A
Antonio Quiros


Una sociedad secreta contacta con un hombre recién jubilado. El decir un si va a significar el comienzo de una apasionante aventura que va a ser vivida a lo largo de muchos años en el futuro. La evolución del ser humano es la constante en las vidas futuras que le van a tocar vivir a nuestro protagonista.


Science fiction Dystopie Tout public.
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LA JUBILACIÓN


Mi nombre es Javier Valenzuela y tengo 65 años; esta historia comienza realmente en el acto (por llamarlo de alguna manera) de mi jubilación. Soy, he sido empleado de banca durante casi cuarenta años y hoy cumplo sesenta y cinco años y tengo que jubilarme. No sé si realmente quiero y estoy preparado para hacerlo, pero, ni siquiera me han preguntado. Tan solo me llegó una carta del departamento de personal del banco en la que me decían que en tal fecha (el día de mi cumpleaños) era mi último día de trabajo en la empresa; que se me adjuntaban una serie de documentos que debía presentar en la Seguridad Social para tramitar el pago de mi pensión a partir de ese día; que si necesitaba algún tipo de documentación adicional la podría solicitar sin ningún tipo de compromiso a ese departamento

Por ese motivo, sobre las dos y cuarto del mediodía y antes de salir por la puerta del banco a las tres por última vez, se había organizado una simple y sencilla fiesta de despedida con apenas una docena de cervezas, una botella de vino, una tortilla del bar de al lado y una bolsa de patatas y otra de almendras. Apenas un brindis rápido para desearme una feliz jubilación. Algo modesto, como modesto había sido todo mi largo recorrido como empleado del banco durante todo ese tiempo.

Cuando salí, cargado con una caja de cartón en la que llevaba algunos objetos personales que estaban en la que hasta ese momento había sido mi mesa, una mujer de treinta y cinco o cuarenta años se me acercó y me dijo que era sobrina de mi hermana, fallecida hace apenas un año. Me indicó que tenía un pequeño problema con una hipoteca que le había concedido mi banco hace unas semanas; me insistió en que recurría a mí por los lazos “familiares” que existían; y que, posiblemente, yo le podría echar una mano; me pidió charlar tan solo cinco minutos y que me invitaba a tomar un café.

Acepté por cortesía y pensando que a partir de ese instante tenía todo el tiempo del mundo para perder. Cuando empezamos a hablar, lo primero que le hice ver es que yo acababa de dejar de trabajar en el banco y que muy posiblemente ya no le podría ayudar en nada. Ella dijo que no importaba; que, de cualquier forma, estaría bien cocerme ya que éramos parientes, de alguna manera, y prácticamente no sabíamos nada el uno del otro. De cualquier manera, me dijo, estaría bien el poder saber mi opinión relativa a las condiciones del préstamo.

No pasaron mucho más de diez minutos y comencé a notar que las preguntas que me hacía eran bastante raras y que poco o nada tenían que ver con las condiciones de un préstamo bancario. De hecho, no podía identificar el sentido del tipo de preguntas que me estaba haciendo. Poniéndome en el peor de los casos, no tendrían sentido de cara a preparar una posible estafa o algún tipo de acción relacionada con un robo o aprovechamiento de mis bienes, por parte de esa mujer que estaba acabando de conocer.

Las preguntas tenían más que ver con mis ideales, con mis expectativas de vida (que obviamente parecía que no se habían cumplido), con mis condiciones físicas en mi juventud. En fin, con una serie de cuestiones que parecían excesivas si como ella afirmaba, lo que quería era conocerme mejor aduciendo esa relación de parentesco de la que yo, hasta ese mismo momento, no tenía ni la más remota idea.

Yo cada vez estaba entendiendo menos; porque parecía evidente que nuestro encuentro no tenía que ver demasiado con su préstamo hipotecario. De hecho, no tardó mucho en confesarme que no había préstamo de ningún tipo. Que tampoco era pariente, ni tenía nada que ver conmigo hasta ese momento. Yo, al parecer, comencé a ponerme algo nervioso porque ella no dejaba de insistir en que me tranquilizara, en que no debía preocuparme, que nuestro encuentro no era por nada malo, que más bien era lo contrario.

Reconozco que yo en ese momento no estaba muy preparado para atender las explicaciones que quería darme. Por eso no habló más, se limitó a darme una especie de dossier y una tarjeta, para que lo leyera tranquilamente y que, cuando hubiera meditado sobre lo que decía en ese dossier, la llamara al teléfono que indicaba en la tarjeta. Nada más; se fue antes de que yo llegara a ponerme mucho más nervioso de lo que ya lo estaba en ese momento. En realidad, no habría tenido porqué; su aspecto era educado y estaba muy bien vestida; en ningún momento se alteró y siempre parecía estar totalmente calmada. No había ninguna duda de que lo que irradiaba su aspecto era paz y tranquilidad.

No fue hasta dos o tres días después, cuando el tiempo libre de la jubilación ya me empezaba a agobiar, que no me dio por echar un vistazo al pequeño dossier que me había dado la mujer. Lo que pude leer allí en un principio me sonó a consignas de una secta que se presentaba con unos trazos que hasta podían resultar atractivos, mensajes que preguntaban si nos habíamos planteado la posibilidad de la reencarnación. Si no nos preocupaba que era lo que nos íbamos a encontrar cuando dejáramos este mundo; si no sentíamos curiosidad…

El hecho de haber tenido reciente la fecha de mi jubilación te hace, al menos en mi caso que no tenía familia – bueno una ex mujer de la que me había separado hace treinta años y de la que no sabía absolutamente nada, por lo menos desde hace veinte - , plantearte que ya prácticamente tienes claro que el siguiente paso, paso importante, en tu vida va a ser la muerte.

Y, francamente, no quieres plantearte esa posibilidad, ni oír hablar de ello, ni pensar que es una certeza cercana que está, quizá, a la vuelta de la esquina; pero terminas haciéndolo. En un principio, tu preocupación es intentar organizarte esa nueva etapa de tu vida en la que el gran reto al que te enfrentas es el de intentar llenar todos los tiempos libres que te encuentras durante el día con algo que realmente te pueda interesar.

Por eso, la verdad es que en ese momento descarté los papeles que estaba empezando a leer. Pero , seguramente por todas las razones anteriormente expuestas, cuando pasado unos tres meses me volví a encontrar con el dossier, esta vez sí me animé a leerlo con detenimiento. Me sorprendí al encontrarme identificado con algunas cosas de las que hablaban allí. Reflejaban de una forma bastante fiel una gran parte de los sentimientos (angustias, esperanzas no cumplidas, miedos, hastíos...) que me habían acompañado en la vida. No solo los sentimientos, también el tiempo exacto en que esos sentimientos habían venido a mi vida.

Y entonces fue cuando comencé a pensar que posiblemente no iba a perder nada por llamar al teléfono que estaba escrito en la tarjeta, a la mujer que me había abordado el día de mi jubilación. Total, lo que me sobraba era tiempo (no había el peligro de perderlo) y posiblemente hasta me podría distraer un rato rebatiéndolos; si es que me planteaban las cuestiones y alucinaciones que yo estaba esperando que me plantearan.

De cualquier manera, no lo hice en ese momento, continué dándole vueltas durante un par de días más. Y por fin, en una de esas crisis de aburrimiento que les vienen a los jubilados que no tienen familia, marqué el numero para hablar con la mujer. Me sorprendió que era la voz de un hombre quien me contestó, pregunté por el nombre que estaba escrito en la tarjeta y me dijo que esperara unos instantes. No tardó ni medio minutos en ponerse la mujer que me había contactado

“¡Hola, señor Valenzuela! Por fin se ha decidido a llamar.” Hablamos poco, porque me dijo que lo que me quería contar quizá era mejor hacerlo cara a cara. Para que no sospechara ninguna cosa rara, me citó esa misma tarde en la misma cafetería en donde habíamos hablado la primera vez. Me prometió que allí me lo aclararía todo. Que seguramente me iba a sorprender lo que me contara; pero que, tras pasar la primera sorpresa, seguro que iba a considerar seriamente lo que me iba a proponer.

Y no estaba equivocada; me pareció una auténtica locura lo que finalmente me estaba contando. No tardó mucho más de dos o tres minutos en hablarme directamente de algo que me estaba pareciendo un disparate, efectivamente. De hecho, no sé si dejé de escuchar poco después de los cinco minutos de comenzar el planteamiento que me estaba haciendo porque, evidentemente, todo lo que me estaba contando era difícil de asimilar.

No tengo muy claro que pudiera sintetizarlo todo para resumirlo en pocas palabras. Lo primero era, eso sí lo tenía claro, porque en ese momento si le estaba prestando atención plena, que pertenecía a una organización que se llamaba La Orden. Se trataba de una organización que, básicamente, procuraba velar porque en el mundo, en todo el planeta, se hiciera lo correcto; que las barbaridades que hace el poder político y el poder económico no lleguen a tener consecuencias fatales, de manera que la vida en La Tierra, de sus habitantes, llegara a desaparecer. Ellos trataban de poner remedios a todos los excesos que se hacen, para que, unas veces con mejor éxito que otras, se lograra reconducir al ser humano como conjunto hasta seguir en el correcto camino para lograr su completos bienestar y evolución.

Bien. ¿Y que pintaba yo en todo esto? Francamente aquí es donde dejé de escuchar, por lo que es posible que lo que voy a contar a partir de ahora no sea del todo correcto. En primer lugar, ellos me consideraban una persona extraordinariamente formada (era verdad que al ser una persona solitaria y sin demasiados intereses en este mundo, había leído mucho – y creo que había sintetizado y asimilado todo lo que había leído- de manera que mi nivel de conocimientos era realmente alto); parece ser que ellos consideraban que, a pesar de situación vital y emocional por mi soledad, mis ideales no solo no se habían pervertido, sino más bien lo contrario. Parece ser que mi soledad había contribuido a elevar y purificar mis ideales. Y si bien mis condiciones físicas no eran las adecuadas, mis condiciones intelectuales si lo eran para pasar a pertenecer a esta asociación.

Lo que pasa, en este momento sí que mis ideas comenzaron a ser muy confusas, es que, claro, ya era bastante mayor para poder ser de utilidad a esta gente. Y entonces, lo que me estaba proponiendo es que perteneciera a La Orden, pero no en esta vida. Parece ser que me lo estaba proponiendo para la próxima. ¡Lo que me estaba proponiendo es que perteneciera a esa asociación cuando me reencarnara en mi próxima existencia! ¡Me estaba hablando de reencarnación y de algo que debería hacer en mi próxima existencia!

Era normal, pues, que en ese punto yo hubiera dejado de atender con atención y que empezara a tener dudas de que quien me estaba hablando lo hiciera de un manera cuerda y sensata. De hecho, en ese momento, yo miraba los ojos de mi interlocutora, intentando encontrar rasgos de desequilibrio en su mirada. No fue una sorpresa para ella. Ya hace rato que me estaba contando las cosas de una manera sintética y asegurándose de que yo, al menos, captaba el concepto básico de lo que me quería decir.

Me dijo que entendía que lo que me estaba contando era difícil de asimilar para mí. Por eso, dijo, por hoy ya era suficiente. Me emplazó a que pensara en lo que habíamos hablado y que me leyera la documentación (más amplia que la que yo tenía) que me daba en ese momento. Que, cuando hubiera “digerido” bien lo que me estaba explicando, con el apoyo de la documentación que me estaba dando, me pusiera en contacto con ella. Que ella nunca más se iba a poner en contacto conmigo, que siempre debería ser yo el que, cuando me encontrara preparado, me debía poner en contacto con ella.

Nuevamente pasaron no menos de tres días hasta que me animé a empezar a leer con una cierta atención la documentación que me había proporcionado. Allí se detallaba de una forma esquemática lo que me había contado la mujer. Y todo ello se ilustraba con hechos acaecidos durante los últimos años, que yo sabía que eran ciertos, y que supuestamente habían estado propiciados o guiados por esta organización; era fundamental la intervención de La Orden en la corrección de determinadas situaciones que podrían haber pasado de diferente manera.

Había, en la documentación que me había dado una breve y esquemática referencia a la organización estructural de esta asociación, de cómo era su funcionamiento. También había una información bastante esquemática que hacía referencia a la reencarnación; en este caso también ilustrada con descripciones de hechos relacionados con esta situación y que tenían pinta de verosimilitud y de haber pasado.

Lo cierto es que el dossier que me habían entregado estaba muy bien hecho. Era escueto, para tratar los temas que trataba, y lograba captar tu atención; al menos lo suficiente como para tener ganas de seguir conociendo al respecto. Además, estaba mi abundancia de tiempo libre (leía mucho y procuraba documentarme de diferentes fuentes); porque tenía mucho tiempo, aparte del dedicado a la lectura, para no hacer nada y, peor, para pensar más de la cuenta.

Y era cierto y evidente que el hecho estar jubilado y la edad que tenía, aunque gracias Dios me encontraba bien de salud, me hacía pensar (mucho, ya lo he dicho) en una muerte que anunciaba, aunque no inmediata, cada vez más cercana. Por esa cada vez más comenzaba a darle vueltas al planteamiento de la reencarnación que esta mujer (me imaginaba que el nombre que me había dado no era el verdadero) había hecho. Así que nuevamente cogí la tarjeta que me había facilitado la primera vez que nos vimos y la volví a llamar para quedar en vernos por tercera vez.

La misma cafetería que la primera vez y, en esta ocasión, predisposición total por mi parte para escucharla y estar atento a todo lo que me iba a contar. No fue, de todas formas, lo que yo esperaba. Yo quería que me hablara de la reencarnación y de las pruebas empíricas que me pudiera facilitar; y ella se empeñaba en hablarme de otras cosas. Se lo hice notar y ella accedió a hacer un inciso.

Me dijo que era difícil de constatar; incluso que, cuando pase, ni siquiera vamos a estar seguros de que realmente está sucediendo; por lo menos, las primeras veces. Esto, como tantas otras cosas en nuestra existencia, era una cuestión de fe; pero, ella lo creía y yo debía creerlo también. Pero se da; eso es una cosa de la que no debíamos tener duda. Que cuando alguien muere, el espíritu va a acomodarse a un embrión que se está gestando en cualquier parte por ahí. ¿Dónde va a ir, si no? Puede tardar meses, o años incluso; pero al final termina pasando indudablemente.

Pero lo más importante es lo que debía saber relativo a esa asociación que hacía llamar La Orden. Orden porque funcionaba de alguna manera parecido a cómo funcionaban las Ordenes que proliferaron en la Edad Media. Y Orden también porque esta organización se preocupaba porque el mundo, la sociedad (occidental) funcionara de una manera “ordenada”. Y ese orden debía suceder de una manera ética y moral, desde el punto de vista de toda la humanidad, correcta.

De hecho, cuando hablamos de “orden” es inevitable pensar en organizaciones ultraconservadoras y de derechas que ven el orden desde el miedo y la nula evolución del mundo y del orden establecido. Esta asociación era (no sé si progresista era la palabra) muy atrevida en materia de temas de interés social y, desde luego, no quería que se produjeran alteraciones en el orden establecido como consecuencia de las actuaciones abusivas de los poderosos; ni de nadie; la vida en este planeta debía seguir su evolución (ahí estaba el quid de la cuestión) sin grandes problemas en la medida de lo posible.

Me facilito nueva documentación en la que se detallaban más actuaciones que, según ella, había sido realizadas por su organización y que habían evitado importantes cataclismos en la vida de la sociedad occidental. La mayoría de las actividades que allí se mencionaban eran completamente incomprobables por mi parte. Por ejemplo, hablaba del cese de vertidos contaminantes y extremadamente cálidos que cesaron en el Ártico tras la intervención continuada de un grupo de personas que se empeñaron en ello.

No solo eran temas relacionados con la ecología, eran también cuestiones relacionadas con la justicia social; incluso uno diría que eran temas relacionados con la justicia a secas. También tenían que ver con la evolución de la sociedad humana. Según se afirmaba en el dossier que me había facilitado, cada vez que la sociedad parecía estancarse en su evolución, La Orden había ayudado a que la sociedad occidental siguiera caminando hacia delante como debía.

Y se remontaba mucho tiempo atrás. Por ejemplo, hablaba de su intervención en la Revolución Francesa; en el comienzo y, quizá más importante, su mediación e intervención para que la deriva cruel y sangrienta que estaba tomando se recondujera de una manera mucho más apacible para los protagonistas de ese evento. Otras muchos momentos pasados y recientes que, como era lógico, no estaba a mi alcance el poder certificar, de una manera absoluta, su veracidad. Que ellos habían intervenido es lo que no podía verificar, que habían pasado, en muchos casos, lo certificaban los libros de historia.

De cualquier manera, pensé, no tenía demasiado que hacer y seguramente poco que perder por escuchar toda la historia que me iban a contar. Por supuesto que en cuanto mencionaran de alguna manera el dinero (tanto como si quisieran que yo pagara o, por el contrario que me iban a pagar) les dejaría con la palabra en la boca en ese momento y, en eso no había duda, y no me volverían a ver más.

Después de las citas anteriores que habían tenido lugar en la cafetería en la que hablamos por primera vez, esta vez me citaron en unas oficinas de la Castellana. Se trataba de una oficinas amplias y modernas; en las que parecía que trabajaban una gran cantidad de personas. No pude retener el nombre exacto, eran dos palabras en inglés, y si pude reconocer el concepto de asesoría en el nombre. Es decir, una de esas compañías que dedican a todo y a nada; y que pueden ser desde una simple gestoría en la que trabajan solo dos personas, a una compañía que lleva diversos intereses de multinacionales y que cuentan con cientos de empleados. Esta parecía ser una de esas últimas empresas.

Me hicieron pasar a un despacho amplio y que parecía ser el de uno de los directivos de la compañía. La mujer con la que había hablado en ocasiones anteriores se sentó a mi lado y al otro lado de la mesa; en el sillón principal estaba un hombre al que no había visto nunca. Me saludó con una gran amabilidad y energía y, tras unas pocas palabras de cortesía para iniciar la conversación, comenzó a relatarme todo el planteamiento de lo que me podía esperar si aceptaba unirme a su organización.

En primer lugar, me habló de mi vida actual. Lo que me quedaba de vida debía dedicarlo a prepararme, leer y conocer lo que presumiblemente me esperaba en una próxima vida. Era importante que comenzara visualizar como sería esa vida futura de la que me hablaban. Moriría tranquilo y, esto era importante en paz conmigo mismo; de manera que me encontrara preparado para iniciar una nueva existencia.

Dependiendo de cómo fuera mi preparación en estos últimos años; el tránsito hasta un nuevo nacimiento sería mayor o menor. Aunque ellos podrían tener una idea de en qué lugar iba a volver a nacer, no me iban a decir nada por cuestiones obvias. No querían que empezara a indagar sobre algunas cuestiones relativas a mi nueva vida. Una vez que volviera a nacer continuaría con mi formación; en esta ocasión se trataría ya de una formación de carácter físico, sin descuidar la formación intelectual. Desde los pocos años de vida ya pasaría a estar tutelado directamente por ellos y facilitarían la culminación de mi formación.

Una vez que consideraran que estaba perfectamente formado y con la llegada de mi edad adulta, pasaría a formar parte de pleno derecho de la organización, sería un miembro de La Orden. Por el momento no iban a decir lo que esto suponía, me informarían convenientemente cuando llegara el momento (cuando fuera a ser miembro). A partir de ese momento, dedicaría mi vida a realizar las tareas que me marcara la dirección de la asociación. Una vez que aceptara comenzaría todo el proceso. Esto quería decir que comenzaría mi formación.

La pregunta era evidente. ¿Porque había sido yo elegido para una futura vida de este tipo? Tampoco es que hubiera una respuesta definitiva. Me hablaron de mi respuesta y equilibrio vital a pesar de estar solo, prácticamente, toda mi vida adulta. Me argumentaron que, a pesar de ello, de la soledad, había continuado e incrementado mi formación y mi crecimiento personal que había ido creciendo con el paso de los años.

Me confesaron que ellos vigilan las bibliotecas; algunas librerías. Pero, de manera fundamental, tienen una serie de filtros para poder controlar que es lo que a la gente le interesa. Estos filtros les permiten controlar solo a unos miles de personas en todo el mundo; claro, sería impensable poder controlar a miles de millones. Una vez que han ido adelante con ese control, hay un análisis de adn en el que buscan la existencia en esa persona de un gen concreto que es que hace que consideren o no apto a esa persona para pasar a formar parte de la asociación.

En mi caso lo hicieron, como en todos, sin que yo fuera consciente (lo obtienen en un baño, en una cafetería…) Según ellos yo poseo el gen y por ello se dirigieron a mí el día de mi jubilación. Ahora tengo que decir que si, que quiero formar parte de esta asociación. Me confesaron que mucha gente, aproximadamente el ochenta por ciento de las personas a las que se lo proponen, dice que no. Y no pasa absolutamente nada; lo único que llegan a pensar, como por el momento me estaba sucediendo a mí, que se trataba de un grupo de locos que tenían mucho dinero y nada mejor que hacer. Tampoco iba a decir que si en ese momento; pero les dije que me lo pensaría.

30 Octobre 2023 19:00 0 Rapport Incorporer Suivre l’histoire
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