casi histérica.

Brida no podía estar hablando en serio.

—Define “probar” —me aventuré.

—Debe inscribirse como un usuario más e ir a citas. Tres como mínimo. Y debe hacerlo él Ximena, no tú, ni ninguna de tus colaboradoras, él. Quiero que pruebe la experiencia y me dé un informe. Una vez se inscriba haré el primer desembolso, pero será el informe lo que definirá el resto de la inversión —sentí que el aire se escapaba de mis pulmones.

Sus palabras sonaron como una sentencia en mi cabeza, creo que hasta escuché con claridad el martillo sobre la madera.

—Brida, por favor, no me hagas eso —rogué en mi desespero, pero al ver que ello no le conmovía, insistí —Madrina ¡Es Pablo! ¡Tú hijo! Él jamás va a aceptar eso. Él no cree en El Hilo Rojo.

—Precisamente por eso es el mejor candidato, Ximena. Su juicio será bastante objetivo. Tómalo como un testeo.

—La etapa de testeo ya pasó Brida, no es justo.

—Si hay una segunda etapa para la agencia, por supuesto que debe haber un segundo testeo Ximena, eso garantiza el éxito del producto.

—Y de tu sueño de tener nietos Brida —se encogió los hombros sin descaro ante mi acusación.

—Mejor aún, ambas ganamos ¿No te parece?

“¡No, no me parece!” quise gritarle, pero me contuve mirando un punto en el infinito horizonte que se veía a traves del ventanal detrás de ella.

Repasé en mi mente mis otras opciones de financiación.

Tendría que revisar de nuevo el plan del préstamo con algún banco, crowfounding e incluso mi padre debía ingresar a la lista de posibles inversores, porque que Pablo Montenegro, mi mejor amigo e hijo de Brida aceptara ingresar al portafolio de El Hilo Rojo estaba por demás descontado.

—¿Cuánto tiempo tengo para ello? —insistí, terca como la luciérnaga que va a la luz.

—Tres meses —asentí poniéndome en pie. Brida hizo lo mismo tomando mis manos entre las suyas cuando estuvo frente a mí —Ximena, los retos nos demuestran de lo que somos capaces.

—Esto no es un reto, Brida. Esto es un imposible y lo sabes.

—Como tu agencia matrimonial hace tres años y acá estamos ¿o no? Animo hija mía, confío en ti.

Le devolví la sonrisa confiada, con un trémulo gesto que le provocó una risa divertida.

Ella confiaba en mí pero ¿Sería capaz de convencer a Pablo que lo hiciera también?

Pensaba mientras salía a paso lento de su oficina, la mirada preocupada de su secretaria fue lo último que vi antes de internarme en el ascensor.

Deambulé pensativa por las atestadas calles hasta la cafetería de un centro comercial cercano. Allí me senté en una mesa con las manos en la cabeza y el celular vibrando en el bolsillo.

No quería contestar, no me sentía con ánimos de explicarle a Camila ni mucho menos a Claudio, mis socios, que dependíamos de Pablo para esa inversión o que tendríamos que empezar a caminar de banco en banco hasta lograr un aprobado, y rogar porque las suscripciones en la agencia no bajaran, lo que nos obligaría a cerrar por falta de solteros.

Los perfiles gratuitos eran muchos pero los pagos eran los que permitían la subsistencia sin recurrir al exceso de publicidad. Si nos veíamos en la obligación de cerrar las oficinas físicas y cancelar el equipo de apoyo y consultores, nos volveríamos una más en el mercado de agencias matrimoniales virtuales.

El Hilo Rojo perdería la magia si hacíamos esos cambios.

No suprimí el quejido que brotó de mi garganta.

Los suscriptores Premium no eran eternos, ellos se casaban y se desvinculaban de una vez, eso hacía parte del contrato que firmaban al ingresar. Y al ritmo que llevábamos a fin de año tendríamos el 40 por ciento menos, y aunque la publicidad y las referencias de los satisfechos podrían traernos otros Premium, aún estaba la posibilidad latente que no, y que la agencia quedara como los múltiples emprendimientos que llegan a su máximo a los tres años y mueren como estrellas fugaces.

Saqué mi celular en medio de mi lamento.

Tal como lo esperaba había varias llamadas de Camila y Claudio.

No podía devolverlas sin un plan alterno y aún tenía un fin de semana para trazar uno. Busqué en marcado rápido el número de Pablo.

Escuché su adormilado reclamo antes que se callera la llamada por segunda vez.

—Espero que tengas una buena razón para llamarme a esta hora Pecas —Giré el reloj en mi muñeca confirmando la hora con extrañeza.

—¿No te parece muy temprano para estar en la cama Montenegro? —podía imaginar una sonrisa socarrona que debía tener en sus labios en ese instante.

—Depende de si como yo estás en Japón —me enderecé en la silla apenada, pero su risa evitó que me disculpara —Apuesto a que estás tan roja como un tomate.

—No sabía que estabas tan lejos.

—Si llamaras más seguido…

—Si me contestaras cuando lo hago —Le atajé. Rió un poco.

—Lo hice ahora ¿No?

—Pero apuesto a que lo dudaste.

—No puedo creer que me llamaras solo para cazar una pelea conmigo Pecas, y no es que no me guste pero acá es muy tarde y yo aún tengo que levantarme temprano —habló entre bostezos, sentí pena por él.

—Lo siento, en realidad llamaba para ver si podríamos vernos mañana, pero ya veo que será imposible. Avísame cuando regreses, necesito hablar contigo —Decidí no darle pistas, podría alargar el viaje si se enteraba de mis planes de casamentera.

—¿Está todo bien Ximena? —dijo preocupado.

—Sí, sí, es una cuestión profesional, nada personal ni grave.

—Si es así, nos vemos el domingo, te aviso cuando llegue. Cuídate pecas.

—Odio ese apodo.

—Lo sé —Colgó luego de eso.

Pablo me irritaba, en serio que sí.

Era mi mejor amigo pero tenía la particularidad de acabar con la reserva de paciencia con un solo comentario, gesto o actitud, y lo peor era que a él parecía divertirle aquello.

Me dispuse a salir del centro comercial e ir a mi apartamento cuando el celular cobró vida en mis manos.

El nombre de mi mamá en la pantalla me causó, como siempre, sentimientos encontrados.

—¡Hola Ma! ¿Cómo estás? —respondí.

—¡Xime! ¿Dónde andas? ¿Sabes las horas que son? ¿Si quiera ya estás lista? —Me sumergí en un silencio culpable al comprender su reclamo, ese día era la fiesta de aniversario de bodas de mis padres —Lo olvidaste —concluyó decepcionada.

—Mamá…

—Tranquila Ximena, entiendo. Trata de estar a tiempo por favor, te esperamos acá. Besitos —dijo y colgó.

No fui capaz de volver a llamarla. “justo cuando pensaba que no podía ser peor” pensé mirando a mi alrededor en busca de una joyería.

Ni siquiera había comprado el regalo. Con lo de Brida y la agencia lo había olvidado por completo.

¿Qué le vamos a hacer? Soy la peor hija de la tierra.

Arrastré mi humanidad por las tiendas, tenía un par de horas para arreglar el desastre.

La fecha del aniversario de bodas era una fecha importante para ese par, pero por razones diferentes. Para mi mamá significaba el día en que decidió iniciar un proyecto de vida con quien consideraba el amor de su vida, para mi padre era la fecha para ufanarse de uno más de sus éxitos.

Se casó con la soltera codiciada de la ciudad, con quien además tenía tres hijos adultos y profesionales, y un matrimonio estable y feliz.

Don Tomás, mi padre, organizaba esa fiesta anualmente para demostrarle a todos cuán bien le iba en la vida.

La vendedora se incomodó al ver el gesto desagradable que hice tras ese pensamiento, me disculpé de inmediato impidiendo que guardara la esclava de oro masculina que estaba mirando, le señalé una pulsera del mismo material que haría pareja con ella y le pedí que las empacara.

Mientras esperaba observé mi reflejo en la estantería, yo era el único lunar negro en la vida de de Don Tomás, la alocada niña que no resultó ser nada de lo que había esperado y que había sido una decepción desde el momento en que nació.

No fui la delicada rosa que quería, más bien criarme fue algo así como tener a un tercer hombrecito en la familia, sonreí tomando la cajita de la mano de la vendedora al recordar los gritos de papá.

Simplemente era una mujer diferente a lo que mi padre esperaba debería ser una mujer, y él no lo aceptaba. Y por si mi falta de “delicadeza” no fuera suficiente estaba el asunto de la carrera que escogí: Ingeniera de Sistemas.

No abogada como él, el abuelo y mi hermano mayor Lorenzo, no médico cirujano como Cristian, mi otro hermano, ni siquiera enfermera como mi madre. No, nada de eso yo era ingeniera de sistemas.

Y además dueña de una agencia matrimonial.

Para él yo era una decepción y no podía darle sino solo eso, decepciones.

—Tal vez por eso se me olvida siempre la fecha.

Dije en voz alta, ignorando la mirada de interrogante del taxista que me llevaba a mi departamento.

¨¨***¨¨

Horas más tarde saludaba a los invitados de la fiesta de aniversario en la mansión de los Esquivel. Llegué tarde pero llegué.

Los saludos y las sonrisas ensayadas de los invitados que me asaltaron una vez ingresé al hall, evitaron que Don Tomás se acercara a darme su acostumbrada reprimenda. Los flashes esporádicos de los fotógrafos contratados por mi padre para registrar el evento, me impedían ver todos los rostros que me saludaban, por fortuna estarían las revistas para recordármelos.

—Lindo vestido Ximena —comentó una invitada.

—Gracias, aunque no se compara con el tuyo Dani —respondí con una amplia sonrisa que no llegaba a los ojos, igual que la de ella.

—No sé porqué te habla si ni siquiera te soporta —murmuró mi hermano Cristian en el oído, mientras la veíamos alejarse. Reprimí una carcajada recibiendo su beso en la mejilla —Estas hermosa.

—Gracias.

—¿Ya saludaste a papá Ginger? —miré con fastidio a Lorenzo, que llegaba en ese momento.

—No creo que sea conveniente, con que me suba al pódium real cuando lo indique será suficiente —respondí luego que me besara en la frente.

—No seas tan mala Gin…

—Deja de llamarme así Lorenzo sabes que no me agrada —Le interrumpí.

—Por eso lo hace —comentó Cristian sonreído a mi lado —Deberías hacer lo que dice Lorenzo, saluda a papá.

—No. Si aparezco allí les voy a arruinar la fiesta, y mamá no lo merece —repliqué con algo de tristeza con mis ojos fijos en la mujer que sonreía colgada del brazo de su esposo.

Por ella venía cada año.

—No creo que aún siga en lo mismo Ginger. Papá ya debió aceptarlo.

—Sí, seguro ya aceptó que su hija sea una “casamentera virtual” —reí de mi propia broma. Recordando uno de los tantos nombres que le puso a mi negocio cuando se enteró.

Saludamos a varias personas más antes que mi madre nos llamara para la foto familiar de rigor.

Como todos los años desde que habíamos dejado de hablarnos me coloqué al lado de Don Tomás Esquivel y sonreí de forma automática al flash de la cámara mientras los presentes murmuraban entre sonrisas o se atiborraban de comida y trago.

Luego que mi padre agradeció la asistencia de en su mayoría familia y amigos, Lorenzo me llevó de lazo hasta la mesa, en el camino, mi madre saludó a Brida y charló con ella un poco.

Lo habría pasado por alto si luego de ello mi madre no le hubiera comentado algo a Don Tomás en confidencia, que hizo que me observara con algo muy cercano al enojo.

¿Qué habré hecho esta vez? Me pregunté intrigada sin dejar de comer y escuchar a la nueva novia de Cristian.

Al finalizar la cena, cuando los invitados empezaron a abandonar la casa, me dirigí a la puerta como en otros años, no era necesario despedirme llamaría a mi madre al llegar a casa para felicitarle.

Pero antes que lograra escabullirme, Lorenzo me avisó las intenciones de mi padre de “hablar” antes de irme, llevándome al estudio en la segunda planta. Tuve un mal presentimiento.

—¿No te adelantó algo? —pregunté ansiosa sentándome a su lado en el elegante sofá negro.

—No ¿Por qué? ¿Sospechas de algo? —replicó sonreído.

Suspiré colocando la cabeza sobre su hombro. Mirando a mi alrededor, todo estaba igual que la última vez que estuve allí, hacían ya tres años.

—¿Te quedarás a dormir? —preguntó Lorenzo examinando mi mano.

—No creo que él lo permi… —la entrada intempestiva de Don Tomás me interrumpió.

Estaba más rojo que de costumbre, y señalaba con su recto índice hacia mí.

—Seré honesto contigo Ximena, no creía que lograras decepcionarme aún más de lo que lo has hecho —tronó.

Miré a Lorenzo que tampoco comprendía a qué se refería.

Cristian cerró la puerta del estudio, quedándose fuera del conflicto como siempre. Molesta y sin más salidas repliqué.

—Perdón pero estoy confundida Don Tomás, ¿Eso es un halago o un regaño?

—Fuiste a ver a Brida para continuar con esa locura ¿No te bastó con desperdiciar su dinero una vez sino que además te atreves a pedirle más? —contestó ofuscado —¿No vas a responder?

—Pensé que era una pregunta retórica.

—Ximena —advirtió.

—A ver, ¿cómo debería contestar a eso? Sí fui a ver a Brida para seguir con mi locura porque no, no me bastó la primera vez, además ¿Para qué es el dinero si no para invertirlo Don Tomás?

—¿Y te atreves a llamar inversión a ese remedo de negocio? —dijo irónico. Me levanté de la silla con decisión, no tenía porque seguir escuchando eso —¿A dónde vas?

—A mi casa, hoy ha sido un día duro y no necesito de esta charla, que ya tuvimos antes y que nada aporta.

—Brida se negó ¿Verdad? Ya era hora que entrara en razón y dejara de alcahuetear… ¡Ximena! ¡Ximena vuelve acá que no he terminado de hablar!

—Pero yo sí de escucharte Don Tomás, de hecho dejé de hacerlo hace mucho tiempo, ya deberías haberte dado cuenta de eso —vociferé bajando a prisa por las escaleras, dejándolo atrás sus reclamos y sus pasos apresurados por darme alcance, mamá me esperaba triste y resignada en la puerta —Lo siento mamá, en verdad que lo intento pero con tu esposo no se puede, te amo.

Dejé un beso en su mejilla antes de irme una vez más de lo que alguna vez fue mi hogar.

3 Novembre 2019 22:21:41 0 Rapport Incorporer 1
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