Nameless Suivre l’histoire

leviantan Leviantan Dic

Salem y Jyota se conocen en medio de un entrenamiento en su niñez, convirtiéndose en compañeros de equipo. A pesar de poseer personalidades distintas, sus pensamientos se asemejan bastante en un mundo siendo consumido progresivamente por la corrupción. Cuando uno de ellos se corrompa y caiga en la oscuridad, ¿serán capaces de ignorar todos sus sentimientos y recuerdos para dar paso a un enfrentamiento mortal?


Fantaisie Médiévale Déconseillé aux moins de 13 ans.

#esperanza #corrupción #fuego #amistad #espadas #muerte #medieval
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XI

Los tiempos jamás fueron serenos al norte de Oubli. Guerra, destrucción y aldeas en llamas se vislumbraban en todo el continente. Por ende, la implementación de guerreros feroces resultó ser una práctica frecuente en los pocos focos que resistían a la lucha.


Artes oscuras dominaban el pensar de grupos independientes, intentando cubrir de negro los verdes prados descansando bajo el sol. Un proyecto comenzado con el fin de erradicar la maldad falló, contaminando los corazones de aquellos que alguna vez desearon ver la luz.


Es así como la resistencia, en un acto desesperado por buscar fuerzas aliadas, comenzó a entrenar niños en distintas artes y clases, con tal de que supieran utilizar un arma que les permitiera buscar un poco de salvación derramando sangre enemiga.


Salem y Jyota se conocieron una mañana soleada, en el campo de entrenamiento más duro de todos. Les pusieron frente a frente, en el centro de un círculo formado de sogas amarradas a gruesos palos enterrados en el barro. Se observaron, con arma en mano: dos espadas de lámina simple, similares. Una para cada uno.


—Bien, chicos, esto es simple. Luchen y no piensen en nada más que en derribar a su enemigo.


Julius, un reconocido guerrero de la aldea, dio la orden de inicio para la batalla entre los dos pequeños, sin embargo, ninguno de ellos movió sus extremidades siquiera un milímetro. Bastó un grito enfurecido de Julius para que los dos niños corrieran en línea recta sin ninguna otra idea más que eliminar a su contrincante.


Jyota dio inicio al intercambio de fuerzas, intentando conectar un corte frontal a Salem, siendo bloqueado por ésta última, quien parecía un tanto complicada en detener la lámina filosa apuntando a su rostro. Aprovechando que Jyota no sacaba la idea de tumbarla de su cabeza, Salem se dejó superar sólo para soltar su espada y dar una patada en el estómago del niño. Él retrocedió sorprendido. Salem recogió su arma velozmente y en un movimiento descendente amenazó a Jyota con la misma. Jyota reaccionó a tiempo y retrocedió con tres pasos torpes, los cuales causaron que se desestabilizara y cayera. Salem no titubeó y blandió su espada en dirección a Jyota en línea recta. Jyota levantó su espada con un solo brazo, cerrando los ojos. Aseguraba que terminaría recibiendo un corte profundo en su blanda piel…cuando se decidió a observar la situación, vio la punta de la espada enemiga temblando. Salem se detuvo a último momento en el ataque, sin razón alguna. Jyota impactó su espada contra el dubitativo filo de Salem, arma que resbaló de las manos de la niña causando un sonido metálico al impactar contra el barro seco.


Fue Jyota que a cuclillas en el piso apuntó a Salem con la lámina de su simple espada. Ella no se movió, ni opuso resistencia. La batalla terminó cuando Julius entró al círculo de barro y tocó el hombro de Salem con una fuerza abismal, dándole la vuelta para que terminara observándole. Tras fulminar a Salem con su mirada furiosa, le dio una gran bofetada. Salem se dejó caer al piso de rodillas, sobando su mejilla, sin escuchar ninguna especie de palabra del guerrero. Sólo supo que algo había hecho mal, y estaba segura que se trataba de dudar en batalla. Dudar en robar una vida, la vida de ese niño con la mirada tan pérdida como la suya propia.


Julius caminó, entonces, en dirección a Jyota y le levantó jalándola de un brazo, como si se tratara de una simple pluma.


—No cargues con tanta fuerza, analiza más la situación y utiliza tácticas para vencer a tu enemigo. Eso es todo—desistió de involucrarse más con los pequeños y se retiró a ver otros asuntos.


Jyota respiró hondo, soltando la espada y limpiando el polvo de sus manos. Salem se levantó, recogió su arma y caminó lejos sin mirar atrás, adentrándose sola en “el bosque tenebroso”. Jyota decidió seguir a Salem, porque le causaba un tanto de curiosidad su actuar: el detenerse en medio de un duelo tan serio. Recogió su espada y caminó rápidamente con tal de no perderle de vista entre los frondosos árboles causando confusión.


Caminaron un aproximado de 30 minutos. Salem se detuvo en secó y volteó para mirar el camino que había dejado atrás: la aldea no se veía, pero sí el filo de una espada escondida entre la madera de la naturaleza.


—No tienes que esconderte. Sé que estás aquí…como sea que te llames. Jyota salió de su escondite y enfrentó a Salem posándose frente a ella en una posición corporal desafiante. Salem ni se inmutó con el actuar del niño y continuó su camino.


— ¡Espera! —Jyota persiguió a Salem con pasos rápidos, rompiendo pequeñas ramas con cada paso que daba.


Salem se detuvo por segunda vez y bufó un tanto molesta. Apretó fuertemente el mango de su espada, hasta que sus nudillos tomaron un color pálido.


— ¿Vienes con el fin de burlarte? Fui yo quien recibió esa bofetada, no tú. Deberías estar feliz.


— ¿Por qué te detuviste? —preguntó a la niña, sintiendo como la rabia llegaba a su cabeza poco a poco. Salem no respondió ni respiró.


— ¿No piensas responderme? —insistió. Ella negó y apuntó hacia adelante con su mentón. Un gruñido, casi inaudible, les amenazaba desde las sombras.


—No te muevas…—susurró Salem. El gruñido que poco se podía oír comenzó a tomar fuerzas, resonando cada vez más cerca de los niños. Como estatuas intentaron camuflarse en el ambiente y aguantaron su respiración al observar la peluda piel de una criatura gigante, casi tan alta como los árboles. Una especie de perro, babeando hambriento y un tanto frenético.


Olió el piso, las hojas y las pequeñas piedras entre la arena. Se detuvo, de un momento a otro, volteando sus fauces en dirección a Salem. Ella abrió los ojos, perpleja, mientras escuchaba su propio corazón latir sin control. Estaba segura que el perro gigante podía oírlo también, si bien intentaba camuflarse sin inspirar aire. Salem cayó de espaldas al sentir un gruñido bestial frente a su rostro. Un poco de la viscosa saliva del perro se pegó en su cabello, no siendo prioridad en una situación como esa.


Cuando la bestia se decidió a dar un mordisco para nada bien apuntado, Jyota agarró el brazo de Salem y, utilizando todas sus fuerzas, le levantó lo suficiente como para arrastrarle a un lado en un ademán desesperado.


— ¡Reacciona! —gritó Jyota, sin importarle ya el que le oyesen o no. Salem observó a la bestia y tragó saliva. ¿Por qué se había adentrado al “bosque tenebroso” sola? Sabía muy bien lo peligroso que solía ser, sin importar si el sol les bañaba con sus rayos, o si la luna les respaldaba con tenue luz.


La bestia reaccionó veloz, amenazante, sintiéndose orgullosa de sus afilados y gigantescos colmillos que presumió libremente, dejando escapar otro gruñido aún más ensordecedor. Entonces, cuando Jyota tomó fuertemente la mano de Salem y los dos corrieron a toda velocidad escapando entre los gruesos troncos de árboles viejos, comenzó la caza.


El perro gigante les alcanzó en segundos, arremetiendo sobre los árboles con su cabeza (y destruyéndoles, de paso, con tal de no dejar escapar a su presa).


— ¿Qué podemos…hacer? —preguntó Salem en un susurró, quedándose sin aire gracias a la larga carrera.


—No lo sé…, tenemos mala suerte de habernos topado con esta bestia. Se supone que merodean más profundo en el bosque.


Si merodeaban más en las profundidades corrían el riesgo de verse acorralados por cientos de esas bestias hambrientas. Y las probabilidades aumentaron cuando notaron que ya no veían el camino hacia la aldea. Estaban perdidos, progresivamente sin aire; y en una situación más que crítica.


La bestia les hizo frente, adelantándoles y aullando a los cielos. Salem y Jyota detuvieron su carrera y retrocedieron sin dar espalda al perro persiguiéndoles.


—No hay vuelta atrás, nos atrapó—expresó Salem en un lamento algo ahogado, recuperando el aire.


Jyota no vocalizó palabras, simplemente observó a la bestia fijo a los ojos, pensando en salvar su pellejo y el de la niña, si es que encontraba un método o plan factible y plausible a la vez.


Crujió los dientes algo acelerado. Les habían entregado una espada de su propiedad luego de tanto tiempo de espera y esfuerzos. No podía perder la vida allí, frente a un estúpido perro moviéndose bajo instintos. Si el escapar se tornaba imposible, no iba a voltear y lucharía hasta el final, en batalla. Sin embargo estaba Salem, quien muy a su pesar se encontraba cegada ante la idea de perder la vida. Lo supo al ver los brazos de la niña, apuntando al piso con desgano, al igual que su espada y su cabeza.


—Yo no moriré aquí…—la bestia mostró sus fauces a los dos niños, divirtiéndose al mantener el control, jugando un poco con su inminente comida.


Salem levantó su mirada hasta toparse con la espalda tensa de Jyota y se preguntó qué podrían hacer dos niños como ellos contra una bestia casi tan alta como los árboles capeando el calor del sol. Ella tampoco quería morir allí, en ese desolado bosque, aunque no se jactaba de llevar una vida muy agradable, por otro lado. Siempre tenía el pensamiento diciéndole que luchar no era realmente lo suyo, incluso si sus reflejos le daban una habilidad algo decente. No obstante, no carecía de compañía en esa lucha; y la vida de Jyota estaba comprometida también. Sentía cierta responsabilidad pesando en sus hombros, porque ese niño le había seguido y por ello su vida corría peligro.


—Yo tampoco quiero morir, ¿sabes? —Reconoció Salem, apuntando su espada en dirección a la bestia—pero…eres tú quien debe escapar. Corre mientras puedas.


Jyota sopesó la idea en su cabeza. El tiempo se escurría, al igual que la paciencia de la bestia que no encontraba diversión en una presa que no se movía.


—Lo que dices no tiene sentido—Jyota retrocedió hasta verse junto al hombro tembloroso de Salem. No sabía que planeaba la niña al dejarle escapar solo. Tal vez echar su vida por la borda sin más. Pero él no escapaba, porque no se consideraba un cobarde.


Cuando la bestia se decidió a quebrar los blandos huesos de los dos niños, empleando sus colmillos, Jyota adelantó un paso, arriesgando uno de sus brazos en su impulsivo actuar. Clavó su espada en las encías de la bestia, buscando el momento justo antes de que ésta cerrara sus fauces. Retiró su brazo antes de verse atrapado hacia un desgraciado fin.


La criatura dio un pequeño salto, golpeando su húmeda nariz contra las piedras del piso en un desesperado intento de quitar la espada de sus encías. Salem, en ese certero instante, visualizó una brecha que podía llevarles a la “victoria” (o salvación, al menos) si la aprovechaba bien.


— ¡Agáchate! —gritó ella, retrocediendo veloz. Debía tomar el impulso suficiente para dar un gran salto.


Jyota pudo leer las intenciones de Salem y se agachó en el piso, recogiendo sus extremidades hasta asemejarse a una especie de roca. La niña corrió sintiendo la sensación de que su corazón eventualmente saldría disparado de su boca. Se vio a centímetros del cuerpo de Jyota y saltó sobre la espalda del niño, ganando mucha altura, la suficiente para ver su propio reflejo en los cristalizados ojos ámbar de la bestia. Descendió apuntando el filo de su espada en dirección al intimidante ojo derecho del perro gigante, perforándole sin piedad. La bestia reaccionó veloz, gruñendo de dolor entre el sepulcral silencio del bosque. Armada de movimientos bruscos, para nada amigables, corrió intentando quitarse la espada de su ojo con giros efusivos de su cabeza.


Jyota se incorporó rápidamente, viendo incrédulo cómo la bestia se adentraba mucho más en el bosque con Salem, de paso. Ya no corría riesgo, y podía simplemente caminar en dirección opuesta buscando la aldea. Según su perspectiva, no era lo correcto, pero mantenía opiniones divididas al respecto. Corrió detrás de la bestia, sin perder de vista su cola. ¿Cuánto más podía aguantar Salem en esas condiciones?




Sabía que no debía dejar de ejercer presión ni mucho menos soltar el mango de la espada. Salem obtenía soporte entre todo el caos gracias a su arma y a sus manos apretando con fuerzas el pelaje gris de la bestia. Su plan había dado frutos, no obstante, ya no le resultaba el mejor de todos. Si voluntariamente decidía saltar al piso desde esa altura se arriesgaba a una muerte casi segura; pero sabía que si se dejaba guiar por la bestia encontraría esa misma muerte de una forma mucho más tortuosa y cruel. Además, no es que le importara mucho el sentir sus extremidades destrozándose tras el impacto contra el piso. No tenía nada que perder en un mundo que poco a poco cedía ante los oscuros deseos de mentes corruptas.


Soltó su cuerpo en un impulso y cerró los ojos, dejándose caer al vacío. La adrenalina se posó en su estómago mientras caía sin saber en qué momento impactaría. Ese momento nunca llegó. Sí que impacto contra algo. Más bien, alguien. Jyota soltó un quejido al recibir con su cuerpo la caída de Salem. Ella abrió los ojos sorprendida. Había dañado un poco su cuerpo, pero si podía respirar era gracias a Jyota que, a pesar de todo, no le dejó a su suerte.


—Lo siento—Salem se separó del niño, y más que disculparse por la caída, intentó disculparse por haberle juzgado un poco mal. Por haberle juzgado, a fin de cuentas.


Él no dijo nada. Sólo se levantó y estiró su cuerpo adolorido. Creía no tener ningún hueso roto, pero no podía afirmarlo con seguridad.


—No te preocupes, soy resistente, esto no es nada.


Sin esperar más de la cuenta, los dos niños se movilizaron en dirección a la aldea (o al menos intentaron ubicarse entre tanto árbol similar). Caminaron durante una hora sin parar, en completo silencio. Salem no se sentía incómoda, mucho menos Jyota. Él pensaba en qué tipo de regaño les daría Julius cuando les viera llegar heridos, sin sus espadas; y cómo reaccionaría, así mismo, al enterarse que esas bestias se acercaban progresivamente a la aldea. El mundo cambiaba, y pronto todo recaería en la aldea. Por eso luchaban día a día entrenando, para no perder irremediablemente aquello que les había visto crecer.


— ¿Hay alguna manera de volver? —Jyota no sentía como un hecho demasiado malo el verse perdido en un bosque como ese. Encontraba paz en el silencio, sólo oyendo sus pasos y los de Salem a su lado.


—No lo sé, realmente. Es decir, parece que caminamos en círculos, sin ningún tipo de respaldo—suspiró ella.


—Qué asco, puede que aparezcan más de esas bestias si caminamos así, tan indefensos y realizando ruido con nuestros pies.


Salem no dijo nada, sólo sobó su brazo izquierdo con la palma de su mano opuesta. Oscurecía y descendía la temperatura.


—Entonces…—insistió Jyota, elevando su voz— ¿por qué te detuviste en ese combate? —quería saber eso, sólo eso, y por su curiosidad se vio envuelto en la lucha con la bestia amenazante. Esperaba una respuesta luego de toda la situación y luego de tanto dolor.


—No podría decirte con seguridad…mi cuerpo se detuvo solo. Creo que luchar no es algo para mí.


Jyota se detuvo y dio un vistazo al rostro cabizbajo de Salem. La niña continuó caminando y cesó sus pasos al notar que Jyota no caminaba junto a ella. Sostuvo su mirada, curiosa, y analizó sus ojos. Brillaban serenos, pero algo en ellos le hacía sentir algo intranquila. Como si él pudiese ver a través de sus pensamientos, porque su situación no difería mucho. La diferencia radicaba en que él sí parecía disfrutar de la adrenalina que producía el apuntar un filo completamente mortal ante un ser humano viviente.


—Entonces ¿por qué lo haces? —interrogó él, sin dejar de observar a Salem. Bien ella podía dedicarse a otras labores dentro de la aldea, no necesariamente a la lucha.


—Siento que si me esfuerzo…podría cambiar el mundo con mis manos—respondió Salem, extendiendo sus brazos en dirección a Jyota, moviendo sus dedos con suavidad—. Pensé que blandiendo una espada podría hacer ver al mundo que la oscuridad no es tan mala como parece. Que son las personas quienes la utilizan de un modo erróneo. Que todos tenemos razones, si bien distintas. ¿Por qué tanta resistencia a algo que corrompe aquello que brilla mucho? Quizás nosotros estamos equivocados, pero no hay certeza.


Salem bajó sus brazos suspirando un poco cansada. Sentía mucho peso sobre su cuerpo, y sus párpados se cerraban casi solos.


—Es mejor que intentemos volver pronto—enfatizó Salem, cruzándose de brazos—. Si cae la noche, estamos muertos, literalmente.


—Sí…—respondió él, volviendo a la lenta caminata sin destino alguno (al menos en ese momento).

Ya bien entrada la noche lograron volver a la aldea sanos y salvos, si bien bastante exhaustos. Sus familias, preocupadas, corrieron a recibirles, junto a algunos guerreros veteranos. Estos últimos, algo enojados, interrogaron a los niños, preguntando por sus espadas. Jyota se molestó con ese hecho: si no las llevaban encima, era obvio que las habían perdido; y saltaba a la vista lo heridos que estaban. A esos guerreros no les importaba algo más que la pérdida de recursos, después de todo.


Julius se dirigió a los dos:


— ¿Por qué fueron tan descuidados de entrar al bosque solos? Ahora perdieron sus armas, casi nuevas. Si no me dan una explicación coherente, serán castigados.


Salem sorprendió con esas palabras. Sentía mucha culpa con la situación. Jyota estaba involucrado por cuestión de ella, por sus dudas…no merecía ser castigado. Además, las probabilidades de que Julius se creyera la historia de la bestia se consideraban casi nulas.


—Luchamos con una bestia. Un perro gigante, bastante cerca de la aldea. Salem se adentró al bosque y yo le seguí. Entonces apareció ese perro tan alto como los árboles; y de alguna forma sobrevivimos. Lo demás fue caminata buscando el sendero de vuelta.


Julius sonrió sarcástico ante las palabras de Jyota. Le resultaba imposible que dos niños escaparan de las amenazantes fauces de un perro como ese, tan peligroso.


—Esperas que me crea eso, ¿cierto? —carraspeó el guerrero, enfrentando la intimidante mirada de Jyota, fija, portando cierto resentimiento. Salem no dijo nada, aunque hubiese querido rectificar el diálogo de Jyota.


—Cosa tuya si lo crees o no—exclamó Jyota, desafiante como siempre—. Si eres lo suficientemente sensato, irás a rectificar lo que acabo de decir. Buscarás a esa bestia con tu grupo de guerreros y la cazarás. Sabrás, en ese momento, que mis palabras son ciertas, cuando veas que uno de sus ojos está destrozado—Jyota apuntó a Salem—gracias a ella. Dicho eso dio un fugaz vistazo a la niña y se retiró junto a su familia.


Julius observó a Salem y rio algo divertido.


— ¿Cómo podrías haber enfrentado a un perro salvaje si ni siquiera puedes dar el golpe final a un niño de tu edad? —inquirió él, negando con la cabeza.


— ¿Cómo podría darle el golpe final a un niño de mi edad que ha sufrido lo mismo que yo? —Susurró Salem, un tanto insegura—. A pesar de que hayas tenido la intención de presenciar mis límites, no creo que hayas querido perder a ese niño que carga con una fuerza desmesurada…que yo no poseo.


—Pensaba detenerte a último momento; pero fuiste tú quien desistió de la lucha. Un error así, en otro lugar, en una batalla más seria, te hubiese costado la vida. Pobre de ti…no es tarde para que cambies de rubro y te dediques a algo más…suave.


Salem no supo que responder. En el fondo, ella misma pensaba que luchar no era algo que se le diera bien. La idea de robar vidas de personas, en su mayoría reclutas inocentes, no le agradaba para nada. Sin embargo, cuando vio la gran espalda de Julius alejándose en dirección al fuerte, supo que no debía desistir de su idea de cambiar un poco el mundo con sus manos, incluso si debía ensuciarlas para mal, con esa sensación tan tibia y viscosa que le había hecho sentir el líquido expidiendo del ojo de esa bestia, cuando le dejó medio ciega en la lucha.


Volvió, junto a su madre, a la casa que le había visto crecer…y entre el tibio ambiente de la leña prendida, cerró los ojos sólo para ver en su mente los de Jyota observándole fijos, queriendo decirle que no se rindiera en su lucha, que no rindiera sus propósitos, palabras que logró escuchar en sus largos y cómodos sueños.



Dos semanas surtieron como un efectivo castigo para Salem y Jyota. Estuvieron alejados del campo de batalla, realizando tareas más bien blandas.


A medio día de un jueves soleado, Julius y su grupo de guerreros arribaron la aldea bañados en sangre. Algunos más heridos que otros, cargando lo que parecía ser una cola peluda…cortada de raíz a una bestia salvaje.


Salem, que se encargaba de cuidar el sembrado de verduras junto a las ancianas, sorprendió cuando la llamaron a la entrada de la aldea. Allí se encontró con Jyota, junto a un cansado Julius. Saludó a Jyota levantando su mano y sonrió. Él le devolvió el saludo sin sonreír, pero con una expresión relajada.


Julius lanzó dos espadas al piso, demostrando irritación en su acción. Con eso admitía que las palabras de Jyota eran ciertas y que creía en su relato.


—Fue fácil identificar a la bestia con esas heridas que mencionaste—admitió el guerrero limpiando un poco de sangre resbalando por su cuello—. Si pudieron con esa bestia solos, no creo que ocupen más entrenamiento básico. Desde hoy son un equipo y realizarán misiones de bajo calibre.


Los dos niños vieron pasar a todo el grupo de guerreros en dirección al sanatorio. Jyota tomó la espada que tanto añoraba con sus manos desnudas, ensuciándolas de barro y sangre fresca (que no sabía si pertenecía a Julius o a la bestia).


—Así que compañeros de equipo, ¿eh? —habló él, recogiendo la espada de Salem, extendiéndola en dirección a la niña—. Espero que no nos metamos en problemas que no podamos afrontar.


—Dite eso a ti mismo—Salem agarró el mango de su espada, empleando su antebrazo para cubrir una repentina sonrisa que cubrió su rostro—. Realmente los nervios me atraparon cuando enfrentaste a Julius la otra noche.


—Pero tú sabías que lo de la lucha era cierto…no dejaría que me tratara de mentiroso así como así—respondió a la niña, ladeando un poco su cabeza.


—Lo siento…no tuve el valor necesario para apoyarte en esa situación—bajó la cabeza un tanto avergonzada, solo para oír algunas carcajadas de su acompañante (y compañero de equipo, aunque sonase un poco repentino).


—No tienes que disculparte por eso—afirmó Jyota, posando una de sus manos en el hombro de Salem—. Además, fui yo quien decidió seguirte en esa ocasión. Tal vez, de no haberlo hecho, ahora estarías muerta.


Salem meditó aquellas palabras en su cabeza. Tenían mucho sentido. Suspiró, entonces, aliviada, un poco tensa, observando a Jyota de reojo.


—Gracias—sonrió—. Aunque me molestó un poco que me siguieras, te debo mi vida. Espero algún día poder pagarte de alguna forma por ello.


Caminaron por en medio de la tierra trabajada, rodeados de flores de distintas tonalidades. El viento las mecía apacibles.


— ¿Pagarme? Eso suena interesante.


— ¿Qué te gustaría recibir como paga? Bueno, más bien agradecimiento…—Salem sobó uno de sus brazos, vendado por las heridas obtenidas tras su caída desde las alturas.


—No lo sé, es muy complicado. No es que te haya pedido algo, desde un inicio. Ofréceme algo tú, que tuviste la idea—respondió él, cortando el aire con su espada a medida que caminaba.


—No, la idea es que tú me digas qué es lo que quieres. No sería justo si te diera algo que no te gusta por el hecho de no conocerte tanto. Jyota bufó algo aburrido, quizás cansado.


—Así no es divertido…

6 Juin 2019 04:30:51 0 Rapport Incorporer 0
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