axel-melgarejo1625109491 Axel Melgarejo

MY LITTLE PONY ES PROPIEDAD DE HASBRO Y DHX MEDIA, ESTE ES UN FAN FICTION HECHO CON EL PROPÓSITO DE ENTRETENER SIN NINGÚN ANIMO DE LUCRO. POR FAVOR APOYE EL MATERIAL ORIGINAL. En 1973 se detectó en el ártico, cerca de una base militar estadounidense, la presencia de estructuras artificiales que aparecieron de forma abrupta en el radar. con ordenes de investigar dichas estructuras, el Teniente Jigenstein junto al doctor John Dertley y el cabo Francis Garlick parten rumbo al páramo helado para cerciorarse de que no sea un campamento soviético. Sin embargo lo que los tres hombres encontraran sobrepasará su imaginación y llenará sus corazones con un horror inimaginable debido a que dichas estructuras no han venido solas. Algo con la forma de una enorme Sombra acecha aquellas misteriosas edificaciones de cristal, despertando las peores pesadillas en quienes entran en contacto con ella. Ahora Jigenstein junto a los pocos hombres con los que pueda contar dentro de la base deberán enfrentar sus peores miedos porque aquella gélida mañana de 1973, ESO FINALMENTE HA REGRESADO.


Horreur Littérature monstre Interdit aux moins de 18 ans.

#Armamento-pesado #alucinaciones #miedo #soldados #El-Artico #Rey-Sombra #my-little-pony #fan-fiction
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EL REY SOMBRA

El frío de la mañana lo despertó, debían de ser las nueve o diez A.M, pero en aquel extenso como también blanco desierto polar difícilmente se podía saber si eran las diez de la mañana o las diez de la noche. Los días eran muy cortos durante el invierno en aquella estación militar. Largando un bostezo, el Teniente Jigenstein se levantó de su cama y se dispuso a ir a desayunar, aunque antes debía de levantar al resto de las tropas que se encontraban con él.

El calendario marcaba el mes de Noviembre de 1973 y el cabo Kider había dibujado un círculo en el día 20 debido a que esa era la fecha de partida para aquel equipo militar de investigación. Se suponía que unas horas antes vendría un helicóptero en donde estarían sus reemplazos. Aquel equipo conformado por seis personas ocupó aquella base durante dos largos años. Cuando ellos llegaron a reemplazar al anterior equipo debía de ser Noviembre de 1971 y apenas si tuvieron contacto con el mundo exterior hasta aquel gélido día del 18 de Noviembre de 1973.

Casi siempre recibían, cada cuatro meses, provisiones junto a algunos periódicos y revistas para que las tropas no se aburrieran, fuesen de chismes o de entretenimiento para adultos y nunca faltaban los calendarios cada Navidad. Jigenstein creía que el alto mando enviaba aquellos papeles con números y fechas solo para recordarles que se estaban perdiendo de algo interesante fuera de aquel desierto helado. Teniendo solo dos días antes de volver al mundo exterior, todos los soldados se encontraban un poco ansiosos por la espera. Golpeando cada puerta de las habitaciones de la base, Jigenstein despertaba a sus subordinados diciendo:

- Muy bien bellas durmientes, es hora de despertar que un nuevo día nos sonríe

- ¿Es de día?- preguntó Kider desde detrás de la puerta de su dormitorio- con esta penumbra apenas me lo parece

- Jodete Jigenstein- masculló el Sargento Samuel Hirney

Para la sorpresa de Jigenstein, el cocinero Karl Wesley se encontraba despierto y preparando el desayuno

- Buenos días Teniente- lo saludó Wesley con una sonrisa- ¿Desea huevos cocidos o fritos para el desayuno?

- Cocidos y con un poco de tocino- le contestó Jigenstein sentándose en su silla- ¿Acaso dormiste anoche, Wesley?

- Tendré tiempo para dormir cuando me muera- le contestó Wesley terminando de cocinar y colocando la comida sobre el plato de Jigenstein- o cuando me retire

Aquella última frase hizo que Jigenstein esbozase una sonrisa y largase una pequeña risa franca. Wesley debía contar con unos cuarenta y nueve o cincuenta años de edad si es que no los tenía de la primavera pasada, de cabello corto canoso, casi plateado, piel blanca y una prominente barriga, aquel cocinero con un rostro duro como la piedra se encontraba a unos días del retiro obligatorio del ejército. Cuando viniesen a buscarlos para volver a casa sería el ultimo día de Wesley en las tropas. Jigenstein tampoco se encontraba muy lejos del retiro, contando con solo unos cuarenta y ocho años, aquel hombre de fornido cuerpo y cabello negro con varias canas en las sienes también poseía un amplio historial en las fuerzas armadas de los Estados Unidos, pero a diferencia de Wesley, Jigenstein todavía no pensaba en el retiro, en realidad él no deseaba retirarse aun. Amaba su vida dentro del ejército al punto de que le costaba mucho imaginarse una vida civil dentro de los suburbios. El resto de su equipo no tardó en aparecer, entre ellos se encontraban: el cabo James Kider, un muchacho de unos diecinueve o veinte años de cabello negro con una expresión juvenil que parecía darle menos edad de la que en realidad tenia. El cabo Francis Garlick, el ayudante de cocina de Wesley la mayor parte del tiempo y experto en todo lo relacionado a tormentas de nieve o temperaturas bajo cero. Aquel muchacho de piel oscura y cabello rapado sabía cuando el hielo que podía haber alrededor del campamento era seguro para caminar o cuando no lo era. El Sargento Samuel Hirney, un hombre de unos treinta y cuatro años de cabello castaño corto, con una barba recortada que resaltaba su ruda conducta. De ojos claros y casi siempre vistiendo una camisa verde con un pantalón militar gris junto a unas botas negras, aquel veterano de Vietnam casi siempre era un dolor en el culo para Jigenstein por su modo de comportarse.

El doctor John Dertley fue el último en sentarse en la mesa, de robusto cuerpo con una barba demasiado larga que compensaba su enorme cabeza calva. Dertley solía ser el más razonable dentro del equipo. Wesley sirvió el desayuno a los demás y una vez qué terminó de servir, se sentó a desayunar con el resto.

- Muchachos, hoy debemos de vigilar el sector noroeste. Los radares de la central indicaron una anomalía ayer y nos pidieron que revisáramos- les contó Jigenstein, dejando de comer su desayuno

- ¿Qué tipo de anomalía, Teniente?- le preguntó Kider sosteniendo su taza de color pastel en la mano

- Ayer a las once P.M. los radares indicaron una enorme sonda en nuestras cercanías. Según lo contado por la central, el radar pudo haber captado unas estructuras artificiales en la zona- le explicó Jigenstein. Tomando su tasa, bebió un poco de café para poder sacarse el amargo sabor de boca tras decir aquello

- Estructuras artificiales ¿En esta zona?- preguntó sorprendido Hirney- ¿Acaso nos estas tomando el pelo Jigenstein?

- Podría ser una interesante ruina arqueológica- supuso Dertley quien si parecía tener un interés genuino por esa información- años antes de que ocurriera la glaciación este sector era completamente distinto, una zona fértil y exuberante de vida natural. No sería extraño el pensar que puedan haber restos de estructuras arqueológicas por aquí

- Doctor, esa época que usted menciona fue en las eras Paleozoicas y Cenozoicas, mucho antes de que el hombre existiera siquiera ¿Cómo pueden haber estructuras arqueológicas humanas en este sitio si la humanidad ni siquiera existía todavía?- le rebatió Garlick mostrando un claro interés, pero también un fuerte escepticismo, ante la idea de Dertley

- Sea como sea, estoy interesado en ver esas estructuras arqueológicas- insistió Dertley

- Doctor, usted es un medico, pero no un arqueólogo ni mucho menos un paleontólogo- rió Wesley terminando de comer- que haría si se encontrase con aquellas supuestas estructuras

- Tengo una carrera en arqueología y también en medicina aunque ustedes no lo crean- se quejó Dertley volviéndose su rostro demasiado rojo debido al pudor que sentía al decir eso

- Sea como sea, nosotros debemos ver si se trata de una estructura antigua o…

- ¿O qué Jigenstein?- le preguntó molesto Hirney

- O una base espía Soviética- finalizó Jigenstein terminando su desayuno y levantándose de la mesa- Dertley, tú y Garlick me acompañaran a donde está la estructura misteriosa. Hirley, Tú te quedaras aquí con el resto en caso de que sea una base espía, si no volvemos en media hora pide apoyo por radio

Mirando aquel blanco paramo, que se extendía a lo lejos, por la ventana, Jigenstein añadió:

- Tengo un muy mal presentimiento sobre esto

Las motocicletas de nieve estaban listas, llevando consigo un fusil con mira óptica, los tres hombres se prepararon para partir. Siendo un conocedor de aquel entorno, Garlick creía más en la idea de que fuese un campamento improvisado de los soviéticos a antes una estructura arqueológica que el radar capto de forma conveniente tras haberlo ignorado por varios años. Le agradaba la idea de ir allí con el Teniente y con el doctor en lugar de quedarse a pelar patatas al lado de Wesley, le gustaba mucho la idea de que lo tomaran en cuenta por sus conocimientos del área en lugar de que lo ignoraran solo por el color de su piel.

Encendiendo las motocicletas de nieve cuyos motores rugieron y sus embragues se calentaron dejando atrás el intenso frío en el que se encontraban, moviendo los manubrios de sus motos de nieve, aquellos vehículos se movieron hacia adelante y sus jinetes se adentraron en el frio paramo que se extendía delante de ellos.

A la distancia, en el horizonte, se veía una enorme nube negra de tormenta acercarse a la base.

Recorrieron en silencio el enorme paramo helado buscando algún signo de estructuras artificiales que se encontraran por la zona, pero no encontraron nada. El cielo se oscurecía conforme avanzaban en sus motocicletas de nieve y la nieve se iba volviendo cada vez más espesa imposibilitándoles la visión hasta que llegaron a un punto en él que no veían nada a menos de diez metros de distancia. Deteniendo los coches, los tres soldados se vieron entre sí y asintieron con la cabeza.

- No me gusta esto- le contó Dertley a Jigenstein- cuando la nieve se vuelve más espesa es cuando se es más vulnerable a las inclemencias del tiempo y de los depredadores

- Desgraciadamente no podemos dar vuelta atrás- afirmó Jigenstein- lo mejor será esperar a que la tormenta de nieve se calme y continuar luego

Sacándose una pesada mochila que llevaba consigo, se apresuró a construir una tienda de campar, Garlick y Dertley lo ayudaron a terminar lo más pronto posible con la labor.

- Les dije que era una buena idea el llevar elementos para acampar- sonrió Garlick terminado de armar el campamento- los entornos nevados suelen ser impredecibles, despejado en la mañana y con una tormenta de nieve en la tarde

- Si, como digas Boy Scout- se quejó Jigenstein adentrándose en la tienda de campar, obviamente se lo veía molesto por no poder llegar a su destino- ahora cállate y entra

- Como ordene capitán- rió Garlick adentrándose al campamento, Dertley le siguió

Los tres estaban extremadamente abrigados con más de veinte distintos tipos de abrigos y aun así temblaban de frío debido a las duras temperaturas que se estaban concentrando en aquel lugar. Aunque Dertley no se encontraba temblando de frío precisamente sino, mas bien, de miedo.

- Oí que hace unos años atrás- les contó a sus dos compañeros- un grupo de alpinistas rusos muy experimentados se dirigieron a los montes Urales para escalarlos. Sin embargo una tormenta de nieve los tomó por sorpresa, imposibilitándolos de llegar a su destino. Se detuvieron a acampar en un lugar determinado y nadie supo nada más de ellos durante meses. Hasta que los fueron a buscar

- ¿Los encontraron?- le preguntó Garlick temblando de frío, Dertley asintió y le respondió

- Sí, cuando las tropas rusas llegaron al lugar donde los muchachos acamparon descubrieron que estaban todos muertos. Algo los atacó durante la noche y los mató

- ¿Qué fue lo que les sucedió?- le preguntó Jigenstein tratando de recordar aquel extraño suceso

- Nadie lo sabe, muchos dicen que fueron Ovnis

- ¿Ovnis?- preguntó Garlick confundido

- Yetis e incluso los mismos Rusos. El caso es que el líder de la exploración escribió en su diario que, la noche en cuestión, una tormenta de nieve los tomó por sorpresa y los cuerpos daban indicios de que estaban huyendo de alguien… o algo- finalizó con su relato Dertley

- ¿Acaso supones que esa tragedia puede estar relacionado con nuestro caso?- le preguntó Jigenstein y Dertley asintió añadiendo

- Posiblemente sea una base soviética que se encarga de manejar el clima o algo por el estilo

- Lo sabremos cuando la tormenta termine- le respondió Jigenstein temblando de frío, nervios y… miedo

La tormenta estaba durando mucho, posiblemente fuesen las cinco de la tarde, no podían quedarse en esa tienda para siempre. Jigenstein estaba dispuesto a continuar cuando un sonido similar a una trompeta se oyó a la distancia.

- ¿Qué carajos fue eso?- preguntó Garlick saliendo de la tienda dispuesto a ver lo que había producido semejante sonido. Tras estar unos minutos afuera exclamó- ¡Muchachos vengan a ver esto!

Jigenstein y Dertley salieron del campamento solo para descubrir que la tormenta había terminado tan abruptamente como comenzó y en su lugar se veía un cielo azul claro junto a… una torre de cristal cuyas paredes brillaban con los rayos del sol.

- ¿Qué mierda?- susurró Jigenstein asombrado ante lo que veía

La punta de cristal se veía desde detrás del monte nevado, los tres hombres se apresuraron a escalar aquel monte de nieve solo para encontrar una enorme ciudad de aspecto arcaico. Las casas, si es que a esas estructuras de cristal de aspecto rustico se le podían llamar casas, se encontraban amontonadas alrededor de la enorme torre de cristal creando un circulo a su alrededor. Aquella ciudad se veía abandonada pero, a diferencia de otras ruinas arqueológicas, aquel lugar no se veía tan descuidado ni maltratado por el tiempo, tampoco parecía una base soviética o de cualquier otra nacionalidad humana.

- ¿A…acaso están viendo lo mismo que yo estoy viendo muchachos?- les preguntó Dertley asombrado y emocionado

- Claro que sí- asintió Jigenstein- las ruinas de una civilización anterior a la humana

- Creo que te debo una disculpa Dertley- farfulló Gartick sintiéndose molesto ante ese descubrimiento

La oscura tormenta de nieve se veía demasiado atemorizante desde la ventana de la cabaña. Mirando el desolado paisaje, Hirney cerró sus ojos y recordó aquella noche tormentosa en Saigon. Su destacamento se había detenido a acampar en un punto que se creía seguro, al menos eso era lo que inteligencia les había dicho, la humedad era agobiante y los mosquitos no ayudaban en nada. Las tropas tampoco tenían sueño, se veían inquietos debido a que el enemigo podía estar acechándolos sin que ellos lo supieran. Hirney se sentó debajo de un árbol con intenciones de descansar y estudiar la operación que realizarían al día siguiente. La espesa jungla se encontraba silenciosa, sus hombres se mantenían en silencio debido a que aquel silencio no era natural. Cada vez que Hirney cerraba sus ojos veía los rostros de su pelotón, mirándolo en silencio, con sus rostros oscurecidos por la penumbra de la noche y un aterrador brillo en sus ojos cuyas pupilas eran resaltadas por aquella lúgubre luminosidad que resaltaba aquel miedo natural a la cercana la muerte.

Abriendo sus ojos, Hirney notó que la tormenta empeoraba conforme pasaban los minutos y esos tres idiotas aun no volvían de su expedición. Sabiendo lo que eso significaba, murmuró:

- Mierda- sin esperar un solo minuto en reconsiderar la idea, Hirney se dirigió a donde estaba el tractor, tenía tres traseros a los cuales salvar

La pequeña nevada disminuía conforme se acercaban a las enormes edificaciones hechas con una mezcla de barro y cristal. Algunas poseían ventanas, otras no y las calles daban a entender que formaban la imagen de un copo de nieve. Caminando con lentitud debido a la gruesa nieve que cubría el camino, Jigestein, Garlick y Dertley se acercaron lentamente a la enorme edificación que había salido de la nada. Las casas hechas de un cristal grueso pulido se veían limpias. No tenían ni un centímetro de nieve a pesar de que no hacía mucho, una hora atrás, una tormenta de nieve cubría la tierra. Sosteniendo sus rifles de tiro preciso, aun sabiendo que posiblemente no los necesitarían, los tres hombres se acercaron lentamente a la entrada de aquella ciudad. Al acercarse a ella, pudieron notar que el grosor de la nieve iba disminuyendo su densidad hasta casi desaparecer cuando llegaron a las enormes puertas de aquellas ruinas arqueológicas de cristal. Adentrándose con lentitud, los hombres vieron con sumo cuidado las edificaciones.

El tamaño de aquellas estructuras cristalinas era demasiado pequeño para que un ser humano las habitara y demasiado grandes como para pertenecer a una raza de enanos o algo por el estilo. Sacando la linterna de su bolsillo, Jigestein abrió la puerta, hecha de un cristal color castaño similar a la madera, de la primer casa que vio y se adentró a ella.

El interior de la casa se veía demasiado oscuro y se encontraba vacío, solo había un plato en la mesa que poseía la misma composición que todo lo que rodeaba aquella ciudadela. Servido en aquel plato se encontraba un pedazo de heno que se veía demasiado bien conservado, Jigenstein supuso que se debía a las gélidas temperaturas de aquel lugar que servían de conservante para los alimentos, bebidas y cuerpos que pudiesen estar por ahí. Moviéndose con cautela, estudió la casa de arriba abajo. Pequeños libros se encontraban en la repisa y un juguete estaba en el piso, parecía una pelota de color anaranjado.

Agachándose con su linterna en una mano y el rifle en otra, Jigenstein observó la pelota. Soltando su arma, tomó aquel juguete hecho de goma y una alarma se activó en la cabeza de Jigenstein al recordar que la goma era un producto nuevo inventado por el hombre. Sin embargo aquella pelota estaba hecha de aquella sustancia y su color anaranjado por momentos le recordaba a una pelota de Básquet, aunque no veía las siglas de la N.B.A impresas en ella ni tampoco calcomanía alguna que identificara aquel balón como algo hecho por el hombre.

Levantándose del suelo, Jigenstein observó uno de los libros y lo abrió encontrándose con una pictografía de varios caballos en un campo, recogiendo bayas y jugando con aquella pelota que se encontraba en el suelo. Mirando el balón de nuevo, comprendiendo la gravedad de lo que acababa de descubrir, Jigenstein murmuró:

- Mierda

La enorme torre de cristal se alzaba delante de Garlick quien no pudo evitar notar un círculo con forma de copo de nieve en el centro de aquel enorme edificio. Apuntando con su rifle a la enorme puerta que se encontraba delante de él, Garlick se acercó a la puerta y la abrió con lentitud adentrándose en aquella torre. Dentro se veía menos brillante y un poco más oscura, algunas cortinas rojas con la insignia de un unicornio de ojos verdes con corona cubrían la sala de estar. Aquellas pictografías llamaban la atención de Garlick quien se preguntaba qué clase de civilización podría usar como estandarte la imagen de un unicornio. Sus dudas se incrementaron al recordar que esa raza era de origen medieval, procedente de la Inglaterra del norte, literalmente las tierras de los celtas y escoceses.

Abriendo con fuerza la enorme puerta del gigantesco edificio que se encontraba cerca de la torre de cristal, Dertley se encontró con una enorme y oscura biblioteca. Aquello llamó la atención de Dertley quien se acercó a uno de los tomos, con la imagen de tres cristales en su portada, que se encontraban cerca de él, lo sacó de su estante y lo abrió. Las letras le eran ilegibles, era una escritura anterior a la románica. Sintiendo una gruesa gota de sudor correr por su frente, Dertley entendió que la escritura parecía más antigua que la sumeria y no concordaba con ningún tipo de lengua o dialecto antiguo conocido. Aquel libro poseía varias pictografías.

La gran mayoría de las ilustraciones que acompañaban al libro mostraba imágenes de animales parecidos a los caballos que vivían en aquella ciudad hecha de cristal, poseían una clara sociedad donde los niños jugaban, los machos poseían armaduras similares a las que portaban las legiones romanas y los demás idolatraban a un enorme corazón hecho de cristal como si de su dios se tratase. Esa era la última página del maldito libro.

- ¡Oh por Dios!- gimió Dertley al entender lo que estaba viendo- ¡Oh por Dios! Son una especie anterior al hombre… una civilización anterior a la humana… ¡Jesucristo, este es el hallazgo del siglo!

Aquello le recordaba a la novela de H.P. Lovecraft “En las montañas de la locura” donde un grupo de excursionistas descubrían ruinas anteriores a la creación humana. Solo que en este caso no había indicios de que aquella raza de equinos hubiesen creado a los humanos, aunque era cuestión de tiempo para que encontraran algún tipo de mierda similar en todos esos libros que rodeaban la enorme biblioteca. Convencido de que al alto mando le gustaría saber todo eso antes que los soviéticos se les adelantaran, Dertley tomó la última página del libro donde se veía la pictografía de todos los caballos idolatrando a su dios pagano y la arrancó de su lugar. Haciéndola un pequeño pedazo de papel, se la guardo en el bolsillo mientras colocaba el libro en otro estante y procedía a volver con sus compañeros cuanto antes, el pentágono tendría mucho que estudiar cuando les contara sobre este hallazgo.

Dertley se encontraba saliendo de la biblioteca cuando oyó el tronante sonido de un cuerno que resonó a la distancia, fuese lo que fuese quien provocaba aquel estrepitoso sonido, se encontraba cerca.

El rugido de aquel cuerno lo obligó a detenerse, apagando el motor de la excavadora y quitándose sus antiparras Hirney salió del vehículo y miró a su alrededor, pero no había nada en el horizonte, nada excepto una enorme nube de humo negro que se acercaba más a donde él se encontraba conforme pasaban los minutos.

- ¿Qué carajos fue eso?- preguntó Hirney buscando con detenimiento algún helicóptero o moto de nieve que se pudiese estar ocultando, sin embargo lo único que veía era esa enorme nube de tormenta que amenazaba con volverse más potente a cada segundo que pasaba, colocándose las antiparras de nuevo, dedujo- debe ser mi imaginación

Sin perder tiempo se adentró a la excavadora y continuó camino debido a que el tiempo había mejorado de forma sorpresiva pero en aquel frío ártico las apariencias siempre engañaban y nada era dado por sentado, ni siquiera el tiempo soleado.

- ¿Qué encontraste?- le preguntó Jigenstein a Dertley quien se veía demasiado perturbado por alguna razón en particular

- ¡¿Que no encontré?!- le contestó Dertley mostrándole el papel donde se veía a los caballos adorar a su dios de cristal- Teniente, esto es la prueba de que hubo una especie habitando el planeta antes que el hombre

- Lo sé- le contestó Jigenstein mostrándole un libro donde se veía a un grupo de caballos realizar unas justas- al parecer nos hemos sacado el premio gordo. Estoy seguro que los científicos se volverán locos cuando sepan de esto

- Siempre y cuando el Pentágono no nos obligue a cerrar la boca- supuso Dertley mirando a su alrededor- aunque todavía no he descubierto donde pueda estar escrito, es casi seguro que esta civilización puede estar relacionada con el descubrimiento del hombre

- O el fenómeno U.F.O- dedujo Jigenstein buscando a Garlick- sea como sea, tenemos que informar de esto a nuestros superiores antes de que los chicos de rojo se nos adelanten

- De acuerdo- afirmó Dertley viendo como el cielo comenzaba lentamente a nublarse- ¿Dónde está Garlick?

- Creo que está dentro de esa enorme torre de cristal- supuso Jigenstein

CRYSTAL

Aquella voz gruesa sonó tan cerca de ellos que parecía ser parte del viento y al igual que el ulular parecido al gemido de un fantasma se oía en mitad de un fuerte temporal, aquí la voz sonó como un cruel y amenazador gemido que advertía la presencia de una enorme sombra que se cernía sobre ellos.

- ¡¿Pero que mierda?!- exclamó Dertley alzando su rifle viendo a todas partes tratando de figurar de donde había provenido aquella voz- ¿Acaso oíste lo mismo que yo, Teniente?

- Si- susurró Jigenstein alzando su arma y retirándose lentamente de la torre. Con su mirada alterada, murmuró- no estamos solos

La enorme nube negra no solo cubría el cielo, también comenzaba a cubrir la tierra como si de un cuerpo se tratase. Y antes de que pudiesen comprender que ocurría, unos ojos de color verde con gruesas pupilas rojas que largaban un maligno resplandor violeta aparecieron a mitad de la nube negra. Una potente carcajada resonó como si fuese un eco por toda la desierta y fantasmagórica ciudadela de cristal.

Garlick seguía dentro de la torre cuando la voz resonó en mitad de la nada. Se encontraba en medio de lo que parecía el salón del trono, que se encontraba tallado con aquel luminoso cristal. Mirando para todas partes, preguntó:

- ¡¿Hola?! ¡¿Hay alguien aquí?!- alzando su rifle, añadió- ¡¿Eres tú Jigenstein… Dertley?!

Antes de añadir una sola pregunta más, se oyó una potente y maligna carcajada que obligó a Garlick a mirar por la ventana encontrándose con una enorme nube negra con ojos verdes y resplandor violeta.

- ¡Oh mierda!- insultó Garlick, sin embargo su voz se había cortado al ver a aquellos ojos mirarlo con cruel malicia y pudo sentir como su orina mojó sus pantalones

Antes de poder alzar su arma, la nube negra golpeó el castillo y cubrió su interior arrasando todo lo que había dentro. Garlick largó un grito que se interrumpió cuando la enorme nube lo cubrió por completo.

La enorme nube, o mejor dicho La enorme Sombra, absorbió la torre de cristal mientras largaba un rugido similar al de una fiera, siendo seguido por aquel estruendoso ruido de trompeta que habían oído antes. Dertley se encontraba como si fuese una estatua debido al pánico que sentía al ver aquella enorme Sombra consumir la torre de cristal. Jigenstein alzó su rifle y disparó a la Sombra, por desgracia las balas no le hacían ningún daño y aquel humo negro continuaba acercándose a ellos.

- ¡CORRE!- gritó Jigenstein emprendiendo la huida

- ¡Pero Garlick!- exclamó Dertley saliendo de su anonadamiento y comenzando a correr

- ¡Ya es tarde, nada se puede hacer por él! ¡Ahora corre si no quieres morir a manos de esa cosa!- exclamó Jigenstein continuando con la carrera

Ambos hombres huían mientras aquella enorme Sombra consumía aquella ciudadela de cristal, ambos hombres no necesitaban ser científicos ni tener estudios en arqueología para entender que había ocurrido con aquella idílica civilización anterior al hombre.

Esa cosa fue creada por ellos, quizás por motivos bélicos, quizás por motivos tecnológicos o quien sabe por qué, y esa maldita monstruosidad se volvió en su contra acabándolos por completo. Siendo ese el final de una raza anterior al hombre y si no encontraban como detenerlo, también sería el comienzo del fin para la humanidad.

La nieve volvió a ser espesa conforme corrían, llegando a imposibilitarles el moverse más rápido. La enorme Sombra parecía no continuar persiguiéndolos con velocidad sino que se tomaba su tiempo, como si disfrutase viéndolos correr por sus vidas. Antes de que ambos hombres pudiesen llegar a la cima del monte, una repentina tormenta de nieve los cubrió impidiéndoles ver el camino a tan solo un metro de distancia. Sin saberlo ambos hombres se separaron.

La enorme nube de tormenta que se veía a la distancia se había agrandado al punto de casi parecer que tocaba la tierra, Hirney no se encontraba del todo seguro si era una ilusión óptica lo que veía o literalmente una nube negra tocaba la tierra debido a que la fuerte tormenta de nieve retornó sorpresivamente incapacitándolo de ver todo a menos de un metro. Fuese cual fuese el caso, tenía que darse prisa o esos tres idiotas morirían sin remedio alguno debido a las bajas temperaturas que comenzaban a golpear el metálico cuerpo de su vehiculo conforme pasaban los minutos. Acelerando su tractor de nieve, Hirney trató de llegar lo antes posible a donde los demás pudiesen estar acampando. Los recuerdos de la guerra comenzaron a golpearlo conforme avanzaba. Aquella oscura y tenebrosa jungla se veía más nítida en medio de esa oscura tormenta de nieve. No se veía en medio de la nada sino en la espesa selva al lado de sus hombres aquella noche en particular. Veía el miedo en sus ojos, el insomnio que los comenzaba a molestar conforme la noche se volvía más oscura y la latente amenaza de los Vietnamitas quienes deseaban matarlos ni bien terminase de ocultarse el sol aquella noche de verano de 1969.

Jigenstein corría tan velozmente como podía, pero la nieve no lo dejaba avanzar, por fortuna el campamento y la moto de nieve no se encontraban lejos. Desgraciadamente en medio de aquella tormenta de nieve era imposible ver mas allá de su propia nariz, no veía a Dertley por ningún lado y todo parecía indicar que aquella cosa los había separado. Sin mirar atrás en ningún momento, Jigenstein continuó camino hasta el campamento.

Dertley huía en pleno paramo helado, su visión no solo se encontraba limitada sino que era inexistente, apenas si podía ver sus propios brazos. Debió de tardar unos minutos antes de darse cuenta de que se había separado de Jigenstein y ahora, con la nieve cubriendo sus piernas, se encontraba inmóvil en medio de aquel interminable desierto de hielo. Respirando de forma agitada, su nariz junto a sus pulmones ardían al recibir aquel aire frio que apuñalaba sus entrañas con su gélida caricia. Oyendo el sonido de unas criaturas que emitían un sonido similar al de trompetas de guerra, Dertley se dio vuelta viendo a los horridos espectros de los pobladores de aquella ciudad acercarse a él.

Eran caballos con rostros cadavéricos y blancuzcos ojos cuyas pupilas se encontraban hundidas en sus oscuras cuencas. Abriendo su boca cubierta de colmillos, largaron un horrido relincho y se abalanzaron sobre Dertley quien, viéndose incapaz de moverse, buscó la hoja que había arrancado y la tiró al suelo esperando que al devolvérselas lo dejasen vivir. Uno de los espectros pisoteo con malicia la hoja y continuó su carrera. Alzando los brazos, Dertley largó un horrido alarido antes de que la tormenta ocultase su cuerpo y los espectros comenzaran a devorarlos.

El alarido de Dertley resonó como si de un eco se tratara por los alrededores llegando a los oídos de Hirney quien detuvo el tractor y sacó su M-16. Bajando del vehículo, se dirigió a donde había oído el grito con su ametralladora en la mano.

- ¡Jigenstein, Dertley, Garlick! ¿Son ustedes?- gritó Hirney mirando a su alrededor- ¿Se encuentran bien?

Un gemido provocado por el ulular del viento fue lo único que recibió de respuesta. Sujetando con fuerza su arma, miró a todas las direcciones posibles cuando vio como la enorme nube negra lo rodeaba bloqueándole el camino de vuelta como si estuviese acorralándolo. Aquella Sombra largó otro rugido similar al sonido de una trompeta de guerra. Los ojos verdes que resplandecían reaparecieron y Hirney al verlo exclamó:

- ¡Hijo de puta!- sin dar un aviso de alto ni amenaza alguna, comenzó a disparar

Debió de usar una carga entera en aquella cosa y antes de poder recargar, la enorme Sombra se arrojó sobre él cubriéndolo con su horrido cuerpo negro. Repentinamente Hirney no se encontraba en el gélido ártico sino en la calurosa y húmeda selva de Vietnam al lado de sus hombres, quienes se encontraban aterrados debido a que la noche no poseía luna alguna y varios ojos verdes se encontraban observándolos en las oscuridades de los arboles, fundiéndose con el follaje que cubría a los soldados. El sonido de una voz hablando una lengua desconocida alertó a los hombres y uno de ellos le dijo con un tono tembloroso:

- Sargento

Una potente explosión mato a varios y el resto comenzó a disparar contra los soldados del Vietcong, cuyos gritos en su idioma natal se oía cada vez más cerca. Recargando su rifle de asalto, Hirney se unió a su batallón mientras las balas volaban cerca de su cabeza, pasando al lado de su oreja. Las explosiones iluminaban la oscura selva mostrando las siluetas de los soldados cuyos cascos en forma triangular eran igual de amenazantes que sus atuendos tradicionales. Varios hombres morían a su alrededor, diez, veinte, treinta, los números aumentaban conforme los soldados se acercaban a ellos. De todas formas Hirney seguía peleando, viendo a su costado como algunos vietnamitas torturaban a los hombres de su batallón, Hirney seguía disparando contra los interminables enemigos que aparecían bajando de las ramas de los arboles, debajo del suelo y debajo del río.

- ¡Los mataré a todos!- rugía Hirney furioso sin recibir daño alguno mientras vaciaba su eterna munición- ¡Tráiganme a todo el puto vietcong que los pienso eliminar uno por uno! ¡¿Me escucharon?! ¡UNO POR UNO!

Arriba, en el oscuro cielo que lo rodeaba, unos ojos verdes con pupilas rojas y cuyo resplandor era violeta aparecieron y una risa maligna se oyó en medio de la interminable selva de Vietnam.

Jigenstein oyó el alarido de Dertley seguido de los disparos de Hirney, acelerando su marcha pudo encontrar el campamento. Sonriendo emprendió la marcha hacia donde se encontraba la moto de nieve cuando vio, a la distancia, las luces del tractor. Sonriendo, Jigenstein se dirigió a él.

Abrió la puerta amarilla del vehículo y se introdujo en él. El motor se encontraba en marcha

- Mi jodido día de suerte- murmuró Jigenstein haciendo marcha atrás emprendiendo la huida de aquella enorme Sombra que lo perseguía

Desde la cabaña se podía ver como la tormenta empeoraba y aquella enorme nube negra se iba acercando cada vez más conforme pasaban las horas. Tomando la radio que conectaba con la base, Kider trató de comunicarse con sus superiores queriendo saber si iban a ir por ellos ese mismo día.

- Negativo- le contestaron desde el otro lado- los radares indican que se acerca una fuerte tempestad a donde ustedes se encuentran, nos es imposible el poder llegar a tiempo y sacarlos… con vida

- ¿Central?- preguntó Kider tratando de ajustar la transmisión- Central ¿Me oye? Estamos perdiendo comunicación

- Si… un helic…. Todos van a morir- continuaba hablando la central desde el otro lado- me… ¿Pia? … todos… morirán… vamos allá

La comunicación terminó por cortarse y las luces de la cabaña comenzaron a titilar, apagándose de forma abrupta, viéndose en plena oscuridad, Kider murmuró:

- Jodida tormenta

Wesley estaba preparando el almuerzo, aunque teniendo en cuenta la oscuridad que los rodeaba más bien parecía que se encontraba preparando la cena, cuando las luces se fueron repentinamente

- Mierda- murmuró enojado al ver que tendría que buscar una linterna a menos que quisiera trabajar a oscuras.

- Las luces se han cortado- le contó Kider apareciendo por sorpresa, dándole un susto de muerte a Wesley

- ¡Carajo!- exclamó Wesley tratando de calmarse- menudo susto me has dado muchacho

- ¿Qué pasa? ¿Acaso la tormenta te está impresionando?- le preguntó burlonamente Kider dirigiéndose a donde estaba la salida. Ciertamente aquel vendaval sonaba demasiado fuerte como para ser una tormenta común y corriente, incluso los gemidos del viento parecían los sollozos de antiguos fantasmas del pasado quienes no podían encontrar la paz eterna que se les había prometido

- He estado en muchas tormentas muchacho, pero nunca en una como esta- le contestó Wesley abriendo los cajones de su cocina para buscar las velas con las cuales iluminarse- quizás deba ir a buscar un tanque de gas en caso de que nuestras cañerías se congelen

- Iré a ver el generador, posiblemente este se ha enfriado- le informó Kider saliendo de la cocina

- Ve con cuidado chico- le pidió Wesley buscando los fósforos con los cuales encender la vela- claramente esta tormenta es de las peligrosas

- Descuida- le respondió Kider colocándose el abrigo y saliendo hacia afuera dirigiéndose a donde estaba el generador

Wesley sacó el fosforo de su caja y lo encendió, acercó la llama a la vela solo para que esta se apagara antes de llegar a su destino. Molesto, Wesley volvió a prender otro fosforo para que este se apagara y tras insultar en voz baja, sacó el tercero diciendo:

- La tercera es la vencida

Pudiendo encender el fosforo, logró llegar a la vela y encenderla. Sonriendo de satisfacción, Wesley apagó el fosforo y se dio vuelta volviendo a asustarse al ver a Jigenstein detrás de él con la mirada perdida, temblando de frío y miedo.

- ¿Dónde está el muchacho?- le preguntó Jigenstein a Wesley mostrando un pánico casi demencial en sus facciones, al no recibir respuesta de Wesley, gritó- ¡¿Dónde?!

- A… afuera- le contestó Wesley sorprendido caminando hacia atrás- fue a ver el generador de energía ¿Quieres que lo llame?

- No- le contestó Jigenstein negando con su cabeza y dirigiéndose a donde estaba la armería- ya es tarde para él

Kider caminaba con dificultad por la espesa nieve, tapándose con su brazo el rostro e intentando ver mas allá de su nariz, sin embargo no encontraba el camino hacia el generador. Las luces del tractor se veían cerca de la entrada a la base, lo que significaba que Hirney y los demás habían vuelto “Otro acto heroico para ese lunático” pensó Kider continuando camino a donde estaba el generador. El sonido del viento verdaderamente era aterrador debido a que aquellos aullidos parecían auténticos lamentos y por momentos tomaron la forma de relinchos fantasmales. Negando con la cabeza semejantes sonidos se dijo a sí mismo que eso era su imaginación e intentó continuar camino hasta que llegó al generador, estuvo cerca de la puerta cuando oyó un sonido similar a una trompeta y al mirar hacia arriba se preguntó en voz alta:

- ¿Qué carajos fue eso?

Volteó su cabeza a la puerta de entrada al generador cuando esta se abrió de forma abrupta, saliendo de ella un hombre con un abrigo blanco y una horrida mascara de metal que cubría todo su rostro. La mascara poseía un respirador por donde el humo de su aliento salía con tétrica libertad, unos resplandecientes visores verdes cubrían sus ojos y un largo mechón de cabello negro terminaba de darle aquella horrida visión al hombre que alzó su rifle con sus oscuras manos y dijo con una distorsionada voz metálica:

- Conque es demasiado tarde para Garlick ¿No?- sin añadir nada más disparó al pecho de Kider tirándolo al suelo. Tirando de la recamara el cartucho utilizado, aquel hombre enmascarado continuó camino diciendo- aficionado

Hirney continuaba corriendo por la fuerte ventisca, buscando a más vietnamitas a los cuales cazar, cuando se encontró con uno de sus hombres en el suelo. Los desgraciados del Vietcong lo habían dejado irreconocible. Agachándose para socorrerlo, gritó:

- ¡MEDICO!- alzando con sus brazos los restos de Dertley, Hirney le dijo- tranquilo muchacho, volverás a casa, volverás con tu chica, ya lo veras… no te preocupes, te sacaré de aquí… ¡Necesitamos un medico, hay un hombre herido! ¡¿Qué no me oyen?!

Alzando el cuerpo muerto de Dertley mientras veía a su camarada muerto en la guerra, Hirney trató de sacarlo de aquel frío y gélido infierno. Su rostro había sido devorado junto con gran parte de su cuerpo, sus músculos estaban expuestos junto con sus costillas y aunque faltaba gran parte de su intestino grueso, delgado, hígado y pulmón izquierdo junto a su brazo derecho, el resto todavía se veía integro.

- No te preocupes soldado- le susurró Hirney moviéndose a rastras con él- te llevaré a casa, ya lo veras y luego tu chica nos recompensará en grande, ya lo veras

El sonido de unos horridos relinchos lo detuvo y vio a su alrededor. Varios horridos y espectrales equinos se acercaban a ellos de todas partes. Los ojos de Hirney poseían un enfermizo resplandor verde que se intensificaba conforme aquellos monstruos se acercaban, mostrándole un calabozo vietnamita donde varios de sus hombres se encontraban atados en cruces de bambú con sus pies devorados por los cerdos y sus ojos salidos de sus cuencas al ser comidos por los cuervos que frecuentaban el campamento. Los equinos espectrales poseían las ropas de las tropas tradicionales del vietcong y hablaban con su misma lengua inentendible.

Soltando el cuerpo muerto de Dertley, Hirney sonrió con locura y sacó de la parte trasera de su cinturón un enorme cuchillo Bowie, largando una risa psicótica les contestó:

- ¡Muy bien! ¡¿Quién quiere ser el primero?!- los caballos relincharon y se abalanzaron sobre Hirney quien rió con demencia gritando- ¡De acuerdo señoritas, como ustedes quieran! ¡A bailar!

Hirney se abalanzó sobre uno de los equinos y le enterró su cuchillo en el ojo provocando que un apestoso liquido negro saliera a borbotones del ojo de aquel equino, la tormenta se acrecentó y las risas psicóticas de Hirney fue lo único que se oyó en aquel paramo helado mientras la oscuridad terminaba de tomar aquel sitio.

Lo único que alumbraba la oscura habitación era la luz de la vela que Wesley había encendido unos minutos atrás. Aquella pequeña flama iluminaba varias ametralladoras M-16, M- 40, Rifles de francotirador, Escopetas y una Smith y Wesson de calibre 45 del 71 con un cargador lleno de balas de calibre Magnum, teniendo la potencia suficiente para tirar a un elefante, solo que Jigenstein esperaba detener algo mucho más grande que eso. Desgraciadamente no poseían un lanzamisiles ni tampoco una M-60 ni mucho menos una Gatlin aunque si poseían un lanzallamas, algo era algo. Pasándole la M 40 a Wesley, Jigenstein se hizo con la 45, el M 16 y el lanzallamas. Wesley trataba de conservar la calma ante la errática actitud de Jigenstein, pero él no parecía interesado en querer hablar de lo que sucedió afuera y tras sentirse presionado por la curiosidad antes que por el miedo o por los nervios, le preguntó:

- ¡Por todos los cielos, Jigenstein! ¡¿Qué carajos ocurrió allá afuera?

- No quieres saber- le respondió Jigenstein saliendo de la habitación

- ¡Sí, claro que quiero saberlo por dios santo!- le replicó Wesley mostrándose comprensivamente molesto con Jigenstein

- ¿Dios?- le preguntó Jigenstein volteándose a verlo, tras largar una risa despectiva, le contestó- Dios no tiene nada que ver con esto, al menos no el Dios cristiano sino el que ellos oraban

- ¿Ellos?- preguntó Wesley sintiéndose confundido, Jigenstein no le contestó nada, simplemente continuó camino preparándose para la llegada de aquella horrida Sombra

El sonido a las trompetas volvió a oírse una vez mas y aquella enorme Sombra inició su avance acercándose cada vez más a la oscura base mientras la tormenta empeoraba a cada minuto que pasaba haciendo que la visibilidad fuese inexistente, solo era nieve y oscuridad absoluta. Los espectrales Equinos acompañaron a la enorme sombra, dando horridos relinchos que parecían fantasmagóricas risas capaces de enviar a cualquiera a la locura.

Fuera no se veía absolutamente nada, solo la blanca ventisca junto a un oscuro paramo que parecía ir desapareciendo a cada segundo dejando en su lugar un vacio tan profundo y tan silencioso que alteraba sus nervios. Wesley trató de calmarse y pensó que podría tratarse de un clásico caso de locura invernal, ya había oído de un caso similar un tiempo atrás, el día anterior a que llegara a la base. El cuidador de un hotel junto a su familia se quedó en aquellos gélidos montes durante unos meses sin comunicación de ningún tipo. Tras estar aislado por más de un mes en aquel lugar, aquel pobre diablo perdió la cabeza y mató a su familia con un hacha para después suicidarse, fue todo un escándalo en aquel entonces y Wesley consideró que si algo así llegaba a darse en aquella base, entonces actuaría de manera dócil con el afectado para atacarlo por la espalda en el momento menos pensado. Mientras más pensaba en ese momento, mas se lamentaba el no haber tomado el lanzallamas. Esperando la oportunidad perfecta, Wesley continuó mirando la ventana cuando vislumbró a la oscura distancia un brillo verduzco que parecían formar las siluetas de unos ojos. Sorprendido por lo que veía, Wesley preguntó:

- ¿Qué carajos?- el sonido de un disparo se oyó de afuera y su hombro reventó en un punzante dolor que tiró varias gotas de sangre a la pared

El disparo se repitió siendo esta vez el pecho de Wesley el que recibió el tiro y antes de caer al suelo sintió como su abdomen acogió la tercera bala. Rompiendo la ventana Garlick, o aquello que tenía su forma, entró a la base diciéndole con una voz alterada por medio de su respirador:

- Eso fue por todas las papas que me obligaste a cortar durante todos estos años, maldito blanco de mierda- apuntándole a la cabeza con su rifle, añadió- larga vida al Rey Som…

No alcanzó a terminar su discurso porque una bala traspasó por el costado de su cráneo y salió por el otro costado acabando con su vida. Quitando el casquillo del cartucho, Jigenstein le preguntó a Wesley:

- ¿Te encuentras bien?

- No- le contestó Wesley, dando un pequeño gemido de dolor y cansancio- me ha herido de gravedad ¿Acaso ese era Garlick?

- Garlick está muerto- le contestó Jigenstein mirando la ventana- esa cosa lo mató

- ¡¿Quién?!- le preguntó Wesley molesto- ¡¿Quién lo mató?!

- Él- le respondió Jigenstein señalando el oscuro cielo donde unos ojos de verde color y un cuerno rojo comenzaban a acercarse hacia donde ellos estaban- vamos, tenemos poco tiempo para contra atacar

Los espectrales caballos se acercaban a la base, olfateando el hangar y la puerta que daba a la sala de comunicaciones. El cuerpo muerto de Kider se encontraba de espaldas mirando el cielo con sus ojos cristalinos como canicas, la enorme Sombra se fijó en él con sus ojos verdes y tras largar una pequeña risa despectiva, su enorme cuerno rojo resplandeció con fuerzas hasta lanzar algo parecido a un rayo sobre el cadáver de Kider dejando la carne de su rostro con un color anaranjado rojizo y sus costillas expuestas como si fuese un pedazo de carne bovina dispuesta a ser vendida en la carnicería.

Jigenstein veía con fría cautela a los espectrales caballos rodear la base, alzando su ametralladora, le dijo a Wesley:

- Cuando cuente tres, disparas

- No creo que pueda apuntar bien- le respondió Wesley apoyándose sobre la pared, su visión estaba borrosa y había perdido mucha sangre, debía ir a un hospital

- Uno- contó Jigenstein haciendo caso omiso de las quejas de Wesley- dos

- Jodete Jigenstein- lo insultó Wesley apuntando con su ametralladora la ventana

- ¡TRES!- terminó de contar Jigenstein iniciando el ataque sobre aquellas criaturas

La cabeza de uno de aquellos caballos fantasmas voló en pedazos al recibir el primer disparo de Jigenstein, las balas comenzaron a dañar a aquellos monstruos impactando en sus pechos, gargantas, ojos y rostros. Algunos caían al suelo muriendo, otros daban fuertes espasmos antes de morir mientras que otros seguían acercándose dando relinchos fantasmales que solo inspiraban la locura en ambos hombres quienes continuaban matando sin problema alguno a aquellas criaturas.

Los relinchos cesaron y solo fueron continuados por el sonido de las trompetas que terminaron por borrar la poca cordura que Jigenstein poseía.

Rompiendo las ventanas laterales, los monstruosos equinos pudieron adentrarse y buscar a sus agresores. Jigenstein soltó su arma y sostuvo el lanzallamas que activó largando una potente llamarada sobre aquellas tétricas criaturas quienes largaron atroces alaridos de dolor que obligaron a Jigenstein a soltar potentes carcajadas al ver su horrido sufrimiento.

Cayendo al suelo, Wesley vio a uno de esos monstruos acercarse. Sonriendo se sentó y puso su rifle debajo de su mandíbula. Cerrando los ojos susurró:

- Solo un día para el retiro- y disparó

Las llamaradas no solo estaban quemando a los monstruos equinos sino también a la misma base, la madera de la que esta se encontraba compuesta ardía con las llamas descontroladas que Jigenstein lanzaba mientras reía a carcajadas como un psicópata. La Sombra se acercó a donde él estaba y miró con malicia a Jigenstein, quien comenzaba a alejarse de donde las llamas estaban prosperando sin control alguno. Su lanzallamas se detuvo y tras tres intentos fallidos de reactivarlo, Jigenstein lo soltó y se lo sacó de encima mientras veía como la Sombra comenzaba finalmente a tomar un rostro. Era un rostro equino de pelaje gris y largas crines negras que parecían una espesa cabellera humana. Poseía una blanca armadura que lo cubría de pies a cabeza junto a una corona de metal con unas tres gemas en el centro, una larga capa roja con tela blanca parda cubría sus espaldas y al sonreír mostraba una hilera de colmillos que acentuaba su psicótica maldad. Metiéndose en un cuarto sin ventanas, Jigenstein se vio sin salida alguna excepto.

Moviéndose con rapidez, se encargó de dar su última movida. La base se encontraba en llamas y los caballos restantes se adentraban en ella dispuestos a devorar a su última víctima.

Caminando con una elegancia digna de un monarca, la Sombra con forma equina se adentró a donde estaba Jigenstein quien se encontraba solo con su 45 apuntándose a la cabeza. Una sonrisa psicótica se dibujó en sus labios y la Sombra le respondió con una voz grave pero elegante:

- ¿Donde están mis esclavos de Cristal?

- En tu trasero- le respondió Jigenstein largando una risa maniaca

- ¡Arrodíllate ante mí!- le exigió la Sombra con un tono severo

- ¡Oblígame!- lo desafió Jigenstein sin perder su sonrisa

- Desafiante hasta el final ¿Eh?- le preguntó la Sombra sonriéndole con malicia- eso no te llevará a nada, responde a mi pregunta y te prometo que te dejaré vivir

- dila- le contestó Jigenstein bajando su arma

- dime donde se encuentran mis esclavos de Cristal- le exigió la Sombra, Jigenstein apuntó con su arma a donde se encontraba un envase de metal y le respondió

- Aquí te tengo tu cristal

Los envases de metal se encontraban amontonados en aquella habitación y de ellos salía un fuerte olor a gas, era donde se guardaban las garrafas en caso de emergencia. Jigenstein disparó al artefacto creando una chispa que dio inicio a una enorme llamarada que cubrió a Jigenstein, al Rey Sombra junto a sus súbditos. La base explotó en mil pedazos con todos adentro.

La tormenta había finalizado. El día era soleado y aquel paramo helado junto a los restos de la base se encontraban en silencio, siendo el leve silbido del viento lo único que se oía. Solo había cenizas de aquella edificación. El sonido de los helicópteros rompió aquel lúgubre silencio, solo eran dos que traían consigo el reemplazo de Jigenstein y sus hombres. Cuando llegaron, vieron el horror que había bajo sus pies.

- ¡Dios mío!- exclamó el piloto al ver aquel dantesco espectáculo

Debajo de ellos se encontraban los restos de Kider, el cuerpo quemado de Garlick y el cadáver calcinado de Wesley quien tenía un agujero en su cabeza. Descendiendo al suelo, las tropas descendieron de ambos helicópteros y se pusieron a buscar a los demás.

- ¡Hola! ¡¿Hay alguien aquí?!- gritaba el sargento a cargo de aquella división

Uno de los soldados se adentró a los restos de la cabaña encontrando los cadáveres de Garlick y Wesley junto a los cadáveres de aquellas criaturas.

- Madre de Dios- susurró uno de los soldados antes de darse vuelta y vomitar su almuerzo

- ¡Hola! ¡¿Hay alguien aquí?!- continuaba gritando aquel sargento recibiendo el sonido del viento como respuesta

Los restos de Jigenstein eran irreconocibles, solo un cadáver con la carne marchita al punto de casi dejar su cráneo a la vista de todos, en sus ojos se veía una alegría demencial que se acentuaba con su cadavérica sonrisa sobre sus inexistentes labio cuasi desintegrados.

Uno de los soldados cubrió con su campera el cuerpo de Kider.

- ¡Hola! ¡¿Es que no me escuchan?!- continuaba gritando aquel sargento- ¡Soy el Sargento William Rujers, del ejercito de los Estados Unidos! ¡¿Hay alguien por aquí?!

El sonido de varios disparos fue la única respuesta que tuvo. Uno de los soldados cayó al suelo muerto de un disparo a la cabeza, y saliendo de entre la nieve se encontraba Hirney sosteniendo su M 16.

- ¡Voy a matarlos a todos!- rugía Hirney con furia viendo a los demás con sus ojos saliéndose de sus cuencas resaltando el verdusco resplandor de sus pupilas- ¡¿Me oyeron malditos Vietnamitas?! ¡Los acabaré a todos!

- ¡Suelte el arma!- le advirtió un soldado apuntándole con su ametralladora- ¡Ahora!

- ¡Los mataré a todos!- aulló Hirney dispuesto a disparar de nuevo cuando las tropas le reventaron el pecho a tiros obligándolo a caer al suelo

Hirney respiraba con dificultad viendo como un animal enjaulado a los soldados acercarse a él. Se veía como si hubiese pasado por un infierno, su camisa verde estaba desgarrada y su cuerpo se encontraba manchado de pies a cabeza por un apestoso líquido negro. Se podía ver marcas de dientes sobre sus piernas, brazos y manos. Su oreja derecha se encontraba colgando de un fino hilo de carne en ese momento, aunque Hirney no parecía percatarse de eso.

Los soldados estaban por llegar a donde estaba Hirney cuando se oyó a la distancia un sonido similar a un cuerno de guerra.

- ¿Qué carajos fue eso?- preguntó el sargento Rujers viendo hacia el horizonte

- ¿Eso?- le preguntó Hirney desviando también su mirada hacia el horizonte. Un pequeño copo de nieve cayó sobre su mejilla haciéndolo reír- je, significa que ESO HA REGRESADO

Sin poder contenerse, Hirney rompió a reír como un psicópata mientras la nevada volvía a empezar y todos los soldados veían a la distancia una enorme ciudadela que rodeaba una gigantesca torre de cristal junto a unos horridos caballos espectrales que se dirigían hacia donde ellos estaban mientras una enorme Sombra con ojos verdes y un cuerno rojo se encontraba a sus espaldas enseñoreándose de ella como si fuera su amo y señor, su autentico monarca. Una especie de…

REY SOMBRA

FIN

10 Juillet 2022 05:10:47 0 Rapport Incorporer Suivre l’histoire
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La fin

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