aragonz-escritora 𝓐𝓻𝓪 𝓖𝓸𝓷𝔃

Segunda entrega de la saga "Sin prejuicios". Álvaro, desde niño, tiene un don especial. Siempre supo su destino: sería sacerdote y guiaría a las almas dolientes. Sin embargo, la partida de Miguel, su mejor amigo y confidente, lo cambió todo. Los cuestionamientos y el dolor se hicieron presentes y su año sabático se tornó indispensable. Una visita a Nueva Orleans. Una confusión inesperada que lo cambiará todo. Un apartamento compartido y la mujer más interesante del universo que lo impulsa a cuestionarlo todo. Luisiana carga una maldición milenaria y, sin embargo, jamás perdió la calma. Ella vive sus designios con entereza y soledad. Ella sabía que él vendría porque sus premoniciones nunca fallan. Ella lo desafía con palabras simples y él ni siquiera lo ve venir. Debí escuchar las señales mientras subía las escaleras. Debí considerar mis intuiciones. Debí salir corriendo cuando me encontré, cara a cara, con la mujer que acosa mis sueños. No debí ir en busca de la reina blanca o desoír la única regla: No tocar. Debía aferrarme al rosario de nácar negro y orar más... ¿Cómo burlar al destino cuando todo está escrito en las estrellas? Nosotros lo presagiamos... nosotros rompimos las reglas.


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Presagio

El alzacuello cae sobre la cama y el dolor en mi garganta continúa apretando. Me quedo parado, con la mirada perdida en ese colchón que fue mi sostén durante tanto tiempo. ¿Cómo continuar en esta vida cuando las desgracias aparecían de la nada?

Crecí dentro de una familia numerosa; con padres que portaban la misma cantidad de cansancio físico como sonrisas y hermanos revoltosos que nunca entendieron lo que era una casa silenciosa. Una vida bonita, sin sobresaltos y llena de amor.

Cuando mi madre enfermó, hicimos un pacto de hermanos: no la dejaríamos caer. Ella superó el cáncer y la vida de mi padre pareció regresar con esa noticia. Ese amor desprendido y honesto es la más cruda prueba del éxito de nuestra familia.

No, jamás experimenté eso por una mujer y no me siento mal por ello pues mi destino siempre fue claro —diría que desde mi adolescencia—: servir al Señor, mi Dios.

Desde siempre tengo una condición particular, algunos la llaman sexto sentido, otros visiones o premoniciones; yo, por mi parte, prefiero decir que es una bendición de Dios sobre mi persona.

Por favor, no piensen que hablo desde la soberbia pues nada está más alejado de la realidad. El Señor consideró que puedo con ello y escucho sus mensajes. Algunas veces llegan en forma de sueños diurnos; otras, es una sensación y en raras ocasiones es como si entrara en trance y vivo lo que sucederá. Son fracciones de segundos que me anticipan la vida y debo hacer algo con ello.

Como ahora, que mi pecho se aprieta y la imagen de una mujer llorando enojada se instala en mi mente. Ella está furiosa con Dios, con la vida, con todo. Maldice el odioso momento que le toca vivir y caigo de rodillas al lado de mi cama. Uno mis manos y entro en santa oración por su alma atormentada.

No sé quién es; jamás la he visto y; sin embargo, la sensación de familiaridad me ahoga. La dulce voz de nuestra santa madre alcanza mis oídos y susurra que debo partir; que es momento de pedir ese año sabático que me corresponde y que «Luisiana» me espera. No estoy segura si ese nombre hace referencia a una mujer o al lugar donde debo estar. Pido ayuda con esta confusión, mas el silencio se instala a mi alrededor. No importa cuánto tiempo me mantengo orando, al final, no recibo respuestas.

Mi cuerpo pesa tanto que me arrastro sobre la cama hasta alcanzar la almohada y me quedo dormido al instante… Soñando con ella.

Con la sonrisa más perfecta y descarada del mundo.

Con la mirada más hermosa que he visto jamás.

Y un cuerpo armonioso que baila descalzo sobre césped húmedo.

Un patio trasero y la lluvia que hace brillar su piel.

Ella extiende los brazos a los lados del cuerpo, deja caer la cabeza hacia atrás y sonríe mientras danza en círculos.

Ha embrujado mi alma.

Sedujo mi mente.

Y sólo puedo pensar en encontrarla.

Entonces me mira, se muerde los labios y susurra «ven a mí, Álvaro».



Jugueteo con el rosario de nácar negro que llevo en el bolsillo derecho de mi pantalón; algo me dice que esta reunión no será fácil y mi ansiedad se dispara. No debería preocuparme, pues mis visitas son frecuentes al arzobispado; sin embargo, mi corazón late con fuerza.

En busca de calma, miro más allá de este lugar y me centro en los niños que juegan en la plaza que está justo cruzando la calle. Un par de ellos gritan a viva voz y se lanzan en una carrera hacia las hamacas. Una madre mece a su niña pequeña en ese juego y otras dos se encuentran sentadas, con pequeñas chaquetas sobre los muslos, mientras hablan entre ellas.

Más niños juegan en los diferentes artefactos de entretenimiento y un vendedor de dulces espera a que alguien se acerque hasta su puesto.

—Hoy es un día tranquilo —la voz del arzobispo me hace girar el cuello. Él sonríe cuando se acerca y apoya la mano sobre mi hombro—. No te levantes —ordena cuando detecta mis intenciones—. ¿Cómo has estado, Álvaro?

—Bien.

—Me alegra escuchar eso —responde mientras rodea el escritorio y se sienta frente a mí—. Temí que la precipitada partida de Miguel afectara tus emociones.

—No voy a mentir, excelencia; me sorprendieron sus decisiones y también extraño nuestras reuniones.

—Desde el principio fueron amigos; lo recuerdo muy bien.

—Sí.

Mis dedos continúan jugueteando con el rosario y el silencio se extiende más allá de un par de minutos. Los gritos de los niños siguen llegando hasta nosotros; única muestra que hay vida más allá de este lugar porque «esto» se asemeja más a un museo que a un lugar de oración y acogida para almas impuras y necesitadas de redención.

Por años, el arzobispo se encargó de mantenerlo como si fuera su santuario personal. Jamás vi que un objeto fuera removido de su lugar original o que los cuadros fueran cambiados por otros más actuales. Nada de nada.

Me pregunto cuál era la necesidad de mantener todo en perfecto orden e, inmediatamente me reprendo pues no tengo derecho cuestionarlo todo; no es la forma en que fui formado. El juzgar no entra en mi léxico.

―Han pasado ocho meses desde su partida ―lo miro y asiento con la cabeza― y él está bien donde está ―asiento otra vez; no entiendo hacia dónde quiere ir con esto―. Comprendo que el afecto que sienten uno hacia otro trasciende la simple camaradería y… ―suspira― apreciaría que me informaras si detectas algo que… debamos preocuparnos.

―¿Me está pidiendo que espíe a Miguel?

―Estoy pidiendo que seas leal al Señor; hay diferencia, Padre Álvaro.

Miro hacia la ventana. Más niños en el parque y, por un instante, mi mente regresa a mi infancia. Mis memorias me recuerdan el motivo de mi vida religiosa; estaba dispuesto a ayudar en lo que sea y a quien fuera. Jamás dudé de mis intenciones; sin embargo, ahora no deseo hacerlo. Siento que espiar no es parte de mi trabajo.

―¿Qué hay del secreto de confesión? ¿Debo quebrarlo, excelencia? ―susurro sin regresar apartar la vista del parque.

―Dejaré pasar este comentario poco acertado, padre.

Regreso la mirada y su actitud dura me dice que está molesto. Quisiera decirle que la ira es un pecado capital pero decido mantener la boca cerrada. Saber cuándo callar es una gran virtud del ser humano.

—Quiero mi año sabático —informo sin pensar demasiado.

El arzobispo ladea la cabeza, se acaricia los labios con la punta de los dedos y mantiene sobre mí una mirada escrutadora que debería molestarme; no logra su objetivo. Por extraño que parezca, siento ésta situación como si fuera un lejano déjà vu. Respiro con calma y no bajo la mirada; sé que no pido una locura.

—¿Cuándo fue la última vez que…?

—Nunca.

Sus cejas se disparan ante la sorpresa y sonrío.

—¡Vaya! —susurra— Eso es… un montón de años.

—Dieciocho desde que ingresé al seminario.

—Supongo que no puedo negarte ese derecho, Álvaro; tampoco puedo hacer algo para cambiar tu decisión.

—No he pedido nada en todos estos años, su excelencia.

—Lo sé, lo sé. No es eso —mueve la mano con desdén—. Solo esperaba contar con tu ayuda para…

—Cuando mi madre fue diagnosticada con cáncer —intervengo—, sentí tantas emociones juntas que fue difícil dormir por las noches. Pude enojarme con Dios, como lo hace la mayoría de nuestra comunidad, pero no lo hice. ¿Sabe por qué? —él agita la cabeza y sonrío de lado— Entendí que el Señor no nos estaba castigando sino que, por el contrario, nos enviaba una prueba más para unirnos como familia.

»Fueron años difíciles y no podría haber sido el sostén de mi familia sin tener un sostén para mí. Eso fue Miguel. No solo un sacerdote que escuchaba mis lamentos sino un amigo que me abrazó y estuvo allí para mí. Él sigue siendo un amigo y no juzgaré sus decisiones; tampoco lo vigilaré porque lo que me une a él es la confianza. Yo confío en sus decisiones; sabe por qué hizo lo que hizo y lo respeto. Puedo no estar de acuerdo pero lo respeto.

»Aclarado este punto, quisiera decir que su partida no fue fácil para mí y mis emociones están un tanto… perdidas. Esa es la razón por la que necesito este tiempo. No puedo ayudar a otros cuando yo no tengo la mente clara. Durante casi dos décadas, hice lo que debía hacer y jamás me desvié del camino. Ahora es momento de hacer un descanso y retomar el viaje con más fuerza.

—No creí que te afectara tanto esta situación —murmura.

—Tampoco pensé que me afectaría pero sí; necesito parar en este punto del camino para encontrarme con el Señor nuevamente.

—¿Piensas hacer un retiro, Álvaro? Podrías visitar el monasterio donde se encuentra el hermano Paulo y…

—Regresaré a casa de mis padres por un tiempo —informo—, después visitaré a mis hermanos y, tal vez, me anime a viajar un poco.

—Si aceptas mi sugerencia, deberías visitar el monasterio del hermano Paulo. Cuando estuve por Italia…

—Paulo visitó mi iglesia poco antes de que Miguel se marchara; sé que ese monasterio es interesante pero no, no iré a Italia.

—¿Entonces?

—Aún no lo sé —respondo y miento por primera vez en mi vida.

Desvío la mirada hacia los ventanales y algo que observo a la distancia me hace sonreír: una pequeñita vestida de rojo da dos pasos temblorosos, cae sentada frente a su madre, quien se cubre la boca con ambas manos mientras las dos mujeres que están a su lado aplauden felices. La mujer —que no debe tener más de treinta años—, coge en brazos a su niña y la llena de besos.

Soy testigo de los primeros pasos de una persona y me pregunto qué se siente al ver el mundo, por primera vez, desde una posición erguida. Un momento tan importante en la vida no debería ser olvidado por los humanos.

¿Cómo puede ser que el tiempo nos robe el recuerdo de nuestras primeras veces? ¿Por qué olvidamos aquellos sentimientos tan nobles que rodean nuestros grandes logros y nos centramos en el próximo objetivo? La vida está tan llena de misterios que no sé cómo iniciar el proceso de desenvolver verdades.

—¿Alguna vez te arrepentiste del camino que elegiste?

Aquella pregunta hace que regrese mis ojos hasta mi interlocutor. El arzobispo me observa con inquietud en la mirada y sé qué está pensando.

—Nunca me enamoré, excelencia. El amor que siento por el mundo es un amor filial; no me sucederá lo mismo que Miguel.

—Bueno…

—Si alguna vez sintiera lo que Miguel siente por Brisa, no dudaría en abandonar mis hábitos. Pienso que, si el Señor pone a una mujer en mi camino, es porque tiene otros planes para mí.

»He sido sacerdote durante muchos años y soy feliz con mi vida. Cada noche, antes de quedarme dormido, digo la misma frase: «Señor, que se haga tu voluntad; soy tu siervo y acepto tus designios». Nadie mejor que Él conoce lo que es mejor para mí.

»Lamento que Miguel no escuchara el mensaje que Dios le dio y disculpe mi rudeza, también lamento que usted lo instara a desoír al Señor —el rostro del arzobispo se torna oscuro mas no me detengo; sé que es mi misión decir la verdad. Lo supe desde hace días, cuando la santa madre lo expresó en uno de mis momentos de oración —. No somos perfectos, excelencia, mas debemos aceptar nuestros errores y pecados frente a la divinidad.

»Mis tiempos de oración se convierten en canales y ambos lo sabemos. La santa madre dice que este no es mi lugar y debo ir en busca de un alma doliente; también dice que usted recorrerá un camino muy duro si no acepta sus equivocaciones y ayuda a retomar su destino a quien debe hacerlo.

Cuando finalizo el mensaje, me levanto con calma, saludo con suavidad y me alejo de aquella oficina que fuera mi lugar de confesiones y reflexiones durante los últimos años.

Mis hombros se sienten mucho más livianos al comprender que mi misión fue cumplida y mi destino es otro. Este lugar, aunque nadie lo sepa, ya no será parte de mi vida nunca más…

22 Août 2022 23:25:13 6 Rapport Incorporer Suivre l’histoire
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RA Rusari Arias
Eso Álvaro! Marcando la diferencia desde el inicio. Tomaste tu decisión e hiciste hacerla valer. Mil puntos para ti! 💪
August 30, 2022, 10:01
Nesly Carrasquilla Nesly Carrasquilla
Interesante, muy interesante se presenta Alvarito, me gusta y mucho
August 24, 2022, 02:26
Vanessa Polanco Vanessa Polanco
Listo, ya estoy enganchada!
August 23, 2022, 20:17

Lena Xu Lena Xu
En ese momento de tu vida... Dónde te quedas con ganas de saber más de esta historia que se ve uff... Genial, simplemente me encantó este capítulo. Muchas gracias por compartir mi bella Ara 😘
August 23, 2022, 15:11
Lucia Mendez Lucia Mendez
Que interesante empezó la historia de Álvaro, me gusta la forma en que ve la vida y sus premoniciones para algún lugar especial lo van a llevar
August 23, 2022, 01:59
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