Historias de amor. Suivre l’histoire

sorenmar María Sorén

Hay historias de amor romántico, de amor fraternal, de amor apasionado, de amor suave y dulce, hasta de amor - odio. Todos éstos sentimientos forman parte de nosotros, seres imperfectos, pero sedientos de ser amados. Simón, Gabriela y Diana lo saben. Pero ¿serán capaces de atrapar ése sentimiento entre sus manos sin dañarse mutuamente?


Romance Contemporain Interdit aux moins de 18 ans.

#muerte #musica #felicidad #secretos #familia #celos #pasion #amistad #amor
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CAPITULO I

Parte 1.


El sol de la mañana asomaba tímido entre las nubes invernales, el día poco a poco abría en la ciudad de México mientras los ciudadanos muy abrigados salían de sus casas, presurosos, rumbo a sus actividades cotidianas.

Los autos también comenzaban a invadir las calles, empezaba el trajín diario de una gran ciudad. Sin embargo no todos estaban en ésa sintonía, detrás de la ventana en una linda casa de dos pisos, escondida entre las cortinas, como si no quisiera ser vista por los de afuera se asomaba una bella joven. Miraba sin mucha atención la actividad de la calle, vestía aún ropa de cama y permanecía de pie y con los pies desnudos sobre el piso de madera de la habitación.

Jugueteaba con su cabello castaño obscuro que llevaba hasta los hombros. De vez en cuando suspiraba con un poco de melancolía, como si extrañara algo o a alguien. En ése momento llamaron a su puerta, y sin esperar respuesta una chica muy parecida físicamente a la primera pero de menos edad, quizá unos dos años menos entró a la habitación. Vestía también ropa de cama, un camisón color azul que le llegaba a los tobillos pero sus pies si calzaban unas coquetas pantuflas con pompón en la punta.

Su cabello también era castaño obscuro pero a diferencia de su hermana mayor, el suyo llegaba hasta su cintura. Cerró la puerta tras ella y se quedó a cierta distancia sin decir nada. Se notaba nerviosa y cambiaba de una mano a otra una carta que traía. Tras unos minutos de silencio la joven que miraba la ventana se volvió sonriente hacía ella mirándola atenta.

— Pilar solo entras y no dices nada, ¿qué te pasa?

— Es que…bueno. Papá no quería que te diera esto — dijo mostrando la carta — . Pero ayer leí una noticia en el periódico y creo que es mejor que te la dé, tú sabrás que haces después de leerla.

— ¡Qué misteriosa! ¿De quién es la carta?

— De… Diana — pronunció con desaliento.

La sonrisa de Gabriela desapareció de su rostro al oír el nombre. Su hermana torció nerviosa sus dedos y caminó de espalda hacia la puerta.

— ¡Mejor no la leas! — exclamó Pilar preocupada.

— ¡Nada de eso, dámela! — Exigió acercándose a su hermana, ésta dudó un poco más pero finalmente extendió la carta que tomó ansiosa. Pero volvió a mirar a la chica escrutadora —. No solo es la carta, hay algo más.

— No, nada — dijo sonrojada y apretando los labios.

— Mientes muy mal Pilar, dímelo.

— Lee la carta, tal vez lo que yo sé te lo diga en ella — dijo ella y salió de prisa para evitar que Gabriela no siguiera interrogándola.

Aún sorprendida por la actitud de su hermana, tomó asiento en la cama mirando la carta con temor, sin atreverse a abrirla. Tenía diez meses sin saber nada de Diana, su relación de amistad ya no existía así que era extraño que ella le escribiera ahora. Sostuvo un momento la carta y por fin se decidió a abrirla, quizá no le gustaría lo que dijera en ella pero aún así la leería. Rasgó el sobre y reconoció enseguida la letra de la que alguna vez fuera su gran amiga.


México 29 de noviembre del 2014.


Querida Gabriela.


¡Amiga mía, creo que aún puedo llamarte así! Sé que hace más de diez meses que no nos vemos ni hablamos. Yo deseaba escribirte pero la vergüenza que aún siento no me lo había permitido. Es hasta ahora que me atrevo a hacerlo.


Yo… quisiera decirte tantas cosas pero no sé por dónde empezar. ¡Tú sabes bien que eso suele ocurrirme! ¡Cómo no has de saberlo si nos conocemos desde niñas! ¿Qué edad teníamos? Siete y nueve años creo. Recuerdo que tu padre nos llevaba a paseos, y a casi todos sus conciertos, óperas y ballets donde él dirigía la orquesta.

Juntas disfrutábamos de ésos espectáculos y de nuestras piezas favoritas. Teníamos nuestras preferencias, a ti te gustaba tanto “el Cascanueces”; adorabas la historia de la linda joven que conoce a un triste y noble príncipe atrapado.


Yo en cambio prefería la ópera. El amor dulce y amargo de Violeta y Alfredo en La Traviata, ¿recuerdas? Hay veces que quisiera volver a ésos días. ¡La vida amiga mía era maravillosa! Deseo ser nuevamente una niña y estar sentada en las butacas del teatro junto a ti, sin pensar en lo cruel que la vida sería para nosotras 20 años después ¡Cuán feliz fui en ésos tiempos!

Unos años después nos separamos, yo me fui a unas vacaciones en Italia con la familia de papá, fue ahí que descubrí mi amor al canto y que tenía facultades para ello. Aunque me costó demasiado trabajo, sabes bien que mi timidez no me permitía muchas cosas.


Mi padre Don Amadeo Rocatti un excelente profesor de literatura inglesa y latinoamericana y adorador de la música como buen tataranieto de italianos; fue inmensamente feliz cuando supo de mis facultades para el canto e hizo todo lo posible para que yo triunfara en una brillante pero corta carrera como soprano.

Supe también que durante el tiempo de mis vacaciones tu padre descubrió en ti las dotes musicales heredadas seguramente de él para convertirte en una virtuosa del violín.

Y él siendo un músico grandioso te preparó para ser la mejor. Aún cuando yo continuaba con mi preparación, hasta mi llegaron las noticias de tu éxito, tanto en México como en Europa. ¿Cuánto tiempo ha pasado desde esos días? No lo sé Gabriela, pero yo tarde más tiempo en volver a México.

Quizá pensarás que lo mejor era que no hubiera regresado nunca. No te apenes si así lo hiciste, yo también lo he pensado muchas veces. Si yo no hubiera vuelto, jamás me habría interpuesto entre él y tú… yo no me habría enamorado de él y por supuesto no habría sabido que estaba muriendo.


Había acabado toda la extensa carta y su mente estaba confusa. Efectivamente sabía que Diana estaba enferma, también que Simón se había casado con ella. Gabriela apartó sus obscuros ojos del papel sin poder creer aún todo cuanto había leído. En su herido corazón aún pensaba que todo había sido una mentira, una patraña de Diana y Simón para alejarla, pero ahora comprobaba que todo era verdad.


De pronto se levantó de la cama y se dirigió al vestidor, sacó ropa de calle para cambiarse pero la voz de su padre la detuvo, éste había entrado silenciosamente a la habitación.

— Gabriela… — la llamó él con voz suave. Ella lo interrogó de inmediato.

— Papá ¿tú sabías de ésta carta?

— Pilar te la dio ¿no?

— ¡No importa quién me la haya dado! Aquí Diana dice que…— La interrumpió con voz cansina.

— Que va a morir, lo sé; leí la carta — dijo Rodolfo sentándose en la cama y la llamó junto a él con la mano. La chica se sentó muy cerca de su padre, éste la abrazó con cariño pero también con tristeza —. La carta llegó hace varias semanas. Vi de quién era y mi primer impulso fue hacerla pedazos pero aún no sé porque me contuve, así que la guarde. Y por la noche me decidí a leerla y saber si no decía algo que te hiciera más daño. Así supe que Diana te hablaba de su cercana muerte y que, bueno lo de Simón. Eso fue lo que me impulsó a no dártela pero veo que tu hermana toma sus propias decisiones.

— No te molestes con ella, y te agradezco con el alma tu intención pero nada puede evitar éste dolor que ya llevo dentro papá — dijo sonriendo levemente a su padre.

— Eso también ya lo sé querida.

Ambos guardaron silencio, abrazados; compartiendo el mudo dolor de la ausencia, algo que ambos conocían muy bien.

— Papá ¿Y ella? — preguntó de pronto Gabriela.

— Murió ayer por la mañana. Lo vi por televisión, hoy creo que iba a ser el sepelio, deben sepultarla en unas horas más.

— ¡Debo ir! — exclamó mirando a su padre.

— No Gaby… — suplicó Rodolfo.

— Debo hacerlo papá, no solo por ella es porque me muero por verlo otra vez; por estar junto a él, de sentirlo de nuevo mío. — Pronunció con toda la emoción de su corazón enamorado todavía. Estaba al borde de las lágrimas pero se contuvo, a Gabriela no le gustaba que la vieran llorar y su padre lo sabía bien. Comprendía lo que su hija sentía, pero no podía resistirse aunque para él Simón Barquera no fuera ya aquel; a quién él llegara a estimar casi como a un hijo. Simplemente no podía interponerse en las decisiones de la joven.

— Ya lo sé, ve entonces. Solo deseo que no sufras ya.

— No pasará más de lo que ya ha pasado te lo aseguro —. Respondió desde el vestidor. Minutos después con ropa de salir y muy bien abrigada la muchacha salió de la casa. Subió a su auto y se dirigió al cementerio donde Diana sería sepultada. Y por supuesto el hombre que ella tanto amaba estaría ahí, contemplando el lento caer de la tierra sobre el ataúd de ésa otra mujer que él había querido o fingido amar.

21 Octobre 2019 21:40:41 0 Rapport Incorporer 1
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