axel-melgarejo1625109491 Axel Melgarejo

La guerra de los cien años entre Inglaterra y Francia parece no tener fin. la muerte junto a la devastación continua han sumido a Francia a un estado de degradación sin precedente, sin embargo hay una pequeña esperanza en el corazón de los pobladores: La Espada de Liz. Cuenta la leyenda que aquella mitica espada fue empuñada por el mitico Carlomagno y una vez que la terminó de usar, la enterró, creandose la profecia de que cuando la Espada de Liz fuese reencontrada, su portador llevaría a Francia a una nueva y gloriosa edad dorada. durante la coronación del nuevo monarca frances, un temible complot se desarrolla a sus espaldas cuyas intenciones son matarlo antes de que asuma la corona, sorpresivamente un nuevo heroe aparece con intenciones de salvar al futuro Rey: se llama Adrianne Fux, una guerrera que no le gusta ser tomada en menos por ser mujer, habla de si misma en tercera persona y lleva consigo... La Espada de Liz.


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PROLOGO: EL ATAQUE DE BRITANNIA

El viento movía su larga cabellera negra junto a su ancho vestido azul, cerrando sus ojos mientras extendía sus brazos y sonreía a la suave caricia de aquel fresco aire primavera, Adrianne Fux aspiró y suspiró en señal de alegría por sentirse viva en aquel hermoso día de Marzo.

- ¡Adrianne!- le gritó su padre desde la distancia- ¡Ven aquí abajo que todavía tenemos trabajo que hacer!

- ¡Ahí voy papi!- le gritó la pequeña Adrianne desde la distancia, bajando la empinada y verdosa colina que le permitía ver todo su pequeño pueblo desde la distancia

- Ven pequeñita, necesito de tu ayuda para llevar el carro hacia la casa- le contó su padre sosteniendo una parte del carro de madera que se encontraba cargado con una gran cantidad de paja en ese momento

- Enseguida papi- le respondió Adrianne tomando con fuerzas la ancha empuñadura de madera y alzándola con todas sus fuerzas. Las mejillas de la pequeña niña de ocho años se volvieron rojas mientras se inflaban debido al esfuerzo que estaba poniendo en poder soportar el enorme peso

- Bien Adrianne- la felicitó su padre con una sonrisa dando inicio a la marcha- lo estas soportando bien

- Hago… lo mejor… que puedo- le contestó Adrianne acompañándolo por el largo camino

- Si puedes llegar hasta la casa, te creeré- le sonrió su padre, molestando un poco a Adrianne

A medida que avanzaban por el pequeño poblado francés cuyas casas eran de madera y sus techos de paja, los aldeanos vieron con enojo al desaliñado padre de Adrianne. Gerard Fux era un hombre alto, de piel bronceada y una espesa barba negra con varias canas en la zona del mentón y los costados, siendo casi la zona de las patillas las que mantenían su descolorido negro natural. Llevando un oloroso y grisáceo pullover de tela junto a un pantalón de color castaño rojizo con tirantes y un sombrero negro, Gerard era visto como un pobre diablo que tras haber perdido a su esposa a manos de los Britanos, él había enloquecido y creía que su hija debía ser tratada como un hombre. Rara era la vez que los demás niños veían a Adrianne tener los comportamientos femeninos que se esperaban en una niña tan bonita y alegre como lo era ella, la mayor parte del tiempo estaba haciendo labores masculinas como el arado de la tierra o la práctica de esgrima que le permitía ser una gran espadachina a corta edad.

Sintiéndose observada, Adrianne los ignoró y con todas sus fuerzas mantuvo la manivela de madera en alto hasta llegar a destino. Tras soltarla, Adrianne fue a buscar un tridente y al encontrarlo se dirigió a donde estaba su padre quien le pidió con calma:

- Déjala

- ¡Pero papi…!- protestó Adrianne siendo interrumpida por su padre quien le dijo

- Lo haremos mañana- caminando hacia la puerta de entrada, le dijo- hiciste un buen trabajo, felicitaciones hija

- Gracias papá- le contestó Adrianne, clavando el tridente con ira en donde se encontraba la paja

El tridente, al estar clavado en un montículo débil, se cayó al suelo colocándose al lado de la carreta. Preocupada porque su padre le dijera algo por la paja que había caído al lado del tridente, Adrianne colocó la paja junto al tridente debajo de la carreta, la buscaría a la mañana siguiente y comenzaría el trabajo a primera hora del día.

Adentrándose a la casa, se encontró con su padre orándole a la imagen de su madre. Aquellas oraciones le daban a su padre un poco de paz espiritual y guía interna a la hora de educar a su hija y de hablar con ella sobre sus sentimientos a la hora de criarla.

- ¿Por qué tardaste tanto?- le preguntó su padre mientras seguía orando

- Quería guardar el tridente para usarlo mañana- le contestó Adrianne arrodillándose al lado de su padre, era una verdad a medias que le avergonzaba decir, pero era mejor decir vergonzosas verdades a medias en lugar de decir asquerosas mentiras

- Te molestó que los aldeanos nos vieran trabajar juntos de nuevo ¿Verdad?- le preguntó su padre sin dejar de orar ni abrir los ojos

- Así es padre- le contestó la pequeña Adrianne con una naciente irritación- los demás niños me dicen que debería ser más frágil y ocuparme de la costura junto a la cocina, que debería ser la niña de la casa en lugar de…

- Los demás niños solo son unos infelices que repiten lo que sus padres les han dicho, no poseen dignidad, pensamiento propio ni tampoco imaginación- le contestó su padre levantándose del altar donde se encontraba la imagen de su difunta esposa- eso lo sé porque yo también pensaba como ellos y también creía las mismas cosas que ellos hasta que perdí a tu mamá y al encontrarme solo contigo, me di cuenta de que era un inútil

Sentándose en la silla de madera con respaldos de paja color marrón, Gerard Fux continuó con su relato:

- No sabía cómo cocinar, cómo hacerte un vestido y cómo consolarte cuando llorabas. Ella sabía cómo llegar a ti mientras que este viejo soldado no tenía ni la menor idea de cómo calmar a un bebé y allí me di cuenta que ella debía de pensar igual. Podía saber cocinar y hacer vestidos pero jamás como pelear y poder defenderse. Saber ser útil en batalla y por eso fue que la asesinaron- mirando con pesar a su hija, finalizó- y por eso decidí criarte con ambas virtudes, qué sepas cocinar pero qué también sepas pelear, qué tengas fuerza para llevar un carro lleno de paja mientras entonas una linda canción y a la vez que pienses en el vestido que te harás mientras aras la tierra… el llevar ese carro, es algo que tu mamá jamás habría podido hacer pero que tú lo lograste

- ¿Papá?- le preguntó Adrianne con inquietud al verlo aquella tarde más triste de lo usual

- Quiero que me prometas que sin importar lo que pase o lo que hagas, jamás dejarás que nadie, sea hombre o mujer, te vea en menos o te trate como una indefensa solo por ser una chica- le pidió su padre tomando las manos de Adrianne con fuerza- prométemelo

- Si papá- asintió Adrianne mirándolo con seriedad y desafío- lo prometo

- Bien- sonrió Gerard tomando la cabeza de su hija y acariciándola mientras besaba su frente- ahora, vamos a comer

La cena estaba compuesta de papas, verduras y tomate. No era mucho en comparación a lo que los grandes señores comían pero para Adrianne, aquella comida era todo un manjar.

- La espada de Liz- le contaba su padre durante la cena- es una de las reliquias más antiguas de Francia y cuyo valor es más grande de lo que imaginas debido a que le perteneció al gran Rey Carlomagno

La mirada de su padre se volvía soñadora al contar la historia de la mítica espada de Carlomagno y los ojos azules de Adrianne se agrandaban al oír aquel relato e imaginar aquella poderosa espada.

- Forjada por los antiguos dioses de Francia y capaz de cortar el metal más fuerte que existe, la espada de Liz poseía un poder muy grande que , según se dice, le daba a su portador la capacidad de ser invencible

- ¿Y qué ocurrió con la espada?- le preguntó Adrianne sintiendo una emocionante curiosidad nacer de su interior

- Se dice que tras la batalla de Orleáns, Carlomagno enterró la espada en un determinado lugar que significaba mucho para él y posteriormente se retiró a gobernar Francia- le respondió Gustav, añadiendo con gran entusiasmo- sin embargo se cree que el día que sea encontrada, su portador llevará a Francia a su antigua gloria y se convertirá en su nuevo rey

- El príncipe de Francia no me parece un mal muchacho- le contó Adrianne ruborizándose un poco al decirlo

- A mí tampoco me lo parece- rió su padre bebiendo un poco de cerveza- sin embargo ya se encuentra comprometido con la joven doncella Rosalina de Orleáns, se cree que harán una linda pareja

- Si… yo también lo creo- asintió Adrianne bajando la cabeza en señal de pesar

Tras finalizar con la cena, ambos se fueron a dormir. Aunque las habitaciones compartidas eran lo más común en las casas francesas, Gustav había construido dos cuartos separados para que ambos tuviesen un poco de intimad y tranquilidad. Acostada sobre su cama de paja, Adrianne pensaba mucho en el joven príncipe de Francia: un muchacho apuesto de cabello negro corto, ojos castaños y una dulce sonrisa que haría suspirar a más de una mujer. El príncipe debía de llevarle diez años de ventaja pero Adrianne lo encontraba demasiado atractivo y, por algún motivo, muy indefenso, indefenso ante los Britanos quienes querían matarlo e indefenso ante las malvadas mujeres que querían desposarlo a la fuerza para tener la corona sin importarles un comino sus sentimientos. Aunque no se conocían de nada, Adrianne creía que ella tenía una conexión especial con el príncipe, algo íntimo aunque no sabía qué, solo sentía el fuerte deseo de protegerlo a toda costa de los peligros que lo rodeaban en secreto. Ruborizándose al imaginarse al lado del príncipe delante de un arroyo en un hermoso campo, Adrianne cerró los ojos al pensar en ese hermoso beso que ambos tendrían y se durmió mientras largaba un enamoradizo suspiro.

El olor del humo fue lo que la despertó, no fueron los gritos de los aldeanos, tampoco las maldiciones y los insultos de los soldados enemigos ni mucho menos el llanto de los niños que se creían superiores a ella, sino el maldito olor del humo. Al abrir sus ojos encontró a varios soldados Britanos deambulando en la casa, horrorizada, Adrianne trató de hacerse la dormida cuando su padre apareció con su espada y de un solo movimiento le cortó el cuello a uno de los soldados. Su compañero, al divisar a Gustav, alzó su espada solo para que su brazo fuese cercenado de un solo golpe. Levantándose de la cama, Adrianne corrió a donde estaba su padre exclamando:

- ¡Papiii!- abrazando la rodilla de su padre, la pequeña Adrianne comenzó a llorar

- Ya está bien hija, todo está bien- la consoló su padre, apartándola cariñosamente de su pierna- ahora necesito que seas valiente ¿Sí?

- Si- asintió Adrianne, dejando de llorar

- Bien, quiero se salgas por la ventana y huyas del pueblo- le pidió Gerard mirando con cautela en espera de que los compañeros de aquellos soldados aparecieran de un momento a otro

- ¡No!- protestó Adrianne molesta- ¡Quiero pelear, quiero ayudarte!

- ¿Y cómo lo harías?- le preguntó su padre yendo directamente a su punto- sabes pelear con una espada pero aun no has matado a nadie y no sabes cómo reaccionar ante la idea. Que dios me perdone pero no deseo que lo hagas, ni siquiera ahora. Aun eres pura Adrianne, por eso te suplico que te vayas, para que tu alma siga siendo pura ¿Lo harías por mí?

- Si papá- sollozó Adrianne dándole un último abrazo- te quiero

- Y yo también pequeñita, ahora… ¡Ve!

Saliendo por la ventana, Adrianne cayó cerca de donde estaba el carro con paja en donde había escondido el tridente “Y no lejos de allí se encuentra la guadaña” pensó Adrianne al darse cuenta de que posiblemente tenía una chance de salvar a su padre, una muy pobre pero valida.

Metiéndose debajo de la carreta vio como tres soldados Britannos entraban armados con una espada, un hacha y una ballesta dispuestos a pelear contra su padre mientras que un cuarto soldado, sosteniendo una antorcha, quemaba la casa. Aprovechando el descuido de aquel soldado, Adrianne tomó el tridente y reuniendo todo el valor del mundo, largó un grito mientras apuñalaba al soldado por la espalda. El aliento de Adrianne se cortó mientras sentía como algo dentro de ella moría, solo que no sabía qué. El soldado británico que sostenía la antorcha no le dio problemas, cayó al suelo boca abajo y tras dar dos espasmos, murió mientras soltaba la antorcha. Sintiendo una fuerte convulsión interna, Adrianne vomitó su cena y sintió las gruesas lagrimas correr por sus mejillas, sin embargo aquel horrido sentimiento fue suplantado por otro al ver como su padre, a pesar de pelear con gran honor y destreza, era asesinado por el disparo del soldado que poseía la ballesta. La mezcla del horror por lo que había hecho junto a la tristeza y pesar por la muerte de su padre, más la incredulidad al ver como su hogar ardía en llamas, fueron lo suficiente para que Adrianne anulase sus sentimientos, creando un fuerte vacio en su interior que le permitió actuar con un sádico profesionalismo que no podía saber que tenía. Para ella sus acciones serían guiadas por fría lógica antes que por un deseo vengativo, de pronto se vio a ella misma tomar el tridente y cerrar la puerta de su casa trabándola con aquella sangrienta herramienta. Los tres soldados que intentaban huir se encontraron atrapados en el interior de aquella casa en llamas. Tomando la antorcha junto a la espada del soldado muerto, Adrianne tiró la antorcha al interior de la casa acelerando el incendio con los tres soldados aun dentro. El soldado de la espada trató de huir por la ventana cuando Adrianne lo emboscó y le cortó el cuello de un solo movimiento con su espada. Aquel Britano se sostuvo su sangrante herida, mientras caía hacia atrás reingresando a la casa cuyas llamas comenzaban a tomar todo el comedor. El soldado del hacha había intentado apagar la antorcha cuando está cayó, pero los restos de alcohol que se encontraban en el suelo junto a las llamas del techo convirtieron tal acción en algo inútil. Aun si podía apagar las llamas de la antorcha, el incendio ya estaba lo suficientemente avanzado como para poder apagarlo o contenerlo. Mientras el soldado del hacha corría hacia la otra ventana dispuesto a pelear contra la pequeña, no contó con que la misma Adrianne entraría de nuevo con ambas espadas en mano y de un solo movimiento le cortaría la pierna derecha impidiéndole moverse. El soldado del hacha soltó su arma mientras se sujetaba su maltrecho y sangrante muñón, largando fuertes alaridos de dolor al hacerlo.

Sosteniendo su ballesta, el último soldado en pie, literalmente hablando, apuntó a Adrianne y le disparó hiriéndola en el hombro. La pequeña soltó la espada que sostenía con su mano izquierda, pero continuó avanzando mientras el soldado cargaba su ballesta.

- ¡¿Qué esperas Britano cobarde?!- le gritó Adrianne con ira- ¡No tienes honor, no tienes valor y mucho menos dignidad! ¡Dispárame si puedes, pero te aseguro que Adrianne Fux no caerá hasta verte morir! ¡¿Me oyes hijo de puta?! ¡Adrianne Fux terminará contigo!

- ¡¿Y quién es esa Adrianne Fux de la que hablas?!- le gritó el Ballestero cargando su arma mientras trataba de alejarse hacia la ventana

- Yo soy Adrianne Fux- le contestó la pequeña alejándose unos centímetros mientras miraba el techo. Antes de que el Ballestero comprendiese que pasaba una parte del techo se desmoronó encima de él, quedando atrapado por las vigas de madera. Viendo a su padre por última vez, Adrianne dijo en voz alta- y yo, Adrianne Fux, no descansaré hasta que el último Britano caiga dando por terminada la guerra, Adrianne Fux te lo promete papi

Los gritos de auxilio del asesino de su padre sellaron aquella promesa de sangre. Corriendo con rapidez, Adrianne pudo salir a tiempo de su casa por medio de la ventana y alejarse mientras veía como el asesino de su padre moría en un agónico alarido.

Adrianne caminó como una autómata ignorando los pedidos de auxilio y las miradas vidriosas de los hombres, que la habían juzgado antes, mientras yacían muertos en el suelo. Los soldados que habían atacado al pueblo ya se habían retirado o solo eran esos siete que ella había matado, no lo sabía y no le importaba. Caminando en silencio por la calle mientras las casas se quemaban a sus costados, Adrianne se dirigió a donde estaba la colina verdosa y al llegar a ella, contemplo su hogar por última vez. Cerrando sus ojos, alzó sus brazos sintiendo el cálido viento nocturno que movía su rotoso vestido azul junto a sus largos cabellos negros.

27 Janvier 2023 19:00 0 Rapport Incorporer Suivre l’histoire
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