mavi-govoy Mavi Govoy

Si el amor llama a tu puerta, piénsalo bien antes de abrir. * * * La foto de portada está tomada de https://pixabay.com/es/photos/perro-chihuahua-linda-traje-7663035/


Romance Contemporain Déconseillé aux moins de 13 ans.

#24horasparalamedianoche
Histoire courte
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31 de diciembre


El videoportero mostró una cara sonriente orlada de alborotado pelo oscuro. La aparición saludó con la mano, con la otra acariciaba el inquieto hociquillo que surgía del bolsón cruzado sobre el pecho.

Clemente reprimió las ganas de apretar los puños. Era más de medianoche, aunque no se alegrara de verlas, no podía dejarlas en la calle.

—El telefonillo no funciona —mintió—. Bajo.

Se lanzó a las escaleras con la vana esperanza de encontrar el portal vacío, pero no, allí seguía Irene, con un casco bajo el brazo, mochilón a la espalda y bolsa cruzada por la que asomaba la cabecita de Bicho. La sonrisa también seguía allí, iluminaba más que la farola.

—Le dije a Claudia que no podía acogerte en mi apartamento —soltó él en cuanto abrió el portón de cristal, porque sentía que debía aclarar la situación antes de que la sonrisa aplastase su determinación.

Sin inmutarse, Irene le plantó un beso en cada mejilla. Había cambiado a mejor desde la última vez que se vieron, el entrenamiento asiduo había modelado su figura.

—Le dijiste a tu hermana que no podías hacerte cargo de Bicho. Yo me ocuparé de tu chihuahua.

Claudia acababa de mudarse con un tipo alérgico al pelo de animal. Pero Clemente vivía solo, era policía y pasaba mucho tiempo fuera. Y su negativa había sido clarísima, y no solo respecto a Bicho.

Meditaba cómo responder cuando una bala disparada por un arma con silenciador rompió el cristal de la puerta y pasó entre ambos para alojarse en la pared. Agarró a Irene por la zamarra y la apartó de la luz. Bicho empezó a ladrar. Corrieron por un pasillo, luego por otro más estrecho y desembocaron en el garaje, acompañados por el ruido de sus zancadas y los gruñidos de Bicho.

El apartamento estaba en un complejo de edificios comunicados por los sótanos. Los garajes eran un laberinto para los extraños, no para él. Indicó a Irene hacia dónde ir. Sabía por Claudia que ella acababa de recibir la placa, era novata, pero se movía bien y entendía que no era momento de pararse a dar explicaciones.

La iluminación del garaje era mala y el auto iba sin luces, les alertó el chirrido de neumáticos. Tuvieron el tiempo justo de agacharse tras los coches antes de la primera ráfaga. Bicho daba botes dentro del saco. Irene tironeó de su mochila hasta sacar una pistola. El coche se perdió a lo lejos, en busca de espacio para dar media vuelta. Clemente empujó a su compañera para que avanzase. Ella montó y cargó el arma mientras le seguía.

Alcanzaron la puerta de comunicación con el garaje de otro edificio mientras el coche sin luces se acercaba. Mientras Clemente buscaba algo para atrancar la puerta, Irene apuntó. Hubo una pequeña explosión, el conductor perdió el control y chocó con un coche aparcado. El ruido de la alarma antirrobo se sumó a los frenéticos ladridos de Bicho.

Clemente enganchó la manija del cuarto de limpieza que había al lado y la barra de empuje de la puerta con su cinturón. Tuvo la precaución de encogerse y manipular desde un lado, y fue un acierto, porque varios proyectiles atravesaron el metal de la puerta.

Le hizo menos impresión que las balas explosivas en manos de una novata que no estaba de servicio.

Corrieron parapetados tras los coches, aunque nadie les persiguió. Los asaltantes no contaban con que escapasen y no tenían gente en los demás sótanos.

Salieron por la puertecita de servicio del último bloque de apartamentos. La calle estaba desierta, pero no silenciosa, en algún lugar próximo se intercambiaban disparos. Irene dirigió una mirada de sospecha a Clemente, ¿cuántos grupos iban tras él? También él se lo preguntaba. Ella señaló hacia una moto y le pasó el mochilón.

«Tú vas de paquete», articuló sin sonido. Le había dado a Bicho una chuche de perro, y mientras le durara estaría callada.

Al poco, atravesaban las calles sin detenerse en ningún semáforo. Clemente intentó guiarla hacia una comisaría, pero sus palabras se perdían con el ruido del motor y ella no conocía las calles. De alguna forma, acabaron cerca de la Puerta del Sol, iluminada y concurrida por gente congregada por las preúvas que se resistía a regresar a su casa.

Se encaminaban hacia un furgón policial cuando Bicho saltó del bolsón y salió por patas.

En un pestañear, la Puerta del Sol se convirtió en circo. Bicho corría, saltaba y esquivaba; Clemente e Irene la perseguían, llamándola y gesticulando; noctámbulos, turistas, policías y gente vestida estrafalaria trataban de ayudar. Juguetona, Bicho brincaba y repartía sonrisas perrunas. Varias veces la arrinconaron y varias veces se escapó, hasta que se coló en un aseo público, cuya puerta se cerró tras ella, y permaneció cerrada por más que intentaron abrirla.

Hubo que llamar a los bomberos.

Al menos, con el espectáculo la policía reparó en ellos, y Clemente consiguió hablarles en un aparte. Entre lo poco que él contó y las aportaciones de Irene los miraban cada vez peor. Para cuando Bicho fue rescatada, amanecía sobre Madrid, los furgones policiales se habían multiplicado y la noticia de un tiroteo en plena calle se difundía por las redes sociales. En cuanto el último bombero y el último tipo estrafalario se fotografiaron con Bicho ante el aseo, los llevaron a una comisaría.

De primeras, Clemente mencionó el nombre de su jefe con idea de que él lo aclarase todo, aunque le intranquilizaban las palabras de Irene al separarlos.

«Ten en cuenta todo lo que Claudia arriesga por ti y elige bien de qué lado estás».

¿Claudia se arriesgaba por él? A medida que pasaban las horas entre cafés de máquina y papeleo, conducido a despachos cada vez más grandes y sofisticados para contestar una y otra vez a las mismas preguntas, más intranquilo se sentía.

Cuando apareció su jefe, tan atildado como le era usual, Clemente estaba dispuesto a confesárselo todo, pero resultó que ya había sido informado de que él era hijo del patriarca de un clan de narcotráfico, aunque se crio con una familia de acogida, y que el patriarca le impuso hacerse policía para contar con un chivato, pero sobre todo para lanzar pistas y pruebas contra clanes rivales.

También sabía que nunca había pasado información al clan (aunque fuese porque era un agente del montón al que no llegaba nada que interesara al patriarca), y le confió que apuntaba a su padre el origen del chivatazo a otros clanes para que se lo cargasen.

Era la hipótesis que Clemente barajaba. Lo que le inquietaba era no saber qué pasaba con Claudia ni qué papel jugaba Irene en aquel follón.

El jefe carraspeó, repentinamente incómodo.

—Cualquier agente implicado en desarticular células de narcotráfico se la juega, pero te habríamos buscado una casa segura o alguna medida especial de protección de haber sabido que tenías un valedor tan… potente, ¿entiendes?

Ni media. No había tal valedor, pero vio su oportunidad.

—Soy un policía —dijo.

—Eso es. Y él es un político. Los de su clase no entienden cómo son nuestras misiones por dentro —repuso el jefe, aliviado por lo que interpretó como un pacto entre ellos.

—Quiero hablar con Irene.

Como si hubiese sido una orden, al poco estaban solos en una salita. Irene llevaba ropa limpia (ventajas de arrastrar un macuto de un lado a otro) y tenía consigo a Bicho.

—Explícame qué sucede —demandó Clemente.

El estilo de Irene era directo, sin circunloquios ni adornos, y precisó menos rato que el jefe: Claudia advirtió que todos los soplones que el patriarca infiltraba en la policía o en clanes rivales morían pronto. Entonces acudió a Irene, quien alguna vez mencionara su parentesco con un pez gordo del ministerio de Interior (y eso explicaba cómo había llegado su historia a su superior), y la convenció para llevar a Clemente la prueba definitiva que demostraría que él no era un espía de los narcotraficantes. A cambio, ambos obtendrían protección. Cuando lo planearon ignoraban que la trampa ya se cernía sobre Clemente.

—¿Claudia está bien? —interrumpió él.

—¿El presunto novio alérgico a Bicho? —contraatacó ella—. Además de cachas es un tío legal, y se la ha llevado para sellar su supuesto amor muy muy lejos. Ella está a salvo, mi tío conseguirá que no te despidan y ahora te toca entregar la prueba definitiva que Claudia te envía.

Y le pasó a Bicho, que trató de lamerle la cara.

Confuso, Clemente miró de una a otra. Su hermana era la cerebrito, él solo destacaba en gimnasia.

—Claudia dijo que tú encontrarías la información. Te advierto que ya han leído el chip, le han hecho radiografías a Bicho, hemos revisado sus abriguitos y su comida…

Una sonrisa aleteó en la comisura de la boca de Clemente.

—De niños, Claudia y yo ideamos un código secreto. Necesito el abrigo que llevaba Bicho.

El abrigo, una especie de tubo de lana a rayas, estaba hecho a mano. Muy concentrado, Clemente pasó los dedos sobre las sucesivas franjas de color para tomar nota de la disposición de los puntos retorcidos y revirados respecto a los demás. Pronto tuvo una hoja cubierta con garabatos que transformó en letras, una dirección.

Las siguientes horas fueron desenfrenadas para quienes consiguieron los permisos y organizaron la operación, para Clemente, que por fin pudo comer algo y echar una cabezada, fue un remanso de paz hasta que alguien le dijo que participaría en la intervención. No le dieron opción, y no tenía claro si lo querían fiambre o si era un requisito para un ascenso rápido.

Así que la luna del fin de año lo encontró ante la reja de un almacén a las afueras de Fuenlabrada. «Podría ser peor», pensó. Al menos llevaba un chaleco antibalas sobre la ropa y bajo un plumífero prestado, porque salió de casa sin abrigo, y se suponía que varias dotaciones de geos habían tomado posiciones por los edificios y calles, aunque no veía a nadie. Y sobre todo, al desearle suerte, Irene dijo «Sal vivo de esta, tenemos que tomar las uvas juntos». Eso casi era pedirle una cita, ¿no? Solo debía evitar que le matasen.

Cuando se abrió la mirilla supo que en el fondo había esperado que el mensaje de Claudia fuese erróneo, pero hizo su parte, con ademanes imperiosos se identificó como hijo del patriarca y reclamó entrar. Y funcionó.

La puerta se abrió y asomaron dos tipos, armados con recortadas. De algún lugar muy al fondo llegaba un murmullo apagado de música. Clemente apenas tuvo tiempo de hacerse a un lado antes de que los gánsteres cayeran a consecuencia de varios disparos mudos. Y al instante siguiente la calle estaba llena de enmascarados altos y robustos que lo arrastraron dentro del local.

En las noticias ocuparon dos líneas de texto, pero aquella noche fue requisado el mayor alijo del último lustro y se detuvo a casi todo el clan del Pingüino.

Y Clemente e Irene tuvieron su primera cita, que no fue la última.

30 Décembre 2023 16:36 5 Rapport Incorporer Suivre l’histoire
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La fin

A propos de l’auteur

Mavi Govoy Estudiante universitaria (el TFG no podrá conmigo), defensora a ultranza de los animales, líder indiscutible de “Las germanas” (sociedad supersecreta sin ánimo de lucro formada por Mavi y sus inimitables hermanas), dicharachera, optimista y algo cuentista.

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Crowned Alone Crowned Alone
Una historia policiaca entretenida y corta. Me gustó la codificación del mensaje en quipus (nudos incas)...
January 30, 2024, 06:52

  • Mavi Govoy Mavi Govoy
    Lo de los nudos me parece una técnica brillante para enviar notas sin que nadie se pispe. Me suena que en el libro Los miserables, Víctor Hugo ya uso algo parecido, aunque si no me equivoco con puntos sueltos en lugar de con nudos. No estoy segura, es un libro que todavía tengo en el debe. January 30, 2024, 08:08
Nuria Nuria
Historia increible, muy original, me enamoré de Bicho 🐾
December 31, 2023, 14:27

~