El Sonido De Los Hogares Rotos Suivre l’histoire

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Cuando criminales, veteranos, celebridades y desconocidos cumplen sus metas en la vida, y no les otorga la satisfacción que esperaban, emprenden una búsqueda para encontrar la felicidad. O lo que creen que es, al menos. Novela coral contada desde el punto de vista de varios personajes que tienen un papel importante en un conflicto interno que azota su país.


Drame Interdit aux moins de 18 ans.

#depresión #Vagabundos #crimen
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EL PASAJERO


                                                      I. EL PASAJERO

                                                           (LEÓN)


   La noche que me convertí en vagabundo, soñé que era un niño de nuevo. Y desde entonces, se ha convertido en rutina. Todos los días, cuando encontramos un lugar para dormir, tengo la misma imagen reproduciéndose en mi cabeza. Nunca me había pasado, porque no dejé de ser ese niño hasta hace poco. O eso creo. No estoy seguro de en qué momento termina una etapa, ni cuando inicia otra; la niñez, la adultez, todas se mezclan en mis recuerdos. Y aun así hablo como un anciano atormentado, arrepintiéndome de cada cosa que hago, y disculpándome por cada cosa que digo.

   Como sea, el sueño fue bueno. Era como si alguien lo hubiera reiniciado todo, y yo fuera el único que lo supiera. Una segunda oportunidad para hacer mi vida desde el principio. Regresaba a casa, con mis padres y Alina, aunque ella debía ser un bebé rosado y babeante en esos días. Lo más extraño es que estaba idéntica al día que la desposé, con el color en las mejillas y el cabello arreglado en una torre erguida sobre la cabeza, del modo que le gustaba. Claro, eso tenía lógica mientras dormía. No protesté, ni pregunté.

   Despertar fue lo peor. Amanecí desorientado, sin entender porque estaba en una banca del parque y no en la cama de mi cuarto. Cuando bajé la vista hacia mis manos mugrosas, lo recordé todo: No era ningún niño; era un hombre sin hogar, decrépito, perseguido por fantasmas, y con todas sus oportunidades agotadas. También regresó el dolor de espalda. Dormir en el pavimento húmedo no ayudó a que mejorara en los siguientes días.

   Benjamín me llevó a una intérprete de sueños cuando mi subconsciente persistió en mostrarme de niño. Acepté, más como un favor a él que hacia mí. Me caía bien, fue amable al sugerirlo, y no quería ser grosero.

   —Te podría dar respuestas —me dijo, en un intento de que me agradara la idea, como si no me hubiera convencido ya. Además, no tenía nada más que hacer en ese día. Ni en los siguientes, si en esas estamos. Cuando vives de mendigo, tu agenda siempre está vacía.

   Atravesamos ciertas calles que nunca había visto en mi vida, a pesar de tenerlas tan cerca. Un laberinto de callejones, con puestos y comercios donde vendían las cosas más extravagantes, que ni siquiera yo conocía de mis días de contrabando. Las nubes de incienso pasaban frente a mi cara dejando una estela de olores variados, y hasta podía saborear en el aire los insectos crujientes que se vendían ahí. Animales vivos y muertos, pieles, miembros humanos, plantas y hierbas medicinales, que yo conocía por haberlas fumado. También estaban los que ofrecían servicios: Magia negra, amarres amorosos, y una mujer que aseguraba curar la disfunción eréctil en solo una noche dentro de sus sábanas. Todo eso lo pasamos de largo, y llegamos al final del mercado, donde la intérprete dormía.

   La mujer se asustó cuando me vio entrar. Dijo que una terrible desgracia había caído sobre mí, y estaba maldito. Pero cualquiera que me viera la cara sabría de la terrible desgracia en la que vivía. También mencionó que apestaba a muerte. No recuerdo si lo dijo porque mi fin estaba cerca, o por todas las personas a las que asesiné. Le costó mucho a Benjamín calmarla y que dejara de rezar. Y aún más hacer que nos atendiera por la verdadera razón a la que fuimos. No necesitaba de ella para saber que apestaba a un cuerpo en descomposición. El olfato aún lo conservo.

   La gitana hablaba poco del idioma. Algo muy acertado, porque poco de lo que dijo valió la pena. Según esta vieja loca, un ente me mandó estas visiones, pero aseguró que no lo hizo con la intención de que sucumbiera ante la nostalgia. Más bien, como una señal para que recuperara mis antiguas ilusiones. Un llamado de atención para invitarme a ser feliz otra vez. Yo digo que no hace falta vivir en cobijas apestosas y tener el cabello enredado para adivinar lo que significa verte de niño mientras duermes. Yo mismo me invito a ser feliz, pero no es fácil serlo, como tampoco lo fue explicarle a la zarrapastrosa que no teníamos ni una moneda por su servicio.

   También insistió en que yo iniciara un viaje, y mencionó algo relacionado a una «ciudad de tela», como dijo ella, pero en esa parte no presté mucha atención. Dijo que ahí encontraría mi pasado.

   Además, el supuesto ente que me mandó esos sueños debe ser uno muy cruel, o uno muy imbécil, para incitarme a recuperar mis ilusiones, cuando estoy en la posición que estoy. Si puede controlar lo que sueño, debe poder mirarme de igual manera, y si es así, sabe que ya es muy tarde para mí. O tal vez disfrutaría verme fracasar y por eso lo hace.

   Salí del local igual de como entré, y Benjamín parecía un poco avergonzado de haberme hecho entrar, aunque no fue desperdicio de tiempo, porque no tenía nada en que invertirlo.

   —No sé qué le pasó —me dijo—. Siempre es algo teatral, pero esta vez se excedió…

   —Déjalo —interrumpí, sin darle importancia al asunto—. Está loca.

   Regresamos en la noche a un parque de dominio público, en mitad de una intersección donde varias avenidas se unían en una sola. Personas como nosotros se habían armado un campamento improvisado alrededor de una estatua de un ídolo ya olvidado. Donde debía estar la placa con su nombre y logros, sólo había cobre gastado, e inscripciones ilegibles. Algunas noches prendían una fogata y nos bebíamos el licor sobrante con el que avivaban el fuego. Esa era una de esas.

   Con palos de escoba extendían lanas y mantas sobre sus cabezas, para dar la ilusión de estar rodeados por cuatro paredes. Cada uno tenía su propia casa con mantas y laminas.

   —León Reyes y ¨Benjamón¨ —saludó Horacio cuando nos vio aproximarnos a las llamas—. Ya se habían tardado en aparecer. Hoy los vieron en el mercado negro, muchachos. ¿Es cierto, o los confundieron con caballeros igual de galantes?

   Los demás ya habían formado un círculo en torno al fuego. También empezaron a beber sin nosotros.

   —Nadie nos confundió. Éramos nosotros —afirmó Benjamín mientras nos sentábamos.

   —¿Puedo preguntar qué asuntos los llevó allá?

   —Nuestro buen León aquí no puede dormir bien ni una sola noche. Visitamos a la intérprete para que lo ayudara. Los sueños lo atormentan a diario.

   —En realidad mis sueños están bien —dije yo—. Es el resto del día el que me da problemas.

   Horacio nos alcanzó la botella, ya a unas de gotas de estar vacía. Sabía a todo menos a licor, pero empiné el codo. No tenía dinero, pero eso no significaba que no pudiera emborracharme como el resto. Así que bebimos a la salud de los presentes.

   —No necesitas un intérprete para dormir tranquilo —me dijo Horacio—. Necesitas irte de aquí.

   —¿Irme?

   —Sí. Si no duermes tranquilo es porque no vives tranquilo. No hay lugar para nosotros aquí, León. —Bebió un largo trago de una botella secreta—. Hay una ciudad donde dicen que todo el mundo es feliz. Una ciudad en mitad del desierto, con mejores oportunidades que las nuestras, según oí. Una ciudad de tela, la llaman. ¿Viste las caravanas con todos esos migrantes en el centro? Pues se dirigen para allá, no a la frontera, como han hecho tantos años. Por primera vez.

   —Suena a que es un invento.

   —Un invento, sí. Pero ¿de quién? —Me sonrió como un cómplice—. Nosotros partimos en cinco días para averiguarlo. Deberían acompañarnos.

   —Tendría que pensarlo —respondí con sinceridad.

   —¿De verdad? ¿Tienes un buen trabajo que no quieres dejar, una familia que procurar, o una vida demasiado buena para arriesgarla? —carcajeó en mi cara, dejando su opinión bien clara—. No te mientas, León. ¿Para qué quedarse? No dejas nada aquí.

   En realidad, lo estaría dejando todo aquí. Por estúpido que me escuchara, aún tenía la esperanza de encontrar a mis padres, o a Alina entre las calles. Cuando me permitía fantasear con el reencuentro, ellos me reconocían al instante, y lloraban al verme, pidiendo perdón. Pero cada día la esperanza era más lejana. Ya habían pasado tres meses desde que dejé la prisión, y nadie fue a recogerme. Cuando fui a buscarlos a sus casas, ya no vivían ahí. Pero, aun así, tendría que pensarlo. Ellos podían estarme buscando, y si me la pasaba moviéndome de un lado a otro, jamás nos encontraríamos.

   Tal vez valdría la pena intentarlo, solo para ver si eso me ayudaba a dormir tranquilo. Pero sabía que no era así. Lo único que me podía hacer feliz estaba ahí en la ciudad. No me cabía de que, en cuanto recuperara mi antigua vida, los sueños pararían, y me sentiría pleno de nuevo. 

   Horacio se levantó y dio media vuelta, de camino al baño, dándonos el espectáculo de siempre, pues el pantalón le quedaba muy grande, así que le colgaba a mitad de las nalgas. Nunca me atreví a preguntarle si lo que le cubría el culo era lodo o mierda. Podían ser ambas, pues todo el día se la pasaba recostado entre la tierra, y cuando tenían que ir al baño, solo daban unos pasos fuera del círculo para acuclillarse junto a un arbusto pelón. Al principio, cavaban un hoyo, pero ya nadie se molestaba en ocultarla.

   —Entonces se van en cinco días —retomó Benjamín, cuando Horacio regresó, con más suciedad sobre el pantalón.

   —Así es. Hice un trato con uno de los conductores, y accedió a llevarnos a todos a mitad del camino. A partir de ahí, tendremos que seguir a pie. —Acercó las manos al fuego y perdió la mirada ahí—. ¿Conoces las vías del tranvía olvidado?

   —Creo haberlas visto.

   —Pues tienes que seguirlas todo derecho, hacia el norte. Si nunca te sales del camino, no hay forma de perderse.

   —¿Es el único modo de llegar? —se interesó Benjamín, de un modo que no me gustó.

   —Pues no hay mapa, ni señalamientos que indiquen el lugar.

   —¿Cuánto tiempo toma el viaje?

   —No lo sé. Algunos dicen que un mes. Otros no están tan convencidos, y dicen que cerca de tres.

   Benjamín dudó, y por un rato no dijo más, pero yo sabía que ya había tomado una decisión. Fingí no darme cuenta. No preguntaría, hasta que él me lo quisiera decir.

   Miré alrededor, y traté de imaginarme como se vería el lugar sin todos ellos. Después mis ojos se cruzaron con la de Natalia, que se sentaba entre muchos cojines, y se envolvía en mantas para esconder su cuerpo.

   —¿Tú también irás con ellos? —le pregunté, tratando de sonar amable, y arrepintiéndome muy tarde. No sabía por qué, pero siempre que le hablaba, notaba como mi voz se transformaba, del mismo modo que haría con una niña de poco entendimiento.

   —No. —Las papadas se le sacudieron cuando negó con la cabeza, y todo el obeso rostro le tembló—. No puedo.

   Estúpido de mí. Estúpido, estúpido. Fui un verdadero idiota. ¿Qué derecho tenía yo, de sentir lástima por ella? Se dio cuenta que me compadecía de ella. Pero es que era inevitable, porque cada vez que me contestaba, parecía que iba a romper a llorar de un minuto a otro.

   No tuve que preguntarle porque no los acompañaría; lo adiviné al instante. Natalia solo los retrasaría, si es que no moría en el camino. La chica era obesa hasta los límites más obscenos. Sólo podía dormir sentada, y no tenía de los cuidados necesarios para caminar.      

   Se quedaría sola.

   Y una vez más, no pude evitar pensar en Daniel. Había un poco de él en ella. Pero ¿por qué? Ambos estaban enfermos, y me ponía triste cuando pensaba en los ellos.

   Cuando todos cayeron dormidos, o demasiado ebrios para seguir conscientes, Benjamín y yo procedimos a retirarnos, como hacíamos siempre. Nunca dormíamos ahí.

   Decidí pasar el resto de la noche frente a la que alguna vez fue mi casa. O una de ellas, al menos. Siempre tuve curiosidad de saber qué había pasado con mis propiedades. Todo lo que alguna vez fue mío, quedó al nombre de Alina, pero al parecer lo había vendido para sobrevivir, porque todas las casas que visité estaban ocupadas, como la que tenía en frente.

   La última ventana del edificio estaba iluminada por una luz tenue de vela, donde debía estar mi cuarto. Tenía una necesidad insana de conocer a los dueños.

   Recargamos la espalda en la fachada de una tienda, donde solía comprar comida, y encendimos un cigarro.

   —¿Ya lo pensaste? —me preguntó Benjamín al fin.

   —¿Qué cosa? —dije yo, disimulando.

   —¿Nos vamos con ellos?

   —No estarás hablando en serio.

   —Esta no es la primera vez que escucho de esa ciudad —reveló, sujetando el cigarro, mientras yo lo veía ansioso porque fuera mi turno—. He conocido gente que partió hacia allá, bajo la promesa de una vida mejor. Dicen que hay trabajo para todos, pero jamás debes preocuparte por el dinero, y que hay una pareja para cada uno, si es que te limitas a querer solo una. Parece que la cosa es muy libre respecto a lo de hacer el amor.

   —No hay nada para nosotros allá.

   —Y tampoco aquí.

   Me la estaba poniendo difícil, pero no podía decirle de un modo tan directo que no quería quedarme solo de nuevo. Si él se iba, igual que los demás, ¿qué sería de mí?

   —¿Tu hija, no es nada para ti? —espeté—. ¿Y tu mujer?

   —León, mi familia no quiere dirigirme la palabra. Ellas saben que estoy aquí, sólo que no les importa. No te estoy obligando a que vayas conmigo, pero al menos yo debo intentarlo. Debo darme una oportunidad de ser feliz. —Me entregó el cigarro al fin, pero ya no estaba tan gustoso de una calada después de todo.

   Que Horacio y su micro sociedad lo pensaran era una cosa, pero Benjamín, una muy distinta. Ellos nacieron y vivieron de este modo, no conocían nada mejor, claro que les iba a emocionar la idea de buscar algo nuevo. Pero él era cómo yo, ambos habíamos dejado una buena vida atrás. No necesitaba perseguir una estúpida ciudad para ser feliz; necesitaba recuperar lo que era.

   —Un día de estos encontraré a mi familia —dije, sonando más imbécil de lo que temí, melodramático, y poco convincente. No fue hasta que las palabras llegaron a mis oídos, cuando supe que estaba mintiendo.

   —Perdona que no esté de acuerdo, León, pero si te quisieran ver, habrían ido por ti el día que saliste de prisión —señaló, siendo tal vez demasiado directo. Tenía un punto pero no lo iba a admitir frente a él—. No me burlo de ti, pequeño León, pero ¨Un día de estos¨, dijiste, y se está tardando en llegar. —Suspiró, y de repente estaba muy serio—. Si te digo esto, es para que te hagas menos daño, amigo. Si sigues esperando que un día las cosas sean distintas, sólo quedarás decepcionado.

   —Si me quedo todo el día aquí sentado, sí, jamás serán distintas.

   —Por eso mismo nos iremos, León.

   No dije nada. Ya ni siquiera estaba seguro de por qué discutíamos, o qué defendía.

   —No necesitas decidirlo mañana —me dijo relajado, haciéndome sentir avergonzado por haberme excedido un poco—. Puedes alcanzarnos después, cuando estés listo para partir.

   Benjamín cubrió un bostezo con el dorso de la mano, y se dio la vuelta acurrucándose. Se abrazó con la manta, y no dijo nada más. Al poco rato, ya estaba roncando.

  Di otra larga calada al cigarrillo y sostuve el humo, esperando que durara un poco más. Era el último del paquete.

   —Tal vez tengas razón —decidí al fin. Pero no me escuchó.

   ¿Qué podía hacer una persona como yo, a continuación? Nunca me había sentido tan desorientado y confundido como esa noche. No quería irme, porque significaba abandonar la esperanza de encontrar a mi familia. Sería rendirme. Pero si me quedaba, estaría renunciando a una oportunidad mejor, y sería el único, junto con Natalia, que se quedaba atrás. Estancado. Y ya había vivido de ese modo mucho tiempo.

   Tanta incertidumbre y tanta presión por decidir me dañaron el estómago que rugió. También era el hambre, pero a ese dolor ya estaba acostumbrado.  

   Exhalé sin esperanzas el humo. Ya sólo eran cenizas adheridas a una colilla amarillenta, así que lo arrojé al charco que estaba junto a la acera, y escuché como se apagaba. Casi al instante tuve la necesidad de otro. Con uno bastaba.

   Por suerte, el sueño me venció antes, y por una noche terminé descansando sin sentir frío en las costillas.

   Soñé con mi familia, pero en especial con Alina. Con ella soñaba más.

         

                                                      *

Cuando estaba por llegar a la mejor parte, me sacudieron por el hombro, y al despertar, el rostro inquieto de Benjamín me recibió, junto con la realidad. Como una bandeja de agua fría en la cara.

   —Nos están observando —dijo él con una seriedad que nunca le había visto. 

   Benjamín era cuarenta años mayor que yo, pero podía apostar que nos veíamos igual. Llevaba la misma chamarra abultada desde mucho antes de que lo conociera, no tenía los dientes completos, y una barba gris rodeaba su rostro aplastado y moreno. Lo que le faltaba de cabello en la cabeza, lo compensaba en la barba espesa. Aunque su calvicie no era absoluta, porque tenía mechones de un lado, y en otros no.  

   Aún era de noche. A mi criterio, no habían pasado más que un par de horas desde que me venció el sueño. Y en efecto, del otro lado de la calle, una estatua humana observaba, con una aura de silencio. En la postura arrogante, con la que se erguía sobre el pavimento, adiviné sus intenciones: Quería desesperarme. Y estaba por lograrlo.

   «Sabe quién soy», supe al instante, y no necesité verlo dos veces para estar seguro.

   —¿Deberíamos irnos? —preguntó Benjamín en una calma que, seguro, estaba lejos de sentir.

   —Hay que esperar.

   No se lo dije, pero, aunque nos moviéramos, ¿a dónde iríamos?

   Al minuto, llegó un nuevo vigilante, al lado del otro, haciendo una formación. Después, se les sumó un tercero. Ninguno hizo nada, salvo aguantarnos la mirada. El cuarto apareció sin que nos diéramos cuenta. Llevaban esmóquines cafés y unos mocasines muy bonitos. Ocultaban las manos dentro de sus bolsas, y los rostros, detrás de sombreros, inclinados un poco hacia adelante.

   A pesar de tener el calor cercano de Benjamín, seguía siendo una noche en particular fría. Aun más que las anteriores, pero no tanto como las que vendrían: No podía asegurarlo, pero pronto sería invierno. Me basaba más en el frío que en otra cosa, porque ignoraba en qué día vivía.

   Sin embargo, la vista de la luna, tan nítida y amarilla, compensaba el gélido viento nocturno. Hasta se podían ver los cráteres lunares con la misma claridad que en un telescopio.

   La calle vacía tenía olores fantasmas, los que se quedaban del día, cuando era de las avenidas más transitadas. El hedor del sudor y la orina rancia impregnaban el aire que respiraba. ¿Qué tan bajo tenía que caer un hombre para conocer el olor de la orina rancia? También sentía el suelo áspero, pero eso podían ser las hemorroides, porque sin importar en donde me sentaba, el hoyo del culo me escocía.

   —Creo que ya esperamos suficiente, muchacho —dijo Benjamín—. Ya hemos visto todo lo que teníamos que ver.

   —Si corremos, es seguro que nos atrapan.

   —No tanto como si nos quedamos aquí.

   —Créeme, sería más fácil echarme a dormir de nuevo, que intentar huir. Ya no me funcionan las piernas como antes.

   —Tienes razón —concedió Benjamín inexpresivo—. En realidad, al que buscan es a ti. Yo podría caminar a su lado, y desearles las buenas noches mientras me voy.

   —Pero, entonces, volvería del infierno a atormentarte.

   —Sí, bueno, siento que es mejor a lo que sea que ellos estén planeando hacer con nosotros si me quedo a defenderte.

   Tenía razón. Y ambos lo sabíamos, pero Benjamín se limitó a sonreír, pese a las circunstancias. Era una de las razones por las que me gustaba tenerlo cerca. De verdad lo echaría de menos cuando se fuera.

   ¿A quién podíamos acudir? No había nadie en las calles porque todo el mundo dormía. Sólo nos arrinconaríamos en un laberinto de callejones que aún no podía recordar. Les estaríamos haciendo un favor a ellos.

   Ahí nos quedamos como imbéciles todos, viéndonos, en extremos opuestos de la calle. Cuando uno de ellos levantaba el brazo, o movía un músculo, yo contenía el aliento, asegurando que ya sería el momento en que se aproximaran a nosotros. Pero el momento nunca llegó. Ya estaba exhausto de nuevo, cuando pasó solo una hora, y eso que estaba sentado. Los cuatro, seguían de pie, y se veían de lo más relajados. Me atrevo a decir que, más que relajados, satisfechos. No iban a ceder.

   El amanecer tardó demasiado en llegar. Cuando el cielo se tornó azul y rosa, los vigilantes se empezaron a ir, de uno en uno, del mismo modo que llegaron. La calle se empezó a llenar, y nosotros igual tuvimos que irnos, pero apenas y podíamos mantener los ojos abiertos.

   Los siguientes días tuvimos que dormir por turnos. La primera guardia le tocaba a Benjamín, que me despertaba en mitad de la noche, para que lo relevara. Pero dormir sabiendo que eras vigilado era mucho peor que aguantarle la mirada a los bastardos durante la noche, rezando que llegara el amanecer. Pronto, los sueños de mi niñez se vieron reemplazados con pesadillas de ojos vigilantes y ciudades que sangraban en llamas.

  Supe que debían odiarme de verdad para pararse frente a nosotros todas las noches, o mínimo recibir una buena cantidad de dinero por vigilarnos hasta el amanecer.

   El día que nos atrevimos a movernos, ellos también lo hicieron. Nos siguieron, con su buena distancia de separación, pero encajando las botas en el pavimento, para que escucháramos los pasos. Yo llevaba unas sandalias con la suela tan gastada, que podía sentir el suelo áspero en las plantas de los pies, y Benjamín iba descalzo. Por esa razón no avanzamos mucho, hasta caer cansados en el suelo. Cuando nos detuvimos, ellos también lo hicieron. No lo volvimos a intentar. Pero aparte de seguirnos, no hicieron nada más.

   Con cada día que pasaba, Benjamín se convencía más y más de iniciar nuestro viaje. Y yo, después de todo, no creía que fuera tan mala idea dejar esa ciudad de mierda.

   Al cuarto día, en la mañana, fuimos al albergue, con la idea de dormir bien aunque fuera un día antes de partir. Sabíamos que después de eso no tendríamos oportunidad. Pero antes comimos para compensar los tres días de barriga vacía.      

   No era la primera vez que íbamos, así que compartíamos la mesa de siempre y masticábamos bocados desde nuestras charolas con cubiertos de plástico. Era de los pocos comedores populares que sí variaban sus guisos cada día, así que a la hora de la comida siempre estaba lleno.

   El olor impregnado de sudor y comida era característico de la hora, en la que todos se apuraban para alcanzar su porción. Había mucho movimiento, y un escándalo enorme, pero se escuchaba una conversación distinta por mesa.

   —Tengo que ir a cagar —me dijo Benjamín, cuando se puso de pie—. Ya no recuerdo cómo se siente tener un inodoro bajo las nalgas. —Después se quedó callado—. Y después de mañana, dudo que lo vuelva a saber en toda mi vida.

   Se fue, y yo le aparté el lugar mientras daba sorbos a la sopa. Aun fría, sabía bien. 

   El lugar estaba abarrotado de gente todos los días, pero me las arreglaba para recordar cada rostro.

   Estaba el niño que siempre envolvía un poco de guisantes en servilletas, para llevarle a su padre, que dormía en la intersección a dos calles, conocido por ser esquizofrénico. A una mesa de la nuestra, el abuelo que nadie sabía su nombre, porque lo cambiaba todos los días, tragaba escandalosamente, moviendo las encías con violencia. Cuando ya había masticado todo, se sacaba la comida de la boca, y la hacía bolita, para dejarla pegada sobre la mesa. También estaba la mujer que mojaba algodón en pintura, para poder inhalarlo después.

   —Es como tomar mucho tequila, pero te marea más rápido —nos explicaba ella con entusiasmo, siempre que la veíamos. Cargaba a su bebé en cobijas mugrientas, y cuando podía, le compartía un poco de inhalante al niño, que no protestaba, pero tampoco parecía darse cuenta, con una mano colgando fuera del manto y la mirada en otro lado, mientras le cantaba y lo acurrucaba en su regazo. Cada día estaba más grande.

   Los conocía bien, y encajaban en la descripción que me dio mi madre de «personas a las que no debes acercarte». Pero no todos. Estaba el maestro que, cuando podía, compraba gelatinas y le enseñaba algo nuevo cada día al que quisiera escuchar. No dormía en la calle, pero nos explicó que, la única razón por la que tenía un departamento, era por su difunta esposa, quien le heredó la propiedad. Me caía bien, y usaba la misma loción que mi padre. Así que me gustaba sentarse cerca de él. También estaban los hombres decentes que terminaron tan adeudados como para mantener una casa, pero a la hora de la comida se mostraban siempre alegres. Y claro, estaba Benjamín, el único que consideraba amigo de verdad.

   Sí, me las arreglaba bastante bien para recordar cada rostro. Por eso, supe al instante que los forajidos de la mesa de enfrente nunca había ido. Eran dos. Además, no tocaban su comida. En realidad, ni siquiera le hacían caso. Pero vaya que me hacían caso a mí. No me quitaban los ojos grises de encima.

  Había una jarra con agua de piña, y me serví un vaso. Por algún motivo, los dos de enfrente se lo tomaron como una invitación para acercarse. Uno de ellos me sonrió, y el otro se limitó a seguirle los pasos. Parecía que estaba de moda eso de andar en grupito.

   —¿Puedo sentarme? —preguntó el de la sonrisa idiota, mientras arrastraba la silla de nuestra mesa, y después se sentaba. El otro imitó sus movimientos.

   En qué buen momento se le ocurrió a Benjamín dejarme solo.

   Yo ya estaba harto de ser perseguido y seguirle el juego a otros, así que ni siquiera respondí, y traté de disfrutar mi filete. Ya cuando iba la mitad, me di cuenta qué no había probado un solo bocado de carne en siete años. Pero no dejé que se me llenaran los ojos de lágrimas frente al extraño.

   —Me dicen que tienes problemas para dormir, León, sí —dijo el forajido.

   Al principio me asusté. No tenía ni idea de cómo se había enterado de mis sueños. Después, me asusté aun más, cuando caí en la cuenta de que conocía mi nombre.

   —¿Qué clase de problemas? —disimulé yo, poniendo cara de idiota como la suya.

   Este rio. Tenía voz imperiosa, y un reloj de oro rodeaba su ancha muñeca.

   —Yo no podría dormir bien si me vigilaran todos las noches.

   —Ah, eso —dije, algo aliviado por no tener que hablar de mis sueños frente a él—. Sí. Bueno, solo han sido cuatro días. Pero, la verdad, son como las moscas que te zumban al oído. Uno se acostumbra.

   Este volvió a reír, en demasiada confianza, como si de verdad fuéramos viejos amigos que se veían con regularidad.    

   —Debo ver que expresión pone el viejo Quetzalcóatl cuando se entere que lo comparaste con una mosca.

   —¿Quién?

   —El hombre que te persigue.

   —Ah. —Tragué otro bocado de la jugosa carne—. ¿De verdad se llama así?

   —Eso dice él. Se lo toma muy en serio.

   —Me imagino.

   Hubo un silencio que se podía tomar como incómodo, pero yo aproveché para enfocarme en mi comida, y distinguir cada sabor por separado. El arroz con guisantes hervidos, puré de papa, y el filete medio cocido. Fue una suerte que llegáramos ese día, porque no siempre se pueden dar el lujo de comprar carne. Y todo por once monedas, que invitó Benjamín.

   —¿Sabes? —prosiguió el intruso, inclinándose hacia delante—. Lo único que le impide poner sus manos encima tuyo, soy yo, sí.

   El arroz estaba ligeramente quemado, pero así sabía mejor.

   —¿Te debería agradecer?

   —Eso depende.

   —¿De qué?

   —Si vas a malgastar tu talento quedándote del modo que estás el resto de tus días, no me debes nada.

   —¿Y en qué debería estar gastando mi talento? —pregunté, haciendo énfasis en esta última palabra aduladora.

   —En lo que naciste para hacer, claro está —dijo él—. Si te soy sincero, la pobreza no te sienta bien. He conocido a gente que sí, como tu acompañante, por ejemplo, pero a ti no.

   —Hablas como si nos conociéramos.

   —No, claro que no. Una persona como tú jamás se distraería en los de mi clase, claro, pero yo me fijaba mucho en ti, sí. Recuerdo que en el patio de la escuela jugaba a los pistoleros. «Soy León El Indomable», alguien decía. «¿Sí?, pues yo soy Ian Solís», otro gritaba, mientras nos perseguíamos por toda la escuela. Y nadie quería ser el policía. Cuando creces en un barrio como el mío, donde los padres abandonan a las madres, tienes que mirar hacia arriba para buscar ídolos. Todos queríamos ser como tú, sí.

   «¿Y aún quieren serlo?», quise preguntar, pero otra duda acudió a mi mente.

   —En tres meses, ni una sola persona me ha reconocido. ¿Cómo lo lograste tú?

   —Ya que estamos siendo honestos, debo confesar que no fue hasta que me senté aquí que lo comprobé. Fue Quetzalcóatl el que nos lo dijo. Debe odiarte bastante para que recuerde tu rostro, a pesar de estar tan cambiado, sí.

   Ojalá yo lo pudiera recordar a él.

   El intruso sacó un pequeño objeto brillante de la bolsa interna del saco. Lo puso en la mesa, haciendo un sonido seco, de metal contra metal.

   —Me pidió que te diera eso —explicó.

   Lo sostuve entre dos dedos para examinarlo mejor.

   Era una bala. Una bala con mi nombre grabado en ella. Hacía años que no veía algo similar a la vieja costumbre. No sabía si sentirme halagado. Alguien aún pensaba en mí, y me recordaba muy bien.

   La volví a colocar sobre la mesa, con mucha delicadeza.

   —Le puedes decir que recibí la amenaza. —Sonreí—. Muchas gracias. 

   —Bueno, ahora ya sabes lo que quiere él, pero no has oído lo que quiero yo.

   Me hacía una idea de qué era, pero lo dejé hablar.

   —Sé que has estado inactivo hace siete años, sí. Estás desactualizado, y no sabes cómo funcionan las cosas ahora. Ian Solís, tu viejo amigo, trabaja íntimamente al lado de Quetzalcóatl, el hombre que te persigue. Y ambos trabajan para Enzo, el hombre que te puso en prisión. Pero yo trabajo para Oliver, el hombre que quiere ser tu amigo.

   Ninguno de estos nombres, excepto el del Ian, significaban algo para mí. No había escuchado nada de él en años, pero tampoco podía fiarme de lo que decía un desconocido.

   —¿Y por qué tan amistoso el Oliver este? —pregunté.

   —Porque, debo admitirlo, necesitamos tu ayuda, sí. Y tú, podrías encontrar muy útil nuestra ayuda, sí.

   El interés tiene pies, decía mi madre cuando conocíamos personas así.

   —¿Qué clase de ayuda necesita de mi? 

   —Una muy simple, sí. No te podemos exigir demasiado, después de todo lo que has sufrido. Te puedes reunir con nosotros mañana, para que no tengas que darme una respuesta ahora, y ahí te daremos los detalles. Eso sí, debes pensarlo muy bien, porque, si te niegas, y estás en todo tu derecho de hacerlo, Quetzalcóatl no tendrá motivos para no hacerte daño. Solo estaba esperando a que pudiera hablar contigo.

   —No te preocupes, mañana ya no estaré aquí.

   Por la cara que puso, no le gustó nada lo que escuchó. Un poco de su amabilidad desapareció.

   —¿Qué pasa, León, no quieres recuperar tu vida?

   —Acompañaré a un amigo de viaje.

   —Irán a esa ciudad de tela de la que todo el mundo habla, ¿no es así? —Echó aire por los labios que tronaron, y se movió inquieto por la silla—. Sí, no eres el único que cree que existe. He oído a gente hablar de este lugar donde puedes ser feliz sin el menor esfuerzo. ¡Bah! Tú sabes bien que nada viene gratis. No hay mejor recompensa que la te costó. La que significa algo para ti, porque Dios sabe cuánto te sacrificaste por obtenerlo.       Me sostuvo la mirada por un rato.

   —A mi parecer, tienes tres opciones, León: Puedes ignorarnos a mí, y a tu amigo, y quedarte en la ciudad, para que esa misma noche, Quetzalcóatl te ponga esta bala dentro del cuerpo. —Con un dedo gordo, empujó la piedrita de oro por la mesa hasta mí—. Puedes acompañar a tu amigo a perseguir fantasías por el desierto, y terminar muriendo de sed, de inanición, o simplemente de aburrimiento; o, puedes ayudarnos a nosotros, y empezar a recobrar lo que alguna vez fuiste.

   El hombre cuyo nombre nunca supe durante toda la conversación se puso de pie, y acomodó su vestuario, listo para partir.

   —Renuncia a tu vida, León, y te daremos cien mil al mes por el resto de tu vida.

   Para cuando Benjamín regresó, ellos ya se habían ido y mi charola estaba vacía.

   —Provecho —dijo, tomando asiento.

   Empezó a comer con entusiasmo, y suspirando de placer entre bocado y bocado. Después de un rato, cayó en la cuenta de que yo no comía, así que giró la cabeza para ver por qué, y al notar mi expresión, frunció el ceño y dijo:

   —¿Me perdí de algo?


3 Décembre 2018 19:34:49 0 Rapport Incorporer 0
À suivre… Nouveau chapitre Tous les lundis.

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