_apobangpo_ always apobangpo

Choi Migyung es una abogada de 35 años que lo tiene todo (dinero, un buen trabajo, un prometido que la adora) hasta que alguien la asesina. En el purgatorio, le dan a elegir entre ir al infierno por sus malas acciones o volver a la tierra, durante seis meses, para tratar de resolver sus asuntos que quedaron inconclusos y ganarse así la entrada al cielo. Ella escoge la segunda opción, pero no contaba con que se reencarnaría en el cuerpo de Yoongi, un chico de 24 años que ha estado en coma desde que sufrió un accidente mientras practicaba escalada. Por si estar dentro del cuerpo de un hombre no es bastante malo ya de por sí, Migyung se da cuenta de que, poco a poco, está convirtiéndose en uno. Cada día que pasa dentro de Yoongi, sus recuerdos e identidad se diluyen en los de su anfitrión. Sin embargo, eso no impide que ella/él siga queriendo a Hoseok, su prometido, pero es imposible que este le corresponda... ¿O no? ADAPTACION YOONSEOK (Yoongi + Hoseok)


Fanfiction Groupes/Chanteurs Interdit aux moins de 18 ans.

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No hay luz brillante al final del túnel, los flashbacks de toda mi vida no pasan por mi cabeza en segundos y tampoco veo a nadie con capa negra y guadaña para confirmarme que ha llegado mi hora. Estoy cenando con Sandra, mi mejor amiga, en el restaurante más exclusivo de la ciudad, parpadeo un instante y, cuando vuelvo a mirar, me encuentro en otro lugar completamente distinto. Ahora, estoy sentada en una abarrotada sala de espera que me recuerda ligeramente a las oficinas del INEM.

Miro a mi alrededor desconcertada, no tengo ni idea de cómo he llegado hasta aquí. —¿Dónde estamos? —Le pregunto a la octogenaria sentada a mi lado.

—En el purgatorio, querida responde. ¿Qué número tienes?

—¿Número?

—Mira el papel en tu mano.

—El quinientos diecisiete...

—Aún tendrás que esperar bastante. Van por el trescientos cinco.

Después de una soporífera e interminable hora, en la que la anciana no ha parado de quejarse de que todavía es demasiado joven para morir, por fin sale mi número. Así que agarro mi bolso fantasmal y echo a correr hacia el mostrador, donde me espera un sujeto con más aspecto de funcionario estresado que de ángel.

Espera un momento, ¿he usado estresado y funcionario en la misma frase? Vale, olvida eso. Asalariado estresado suena más realista. Como iba diciendo, el asalariado estresado me dedica una apática mirada y consulta su lista, un rollo de papel tan largo que se extiende varios metros por el suelo. Me encuentro seriamente tentada a preguntarle si, en el cielo, no han oído hablar de las nuevas tecnologías. ¿Quién usa pergaminos hoy en día?

—¿Choi Migyung? —Me pregunta con un tono de voz hastiado y monótono. ¡Lo que me faltaba! Soy yo la que ha muerto injustamente, a los treinta y cinco años de edad, cuando estaba en el culmen de mi carrera, y él se siente descontento con su trabajo. ¡Cretino!

—La misma. —respondo molesta, dedicándole una fulminante mirada a la que me gusta llamar— ¡Como no seas más amable conmigo, voy a colgarte por los huevos, estúpido! —pero el tipo ni se inmuta.

—Le comunico que ha fallecido usted recientemente.

—¡No me diga! ¿Y me puede decir cómo es que sucedió eso exactamente?

—Aquí pone que la asesinaron.

—¿¡QUÉ!?

—Le doy mis condolencias, señorita Choi. Ahora, si no le importa, rellene estos impresos y preséntese en la oficina de “Ingresos en el Infierno”, es la sexta puerta a la izquierda. ¡SIGUIENTE!

—¡Espere un momento! Eso es imposible, yo no puedo ir al infierno. —protesto, negándome a ceder mi sitio a la señora octogenaria, que ya se ha pegado a mi espalda como una lapa y refunfuña algo sobre la falta de obediencia y las jovencitas de hoy en día.— Tiene que tratarse de un error.

—Me temo que no. —Le dedica una irritante sonrisilla cómplice a la anciana y, luego, me fulmina a mí con la mirada.— Es usted abogada, ¿verdad?

—Sí. ¿Y eso qué tiene que ver con que yo vaya al infierno?

—¡Pues todo! Aunque le resulte difícil de creer, señorita Choi, el infierno está lleno de abogados, políticos y banqueros. —¡Será cretino!

—Pero, señor, yo defiendo a las personas y las protejo de los malvados fiscales que tratan de encerrarlas. Si lo piensa bien, soy casi como una de esas misioneras que viajan al tercer mundo para enseñar a leer a los pobres niños negritos argumento con fingida emoción, mientras me limpio una lágrima imaginaria del párpado inferior. ¡No me pongas esa cara! —¿Qué esperabas?

—¡Soy abogada! —Aunque para mi desgracia, el ángel asalariado no parece estar nada conmovido con mis argumentos.

—En primer lugar, los misioneros no reciben las desproporcionadas minutas que cobraba usted por representar a sus clientes. Y en segundo, todos ellos eran personas culpables, su trabajo consistía en librar a los peores delincuentes de la cárcel... —Levanta una ceja en mi dirección, antes de guiñarle un ojo a la molesta octogenaria. ¿Son imaginaciones mías o el ángel asalariado trata de ligarse a la vieja? ¡Puajjjjj!

—Vale. Admito que, tal vez, no tenía la profesión más honorable del mundo. —Cedo para ganarme su simpatía.— Pero usted no puede juzgarme por una sola faceta de mi vida. Además de letrada, también era una buena hija, una amiga leal, una novia amorosa y una jefa simpática. Pregunte a quién quiera, mis seres queridos se lo confirmarán.

—Señorita Choi. —murmura, tras unos carraspeos impacientes.— Antes de morir, usted llevaba casi tres meses sin llamar a sus padres, su mejor amiga opinaba que era una arpía frívola y vengativa, pasaba más tiempo en el bufete que con su propia pareja y su secretaria rezaba tres veces al día para que le contagiasen una ETS. ¡Aquí lo sabemos todo!

—Aun así, tiene que haber algo más que yo pueda hacer para evitar la condena infernal. No sé... ¿Pagar una multa? ¿Trabajos en beneficio de la comunidad? —suplico desesperada.

—Bueno. Según nuestro reglamento, tiene derecho a solicitar una prórroga de hasta seis meses, en días naturales, para volver a la tierra y reparar sus errores. —responde pensativo.— Pero no se haga demasiadas ilusiones, es muy poco probable que El Jefe se la apruebe. En el último siglo, apenas ha concedido media docena de ellas, y siempre a personas con unos valores morales y éticos bastante más elevados que los suyos. ¡Además, es un montón de papeleo!

—¡No me importa! Quiero solicitar esa prórroga...

—¡Me lo temía! Por eso, ya le había preparado una copia de todos los formularios que debe rellenar. —Me entrega un bolígrafo y una pila de papeles tan abultada que casi parece un ejemplar de “Guerra y Paz”. Bueno. Al menos, es más eficiente de lo que parecía.— Cuando termine, preséntelos en la oficina de “Milagros y Causas Perdidas”, es la quinta puerta a la izquierda, la que está justo antes de “Ingresos en el Infierno”. No tiene pérdida. Retiro lo dicho. Le dedico mi más letal y aterradora mirada de “¡Voy a comerme tus angelicales pelotas para desayunar, mequetrefe!”, y vuelvo a la sala de espera para cubrir el tomo de enciclopedia que llevo bajo el brazo.

No han pasado ni dos minutos cuando la octogenaria se sienta a mi lado con otra copia idéntica a la mía. ¡Pero bueno, esto ya es el colmo! Esta señora debe tener más de ochenta años. ¿Qué asuntos inconclusos pueden quedarle en la tierra? ¿Se ha olvidado dejarle comida a sus gatos o qué?

Durante más de tres horas, me dedico a responder a toda clase de preguntas indiscretas sobre mi vida privada y adorno la verdad lo mejor que puedo. ¡Bueno, vale! Miento descaradamente. ¿Contento? Cuando solamente me quedan unas pocas hojas para terminar, observo a la vieja por el rabillo del ojo. Ella también está acabando. A pesar de su avanzada edad, a la desgraciada no le tiembla el pulso ni un poco y escribe pasmosamente rápido, así que yo también acelero el ritmo porque quiero ser la primera en presentar la solicitud.

No estoy segura de que eso marque alguna diferencia, pero, si hay tan pocas plazas de vuelta a la tierra, creo que el orden de llegada a la oficina podría ser crucial. Aparentemente, la señora piensa igual que yo porque, cuando se da cuenta de que me estoy apresurando, también incrementa la velocidad de su bolígrafo. Entonces, yo acelero aún más y ella hace lo propio. Llega un momento en el que parece como si la niña del exorcista se hubiese sentado a mi lado para escribirle una carta de odio al Padre Damien. Desgraciadamente para ella, cuento con un par de minutos de ventaja, por lo que acabo antes y me dirijo a la oficina de “Milagros y Causas Perdidas”.

Estoy pasando la primera puerta a la izquierda, “Asuntos internos” (imagino que debe ser la entrada rápida al infierno para los obispos y demás miembros del clero), cuando la octogenaria me empuja contra la pared y me adelanta corriendo como una atleta olímpica en los cien metros lisos.

“¡Esto es la guerra!”, pienso, antes de sacarme mis preciosos zapatos Armani con un tacón de aguja de diez centímetros y lanzárselos con saña a la cabeza. Doy en el blanco y la señora se cae al suelo aturdida. ¿Qué pasa? ¡Empezó ella!

Tras llamar a la puerta, entro triunfante en la oficina porque he logrado ser la primera, pero, cuando reparo en el rostro sonriente que me observa tras un escritorio antiguo, se me caen todos los papeles al suelo del susto. Es la maldita octogenaria. Hace un momento, estaba semiinconsciente en el pasillo, con un chichón Armani en la coronilla y, ahora, está ahí sentada, tan campante, mirándome con esa desquiciante sonrisa burlona en los labios, mientras sus ojos me estudian de arriba abajo. ¡La he fastidiado, pero bien, voy a ir al infierno de cabeza! ¡El karma es un asco!

—¡Pero mujer, no te quedes ahí plantada y tiesa como un vulgar arbusto, entra y siéntate! —exclama con una risita jocosa, antes de apoyar los pies en el escritorio y entrelazar las manos por detrás de la nuca. Entonces, me doy cuenta de que la muy... lleva puestos mis manolos.— Por cierto, gracias por los zapatos. ¡Me encantan!

—¿Quién... quién eres? —Me dejo caer derrotada en la silla que está frente a ella.

—Soy Satán, el príncipe de las tinieblas y he venido a llevarte conmigo… —responde con una voz grave y cavernosa de ultratumba, antes de empezar a carcajearse escandalosamente.— ¡Qué no mujer, solo te estoy tomando el pelo! —¡Mira tú qué simpática ella!— Me llamo Tere y voy a ser tu supervisora en la tierra. Antes de que preguntes, sí, aprobamos tu solicitud en el mismo momento en que manifestaste interés por regresar. El formulario era una simple formalidad.

—Entonces...

—No, no puedes volver a tu cuerpo original, este ya está enterrado y descompuesto. Sí, ya sé que tú solamente has estado aquí unas horas, pero, en la tierra, ya han transcurrido dos años. El tiempo pasa de un modo diferente en los dos planos.

—Pero...

—No, tampoco puedes elegir tu nuevo cuerpo. Nosotros ya tenemos uno apropiado para ti en tu misma ciudad. De ese modo, te será mucho más fácil regresar a tu antiguo entorno y reparar todos los errores que cometiste en el pasado.

—Uh...

—No, el cuerpo lleva dos meses en coma, pero su alma ya lo abandonó hace tiempo, es como una cáscara vacía.

—Ah...

—A partir de ahora, tienes exactamente seis meses terrestres para arreglar todos tus asuntos que quedaron inconclusos, ni un día más. De lo contrario, no habrá más oportunidades, irás directa al infierno. Y no, no voy a decirte cuáles son esos asuntos, eso tendrás que averiguarlo tú sola.

—Oh...

—¡Ah, casi se me olvida! Antes de irnos, hay una cosita más que debes saber: desde el principio, vas a notar algunos efectos secundarios de la reencarnación. La verdad es que aún no hemos encontrado la forma de evitarlos. Aunque tampoco tienen demasiada importancia...

—¿Eh?

—Tus recuerdos y personalidad se irán diluyendo, poco a poco, en los del cuerpo anfitrión hasta que tú desaparezcas del todo. Por esa razón, solamente tienes seis meses de plazo para solucionar tus problemas pendientes. Después de ese tiempo, olvidarás completamente los motivos de tu regreso y, cuando mueras, irás al infierno sin remedio. —dice restándole importancia.— Bien. Cuanto antes salgamos, antes llegaremos a la tierra. ¡Estoy deseando lucir mis zapatos nuevos!

—¡Espera! ¿Desaparecer? —Logro preguntar, antes de que la oscuridad me trague.

30 Août 2023 00:17 0 Rapport Incorporer Suivre l’histoire
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