erendidemonai Erendi Demonai

"ASTARTE" es una historia de la Saga "Relatos de Guerreras". Una antología de historias de género Epico Fantástico y Ciencia Ficción. Algunos relatos están situados en escenarios y épocas de la historia humana, así como otros estarán creados a partir de la imaginación del escritor. La narrativa se lleva a cabo en primera persona, se plasma su modo de ver las cosas, sus sentimientos y emociones de la protagonista. En algunas historias podrán encontrar personajes y lugares repetitivos que se mencionan en otras, puede ser que se conecten entre sí, haciendo que el lector saque sus propias conclusiones. Se tratan algunos temas como la soledad, el maltrato, violación, pérdidas familiares, entre otras. Relatos de Guerreras nace como la necesidad de plasmar su estado de ánimo de el escritor. La portada de la Antología es creación de Erendi Demonai.


Histoire courte Tout public.

#fantasía #guerreras #guerreros #épico #fantasiaepica
Histoire courte
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ASTARTE

Recuerdo ese invierno.

Fue el más frío que se presentó en toda la historia humana. Las aguas del gran lago Baikal se congelaron, uniendo las tierras de los Buriatos y los Yakutos en una sola sección. La blanca nieve con sus altos metros de espesor cubrió todos los caminos a la redonda, donde la única referencia visible fue la maleza escarchada perteneciente a las copas de los enormes cedros del Bosque del Norte.

Esta nevada sin precedentes, y el frío descomunal, provocó que la comida escaseara en todas las aldeas de la zona, creando en todo ser vivo la necesidad de sobrevivir a cualquier costo. Las aldeas comenzaron a atacarse entre sí, al principio solo para obtener algo de comida y asegurar su supervivencia, sin bajas humanas, pero si te llevabas un gran susto de vez en cuando al ver a un desconocido entrar en tu hogar.

Sin embargo al pasar los días, comenzaron las matanzas. Las aldeas fueron quemadas a la lejanía, las grandes columnas de humo negro se volvieron parte del paisaje invernal. Los gritos de terror fueron arrastrados con los fuertes vientos, y con estas masacres, llegaron varias jaurías de lobos hambrientos.

Lo que antes fue un hermoso paisaje tranquilo, ahora era un lugar lleno de sangre, lleno de restos humanos y cenizas.

Por todos lados abundaron los bandidos, llegaron los conquistadores de tierras lejanas, hombres fuertemente armados y con grandes ejércitos, las guerras estaban por venir.

A causa de estos ataques venidos de varios flancos, mi aldea quedó en medio del conflicto en muchas ocasiones, provocando una terrible baja de guerreros veteranos y prácticamente, dejándonos sin protección alguna.

Muchas mujeres quedaron viudas. Otros quedaron huérfanos, y muchos otros, huyeron cobardemente al ver que la población de la aldea quedó comprendida finalmente por la parte más vulnerable; gente que no iba a durar viva si la gran guerra se desataba.

Al ver la situación, el Jarl Vaughan, ordenó que toda mujer en posibilidades de pelear se uniera a la fuerza guerrera bajo su mando. Niñas de diez años fueron entrenadas por los ancianos guerreros, y las jóvenes como yo, entre los dieciséis en adelante, nos convertimos en exploradoras.

Trece exploradoras que tenían la tarea de buscar comida donde fuera necesario para alimentar a toda una aldea; cosa que llevó a varias de nosotras a meternos en zonas peligrosas para poder obtenerlo. Tres fueron descubiertas robando en los campamentos enemigos, y por lo tanto, torturadas de muchas formas hasta morir. Otras dos fueron devoradas por los lobos, y una nos traicionó al volverse la amantes de un General extranjero.

La posición en la que estuvimos entonces hizo que el Jarl cambiara las órdenes de las exploradoras restantes, nuestra nueva tarea se basó en encontrar un aliado, o aquellos que se opusieran a la invasión extranjera para crear una resistencia. De esta manera mis expediciones me llevaron a encontrar a cierto sujeto inusual, un hombre bastante misterioso e intrigante, de armaduras negras muy peculiares que no pertenecían a mi tiempo, del cual les hablaré a continuación:

Esa mañana, el sol apenas fue perceptible cuando salí a cumplir mi nueva orden. La baja temperatura provocó una neblina espesa de color blanco, un aire frío que solo permitió visualizar aquello que estuvo a tres pasos frente a mí. El viento fue implacable, mis brazos se entumecieron al grado de no poder sentirlos, y mis piernas se congelaron, pero mi gran fuerza de voluntad relució, por lo que seguí mi camino. Mis pestañas se convirtieron en hielo, al grado de obligarme a parpadear cada segundo para que no terminar con el ojo congelado; no logré lubricar mis pupilas de manera normal, por lo tanto, mi retina se comenzó a congelar y esto me causó algo de pánico.

Al sentir el trancazo frío del ambiente, busqué un lugar cerrado, ya fuera una cueva, o un tronco seco que me proveerá de abrigo. Caminé por donde antes hubo un sendero, un camino no muy lejos de mi aldea que me guió a las colinas fronterizas.

Debido a la nieve, mis pies se hundieron en el suelo, obligándome a usar mas fuerza de la normal. En cada paso gasté mis reservas de energías para no quedar enterrada como una estatua fría. En otras secciones del mismo camino el piso se hizo resbaladizo, por lo que debí tener mucho cuidado de no caer en un acantilado y terminar empalada en una gran estaca de hielo.

Mis extremidades inferiores para este punto ya eran dos piernas duras que amenazaban con perder el movimiento, mis botas ya no fueron suficientes para protegerme de la nieve, y mi ropa, aunque estaba confeccionada para el clima, ya no me proveyó abrigo para el viento frío que sopló a mis alrededores.

Pensando en mi desgracia, mi vista se fijó en los suelos encontrando sorprevisamente un hilo color rojo, una tonalidad muy notoria sobre la blanca nieve del lugar. Incrédula, miré detenidamente para poder examinar la situación, me agaché a tocar con mis dedos esa nieve manchada de color carmín, era sangre. Sin entrar en pánico, pensé los posibles orígenes de ese tono rojizo, tal vez algún animal se encontraba herido, así que me levanté y miré a mis alrededores. Al mismo tiempo, me percaté de algo más en el camino, un par de huellas se marcaron apenas perceptibles a cada lado del hilo rojo de sangre; eran huellas humanas. Sin dudar, seguí la línea roja hasta una cueva en las faldas de las montañas color ocre.

Sigilosa y prudente, miré todo a mi alrededor para estar atenta a cualquier indicio de sonido o movimiento, no supe si estaba haciendo lo correcto, pero de no hacerlo, pude estar cerca un peligro y mi deber era preparar a los aldeanos para que todos ellos se pusieran a salvo.

Internándome en la cueva, observé una luz de color ámbar producida por el fuego. Inmediatamente entendí que se trataba de una presencia humana, o de muchas presencias ahí adentro. Uno, o varios forasteros se encontraban cerca, por lo que tuve que asegurarme sobre su procedencia y cantidad; pero algo era seguro, alguno de sus integrantes se encontraba herido.

Me acerqué, el rastro de sangre terminaba un par de pasos al fondo, dándome cuenta que el lugar contenía a una sola persona. La distancia en que me encontraba me impedía observar al sujeto, por lo que me adentré al interior donde la fogata se mantenía ardiendo.

Mi intención solo era mirar la situación, para saber si debía regresar a mi aldea de inmediato y poner a todos en alerta, o dejar pasar el asunto, pero, mi curiosidad se tornó más grande.

Dentro de la cueva rocosa, apenas perceptible noté la sombra de alguien; un hombre de alta estatura sentado en el suelo y recargado sobre la pared. El hombre tenía el cabello largo de color negro. Una venda oscura que cubría su ojo izquierdo y una piel muy pálida. Se había quitado sus ropas en la parte superior, dejando al descubierto su cuerpo lastimado y sangrante.

Desde lejos lo observé, él trataba de curar sus heridas de manera ineficiente, por lo que necesitaba ayuda inmediata. Por instinto, o no sé como llamarlo, el sujeto alzó su rostro notándome; no entiendo como supo que estaba ahí, juro que fui demasiadoa cuidadosa para evitar ena situación así; el tomó su enorme espada color negra y se puso de pie.

—¡No te acerques, o te lastimare! —me gritó, pero no fue en una voz que amenazara con matarme.

Su advertencia me confundió, él se encontraba sumamente tranquilo, como si le hablara a un conocido de toda la vida. Levanté mis manos en señal de que no deseaba pelear, ni de hacer nada extraño, mientras me acercaba a su posición.

—Con esas heridas dudo mucho que puedas hacerme un gran daño —le dije sin titubear mientras daba unos pasos más—, será mejor que no te muevas, o esas heridas que has tratado de curar se pondrán peor—. Raro o no, él no retrocedió.

El guerrero me observó detenidamente de pies a cabeza estudiando mi persona completamente. Él no era cualquier guerrero perdido, lo pude notar inmediatamente al ver la forma en que empuñó su arma y al observar su actuar. Me acerqué muy despacio, evitando dar a entender malas intenciones y extendí mi brazo, hasta que mi mano tocó la hoja de su espada, para después, guiarla hacia el suelo y el hombre se relajara.

—Yo puedo ayudarte a limpiar y curar tus heridas—. ¿Por que me ofrecí?, no lo sé, juro en verdad que no entendía que me estaba sucediendo—. Prometo que no trataré de hacerte daño.

A simple vista era obvio que ese guerrero poseía una gran experiencia en batalla. No se intimidó al verse descubierto en su escondite, tampoco se notó nervioso al verse vulnerable ante una joven desconocida que podía traerle muchos problemas. Él podía matarme en cualquier momento si lo deseaba, ya que con su estatura y corpulencia podía hacerme lo que él quisiera, pero, contrario a todo esto, tan solo asintió y dejó que le ayudara.

El hombre de cabellos negros giró dándome la espalda como si yo fuera alguien de su completa confianza; de nuevo la confusión me invadió. Su manera de actuar conmigo se tornó bastante extraña, juro que nunca lo había visto antes, pero él se portaba como cuando Velkan, el guerrero más notable de mi aldea, se portaba conmigo; un trato amigable, al ser conocidos, pero poniendo distancia al saber que había una diferencia de edades y clase.

Con precaución me acerqué a su posición, al tiempo que el guerrero colocó su enorme espada junto a una bella armadura color negra. Su ropaje llamó mi total atención, las llamas de la fogata me permitieron observarla a detalle y llevarme una enorme sorpresa, ya que nunca había visto una armadura de ese tipo.

El detalle era extraordinario. Cada relieve en gris oscuro estaba hecho milimétricamente, donde contenía signos en miniatura de alguna lengua que jamás había visto. El material era sumamente intrigante, una especie de metal ligero brillante con destellos que parecían pequeñas chispas de fuego ardiendo en su interior. Todas las piezas estaban intactas, cualquier metal contendría abolladuras por las constantes batallas, raspones de armas, o aberturas por las flechas; la armadura que miraban mis ojos parecía estar completamente nueva.

En la parte de la pechera, contenía el grabado de un demonio a un detalle extraordinario. Dos piedras preciosas parecidas a las esmeraldas adornaban sus ojos, pero al prestar de nuevo atención, no eran esmeraldas, sino, algún otro tipo de piedra pulida a precisión, con resplandores internos como estrellas. La hechura, no la pude distinguir. No era una armadura vikinga, tampoco una samurái, o árabe, mucho menos occidental, era un ropaje vivo. Una armadura de un mundo totalmente anterior a todo lo conocido, con energía propia, con vida propia, con voluntad propia, y que sólo brindaba lealtad a su portador.

Y su espada...

La arma era mucho más grande que el hombre que la blandía. Tanto en peso, como en longitud. Su larga hoja color negra llevaba unos grabados que se encendían en el compás de un corazón palpitante, algo parecido a un arma maldecida por algún ser demoníaco. Su empuñadura no tenía un detalle espectacular, solo un tejido en color negro parecido al que tienen las armas asiáticas de los samuráis, sin embargo, lo notable en ella era esa gema roja, una piedra preciosa en forma de gota de sangre que no dejaba de brillar.

—¡Qué hermosa armadura! —exclamé sin darme cuenta en que lo había hecho en voz alta.

—¿Te parece? — contestó el hombre sin siquiera girar para mirarme.

Solo de esta forma es como me hice consciente de que mis pensamientos los expresé en voz alta; cosa que nunca me había pasado siendo tan descuidada.

—¿Dónde la obtuviste? —pregunté sin perder la oportunidad—. Nadie tiene este tipo de armaduras en la actualidad, y observando los detalles, me he dado cuenta que tiene gran parecido con aquellos ropajes de la era de los Dioses, hace cinco mil años atrás.

—¿Viviste en ese tiempo para asegurar tal cosa? —el guerrero formuló la pregunta de forma burlona, creyendo que me avergonzaría y me quedaría callada.

—Me gusta escuchar a los ancianos, y aprender cosas. —Contesté firme y con seriedad, dejando en claro que mi apariencia juvenil no tenía nada que ver con mi desarrollo intelectual.

Con esto último, a partir de aquí ya no obtuve respuesta de parte de él, se quedó callado y sin moverse de su lugar. Entendí que ya no quería hablar sobre el asunto, y no le interesaba debatir sobre quien sabía más; era obvio que él era quien conocía más sobre el tema. Sin embargo, su forma de actuar no me molestó, él era muy serio, precavido, y lo atribuí a que siendo un forastero, no debía confiarse o todo podría salir muy mal.

Así que tomé el pedazo de tela con el que él anteriormente se limpiaba las heridas, pero este ya se encontraba muy sucio. Al notar esto, saqué la blusa de mis pantalones, jalando la parte inferior hasta cortar un trozo de tela, mi acción hizo que el pelinegro se sorprendiera y esta vez, sus ojos por fin me miraron.

—No debemos dejar que se te infecten las heridas —le dije al ver la confusión en su rostro—. Si te limpio con lo que tú usabas, es seguro que terminaríad con una espalda putrefacta y mal oriente. —Otra vez, él pelinegro tan solo asintió sin decir una sola palabra.

Seguí con mi trabajo, con el nuevo paño froté suavemente sobre sus hombros, y alcé su largo cabello negro para poder tener una mejor perspectiva de la gravedad de las heridas sobre su espalda. Sin embargo, me llevé una tremenda sorpresa al ver que su espalda estaba marcada por cientos de cicatrices, cicatrices de varias longitudes que en su momento, seguramente fueron muy dolorosas. Me quedé pasmada, impresionada por la cantidad de ellas, no había lugar que no estuviera marcado por alguna herida.

Curiosa, quise tocar la más grande de todas las cicatrices, aquella que atravesaba desde su hombro derecho, hasta el dorsal izquierdo. Mi acción no se debió a que nunca hubiera visto una de esa magnitud, más bien, el corazón se me estrujó, como si yo hubiese sido la culpable de causarla.

—Debió dolerte mucho, —dije cuando mis dedos casi tocaron aquella protuberancia sobre la blanca piel.

El guerrero esta vez reaccionó rápidamente de forma brusca, tomando mi mano a la altura de mi muñeca y me sacudió para alejarme de él.

—¡Ni se te ocurra! —me advirtió de una forma tan fría y amenazante esta vez.

Él, no empuñó su arma por que no hubiese querido, pero noté la rabia interior que se produjo al contenerse y no actuar por mi desvergonzada acción. La situación se tensó, creí por un instante que me echaría del lugar y a traición me mataría, pero no sucedió así. De nuevo aquel hombre de piel blanca me dio la espalda y se sentó donde estuvo antes, me ofreció el pañuelo con el que limpiaba sus heridas, algo que tomé como una disculpa por su actuar.

—No vuelvas a hacerlo. —Me indicó con un tono bastante suave, pero sin darme la cara.

No niego que su forma de ser fue confusa, su bipolaridad era una advertencia para mantenerme en alerta y no terminar muerta, pero aún así, había algo en ese sujeto que me intrigaba tanto.

—Me llamo Astarté, ¿y tú? —pregunté para romper con el incómodo momento.

El hombre de piel blanca se mantuvo de espaldas a mí, ni un solo sonido emanó de sus labios, así que pensé que las cosas serían más incómodas de ahora en adelante.

—Un guerrero no bienvenido en ningún lugar, —le escuché decir inesperadamente en respuesta a mi pregunta anterior.

Levanté la mirada a su dirección, mi ceja se arqueó al ver que ni siquiera se dignó a observarme a los ojos, pero giró un poco su cabeza, dejando notar una imperceptible sonrisa.

De nuevo, regresé a limpiar las heridas de su espalda. Con licor desinfecté cada una de ellas, y cautericé con una de sus dagas al fuego para calmar el sangrado. El guerrero en ningún momento se quejó del procedimiento, sorprendiéndome demasiado ya que no parecía humano; cualquier otro se hubiera retorcido de dolor.

—¡Listo! —exclamé cuando terminé—. Debes descansar para dejar que tu cuerpo regenere los litros de sangre que regaste allá afuera, —señalé hacia la salida de la cueva—. Tal vez mañana te encuentres algo mejor, y entonces podrás ir a patear los traseros de aquellos que te dejaron en este estado. —Esta vez gané una sonrisa real de su parte.

No sé que tenía él, pero sentí una gran familiaridad. Mi sentido común no funcionó, es más, parecía que me incitaba a conocerlo mejor. El guerrero tomó de nuevo su prenda superior y se la colocó. Tomó su cinturón y se lo puso guardando sus armas.

—Te lo agradezco —dijo.

Esperé un momento para saber si él diría algo más. Algo que dejara ver que estaba agradecido conmigo, o que le había agradado mi compañía, pero para mi desgracia no dijo nada. Y no lo culpo, no me conocía, no era nada suyo y tampoco había apego alguno entre los dos. Yo me ofrecí, él no pidió ayuda. Yo fui la que me involucre sin que me llamaran, por lo que estaba en todo su derecho en hacerme sentir como un objeto sin valor.

Al entender esto, supe que era tiempo de marcharme antes de que él se arrepintiera y no me dejara hacerlo por la incertidumbre de que fuera a delatar su posición. Eché un último vistazo a donde él se dirigió, en silencio se fue hasta la pared más cercana junto a la fogata, y de nuevo se sentó en el suelo cerrando sus ojos como si yo no existiera.

—Bueno, me voy —dije algo desanimada—, espero llegues bien a tu destino.

En verdad no quería irme, pero si él ya había conseguido lo que necesitaba, no había otra cosa por la que ese guerrero me quisiera ahí. Así que giré yendo al pequeño corredor que llevaba a la salida de la cueva, me sentí fatal al principio, pero al comprender que fui yo la intrusa, lo acepté; en esta ocasión conté con tanta suerte de salir viva.

Sin embargo, por un momento tuve la leve esperanza en que ese hombre al verme partir dijera algo, que tomara mi disposición como algo a su favor, pero no sucedió nada.

—Allá afuera morirás —escuché su voz en el interior, resonando como eco en las paredes —no lo mal intérpretes, no me interesas en lo más mínimo, pero allá afuera hay una enorme ventisca, sería muy estúpido si salieras ahora mismo de aquí. —Noté su sombra en ese entronque cerca de mi posición.

—No sería la primera vez que viaje en un clima extremo como este —contesté al notar que en las palabras de aquel hombre hubo un insulto a mi persona—, yo he vivido por dieciséis años en esta zona, inviernos a los que he sobrevivido y este no será la excepción.

Mi petición en un principio había sido que ese hombre misterioso hallara una excusa para que me quedara donde él se encontraba, pero al saber que me veía como alguien ilusa y tonta, hizo cambiar mi forma de pensar las cosas; por lo que comprendí que no valía mi tiempo y me dispuse a salir del lugar, ignorando su advertencia.

—¿En verdad quieres que te obligue a quedarte? —amenazó a unos pasos de distancia a mis espaldas—. ¿Tienes tanta urgencia de morir a tu corta edad? —ahora parecía un regaño.

—¿Y eso a ti en qué te afecta? — respondí algo altanero al no entender su forma de actuar. —Si muero o no, no es tu problema, eso no impedirá que llegues a donde sea que te dirijas. —Ya me había enojado.

—Tan rebelde como siempre—. Dijo al tiempo que marcó de nuevo esa sonrisa llena de satisfacción y dejándome más confundida que nunca.

Después de esto, aquel pelinegro de nuevo se adentró en la profundidad de la cueva con pasos sumamente tranquilos y ligeros. Con una calma sorprendente que me hizo pensar que él quería que lo siguiera hasta donde mantenía su lugar de resguardo.

No supe que hacer al instante. En primera, por que era un extraño que nunca había visto antes, pero me causaba una familiaridad enorme y me sentí cómoda a su alrededor. En segunda, parecía conocerme cuando mencionó mi rebeldía, un comportamiento que el Jarl Vaughan me había reprochado muchas veces, al ver que no obedecía como los demás a su alrededor.

¿Acaso el forastero lo intuyó, o en verdad sabía algo sobre mí? Debía averiguarlo y entonces, cedí a sus caprichos así de simple.

—Por las noches los lobos rondan por aquí —dije al buscar una excusa y no sonar como si lo hubiera obedecido—. Ya casi se pone el sol, y no quiero terminar devorada por ellos. Además te encuentras herido.

¡Ay por favor! Era obvio que él podía acabar con toda la manda sin esfuerzo alguno y con semejante arma.

—Mañana al amanecer podrás seguir tu camino—. Me senté a su lado sin darle opción a rechazarme.

Mi acción al parecer le agradó, de nuevo marcó esa sonrisa invisible y permaneció en silencio.

Era raro, no sé como explicarlo, pero su aroma corporal ya la había percibido en algún momento, no ahora precisamente, pero si en alguna ocasión. Era una aroma emocional, no un perfume ambiental. Un olor a soledad, a nostalgia, tristeza y pérdida; olores poco comunes en un ser humano. De la misma manera, percibí un tipo de aura muy singular a su alrededor. Me sentí resguardada, me sentí cómoda, me sentí familiar; un ambiente que solo otorgaba alguien que te causa una completa confianza.

Y con estas sensaciones, y sin ser consciente de mis actos, las lágrimas comenzaron a escurrir sobre mis mejillas. Al momento no entendí por que lo hice y me sorprendí mucho. Mi mano derecha fue directamente a mi mejilla, tomé una de mis lágrimas y la observé con detenimiento sobre la yema de mis dedos, pero esto solo causó que se me estrujara el corazón con un dolor intenso que no pude controlar.

Las lágrimas brotaron una tras otra, sin poder contenerlas y junto al dolor de mi corazón, mi interior se rompió. El guerrero a mi lado al notar mi estado emocional abrió sus ojos y me miró. Apenada por no saber como es que había llegado a tal punto, rápidamente traté de secar mis mejillas en un intento desesperado por no parecer vulnerable, pero no pude contenerlo.

—No te avergüences de tus lágrimas —dijo con voz seria cuando observó que yo intenté de todo por parar las lágrimas, —las lagrimas son a causa de lo que recuerda tu alma. —Mencionó cuando una de sus manos secó mi mejilla.

—No lo entiendo, nunca me había pasado esto —dije al estar totalmente avergonzada—. No puedo pararlo, no sé por que.

—El golpe de realidad siempre suele ser duro—. De nuevo sus palabras no tenían sentido para mí—. Veo que aún mantienes ese lazo eterno que nos une, Astarté.

No asimilé en el momento sus palabras, no entendí lo que él me quiso decir. La vergüenza que estaba sintiendo por llorar frente a un desconocido acaparaba mis sentidos, por lo que no capté que ese hombre me estaba diciendo claramente que tenía una conexión conmigo, un lazo más allá de lo que un ser mortal podría entender.

Me quede callada, estúpidamente no hice nada, tan sólo me alejé poniendo distancia para tranquilizar mi ser, y poner de nuevo claros mis pensamientos.

Mi cuerpo resintió este alejamiento, inesperadamente me faltó el aire y sentí una gran opresión sobre el pecho. Me maree como nunca, mi visión se volvió borrosa y solo recuerdo ver una sombra acercarse a mí cuando por fin perdí la conciencia.

No sé que pasó después, pero puedo decir que esa noche no descansé en lo más mínimo. Mis sueños, o tal vez pesadillas, fueron algo totalmente distinto a lo normal. Un enfoque totalmente diferente en donde pude percibir olores, texturas, sonidos, sabores, y mirar de manera clara un cielo no de color azul, sino, un cielo infinito con miles de estrellas en colores y estelas ondeantes; parecía algo mágico y a la vez aterrador.

Cuando abrí mis ojos de nuevo ya había amanecido. Los rayos del sol iluminaron la entrada a la cueva y con ello, busqué inmediatamente al guerrero; él aún permanecía al otro extremo.

No pude articular palabra, no sabía que decirle después de lo que había sucedido la noche anterior, así que solo me quedé mirando como se alistaba para irse. No pude evitar mirar de nuevo su bella armadura, era un ropaje hermoso hecho por alguien que seguramente no era de procedencia mortal. El guerrero lo sabía, y por tal motivo complementó la imagen con su presencia, imponiendo de cierta forma temor, sin embargo, a mi, solo me ignoró nuevamente pasando de largo directo a la salida.

—¡Espera! —dije cuando mi cerebro funcionó de nuevo y el sujeto casi estaba afuera.

Él paró su andar, se detuvo abruptamente mirando al exterior.

—Marcus... —dijo de repente como si hubiera leído mi mente —Marcus Vanyar es mi nombre. —Fue lo último que le escuché decir, para después, ver como se perdió de mi vista.

Desde entonces no volví a ver a ese guerrero, pero curiosamente a partir de ese momento, nadie, se atrevió a atacar mi aldea de nuevo. Tiempo después nos enteramos que esto se debió a que se crearon rumores sobre demonios que protegían mi hogar, y que aquel que osaba en entrar sufría de una muerte dolorosa para nunca más ser visto; no sé como se corrió la voz sobre esto, si nadie fue visto otra vez.

A partir de entonces me ofrecí a hacer rondas al exterior más a menudo, aunque sinceramente, no era necesario por la reputación que habíamos adoptado, pero necesitaba un pretexto para salir de mi zona y así encontrar de nuevo a ese guerrero de nombre Marcus.

Como primer paso de mi búsqueda, regresé a la cueva donde lo vi esa primera vez, pero no había nada que me ayudara a dar con su paradero, o eso pensé. Sin embargo, como si el destino quisiera ver que podía pasar, casi a la salida de la cueva noté algo brillar en una pequeña grieta, justo donde Marcus me había llamado la atención al querer salir con la ventisca.

Me acerqué al lugar, aquello que brilló era un objeto de metal en forma de media luna. Traté de sacarlo, pero mi sorpresa fue mayor cuando me di cuenta de que no era un pequeño objeto, sino, una bella catana con una empuñadura tejida en color blanco con azul, y en su extremo superior llevaba un remache en color dorado. La arma había sido hundida en aquella grieta como si hubiesen tratado de ocultarla.

Cuando la saqué completamente, en su hoja traía amarrada un pedazo de piel con algo escrito. La desatoré y leí el contenido:

《Mi Lady:

Esta arma siempre fue tuya. Ahora mismo ya eres capaz de darle un buen uso y sé que la aprovecharás bien. Cuídala, es un arma excelente, con una gran historia y una gran reputación. Una bella arma hecha a tu medida para que puedas blandirla sin problema alguno. No tengas miedo de usarla, ya que ten por seguro que si llegaras a perderla por cualquier razón, yo siempre la llevaré directamente a tus manos.

Astarté, me dio gusto ver que te encuentras bien y que sigues siendo la misma joven de antaño. Que el tiempo no es obstáculo para acercarnos, y que siempre te encontraré donde quiera que estés.

Esta vez nuestro encuentro fue muy abrupto, pero sé que ahora mismo ya sabes quién soy y lo que fui para ti; siento mucho no poder quedarme a tu lado, pero te pondría en peligro si "ellos" se enteran de que has renacido aquí; sabes que no nos quieren juntos y son capaces de hacerte mucho daño.

Astarté, Lucí, Jade, Zelin, Lilith, Erendi, cualquier nombre que tengas, ten por seguro que siempre te encontraré a través del tiempo, solo espero que me recuerdes, por que yo, siempre tendré estos sentimientos hacia ti.

Fue un gusto verte, aunque sea por unas horas. Sin embargo conociéndote, no te conformarás con estas palabras. Espera la cuarta luna, y entonces te veré donde siempre, son órdenes de tu Líder Legionario; Marcus Vanyar.》

Hace dos días que la segunda luna pasó, debo apurarme para llegar al lugar indicado si quiero volver a verlo.

Marcus no es un desconocido para mi, eso comprendí en todos estos días de viaje. Sin embargo, aún me sorprende que exista aquel apego sentimental que creamos en esa isla bajo el mar, una vida en la que nos fue tan mal, que pensé que nunca más nos volveríamos a ver.

Marcus lo cumplió, en esa ocasión me prometió que me buscaría por el mundo todas las veces que fuera necesario, hasta hallar un tiempo donde pudiéramos vivir en paz.

Este no es el caso, pero siempre tuvimos un lugar especial para podernos encontrar; no importa que pase el tiempo, ese sitio siempre se mantiene igual y ahora mismo, me dirijo hacia allá.

13 Juillet 2023 17:24 0 Rapport Incorporer Suivre l’histoire
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La fin

A propos de l’auteur

Erendi Demonai Para mi no existe el: "Y vivieron felices por siempre..." por que simplemente la vida real no es así. Mis personajes nunca llegarán a declararse, por que de hacerlo terminarán con el corazón roto o muertos. Escribo Fantasía, Fantasía Epica y Ciencia Ficción. Las Realidades Alternas me gustan.

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