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Juan Manuel Montero


La vida, al igual que una peonza, da más vueltas cuanto más joven se es, pues es cuando más fallos se suele tener, y de los que más se aprende. En este pequeño episodio de la vida de dos niños de un poblado, podemos ver cómo tantas veces un simple punto de vista diferente puede cambiarlo todo, cómo las mejores intenciones pueden desviarse fácilmente y sin que nos demos cuenta. Pero todo tiene una solución, pues la amistad, si es sincera, siempre prevalece.


Histoire courte Tout public.

#Tribu #Vida #Naturaleza #Relato #inkspiredstory #Salvaje #Amistad
Histoire courte
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Capitulo 1

Azu, quien pensaba con más lucidez que el Gran Gorrión Fokl cuando se pone más borracho que una cuba, y corría más veloz que un caballo a galope con un Gran Gorrión Fokl encima, corrió y pensó con toda la lucidez que pudo, teniendo solo nueve tiempos estíos en su menudo cuerpecito.

Saltaba de aquí para allá con el pensamiento de ser el más ágil del poblado. Cazaba. Le habían mandado cazar liebres y recolectar su piel y carne por separado. Azu iba confiado, pues todos en el poblado se habían sonreído cuando le encargaron la tarea, todos menos su mejor amigo, Zato, que se había entristecido y, dándose la vuelta, continuó con su tarea de encurtir las pieles para el invierno que se aproximaba.

Zato era un jokar-colo. No sabía lo que significaba, pero se lo escuchó decir una vez al Gran Gorrión Fokl en una ocasión en la que se le rompió el arco por ir demasiado ebrio a una campaña de vigilancia del valle, cuando, queriendo hacerse el sofisticado, se puso el arco como se lo ponen las mujeres en el poblado, como uno se pone unos calzones, pero debido al gran tamaño de sus tripas se le quedó atorado sin llegar a ninguna sujeción y, tropezándose con él, dejó hecho astillas un extremo que sujetaba la cuerda, quedando el arco inservible.

La cuestión es que Zato era esa palabra que te dejaba medio a gusto cuando la decías. Por lo menos lo era cuando veía a la gente hablar con Azu.

Aún no sabía realmente por qué, pero cada vez que se convertía en el centro de atención de las personas, a Zato se le caían los ojos y la lengua se le dormía. Azu lo tomaba como que le tenía envidia. ¿Cómo iba a tomárselo sino? Un amigo es aquel cuyo tronco crece como crece el del otro amigo, un amigo es aquel cuyas raíces excavan compitiendo con las del otro, y un amigo siempre será aquel cuyas ramas lleguen hasta el cielo y se entrelacen, dando frutos que sepan a los dos amigos.

Ya habían tenido alguna discusión al respecto, pero Azu no comprendía por qué su amigo, lejos de felicitarle o acompañarle en ese protagonismo, lo malentendía advirtiéndole de que solo se estaban burlando de él. Era envidia, seguro, tenía que ser envidia.

Todo esto llenaba la cabeza del joven Azu mientras saltaba detrás de las liebres. Había estado a punto de coger tres, pero se le habían escapado en el último momento con lo escurridizas que eran.

“Zato es un jokar-colo y ya, cuando llegue con las liebres le daré una y le diré que se lo cambio por la envidia, eso lo cambiará todo”, pensaba Azu.

Unas orejillas como hojas de árbol finas y curvadas asomaban distraídas tras un tocón.

“Es mi oportunidad” se dijo mientras saltaba hacia ellas con ferocidad. Las orejillas se quedaron quietas un instante y, al momento, se movieron más veloces que el viento, que un caballo montado por un jinete grande y ebrio y, por supuesto, que Azu.

Pero Azu no se rindió, corrió y corrió sin descanso, como si en vez de piernas le llevase la confianza en sí mismo. Y esa confianza fue la que le hizo caer por una pendiente pedregosa que no le había dado tiempo a ver, y que le tronchó la mano con sus rocas grandes y pesadas cuando Azu intentó aterrizar con ella y no con su cara.

Dolor, había un dolor de brazo, pero más dolor era el que le producía a Azu haber caído cuando pensaba que no caería jamás, que conseguiría atrapar a la liebre como los demás esperaban que hiciera.

Un murmullo debajo de él le apartó un momento de esos pensamientos tan oscuros.

“Cuidado” se hizo recordar, “no puedo oscurecer mi corazón cuando aún hay sol en el cielo”, repitió las mismas palabras que la vieja Sabria, una anciana del poblado, repetía a los niños cada vez que un habitante cruzaba por el Puente de las Estrellas para no volver a casa.

Se incorporó. Un pequeño matiz blanquecino se movía como un rayo por debajo de las rocas. Azu tardó un instante en darse cuenta y, con el impulso de la juventud, lanzó las dos manos hacia la liebre atrapada.

Un dolor abismalmente grande le recorrió todo el cuerpo, haciéndole flaquear la parte derecha entera del mismo. Para su suerte, la parte izquierda no, y pudo coger la liebre exitosamente.

Azu volvió con una sonrisa de oreja a oreja, una liebre inquieta pero bien sujeta y un brazo amoratado e hinchado a la aldea.

Al llegar, la gente se le acercaba preocupada, dejando a un lado la burla al darse cuenta de su estado, pero él solo podía pensar en lo henchido que se sentía de poder haber conseguido su premio, ahora se dispondría a matarlo y obtener sus bienes, además su madre le había enseñado una form-. Zato apareció de repente saliendo de una cabaña, y cuando miró a Azu y se percató de lo que todo el mundo se había percatado antes, una expresión de sombría apatía le cruzó el rostro con más rapidez que a la que vuela el águila en caída.

Azu se sobrecogió. “¿Cómo puede ser que esté triste…?, ¿acaso no se alegra de mi alegría?” pensaba mientras se encendía como se enciende el cielo algunos amaneceres. Se acercó a Zato, apartando a la gente, y con un paso pesado y firme le golpeó con toda la fuerza que tenía su lado derecho del cuerpo en la cara.

Zato cayó al suelo, sangrando, totalmente asombrado, pero tardó solo un instante en pegar una fuerte patada en el vientre de su amigo, que trastabilló y cayó de espaldas sobre su lado bueno. Y así los dos buenos amigos entrelazaron sus ramas mientras golpeaban con fuerza su tronco, dando lugar a un fruto sangrante y verdoso. Así continuaron un poco más de tiempo, el que tardó Sabria en separarles con su garrote, y golpeando a los dos por igual en la cabeza con uno de esos golpes que deja chichón, los llevó a su choza, encendió un fuego, y les dio a probar una bebida tranquilizante y fresca que les ayudaría con el dolor.

Luego ya les curaría las heridas con pomadas frescas y relajantes, pero, tras haber meditado un rato mientras preparaba las medicinas y observaba las heridas de los dos jovenzuelos, optó en cambio por hacerles una pregunta: “¿qué creéis que es esto?” dijo, mientras al fuego, rojizo y chisporroteante, le echaba unos polvos que lo adormilaron y dejaron con un tono azulado como el del mar o el cielo despejado.

Los dos niños, calmados como estaban, pero siendo aún niños, centraron toda su atención en el fuego, olvidando la pelea de hace unos instantes.

Los dos confiaban en la vieja, por eso se habían tomado el mejunje sin protestar. Era de actitud y obras sencillas y muy reconocida en el pueblo esa mujer, que cuidaba las heridas no solo del cuerpo sino también del espíritu y tenía siempre muy buenos consejos.

Zato fue el primero en responder “Será fuego como lo ha sido antes”. “Iluso” pensó Azu, que tenía otra opinión. “Muy bien ¿y tú qué piensas, Azu?”. Los dos niños la miraron con curiosidad. “¿Qué querrá saber la vieja?” pensaban. “Yo digo que es agua” dijo Azu con orgullo, sabiendo que Zato no se esperaba esa afirmación.

La anciana sonrió y dijo “Muy bien, Azu. Pues, si es agua, tendrás que estar dispuesto a meter la mano, ¿no?”.

Azu no se esperaba esa reacción, eso era agua se viese como se viese. Acercó la mano que le dolía, mirando firme a Zato y a Sabria intermitentemente.

Un grito agudo de dolor se escuchó por todo el valle.

“Anda, ve a casa y dile a tu madre que te ponga un ungüento para las quemaduras, y cuando te pregunte, dile de mi parte que su hijo ha aprendido que el agua quema”, dijo la anciana con una sonrisa pícara.

Cuando se fue, Zato no pudo evitar el preguntar “Pero, anciana ¿por qué no le ha reñido por su cabezonería, si ya sabe cómo es? Si ya ha visto lo que ha traído al poblado hace un rato, en una mano, su obcecación, y en la otra, herida, su lección”.

“Verás Zato”, empezó la anciana “Sí que he notado, tanto como tú, que todo el poblado se ríe de lo despistado que es nuestro amigo, pero Azu no es cabezota; él no ha escogido vivir en otro mundo, sino que nació en él.

Ya lo has visto, y quería demostrártelo. Para él esto era agua tanto como para ti era fuego. Son dos cosas contrarias y, por tanto, imposibles en la cabeza de cada cual, pues él pensaba al revés que tú, y tú al revés que él. Tanto es así que seguramente llegue a su casa convencido que era agua que quemaba, y no de que era fuego.

Aprende esto, Zato, ni nosotros ni nadie en el poblado conseguirá cambiar sus puntos de vista, ni riéndose ni llorando, y menos aún a la fuerza, pero tú, que en el fondo tantas veces le admiras como amigo tuyo que es y por sus grandes y buenas intenciones, sabes que solo viviendo así podrá alcanzar el cielo igual que los pájaros, y si realmente algo de él te molesta profundamente y te hace sentir dolor, díselo primero como a ti te gustaría que te lo dijera, y segundo hablando desde ti mismo, no educándole según lo que tú piensas, porque no podrá entenderlo ni entenderte si le fuerzas, pero si le hablas de lo que sientes y padeces te escuchará, porque te tiene cariño, y se corregirá, o lo intentará, aunque solo sea contigo.

Recuerda, Zato, que para él hace un rato tenía, como tú has dicho desordenadamente por no pensarlo bien, su orgullo, que eran sus heridas, en una mano, y su recompensa, que era la liebre, en la otra, y dime tú quién del poblado ha sido capaz de atrapar una liebre con sus propias manos, sin arco ni flechas”.

17 Mai 2022 18:50:12 0 Rapport Incorporer Suivre l’histoire
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La fin

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