amantine Pastora Osorio

En la búsqueda de conocer, conocerse y saber si alguna vez amó y a quién realmente amó, Luz se aventura en un viaje del otro lado del Atlántico, para hacer el Camino de Santiago. En un viaje introspectivo deberá entender las razones de por qué amó, si realmenté amó a alguno de los hombres de su vida, si sigue amando y, sobre todo, si todavia está a tiempo de recuperarlo...


Romance Interdit aux moins de 18 ans.

#búsqueda #pareja #amor
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hace 12 años...

Sentada en el aeropuerto de Ezeiza, a horas de tomar mi primer vuelo trasatlántico, con las ideas un poco revueltas, con el corazón confundido y mil emociones trastocadas por mi más deseado viaje, parto, con primer destino, Barcelona. De ahí, tras una brevísima parada para tomar un café con Juan, a quien hace años que no veo, seguiré mi viaje hasta Pamplona y a continuación, destino final: Saint Jean Pied du Port, Francia, para comenzar Mi camino. El Camino de Santiago.

Elegí el Camino Francés por ser uno de los más antiguos, quizás el más popular, pero también por ser uno de los más largos y tener gran patrimonio histórico y cultural.


Miro por los ventanales del aeropuerto y adivino cuál será mi avión. Mi cabeza vuela al día que conocí al hombre que durante doce años ininterrumpidos estuvo presente en mis pensamientos. Uno de los cuales es parte de este viaje, al menos en sentimientos. Una de las personas que pertenecen a esto que yo llamo mi círculo de amor. Fue amor realmente? Sigue siendo amor? Solo espero que al final de este viaje, pueda entender si realmente amé, si amo, si seguiré amando... Y a quién...


"Gracias por los ´conejos´", me dijiste y todo mi mundo cambió (es increíble como una frase tan simple puede torcer los destinos).

-Conejos?

-Sí, ´animalillos´ de pelo blanco que te dicen qué hacer o qué decir. O consejos, si no sos muy poeta. Ja, ja, ja. Un chiste! Nos vemos el jueves!


Y es que habíamos estado hablando de frecuencia cardíaca, de tiempos de carrera, de "cosas de running", esas que desde hacía poco habían empezado a ser parte de mi nueva rutina.

Inocentemente le decía lo poco que sabía. Ahora pienso que todo eso él ya lo conocía y que solo dejaba que me exprese (se habrá reído de mí alguna vez?).

Yo, madre joven de ventitantos, 3 hijos, una pareja que había estado conmigo desde la secundaria.

Él, un tipo "bien", de unos treinta y muchos, casado, con calle, con labia y unos ojos azules que nunca olvidé.

En aquel tiempo, mi rutina se repartía en ser una "ama de casa", madre de tres pequeños y un par de días a la semana y otros tantos en el fin de semana, "ir a entrenar".

Mi monótona vida era eso. No había vivido nada. Justo cuando lo conocí a Franco. Hoy, doce años después, soy un poco más sabia y puedo ver lo inocente que fui. Día a día, mes a mes, año a año.

De más está contar que me enamoré perdidamente. Un amor más adulto, no menos romántico (lo romántico nació y morirá conmigo). Creo que más bien fue un amor adulto solo en lo cronológico, porque lo romántico, lo iluso, siempre estuvo presente. Soñaba despierta.

Franco, después de Gerardo (mi primer pareja y padre de mis hijos), fue la primera persona en la que pensé día y noche. Moría de ganas de que llegara el día de entrenamiento (iba a un grupo de running, de esos que recién empezaban a aparecer y que ahora abundan a más no poder), solo para verlo, que me saludara, cruzar palabras. Escucharlo hablar con otros.

Franco era abogado. La tenía clara. Con las palabras. Con el deporte. Con la vida.

Al menos la tenía más clara que yo.

O eso era lo que yo veía, deslumbrada, obnubilada por esos ojos azules que me torturaban por las noches, cuando apoyaba la cabeza en la almohada.


Yo volvía a casa con una euforia de contar todo y Gerardo no lo recibía de la mejor manera. Ahora que lo pienso en el tiempo, tenía razón. Sus celos, su indiferencia hacia algo que hacía que mis ojos brillen: hablar del grupo social, pensar (secretamente) en él, justificaban su mutismo en muchas oportunidades.

Mi mundo, tal como lo vivía, se derrumbaba para darle paso a otro. Otros pensamientos, otras acciones, otras actitudes. Mi vida de pareja comenzó a agrietarse. Mis hábitos de alimentación, de sueño, de vestir, todo tomó otro rumbo. Había un mundo allá afuera y yo había sido inocente de su existencia.


Mi relación con Gerardo era buena. Éramos dos chicos cuando nos conocimos. Nos enamoramos como niños, soñamos como niños. Quedé embarazada de Nacho, mi primer hijo, muy joven y nos fuimos a vivir juntos igual de jóvenes. Aunque debo darme un mérito, fui madre joven (a los veinte), pero muy responsable. Nadie me prestó ayuda, sin embargo, pude con la maternidad, así como con la casa, la pareja y las niñas que vinieron no mucho tiempo después.

Sentía que tenía todo lo que pude haber soñado. Que había tocado el cielo con las manos. Mi sueño de pequeña estaba cumplido. Tenía a alguien que me amaba. Tenia hijos maravillosos y sanos. Una casa. Mi vida "dedicada" a ellos. Empezábamos a gozar de tomar vacaciones en familia. Qué más podía pedir?

Quizás debería haber pedido no cruzarme nunca con un alto, flaco, blanquísimo de ojos azules...

Por esos años, y cada vez que marzo me marcaba un nuevo año, mis ganas de estudiar y salir de mi situación de ama de casa, hacían que me deprima un poco. Tenía que esperar a que los chicos creciesen un poco más y yo sentía que se me iba la juventud.

Mis inquietudes fueron cada vez más sucesivas. Mis necesidades se fueron ampliando. Y mi deseo de volar comenzaba a tomar cada vez mas fuerza.

Y el running entró en mi vida. Y Franco. Y el envión.

Tomé clases de inglés. Aprendí portugués. Me anoté en la facultad.

Aprendí a manejar. Estaba siendo cada vez más independiente. Podía volar con facilidad.

Todo este cambio no fue bien recibido en casa. Gerardo, que, al igual que yo, era chico cuando inició su camino de pareja, empezó a sentirse inseguro con mis nuevas actividades.

Los problemas llegaron para quedarse.

Y Franco, también.


Los recuerdos van y vienen. Es todo muy confuso ahora. Saco mi celular y corroboro el horario del avión, 8:35 p.m., a diez minutos de abordar, a cuarenta y cinco de levantar vuelo.

Miro el celular, intentando buscar el mensaje que nunca llegó. Ay, Julián... me hubiese dado tanto gusto leer tu nombre en un mensaje.












26 Septembre 2019 15:34:11 0 Rapport Incorporer Suivre l’histoire
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