Violett Cross Suivre l’histoire

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¿Nunca has tenido la sensación de algo ardiendo dentro tuyo, algo tan grade que cuando explote no lo podrás controlar? Yo sí, lo tengo a diario. Los secretos nunca mataron a nadie, queda claro que quien sea que lo diga no sabe mucho de mi vida si afirma eso. La desesperación, el rechazo, las habilidades crecientes y un mundo que teme a lo que no comprende marcaron mi sentencia desde que nací, solo era cuestión de tiempo para que todo detonara. El caos pincho mi frágil burbuja y entre la nada vi una mano amiga, una oportunidad, una misión. Un lugar para encajar de la forma en la que el mundo me negó. Tú tampoco podrías negarte a tu única salida, a ser parte de algo por primera vez ¿O sí?


Fantaisie Tout public.

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Prólogo

El sol se había entrado en su punto de caída hacía cosa de 30 minutos, el cielo se encontraba bañado por las luces naranjas y amarillas que bordeaban las nubes de forma artística, como si las volutas blancas de algodón hubieran sido puestas ahí apropósito para que cortaran la luz en ángulos tan hermosos. 

Si otro hubiera sido el día probablemente estaría sentada en el pórtico de madera, haciendo la espalda atrás para que la mecedora hiciera su trabajo mientras me frotaba las manos contra la tela áspera de la falda  del vestido en turno.

 Seguramente en ese punto aparecería Aini con el bulto envuelto en cobijas entre los brazos, me dedicaría una sonrisa mientras dejaba al sepultado bebe en mi regazo antes de volver dentro para ayudar a Anemone con la cena que ya debía estar sobre el fogón. Fiala se despertaría entre mis brazos cuando el aire le hiciera cosquillas en la nariz y lloraría un poco hasta notar que era yo la que le sostenía y mecía suavemente. El lazo de madre e hija entre ella y yo había sido fuerte desde la primera vez que la sostuve entre mis brazos, y tampoco le costó acostumbrarse a la presencia de mis hermanas mientras yo tenía que alejarme de casa. Ella había sido una luz para las tres.

Después del mal acto con el sacerdote local en el que sus manos pasaron el límite de mi falda después de que yo apurara una copa que no contenía vino de las vides en su traspatio apenas recordaba cómo había llegado a las puertas traseras de los locales en la calle principal, con el cabello suelto del rodete en el que lo había atado, el cuerpo calado por el frio y los muslos bañados en sangre. El producto de aquello había sido Fiala. Si bien jamás conseguiría que su padre dejara el oficio para admitir que ella era suya yo no pensaba montar un espectáculo delante de todos los fieles a plena tarde.

¿Qué tantas tenía para ganar? Probablemente acabaría excomulgada y aislada del pueblo en lugar de desenmascarar al viejo de cabello plata. Aún hacía crujir los nudillos cada vez que veía a una moza joven entrar en el templo a altas horas de la tarde bajo la solicitud del padre a limpiar los santos en pedestales demasiado altos como para que él y su edad pudiera sacudirles el polvo.

Aini había roto en llanto cuando el médico confirmo que llevaba un niño dentro, Anemone comenzó a maldecir y amenazar con ir tras el padre pero por suerte pudimos calmar su ira a tiempo y al menos dejar que el médico partiera antes de que el cielo nocturno dejara de mostrar estrellas para desplegar violentas nubes surcadas por destellantes relámpagos. No hubo lluvia aquella noche, solo viento endemoniado, la cúpula del templo impactada por los luminosos rayos y Anemone encaramada a la ventana, viendo hacia afuera con una media sonrisa en los labios.

Los nueve meses pasaron mientras yo perdía el odio y ganaba miedo, Aini comenzó a intentar tejer sin mucho éxito y Anemone tocaba mi vientre con frecuencia susurrando para sí misma

— Más vale que seas niña, al menos espero que seas niña — Y su petición fue escuchada.

En plena noche cálida de verano yo había entrado en labor de parto dando a luz a la pequeña niña de cabello castaño y ojos avellana. Anemone le vio y sonrío haciendo chispear sus ojos azul profundo, ahí supe que había notado “eso” en ella.

Aini, Anemone y yo habíamos quedado huérfanas hacía 5 años a causa de un suceso que los pobladores llamaron deslave a media noche, pero que nosotros sabíamos perfectamente había sido un descuido y un descontrol por parte de las tres. Madre nos había contado historias, muchas historias, y fue a base de ellas como las tres fuimos aprendiendo que nuestro secreto mas receloso no era individual, si no compartido. Madre hacía crecer hierba con solo poner la planta del pie descalzo sobre el jardín, y aunque nosotras lo intentamos jamás lo conseguimos, aun no sabíamos que “eso” era diferente en cada una de nosotras y que madre no podría ayudarnos a controlarlo.

Anemone, al ser la mayor fue la primera en descubrirlo. Podía despejar el cielo de nubarrones tormentosos o traer cúmulos oscuros a un día soleado. El viento le respondía a los gestos de las manos y la lluvia caía mojándole el rostro cuando ella lo deseaba, jamás supe si podía hacer algo más que se nos hubiera escapado cuando no la mirábamos.

Aini, la menor, era la más parecida a madre y sorprendentemente pudo despertar “eso” en ella antes que yo. No podía crear naturaleza, pero hablaba con ella. Era normal verla sentada en el jardín con el oído pegado al tronco del viejo roble en el patio, con la mirada perdida durante horas hasta que decidía entrar a casa corriendo para contarnos todo lo que el viejo árbol le había contado.

— Dice que ha visto a muchas como nosotras y que a varias les han colgado de sus ramas por brujas — Anemone se atragantó con los guisantes y salió de la cocina en ese mismo momento. Al día siguiente un hermoso rosal estaba apostado cerca del roble, Aini pasó días encerrada en la habitación con las manos en los oídos

 ­—Las rosas gritan mucho, ¡Gritan mucho! — Repetía una y otra vez mientras Anemone apretaba los labios evitando a la pequeña.

 —Espero que el condenado árbol también escuche eso — Se le había escapado en una ocasión mientras pelábamos patatas, dejando que madre saliera por hierbas de olor.

Yo fui la última, lo descubrimos después de haber tirado al suelo la única cosa preciosa que teníamos en casa: El alhajero de mi madre. Mi padre se lo había regalado la última vez que regreso de uno de sus viajes antes de perderse en el mar, madre lo guardaba con demasiado cuidado pero aquella vez lo había dejado al borde de la mesilla y cuando pasé por su lado lo tire con la cadera. Estaba sola en casa, imaginaba los gritos de madre al llegar e intentaba arreglarlo pero no conseguí nada y los minutos pasaron hasta que la puerta se abrió dejándome congelada.

Agité las manos desesperada mientras mis ojos veían como las piezas del alhajero se unían, reparándole. Lo levanté, deposite sobre la mesilla y simule estar aseando para cuando mi madre entró. Fue por la noche cuando les confesé todo a Aini y Anemone, ambas me sonrieron emocionadas, en ese momento estábamos completas por primera vez.

Los años pasaron, nosotras crecimos y madre se marchitaba. Ocurrió el accidente del que ninguna volvió a hablar y tuvimos que mudarnos pueblo abajo dejando recuerdos y memorias detrás, enfrentándonos a un mundo que madre siempre había advertido como peligroso y hostil pero que nosotras no conoceríamos hasta el pasar de los años.

Vuelvo a la realidad cuando doy un traspié entre el suelo terroso y una raíz botada que no alcanzo a ver sumida en mis pensamientos y recuerdos. ¿Por qué no era como Aini ahora? Podría pedir a los arboles socorro y guía para guiarme hasta un refugio donde los caballeros del santo oficio no pudieran encontrarme, donde Fiala y yo pudiéramos pasar la noche antes de encontrar la manera de escapar permanentemente de sus ojos, de sus espaldas y sus estandartes, de sus horcas y sus juicios alimentados por una ira que yo no conocía en ojos humanos hasta que los vi delante de casa hacía unas horas.

Me pongo de pie meciendo ligeramente a la niña que amenazaba con llorar y vuelvo a tomar el trote mientras pienso en escapar, en Aini, en Anemone, en cómo nos vimos forzadas a separarnos aunque no lo quisiéramos. Deseaba con todas mis fuerzas poder estar sentada en el pórtico, meciéndome suavemente con la risa de mis hermanas viniendo de la cocina. Lo deseaba en verdad.

¿Cómo había acabado todo así, como era que los buenos momentos ahora me parecían recuerdos lejanos? No habíamos cometido ningún delito, no habíamos herido a nadie, no robábamos, no usábamos “eso” delante de nadie y aún así al parecer el mundo se volcó con nosotros ante el primer error.

La noche anterior el pueblo se había inundado en una espesa niebla que hizo regocijar a Anemone, pero las risas y bromas acabaron cuando el grito de una mujer rompió en plena acera. Varios hombres con farolillos se internaron en la niebla para encontrar a su ejecutora mientras las mujeres nos quedábamos en el pórtico. Cuando los hombres sacaron de la calle a la esposa del boticario explico entre llantos que volvía del bosque con unas hierbas para su esposo cuando se dio cuenta que su hijo pequeño ya no la seguía. Lo buscó y buscó pero la niebla engulló todo llevándose la oportunidad de la mujer. Los hombres pronto tomaron aquello con lo que se sentían seguros para defenderse y emprendieron camino al lugar donde había dicho la mujer que había visto al niño por última vez.

—Jamás van a encontrarlo — Susurró Anemone y no necesitamos darle la razón para que supiera que estaba en lo correcto

— Pero nosotras si — Apuntó Aini girando el rostro hacia nosotras, Anemone asintió y esta vez la mirada de ambas acabó en mí de forma expectante. Inhale el helado aire y gire mi vista a ellas antes de darles el gesto afirmativo que estaban esperando.

Dejé  a Fiala dormida y rodeada sobre mullidas almohadas mientras nosotras nos poníamos las pesadas botas con las que solíamos bajar al bosque para conseguir una o dos cosas que servían para hacer las mezclas que madre nos había enseñado. No usamos la puerta delantera si no que remuevo las piedras que limitaban la espalda de nuestra propiedad y una vez que hemos salido las hago descender del aire hasta el suelo, dejándonos de frente a la niebla espesa.

Anemone iba delante, su mano diestra estaba extendida y mientras avanzaba la niebla se abría formando un sendero claro por el que podíamos avanzar con plena visibilidad. La seguimos de cerca hasta que el bosque se levanta frente a nosotras dando un aspecto tétrico y sombrío. Aini no necesita una invitación y avanza hasta donde Anemone ha despejado la niebla para tocar el tronco de un árbol, un par de segundos hacen falta para que la chica nos señale una dirección y Anemone nos dibuje el sendero.

Avanzamos a pasos rápidos, haciendo crujir las ramas bajo nuestras botas y provocando algunos desgarres en la tela de los vestidos pero no nos detenemos a quejar por ello. Aini da un viraje brusco y Anemone maldice mientras aparta la niebla de su camino apenas unos metros antes de que Aini acabe de dar un paso ciego directamente a un desbarranque de unos 20 metros.  Anemone coge el brazo de la menor jalándola hacia atrás y haciéndola caer de sentón pero salvándole de la caída letal.

— ¿Aquí te han dicho que estaba? — Aini asintió varias veces quedándose tan muda como lo había estado ahora. Anemone y yo nos asomamos al borde, ella debe concentrarse y hacer gestos con las manos para despejar la caída y el pequeño valle debajo de nosotras. Apartando la niebla y dejando la visión clara de la vertiginosa caída llena de salientes, en una de las cuales estaba el niño arrinconado, con los brazos alrededor de las rodillas y titiritando.

Cuando la niebla se desvanece los ojos del niño se mueven en todas direcciones hasta que su cabeza se levanta sobre el viéndonos a nosotras. Tiene rasguños en las mejillas, la ropa echa girones y me preocupa que no se mueva de posición pero por lo demás, tiene suficientes fuerzas para gritar a todo pulmón que lo ayudemos. Anemone suspira aliviada y yo me apoyo en mis rodillas mientras me inclino hacia abajo para tener mejor visibilidad.

— Te ayudaré, pero necesito que te quedes muy, muy quieto y que prometas que guardarás el secreto de como saldrás de aquí — Los ojos del niño se muestran confundidos ante mis palabras pero asiente con su cabeza varias veces dándome a entender la promesa implícita. Yo me lleno los pulmones del helado aire, aprieto suavemente las manos en el aire y entonces el niño se despega del suelo levitando sobre los terrones inseguros del barranco.

El resultado es inmediato, los ojos del niño se desencajan en dos canicas irregulares y cristalinas que denotan el estado de pánico en el que debe estar. Subirlo con nosotras sería tener que entrar en el pueblo con él y sería un escándalo mayor, así que la mejor opción era descenderlo en la barranca hasta que pudiera tocar tierra, aun sin hablar estaba en el entendido de que Anemone despejaría la niebla para que él pudiera encontrar el camino para salir del bosque, que si mis ojos no fallaban estaban a pocos metros del suelo bajo la barranca.

— Voy a bajarte, cuando estés en el suelo corre a casa ¿Está bien? — Sé que mi voz ha sido audible pero no obtengo respuesta del niño, y como no hay tiempo que perder simplemente muevo mis manos haciendo que el niño también se desplace en el aire comenzando a descender de manera lenta. Es ahí cuando todo se nos sale de control.

El niño parece salir del shock inicial y comienza a removerse y dar patadas al aire haciéndome jadear mientras pongo más fuerza en sostenerlo en el aire y no dejarlo caer. La fuerza de la inercia me jala hacia adelante pero Aini acude a mi ayuda sujetándome por la cintura y sirviéndome de contrapeso. El niño sigue llorando, gritando, pateando y en ese momento solo puedo pensar en descenderlo hasta el suelo y poder relajar mi mente de aquel tormento que me hacía pasar el descenderle sin dejarlo caer de golpe.

 El silencio se ve aún más corrupto cuando debajo de nuestros pies los pasos de hombre asoman para ver un espectáculo que no olvidarían: Tres mujeres al borde de una barranca, una con los brazos extendidos aparentemente haciendo “volar” al niño perdido que parecía estar quemándose a carne viva. Anemone maldice en voz alta mientras recula, quedando oculta, pero Aini y yo no podemos hacer lo mismo, eso sería igual a dejar caer al niño y al final nuestra ayuda acabaría en tragedia.

 Los gritos de los hombres no se hacen esperar, algunos hacen señales santas sobre sus labios y pecho, otros gritan asombrados, unos pocos salen disparados en cualquier dirección y los que restan miran la escena mientras su piel se pone pálida como la cera.

— Rápido, rápido — Murmuro entre dientes para mí misma haciendo el esfuerzo sobre humano de descender al niño tan pronto como podía sin hacerle daño pero el crío se empeñaba en patalear y removerse haciendo su cuerpo ángulos sinuosos que ni siquiera parecían humanos, eso alimenta a los hombres debajo a pensar que está siendo parte de alguna tortura o ritual amenizada por nosotras. Es ahí cuando los escucho llamarme de aquella forma por primera vez:

— ¡BRUJA!

— ¡Suelta al niño, bruja!

— ¡Avisen al padre! ¡Díganle en el pueblo hay brujas!

— ¡LO TORTURA! ¡MALDITA BRUJA!

Los gritos me asustan, me hacen perder la concentración y dejar descender al niño un par de metros en caída libre. Los llantos y gritos del infante cobran más fuerza y los hombres comienzan a maldecir, alguno me reconoce y comienza a gritar mi nombre, los brazos de Aini tiemblan en torno a mi cintura y yo sé que estamos en problemas, graves problemas.

El niño desciende entre las exigencia de los pobladores que parecen pensar que hago aquello al estar atemorizada por ellos, cuando por fin el cuerpo del niño está en el suelo este deja de retorcerse pero aún llora a gritos. Yo me desplomo sobre mis codos respirando agitada, con el sudor perlándome la frente y el fondo de eco de los pasos de los hombres yendo a socorrer a la “victima”.

Cuando levanto la visita es para ver como una ola de niebla sepulta a los hombres, volviendo al manto denso que se levantaba antes de que nosotras llegáramos ahí. Giro la cabeza para ver a Anemone con el semblante temblorosamente firme y las manos extendidas.

— Vámonos — Su voz sonaba firme y ni Aini ni yo necesitamos más invitación para ponernos de pie y seguir a Anemone casi a trote mientras volvemos a casa. Me cuesta levantar las rocas y cuando entramos debo moverlas un poco para que queden de forma más o menos aceptable. Me tambaleo sintiendo el suelo moverse debajo de mis pies y siento el socorro de mi hermana mayor de inmediato.

 La temperatura de mi rostro es alarmante y mientras Anemone se encarga de poner paños fríos sobre mi frente Aini va al frente para bloquear la puerta con lo que encuentra, yo no tardo mucho en perder la conciencia, confiando en que todo aquello tal vez fuera un mal sueño.

Recordaba haber despertado por el olor cercano a comida, mi cabeza giro a un lado encontrando el cuenco de sopa aún humeante. Con cuidado me siento sobre la cama apoyando la espalda sobre la pared, sintiéndome ligeramente mareada. Anemone está a los pies de la cama, con Fiala sobre las piernas y sus ojos en mí. Hace un gesto con la cabeza para indicar que debo comer la sopa y yo no reniego, tenía hambre. Aini no tarda en entrar en la habitación y una vez que estamos reunidas y me doy cuenta que la noche anterior no ha sido una pesadilla, nos planteamos la verdadera cuestión; ¿Qué haríamos ahora?

Los pobladores, como mínimo, me habían reconocido a mí y si habían distinguido a las tres formas antes de que Anemone se ocultara nos tacharían a las tres de brujas, al menos a dos. Aini oculta el rostro entre sus manos conteniendo el llanto.

— ¿Qué haremos? ¿Qué vamos a hacer si vienen?

— Que vengan — La voz de Anemone hace que Aini levante el rostro y que yo también la mire de forma sorprendida. Ella nos ve a ambas antes de retomar su frase —. No hicimos nada malo, estábamos ayudando y el crio nos ha complicado todo. Las dos sabéis que hacen con las brujas y yo no pienso dejar que la santa orden me coja. Que vengan con sus palos y sus espadas, que vengan e intenten lastimarnos. Si se ponen al tino de mis poderes no voy a dudar en matarles — Un sudor frio me corre por la espalda mientras los ojos de Aini se abren demasiado. ¿Esa era realmente la solución?

—Pero… no somos brujas — La voz de Aini es apenas un murmuro pero igual consigue hacerse escuchar

— Hasta donde sé, podíamos serlo. No hay nombre para “eso” ¿Cierto? ¿Qué tal si son poderes de bruja? — Anemone parecía haber pensado aquello desde hacía un buen tiempo aunque para nosotras fuera una total sorpresa.

— Pero las brujas son malas — Insistió Aini poniendo sus manos sobre su regazo, hipando al final de la frase.

— ¿Quién dice? ¿El santo oficio? — La verdad era que si, eran palabras de las encomiendas que llegaban al templo como alertas e invitaciones a denunciar actos de herejía, y les creíamos por que no había nada mas a que creerle que a ellos.

 Resistirse era ponerse en la mira de ellos y todo el mundo sabía que tener a la santa inquisición persiguiéndote era sinónimo de muerte. Todos temían ver el escudo del santo oficio entrar en la ciudad pero el tono de sorna y desprecio en las palabras de Anemone sugerían algo más. No era miedo, no era recelo, era casi odio mezclado con burla. Como si creyera que los relatos de las torturas infringidas por ellos eran solo un cuento sin fundamento.

— Escúchenme, sois mis hermanas y voy a defenderlas pero no sé si pueda hacerlo sola. Las necesito conmigo. Necesito que entiendan que no tenemos estos poderes por nada y que tal vez “eso” sea una forma de defendernos. ¿A caso no deberíamos defendernos? ¿Cuidar de Fiala? 

Mis ojos bajan a la pequeña bebe dormida en las piernas de mi hermana y un apretado nudo se siente cerrar en mi garganta. Tenía razón, tenía toda la razón. Si me hacían elegir entre mi niña y aceptar el nombre de “bruja” iba a aceptar la segunda. Aini y yo nos vemos un segundo y después miramos a Anemone. Las palabras sobran y con un asentimiento de cabeza las tres entendemos que estamos en un común acuerdo, que nos protegeríamos.

El día avanzó, Anemone estaba cerca de la puerta mirando por una de las ventanas directo a la anómalamente desierta calle, Aini iba y venía para contarnos lo que el manzano del traspatio conseguía averiguar de los vecinos. Así supimos que en plena madrugada el padre había mandado un aviso al santo oficio requiriendo sus servicios de forma urgente. El mismo había recomendado que todos en el pueblo se quedaran dentro de sus casas y rezaran para que las fuerzas del bien protegieran sus hogares de la maldad (o sea nosotras) y así ningún otro niño pudiera ser raptado.

Justo ahora mi odio hacia el líder religioso era más profundo e incluso había crecido esparciéndose hacia los corderos que creían sus palabras, que se habían encerrado en sus hogares a cal y piedra temiendo por que la presencia de las brujas se colara bajo la puerta. Estaba mordiendo un trozo de manzana desecada cuando Aini entro en la habitación corriendo, llamando la atención de Anemone también. La menor estaba pálida, jadeaba a pesar de que el camino del traspatio a la cocina era corto.

—Llegaron. Están aquí. Están poniendo leños frente al templo. Vendrán acá —. Las frases cortas son lo único que necesitamos para que la alerta y el pánico se ciernan sobre nosotros. El santo oficio estaba camino a casa.

Nos arremolinamos cada una en asuntos diferentes, yo  encargandome de envolver perfectamente a Fiala en varias mantas. Le pongo un gorro mal tejido sobre su cabecita y la aferro contra mi pecho sujetando una última manta a través de mi pecho y atada a mi espalda, dejándome las manos libres. Apenas he acomodado a la niña sobre mi pecho algo golpeo la puerta. Aini y yo nos congelamos en el acto mientras Anemone, aún cercana a la ventana nos hacia una seña para que guardáramos silencio.

No hubo avisos o petición a que saliéramos y nos declaráramos culpables por el delito de brujería, solo otro golpe en la puerta que la astilló por el centro haciendo alejar la vieja mesa con la que la había trabado Aini la noche anterior. Anemone giró la vista hacia mí y después a Aini mientras se alejaba de la ventana llevándonos a reunir en el traspatio, desde ahí pudimos ver los juegos del fuego frente a casa contra las fachadas de los vecinos, escuchar los golpes que seguían aporreando la puerta.

 — Necesitaremos huir. Separadas — Aini negó con la cabeza sin decir nada y yo junté las cejas ante las palabras de Anemone —. Nos buscan juntas, apuesto a que estuvieron vigilando por si salíamos. Dejemos que todo acabe y entonces nos veremos en la casa de madre ¿Está bien? — Aini asiente de forma temblorosa y yo no tengo más que aceptar sin que la idea me guste aún.

Estamos caminando hacia las rocas que debía mover para salir de ese lugar cuando un estruendo mayor me hizo dar un respingo: Habían entrado a la casa. Me apresuro a lanzar las rocas a un lado sin cuidado de organizarlas luego, veo a mis hermanas una última vez y nos separamos corriendo en diferentes direcciones. Mis pasos pronto se van dando sobre la hierba y tierra del bosque, siguiendo senderos que yo abría con mi cuerpo mientras escuchaba los pasos detrás de mí.

De nuevo, la remembranza acaba ahí haciéndome consciente de los ruidos de persecución cercana. El constante movimiento hace que Fiala vuelva a amenazar con llorar mientras a mis oídos llega el sonido de los cascos de los caballos avanzando por el bosque. No podían atraparme, no debían atraparme. Fiala dependía de mí, ¿Qué destino correría si me atrapaban? Estaba mejor a mitad del bosque que conmigo en ese caso. Los hombres del santo oficio dejan de dar tantos palos de ciego y puedo escuchar sus voces cercanas orientadas hacia mi dirección.

Los ojos se me llenan de lagrimas mientras intento seguir corriendo pero sé que no tiene caso, que aun con mis habilidades no podré proteger a mi hija. Muevo la cabeza de forma desesperada encontrando un arbusto de bayas vecino de un tronco viejo. Me aproximo a él y me dejo caer de rodillas sacando de mi pecho al pequeño bulto de cobijas que se removía constantemente. Los ojos se me vuelven a llenar de lágrimas mientras deposito un beso sobre la frente cálida de la niña

— Te amo Fiala — Murmuro bajo antes de cubrir su rostro y ocultarla en el arbusto, recargándola ligeramente en el tronco del árbol antes de mirar al mismo —. Que la encuentren mis hermanas, por favor — pido al ente natural, sabiendo que puede entenderme, y una vez de pie vuelvo a correr sin mucha voluntad esta vez.

No sé cuanto pasa pero sé que es poco tiempo antes de que el sonido de cabalgata sea demasiado cercano y los gritos de victoria indiquen mi posición. El cabello y la tela llenos de ramitas se atoran aun más cuando quiero poner más empeño en mi carrera y un desgarrador grito me sale de los labios cuando una flecha impacta mi hombro derecho. Caigo de rodillas gimoteando y cuando siento uno de los caballos acercarse muevo los brazos embravecida ocasionando que el animal se despegara del suelo y fuera a caer varios metros más allá aplastando a su jinete.

— BRUJA — Puedo escuchar el grito justo antes de  que algo metálico me golpee el rostro. Caigo de bruces sintiendo la boca llenárseme de sangre mientras el sonido de pasos y cascos se hace más presente.

 No importaba nada ya, no escaparía, es por eso que muevo mis brazos de un lado al otro arrojando hombre, animal y acero en todas direcciones, arrancando un par de arboles en mi locura sin dejar de removerme en el suelo, intentando ponerme de pie. Una nueva flecha se hunde en mi abdomen haciéndome detener mientras pasos humanos se acercan a mí dándome un tirón por el cabello, hiriéndome

— Creo que tenemos a una verdad — Son las últimas palabras que comprendo antes de que un nuevo golpe me nuble la mirada.

Puedo escuchar al suelo vibrar mientras los hombres que había maltratado hacia unos minutos se ponían de pie dejando detrás a los que había conseguido dar muerte. Uno por uno se acerca a mí y me da un punta pie, un golpe o me escupe mientras con poca sutileza me extraen las flechas, haciéndome gritar una vez más, sintiendo la ropa pegarse a las heridas producto de la sangre saliendo a borbotones.

No entiendo la plática con voces masculinas pero distingo el momento en el que atan un grillete a mi tobillo izquierdo y una risilla le sigue. No estoy preparada para lo que sigue, no puedo suponer que el extremo de la cadena está sujeto a la mano de un hombre a caballo que pica espuelas haciendo al animal moverse, arrastrándome por el bosque.

Las piedras me golpean mientras yo gimo de dolor, la tierra se mete bajo el vestido y los cortes en mi cuerpo son incontables.  Golpeo contra las raíces bajas, mi cuerpo se mueve como un trozo de trapo de un lado al otro entre el crujir de huesos que no soportan el impacto contra una roca demasiado grande o un tronco demasiado alineado en el camino. La sangre me empaña el rostro para cuando creo distinguir más voces, más ruido, y supongo que he llegado al pueblo. El movimiento se detiene y deja que mis oídos se recuperen un poco mientras mis ojos recuerdan como funcionar precariamente.

Entonces puedo distinguir el sonido atronador: Gritos, vítores. Los vecinos que conocía de casi toda mi vida clamaban enardecidos mientras apuntaban a mis espaldas. Yo solo puedo verles con todo el odio que me siento capaz de profesar.

Las imágenes no son nítidas pero las distingo de una forma más o menos decente mientras arrastran mi ensangrentado cuerpo por el frente del templo.  Es entonces que por el rabillo del ojo capto la danzarina silueta de fuego encendido, ¿Me arrojarían al fuego solo así, a secas? Es hasta que me obligan a erguirme para atarme a un poste aceitado que me doy cuenta que hay tres hogueras preparadas y el fuego viene de una que ya ha sido encendida.

 Mis ojos se abren forzando mi visión, sintiendo el terror correrme por cada poro de la piel mientras me obligo a seguir viendo el fuego hasta que puedo distinguir a una mujer atada al poste central de la hoguera ardiendo. Su vestido consumido, la carne ennegrecida, solo su rostro conservaba algo de sus facciones en una horrible mueca que para mi horror tenía movilidad en los ojos. Era Aini.

Grito su nombre con la poca voluntad que me queda pero término escupiendo sangre. Sigo gritando hasta que un golpe me zafa la quijada haciéndome quejar de dolor mientras era atada con demasiada fuerza al poste, haciéndome sangrar mas las heridas, convirtiéndome en una mancha mitad mujer mitad ropa empapada de rojo.

 Aini, mi hermana menor, la chica vivaz que disfrutaba hablando con los arboles y cocinando, que había escogido el nombre para mi hija insistiendo en proseguir la tradición de mi madre por los nombres con relación a flores. Esa Aini yacía consumida por las llamas, eternamente inocente y condenada por ignorantes.  La furia se me escurre por la piel a la misma velocidad que la sangre mientras mi aturdida mirada baja a los pies de la hoguera viendo como un hombre acercaba el extremo encendido de una antorcha, peleando por que el aceite combustible encienda la leña verde escogida especialmente para la ocasión.

— ¡MALDITOS! ¡MALDITOS TODOS USTEDES! ¡Malditos sean y queden sus hijos, y los hijos de sus hijos! ¡Que la desgracia les siga durante años y que todos mueran de la misma forma en la que nos habéis cazado a mis hermanas y a mí! ¡Moriréis a la misma hora, sufriréis lo mismo que nosotras! ¡VOSOTROS ESTAIS MALDITOS! 

Mi voz retumba sobre todo el lugar haciendo silencio, formando muecas de horror en los presentes que reculan varios pasos  con ojos entornados en dirección a la  hoguera ardiendo y la mía comenzando a prenderse en llamas. Toso escupiendo sangre una vez más y cerrando los ojos.

Esperaba que la hemorragia me matara antes que el fuego, pero si no era así, si tendría que gritar de agonía hasta la muerte como probablemente lo había hecho mi hermana lo haría a mi manera, lo escucharían de mis labios serían carcajadas, serían mi odio vaciado sobre todos ellos, sobre todo el mundo.

Cuando el fuego comienza a acariciarme los pies me siento débil y la noche está ya puesta sobre el cielo pero no consigo ver ninguna estrella, ¿Querría decir eso que Anemone estaba viva, que estaba cerca? Mi piel reciente el calor y yo ahogo un grito antes de cambiarlo por una risa amarga.

Muerte, estas demorando en llegar.

Anemone, encuentra a mi hija.

Fiala, hermosa, perdóname.

Mundo, espero que un día ardas, que todos los hombres sobre la tierra ardan como yo lo hago ahora. Estaré viendo cuántos de esos asquerosos cobardes pueden reír a carcajadas como lo hago yo ahora.

11 Janvier 2019 08:32:51 0 Rapport Incorporer 1
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