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José despertó sobresaltado al sentir que moría mutilado junto a un muro de hormigón. Aunque quedó desvelado desde ese instante, siguió tumbado en la cama, bocarriba, no quería moverse, no sabía si tenía los ojos abiertos o cerrados en su habitación oscura. “Tal vez debí seguir soñando, pero soy un estúpido miedoso” pensó. Se fustigaba continuamente, no entendía por qué, si quería morirse, le tenía miedo a la muerte y se sintió otra vez pusilánime, cobarde.


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Los demonios de José

José despertó sobresaltado al sentir que moría mutilado junto a un muro de hormigón. Aunque quedó desvelado desde ese instante, siguió tumbado en la cama, bocarriba, no quería moverse, no sabía si tenía los ojos abiertos o cerrados en su habitación oscura. “Tal vez debí seguir soñando, pero soy un estúpido miedoso” pensó. Se fustigaba continuamente, no entendía por qué, si quería morirse, le tenía miedo a la muerte y se sintió otra vez pusilánime, cobarde.

No sabía qué hora era, ni le interesaba saber. “me gustaría simplemente dejar de respirar” pensó otra vez. Sus desvelos ya eran cotidianos, se acomodaba de medio lado para tratar de conciliar el sueño pero era inútil, miles de pensamientos difusos lo envolvían como un remolino hasta llegar el alba y se levantaba pálido, como un difunto, a esperar que su mamá hiciera el desayuno.

Odiaba su día repetido mil veces en la misma habitación, en la misma casa, pero tampoco le apetecía salir. —El muchacho padece de fobia social — le habían dicho a su mamá, pero ante la gente él no sentía vergüenza sino fastidio.

Había sido expulsado de la escuela secundaria, junto a su hermano Mijaíl, por comportamiento subversivo. Ocurrió tras una trifulca en la que estudiantes habían participado en una protesta de campesinos y se habían enfrentado a la policía con los palos de las pancartas del mitin.

Aunque su hermano si terminó la secundaria, él se rebeló contra el sistema, se encerró aborreciendo las pocas cosas con las que había tenido contacto a su edad adolescente; la escuela, la misa y los militares, sobre todo los militares, que le causaron su primer trauma, la primera batalla de su vida, en un evento que para su hermano fue solamente una subida de adrenalina, él le dio en cambio una trascendencia que desencadenó en odio hacia la institución castrense. Si bien no habían sido propiamente militares, sino policías, José asociaba a cualquier portador de uniforme con lo que su profesor de historia solía llamar “soldados del régimen”, y él quería odiar también al régimen aunque no tenía conciencia plena de que tan extenso era.

El viernes, día de mercado, Dioselina, la sirvienta, llegó de misa de ocho.

—están haciendo batidas en el pueblo —dijo, como solía hacer, soltando frases sin ninguna relevancia cuando llegaba de la calle, sin embargo en ese momento de la vida de José, esa frase tuvo una trascendencia que nadie se esperaba; Se le ocurrió una idea que cambiaría su vida desde ese mismo instante. Si en su cama no era capaz de resolver nada, tal vez tenía que salir de la molicie y enfrentarse a un demonio, por ejemplo metiéndose por completo a esa institución que tanto odiaba.

Era viernes, día de su cumpleaños dieciocho, ya había desayunado cuando llegó Dioselina, se afeitó el bozo, se puso ropa limpia, salió al parque y se enfrentó a la redada con actitud desafiante. Necesitó caer casi al infierno, para tomar el valor de afrontar sus demonios, y ese era uno. Él había tenido aversión por la vida castrense y ahora se entregaba a ella con convicción suicida. A la una de la tarde, la hermana de otro reclutado se encargaba de dar la noticia, en la casa de los Ibáñez. —A José lo cogieron pal cuartel – Gritaba, mientras sonaba la aldaba del portón. Todos la oyeron desde el primer grito, pero ésta seguía gritando hasta que Dioselina, perturbada, movió la tranca para que entrara, mientras se preguntaba: Por qué había salido, si llevaba meses de encierro, y como había salido y trancado el portón por dentro.

—A mi hermano también lo cogieron pal cuartel, necesito llevarle el almuerzo, pero no quiero ir sola – dijo convidando a Dioselina, que se demoró más en cambiarse de ropa, que en recalentar el almuerzo. Lo empacó en una coca y salieron juntas, luciendo su ropa de domingo.

—Debió ser Mijaíl que tiene más perrenque— Rompió el silencio el viejo Nicanor, quién aparentaba sosiego, atornillado a su taburete en un rincón del patio, contemplando el revoloteo de las mujeres tras la noticia. Cerró el libro, poniendo una pluma de gallina como separador en el centro, de donde parecía nunca avanzar. Buscó a su mujer con la mirada y la encontró con una sorprendente expresión de Mona Lisa, como si celebrara el acontecimiento, aunque le había prohibido salir mientras durara la redada.

— ¡Que!— Inquirió don Nicanor, pero ella seguía inmersa en sus cavilaciones, sabía que Mijaíl salía de noche a escondidas, pero eso no le preocupaba, sino José, que cada vez lo veía más distante, solitario, taciturno. Sabía que lloraba en secreto. –No es nada mamá— Le respondía cada vez que ella trataba de romper la barrera invisible que él había interpuesto para aislarse del mundo y consumirse en su tristeza.

Al cabo de un rato contestó a su marido, quien ya no esperaba respuesta. Se había dado por desatendido. —Ahora, por lo menos sabré que está ocupado, para que se le quiten los malos pensamientos – Dijo. Se sintió aliviada, no de las noches en vela, sino de la vigilancia furtiva.

El ser reclutado para el servicio militar, era un mal menor, ante los oscuros escenarios en que ella lo imaginaba desde que entró en depresión. Una noche se levantó sobresaltada a las dos de la mañana, a buscar la escopeta de perdigones, y el viejo fusil rémington que don Nicanor colgaba a un lado de su biblioteca como elementos decorativos, y aunque sin munición los metió debajo de otros corotos que guardaba en un viejo baúl con llave, que escondió en secreto solo compartido con Dioselina. Cambió de sitio los cuchillos de la cocina, ya no en el porta cuchillos de madera sino en el cajón más bajo de la alacena, envueltos en trapos que usaba para coger ollas calientes.

Ya no podría suicidarse con una escopeta de matar pájaros, ni con un fusil que había sido disparado hace más de cincuenta años, ni con cuchillos de destazar ovejas, ni con los de cocina. Ella trataba de deshacer posibles escenarios después de sus noches delirantes. Sin embargo lo vio agonizando al borde de un muro de hormigón, mutilado, con un ojo abierto y el otro reventado. Sobresaltada ante esa macabra ensoñación, de la cual desconocía el posible escenario, solo pudo concentrar en adelante sus plegarias a San Miguel Arcángel, para que le alejara esos sueños tenebrosos.

—Que vaya un familiar, porque José salió apto, y se lo llevan mañana— Recitó Dioselina sin detenerse cuando cruzó el portón, mientras se le sacudían las trenzas al son de sus zarcillos largos, repitió la frase cuando estaba en la cocina.

— ¿Y eso?— Preguntó doña Isabelina señalando la coca, con el almuerzo intacto. –No dejaron darles ni agua. Que allá les dan todo dijo el sargento. —

El ímpetu con el que salió Dioselina contrastaba con el agobio que llegaba. Tuvieron que engrosar una larga fila que luego se convirtió en tumulto de paisanos ansiosos por averiguar la situación de sus respectivos parientes, de los cuales solo oyeron sus nombres en dos listas que leyó en voz alta un uniformado en la puerta del cuartel de policía, que para la ocasión, también funcionaba como centro de reclutamiento temporal para el ejército.

—Siéntanse orgullosos, de que sus hijos van a servirle a la patria. Solamente hemos descartado a estos —Decía mientras sacaban a cuatro muchachos pálidos de la angustia o tal vez del hambre, dos de ellos lloraban desconsoladamente. —Dos de ellos no son aptos físicamente, y estos dos están enfermos de cobardía.—

A las diez de la mañana del día siguiente se los llevaron en un camión de cargar vacas. Fue la última vez que José vio a su padre. —Que vuelva hecho un hombre hecho y derecho— murmuró apoyado en su bastón de viejo, empuñado con las dos manos debajo de una ruana gruesa.

—Virgen santísima, proteja a mi muchacho. —murmuró doña Isabelina, y lo despidió, con los ojos aguados, haciendo una bendición con la mano en la que se dejaba entrever un rosario, y los tres con Dioselina, que mantenía su rostro inexpresivo, en medio de otros deudos esperaron con mansedumbre hasta que el camión tras el convoy militar de los reclutadores, se perdió en la última curva visible desde el andén con rumbo desconocido y entonces se dispersaron con parsimonia, cabizbajos, como en la salida de un funeral.

Eran treinta y cuatro conscriptos incluido José. Se mantuvo inexpresivo. Su mirada perdida y su pensamiento turbado con sentimientos contradictorios. La circunstancia común que hizo que todos ellos concluyeran allí en ese instante, en ese lugar, aunque con emociones distintas de melancolía y pesadumbre, los hacía verse como una cofradía.

El primer pacto tácito fue el del silencio durante el viaje. Parecía que estuvieran concentrados en el ruido del motor del camión y así pasaron durante cinco horas. Solo el sopor que causa el hambre y el calor los sacó de su letargo; José preguntó a uno de sus compañeros si sabía para dónde los llevaban. “Ni puta idea”, contestó. El camión paró en un caserío donde había otros camiones parados. También llevaban conscriptos, reclutados en otros pueblos. De un jeep que iba adelante se bajaron tres soldados de los cuales el más viejo se identificó como el Sargento Fernández. “Bueno señores, los que quieran ir al baño se bajan, van a la tienda con el Dragoneante y en diez minutos están aquí si quieren comer!”

En grupos de once, fueron enviados a comer a una casona, provista de largos mesones, vigilados siempre por soldados con miradas despectivas. Desde ese momento se formó un convoy de cinco camiones de estacas y dos buses, que reanudaron el viaje en caravana. “Que afortunados los de los buses”, dijo José. “Ni tanto”, respondió el Dragoneante que los acompañaba. “Ellos vienen de más lejos, vienen de la Capital”. Otro conscripto aprovechó que José había roto el silencio para preguntarle al dragoneante a dónde los llevaban. “En su momento mi sargento les dará esa información.” respondió tajantemente el soldado, dando por entendido que se había acabado la conversación.

Entrada la noche llegaron a un aeropuerto. Se vislumbraba tras un matorral, una ciudad pequeña con poco resplandor. “Aeropuerto Capitolio, Bienvenidos.” Decía en un letrero de lata más grande que un camión.

Tras un breve descanso, fueron embarcados en un avión DC3 de los que la segunda guerra mundial heredó a países pobres como retribución por prestar soldados para pelear nuevas guerras. Fue la primera vez de José en un avión, pero no fue grata la experiencia, era como estar en un camión con alas. No había polvo, pero el ruido de latas sueltas y el motor era ensordecedor, el frío que sintió durante el vuelo, contrastó con el bochorno húmedo en el descenso.

Llegaron de noche, turbados, cansados y en fila india caminando como zombis, fueron guiados a lo que sería su nuevo mundo durante los siguientes meses.

José actuaba ya como autómata, haciendo el máximo esfuerzo para mantenerse erguido y atento, listo con su “Sí señor” cuando un uniformado se le acercaba, aunque tenía los ojos entreabiertos por el cansancio y el sueño, y las tripas le rebullían. Su rostro reflejaba la tristeza de los desesperados, lo acompañaba un sabor amargo y una lezna en el corazón desde cuando había deseado morir en sus noches de delirio. En ese momento su cuerpo llegaba al límite de la resistencia. Lo sentía en los huesos, en la piel; se sostenía con disimulo de la pared, para no desfallecer. La expectativa por la chuler, el uniforme y el fusil, se diluyó con el sopor, solo quería que lo dejaran dormir, o morir, lo que llegara primero.

Formados en orden alfabético fueron organizados en un largo pasillo con literas de hierro, barnizadas de gris, alineadas a los lados: tres reclutas por litera. Se les permitió escoger solo si se ponían de acuerdo rápidamente. José escogió dormir en la de en medio, luego recibió la dotación, las primeras instrucciones, el baño la comida, y una tula, una enorme tula donde cada uno tendría que guardar todas sus posesiones y mantenerlas amarradas en los parales verticales de las literas.

Por fin le llegó un momento de expiación; comió como un recluta, durmió como un muerto y despertó como un resucitado.

FIN.

Autor: HAM BASHUR

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2 Novembre 2022 21:46:16 0 Rapport Incorporer Suivre l’histoire
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