elduermevela el Duermevela

En un mundo hace ya mucho tiempo azotado por los muertos, devastado y salvaje, dos jóvenes, Max y Arlec, amantes en el ocaso de la humanidad, intentan contra todo pronóstico sobrevivir, y vivir su amor, pero, ¿será así? ¿O el mundo les dará algo diferente?


Post-apocalyptique Déconseillé aux moins de 13 ans. © © Todos los derechos reservados.

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Hagamos la prueba.

El paisaje era un desastres, escombros por doquier, edificios destrozados, pedazos de muros, autos destrozas, humo y polvo en el aire, y claro, el olor a putrefacción. Max se encontraba de pies en medio de este desastre, tan tranquilo como si el hedor no estuviera presente en el aire. Buscaba algo, subida sobre un montón de escombros, era bella, indudablemente bella, incluso con su vestimenta color verde caqui manchada de suciedad, con su cabello corto dorado ondeando con el viento, y aquella sonrisa tan distintiva.


—¿Qué? —Preguntó, sonriendo, mirándome a los ojos, con sus ojos azules. Tardé en responder.


—Solo admiraba tu belleza. —Le dije, ella solo sonrió más, y sacudió su pelo, orgullosa y segura de sí misma, sin embargo sus mejillas se colorearon de un leve y sutil rubor.


—Bien, ya basta de eso —Volvió a hablar, ya no me miraba, miraba hacia abajo, hacia aquella pila de escombros sobre la que se hallaba, palpando con uno de sus pies un gran pedazo de escombro, que alguna vez fue parte de un muro, al que finalmente dio una empujón. El peñasco cayó, rodó hasta la base del montículo, y allí se quedó. Y asombrada por algo, volvió a dirigirme la mirada. Algo había encontrado.


—¡Arlec! ¡Acércate! —Exclamó, emocionada. Por supuesto, curioso, así lo hice.


A paso apresurado subí al mismo montículo en el cual se hallaba, y allí, a un costado suyo, pude ver porqué estaba tan emocionada. Un arma, descansando dentro de una caja negra de acero cuya tapa era inexistente. Sin esperar demasiado tiempo, y antes de que pudiera decir algo en mi asombro, Max, simplemente extendió con rapidez sus manos sobre el arma, sonriendo, sin mirarme, sus ojos solo fijos en el arma, examinandola con la vista, dándole vueltas. Aparte del polvo, que no tardó en limpiar con sus manos, el arma a simple vista se hallaba en buenas condiciones.


—¿Está cargada...? —Pregunté, rompiendo mi expectante silencio. Max solo volteó a verme con ojos ligeramente abiertos, sorprendidos al recordar algo. En su admiración, había olvidado aquel importante detalle. De inmediato, con un movimiento ágil de su mano derecha, desarmó el cargador, y sosteniendolo con la misma, lo volteó, examinando con la mirada su interior. Al instante, en un parpadeo, su expresión de emoción se desvaneció, y en su lugar, en su rostro se asentó una fría e inexpresiva desilusión.


—No hay nada. ¡No hay nada! —Dijo y gritó, al mismo tiempo que devolvió el cargador al arma, en un chasquido, y levantandola con algo de dificultad, la lanzó hacia delante, cayendo no muy lejos del montículo de escombros, a lo cual hizo un seco ruido metálico al caer quizá, sobre algún objeto metálico en el suelo repleto de escombros. En el silencio del paisaje, el eco, aunque fue breve, resultó perturbador, como algo que no debías de hacer, pero que se ha hecho, similar a lo que sentías cuando habías roto una ventana jugando a la pelota, en los viejos tiempos. Mi primer pensamiento después de eso, fue internar calmarla, sin embargo, aquel sonido me detuvo.


Largo, lento, familiar y desconocido al mismo tiempo, tan alto, tan bajo, lastimoso, doloroso al oído, cargado de pena, el quejido de eterno dolor de algo que alguna vez fue una persona.


Hizo aparición a lo lejos, detrás de un camión en escombros ennegrecidos, carbonizado al haberse incendiado hace mucho tiempo. A duras penas tenía ropas sobre sí, sus vestimentas solo eran harapos, girones de tela azul oscura, manchados de fluidos corporales ya secos. Solo por el largo de la piel colgante, rasgada, adherida a su pecho, pude saber que se trataba de una mujer, o al menos lo que alguna vez fue, pues su rostro, su cabeza, no tenían piel, ni pelo, solo mostraba su carne expuesta, finas tiras de tonos grisaseo pálido, el hueso expuesto en partes de su cráneo, de la misma tonalidad, y sus dientes, lo más llamativo, a simple vista, sin labios, amarillentos, pálidos, deteriorados, bañados de sangre seca. Nunca te acostumbraba a ver uno de ellos. Siempre era lo mismo, terror. Pero no era el caso de Max, la conocía muy, así que volví pronto de mi sorpresa y temor. La miré, sabía que quería hacer, sus manos estaban apretadas contra los costados de sus caderas, contra sus bolsillos.


—Max, tranquila, vamonos, otro día quizás tendremos suerte, tranquila —Le susurré al oído, tras aproximarme a ella y colocarle una de mis manos al hombro, desde atrás, ahora sin apartar la mirada de aquella cosa, acercándose a pasos lentos y tambaleantes, quejándose por momentos, abriendo y cerrando su boca, de lengua negra, de fondo sangrante, como si pudiera alcanzarnos desde lejos, goteando alguna clase de líquido putrido al avanzar, desde su entrepierna.


Max no dijo nada, sentí la rigidez de su cuerpo. No todos los días encontrabas un arma cargada, con munición en su interior. Las balas, ahora valían demasiado, y no solo como simple modo de defenderte de las personas dispuestas a robarte, canibalizarte, o cosas peores. Las balas eran moneda, con ellas podían costearte alimento, alimento decente y medicamentos en las pocas pobremente nombradas comunidades, las que te dejan morir de hambre y enfermedad si no ofreces nada útil a cambio. La enfermedad era el caso del padre de Max, más que nadie entendía su rabia e impotencia.


—Vamos, no te arriesgues, vamos a casa —Le volví a susurrar al oído, y lentamente envolví su cuerpo con mis brazos, en un abrazo. Poco después sentí su cuerpo relajarse, y sus manos, antes contra sus bolsillos, cayeron, colgando, lejos del cuchillo que, sabía, se encontraba en uno de ellos. Luego, su rostro volteó, alejando su mirada lejos de aquel cadáver andante que lentamente seguía avanzando, dándose ligeramente la vuelta, ahora mirándome a mí, con aquellos ojos azules, llenos de pena y cansancio, y algo vergüenza.


—Sí, ya vamonos —Susurró, y apreté mis brazos a sus alrededor, abrazándola con más intensidad, mirándola a los ojos. Cuanto la amaba, y cuanto no haría por ella.



17 Novembre 2023 02:41 0 Rapport Incorporer Suivre l’histoire
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A propos de l’auteur

el Duermevela Alguien fantasioso, viviendo en la prisión cuyo nombre es realidad.

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