estherfer8 Esther Ferreira

Enbarcados en lo que parecían ser unas vacaciones gratis, un grupo de chicos se encuentran con un misterio del cual no saben cómo zafarse. ¿Hay algo en la Isla?


Science fiction Déconseillé aux moins de 13 ans.

#romance #paranormal #misterio #aventura #duelo #bromance #triangulo-amoroso #heridas #isla #found-family
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La llegada

Es claro que todos tenemos el deseo de realizar acciones de las cuales estamos conscientes de que lastimarán a alguien.

Jacob Kalloy —castaño de ojos almendras y piel blanca— es un ejemplo de esto, lástima que ese impulso llegó a él en un lugar y situación de vulnerabilidad, tanto hacia Jacob, como a los otros más de veinte jóvenes que lo acompañaban.

Habían llegado a una isla, una pequeña isla que serviría como un refugio en las próximas semanas, o meses, ¿Quién lleva la cuenta?

Después de que un barco, un gran y gigantesco barco que los dejó asombrados a todos, llegara a la isla, Jacob vio algo que le lastimaba: todos, incluido su mejor amigo y hermano, tenían recuerdos de alguien, todos volverían a casa y serían esperados por alguien, a excepción de él. Sí, tenía a su madre, ¿Qué era lo malo? Está sufría de alzhéimer, duraba días, incluso semanas, en las que, bueno, no era ella. Por lo tanto, ¿De veras alguien aguardaría por él, abriéndole los brazos al volver?

Un pequeño bolso de su amigo había caído a sus pies, del cual salieron fotos, desde de si hermana muerta, hasta de la última persona que salió con él. Eso le dio celos, ¿Por qué su amigo trajo eso? Era obvio, quería recordar a sus conocidos, y cuando hace eso, a veces se olvida de él.

Recogió el bolso, cerrándolo en el proceso. Lo sostuvo con fuerza.

Estaba solo —no literal— en ese pequeño terreno de arena y flora flotante. Su única compañía definida, su amigo, se la pasaría hablando y pensando en otras personas, no quería eso. Quería, no: deseaba algo para él, deseaba a alguien para él.

Su mente se nubló, de hecho, llegó a creer que viajó por su mente, dejando su cuerpo en modo automático, haciendo cosas que pensaría muchas veces antes de hacer.

—Deshazte de eso antes de que las pegue en su futura habitación contigo.

Algo susurró en su oído; lo sintió. Un aliento frío hizo presencia en su oreja derecha, erizando su piel. Puede que eso haya sido lo que provocó que retornara a la tierra, encontrándose con el amplio e infinito mar que los rodeaba.

Iba a tirar las fotos al mar.

Una opresión en su pecho causó que se diera la vuelta, respirando con pesadez, ¿Qué demonios? Él no sería capaz de hacer eso, no sería capaz de lastimar a... a la persona más especial en su vida. Nunca generaría tal acto cruel.

Tragó saliva en seco, mirando la blanca y tan limpia arena.

—¿Viste un fantasma, Jason?— allí estaba: el hermoso y encantador chico de morena bronceada y una cabellera negra y cautivadora.

—Jacob— corrigió de inmediato con una voz gutural. Segundos después, vomitó, interrumpiendo la ya típica frase de su amigo: «Jason es mejor». Él, rápidamente, se acercó a su amigo, frotando la espalda sudorosa de este.

—¿Qué comiste, Jason?— cuestionó.

«Celos, quizás. Nada del otro mundo»... Eso sonó mal en su mente.

—Le robé un dulce a Diana, quizás lo envenenó— mintió. Recordó el estuche, volviendo las náuseas, sin embargo, las contuvo y se puso de pie, devolviéndole a su dueño el objeto que había producido esto. —Lo encontré en el suelo, debes tener más cuidado. Algún día no estaré allí para salvar tus cosas o a ti.

Sonrió con superioridad. Superioridad que no llegaba a su interior, dónde estaba culpándose y regañéndose.

—Oh, cierto— puso su brazo tras del cuello del chico. —Eres mi héroe, Jason. No sé qué haría sin ti...

Ambos quedaron frente al mar: él veía el mar; Jacob no miraba el mar.

—¡Hey, par de gays!— una chica los llamó —Según las instrucciones debemos llegar al campamento antes de que anochezca, vamos.

Ella río y fue a —los chicos apostaban— buscar e irritar a más personas

El chico se separó de Jacob. —Vámonos. Las aves se comerán eso.

—Jaja, que chistoso, Phillip. Por lo menos habré beneficiado a algunos animales.

Se reagruparon con el grupo: chicos de entre dieciséis y veintidós años. Increíblemente, ninguno de ellos estaba solo ni desprotegido. Todos conocían a, por lo menos, alguien de allí.

—Joder, me siento viejo— informó Phillip.

—No lo creo— alegó el otro.

—Tengo veintiuno. Supongo que soy de los pocos que si planeaba su futuro.

Eso golpeó al castaño. Todo lo que acababa de argumentar su amigo le lastimaba: lo primero era la edad, tres años de diferencia... Phillip ha de creer que es un bebé. También el hecho de que él sí planeaba su futuro, ¿Qué pensaría de Jacob si este le mencionaran que ni siquiera sabe qué va a estudiar, a pesar de haber terminado la escuela hace tres meses? Se avergonzaría, ¿Por qué ser...? ¿Por qué ser amigo de alguien que no es tan genial o responsable como lo es él, y todos sus otros conocidos?

—Te ves joven para mí— aludió sin fuerzas en su voz, analizando lo sucedido hace un rato. -Además, eres guapo y atractivo.

Al ser alguien de piel blanca, muy blanca, era fácil que sus mejillas se tornaran rojos, lo que sucedió al caer en cuenta de lo que dijo. Apartó la mirada, expulsando sus pensamientos de su mente y dejando todo vacío.

Phillip le lanzaba miradas cortas, esperando a que el menor terminar. Sonriendo de lo divertido que era ver cómo sus mejillas se transformarán de blancas a rojas.

Jacob percibía las miradas —Quiero decir— aclaró su garganta —¿A quién le importa si eres mayor si eres guapo? Quizás y encuentres una nueva pareja.

Lo miró: él sonreía. Todas sus novias, o citas, se derretían con esa sonrisa, sonrisa a la cual Jacob tenía el privilegio de ver siempre.

—¡Ya llegamos!— una chica gritó, mientras señalaba al grupo a dónde ir.

Phillip dejó de ver a Jacob y aceleró el paso.

Jacob soltó todo el aire contenido.

Murmuraban de cómo sería, de que harían, de dónde dormirían.

—Jeannette, ¿Tienes la llave?

Jeannette, una chica considerada como líder (o, mejor dicho, una de los líderes del grupo en aquel momento) y, además, un dolor de cabeza cuando deseaba que todo y todos ardieran, los guiaba al campamento, lo que parecía ser un búnker.

Ella rodó los ojos ante la pregunta de Phillip. Pasó su lengua por sus rosados labios, a la par de que cerraba el mapa que ocupaba sus manos. Observó al mayor aún caminando.

—No, ¿Tienes alguna idea de cómo entrar, Phoenix?

El chico calló, mirándola a los ojos. Imitó uno de los actos anteriores de la chica: humedeció sus labios, para luego morder el inferior.

—Solo preguntaba, Faith.

Descendió la mirada desde los ojos de ella, pasando por su nariz (poseedora de un arete pequeño de color negro), sus labios de color rosa y con brillo, hasta llegar a su pecho.

—¿Te dieron la llave con el collar, o tu inseguridad fue la causante de que las lleves estén en medio de tus pechos?

Aceptó el reto de desafiarla. Volvió su mirada a los ojos de ella, ojos de un hermoso color azul oscuro, como el mar o el hermoso cielo nocturno, de los cuales podían desprender calidez e irá con facilidad.

Siempre que Jeannette y Phillip estaban juntos e interactuaban, un foco de luz inmenso los señalaban. Todos sabían siempre que estos se hablaban, siempre que hablaban eran el centro de atención.

Todos se preguntaban, ¿Qué demonios son ellos dos? En contadas ocasiones se juntaban de lo más normal, en otras estaban dispuestos a armar una guerra contra el otro. ¿Acaso era una relación de amor odio? ¿Cómo se llamará su hijo en un futuro? ¿Quién será el primero en terminar en el hospital, y cómo? Esas y otras preguntas inundaban a todos los que los conocían.

—¿Quieres besarlos y conseguir la llave? —no quitaba la mirada de los ojos negros y profundos de Phillip, mientras daba un pasa hacia él.

—Nop. De veras no quiero hacer eso, pero... ¿Qué tanto deseas que lo haga, Faith? Porque, oye: puedo cumplirlo por ti si me lo pides de rodillas.

Él también dio un paso.

Sus respiraciones llegaba al otro, al igual que sus alientos: olor de mentas y sodas se juntaron.

Ella sonrió de lado, y echó su cabello negro y largo hacia atrás. Quitó el collar de su cuello, sacando (lenta y provocativamente) las llaves de sus pechos. Apreciando como él mayor mordía su labio y viajaba su mirar desde las llaves y los ojos de la chica.

Ella agarró la mano del chico, quién la abrió sin pensarlo. Dejó caer las llaves sin prisa alguna, cerrándole la mano al chico al terminar.

—Haz los honores y abre el búnker por mí, Phil.

Se fue. El foco que los apuntaba desapareció. Todos siguieron caminando.

Phillip sonrió, intentando de no verse emocionado ante eso. Observó el llavero en su mano izquierda. —Oh, ella sabe que no soy surdo.

Tomó el collar con la otra mano y siguió observándolo.

—¿Quieres olerlo?— Jacob habló, empujando la espalda del mayor para que caminara.

—Eso es lo que ella espera que haga, así que no. No me restregaré unas llaves en la cara solo por haber estado en su pecho.— no despegaba los ojos de las dichosas llaves —Y ya sé a qué huelen: vainilla.

Él parecía estar embobado. —¿Para cuándo es la boda?— preguntó mirando el camino.

—Ew, nunca. Jeannette es una niña de papi y mami; yo soy un chico trabajador. Lo único en común que tenemos es que nuestros padres se conocen por este trabajo— replicó cruzándose de brazos. Segundos después se relajó —Tiene un lunar en su pecho— inició —Antes solía pensar que era un tatuaje: está algo deforme, la verdad.

Jacob rodó los ojos. —Terminarán saliendo, y si es así, les recomendaré un restaurante elegante que cumple los requisitos de ambos.

Llegaron a la instalación.

Jeannette se veía inquieta, pensativa. Algo difícil de presenciarse en ella, lo que intrigaba (y seducía) a Phillip.

—Mírala, algo le molesta.

—¿Qué no le molesta?— Jacob miró a su amigo, notando como este miraba a la pelinegra, solo a ella.

—Buen punto.

Palmeó el hombro de Jacob y lo dejó atrás.

—¿Qué te molesta, Faith?

Ella no despegó la vista del mapa. —No lo sé.

Phillip afirmó con seguridad que había algo mal, ¿No hubo alguna grosería o sarcasmo hacia él? Mala señal.

—¿Jeannette?

—Debimos caminar como por una hora, mínimo cuarenta y cinco si éramos rápidos. ¿Cuánto llevamos caminando?

Phillip parpadeó un par de veces —Ni idea ¿Cuánto?

—Media hora. Algo está mal.

—Solo con las llaves sabremos si estamos mal— las hizo sonar. —Y, quizás, pedazos de tierra se han ido separando de la isla, y llegamos más al fondo de lo que creíamos- Se encogió de hombros.

—Puede... Bien— dobló el mapa— debemos descansar y ubicarnos. Hay que reportarnos, también. Open the fucking door, now.

—Que tu me parles en anglais, eh.

—Oh Dios santo— sonrió, para no escapar una risa (esa sonrisa que hacía que cerrará los ojos), sus mejillas enrojecieron un poco y, por unos segundos, su pulso se aceleró. Abrió los ojos y borró la sonrisa, plantando una mueca de desagrado. —¡Abre la puerta o te quito las llaves!

Lo hizo. Abrió las cerraduras de la gran puerta de hierro, y Jeannette daba un discurso ya programado de qué hacer y qué no hacer, concluyendo con que no era la madre de nadie.

Al finalizar, se acercó al mayor: nerviosa. —Ahora, el código.

—Habría bastado con solo el código.

—Cállate.

Las puertas se abrieron.

Ese era el lugar.

Un suspiro de alivio se escapó de los rosados labios de Jeannette.

Ahora solo tenían que sobrevivir allí.

Revisaron todo el lugar. Establecieron pequeñas reglas (las ya dadas por los mayores y figuras de autoridad).

Todos eligieron habitaciones. Todo dependía de cuantas camas habían en las habitaciones.

Phillip y Jacob eligieron una para ellos.

—Está cómodo— murmuró el mayor acostado en la cama, acurrucando su rostro en una almohada. —Podría dormirme con facilidad. ¿Qué hay de ti, Jacob?

—Es mejor que en mi casa— Phillip se rio —Pero, supongo que no nos dejarán dormir mucho. De seguro nos obligarán a recorrer el área en busca de... Bueno, de algo.

Phillip se quedaba dormido. —Claro. Esa es una opción.

Sabía que su amigo no había dormido, o descansado, en el camino. ¿Tu padre es un militar, científico, doctor o algún rango así? Bueno, tus chances de ser o hacer cosas normales se desvanecían. Más aún si eran parte de esto en lo que estaban metidos.

Para algunos, la estancia allí sería para conseguir puntos de conducta en su centro educativo/universitario o con sus padres, para otros un pasatiempo, un campamento divertido para conseguir ligar con alguien. Para otros solo era para enorgullecer a sus padres con el descubrimiento de algo grande. Pero, claro: lo último apenas lo sabían uno o dos, Jeannette estaba allí. Ella sabía la razón de todo eso.

—¿Phoenix está contigo? Necesito hablar con él.

—¿Phoenix? Eh, ¿Phillip?— Siguió caminado a paso lento.

—Sí, sí. Él. —rascó su brazo— No me gusta estar con él, pero esto es importante. Lo necesito.

Siguió al chico (menor que ella por dos años) dando pequeños y rápidos pasos.

Jacob no quería que ella estuviera pasando rato con su amigo.

—¿Es algo relacionado con sus padres? —preguntó sin verla. Ella asintió.

—Puedes decirle que te cuente todo, tienen mi permiso —se plantó frente al chico— Esto es serio, Jacob.

Un escalofrío recorrió la espalda del chico. Jeannette no era una persona que llamaba por los nombres tan a menudo, de hecho, él creyó que ella no sabría su nombre.

Tragó saliva, preparándose para hablar— Nuestra habitación... —ella alzó la mirada—... C veintiuno.

Ella sonrió— Gracias.

Se fue caminando rápido en dirección opuesta del chico.

Él suspiró— Está isla hace algo muy raro con nosotros —Recordó lo de esa mañana, asustándolo. Se dio la vuelta y siguió a la chica.

—Phoenix. —abrió la puerta fuerte.

—No te quejes por el desastre; no vayas a crear una regla de orden. —entró aburrido a la habitación tras la chica, quién se detuvo a observar al dormido Phillip.

—No me des ideas. —vio al moreno— Oh Jesús... Es tan tierno, lo sabía. —sacó una cámara— No le digas —miró al de piel blanca.

—Yo... —vio a su amigo —Solo si me das una.

—Ow, man. Hecho.

Jeannette sonrió. Es necesario hacer una travesura y guardarla en secreto para que sonría y sea amigable.

—Phoenix. Oye —pinchó la mejilla del mayor, una suave mejilla que había sido besada por tantas chicas. Mejilla que se movió al él murmuró algo entre sueño.

—¿Qué? —se sentó— ¿Qué haces en mi habitación?

—¿«Mi habitación»? ¿Olvidas a Kalloy? —señaló al castaño, quién se sonrojó fácilmente escuchando su apellido. A ese punto, ¿Qué era mejor escuchar de parte de la pelinegra? ¿Un nombre o un apellido?

Phillip, con los ojos entrecerrados, observó a su querido compañero, quién dio la espalda rascando su nunca y dando taps al suelo.

—Seguiré con lo mío. No hagan cosas inadecuadas en mi cama ni cerca de mis cosas.

Salió apresurado de la habitación sin saber qué hacer ahora, pensando en qué hacer ahora.

«Ella será su nueva novia y tendrá una foto de ella.».

—No, no lo hará.

La sola idea de Jeannette y su amigo juntos era algo difícil de ver.

—Vamos, en un rato dirás que yo tenía razón. Ponte un abrigo.

Ella le tiró una gran y ancha sudadera a un todavía adormilado Phillip, quien, por salir de la chica, se lo puso. Ella estaba ansiosa.

—Ninguno de los dos durmió en el camino, y conociendo a tu padre no dormiste bien en, por lo menos, dos semanas —frotó sus manos en sus ojos, forzándose en despertar— ¿Puedes decirme por qué te ves tan bien?

Jeannette lo jaló de la larga manga del abrigo, saliendo de la habitación— Entrenamiento, Phoenix. Tú también sabes cómo. —lo soltó, posicionándose frente a él— ¿Tu padre te enseñó los mapas de este lugar, cierto? —él asintió. Bajó la mirada, llegando a su pecho, al lunar y a...

—¿Puedes taparte? —señaló volviendo a los ojos azules de la chica.

—¿Te incomoda? —sonrió.

—¡Por supuesto que sí, Dios! Deberías hacer algo por mí por lo menos por el hecho de haberme despertado.

Estaba tenso. Ignoraba la razón de eso.

La chica se sonrojó avergonzada. Desató su abrigo de su cadera, poniéndoselo.

Caminaron en silencio. Su destino era guiado por Jeannette.

—Te llevaré a un lugar que encontré —inició— Lo busqué en nuestros mapas, y en mi mapa mental: no lo encontré. Quiero... Necesito saber si soy yo la que está mal.

—¿Por qué yo? Tienes a Scott y Lila para que te ayuden.

—Se están besando —encogió sus hombros— Confió más en ti para las cosas serias.

Aún tenía vergüenza en todo su ser. Phillip lo notaba, era obvio. Suspiró, cruzando los brazos. Ya se encontraba completamente despierto, ya había caído en cuenta de cómo le habló, de lo que estaba pasando y de... de que ese no era su abrigo.

Lo olió discretamente. Era tan evidente: era el abrigo de Jacob. Era grande, y no para su cuerpo, sino para Jacob. Era increíble cómo, a pesar de tres años de diferencia, el castaño poseía mayor estatura y musculatura que el hijo de un, digamos, militar.

Sonrió. Muy pocas veces había tenido alguna prenda de vestir del menor. Eran cómodas, lo hacían sentir seguro, probable que por el tamaño de estas.

—Este no es mi abrigo, Jeannette.

—¿No? Umh, con razón te queda grande. Pero pensé que era porque eres un enano.

—Lo que sea... ¿Dónde estamos?

—Excelente pregunta, Phoenix —El brillo volvió a ella, permitiendo que un alivio (que no sabía que necesitaba) invadiera al joven.

—¿Lo es?

—Sí. Es lo que pregunté cuando llegué a este punto. —otra vez se puso frente al chico. Cara a cara— Este lugar no está en el mapa —sacó el mapa— Me puse a pensar y, Phillip: este no es nuestro búnker. Este no es nuestro lugar. Y yo lo sabía.

Sus ojos brillaban, a pesar de su rostro serio. Para lo último había tomado los hombros de Phillip, apretándolos. Estaba emocionada, aterrada, claro, pero emocionada. Descubrió algo. Algo que nadie más hizo. Eso elevaba su ego.

Sin embargo, en el fondo temía que lo que pensaba fuera real. Significaría que se encontraban en un territorio desconocido. Significaría que, quizás, solo quizás, estaban en peligro. No quería que nadie saliera herido, estaba allí para protegerlos, para ser de ayuda. Nunca se perdonaría dejar que algo grande y malo pasará por delante de ella.

—De... Uh, ¿Qué hay de las llaves y el código? Entramos con eso.

—Aún no lo sé —aflojó el agarre— Esto es grande, Phil. Tenemos que descubrirlo. Si algo malo pasa, sabes que debemos cuidar a todos.

Jeannette era capaz de mostrar tantas emociones en pocos momentos. Euforia como una niñita con un nuevo juguete, o maquilla, o se lo que amén las niñas; preocupación como un padre que analiza las consecuencias de lo que podría pasarles a sus hijos.

Era asombroso.

Phillip sabía que ella tenía razón. Era un ejemplo de cabeza y corazón juntas, sin contar que muchas veces era puro cabeza y egocentrismo.

—¿Hasta dónde llegaste?

Lo soltó— Hasta esa puerta. No me profundizaría tanto tan sola. No soy estúpida.

—¿Cuándo dije que eres estúpida, idiota?

—Tu mirada lo dice, imbécil.

—Pe... pero ni te estaba mirando, ¡miraba la puerta!

—Shh, tenemos que entrar. Nos espera algo grande.

Rodó oso ojos— Te falta la capa y el ventilador.

Estaban en la puerta. Tenía ventanas de un grueso cristal oscuro.

—Entremos.

—¿Y si hay bombas?

—Pensé en eso. Y creo que no.

—Genial, ¿Instintos de guerrera? ¿El señor Faith te lo enseñó o...?

Ella sacó un arma, apuntando al joven. Él solo la miró.

—Mi papá no me dio una pistola —musitó dolido— ¿Por qué tú si tienes una?

Encogió sus hombros— Se cómo usarlas —Apuntó la cerradura, y le disparó.

—¿Estaba cerrada?

—No gastaría balas si no lo hubiera estado.

—¿Puedes dejar de ser hostil con la persona a la que más confianza le tienes?

—¿Puedes dejar de hacer tantas preguntas?

En pocos minutos, se agregó otra discusión entre ellos, linternas en la posesión de los chicos, y un bate para Phillip.

Apuntaban a todos lados con la linterna, en busca de algo, o alguien.

Ella evitaba sonreírle al lugar, chasquidos de lengua salían de ella cada que se tropezaba. Sus latidos iban rápido, y moría porque sucedía cualquier cosa. También quería encontrar la explicación a este lugar, debía estar allí.

El techo era alto, cómo se un almacén, o una bodega. Las paredes eran de un color blanco griseo, decorados con paneles de luces, y uno que otro cuadro de los años... ¿70, quizás? No estaban seguros. Gruesa telaraña también era parte de dichosa decoración.

Jeannette pasó su dedo índice en una mesa; no limpió nada, solo ensució su dedo. —Bien, deduzco que esto tiene más de diez años deshabitados.

Siguieron entrando más, lado a lado, dispuestos a atacar lo que se les apareciera.

La piel del moreno se erizó, aun teniendo un abrigo. Se abrazó a sí con solo un brazo, apuntando con su mano libre su linterna

Los objetos que encontraban lucían bien, viejos, pero en perfecto estado. Batas colgaban en las paredes.

—Son de médicos.

—O científicos.

—A la mierda los científicos.

—Oye —Phillip alumbró su rostro— Abigail es científica, y ella es muy genial.

Rodó los ojos —A la mierda los científicos, sin incluir a nuestra hermosa Abigail.

—Mejor —sonrió— Me estoy congelando, ¿Por qué hace tanto frío?

—Debemos de estar en, o cerca, de un laboratorio.

—¿Y si es un almacén de comida? ¿Te imaginas que haya helado?

—Helado de hace más de una década, ew.

Llegaron a otra puerta, gran y fina puerta sin ventanillas. Compartieron miradas.

—Quiero patearla.

—Rayos; ok. La próxima es mía.

Phillip miró las mangas de su abrigo. Mientras la chica se preparaba para patear la puerta, tomó un momento para oler, una vez más, el abrigo. Su amigo se había pasado desde el día anterior con este, por los que, al quitárselo para por fin darse una ducha cuando llegaron al refugio, estaba empapado de sudor, su sudor. Ahora estaba seco, desprendiendo un olor a...

El estruendo de la chica lo sacó de sus pensamientos.

Ratas salieron de la nueva sala, asustando a ambos chicos, quienes simplemente se subieron a donde pudieron. La de ojos azules trepó a un armario, el de ojos negros se sentó en una mesa. Las ratas chillaban, buscando en dónde esconderse o por un escape.

Ambos chicos respiraban rápido.

Se vieron a los ojos.

Empezaron a reír, primero era una nerviosa risa hasta llegar a ser por lo estúpidos que se veían.

—No le podemos contar esto a nuestros padres, Phil —decía entre risas después de bajar del mueble con ayuda del ya mencionado, quien dejó de tener mejillas morenas a rojas.

—Estarían avergonzados —tosió para volver grabe su voz— ¿Ellos son nuestro futuro, señor Faith? —imitó a su padre. Colocó sus brazos doblados sobre su pecho, después de haber peinado su cabello hacia solo un lado.

—¡Oh, mierda! —carcajeó, enderezándose— Lamento que sí, mi queridísimo Phoenix. Pero, ya no podemos cambiarlos. Te dije que debíamos ir a Europa después de la graduación.

No separaban la mirada del otro. Se sostuvieron sobre el otro.

Jeannette extrañaba a su amigo; Phillip extrañaba mucho a la niña inocente que una vez fue su fiel compañera de travesuras.

Extrañaban no saber nada sobre su vida, ni la de sus padres. Comer pastel lo sábados cuando iban a la casa Faith, jugar hasta quedar dormidos, hacer locuras con la tercera de su grupo, Katherine, asustarse entre los tres, peinar el cabello del único chico en su grupo. Robar las cosas de los adultos para luego salir corriendo.

Phillip nunca comprendió por qué Jeannette lo apartó de su vida, comenzando, así, insultos de parte de ella hacia él. Pudieron haber hablado, aunque sea una vez, pero no, ella no lo quiso. Prefirió alejarlo, rompiendo la amistad que habían tenido desde los pañales.

Solo porque dejaron de ser tres hermosos niños, a dos preadolescentes.

Phillip echaba de menos a su mejor amiga.

—Yo...

—No digas nada por un rato, Phillip —cerró sus ojos. Se sostuvo de la nuca del chico, acercándolo. Reposó su frente en la de él. —Déjame sentirme como antes, solo unos segundos.

La sensación de la niñez había llegado a los dos, golpeándola más a ella, al fin y al cabo, de los dos, ella era quien contenía más secretos, era la que más ocultaba, la más implicada. Necesitaba un respiro, el únicos capaz de cedérselo era Phillip, pero ella se había encargado de alejarlo.

Él también cerró los ojos— Lo siento.

Acarició el antebrazo de la chica, llegando a sus hombros. Subía y bajaba, reconfortándola.

Ella iba a llorar: no debía hacerlo.

Se alejó de Phillip con brusquedad, sin mirarlo. Le dio la espalda.

Miró la sala que abrieron, e indagaba en todo su ser para retornar a lo emocionada que se hallaba hace solo 3 minutos.

Entró. «Distráete, no llores, no dejes que vean tu debilidad».

—Son vacunas, y virus. No deberían estar aquí —debía platicar, sin sentirse sola.

—Las estudian en... Ni idea, no presto atención a nada de eso.

—Dime algo que no sepa —observó los frascos y nuestras.

—Soy tu hermano.

—Lamento decirte que yo soy tu madre, ¿Cómo puedo ser tu hermana y tu madre al mismo tiempo?

—No lo sé.

—Claro que... —abrió los ojos ante una caja con símbolos grabados en ella— No podemos dejar que nadie entre a este lugar.

Allí estaba, la Jeannette de hace 10 minutos.

Se dirigió a la salida, agarrando la manga de Phillip.

— ¿Qué...? ¿Jean...?

—Necesito que me creas cuando digo que no necesitas saberlo. No ahora —lo tomó de los hombros, como antes. Están vez no se encontraba aquel hermoso y tierno brillos en sus ojos. Esta vez estaba preocupada, asustada.

—¿Por...?

—El hecho de que no prestes atención a las charlas no es la única razón por la que no sabes muchas cosas. Tu... El señor Phoenix no quiere que te involucres en esto, me hizo prometerle que no te pondría en peligro.

Él se sintió inferior, avergonzado— ¿Pero...?

—Te contaré, no ahora no aquí: pero lo haré. —lo soltó— Tengo unos candados y cadenas. Ayúdame a cerrar este lugar.

—¿Y si hay más?

—Me encargaré mañana. Este es lo que me importa en este preciso momento. Salgamos. No le cuentes a nadie.

No contarle a nadie, la regla de oro. Siempre será una frase que se encontrará en cada descubrimiento. Nunca faltaba. Todos lo odiaban, o por lo menos Phillip lo odiaban.

—Yo...

Ella tomó su brazo, ya no le agarraba la manga como lo había hecho— Ellos no deben entrarse y venir acá; nuestros padres no pueden preocuparse con solo un día aquí.

—¿Y qué hay de las demás personas que se encargan de esto? —ella alzó una ceja— Esto no es solo nuestro asunto, ni solo el asunto de nuestros padres, Faith. Esto es más grande que simple orgullo.

—Lo sé...

—¿Y por qué no podemos decirles a los de afuera?

—Quiero investigar —lo soltó— Por favor, ayúdame.

Él lamió sus labios, soltando esa sonrisa de «Oh Dios mío, nos vas a matar» que fue entendible para la chica.

—Ok, está bien. —Despeinó su propio cabello— Pase lo que pase: es tu culpa. No mía.

—Lo sé.

Salieron del lugar, cerraron las puertas. No sé dirigieron la palabra en el camino.

Phillip estaba molesto, asustado. Ella era como los padres de ambos, ella seguiría el ejemplo de estos. Ella pondría su vida, y su vida social, en peligro.

Un chico apareció: buscaba a Jeannette.

—¡Vaya! Ustedes juntos, ¿Se estaban be-?

—No.

Cortó y siguió de largo, con sus manos en los bolsillos de la sudadera. No quería bromas, ni hablar con nadie, tenía que guardar un secreto, y era más fácil si no hablaba con ninguno de eso jóvenes, y menos estando molesto.

Pocos minutos después se quitó el abrigo, hundiendo su rostro en él. Se sentía reconfortante, calmado.

Olía bien, a su mejor amigo.

A su mente llegó la imagen del blanco. Cabello castaño. Esos ojos almendras. Y era alto.

Si tan solo fuera una chica, él estaría loco por ella. Sería una hermosa mujer, es decir, ¡Ya es hermoso siendo hombre! Un pintalabios que haga resaltar sus labios, junto con un jean ajustado y una blusa cuello V.

Claro, no sé consideraba gay, las chicas lo volvían loco, de veras. Solo que, bueno: aún no encontraba a la indicada. Sí, duraba al menos más de tres meses con alguien, pero era pasajero. Además, no estaba listo para algo totalmente serio.

—Jason.

Se le escapó al volver a inhalar la sudadera. La sangre se le subió al rostro, él se limitó a sacudir la cara y frotar sus mejillas.

¿Estaría borracho? Ni había bebido nada. Apoyó su espalda en una pared. Cerró los ojos. Estaba agotando. Estaba nervioso. ¿Acaso si era algo más que hetero? ¿Por su amigo? Jacob solo era un adolescente que apenas tiene toda una vida por delante. No sería agradable pensar que su amigo, Phillip, tenga sentimientos hacia él... Espera, ¿Phillip en serio tenía, o ya estaba delirando por el cansancio y fatiga que tenía? ¿Las pastillas para relajarse que tomo en el barco le estaban afectando?

Sin darse cuenta, por poco se quedaba dormido allí. Abrazaba el abrigo.

—Odio los viajes largos. Odio todo —se levantó y se dirigió a su habitación arrastrando los pues.

Ahora quería un abrazo.

Dormir abrazando a alguien.

—Debo dejar de pensar.

Masajeó su frente. Necesitaba dejar de pensar, cada vez se sentía más incómodo con cada pensamiento, y, ¿Cómo dormiría abrazando a alguien?

Por fin después de 84 años llegó a su habitación. Habitación que compartía con el mejor amigo que pudo haber tenido.

¿Y si su amigo se droga, y en este abrigo tenía algo, y él lo absorbió y por eso estaba delirando cosas sin sentido?

... Nah... ¿O sí? Mierda.

—¿Te drogas?

—No... no que yo sepa.

—Bueno —se encogió de hombros y le lanzó su sudadera. Esperó una reacción.

Nada— Genial, aguantará un mes más sin lavarse.

—Ew —se lanzó a su cama— Estaba... pensando pensamientos raros de camino a acá —murmuró entre la almohada— Pensé en qué sería capaz de salir contigo si fueras una chica, y que serías una hermosa chica. —Sonrió y volteó ver a su amigo, rojo— ¿Tienes una hermana gemela que me presentes?

El corazón del menor se aceleró.

—¿Jeannette te hizo algo?

La diversión en Phillip se desvaneció, siendo ahora una mueca de despreció lo que reflejaba. Ceño fruncido, ligero puchero, mirada evadida.

—No quiero hablar de ella.

—¿Te besó?

—Eso hubiera sido mejor a lo que en realidad pasó. —se escondió en la almohada— No tengo ganas de hablar de eso, ¿Sí? Estoy agotado.

—Siempre estás cansado.

—Es mi don.

—Claro... —también se dirigió a su cama— Entonces... ¿Yo sería una linda chica?

Philip se limitó a reír.

—Buenas noches.

24 Septembre 2022 13:20 0 Rapport Incorporer Suivre l’histoire
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