Florece Suivre l’histoire

samaracateto Valentina Herrera

La depresión ha sido algo que siempre me ha acompañado desde pequeña, solamente que no sabía lo que era hasta que cumplí 15 años, edad en la que se vino mi mundo y el de mi familia abajo. Esta historia habla de mí, habla de mi lucha con la depresión, el cómo tuve que afrontar cosas que a mi corta edad no debería haber cruzado. Se encontrarán con intentos de suicidios, drogas, autoflagelaciones y autodestrucción en muchos ámbitos con el fin de demostrarle a mucha gente que no son los únicos que están así, y para que vean que hay salida. El mundo y la vida es hoy, deben encontrar una salida de ese agujero en el que están y luchar antes de que sea demasiado tarde.


Récits de vie Déconseillé aux moins de 13 ans. © Todo derecho de autor

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La verdad es que no recuerdo la primera vez que me sentí mal conmigo misma, o cuando me sentía sola, o cuando pensé por primera vez que no debería estar viva, que solamente estorbaba en mi familia y que mi madre sería más feliz sin mí. Siempre esos pensamientos han estado conmigo, no hay día en el que deje de escuchar esas voces que me recuerden que no debería estar aquí.

Tenía siete años cuando me di cuenta de que mis compañeros de colegio me hacían bullying por mi físico. No es que fuera una niña gordita o diferente, no era la única rubia de ojos claros en el curso, pero éste se esmeró en demostrarme que la "freak" era yo. No había día en que golpizas faltasen, insultos como "deberías estar muerta", "tus hermanas y tu mamá estarían mejor sin tu presencia", "ni los tíos (profesores) te pescan", "mátate" eran los más suaves que recibía. No era un día normal si no me dejaban sola en los recreos, o me botaban mi colación, o inclusive encerrarme en el baño sin dejarme salir mientras me tiraban los papeles de los basureros. El único profesor que me protegía de cierta manera era mi profesor de religión, era un hombre que en ese entonces sentía que era una gran persona. Mientras estaba él, nadie me hacía nada, así que me refugié en él.

Pero un día, ese hombre se transformó en otro absolutamente diferente a lo que creía que era. En resumidas cuentas y para evitar entrar en mayores detalles, ese hombre que yo creía mi salvador, resultó ser un demonio que hasta el día de hoy me persigue. Abusó de mi más de una instancia, tocándome bajo la falda mientras estábamos en clases y se me acercaba para hablarme de algún trabajo o actividad que estábamos haciendo. Yo sabía que lo que él hacía estaba mal, pero siempre me decía mientras me tocaba "Si le dices a alguien todo esto, le haré lo mismo a tu hermana mayor y a tu mamá", así que prefería callar para que ellas no vivieran por lo que yo vivía.

Por suerte, mi madre se dio cuenta del bullying que recibíamos y nos cambió de colegio a mis 9 años, teniendo una nueva vida, amigos y un entorno en donde era todo absolutamente distinto. Era un lugar en donde me sentía bien, donde nadie me molestaba, tenía amigas, jugaba. Ahí comprendí que era bueno ir al colegio. Pero, al llegar a mi casa las voces volvían, era como si me esperaran en la entrada y como bienvenida, me decían que debía morir, que no debería estar en mi casa. Esas voces me ayudaban a darme cuenta de muchas cosas, como, por ejemplo, que mis hermanas congeniaban mejor entre ellas dos que conmigo, mi madre trabajaba y llegaba cuando nosotras ya estábamos acostadas. Comencé a hacerles caso a aquellas voces que no sabía de donde surgían, comencé a alejarme de mis hermanas cada vez más, y a encerrarme en mi mundo. Escribía mis pensamientos. Conocí la escritura y la generé mi refugio.

Ese mismo año, muy cerca de Navidad, recuerdo que las voces me despertaron muy temprano, mi madre y hermanas estaban dormidas y no encontraba la manera de poder callarlas, ni la música, ni la televisión, o la escritura podían evitar que las siguiera escuchando. Estuve así la mayor parte del día, hasta que aquellas voces me ganaron. Sabía que la única manera de callarlas era haciendo lo que ellas querían que hiciera, y sin dudarlo dos veces subí a mi pieza mientras todos estaban preparando las cosas para el almuerzo.

Al subir cierro la puerta, tomo un bolso que llevaba al colegio, lo llené de libros, cuadernos, textos, y objetos pesados. Subí a mi cama el cual era un camarote bastante alto, me acosté mirando el techo, inhalé profundo y me coloqué el bolso cerrado en el cuello.

Lo único que pasaba por mi mente en ese momento era que les hacía un favor a todos, menos gastos monetarios, menos peleas con mis hermanas, más espacio, menos preocupaciones y un estorbo menos. Comencé a llorar en silencio, una parte de mí no quería morir, pero la parte que sí quería era más fuerte. Luego de unos minutos comencé a sentir una presión en mi cabeza, me palpitaba de manera densa, sentía mis ojos inflados, mis brazos se estaban durmiendo y sentía mi garganta demasiado apretada. Comencé a sentir como mi corazón se aceleraba cada vez más.

Al fondo, escuchaba a mi mamá llamarme. Me estaba buscando. Parte de mí me dijo que no le hiciera caso, que estaba por completar lo que hace tiempo quería hacer, que así callaría las voces. Pero otra parte de mí me dijo que ella no merecía tal dolor, no merecía el sufrimiento de perder a una hija, y esta vez, esa parte ganó. A duras penas me volteé y dejé caer el bolso sobre la cama de mi hermana menor, comencé a toser y a recuperar la respiración. Entré al baño, me lavé la cara y bajé.

Mi primer intento de suicidio fue a los 9 años.

A eso del año siguiente, mi tía se casó en verano y estábamos todos muy felices. Nunca nadie se enteró de lo sucedido ese día antes de Navidad, y para ser sincera, no recuerdo cuál fue la excusa que creé para esa instancia.

A los días del matrimonio de mi tía, mi madre llegó demasiado tarde a la casa. Estaban mis tíos y mi abue cuidándonos. Eran eso cerca de las diez y teníamos que irnos a dormir, pero yo insistí en esperar a mi mamá para saber cómo le había ido en el día. Después de mi intento de suicidio me di cuenta de que ella no tenía la culpa de nada, tomé las voces como algún amigo imaginario e intentaba ignorarlas lo más que podía.

Cuando llegó mi mamá yo estaba en el living mientras ella tomaba un café y se fumaba un cigarro en el comedor mientras hablaba con mis tíos y abue a murmuro. Lo que podía escuchar a duras penas fue: “Tengo que ir la próxima semana de nuevo para saber qué tan grave es. Fue demasiado heavy lo que me pasó hoy, si estaba conduciendo y de repente estaba en la vía equivocada”. Preocupada me acerco y le pregunto qué pasaba, recuerdo que todos se quedaron mirando y mi mamá me lleva al living. Me sienta. Suspira, me sonríe y dice: “Hija, estoy enferma. Me diagnosticaron cáncer. Pero no te preocupes, voy a salir adelante por ustedes, porque las amo, porque son mis hijas y son todo para mí”. Al momento de escuchar la palabra “cáncer”, se me vino el mundo abajo, yo en ese mismo instante supe que ella iba a morir, pero para evitar llantos y escenas, simplemente le sonreí y le dije que todo estaría bien.

Fueron ocho meses en donde comencé a dejar de rendir en el colegio, mi mejor amiga de ese entonces intentaba que me distrajera, pero el ver llegar a mi madre cada vez más delgada, escucharla llorar del dolor por las noches, el ver como ya no era capaz de subir las escaleras me destruía. Cada vez se me hacían más y más presentes los pensamientos de intentar suicidarme otra vez, nada me hacía ignorarlas, la escritura ya no era suficiente, y nada de lo que hacía me comenzó a distraer. Volví a escuchar las voces, pero esta vez no me decían que debía morir, me hacían recordar cosas que me decían en mi colegio antiguo, y compararlas con las cosas que le decían a una compañera que era de contextura gruesa, me sentí reflejada con las burlas que recibía y en vez de ayudarla o defenderla, comencé a dejar de comer para comenzar a adelgazar y así evitar que me dijeran lo mismo que a ella; comencé a verme frente al espejo y notaba cada vez más que la falda me apretaba, que el buzo del colegio me resaltaba un trasero gigante, no podía usar mi ropa sin verme un desperfecto.

Comencé comiendo dulces de vez en cuando, los que me daban los guardaba o los escondía para no botarlos, el almuerzo en el colegio lo botaba en el baño y cuando estábamos en casa no comía tanto diciendo que no tenía tanta hambre cosa que siempre me sirvió. Día tras día dejaba de comer algo nuevo. Descubrí que, para saciar el hambre, debía comer chicles o tomar mucha agua, comencé a normalizarlo, para mí era común el no comer, el masticar chicles o comer muchos dulces de menta durante el día. Pero cada vez me notaba más gorda, perdí noción de realidad y me sentía obesa.

El mes de octubre del 2008, mi madre estuvo hospitalizada la mayor parte de ese mes, mi abue se quedaba con nosotras y mi tía nos veía todos los días, la verdad es que yo no comprendía del todo qué sucedía. El 16 de tal mes, mientras nos preparábamos para ir al colegio, mi tía llega a nuestra casa y nos dice que no iremos al colegio, que iremos a ir a ver a mi mamá. Mis hermanas y yo extasiadas nos cambiamos de ropa y nos fuimos a Santiago, el camino nunca se me había hecho tan eterno, el viaje en micro y metro lo sentí todo el día, como si fuésemos a verla a otro país. Pero, al llegar, mi corazón latía muy fuerte, estaba emocionadísima porque por fin después de semanas podría ver a mi madre. Al entrar a la habitación, veo a mi tío, a mi abue y unas personas que la verdad no recuerdo paradas alrededor de una cama en silencio, la tensión que había era deprimente. Al mirar la camilla, pude notar que mi madre estaba totalmente deteriorada, era un esqueleto en piel, su cráneo estaba sin ningún cabello rubio que tenía, sus pómulos resaltaban, sus muñecas eran como las mías de delgadas, tenía muchos cables que las conectaban en máquinas que en ese entonces no sabía para qué eran y tenía puesto oxígeno. Al vernos sonríe cálidamente demostrándonos que era ella, mis hermanas permanecieron calladas la mayor parte del tiempo.

Recuerdo que le conté que un chico de mi curso me había pedido pololeo el día anterior, y ella dentro de lo que podía hablar, porque le faltaba el aire demasiado rápido, me dijo que era mejor tener un mejor amigo que un pololo, los mejores amigos perduran por el resto de la vida, mientras que los pololos están mientras el amor dura y eso no es generalmente para la eternidad. Además, me dijo que con 10 años era muy joven para poder estar con alguien, que me dedicara a vivir mi presente y nunca olvidar que es lo que tenemos.

Sus palabras me llegaron al punto de saber que tenía razón, en ese momento me di cuenta de que me estaba perdiendo toda mi infancia al momento de pensar en pololear.

Al momento de despedirnos, nos pidió a mis hermanas y a mí que le diéramos un abrazo, mis hermanas fueron rápidamente y le dieron un beso en la frente, le dijeron lo mucho que la amaban. Mi mamá al notar que yo no me levantaba de la silla me mira y me dice que no le dolería un abrazo, pero se lo negué. Le dije que la abrazaría cuando ella llegara a la casa para no volver a irse. Ella con rostro de pena asienta y me sonríe. Sentí una presión en el pecho, todos me quedaron viendo desconcertados, inhalé y me tragué mis ganas de llorar, de dejar todo e ir a correr y abrazarla, pero en verdad sentía que si la abrazaba en ese momento no la estaría abrazando a ella, sino a un esqueleto, y me quedé con mi decisión. Mi familia al notar que no iría a abrazarla me comenzó a decir que fuera, que no había problema, pero siempre he sido orgullosa y les dije que no lo haría.

Al día siguiente tampoco fuimos al colegio, nos fuimos a la casa de mi abue que está en el mismo pueblo en el que vivimos. Estábamos mis hermanas y mi tía, mi abue y mi tío estaban viendo a mi mamá en Santiago.

Estábamos viendo Horton y el mundo de los quien, cuando escucho a mi tía hablar por teléfono. En el living, y fue algo así: “¿Cómo está la Marce? (silencio) ¿Y…qué va a pasar ahora? ¿Van a ir a hacer los papeles? ¿Y el cajón? ¿El auto? (silencio) ¿Y las niñas? Ya, yo les digo. Nos vemos”. No comprendía nada de lo que hablaba, pero nos pidió que le pusiéramos pausa a la película porque nos tenía que contar algo muy importante, nosotras sin saber nada, obedecimos y nos fuimos al living, nos sentó, inhaló, cerró los ojos, exhaló y nos dijo lo que menos quería escuchar:

“Ustedes vieron a la mamá ayer ¿verdad? ¿Recuerdan que estaba muy malita? Bueno…el niñito Jesús la vino a buscar, le dijo ´Marcelita, es tiempo de que te sientas mejor, sígueme´ y la mamá se fue con él”. Todas comenzamos a llorar y a intentar negarlo, como si fuese una broma de mal gusto, pero en el fondo sabíamos que no era así, nos abrazamos entre las cuatro y lloramos, lloramos sin parar por un par de horas. No podía creer que mi madre se fue un día antes de prometerme que volvería a la casa recuperada, sentía enojo conmigo por no haberla abrazado, ella sabía que moriría y no me insistió, dejó que me fuera sin despedirme como se debía.

Después de que estuviésemos más calmadas, nos fuimos a terminar de ver la película, pero ya no la disfrutaba como minutos antes, solamente pensaba en lo estúpida que fui al no abrazarla, al no decirle que la amaba una vez más, al no agradecerle por todo lo que había hecho por nosotras. No le agradecí por sacarme del infierno del otro colegio, no le agradecí por nada y ella se fue pensando que no la amaba. Unas horas más tarde siento la puerta de la casa, mi tía la abre y me llama. Era mi instructor de la banda del colegio, al verme se le llenan los ojos de lágrimas y me coloco a llorar con él. Reaccionó a abrazarme y a decirme que lo sentía mucho, que sabía que yo era una chica muy fuerte y que podría salir de esto, que mi madre siempre estaría conmigo. Estuvo unos minutos y se fue.

22 Avril 2019 00:42:55 0 Rapport Incorporer 3
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