Cuerpo de muerte Suivre l’histoire

chriscarrieri cristina peralta

Connor se apresuró a ir a Sudamérica cuando su amigo de la secundaria lo contactó. Ramiro, un reconocido vulcanólogo, lo llamó para contarle sobre un descubrimiento que cambiaría al mundo; él era un cazador de noticias; tuvo que ir. Quizás... debió pensarlo dos veces.


Paranormal Lucid Déconseillé aux moins de 13 ans.

#sobrenatural #descubrimiento #ángeles #romance
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Capítulo uno


Viajaba hacia Perú. Mi vuelo desde Canadá tocaba su fin. Me desperecé y erguí en mi asiento cuando oí por el altavoz sobre el pronto arribo a la ciudad de Arequipa; mi destino en aquel país sudamericano.

Descendí del avión para encontrarme con las modernas instalaciones del aeropuerto internacional Rodriguez Ballon; el lugar estaba atestado de gente; muchos de ellos como yo, periodistas ansiando retratar con sus lentes aquel inesperado suceso que tomó desprevenida a la pintoresca ciudad.

Al llegar a la entrada busqué con mi mirada a aquel escuálido joven de piel morena a quien había conocido años atrás en la secundaria. Después de unos minutos mis ojos lo hallaron, pero claro, ya no eran tan joven, y mucho menos escuálido.

Ramiro Torres me sonrió; la misma sonrisa sincera y humilde de siempre. Mientras caminaba hacia él pensaba que esta ya estaría extinta, pues él, un reconocido vulcanólogo, debería haber dejado atrás su innata sencillez para adquirir quizás una postura de orgullo, algo de merecida altivez, pero no, ahí, frente a mí, pude corroborar que con sus casi treinta y cinco años él seguía siendo un hombre simple.

Yo no era así. Yo soy, he sido y probablemente seré un hombre orgulloso, y no por mi carrera, la cual después de revelar aquel escándalo sexual entre el gobernador de mi país y su secretaria solo ha sabido ir en aumento, sino porque sí; porque ser humilde aburre y ser común apesta; un poco de autoestima siempre saber sumarle a la vida una chispa extra.

Al verme súbitamente atrapado en el afectuoso abrazo de mi antes compañero de estudios mis cavilaciones personales se diluyeron, y le correspondí; tal vez con un poco menos de entusiasmo.

—Connor—me saludó con un dejo nostálgico en su voz—Amigo mío..
¡qué alegría volver a verte!

Deshice el abrazo para mirarlo a los ojos, unos muy negros y brillantes.

—También me alegra verte, Ramiro—le contesté, dándome cuenta en ese instante de que en mi voz también se translucía cierta añoranza. Era lógico, por cinco años habíamos sido los mejores amigos.

Ramiro suspiró y apoyó con cariño una mano sobre mi hombro.

—¿Y cómo va tu vida? Sé que te haces cada vez más conocido como cazador de noticias, y que te casaste con una bella entrevistadora inglesa... pero dime amigo, ¿eres feliz?

Sin vueltas ni las rigurosas preguntas de etiqueta, así era Ramiro, siempre al grano, de lleno al asunto.

Sonreí mientras pensaba en la respuesta.

—Ramiro, ramiro, la felicidad es como las mareas, va y viene continuamente, no se queda por mucho tiempo, nos visita esporádicamente, pero siempre regresa—contesté, con aires de rebuscado filósofo—. Pero, puedo decir que sí... que me encuentro en un momento de mi vida en el que estoy satisfecho.

Mi amigo asintió con la cabeza, pero no dijo nada al respecto.

—Eso me alegra mucho. Bien, andando, lo que tengo que mostrarte Connor... es sencillamente increíble.

Lo miré algo intrigado por sus palabras. Increíble para un reportero sonaba fabuloso.

Cruzamos la puerta mecánica; Ramiro tomó uno de mis bolsos, y se adelantó un poco. Su vehículo, una toyota negra de vidrios ahumados, hizo sonar un ligero pitido cuando él desactivo la alarma.

Me senté en el asiento del acompañante y miré hacia afuera por la ventana, mientras Ramiro maniobraba para salir del estacionamiento.

Ni bien alcanzamos la carretera continuamos con nuestra plática. Era mi momento de hacer preguntas.

—Y... ¿a qué llamas tú increíble?—le inquirí mirándolo brevemente.

Él dejo escapar de sus labios una pequeña risa. Sabia que la curiosidad era tanto mi mayor virtud como mi peor defecto.

—A lo que aún viéndolo con tu propios ojos... no puedes creer—expuso misteriosamente; luego prosiguió—.Todo te demuestra que esa es la respuesta, pero es tan inverosímil, tan inconcebible...

—Pie grande—me reí interrumpiéndolo—, extraterrestres... una bestia prehistórica, ¿qué salió del maldito volcán?

Ramiro exhaló y me miró por un momento. Su expresión se me hizo indescifrable.

—Una mujer—susurró.

Debí poner mi mayor cara de asombrada incredulidad, porque el quitando la vista de la carretera por uno segundos la fijó en mis ojos azules.

—Las mujeres son un enigma, estoy de acuerdo, pero a menos que esta tenga cuernos, una cola de sirena, o sea el ejemplar femenino del eslabón perdido, no entiendo porque me hiciste venir en carácter de urgente—respondí algo molesto. Había dejado todo y tomado el primer vuelo a Perú después de su llamado.

»Connor algo brotó del volcán en la erupción... algo que cambiará todo»

—No, no tiene ninguna de esas características—continuó con su acostumbrada impasibilidad—.Es una mujer normal, o lo fue estando viva, ahora es algo más.

Maldije por dentro, pues sabía que a Ramiro no le gustaban los improperios (los cuales yo utilizaba seguido) ¡Porque tanto maldito misterio!... y más viniendo de él, el hombre más directo que había conocido en mi vida.

—¿Algo más?—repetí sus ultimas palabras, y en ese instante una incomoda sensación se instaló en mi pecho. Una corazonada como le dicen, aunque dentro de mi se sintió más bien como una advertencia.

No sé si fue el tono que mi amigo usó, o eso que me decía sin terminar de decirme, pero... algo me pedía que no escarbara más y volviera sobre mis pasos; que tomara el primer vuelo directo hacía mi ciudad y dejara aquella pregunta sin una respuesta.

¿Qué salió del maldito volcán?

Deseé como nunca antes ser un hombre prudente y cauto; un hombre que presta oído a su propia intuición, y no un insensato temerario que es lo que soy; realmente lo deseé, pero a veces no nos alcanza con desear.

Mi último interrogante no obtuvo una contestación por parte de Ramiro. Lo noté ensimismado; quizás también debatiéndose entre continuar involucrándome o no en su reciente hallazgo.

—Quiero verla—dije sin vacilar.

Este soy y esto hago, no hay en mi vida ni en mi profesión lugar para los titubeos.

—Lo harás... ahora mismo te llevo al Instituto a verla, pero Connor—así empezó su advertencia—, esto, lo que verás, lo que puede significar, o más bien lo que yo creo que significa, puede cambiar por completo la forma en la que ves el mundo, tus creencias, tu fe.

¿Mi fe? sonreí... mi fe solo estaba radicada en lo que se podía comprobar. No en un Dios al que no podía ver, ni en religiones con mil puntos de vista distintos que solo coincidían en algo" haz lo que te decimos que dice Dios que hagas o tu final sera maldito, ardiendo entre llamas que nunca se apagan"

No. No tengo fe, por lo menos no "esa clase de fe"

—Creencias, fe... me conoces Ramiro y sabes bien lo que creo, o debería decir tal vez, en lo que no—respondí extrañado por su observación—.Sea lo que sea que hayas descubierto no me perturbará, así que deja ya de darle tantas vueltas al asunto y háblame como siempre lo haz hecho, sin rodeos.

Una pequeña risa brotó de la boca de Ramiro; era un risa que no contenía alegría, más bien sus apagados acordes parecían teñidos de tristeza.

—Cuando lleguemos, no falta mucho. Allí lo oirás y lo verás. Quise advertirte, lo sabe Dios.

Y así concluyó nuestra plática. Luego de esa última oración que sonó a sentencia, mi amigo de años no dijo más. Yo también callé, no quise importunarlo, parecia estar muy abstraído en sus propios pensamientos.

El viaje duró unos diez minutos más. Me entretuve contemplando el paisaje. Había estado antes en Arequipa; haría unos doce años atrás, se la veía próspera, en notable crecimiento. Perdí mi mirada en sus edificaciones, las que exhibían una cierta similitud, en sus tonos claros, en su arquitectura, aun en las arboledas que circundaban cada manzana. Era bonita; folclórica. El sol resplandecía esa mañana, y el cielo sin nubes se lucía en un límpido azul. Y él, si él, pues a ese titan rocoso podía describírselo solo en masculino, se elevaba magnífico y poderoso sobre aquella atractiva región, el Misti.

Había hecho erupción hacia una tres semanas. No mucho, algo así como si el centro de la tierra diera un escupitajo, y este brotara rojo y espeso desde su interior. El Misti venía hacía algunos meses exudando gases magmáticos, como queriendo dar a conocer que estaba despierto, y hacía exactamente veintitrés días, en la madrugada de un domingo, erupcionó. El magma junto a la ceniza volcánica habian descendido solo cien metros, casi nada para la potencia de semejante monstruo, pero si lo suficiente para causar cierta conmoción, y claro está la visita de la prensa que lo había venido a retratar.

Suspiré. De nuevo aquella incertidumbre hacía eco en mi cabeza

¿Qué salió del maldito volcán?

—Llegamos—me anunció Ramiro, y yo asentí sonriendo levemente.

Bajé del auto y me estiré un poco. Las instalaciones del O.V.S, siglas que nombraban al Observatorio Vulcanológico del Sur, eran amplias, no tan modernas como habría esperado. De una sola planta, pero divididas en diferentes sectores . Afuera, unas especies de antenas parabólicas de gran alcance señalaban al cielo con una leve rotación en dirección al volcán.

—Son nuevas—me informó Ramiro detrás mío, supe que se refería a las antenas—Son de monitoreo de última generación, estamos como niño con juguete nuevo.

Sonreí y me volteé para mirarlo a los ojos. Aún encontraba su mirada apañada por un no sé qué.

—Entremos—me pidió con un gesto de su mano acompañando su invitación. Asentí, pero esperé a que él avanzara para seguirlo.

Dentro, el lugar estaba revolucionado. Distintos técnicos y profesionales conversaban mientras comparaban resultados escritos y señalaban en las pantallas. Otros hablaban por teléfono, algunos escribían con ligereza en sus computadoras. Todos parecían muy ocupados.

—Te presentaré más tarde, ahora acompáñame—me dijo Ramiro, distrayéndome de mi observación.

—Primero lo primero—respondí por decir algo. La verdad es que la intriga me estaba matando.

Lo seguí por un pasillo que se me hizo bastante largo, tal vez era solo el efecto de lentitud y distancia que causa la ansiedad. En la marcha observé una asombrosa cantidad de puertas con el nombre del área de investigación que efectuaban en sus marcos. Todo sonaba tan complicado como interesante. Al final de ese interminable pasillo había una puerta de acero amplia, de dos hojas. Ramiro tomó una llave de su abultado manojo y abrió la puerta.

Mi primera impresión fue que ese cuarto estaba a una temperatura mucho más baja que la del resto. También se veía con claridad que toda la tecnología utilizada allí era de punta.

—A veces...—empezó a explicarme Ramiro girándose para verme mientras se apoyaba en la esquina de una mesa cromada—Encontramos especímenes insólitos en nuestros recorridos de investigación en la cumbre. Nada espectacular, por lo menos no para el simple observador, pero si peculiares, seguramente por el efecto de las temperaturas extremas en las que habitan... pues bien, las traemos aquí, las estudiamos y catalogamos. Tenemos nuestra cámara de frío, e instrumentos de examen, los que usamos para este fin, ¿me sigues?—me cuestionó y asentí velozmente—.Lo que hallamos hace dos semanas cuando recorrimos la zona de erupción esta vez, fue distinto...

—Una mujer—interrumpí, ávido de llegar al meollo del asunto.

Repito que nunca vi a Ramiro divagar de esta manera.

—Si... una mujer—afirmó él—. Joven, en sus veinte, completamente desnuda. Sin señal alguna del motivo de su deceso, por lo menos no a simple vista; el que corroboré al chequear sus inexistente signos vitales, pero, más allá del obvio hecho de hallar un cadáver a semejante altura, lo que me dejo pasmado fue su estado. Connor, ella se veía inmaculada, impoluta, sin un rastro en su anatomía de ceniza, y ten en cuenta que en esta zona lo llenaba todo, y sin ningún otro tipo de adhesión lógica.

Lo que Ramiro me narraba era interesante, ¿que hacía aquel cuerpo en la cumbre?, ¿su muerte fue accidental o inducida?, y si fue asesinada... ¿acaso el asesino la había llevado hasta allí? era improbable, entonces, ¿alguna riña de exploradores que terminó en fatalidad?... muchas preguntas. Seguía haciéndomelas cuando Ramiro prosiguió.

—Llamé a un helicóptero para bajarla. La traje aquí, al laboratorio, mientras esperaba que las autoridades retiraran su cuerpo. Mientras tanto me tomé la libertad de darle una fecha aproximada a su deceso. No soy forense, pero conozco los rudimentos, recuerda que antes de decidirme por la geología cursé un par de años de medicina. Pues bien, mi análisis superficial dio a luz un aproximado de horas o quizás menos.

Arrugué el ceño expresando mi sorpresa.

—Tan reciente—musité, haciendo girar las poleas de mi mente a máxima velocidad en busca de posibles respuestas.

—Si—confirmó mi amigo—Pero espera a oír esto. Le envié a Karen sus huellas, ¿la recuerdas? rubia, alta, de generosas curvas, la conociste cuando me visitaste la última vez—asentí, aunque no la recordaba. Extraño dada su descripción—Ella es una oficial de la policía científica. Hace tres días recibí sus resultados. La joven es Luna Rodriguez, de veintitrés años, oriunda de la ciudad de Lima. Connor, ella murió hace diez años en un accidente automovilístico.

Abrí mi boca para decir algo pero no pude terminar de formar las palabras. Estaba atónito. Esto estaba tomando una dirección tenebrosa. La advertencia de Ramiro volvió a resonar en mi cabeza.

—¿Cómo es posible?—le pregunté arrugando aún más mi ceño.

—No lo es—sentencio él, y luego dejo escapar un largo suspiro—Pero hay más. No solo que el estado de su cuerpo con la fecha en la que falleció no concuerdan; donde se halló y el nulo rastro de ello en su anatomía, lo próximo que te mostraré es imposible.

Lo vi dudar un momento antes de caminar hacia el extremo de la habitación en la que estábamos. Allí se aproximó a lo que parecía una caja metálica rectangular empotrada en la pared. Esta tenía un botón rojo, y una luz parpadeante del mismos tono. Ramiro presionó el botón y la luz se volvió verde al mismo tiempo que del artefacto brotó un breve sonido agudo.

—La cámara de frío es algo pequeña... no esta diseñada para albergar cuerpos humanos—me explicó Ramiro antes jalar de la manija. Contuve el aire, mis latidos comenzaban a acelerarse.

Un voluta de aire frío acarició mi rostro al abrirse la cámara. De ella surgió una mesa metálica de un metro y medio aproximadamente. La joven cabía justo.

Era bonita. De piel rosada salpicada de pecas. Su cabello era de un tono medio entre rojizo y anaranjado. Su anatomía, como bien dijo Ramiro, se veía impecable. Lo que más me llamó la atención fue la expresión de sus labios, se veían tensos, apretados en un rictus amargo que a mi parecer evidenciaba una muerte dolorosa y lenta, aunque a simple vista no había señal de ello.

—¿Lo notas en su expresión?—me preguntó mi amigo. Susurré un si—Sufrió mucho, pero no hay pruebas físicas de la causa.

Lo miré, sé que dejaba lo más impactante para el final. Podía notar su pecho subiendo y bajando rápidamente, resultado evidente de su ansiedad.

—No tengo autorización para hacerle ningún tipo de examen...—me comenzó a decir él con la mirada baja. Sabiendo lo que diría lo interrumpí.

—Pero aún así lo hiciste.

Rió un poco. Nos conocíamos bien.

—Quería probar un punto—se justificó, gesticulando con las manos—Le hice un pequeño corte a la altura de la muñeca.

Mis ojos viajaron en el acto a una de las muñecas de la joven. Luego a la otra. Nada.

Lo miré con la evidente pregunta trasluciéndose en mi mirada.

—No, el corte no está—respondió confirmando mi apreciación—También desapareció el que le hice anteayer. Este era mucho más amplio; en una de sus piernas.

Nuestras miradas se encontraron. No había una explicación lógica para esto. Desde ese momento el descenso hacia lo sobrenatural daba inicio.

—Y hoy...hoy debería faltarle el brazo izquierdo—continuó con la mirada en ella y una sonrisa perdida—.Pero ahí esta... regenerada por completo, de nuevo.

Silencio. No es fácil hallar las palabras adecuadas en un momento como este.

¿A quién había hallado Ramiro?, ¿o a qué? Aun la pregunta persistía sin una contestación certera, ¿qué maldita cosa salió del volcán?... una nueva interrogante se formó en mi mente.

—¿Cómo sabes que salió del volcán? La encontraron, según me dijiste doscientos metros abajo en la ladera—inquirí . Aunque eso no parecía ser lo más relevante, ¿o si?

Otro suspiro salió de la boca de Ramiro. Empujó la mesa nuevamente hacía adentro quitando de la vista el cuerpo sin vida de la enigmática joven pelirroja.

Caminó unos pasos. Se sentó en una silla negra detrás de su pequeño escritorio de caoba. Me indicó con un gesto de su mano que también tomara asiento. Lo hice.

—Sé que es esto... aunque mi mente científica se revela contra este conocimiento—comenzó. Expectante, me acomodé mejor en mi asiento—Solo tuve que unir los puntos y la imagen completa se presentó frente a mis ojos. Esto que ves aquí, ella... tiene lo que se llama en los libros sagrados, un cuerpo de muerte.

—¿Un cuerpo de muerte?—repetí. Por alguna razón conecté ese nombre a las clases de catequesis en mi temprana adolescencia.

—Sí... y estos solo están diseñados para un fin y un lugar—respondió él, su mirada en mi dirección, viéndome sin ver.

Tragué grueso, aunque, si hablábamos de lo mismo, esto era algo en lo que yo no creía. Absolutamente imposible, absurdo, fantasioso.

—¿Crees que dentro del Misti esta...?—le pregunté dejando en el aire el final. Ni siquiera lograba nombrarlo. Era impensable que fuera real.

Ramiro me miró. Esta vez realmente viéndome. Sus ojos negros encontraron el azul de los míos en una mirada penetrante.

—Lo creo—admitió, cortando el aire de la habitación con la seguridad de aquella afirmación que a mí se me hacia descabellada—Connor... debemos bajar allí.

¿Bajar a un volcán que hizo erupción apenas tres semanas atrás?, ¿para hallar un lugar que si existiera..? Si existiera...

¿Dije antes que soy un temerario insensato?

16 Décembre 2018 21:22:40 0 Rapport Incorporer 5
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