u15715377901571537790 Gláucio Imada Tamura

Gustavo es un escritor muy famoso, pero, por otro lado, cuando se trata de trabajo, no puede parar de postergar. Lo peor es que; en la víspera de entregar los tres primeros capítulos de su nueva novela— requerido hace meses por su agente — todo lo que sucede a su alrededor se transforma en un buen motivo para distraerse.


Histoire courte Déconseillé aux moins de 13 ans.

#mar #novela #sátira #humor-ácido #contemporâneo #cuento #humor-negro
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Capítulo uno

En el reloj; ocho horas de la mañana, en punto. La aplicación Word está abierta y la barra del cursor titila en la pantalla de mi computadora. Mis dedos suben y bajan, martillando la mesa de madera consecutivamente, mientras la canción “Spring Rain” — de una banda coreana cualquiera — es lo único que calienta mi corazón en este instante. Miro hacia el mouse. Él también me mira y, frente a mis manos impotentes, el teclado permanece imponente con sus incontables teclas negras y blancas burlándose de una inspiración que nunca llega.

Frustrado, me levanto de repente y la fuerza cinética de mis brazos hace girar la silla. En la cocina; un sorbo de café. Luego uno más, y uno más; y uno más. Y como eso no es suficiente; coloco la taza sobre la mesa, me quito la remera y me dirijo a pasos lentos hacia el balcón para tomar por lo menos un poco de aire. “El día está lindo!” — pienso ante la inmensidad del cielo azul sobre mí, con las gaviotas graznando y sobrevolando sobre las arenas calientes de la playa de Copacabana; sin contar los innumerables nadadores allá abajo explorando las aguas heladas que una y otra vez rompen en salvajes olas sobre sus cuerpos, y un instante después, poco a poco, sencillamente van regresando al seno del mismo mar.

De repente una brisa suave se pasea por mi rostro y sin querer pienso justamente en ti, en tu hermosa sonrisa. Juro que no quería eso, pues de hecho lo que yo realmente quería era comenzar a escribir los primeros capítulos de mi nueva novela, y así poder cumplir el plazo excedente que la editora me había concedido en su última llamada.

Pero tú llegaste de repente, y cuando me di cuenta, tu dulce presencia ya se había esparcido por completo, agitando paulatinamente mi corazón con los recuerdos de los días que pasamos juntos. “Ah, Dios mío, Dios mío! Por qué me recuerdas esto ahora?”

Menosprecio estos pensamientos por un instante y me fuerzo a volver frente a la computadora para ver si logro olvidarme de ti. Me siento en la presidente, y me coloco los anteojos que antes reposaban tranquilos al lado de mi block de notas. Pero pasa un tiempo y mi maldito corazón permanece del mismo modo que antes, o sea, sin cooperar con el trabajo que necesito u-r-g-e-n-t-e-m-e-n-t-e comenzar. “Carajo!” — grito.

Pero el desahogo sólo hace empeorar las cosas, ya que esta vez recuerdo la belleza de tu cuerpo, el aroma embriagador de tu piel, así como aquel conjunto tuyo de cosas que — en cuestión de segundos — incendia lo que aún queda de pensamientos. Esto es un golpe bajo! — reclamo — Preciso concentrarme en el trabajo, carajo! Después de decir esto, giro hacia mi corazón y le sentencio: “Para de merodear por ahí, sujetándome al pasado, forzándome a revivir lo que no quiero que vuelva nunca más!”

Pero mi corazón no me oye y, de repente, mi boca se rebela llena de nostalgia: “Júlia, Júlia, no logro parar de pensar en ti, Júlia!”.

Pero de la nada mi celular suena. Justo, — Gracias a Dios! — hace pausar esos pensamientos.

— Hola, señor Gustavo? — dice la voz del otro lado de la línea.

— Sí, el mismo. Quién habla?

— Hola, señor Gustavo, mucho gusto, quien habla aquí es el asistente Ricardo, hablando en nombre de la operadora Tim.

Disgustado, levanto la ceja, pensando en una forma de librarme del sujeto. En ese instante veo que una hermosa mariposa de color blanco y lila entra por la ventana y se posa en el teclado.

— Cómo puedo ayudarlo asistente Ricardo? — digo, admirando la mariposa.

Hay una pausa del otro lado de la línea. En lo que a mí respecta, continúo con los ojos clavados en la mariposa que segundos después se revuelca en la superficie. Luego de arquear las alas, también las endereza con las patas; parece ensayar un vuelo. Del otro lado del teléfono, oigo una carraspera cuando finalmente el asistente Ricardo rompe el silencio:

— Hola, señor Gustavo? Me está oyendo?

Esta vez la pausa es de mi lado. Contemplo el insecto de manera que a continuación fuerzo al telefonista a hablar en un tono más alto:

Hola, señor Gustavo, aún está ahí? Hola! Hola!

— Hola, — digo yo finalmente — sí, estoy aquí. — Luego, con un tono más irritado, voy directo al asunto:

— Asistente Ricardo, podría adelantarme sobre qué se trata la llamada? Es que ahora estoy trabajando y...

En ese momento, la mariposa levanta vuelo y, segundos después, se posa en el estante de libros, justo en el borde de “La ilustre casa de los Ramires”, de Machado de Assis. Luego, ella comienza a revolotear por aquí y por allá, recorriendo también los bordes de “El Guaraní”, luego sobre “La esclava Isaura”, a continuación sobre “Esaú y Jacob”, deteniéndose sobre “Relato de un cierto Oriente”, de Milton Hatoum. “Qué gusto agudo tiene esta mariposita!” — pienso y allá, en el estante, ella gira y se queda mirándome. Creo que nos identificamos.

— Ah, sí, disculpe señor Gustavo — continúa el asistente — sucede que se acaba de liberar un nuevo plan para su línea y...

En cuanto oigo la frase: “Sucede que acaba de liberarse un nuevo plan para su línea”, pienso en cortar la llamada al instante. Al instante, para variar. Pero en lugar de hacer eso, dejo al telefonista continuar su trabajo; narrando ininterrumpidamente todas aquellas ventajas en el micrófono — probablemente — ya húmedo de su teléfono, mientras me acomodo en la silla y me concentro en la barra del cursor que continúa titilando, titilando, titilando sin parar delante de la pantalla.

Con la voz del asistente martillándome, me arriesgo a teclear una frase cualquiera. La primera que me viene a la cabeza es: “Erase una vez...”, pero de inmediato recuerdo lo que Paulo Coelho escribió en las primeras líneas de “Once Minutos” y desisto enseguida. Luego intento: “En un reino distante...”, pero tampoco funciona, mi libro no es de fantasía. En eso, cuando voy a escribir la tercera frase, la mariposa comienza a volar alrededor, hipnotizándome completamente.

Un instante después, — bastante después —me llamó la atención una voz distante, diciendo: “aló! aló!”, que al principio sonaba débil, muy a lo lejos, pero que de a poco va aumentando en mi oído.

— Alguna duda señor Gustavo? — Era el asistente Ricardo. Me había olvidado de él. Entonces, para no desairar al joven; digo que no; que no tenía ninguna duda de lo que él acababa de proponerme, y que podía continuar explicándome las ventajas de aquel nuevo plan de la operadora.

Con respecto a la mariposa, ella continúa su vuelo solitario, a veces rasante, otras veces más alto, yendo y viniendo para allá y para acá, disfrutando de una inmensidad sólo proporcionada por causa de su cuerpo pequeño. La vi posarse — es verdad! — además del estante de libros, también sobre la lámpara, en la cortina, luego en una pintura al óleo, y a continuación en mi más nueva fotografía que acababa de colgar en la pared.

De repente, oigo un ruido: “ding, dong!”, pero esta vez no es el asistente, — pues ciertamente él continúa firme y fuerte, aun hablando del otro lado del teléfono —, entonces me doy cuenta que se trata del timbre del apartamento. “Carajo!” — Insulto. Pero a continuación, preocupado porque fuera algo importante, abandono al asistente Ricardo sobre la mesa y me levanto frente a la mariposa que continúa volando libremente por la oficina.

— Hola, Raquel! — es mi novia del otro lado de la puerta — Por qué no me dijiste que vendrías? Sucedió algo?

Pero Raquel ni osa responder mi pregunta, de modo que entra en mi apartamento con malhumor, con la cabeza cabizbaja y se va a sentar en un rinconcito del sofá. Después de cerrar la puerta e intentar darle un beso en el rostro, noto que — eso no es novedad! — ella estuvo llorando.

— Qué sucedió amor? — pregunto por cortesía, pues mis pensamientos insisten en continuar en el libro que aun ni comencé.

De repente, Raquel levanta su carita redonda y pregunta:

— Tú me amas Gustavo?

“Carajo” — vuelvo a insultar. Solo que esta vez en pensamientos. Por lo visto voy a tener que tolerar una más de sus crisis. Solamente en este mes fueron dos; tres con ésta.

— Obvio que te amo. — miento — Pero por qué la pregunta?

Mientras yo hablo, Raquel se queda observándome con los ojitos húmedos. Luego de callarme, ella comienza a llorar y a sollozar sin parar.

— No, tú no me amas, no! Tú me estás mintiendo Gustavo!

Respiro hondo. Desde la sala miro la computadora que — sorprendentemente! — se burla gustosamente desde la oficina. Después de abrazarla, logro darle un beso en la mejilla.

— Claro que te amo tontita. — miento de nuevo — Por qué aun dudas de eso?

— NO ME AMAS GUSTAVO! — esta vez ella exclama, y a continuación me empuja hacia un costado y se levanta del sofá.

En ese instante, siento una increíble nostalgia de la relación terminada con Júlia: “Oh, Júlia, — lamento en pensamientos — pero por qué demonios me engañaste con Geraldo?!”.

— Por qué estás diciendo eso, amor? — yo me esfuerzo, intentando aproximarme a Raquel nuevamente.

En ese instante, la mariposa entra en la sala y comienza a sellar el ambiente con la alegría de sus dos colores. El insecto vuela para allá y para acá, a veces entrando en la cocina y otras volviendo a orbitar graciosa a nuestro alrededor. Con respecto a Raquel, ella ya está de vuelta en el sofá, — ni percibe la hermosa mariposa que vuela — acorralada en el rincón del sillón, pero cuando me voy a acercar, ella salta de repente y queda de pie delante de mí.

Continuará...


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21 Juillet 2022 14:02:33 0 Rapport Incorporer Suivre l’histoire
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À suivre…

A propos de l’auteur

Gláucio Imada Tamura Eu sou um contista nipo-brasileiro que se dedica a escrever sobre temas relacionados ao drama, horror, terror, suspense, mistério, às vezes somando tudo isso com boas doses de humor.

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