Histoire courte
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El vampiro y las tigridias

Esa mañana, como en las últimas mañanas de hace doscientos años, el vampiro observa por la ventana aquella singular mancha amarilla, unas tigridias descollaban en su jardín. Las miraba melancólico. En su jardín florecían rosas, tulipanes, orquídeas, margaritas. Cada una de ellas podía tocarlas cuando el sol se ocultaba entre las montañas. Pero la tigridias marchitaban sus pétalos con el último rayo del ocaso. Ni siquiera cubriendo su cuerpo de gruesas telas era seguro para él salir durante el día. Su cuerpo solo resistía la luz de la luna, no sin que esté sufriera sus efectos. El vampiro anhelaba tocar aquellos pétalos, pues, sus manos habían tocado cuan flor hermosa brotaba sobre la tierra, menos aquellas que perdían su belleza al final del ocaso. En las paredes de su hogar los daguerreotipos de aquellas tigridias y unas cuantas secas eran la única decoración de su hogar, además de los muebles con cierto patrón que hacía recordar a unas flores difusas. Amaba aquello que sus manos no podían poseer, desde el principio de los tiempos todo caía antes sus pies; mujeres, hombres, animales, todo aquello que quería lo poseía. Tanto era su amor por aquellas flores amarillas que desde el despunte del alba se hallaba contemplándolas desde la alta ventana. Día tras día, año tras año, sus cansados ojos contemplaban aquel baile de vida y muerte que se daba en su jardín. A lo largo de los años había acumulado riquezas, tomado la sangre de nobles y recorrido cada recoveco que existía sobre la tierra. Pero una simple flor era lo único que no podía poseer. Su altivez excitaba sus sentimientos más primarios. Una mañana, hastiado de aquella absurda situación, tomo un largo trozo de tela otomana, la suficiente para cubrir su cuerpo, dejando solo una pequeña abertura para sus ojos. Observó aquella gran puerta de roble, dubitativo de su siguiente acción.

—¿Qué razones hay para prolongar mi vida? —Pronunció—. Ya he saciado mi hambre y mi sed. Mis arcas se desbordan y no hay lugar para más. He vivido por estas tierras más que cualquier hombre, incluso más que las religiones primitivas.


Alzó su mano pálida al picaporte. La puerta se abrió con un chillido ensordecedor, utilizando más fuerza de la que esperaba, ¿Hacía cuánto no salía? Camino apresurado por el sendero del jardín y por fin las vio con claridad. Estaban allí, a escasos metros de sus manos. Una lágrima recorrió su mejilla, a la vez que sentía sobre su piel como si un enjambre de moscas la recorrieran. Apresuró sus pasos. Lo sentía, la tela no estaba funcionando, nunca lo hacía. De aquel pequeño orificio que dejo para mirar brotaba un fino humo. A cada pisada su cuerpo le dolía más, su pecho se comprime y suelta de vez en cuando una pequeña bocanada. El calor aumenta, como la fiebre de su espíritu al tener tan cercas aquellas flores. Su corazón salta de júbilo, tiene a esas hermosas tigridias a sus pies. Desliza su mano entre la tela y toma un pétalo. Tantos años de ansiada espera, sentía en su pecho una emoción ya olvidada. Toma la flor entre su mano.

—Eres tan preciosa como el canto de mil vírgenes.

Pero una sola mano no era suficiente para tomar aquello tan extraordinario. Con la mano que sostenía la tela se dispuso a tomar tantas como se permitiera. La tela se deslizó entre su cuerpo, dejándolo al descubierto sin que se diera cuenta, absorto en la contemplación profunda, sus sentidos ignoraron lo que su cuerpo padecía. De sus ojos brotaban lágrimas de felicidad, sus dedos acarician aquellos pétalos con una delicadeza celestial, como aquella que Dios uso al esculpir al primer hombre. Toda una vida, y al fin son mías —exclamó. Apretó las tigridias entre sus manos y las coloco sobre su pecho, las flores se hicieron cenizas, como lo empezaba a hacer su cuerpo. Aquel goce agónico le hacía olvidar las llamas que cubrían su cuerpo.

6 Décembre 2022 01:13:17 0 Rapport Incorporer Suivre l’histoire
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La fin

A propos de l’auteur

Charles J. Doom La soledad, trágicamente, es mi única compañera.

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