Universo Heraldo: Sinjadev Suivre l’histoire

gerhard Gerhard Wolf

Cuando Robert Wilson sea enviado a investigar el hallazgo de un automóvil abandonado, en una carretera de Likaren, en el estado de Silver River. Descubrirá que el culpable de la desaparición de los tripulantes del vehículo, tras haberse refugiado en una casa cercana. Hace planes para traer a nuestro mundo a una entidad demoníaca que ningún hombre por vías normales podrá detener. La única esperanza de Wilson reposara en un misterioso hombre, que llegando al lugar de los hechos, tal vez tenga una clave de como detener este antiguo mal.


Paranormal Interdit aux moins de 18 ans.

#328 #371 #misterio #fantasia #crimen #paranormal
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Capítulo 1

No tenía ganas hablar con nadie, sin embargo, me detuve al escuchar una voz que me llamó desde la recepción de la comisaria. Lugar que por cierto no era más que un escritorio viejo de madera con una silla plástica, y un televisor en blanco y negro; que aún no me explicaba cómo seguía funcionando. La voz era de un agente larguirucho y bigotón que dejando de ver un juego de beisbol se puso en pie y empezó a gritar al verme.


—Hace su entrada el mejor policía y mecánico, no solo de Likaren, sino de todo Silver River. Reciban con un gran y caluroso aplauso al oficial Robert Wilson —dijo aquel hombre, simulando la voz de un comentarista de deportes, mientras aplaudía en forma lenta pero enérgica.


—¡Condenado electro-ventilador! —exclamé negando con la cabeza.


—¿Pero pudiste hacer el trabajo?


—Sí. —Asentí mientras miraba mi reloj de pulsera—. Pero esa patrulla me robó más de tres horas de mi vida. Al final pasé un cable directo al borne de la batería, así al menos el ventilador encenderá cuando arranque la patrulla.


—Bueno esa es una solución temporal —replicó el oficial explayándose en la silla mientras regresaba su atención al televisor—, pero servirá de momento, puedo decir que cumpliste con tu misión. Queda relevado del servicio oficial.


—Le diré a Méndez que me dejaste salir y me iré.


—¡Claro! Para que nos joda a los dos.


Jiménez era un tipo que a todo le encontraba un chiste, lo cual lo hacía algo popular. Aunque no todo el mundo apreciaba eso, la gente solía criticar lo poco profesional que podía ser aun en las situaciones más graves. Pero yo no me podía quejar, después de todo fue él quien me dio la idea para arreglar el problema con la patrulla.


Tras hablar con él atravesé un pasillo blanco que me dejó en la planta baja del edificio. El lugar en general era pequeño y muy antiguo. Lo que saltaba a la vista era un área con treinta sillas metálicas en seis hileras de cinco cada una, esa era la sala de espera. Los tubos fluorescentes en las paredes iluminaban la estancia. Del lado derecho había seis oficinas administrativas, incluida la del jefe de la comisaria. Del lado izquierdo una única entrada que conducía al área de detenidos, la cual contaba con seis celdas que casi siempre apestaban a sudor.


Al fondo de la sala estaban las escaleras que llevaban al segundo piso, el cual contaba con nueve habitaciones, las tres más grandes del ala derecha servían como dormitorios para el personal de guardia, la cuarta en esa área era el cuarto de aseo. Los dos baños, y el parque de armas de encontraban en el ala izquierda, para hacer este último fue necesario romper la pared que unía dos habitaciones más pequeñas. La última entrada conducía a un cuarto que servía como depósito.


Las paredes ostentaban los retratos de la cadena de mando de la policía, la cual acababa en un viejo decrépito llamado Charles Manson, quien servía como director del edificio. También se exhibía una cartelera con fotos de los veinte criminales más buscados, ofreciendo recompensas por cualquier información sobre ellos.


Ingresé a la oficina más cercana a las escaleras, esta contaba una pizarra donde se actualizaba diariamente el rol de servicios. También había un poster de una “Glock Pegasus” en el cual se denotaban sus partes, un mapa gigante del estado de Silver River señalando las zonas con presencia policial en la ciudad de Likaren, y cinco puestos de trabajo con escritorios, de los cuales solo estaba ocupado uno; el de mi jefe inmediato y compañero de patrullaje, el supervisor Carlos Méndez, hombre que al verme me hizo señas con la mano para que me acercara.


—¿Listo, Wilson? —me preguntó a la vez que degustaba una grasosa hamburguesa con tocineta y queso frito, cortesía de sus amigos de Mega Burger & Chips.


Mi compañero y el gerente del local tenían un acuerdo, él les brindaba seguridad vigilando el establecimiento unas cuantas veces al día cuando trabajaba y ellos lo dotaban con la cena, un par de veces me ofrecieron el mismo trato, pero comer tanta basura no me agradaba.


«Deberías empezar a comer, tal vez agarres carne, estas bastante escuálido», recuerdo que me dijo Méndez cuando dije: «no, gracias» al ofrecimiento de sus conocidos.


Pero es que el ver a mi jefe inmediato volverse un patrocinante oficial del colesterol no me animaba mucho, además yo no era tan escuálido, mi contextura era normal.


—Misión cumplida, jefe —dije sentándome de golpe en una silla metálica con asiento de cuero frente a su escritorio—. Puse un cable del ventilador al borne, fue la única forma de que funcionara.


—Eso me gusta, la creatividad es importante. Descansa un rato para que luego vayas a solucionar una situación que se presentó en el baño hace poco.


—¿Situación? —pregunté haciendo una mueca de desagrado. No me gustaba como sonaba eso.


—Así es muchacho, algún cabrón tiro mucho papel sanitario en el inodoro y ahora está tapado, pero oye, las cosas pasan por algo, ya que estés allá puedes lavarlo y dejarlo como una tacita de plata.


—Señor… con el debido respeto —empecé a decir intentando esconder mi indignación—. Tengo trabajando con usted casi tres años, el próximo mes conseguiré mi primer ascenso. Aparte de eso hemos estado juntos en más de treinta enfrentamientos con lacras que portaban no precisamente pistolas de agua ¿No podría ya dejar de tratarme como a un nuevo recién salido de la academia?


Méndez dejó su hamburguesa en el escritorio lleno de informes, leyes y muchos otros documentos, cuidando en todo momento de no mancharlos, entonces me miró fijamente y asintió.


—¿Sabes algo, Wilson? —comentó simulando un todo de voz bastante comprensivo—. Tienes toda la razón. Ya no eres un nuevo. ¡No señor! Es más hagamos algo…


Esa forma de actuar no era un buen augurio, quise creer que estaba equivocado, pero algo muy dentro de mí sabía que un balde de agua fría se me venía encima.


Méndez me indicó que esperara mientras empezaba a revisar una de las gavetas de su escritorio, luego sacó una camisa de repuesto que guardaba para casos de emergencia. La camisa en cuestión tenía en sus hombros unos distintivos con una estrella dorada, símbolo de su jerarquía, y como supuse, me la lanzó al pecho.


—Póntela, hijo, no creo que merezcas menos —anunció con un tono muy serio que me animaba a obedecerlo.


Aquello era impensable, si lo hacía, Méndez cumpliría mi sueño de enviarme a la comandancia general, pero como apoyo a la brigada K-9, para que limpiara excremento de perros por años, y esos eran perros muy grandes. Así que contemplé la camisa, la doblé con cuidado y la regresé a lo alto de una pila de papeles en el escritorio, procurando que no cayera al suelo.


¿Qué pasa? —preguntó Méndez simulando sorpresa—. ¿No deseas usarla?


—¡No señor! —dije seriamente.


—Bueno en ese caso déjame decirte algo —susurró haciéndome señas con su dedo para que me acercara.


—Chico, yo tengo casi veinte años en la fuerza —dijo con una calma que rápidamente mutó en altanería—. Para mí, ¡Tú siempre serás un maldito y desdichado nuevo! ¿Entendido?


El grito de Méndez fue un trueno que estremeció toda la oficina, haciendo que dos policías, también con el grado de supervisor, que pasaban por el corredor se asomaran, para cual viejas chismosas, poder contemplar la escena.


—¡Sí, señor! —contesté a secas.


—Podrás llegar a tener el tiempo de servicio que tengo yo en la policía y cuando esté disfrutando de mi retiro te seguiré llamando por el que será tu rango para mí toda tu vida. —Mendez hizo una pausa y tomo aire—. ¡Un maldito nuevo! ¿Entendido?


—¡Sí, señor!


—Algún día es posible que te jubilen con la máxima jerarquía, sino te matan antes claro está. Pero si sobrevives, lo más seguro es que para ese instante ya yo esté muerto ¿Y sabes que ocurrirá?


—No lo sé señor, usted tendrá una larga vida.


—Gracias, pero no me respondiste, así que lo haré yo por ti.


Guardé silencio mientras Méndez volvía a tomar aire.


—Pues ocurrirá que desde mi tumba te seguiré llamando por el rango que tuviste ayer, el que tienes hoy y tendrás mañana. ¡El de un maldito nuevo! ¿Entendido?


—¡Sí señor! —grité.


—¿Qué vas a hacer ahora?


—¡Limpiar el baño señor!


—¿y luego?


—¡Volver aquí para buscar nuevas instrucciones señor!


—¿Y eso por qué?


—¡Porque mi trabajo es servir señor y porque soy nuevo!


—¿Un qué? —preguntó el acercando su oreja para escucharme mejor.


—¡Un… maldito nuevo!


—¡Eso es, chico! —Méndez soltó una carcajada y aplaudió con fuerza —. Dios bendiga a la academia de policía de Hrist Valley.


Aquello era una forma que muchos tenían para molestarme. Yo estudié en la academia de Hrist Valley, pero no tenían presupuesto para contratarnos a todos, por eso fui recomendado para la policía de Silver River. Sin embargo, muchos en broma, incluyendo a Méndez, decían que se habían librado de mí, alegando que habían sacado la basura. No puedo negar que eso me molestó el primer año, luego viendo cómo eran las cosas aquí, deje de prestarle atención.


—¡Como usted diga, señor! —contesté en voz alta.


—Regrese a sus quehaceres, oficial.


Al salir de la oficina los dos supervisores ingresaron, así que me rezagué un poco para ver si decían algo, entonces volví a escuchar a mi jefe hablando.


—¿Qué les parece? Los nuevos quieren decirnos que tareas debemos asignarles —le comentó a los supervisores que se sentaron al frente de su escritorio—. Ahora las paredes quieren mear a los perros.


Aun podía escuchar las risas de esos idiotas mientras caminaba con vías a la escalera del segundo piso, y aunque sus carcajadas me indignaron no podía discutir, en la policía, ya fuera en Hrist Valley o en Silver River la cosa era igual, no había opiniones, no había puntos de vista de los subalternos, nada que dijéramos era tomado en cuenta, para nosotros solo existía el “ordene jefe” y el “entendido jefe”. Era lo primero que enseñaban en la academia. Así que sin mirar atrás continúe mi camino, subí las escaleras y sustraje del cuarto de aseo una mopa, un tobo, el destapa caños y un frasco de desinfectante.


El baño no era nada fuera de lo ordinario, baldosas blancas que desde el piso ascendían hasta la mitad de la pared la cual continuaba hasta el techo pintada en un color blanco sin esmalte. Dudaba que existiera algo más simple que aquel lugar. Cerré el chorro de un lavamanos que alguno de mis compañeros dejó abierto, seguramente se le pasó cerrarlo, esas cosas pueden ocurrirle a cualquiera, supongo…


Noté que debajo de los urinarios había concentraciones del líquido amarillo que ya empezaba a ponerse rancio; tenía trabajo, pero de momento me aboqué a encontrar el retrete con problemas, no fue muy difícil, el baño solo tenía tres.


—¡Adiós, Méndez! —dije cuando el inodoro se tragó las heces.


Blandí la mopa con desinfectante hasta que libere al baño de inmundicias. Cuando terminé el trabajo y regresé a la oficina encontré a mi jefe colocándose su chaleco antibalas, el cual raras veces usaba, dado que este ya le quedaba por encima del ombligo, gracias a las hamburguesas de sus patrocinantes.


—¡A trabajar! —dijo mientras se ponía una chaqueta con el logo de la policía sobre el uniforme camuflado gris que todos en Silver River compartíamos.


—¿Qué sucede?


—Hay un posible cuarenta y cinco en la urbanización Santa Flor.


—¿La zona excelsa de gente pudiente? —pregunté extrañado—. Pero jefe, esa zona le pertenece más a Royal Coast que a nosotros.


—Es lo que alegué, pero nos pidieron revisar. Y no quiero problemas con Manson.


—Es raro que en esa zona de alta alcurnia pasen cosas como esa…


—Una cosa que debes grabarte es que hay mierda en todos los rincones de la sociedad, y muchas veces en la clase alta están las peores lacras, no hay que confiar en nadie —respondió Méndez saliendo de la oficina.

25 Août 2019 00:00:13 0 Rapport Incorporer 2
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