u15394356041539435604 Tarcisio Luna

Manuel es un farmaceuta, hijo de un padre masón y una madre socióloga. Su formación científica y racional se cuestiona cuando se muda a una villa en las afueras de la capital. Allí vive realidades incomprensibles para su personalidad materialista, las cuales acepta como verdaderas cuando escucha relatos de vecinos y villanos.


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El atajo

El momento mas agradable para dormir, el sueño que mayor disfrute me causa son los que anteceden el diario despertar. Esa sensación de estar y no estar dormido, de posponer el impulso para levantarme y de conciliar unos minutos más de sueño, de robarle unos instantes a la obligación hicieron que partiera con retraso para el trabajo. Decidí tomar un atajo, un desvío de la calle que conduce a la carretera donde debo esperar el autobús para la ciudad. Es una senda de tierra, por trechos flanqueada de monte, alto, que oculta la visión; por trechos con una delgada hierba en los costados. Es un sendero que si se anda en lugar de la calle asfaltada, se ahorra una decena de minutos de caminata. Pero es poco frecuentado por mantenerse aislado de las casas o de la vista de los pobladores de la villa donde habito. Ellos suelen usarlo durante el día por que de noche, hay la creencia, salen espantos. Yo les respondo a mis vecinos que le temo más a los vivos que a los muertos, soy un materialista convencido y no creo en espantos ni en santos, no creo en Dios o en religión alguna. 

Esa afición a despertar y levantarme con el tiempo justo para no llegar tarde a la estación del transporte colectivo la inicié con la entrada del verano, no se, quizás por acostarme tarde en la noche. Pero ahora que está terminando el otoño, cuando tomo el atajo, no hay la claridad de las semanas anteriores, el camino se encuentra poco iluminado a la mañana.  

Debo admitir que esta nueva situación me llena de intranquilidad, pienso que puedo dar un traspié, tener un tropiezo, o llevar un susto con algún perro u otro animal que pudiera atacarme. Siempre voy atento a los sonidos, el lugar es muy silencioso y lo usual es escuchar mis pisadas cuando al apoyar el zapato contra la superficie del camino friccionan las piedrecillas. Mayor intranquilidad siento en la tarde cuando regreso del trabajo, por que en las mañanas aclara y ando de la penumbra a la claridad pero en el ocaso es lo contrario, voy de la luminosidad a la oscurana.

Cuando salí del trabajo de regreso a casa, no me decidía si tomar el atajo a sabiendas de caminar a oscuras el último tramo o de caminar un trecho más largo por la calle de asfalto. Finalmente mi racionalidad optó por el atajo y caminé como todos los días, oscilando el brazo con el peso del maletín.

Dejé la acera y pisé la tierra para adentrarme en el sendero. Me detuve, mire instintivamente atrás pero no vi nada, solo en la penumbra las luces rojas del autobús que se alejaba. Comencé mi andar, escuché un eco de mis pisadas: ¡algún perro me sigue! pero no, solo la soledad me acompañaba. 

Continué caminando escuchando mis pasos pero de nuevo la sensación de tener a alguien cerca me obligó a trazar una estrategia para, sin voltear la cabeza, darme por enterado de qué o quién me seguía. Aceleré, escuché como se hacían menos audible a lo lejos el crepitar del suelo. Cambié de rumbo mi marcha, como si esquivara un desnivel para justificar reducir la velocidad, a ver si lograba oír nuevamente los pasos misteriosos. Nada sentí, me detuve y exhalé ruidosamente una bocanada de aliento. 

Reanudé la caminata, los pasos los sentí muy fuertes, nítidos, inconfundiblemente pausados con mi marcha. Mi corazón comenzó a latir y me llevé las manos al cuello, de pronto dejé de escuchar las pisadas y un frío recorrió mi espalda.   Seguido, fue cuando sentí una gota húmeda sobre mi nariz. Dirigí la cabeza arriba y miré sobre mi, a unos metros de altura flotaba un grifo que me miraba con la boca abierta derramando saliva. Una bestia enorme mitad águila, mitad felino planeaba en el aire, pero dejó de acecharme, enderezó el torso, batió con fuerza las alas y se alejó de mi presencia.

Detenido como me encontraba en la soledad del camino, con mi mano aún sujeta al cuello, pude palpar una cinta entre los dedos. Fue en ese momento cuando reconocí que tenía entre mis manos un hábito que mi abuela  prendó en mi cuando era niño, un escapulario de la Virgen del Carmen.








28 Novembre 2018 21:58:39 0 Rapport Incorporer Suivre l’histoire
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