escritor_entre_comillas Iván Baya

Alicia trabaja en «La Parada», un bar que se encuentra frente a las paradas de las líneas siete y diez del autobús. Nuestra protagonista fantasea con las vidas que se esconden detrás de sus clientes habituales hasta que, un día, dos desconocidos le hacen ir un paso más allá y plantearse si valdría la pena subir al bus que otra persona perdió.


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La Parada

«Se te van a quedar los codos planos». Con esa frase, mi jefe me daba la murga todas las tardes. La razón era que, había un rato entre las seis y las ocho de la tarde que en «La Parada», el bar en el que trabajaba, me aburría como una ostra. Apenas entraba gente a tomarse un café, coincidía con un horario de trayectos entre el trabajo y el hogar de la mayoría de los viajeros de las líneas diez y siete, cuyos autobuses paraban justo en la puerta del bar.

Las primeras veces apenas te fijabas en los pasajeros, pero cuando ya había caído el equivalente a todo un árbol caduco en hojas del calendario, terminabas por hacerte multitud de amigos imaginarios. Sus rostros iban y venían por tu mente como si los conocieras de toda la vida. Conocías sus horarios, la forma en qué tomaban el café, su cena favorita… Porque, en raras ocasiones, algunos aprovechaban para darse un capricho. No era de extrañar que, con tanto aburrimiento, acabaras con algún pasajero favorito. Así era como terminabas conociendo sus voces, con quiénes hablaban por teléfono, en qué trabajaban…

—¡Buenos días, Alicia! —me arrancó un cliente de mis pensamientos.

—¿Lo de siempre?

Después de haber preparado todas las mesas para los desayunos, comienza la lluvia de pasajeros matutina, los primeros de mi rutinaria lista.

—Ojalá mi mujer me conociera tan bien como tú —respondía mientras vaporizaba la leche de su café.

—¿Cuántas veces te pone el desayuno? —le pregunté de forma jocosa.

—Pero si nunca desayunamos en casa —exclamó—, y cuando llega el fin de semana siempre se nos pasa la hora. Iba a madrugar yo para tomarme un café…

Él era Miguel, uno de los habituales, ¿qué iba a ser si no? En este bar solo había un perfil de clientes: pasajeros. Y si la mayoría seguía un horario, era inevitable que pasaran una pequeña porción de sus vidas conmigo.

—Aquí tienes. —Le ofrecí el vaso.

Abrió la mano sobre la barra y dejó el importe justo del desayuno. Con la otra, se llevaba el café a los labios mientras hacía un gesto con el ceño a modo de despedida. Se salió a la entrada del bar, a esperar a que llegara el bus de la línea siete.

Hoy, él había sido el primero de la primera tanda, seguido de Laura, Antonio, Fidel, Noelia…

—¿Cómo vas? —preguntó Mario, mi compañero, que salía de la cocina limpiándose las manos con un trapo.

—Puedo sola, tranquilo —respondí—. Tostada entera con tomate —proseguí, pasándole el pedido del siguiente cliente.

Y suceden así, como surgidos del folclore tabernero, una sucesión de cantos:

—Mollete con tomate y jamón, sin tomate.

—Media con mantequilla.

—Cruasán a la plancha con jamón.

—Dos porras y tres churros.

—Otra.

—Otra más.

—Saca dos más.

A medida que las aguas comenzaban a calmarse en las mañanas de «La Parada», otros empezaban su jornada. Véase el caso de Susana: entraba en la oficina, saludaba a todo el mundo como si fueran sus ahijados y se sentaba en su despacho. Tras abrir el correo, le hacía una seña al compañero que estaba a su lado para salir a fumar. Pero también estaba Joaquín, ese operario de ferrocarriles que llegaba a su puesto arrastrando los pies, adoptando postura cansada tras tomarse un doble de máquina antes de empezar a cubrir el trayecto entre esta y la ciudad próxima.

Mi cerebro recreaba la vida de cada uno de mis clientes habituales, como si pudiera verles a través de un agujero, como si pudiera elegir ver los capítulos de cada una de sus vidas.

—¡Alicia, la tostada! —exclamó Mario, rescatándome de mi propia abducción.

La alcancé y la entregué al cliente.

—Aquí tiene —dije con cierto tono de sumisión, a modo de disculpa.

Pues, lo creyera la gente o no, ¡me gustaba mi trabajo! Mi familia opinaba que dejé de lado los estudios demasiado pronto; yo opinaba que los estudios no supieron conquistarme. Era una chica de difícil acceso, con inquietudes extravagantes que no todo el mundo era capaz de aceptar. Mi rutina en el bar me permitía escudriñar en la vida de las personas, me hacía sentir como un gato con un ovillo de lana que podía manipular a su antojo, sin importarle los motivos o las consecuencias. Quise emanciparme pronto para llenar los huecos de mi vida con dinero y caprichos, pero de eso habían pasado ya unos cuantos años. ¿A quién puede importarle la vida de la chica del bar?

A medida que transcurría la mañana, un sinfín de rostros había quedado satisfecho de los desayunos, dando paso a la vorágine del mediodía, dispuestos a devorar cada una de las bandejas de tapas del expositor. En la mesa que tenía enfrente, la número siete, para ser exactos, y como si estuviera reservada, se solía sentar la misma persona cada día. En ocasiones, me observaba de reojo servir las penúltimas raciones antes de soltar su habitual:

—Chica, ensaladilla.

Se trataba de Fernando, un jubilado que venía a tomarse la última antes de degustar uno de los deliciosos guisos de Fernanda, valga la casualidad, su mujer. ¿La última copa? No, cualquiera de las últimas tapas que le pudiera servir. Sabía que solía ir cargada, pues me empoeñaba en rebañar hasta el último restriegue de la cuchara antes de renovar las bandejas del expositor.

—¿Todo bien en casa? —le pregunté.

—Como siempre, mi mujer se recupera del último esguince viendo el programa de la ruleta de la suerte.

No fallaba, todo un clásico entre las amas de casa de su edad.

—Dígale que se mejore de mi parte, tengo ganas de verla por aquí una tarde.

Y con un discreto gesto, agarró mi mano y metió en mi palma varias monedas.

—Por ser tú, mi niña.

Cosa de clientes habituales. Entre unos y otros tampoco daba para un sobresueldo, pero sí lo suficiente como para mantener en vuelo mi autoestima durante lo que quedaba de día. Entre servir bebidas, raciones, tapas y bocadillos en unos tiempos que darían para toda una sección del Libro Guinness, mi fuerza solía ir sufriendo descensos constantes. Nadie se explicaba de dónde sacábamos la energía aquellos que nos dedicábamos a esto, ni siquiera yo, que cuando era pequeña, me hacía la misma pregunta. ¿La respuesta? Pues que gracias a gente como yo, otros podían hacer sus trabajos mejor y con otros ánimos. En otras palabras, me sentía orgullosa de ser una parte importante del día a día de las personas. ¿Acaso no dicen eso de que el desayuno…? ¡Pero mira qué hora es!

—¡Me voy a descansar! —exclamé antes de dejar el delantal colgado tras la puerta de la cocina.

—Un poco tarde, ¿no? —se sorprendió Paco, del turno de tarde.

—Ya, es que esta es mi terapia ocupacional, pero y ¿a ti qué te importa? —Le lancé un trapo a la cara.

Nos reímos, había buen rollo entre todos nosotros. Pues eso, que no era el mejor empleo del mundo, pero me hacía feliz a mi manera.

—Vuelvo sobre las cinco —continué mientras me ponía el abrigo—. ¡No olvidéis fregar debajo de la mesa cinco!

—¡Oído! —Se oyó una voz de fondo.

Me despedí alzando la vista al fondo de la cocina. Mario detuvo su limpieza para despedirme levantando la mano.

Salí del bar a la hora de siempre. Estaba empezando a llover, tal y como había previsto el pronóstico del tiempo. La gente empezaba a agruparse en la parada de la línea diez en la acera de enfrente, la que me llevaba a casa después de una intensa mañana. No me preocupaba tener jornada partida, después de todo, las tardes en «La Parada» parecían estar diseñadas para aplanar los codos en la barra y sumergirse un rato en la más soñadora de las imaginaciones.



Al llegar a casa, un vacío me invadió. La cocina estaba sin recoger, la cama sin hacer, la basura sin sacar… Emanciparse no consistía en vivir exenta de las mismas responsabilidades de las que solía quejarme cuando vivía con mis padres. Me tumbé un rato en el sofá y agarré una de las porciones de pizza que sobraron anoche. Aunque tenía aspecto de recién hecha, estaba fría y algo seca, pero igual de sabrosa.

Y así, entre mordiscos, bostezos y cambios de canal, me quedé dormida para hacer una pausa de mi sobredosis de realidad.



Me desperté de golpe y de un salto con el ruido del portero de casa. ¡Fuera quien fuera, tenía motivos para insultarle con el peor repertorio que se me ocurriera!

—Cartero comercial —dijo la voz de un joven desgraciado.

O no, a lo mejor era tan feliz en su trabajo tal y como lo era yo. No era la más indicada para andarme con prejuicios, y a pesar de que su trabajo era bastante más molesto para la gente que el mío, le abrí de buena gana. Aquel suceso marcó el inicio de mi segunda mitad del día.

La musiquilla del último anunció que oí en la tele, antes de quedarme dormida, me acompañó durante todo el trayecto inverso de la línea diez. Era una melodía un tanto boba, aunque pegadiza, digna de la banda sonora de mi propia vida, la cual veía pasar cada vez que un fondo oscuro a través del cristal me devolvía el reflejo de mi propia imagen. Como cualquier otra chica de cabellos castaños rizados que pudieras encontrarte sentada en el autobús, me apartaba el pelo de la cara de manera apresurada, antes de que el autobús parase en la puerta del bar.

Además de la compañía de Paco y Luisa, la otra chica del turno de tarde, Isaac había suplantado a Mario en la cocina. Mi compañera, con una inusual sonrisa, acercaba un descafeinado de máquina a la mesa dos, porque es lo que solía tomar Manuel, el conserje del colegio que estaba a dos calles de distancia. Al fondo, una pareja desconocida se reía. Para mi gusto, el bar no era el mejor lugar para tener una cita. Creo que jamás me atrevería a quedar con alguien en un sitio así, pero comprendía que siendo un punto de encuentro entre dos líneas de bus y de los trabajadores de una buena parte de la ciudad, era un destino frecuente para los jóvenes en busca del amor. Además, estos tenían la suerte de tenerme a mí para llevarles la cuenta mientras cuchicheaban con unas pícaras risillas, pues en mi imaginación, ambos estaban a punto de comer perdices antes de ser felices para el resto de sus vidas. Les observé, de arriba a abajo, mientras la chica sacaba la cartera para pagar. Había visto a parejas de todo tipo; para algunas, el bar había sido su «última» parada en el tren de las relaciones. Estos, sin embargos, desprendían un optimismo muy fresco, fruto de una primera cita de éxito.

—Quédate el cambio —dijo ella, con una sonrisa bien puesta.

Le di las gracias antes de comenzar a recoger la mesa. El jefe y dueño del bar llegaba en una hora, así que pude quedarme con mi propina sin tener que hacer gala de mis dotes interpretativas.

—¿Has dormido mucho? —preguntó Isaac cuando me vio llevar los platos al fregadero.

—Casi nada, el portero me ha despertado al poco de quedarme dormida.

—Quién lo diría, date un poco ahí —se rascaba el lagrimal del ojo izquierdo.

Vale, tan solo pretendía ser sutil para decirme que tenía una legaña.

—Nota mental, mirarse al espejo antes de salir —respondí mientras me limpiaba con el nudillo del dedo índice—. ¿Ya?

Paco asintió mientras preparaba una bandeja de salpicón.

—Sácate esas dos —me señaló con el mentón.

Patatas alioli y una tortilla bien cortada, también de patatas y sin alioli. Le hice sitio en la alfombra roja del expositor de tapas, pues eran el éxito de la media tarde. Me agaché a la nevera y saqué un refresco de cola antes de regresar a la cocina para abrirlo.

—¿No era hoy el día del partido? —pregunté y me sentí como si fuera analfabeta, ya que no soy nada forofa.

—Sí, a las once, así que cárgate las pilas.

Eso hacía, dando un trago a mi bebida mientras me acercaba a por los platos limpios. En cuanto terminara la calma de la tarde, nos esperaba la tormenta de botellines y aperitivos de la semana. ¿Quién sabe? Tal vez era la respuesta del universo para no ponérmelo todo tan fácil: caras conocidas, típicas de la zona, mezcladas con otras que se dejaban caer por aquí de pura casualidad. Con el jaleo, apenas tendría tiempo para arreglar sus vidas en mi mundo de fantasía. Volví a beber antes de dejar la botella en la mesa y comenzar a sacar todos los tiestos limpios. Me crucé con Luisa, que venía cargada de platos y cubiertos sucios.

—¡Te tengo que contar una cosa, tía! —exclamó.

—No me lo creo, ¿en serio? —respondí.

Dio un pequeño brinco, sin levantar un palmo del suelo, tratando de contener su alegría y evitar tirar algo por accidente. Mientras colocaba la vajilla, Paco cobraba a otros clientes con el datáfono. En la mesa de al lado, la mesa favorita de Fernando en las mañanas, y de Marisa por las tardes, acababa de tomar asiento una chica desconocida y de semblante serio. Clienta por casualidad. Me acerqué para ver qué le traía por aquí.

—Buenas tardes —tras saludarla, la escaneé para introducirla en mi registro de visitas mental—. ¿Qué va a ser?

—Café con leche de soja, muy templada, por favor —respondió con una voz algo tímida.

Tenía cierto atractivo que hasta a mí, como mujer, me costaba evitar admirar. Venía arreglada, en mi cabeza, era como si estuviera de camino a una entrevista de trabajo. De camino, sí, de lo contrario, los gestos de su cara y la manera en que escribía en su teléfono móvil la habrían delatado. Y hablando de entrevista de trabajo, aquí venía Luisa hecha un manojo de nervios.

—¡Me han aceptado! —exclamó.

—¡Ostras! ¡No me lo puedo creer! ¿En dónde? —Di un salto contenido, contagiada por su emoción, algo que la clientela pudo apreciar.

—Universidad de San Patricio, ¡mi primera opción!

—¡Madre mía! ¡Tenemos que celebrarlo! —grité.

—¿Te nos vas? —preguntó Paco.

—Después de Navidad.

Es lo que tenían los compañeros con estudios, no solían durar mucho mientras les duraba el salario de media jornada. Mientras servía el café de la nueva clienta, seguía repitiendo lo mucho que me alegraba por su futuro.

—Ponme un donut blanco —dijo la chica mientras rompía el sobrecito de azúcar sobre su taza.

—No quedan de azúcar, ¿te pongo uno chocolate?

Tras un silencio muy corto, asintió a modo de «me vale». Tenía que confiar en mí, un buen chute de teobromina le cambiaría la actitud de cara a su entrevista. Paco y Luisa seguían hablando, decían algo de tomarnos una buena copa mañana al comienzo de la tarde. Con la ayuda de unas pinzas, agarré la pieza de bollería de mi nueva y golosa clienta, que seguía tecleando en su teléfono mientras parpadeaba con unas pestañas largas y bien definidas.

—Gracias —dijo en cuanto dejé el plato en su mesa.

Mientras recogía las mesas de alrededor, Luisa se acercó para ayudar.

—Alicia, ¿te importa si salgo antes para celebrarlo con mi familia?

—Faltaría más, yo me encargo del resto.

—Ay… lo siento, hoy era el partido, ¿no?

—Sí, pero tú tienes una victoria más importante que celebrar —dije mientras dejábamos la vajilla sucia en la barra.

Mi compañera compartió su calor conmigo en un abrazo que bien podía clasificarse como técnica de primeros auxilios. No era la primera vez que nos enfrentábamos a una noche de fútbol con servicios mínimos, además, los botellines se servían casi solos, y la limpieza era una actividad que pasaba a segundo plano hasta el momento de cerrar.

La tarde transcurría como siempre. Algún que otro cliente entraba, y Luisa, para compensar su precoz final de jornada, los atendía por mí mientras yo me dedicaba a divagar en mi sitio predilecto tras la barra.

Pablo acababa de tomarse su pincho de tortilla y se despedía de nosotros con energía. Otros clientes tomaban su aperitivo antes de continuar su viaje, sin embargo, mi nueva clienta de misterioso glamour seguía en su sitio. Ya se había tomado el café y el donut, y se entretenía mirando a la gente moverse a través del ventanal. Aquellos que no estaban bajo la marquesina de la parada se cubrían con un paraguas de la lluvia, que a pesar de no ser muy abundante, adornaba el paisaje de la calle, reflejando la luz de los coches y de los semáforos.

Si seguía ahí plantada iba a llegar tarde a la entrevista… ¿O acaso se trataba de una cita? De todas maneras, alguien llegaba tarde, fijo. Se hacía cada vez más evidente, pues no dejaba de mirar el reloj. A lo mejor era ella la entrevistadora y había quedado en un lugar informal para romper el hielo. Al principio, tecleaba sobre la pantalla del teléfono móvil con bastante fuerza; ahora, solo la observaba de vez en cuando. Podría tener mi misma edad, pero su aspecto serio le daba el aire adulto que a mí todavía me faltaba. ¿Qué se le habrá perdido en este rincón de la ciudad? En un rato, esto estará lleno de friquis del balón, no es el sitio apropiado para una dama como tú. Necesito averiguar algo más sobre ella.

—¿Desea algo más? —Me acerqué y le pregunté.

—No, gracias.

Pellizcó una muesca en sus inmaculadas uñas, parecía nerviosa. Mientras me alejaba, lanzó un suspiro. Al girarme, tecleaba en su teléfono, como con rabia. ¿Quién puede estar haciendo esperar a esta chica? ¡Qué desconsiderado! Hizo un gesto para hacerme volver con la cuenta.

—¿Todo bien? —me atreví a preguntar.

—Sí, muy bien —respondió con un tono seco y cortante mientras sacaba la tarjeta para pagar.

Manos muy cuidadas, pero sin anillos: no parecía estar casada, ni comprometida; o no le gustaba la bisutería. Tampoco llevaba pendientes, ¿alergias a algún metal? No tuve ocasión de averiguar mucho más sobre ella, aunque en la pantalla de su teléfono se veía una lista interminable de llamadas sin responder.

—No se agobie, no todas las tardes son así de tristes en el bar —intenté animarla de lo que fuera que le inquietaba—. Muchas veces veo a la gente perder el autobús en la parada, ¿no es irónico?

Respondió con una mueca y una risa de compromiso.

—Quiero decir, que a veces, perder un autobús no está tan mal. Y no lo digo porque se dejen el dinero en el bar —me acerqué para hablarle en voz baja—, sino que a veces, no está tan mal hacerse de rogar.

La chica me miró con cierto escepticismo. Se levantó, agarró su abrigo y su bolso.

—Tienes mucha razón —respondió—, arrastrarse es de cobardes.

Y lo que parecía un consejo mal regalado, se convirtió en un atisbo de complicidad.

—Hasta luego, muchas gracias —se despidió.

Mientras recogía su mesa, la observé situarse en la parada de la línea diez, guarecida de la lluvia. Ella seguía mirando hacia el bar. Como detectó que la miraba, me hizo un gesto, el cual le devolví de manera cordial.

Regresé a mi lugar predilecto, mi rincón de pensar. La voz de Luisa se oía al fondo de la cocina, se despedía de los demás compañeros.

—Tía, muchas gracias, otra vez —me decía a la vez que me daba un beso en la mejilla, seguido de un abrazo.

—Anda, márchate antes de que llegue el jefe, todo irá bien.

Mi compañera se colocó el gorro de su abrigo y salió apresurada hacia la parada de la línea diez, la misma en la que seguía esperando la misteriosa chica.

El autobús no tardó en llegar, y antes de subir, Luisa se despidió de mí lanzándome un beso. Se colocó a pocos asientos de distancia de mi nuevo pasatiempo imaginario. Levanté mi mano para decirle adiós, una rutina que muy pronto vería su fin en cuanto comenzara a trabajar en la universidad.

De la marabunta de gente que había bajado del autobús y cruzaba el paso de peatones, solo una persona entró en el bar. Se trataba de una nueva cara desconocida, un chico algo más joven que yo. Se quitó el abrigo y comenzó a caminar entre las mesas mientras observaba los números de las mismas, hasta llegar a la número siete. Hoy era mesa del éxito.

—Buenas tardes, ¿qué le pongo? —pregunté en la distancia a medida que me iba aproximando con la libreta en la mano.

El chico se detuvo unos segundos para mirar la carta de la mesa.

—Hola, ponme un refresco de naranja, por favor.

—¿Algo de comer? Tenemos pincho de tortilla, patatas alioli, ensaladilla…

—Nada más, gracias —me interrumpió.

Abrí una botella y serví su refresco en un vaso con hielo. La verdad, hacer aquello no tenía nada de especial. Se lo llevé a la mesa y volví a mi sitio para seguir observando a la gente de fuera. Dentro apenas quedaban clientes, que incluso ya habían pagado la cuenta y seguían hablando de sus asuntos.

El chico observaba a través del ventanal mientras daba un sorbo a su bebida. A diferencia de la chica que había ocupado su misma mesa, esta persona no parecía cuidar en absoluto su imagen. Venía con una sudadera gris, unos vaqueros y unas deportivas, por lo que se camuflaba mejor entre el tipo de cliente que frecuentaba el bar. Tal vez se trataba de un estudiante, un veinteañero sin responsabilidades ni obligaciones. Mi maquinaria para inventar vidas se había puesto en funcionamiento con el nuevo sujeto. ¿Qué tocaría esta vez? Con una actitud serena, bebía su refresco mientras alternaba su mirada entre el exterior y el televisor del bar.

Pasaron treinta minutos, en los que anduve jugueteando con su historial familiar, además de con algunas caras conocidas que pasaban por delante del bar, pues nadie más había entrado desde entonces. Me asomé a la puerta y respiré hondo para disfrutar del olor a tierra mojada llevaba sin colarse en el bar desde que se marchó el último cliente.

El jefe todavía no había llegado, y en un par de horas, comenzarían a llegar las personas que venían a ver el partido. Hasta entonces, más me valía disfrutar de este momento. Regresé adentro.

—¿Quiere tomar algo más? —pregunté al chico.

—Nada más, gracias.

Sobraba decir a qué sitio regresé. Esta vez, me detuve a observar a mi cliente. No llevaba anillos, tampoco le vi sacar un teléfono móvil. ¿No será la cita de la otra chica? No daba el tipo, era del todo improbable.

—¿Hola? —me sorprendió al acercarse a la barra, sin darme cuenta.

—Sí, ¿qué desea?

¿Me he quedado absorta mirándole? ¡Qué corte! Menos mal que sé disimular bien la vergüenza.

—¿Es esta la calle «Los Cerezos»? ¿Verdad?

—Así es —asentí.

Miró el reloj que había detrás de mí y a continuación el de su muñeca antes de volver a tomar asiento en su mesa. ¿A qué había venido eso?

—¿Por qué lo preguntas?

—He quedado con alguien a quien no conozco —miró su reloj otra vez—, pero creo he llegado tarde, mi reloj no ha cambiado por sí solo la hora, me he dejado el teléfono en casa y encima me pasé una parada.

¡Bingo! No cabía duda, era la cita de aquella chica, pero no me atreví a decir nada al respecto. ¿No se conocían de nada? ¿Una primera cita a ciegas? Qué curioso. Parecían demasiadas excusas a la vez, y solo la del cambio de hora me pareció convincente.

No tuve que estrujarme los sesos para recordar el comportamiento de mi desconocida favorita del día: semblante serio, recatada, mirando la hora y escribiendo en el teléfono de manera constante. ¿Cuánto tiempo pudo haber estado esperando? El chico, por otro lado, parecía esperanzado de conocer a su cita. ¡Qué mala soy! ¿Y si le dejo ahí esperando?

—¿Quieres que te ponga algo mientras esperas?

—Bueno, un vaso de agua, si no le importa.

—Marchando.

Y le serví el vaso.

—Creo que he metido la pata, tal vez debería irme, pero ¿y si vuelve?

Esbocé una sonrisa.

—Dicen que las mejores cosas se hacen de rogar —le dije cuando recogí el vaso de su refresco.

No pretendía darle falsas esperanzas. Por un lado, pensé que no le vendría mal aprender una lección. Por otro, recordé todo lo que le había sucedido hasta llegar a «La Parada». Primero, se equivoca de parada. ¡Qué irónico! Segundo, llega con un retraso de una hora. ¡Esta es pasable! Tercero y último: ¿quién sale de casa sin el teléfono móvil? Vamos, que los astros se habían alineado para hacerle llegar fuera de la hora prevista. A lo mejor era lo que tenía que suceder, a aquella chica elegante no le pegaba nada este chico. El atractivo de este era más bien juvenil, muy en disonancia con el aura que desprendía ella.

Entré en la cocina, Isaac seguía preparando un sinfín de aperitivos de cara a la noche. El jefe todavía no había llegado, ni parecía que fuera a hacerlo ya. Paco, por otro lado, estaba sentado con una vieja revista de pasatiempos. Yo, terminaba de pulir una idea extravagante mientras dejaba el vaso en la pila. Era como tenía que ser por las tardes, cada loco con su tema.

Cuando regresé, el chico seguía mirando por la ventana con el vaso de agua entre las manos. Paciencia no le faltaba, desde luego, y a pesar de su metedura de pata, parecía mantenerse firme en su espera. ¿A quién se le ocurre tener una cita en un bar con este nombre y encima pasarte de parada? En ese momento, me miró. Cuando se dio cuenta de que lo observaba, apartó su mirada muy rápido. Tal vez… ¿Y si…? La vida imaginaria de mi interior pedía salir a gritos. Yo no habría sido capaz de quedar con alguien en un lugar como este, en un lugar como el que trabajo, pero aquel chico sí lo parecía. ¡Qué valiente!

Saqué una bandeja y serví sobre ella un par de refrescos de naranja y dos pinchos de tortilla. Me quité el delantal y me dispuse a acercarme a la mesa siete, donde el chico aún seguía mirando a través del cristal.

—¿No le tendrás alergia al huevo, no? —dije, sorprendiendo al chico.

—Esto…, no.

—Muy bien. —Terminé de servir la comida y la bebida y dejé la bandeja en la mesa de al lado antes de sentarme con él.

—¿Eres Alicia? —preguntó.

Me quedé congelada, sin saber qué responder. Le eché valor.

—Soy tu cita.


17 Avril 2023 15:12 0 Rapport Incorporer Suivre l’histoire
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La fin

A propos de l’auteur

Iván Baya «Escritor» entre muchas cosas. Escribo fantasía, aventuras y thriller. © 2023 Iván Baya www.escritorentrecomillas.com

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