andres_dm Andrés Díaz

Dentro de una ambulancia un hombre yace malherido con una barra de acero perforándole el torso... pero un peligro más terrible se aproxima hasta el vehículo que se encuentra en medio de un embotellamiento. El tiempo se agota mientras el sujeto se desangra... ADVERTENCIA: CONTENIDO EXPLÍCITO 18+ EL FIN DE ESTA OBRA NO ES JUSTIFICAR NI GLORIFICAR EN MODO ALGUNO NINGÚN TIPO DE VIOLENCIA (FÍSICA, VERBAL, PSICOLÓGICA, ETC.). LA VIOLENCIA AQUÍ ES SOLO CAUSA Y CONSECUENCIA DEL HORROR. © TODOS LOS DERECHOS RESERVADOS, Andrés Díaz M., 2019. No se reclaman derechos sobre la imagen original usada para la portada.


Horreur Interdit aux moins de 18 ans.

#sangre #armas #secretos #heridas #deudas #ambulancia #paramédicos
Histoire courte
2
3.9k VUES
Terminé
temps de lecture
AA Partager

Ajuste de cuentas


—¡Tenemos que irnos de aquí! —gritó desesperado Javier, un obrero de construcción que yacía tirado en una camilla, dentro de una ambulancia, retirándose la mascarilla con oxígeno que había sido colocada sobre su rostro—. ¡Muevan la ambulancia! ¡Ellos ya vienen!

Sus ropas estaban manchadas de sangre y cubiertas de polvo, impregnadas de un rancio aroma a sudor que se mezclaba con el olor del yodo y el líquido desinfectante en algunas botellas y contenedores: mientras tanto, la estridente sirena del vehículo resonaba en el exterior, abonando al caos de los constantes pitidos de bocinas en medio del embotellamiento de la pequeña avenida. Un joven paramédico de nombre Diego, con su uniforme de la Cruz Roja, lo veía, nervioso, tratando de contener la hemorragia causada por un trozo de varilla metálica enterrada en un costado del torso de aquel sujeto. La situación ya era de por sí crítica. El aire se sentía más pesado que otras noches. Era la tercera emergencia de la jornada a la que acudía y, sin dudas, la peor de todas hasta ese momento.

—¡David!, ¡¿por qué no nos hemos movido aún?! —gritó, dirigiéndose al conductor de la unidad, mientras usaba más gasas para secar la sangre que fluía escasa pero constante—. ¡Tenemos que llegar al hospital! ¡¿Qué está pasando allá afuera?!

—¡Hay demasiado tráfico!, ¡no puedo avanzar! —espetó su compañero, con las manos en el volante—. Hubo un choque a cien metros… ¡concéntrate en ese sujeto!

Fuera, en la atestada ruta de tránsito, decenas de vehículos se hallaban detenidos y sin la menor posibilidad de maniobrar para abrir paso a la ambulancia: a tres calles de distancia una colisión había resultado en algunas lesiones menores y una disputa ensalzada entre dos conductores. Solo uno de los cuatro carriles quedaba libre y el tráfico discurría difícilmente a través de este.

—¡Sáquenme de aquí! —clamó Javier, una vez más, agitado y moviéndose entre los arneses que lo sujetaban a la camilla—, ¡hay que darnos prisa! ¡Ya vienen!

—Cálmese, señor. Repítame su nombre —pidió el paramédico para distraerlo.

—Javier Ramírez —respondió—. Muchacho, sáquenme de aquí, ¡ellos vendrán por mí… y por ustedes! ¡Si no me muero desangrado ellos igual me van a matar!

Diego se detuvo mientras intentaba limpiar la sangre: vio un gesto de preocupación en la cara de ese sujeto, haciéndole titubear; la adrenalina lo mantenía bastante despierto pese la pérdida de sangre, pero esta amenazaba con causarle un desmayo. El obrero estaba consciente del dolor y la situación, pero su urgencia era otra. Javier le miró a los ojos: en su rostro, el cansancio por la hemorragia y el dolor no alcanzaban a ocultar un miedo genuino en sus pupilas oscuras.

—Escúchame —dijo, haciendo un esfuerzo casi sobrehumano por contener sus quejidos ante el sufrimiento—, esto no ha sido un accidente… Hay personas siguiéndome y vendrán por mí… Tenemos que darnos prisa para escapar de aquí.

—¿Cómo que no fue un accidente? —preguntó el joven—. Nos han indicado en su trabajo que usted tuvo un percance y…

—¡No, no, no! ¡Esto no ha sido ningún puto percance!

—¿De qué carajos está usted hablando entonces?

—¡Alguien me hizo esto! —gritó, frustrado ante el pánico. El tiempo seguía agotándose dentro del vehículo de emergencias—. ¡Les mintieron! ¡Quizá tratan de encubrirlos! ¡Quizá ni los vieron! ¡Ellos ya estén en camino! ¡Hay que darnos prisa!

—¿Quiénes? ¿Qué ha pasó entonces? —preguntó Diego, empezando a alterarse.

El tullido obrero tuvo algunos espasmos ante el terrible dolor y su rostro se contrajo en muecas de agonía: en su cara brillaban gotas de sudor. Trató de respirar hondo.

—Hace un tiempo acudí a una pelea de perros… —Hizo una pausa mientras intentaba contener las espantosas punzadas que recorrían todo su cuerpo hasta el mareo—. Aposté mucho dinero y todo terminó mal para mí. El cabrón al que le debo es un conocido que también anda en asuntos de drogas. Me dio un plazo para poder pagarle —explicó—, pero el tiempo pasó y yo no pude juntar el dinero. Me estuve escondiendo de él y de sus guarros… Cambié de empleo… pero me encontraron y… —se detuvo para tomar aire—, ahora deben estar por alcanzarnos.

—¡Mierda! —exclamó Diego. El horror en el rostro del herido hombre corroboraban su angustia. No deliraba por el dolor. Ahora él también estaba asustado por su propia seguridad y temía las terribles represalias que se estaban tomando contra ese obrero—. Dígame ya mismo lo que ocurrió antes de que llegáramos a recogerlo.

—Estaba a punto de terminar mi turno. Caminé por la segunda planta de la construcción revisando que no hubiese nada fuera de…

—¡Vaya al grano, cabrón! —ordenó—. Escúcheme bien: si algo nos pasa a mí o a mi compañero, o a esta ambulancia usted será el puto responsable, ¿me oye?

»¡David!, ¡¿ya nos vamos?! ¡Tenemos que largarnos ahora!

—Algunos coches ya están avanzando —respondió el conductor—, creo que en unos minutos podremos...

—¡No tenemos unos minutos! ¡Mueve la puta ambulancia! —gritó, dejando a su compañero inquieto por su actitud. Enseguida se dirigió hacia Javier—: Dígame qué pasó, ¿cómo terminó así?

—Fueron esos malditos… —respiró difícilmente para continuar—: Recorrí algunas aulas en la construcción para revisar que no hubiese materiales fuera de sitio y, entonces, vi una sombra en una puerta. Era un tipo.

»Me acerqué. Le indiqué que no debía estar ahí, que era una zona restringida —hizo una pausa y volvió a jalar aire—. Cuando me acerqué, él se dio media vuelta y le vi el rostro. ¡Era ese cabrón al que le debía el dinero! Luego, sentí que me sujetaron de los hombros y me jalaron con fuerza hacia atrás. Eran dos sujetos: salieron de la nada, entre los muros de la construcción, me agarraron y arrojaron al suelo.

»Ese hijo de puta me miró, mientras los otros dos me retenían en el piso, y me dijo: “Por fin te encontré… ¿Tienes mi dinero?”. Traía un trozo de varilla en las manos… Yo me quedé helado y traté de explicarle que no había podido juntarlo todo, ¡pero ya tenía la mayor parte! Y entonces…

—Entonces le enterró esta varilla en el torso… —adivinó el paramédico.

—¡Sí! —gritó Javier, aterrado—, ¡luego me arrojaron de la segunda planta! Caí sobre un montón de escombros y tarimas. Un par de compañeros escucharon el estruendo y corrieron inmediatamente a socorrerme. Estaba congelado por el dolor y…

En ese momento, un par de fuertes golpes resonaron entre el caótico pitido de los coches y la estridente sirena. Alguien llamaba desde fuera: «¡Abran la puta puerta!».

—¡Son ellos! —gritó el obrero histéricamente—. ¡Vámonos!, ¡vámonos! ¡Tenemos que largarnos! ¡Nos van a matar!, ¡nos van a matar!

—¡David!, ¡mueve la ambulancia! —ordenó Diego, al tiempo que el conductor miró por los espejos laterales al escuchar esos golpes y gritos proviniendo de todas partes: entonces vio a tres sujetos con mala pinta acercándose rápidamente hasta la cabina y pisó el acelerador. La ambulancia se abrió paso empujando un par de pequeños autos que estaban frente a ella, en medio de los gritos de miedo y sorpresa de algunos pasajeros. Logró avanzar casi veinte metros antes de estamparse contra una camioneta. Diego y el obrero dieron algunos tumbos al interior de la ambulancia, sacudiéndose por el impacto: los materiales de curación y medicamentos salieron de las gavetas, esparciéndose por todas partes.

—¡Puta madre…! —exclamó uno de los tipos, arma en mano, corriendo para alcanzar el vehículo: David trataba de quitarse el cinturón de seguridad para poder escapar a pie cuando el sujeto se asomó a su puerta y le dio un golpe en la cabeza con la culata del revólver a través de la ventana, dejándolo inconsciente.

—¡David!, ¡¿Te encuentras bien?! —llamó Diego, sin obtener respuesta.

—¡Abran! —ordenaron desde fuera—. ¡Javier, hijo de puta!, ¡sé que estás ahí!

Un par de disparos resonaron contra la puerta trasera de la ambulancia, haciendo añicos los seguros de esta: los tipos tiraron de ella para abrirla. Todos los pitidos de los automóviles se callaron y las personas en los otros coches se apearon aterradas para huir de la escena o se agazaparon dentro de sus autos. La puerta finalmente se abrió y tres sujetos se asomaron al interior de la unidad, apuntando sus armas al par de pasajeros que yacían tirados en el piso: Diego los miraba, horrorizado, levantando las manos instintivamente, temblando de pánico.

—¡Por favor, no me hagan daño! —suplicó nervioso—. ¡Yo no sabía lo que él hizo!

—¡Cállate, pendejo! —ordenó uno de ellos—. ¡Bájate de la ambulancia!

Diego se levantó y se acercó aún con las manos en alto, tratando de cooperar para evitar que lo lastimaran. Al aproximarse, un tipo lo jaló del antebrazo con brusquedad, haciéndole caer de bruces contra el asfalto.

—¡Por favor, no me hagan daño! —pidió, el paramédico adolorido ante el golpe.

—¡Que te calles! —gritó el sujeto nuevamente, apuntándole a la cabeza.

—¡Yo no diré nada! —continuó el joven, aterrado—. ¡Sé que él les debe dinero…!

—¿Dinero? —preguntó otro de ellos, tras abordar la ambulancia, interrumpiéndolo—. ¿Eso te dijo este pedazo de mierda? —dijo, señalando al malherido que yacía tirado dentro del vehículo gritando de dolor—. ¿Te dijo que todo esto era por puto dinero?

—Sí… eso dijo… —respondió.

—Pues te mintió, muchacho… ¡Este hijo de perra es un violador! ¡Y se va a morir! —espetó a Javier, reclinándose sobre él, escupiéndole en el rostro.

—¡Perdóname, Joaquín!, ¡por favor!, ¡No me mates! —suplicó el perverso obrero, aterrado, llorando, gritando por el horror y el pánico, pero aquel pisó la varilla de metal en su torso, haciéndola moverse dentro de sus entrañas, desgarrando sus órganos internos, mientras chillaba de agonía, con gritos indescriptibles.

—¡Violaste a mi hija, malnacido!, ¡muérete! —gruñó el tipo del arma, antes de disparar y atravesarle el cráneo a Javier con una bala que le deshizo la cabeza y salpicó de sangre y sesos el interior de la unidad.

Diego gritó de horror justo antes de ser golpeado en la nuca por uno de los tipos y quedó tumbado sobre el piso, inconsciente. Los sujetos escaparon del lugar a pie hasta perderse en las oscuras calles aledañas, lejos del embotellamiento, sin dejar otro rastro que un grotesco cadáver y un par de paramédicos lesionados.

Todo terminó tan rápido como comenzó.



(Escrita entre el 12 y 13 de agosto del 2019 y corregida el 29 de marzo de 2020. Publicada previamente en plataformas digitales. © Andrés Díaz M., 2019).

25 Août 2019 06:57:24 0 Rapport Incorporer 0
La fin

A propos de l’auteur

Andrés Díaz Si buscas historias que te hagan estremecer, llegaste al sitio correcto. Soy psicólogo clínico. Escribo terror y ficción desde los 12 años. Mis mayores referencias literarias son Poe, Lovecraft, King, Verne, Sade, Conan Doyle, Pacheco, Rulfo, entre otros. Cuenta en inglés: andres_dm_eng Wattpad: Andres22DM Sweek: AndresDM Instagram: andresdiaz_escritor

Commentez quelque chose

Publier!
Il n’y a aucun commentaire pour le moment. Soyez le premier à donner votre avis!
~