ramonguiardinu Ramon Guiardinu

En un mundo ya creado a sus espaldas, el genuino creador emerge. Entre seres mutantes, en un espacio natural pleno, que se ofrece con todo su esplendor, pero también con todo su peligro, Rey debe recuperar lo propio. Ser casi incorpóreo, casi invisible -¿trepa, corre, repta, vuela…?-, atravesando luchas desiguales con seres diferentes, le consolida su derecho a la existencia. Magia tenebrosa recorre estas líneas… Sumérgete en la jungla. Lucha con ellos. Descifra el misterio.


Aventure Interdit aux moins de 18 ans.

#sobrenatural #reflexión #híbridos #épico #emociones #dioses
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Capítulo 1: El olor de la noche

—Soy Rey, esto es el Heavens y debo llegar al infierno antes de que los mayores despierten —Cubierto por lodo desde la cabeza hasta la punta de los pies, la pequeña figura susurró al viento la razón por la cual se mantenía despierto.

Entre los bordes de alguna región remota de la que no muchos vivos conocen, bajo el manto frío y sombrío de una noche eterna, estaba un pequeño que se había mantenido corriendo sin detenerse. No era que existieran muchos niños corriendo sin rumbo en las fronteras del Paraíso, de hecho, él era uno de tres y el único que se mantenía en constante movimiento cuando debía de dormir.

El lugar fue mencionado por los adultos como “el Bosque Siempre Cambiante”, un sitio en el cual no existía luna que se asomara ni pequeño animal como ranas o insectos que cantaran. Ahí reinaba el cambio constante. Los gritos de árboles que se quebraban entre sí. Feroces bestias que deambulaban en busca de comida. Precipicios sin fondo en cada esquina. Raíces y ramas tan afiladas como cuchillos. Luces danzantes que subían y caían. Fango y hojas podridas. Ráfagas heladas de viento que soplaban como un rayo. Espantosas figuras de cadáveres en huesos desmembrados. Y la mismísima muerte con capucha deambulante.

Rey estaba tan adentro del bosque que incluso creía que ni todos los adultos juntos podrían encontrarle o seguirle el rastro, a él ni a su acompañante. Las indicaciones de su maestro nunca lograron conmoverlo del todo, y aunque aún sonaban en su cabeza, él se reía de ellas, ya que le parecían absurdas. Sin embargo, el fango del espeso bosque de árboles gigantes se volvía más profundo y las luces que le ayudaban a evitar situaciones peligrosas se atenuaban. Poco a poco el lugar comenzaba a asemejarse a un pantano de lodo rojo que le dificultaba el avance al pequeño.

Entre peligros y formas espantosas en las que podía morir si no era lo suficientemente cuidadoso, Rey se topó con el punto en el que no tuvo más remedio que detenerse. Separando sus labios cuarteados, sacó la lengua y abrió la boca tanto como pudo.

Él necesitaba retomar el aliento si pretendía seguir corriendo. Los ojos afilados que se iluminaban con la blancura que irradiaba una estrella pitagórica infinita, la cual bordea las pupilas y se adapta al tamaño dilatado de estas, dejaron de ver entre las penumbras. Con el apagar de las luces flotantes y la inminente oscuridad, el pequeño tenía suficientes motivos para sentir terror. Sabía a dónde iba, pero no en dónde estaba. No podía regresar por donde había venido, si se lo proponía. Los pedruscos flotantes le golpeaban, fuera que se metiera contra ellos o que le cayeran en la cabeza sin previo aviso. Un paso en falso sería caer en un pozo interminable. Acercarse a un árbol más de lo que debía le proporcionaría otra herida. Alguna bestia que si pudiera ver podría estarle asechando con cautela preparando el mejor momento para atacar. Pero aún con todo esto, él no sentía miedo, ni siquiera en lo más mínimo. Él decía:

—Yo no estoy en el bosque, sino que el bosque está conmigo. No me siento perdido si tengo un objetivo. No necesito ver si tengo un amigo que puede ser mis ojos. ¿Por qué preocuparme de los ruidos si no pueden dañarme? Y para mi cansancio, bastaba con parar y retomar el aliento —Como quien creía que lo podía todo.

Con el tiempo, Rey se vio obligado a bajar el ritmo y descansar más seguido. La búsqueda sin resultado le hacía sentir tan frustrado que ignoraba estar corriendo con mucho más peso del que realmente tenía.

—Yo, quien lo puede todo, ¿estaré siendo guiado en círculos? —se preguntó un tanto preocupado.

Enfocando su atención en su acompañante, Rey estaba ignorando la inmensa carreta que tiraba con su cuello y la gigantesca roca que tenía sobre la espalda.

La carreta de la cual halaba llevaba a cuestas la presencia de los árboles, el fango, rocas, la oscuridad y el cansancio de su cuerpo, mientras que la imponente solidez estaba casi al punto de aplastarle. Pero él no podía darse cuenta, ni ver o tocar uno de estos dos objetos, porque eran tan reales como sus pensamientos. Para él, los pensamientos, las preocupaciones, los problemas, el estrés y las ideas negativas no estaban dispuestos a dificultarle el camino en lo más mínimo. Sin embargo, fueron responsables de que el mantra “Debo llegar al infierno… antes de que los mayores despierten…”, que Rey repetía como fuerza impulsora, comenzara a perder forma y significado, hasta que quedó vacío, hueco y sin propósito. Con el tiempo, las palabras que dijeron los mayores procedieron a ocupar el espacio en la mente del pequeño, hasta que ya no lograba dejar de pensar en la voz acusadora que repetía la palabra “¡De-Bastador!” en su cabeza, o en el filo de una inmensa espada que le cortaría el cuello y provocaría la muerte.

Se podría decir que el conjunto de dichas palabras combinadas con recuerdos de un pasado no muy lejano eran la razón principal por la cual Rey estaba corriendo sin rumbo en el interminable bosque que conformaba los límites del Paraíso dentro del infierno.

—Él me nombró Rey. Pero ellos me llamaron “monstruo de corazón indescifrable”. Defectuoso, cascarón lleno de ira, sin racionalidad, táctica o estrategia. Criatura en la cual solo el placer de saciarse le mantendrá con vida. Se convertirá en un peligro, un De-Bastador capaz de eliminar todo a su alrededor, dijeron. Vi inquietud en sus miradas; en los ojos de papá vi que estaba decepcionado. Debo llegar al infierno, pero… ¿Cuánto más debo de seguir corriendo?

Rodillas temblorosas no pudieron seguir resistiendo el peso de la gran roca a cuestas y cayeron en el fango; la garganta no pudo liberarse de la soga que le ahorcaba y ya casi no podía respirar.

—Heroclades no estaba equivocado… Este fango se hace más profundo y casi no puedo seguir. Si mis fuerzas no son suficientes… — Retomando el aliento, se volvió a levantar y observó en dirección a donde creía que estaba su compañero—. Cuando el razonamiento sea lo único que quede en este cuerpo, tal vez llegue más lejos. Rendirse no es opción para un guerrero. —El pequeño habló en voz alta—: Si no hemos de encontrar una salida, tal vez… encontrar un refugio sea buena idea.

Valiéndose de un sonido forzado a través de su boca cerrada, el pequeño felino afirmó en respuesta al comentario que Rey había dicho. Cansado y moribundo, quien podía ver en la oscuridad, se había mantenido al frente saltando sobre las rocas que flotaban con la intención de evitar tener que nadar en el lodo. Y usaba su cola para tirar de la mano del pequeño que no podía ver.

El amigo del que Rey había estado dependiendo para poder avanzar en la oscuridad era un cachorro guardián del Paraíso. Lo había encontrado junto a su maestro, camino al punto de entrenamiento en el primer día.

En la luz del mágico reino, los guardianes del Paraíso se erguían esplendorosos sobre cuatro patas, las cuales escondían temerarias uñas que salen a voluntad, eran de pelaje blanco con rayas negras en el lomo hasta la cola, dientes sobresalientes, ojos amarillos, bigotes largos y orejas puntiagudas. Sobre sus cuatro patas, un adulto era tan grande como una persona. Pero el cachorro no pasaba de la cintura de Rey, estaba sucio, sus ojos se veían cansados y tenía las orejas caídas. No estaba tan flaco como el pequeño de ojos blancos, ya que este le había dado toda la comida que tenía.

Caminó y caminó. El momento que tanto preocupaba al pequeño se hizo evidente. El cansancio y el dolor muscular se transformaron en rigidez que le obligó a detenerse una vez más. Llevándose las manos a las rodillas al mismo tiempo que doblaba su cuerpo hacia adelante, Rey soltó la cola que aguantaba y en un amargo chasquido de lengua entendió que había perdido la pelea contra las sensaciones de su cuerpo. Perder y rendirse tenían el mismo significado para él. ¿Pero cómo seguir adelante si, aunque su mente se propusiera, los músculos y sus fuerzas se negaban a responderle? Rey temblaba como una hoja a punto de caerse, pero su mirada se mantenía recta con la intención de seguir avanzando, aun si tenía que hacerlo con las manos.

Por mucho que se esforzaba, incluso por todo lo que él había estirado su vida hasta los bordes de la muerte, no pudo seguir avanzando.

Rey estaba obligado a admitir su derrota y dejar de seguir intentando, algo que no le traería resultados. No pensaba culpar al pequeño animal, ya que él mismo no lo podía hacer mejor.

—Siquiera puedo ver, ¿podría haber encontrado la salida por mí mismo?... No. Ahora soy yo quien también carece de fuerzas para compensar mi falta de conocimiento.

Hundiéndose en el fango, no le quedó más remedio que arrodillarse y apoyarse en una roca allegada.

—Heroclades estaba en lo cierto. Debo regresar y seguir entrenando. Aún soy débil para encontrar una escapatoria. Pero… —Rey levantó la cabeza—. Si tengo que quedarme entre los grandes, al menos debo armarme de lo que sea necesario para poder valerme por mí mismo y sobrevivir entre ellos.

De manera arrogante se resistía a tomar la situación como una derrota, de modo que le interpretó como una oportunidad para aprender, para ser mejor:

—Pero ¿cómo?

El cachorro de guardián del Paraíso, viendo el comportamiento del pequeño, observó hacia los lados. Con su boca abierta y la lengua afuera, aunque estaba bien alimentado, hasta el momento se había válido de muchos esfuerzos adicionales para mover las partes de su cuerpo que le permitían avanzar. El felino se acercó a la roca en la que se apoyaba el pequeño y, tras lamerle la mano, chilló en su idioma.

Rey no entendía el chillido, pero al menos tenía una idea de lo que significaba. Ignorando una vez más todo lo que cargaba, el extremo agotamiento y la falta de energía que le invadía, se puso de pie y se dejó guiar.

Tras dar unos saltos, el felino acercó a su compañero hasta el tronco hueco de un árbol.

Rey, con su mano, llegó a tocar lo que conformaba la entrada de un lugar seguro y se dijo:

—Para sobrevivir… es mejor si me quedo en un lugar seguro. Al menos hasta que me recupere…

El pequeño, casi en los huesos, tomó una crucial decisión; cambiar el orden de sus prioridades y con esto abandonar temporalmente su búsqueda y quedarse en la cueva que su compañero había encontrado para así poder refugiarse del viscoso fango y reponer su rezagado cuerpo.

Rey respiró como quien comenzaba a entender que “deducir”, razonar y pensar le resultaría más útil que poner a juego sus capacidades físicas. Y es que una buena capacidad para emplear la lógica, según los exigiera la situación, le sería de vital importancia para sobrevivir, como en ese momento en el que se daba cuenta de que reajustaba sus prioridades, le haría mejor.

En el interior de la cueva, Rey creía que el pegajoso terreno inestable, que divagaba entre lo sólido y lo líquido, tenía vida propia. Que era como un gigante durmiente que recién despertaba con mucha hambre.

Con la intención de despojarse del lodo, sudor y sangre que le cubrían el cuerpo, el pequeño se sacudió una y otra vez, aunque no fuera eficiente, para adentrarse más al interior, en donde la humedad no le podría alcanzar. Era ese el único lugar a la redonda que le proveería seguridad a él junto a su inseparable compañero peludo, que sacudió con eficiencia el agua de su pelaje y se tendió en el suelo para satisfacer las necesidades de sus pulmones agitados.

El pequeño comenzó a entender que, aunque se sintiera seguro de todo aquello que estaba más allá de su nuevo refugio, no significaba que estuviera a salvo de lo que podía sentir. Él había dejado de correr, había dejado la actividad que tanto le había cansado hasta el momento, pero, aun así, se sentía vencido. Percibió un enorme peso sobre sus hombros y una gruesa soga alrededor de su cuello. Dos factores que no le dejaban mantenerse en pie. “Necesito tumbarme en el suelo”, pensó. El extremo cansancio le acechaba. Su propio cuerpo le tenía acorralado y no entendía por qué. Una vez acostado en el áspero suelo conformado por raíces, Rey sintió cómo se le avecinaba una sensación que prometía traer aún más oscuridad, descuido y debilidad.

—Algo más se hace ahí fuera —se dijo, alarmado, a sí mismo después de que pasara el tiempo y la lluvia comenzara a caer—. Le escucho caer desde arriba. Escurrir por todos lados. Llegar al suelo y querer seguir avanzando. Dispuesta a terminar siendo chupada por el manto de polvo y hojas caídas.

Él no podía ver, ni sabía lo que era la lluvia. Él solo podía escuchar y analizar.

—Los pedruscos quebradizos que usualmente se levantan en el aire, esos con los que siempre me golpeaba la frente mientras corría a ciegas, están siendo engullidos por el terreno, estoy seguro. El suelo es peligroso. No es de confiar cuando está despierto. Me pude dar cuenta a tiempo. Aquí estoy bien, es seguro. Sí, la tierra de aquí aún duerme y no es pegajosa como la de afuera. Mientras tenga este lugar no tengo por qué seguir avanzando hasta que recupere mis energías. Aunque sea muy lento y yo muy ágil. No es necesario arriesgarse. Correr me hace querer parar, me hace débil, y que me falte el aire. Me cansa…

Paso el tiempo.

—Tengo refugio, pero no comida ¿Tal vez por eso no recupero mis energías? El agua sigue cayendo. No se rinde. Pero, por más que suene mi estómago, es mejor seguir esperando, esperar a que se duerma la tierra… Pude haberme quedado dentro de la casa de campaña que creó Heroclades, aunque eso signifique compartir la cama con él. Aun así, dormir bien y seguro no me volverá lo suficientemente fuerte como para resolver mi otro problema, madre, padre y los demás. Sí, ellos que ahora duermen, pero, así como el agua despertó la tierra, la luz los despertará y en ese momento vendrán a por mí, esté donde esté. Siempre y cuando sea dentro de este círculo… creo… Tal vez sea el momento más conveniente para cerrar mis ojos, para entregarme. Para, tal vez, dormir como ellos lo hacen. Reposar por un rato, un instante; mi camarada también está tumbada en la entrada. Puede ver y cuidar de mí, entretenerse mirando al agua caer. En cambio, yo veo negro, aunque cierre mis ojos con fuerza o los abra tan grande como pueda. Todo es oscuro para mí… ¿Me pregunto si Heroclades sabía que tal vez no poder ver me impediría escapar?

En el interior de la cueva, no solo el piso conformado por raíces o la presencia del acompañante peludo le proporcionaba seguridad al pequeño, sino que, entre los magullados dedos, el niño de bestias tenía un instrumento que había creado con sus manos y dientes. Una lanza rústica conformada por madera y el cuerno en espiral que había encontrado en el cráneo muerto de un inmenso animal que, cuando estaba vivo, con sus alargadas patas, corría tan rápido como el viento. También él pasó gran parte de su tiempo sobre un árbol. Aprendió viendo de primera mano la manera en la que uno de esos animales, que se alimentaba de hierbas, podía rivalizar contra las garras y dientes de los otros más pequeños que comían carne. Todo gracias al tan alargado cuerno que llevaba en la frente y sus comportamientos agresivos cuando estaba acorralado. Siempre apuntaba al enemigo para después escapar corriendo.

—No sé lo que es dormir, o cómo se siente, o en qué me podría beneficiar. Recién he entendido uno de los muchos factores tan fundamentales para vivir. Pero yo, que nunca he dormido, puedo recordar la primera vez que abrí los ojos. No es que recuerde cómo despertar…

Silencio. Después, más dudas que aumentaban el peso de la piedra que cargaba sobre sus hombros,

—Y, si tal vez no despierto nunca, ¿sería eso lo mismo que morir? ¿Me convertiré en algo duro y sin carne?… Ja…

Recuerdos. Rey no tenía muchos de esos. La incertidumbre era aterradora, como lo era el desconocimiento. Pero no significaba que el pequeño no estuviera dispuesto a enfrentarse a los riesgos.

—Fui más rápido que la tierra cuando quiso tragarme. Fui tan inteligente como para aprender a cómo evadir y luchar contra los Guardianes por mí mismo. Pude fabricarme mi propio instrumento de combate. Logre enfrentarme a la oscuridad y seguirla viendo sin perder la conciencia ni dejar de sentir el olor del agua, el frío de la brisa, la babosa sensación de esto que me cubre o el dolor de mis heridas —se dijo con un tono arrogante, mismo que su maestro le dijo que empleaban los grandes héroes que él había visto en su vida. Heroicos individuos que no le temían a la muerte. Héroes que para ser lo que eran habían pasado por incontables calvarios dignos de ello.

Pero el infante, prácticamente sin pasado, entre la oscuridad y sus pensamientos, perdió la salida sin darse cuenta. A pesar de todo, su arrogancia solo le hizo creer que estaba ganando el enfrentamiento, cuando en verdad ya era demasiado tarde para poder escapar a tiempo.

¿Qué tipo de percepción imaginaria puede tener alguien que carece de pasado, experiencias de vida, ensueños o anhelos mientras camina directo al mundo de los sueños? ¿Alguien sumido en la ausencia de consciencia de una mente abarrotada por tareas reparativas podría siquiera experimentar irrealidades? ¿Podría experimentar fantasías? ¿Revelaciones?

—¿Qué es esta desagradable sensación que invade cada parte de mí?… no me deja ir.

El pequeño hablaba consigo mismo en la lucidez de un mundo oscuro.

—Debo correr, moverme. Mi arma, tengo que atacar. No es como la tierra que intentaba tragarme, esta vez es de todos lados, lo puedo sentir, pero no lo puedo ver.

Atento abrió los ojos y el negro finalmente tomo color, sin dejar de ser negro, se volvió blanco y terminó habitado por sutiles luces coloridas. Rey se frotó sus ojos cansados y el efecto se volvió más intenso.

—Sí, sí, le puedo ver. ¡Es la oscuridad! ¡Ella es quien intenta devorarme! —afirmó en su sueño casi lucido, pues mantenía los ojos abiertos—. ¡Argh! ¡Dolor! ¡La oscuridad se vuelve segadora, mis ojos duelen! ¡Mi cabeza… algo está aplastándome la cabeza! ¡No me puedo mover! ¡Mi corazón, golpeado, oprimido y rasgado por manos que no puedo ver! Mis brazos, mis piernas y pecho se mueven, vibran por todos lados, por sí solos, ¡no puedo detenerles por más que lo intento! No me responden. ¿Qué es esto?

Entre retortijones, el pequeño temblaba, no podía detener sus dientes, tampoco los calambres, ni luchar contra la parálisis de sus extremidades.

—¡Aléjense de mí! ¡Salgan de dentro de mí! ¡Déjenme en paz!

Vuelta tras vuelta daba el pequeño cuerpo expuesto a las bajas temperaturas de la noche.

—¿Por qué el mundo da tantas vueltas? Argh… ¡¿Acaso también estás en mi contra?! ¡Aaagh! Me siento enojado. Quiero destruir sin usar más lógicas. Si con fuerza puedo compensar la capacidad de razonar, ¿para qué seguir perdiendo mi tiempo? No tengo fuerzas… ¡Muéstrense! ¡¡Estoy aquí!! ¡¡¡Si necesitan esconderse es porque son más débiles que yo!!! Ronronear… esto que siento es miedo, debo ronronear.

Agitado luchaba sin retroceder, tanto en su camino al sueño como en la vida real. El cuerpo del pequeño se retorcía por el lugar, la mente se liberaba y eclipsaba la oscuridad. Pero él no necesariamente estaba consciente de que su cuerpo, mente y alma residían en dos mundos y a la vez en uno. También desconocía que ambos lados no avalaban las mismas reglas. Que todo ser vivo tenía infundido el miedo natural a la muerte. Un miedo que tan solo unos pocos tenían la facultad de vencer y eran aquellos que más tiempo habían de vivir. Esos a quienes se les aflojaron los tornillos.

Ante el peligro, la locura es el óxido que corrompe las cadenas que atan a la vida, quien afloja la base de lo natural y el sentido común. La ausencia de cordura es la fuerza de esos pocos, la debilidad que la vida no podía usar a su favor. Debilidad con la que el pequeño nunca había nacido, significando esto que él no estaba cuerdo, por nunca haber tenido miedo a morir, y la razón por la que la vida junto a la muerte vino al encuentro del enérgico pequeño.

Rey trataba por todos los medios de razonar, y qué mejor manera que hacerse preguntas dentro del espacio abarrotado por figuras geométricas.

—¿Qué es esto? ¿En dónde estoy? No es la misma oscuridad, o ¿sí?… dos colores. Risas, ¿se burlan de mí? ¡Pelotas brillantes!

Al distinguir las dos esferas cilíndricas, Rey se pudo identificar a sí mismo y también al camino que ahí estaba. Logrando moverse, él los persiguió hasta que logró sostenerlas entre sus manos. Ellas dos se movían, como si trataran de escapar. Por reflejo, él se las metió en la boca hasta que decidió regresarlas a la libertad e intentar hablarles. Rey abrió la boca, pero el sonido no salió.

—Puedo moverme, sentirlas y saborearlas, pero mi voz no sale. Tampoco las escucho, si es que intentan decirme algo como: “¡No me tragues por favor!”. Aaah, no sé lo que digo… Se siente bien, pero no real, un sueño tal vez ¿Qué será?…

Soñar implicaba estar dormido, y si dormía, esto significaba que había perdido.

—¡No me puedo descuidar! ¡Necesito refugio! ¡Debo encontrar refugio! ¡No me puedo someter! ¡Debo luchar! ¡Debo seguir moviéndome! Pero… el dolor no está más. Es acogedor…

Por el lugar, conformado de cientos de pasajes en diferentes direcciones que a la vez era un espacio abierto carente de caminos, Rey siguió caminando, dejando a las dos esferas atrás hasta toparse con algo de su altura. El bulto negro no tenía rostro o características distinguibles, pero sí los mismos ojos.

—¿Quién eres? —preguntó Rey tan pronto pudo encontrar su voz.

El cuerpo con forma parecida no respondió, aunque sí levantó su mano y señaló con su dedo índice a quien preguntaba.

—Qué quiere decir. ¿Qué él es yo? Por más que me mueva parece mirarme de la misma manera que le miro.

Una vez más, aunque pudo hablar, sus palabras dejaron de fluir, el pequeño se sintió enfurecido y como tenía energía se sintió más inclinado a usar el camino de la fuerza.

—Di algo, responde a mi pregunta… irritante, molesto. ¡Para! ¡Detente! ¡No me señales más! ¡¡¡Márchate!!! Te lo advierto, Agrr…

El bulto levantó los hombros, pegó la vuelta y desapareció como quien no quería conflictos.

—Se aleja, parece no querer volver. He ganado…

Rey vio marchar al bulto negro.

—Ahora estoy solo. Todo se siente lejos, como si estuviese cayendo… un mundo nuevo y menos complicado. Un lugar en el que no existen motivos por los cuales preocuparme. Puedo ser vulnerable… sentarme, descansar y cerrar los ojos. ¡El mundo en que no soy un monstruo, un devastador!

Rey cerró los ojos y no pudo abrirlos nuevamente, pero miles de puntos blancos, esos que antes estaban suspendidos y formaban caminos, le cayeron encima. Una lluvia de estrellas que apartaba el olor del agua, la esencia de la tierra húmeda y demás sensaciones que acompañaban el estar despierto.

—¡Ohhh! ¡No! He cruzado la línea sin darme cuenta. No dejaré que las suposiciones de ellos se conviertan en mi realidad. Están equivocados, se lo voy a mostrar. Pero, para eso, debo dejar este mundo falso. Mundo que no está aquí ni tiene forma, debo dejarlo atrás.

Valiéndose de sus uñas y dedos, Rey intentó abrirse los ojos a la fuerza, aun eso significara arrancarse los párpados.

—¡Saldré a la oscuridad sin colores!... ¡De aquí! De mi descanso, no tengo tiempo para descansar, no es algo permitido… debo luchar, caer para poder levantarme una y otra vez. Demostrarles no lo que soy, sino lo que puedo llegar a ser, hasta que el líquido rojo que sale de mí me arrebate el agarre de mi lanza, incluso en ese momento no seré derrotado, incluso en ese momento no me rendiré.

En las afueras de la cueva, entre la lluvia torrencial que tan dedicada en su tarea caía sin parar, pisadas se hacían gradualmente distinguibles. Las orejas del vigilante peludo en la entrada localizaron los pasos alarmadores de un cuadrúpedo que se acercaba a la rústica caverna. A respuesta del sonido, el animal emitió un característico rugido inmaduro, propio de su tan poca desarrollada garganta, pero con el mismo propósito que los adultos de su especie rugían. Para advertir al invasor, también impedir que siguiera descansando quién había caído en el suelo y retorcía de un lado a otro como si la espalda le picara.

Después de haber tomado todo el aire que podía, así como si de voluntad se tratase, el pequeño dejó de retorcerse y abrió sus ojos reflejando en ellos el propósito de enfrentar una vez más al peligro, fuese cualquiera que fuese, la victoria sería la única que le mantendría con vida.

—¿Con que eso es dormir? ¡Ja-ha-ja! Conseguí escapar, ¡Lo conseguí!… ¿Qué no puedo hacer?

Rey se dijo con arrogancia, aun agitado, presionando sus dientes tanto como podía, intentando impedirle a los mismos que siguieran chocando de la manera tan frenética en la que lo estaban haciendo, así como también se sacudían todos los huesos de su cuerpo.

—El dolor, el sudor, la sangre y la victoria me mantendrán con vida. Me alejarán de las sombras. He regresado. Estoy aquí… ¡¿Qué más necesito para seguir avanzando?! —Las respuestas le vinieron a la mente—. Comida que llene mi barriga y ropa que cubra mi cuerpo…

El suelo de la cueva no solo estaba cubierto por el fango que se había colado pegado al cuerpo del infante, sino que también quedaba pintado de sangre y otros fluidos. El líquido rojo que aún salía por las heridas abiertas del pequeño, cual si fuese un buen artista inspirado, se esparcía por el lugar sin parecer querer detenerse.

Cansado, hambriento y malherido, el cachorro no deseado entre un hombre lobo y un vampiro, repetía en su mente otro mantra como último recurso:

“Rendirse no está permitido” una y otra vez. “No tendré apellido, pero lucharé hasta el final, hasta que no me pueda mover y, aun así, no me voy a dar por vencido. La vida es luchar, rendirse no es una salida, sé lo que soy y le voy a mostrar a él en qué me puedo convertir, a cuáles situaciones me puedo enfrentar. Yo, Rey De-Heavens. Para mí… ¡Rendirse no está permitido!”

Rey no podía seguir ignorando que su cuerpo estaba a punto de romperse, pero tampoco que era crucial hacerse ver fuerte cuando estaba débil. Entre temblores y mucho esfuerzo, el infante se levantó valiéndose de sus dos piernas y una de sus manos, mientras que en la extremidad restante sostuvo su rústica lanza y apuntó al frente. Enojado con todo lo que se interponía en su camino, Rey dejó salir un rugido de advertencia, pero, a diferencia del de su acompañante, la frecuencia de sus cuerdas vocales no podía marcar mucha diferencia. El sonido que él podía emitir no fue intimidante en lo absoluto, pero el despedir de energía y ocasionar un abrupto cambio de las características de su cuerpo, asemejándose más a las bestias que comían carne, si lo era.

“Un guardián del Paraíso. ¿Cómo es posible? Esperé a que todos se durmieran antes de entrar en el bosque, precisamente para no tener que encontrarme con ninguno. Ummn. Este es diferente…”.

En voz alta, agregó Rey.

—Huele a sangre —dijo el infante, preparado para atacar con todas sus fuerzas.

“¿Me pregunto si está igual de desesperado que nosotros?”, pensó. “Una bestia malherida, una que no consiguió comida y que no tiene un agujero como este es blanco fácil. Podría ser devorada por la tierra si dejara de moverse. Como nosotros. Esto es un todo o nada… el que gane se queda con la cueva y tendrá la cabeza del perdedor como recompensa”.

Por cada segundo, Rey sintió que aumentaba en gran medida el sonido de la lluvia hasta casi llegar a volverse ensordecedor. No se daba cuenta, pero tanto su olfato como su audición se amplificaron gracias a su transformación de licántropo.

El tiempo demoraba y el pequeño comenzaba a impacientarse. Rey quería que todo terminara cuanto antes. Tanto así que pensó en salir disparado con la intención de ser el primero en atacar. Pero, tras percibir a su acompañante queriendo hacer lo mismo, agregó en voz alta:

—¡No!

Dejando el hambre y la desesperación de lado, consciente de su falta de fuerzas, decidió razonar.

“¿En qué estoy pensando? Nos va a atacar tarde o temprano… Sí, no tiene más opción. Mientras esté afuera, está en peligro. Tenemos ventaja, la suficiente para hacer la diferencia… Por otro lado, tendré esta lanza en mis manos y fui testigo de las artes para defenderme de uno de ellos, pero me falta experiencia en un combate real contra un guardián y no pienso salir corriendo como el viento apenas tenga una oportunidad de escapar”.

Con la mente en claro, él decidió hablar en alto para que su compañero le escuchara:

—Retrocede. Déjale que entre en nuestro territorio… tendrás que darme la señal cuando esté lo suficientemente cerca para que yo le pueda atacar. No te preocupes.

Paso a paso, ignorando las advertencias, bajo la lluvia, la gran bestia felina se acercó a la entrada de su propia cueva. Estaba enfurecida, tal vez porque tenía mucha hambre y muy poca paciencia.

El pequeño felino peludo siguió chillando con todas sus fuerzas, al mismo tiempo que retrocedía al interior de la cueva como se lo había indicado su compañero de piel lisa. A pesar de que no compartían el mismo idioma, los dos se podían entender entre sí lo cual había hecho más eficiente el trabajo en equipo.

Con la cabeza completa ya dentro de la cueva que le pertenecía, los ojos del guardián con un colmillo roto se volvieron imponentes; los gigantescos dientes diseñados para destrozar carne vibraban con cada potente exhalación que la cansada criatura efectuaba. Luego, una abrumadora y afilada garra invadió el suelo del lugar. A pesar de estar cubierta por lodo, con su afincar provocó el llanto de las raíces y piedras. El agua se escurría por el largo y frondoso pelaje que prometía rivalizar contra la solidez de una armadura de hierro, para caer y casi inundar el sitio.

“Rey, ella dejó de chillar. El siguiente sonido será la señal. El olor a piel mojada se intensifica, el suelo se estremece, el gruñido se alarga…”, repetía el infante en su interior, pero de pronto todo se detuvo. “Ahhh… Ver en la oscuridad sería tan conveniente en un momento cómo este…”, pensaba.

Rey se petrificó en el lugar sin siquiera respirar. Pero, ese que solo podía sentir a su enemigo cada vez más cerca, no se había quedado catatónico, sino que sostenía la lanza con aún más fuerza y esperaba con cada vez más ansias a la señal perfecta para matar. Cometido a esperar a la señal, Rey planeaba quedarse incluso aunque la bestia le diera una mordida y arrancase el brazo, así era la confianza que había depositado en su acompañante.

“Prestando mejor atención, ¿con que este es el olor de la noche?”, siguió pensando, no tenía nada más que hacer, pues el tiempo se alargaba y parecía no acabarse. “Es raro que ahora se me hagan más distinguibles las esencias camufladas por la lluvia. Mi nariz ha mejorado. Pero a pesar de todo lo que siento, el color que ven mis ojos no cambia. Como si mirase en mí, como si estuviera descansando con los ojos abiertos. En mis oídos no se detienen los ronroneantes gruñidos de un carnívoro hambriento, cansado y en agonía. Pude entrar en la cueva, pero nunca entrará al interior de mi cabeza…”.

Alzando una mirada arrogante y sacando sus dientes, Rey continuó pensando:

“Me da lástima, nada más. ¿Qué se siente creer que tienes la ventaja? Puedo sentir tu respirar sobre mí. Tal vez piensas que me tienes acorralado, que es muy tarde para que yo pueda escapar, ¿no es así?… Te equivocas, no soy yo, eres tú quien está acorralado y dentro de poco no podrás escapar de mí. No me quedan motivos lo suficientemente fuertes como para que me oponga contra el curso natural de la muerte de un ser como tú a mis manos”.

Una idea destelló en la oscuridad de los pensamientos del pequeño, una que pareció asemejarse a otra roca que caía sobre sus hombros arriba de la que ya él estaba cargando.

“¡Oh! Espera, tú y ella son de la misma especie. Acaso, ¿significa esto que estoy perdiendo lo bueno en mí? No, ya lo perdí. Todo se perdió en el momento en el que fabriqué esta lanza para matar y no para defenderme. ¿Umm? ¿Qué sería si ahora mismo ella, el ser más cercano a mí, se encontrara con la muerte en mis manos? ¿Qué sentiría yo en dicha situación? Me pregunto si perdería la única protección que tengo contra la soledad. Estoy dispuesto a quitar una vida. Pero, ahora que lo pienso de esta manera, no estoy preparado para hacerlo si significa el sacrificio de ella. ¿Acaso esto es dudar? ¿Por qué estoy dudando en un combate cuando lo que debo hacer es seguir hacia adelante? Esta bestia que se acerca quiere matarme. ¿Cuál es el problema si yo tengo las mismas intenciones?… que algo no salga bien. Cuando decidí luchar aquí adentro, fue por mi propio bien… pero a ella le es más conveniente luchar afuera… ¿Por qué se demora tanto en dar la señal? ¿Por qué se demora tanto?”.

Dentro de la cueva, el más grande rugió con la intención de someter al primer oponente que no agachaba la cabeza ni dejaba de mostrarle los dientes. Una advertencia verbal que podría evitar un enfrentamiento directo.

—¡¡¡Conoce tu lugar!!! —con rabia gruñó la bestia en su idioma.

El pequeño felino abrió los ojos tan grandes como pudo. Pareciera como si hubiera echado raíces en el suelo. Ella rehusó el pensamiento unas cuantas veces, pero no pudo seguir negándose a reconocer a quien estaba enfrente. El agua podía camuflar el olor, pero la visión no le mentía. El tono y el timbre del gruñido del invasor despertaron toda una tormenta de sentimientos. Sensaciones tan difíciles de confundir como la vida misma. Sorpresa, felicidad, nostalgia y decepción terminaron transformadas en desolación. Ella se dio cuenta de que, aunque estuviera en frente de su propio padre, aquellos gruñidos significaban tragedia. Le decían que ella había perdido el reconocimiento de alguien preciado, así como también que había perdido el valor de su existencia como hija.

Por otro lado, al final de la cueva, el pequeño se babeaba por tan profundo estado de concentración que ni siquiera había respirado. Con los latidos del corazón en descenso, el infante justificó aquel gruñido acompañado de silencio y demora.

“Si el guardián gruñó y aún no ataca, ¿tal vez está mucho más débil que nosotros y solo está amenazándonos?”, pensó el pequeño. “Si logro demostrar mi disposición de luchar a través de amenazas, así tal vez podría intimidar y ganar el combate sin tener que matarle. ¡Sí!”.

El infante, imitando a su oponente, correspondió el rabioso rugido y mostró aún más sus dientes. De dentro de la oscuridad un impacto afilado le interceptó.

En respuesta a este enfrentamiento, la bestia aún más ofendida con una de sus garras golpeó al chico que se le imponía y después volvió a rugir proponiendo que se mantuviera en el suelo.

El pequeño felino agachó la cabeza junto con sus orejas, retrocedió su cuerpo con preocupación cuando vio cómo su compañero había sido agredido de forma tan violenta. Acto seguido, la sangre le hirvió dentro de las venas, su padre abusaba y le rugía en el suelo a la criatura que tanto le había ayudado hasta el momento. Esa que durante el día le había encontrado y le llevaba cargada en la cabeza para que pudiera ver en la distancia. La misma que hasta el momento siempre le ayudó en su incansable búsqueda. ¿Cómo no haría al presenciar semejante momento? Claro, tampoco era necesario llegar hasta el extremo de dar la señal de ataque, pero al menos de intervenir verbalmente.

“Terminé recibiendo el primer golpe. Estuve equivocado. ¡Dolor insoportable! Eso no es más débil que yo, nunca lo fue… Fue mi descuido pensar en la vida del enemigo y no esperar la señal. ¡Argg! Esto no le hubiera pasado a mi padre, ni a mi maestro, ni a ninguno de los que piensan en matarme. Si tan solo no hubiera estado tan enfocado en ser bueno… aún puedo ponerme de pie… no estoy muerto. Las amenazas no significarán nada…”, el pequeño se dijo a sí mismo mientras agonizaba en el suelo.

En segundos, el infante se volvió a poner en pie y puso su lanza en frente, la bestia levantó una vez más su garra derecha y expuso el filo del interior de las curvaturas de sus uñas.

Los cinco crueles verdugos prometieron otorgar muerte con el siguiente golpe. Ya la piel del infante había sido cortada en cinco hasta incluso dejar los huesos de su brazo y costillas, la carne desprotegida de pelaje y ya maltrecha, casi que se estaba cayendo en pedazos al suelo mientras que la sangre salpicaba las paredes. Su padre, o su amigo. Era la decisión para el pequeño felino que trataba de intervenir verbalmente, pero era ignorado. Ella mantenía agachada la cabeza y su cuerpo en señal de sumisión, pero también se dio cuenta de que era la perfecta posición para saltar. En el último segundo, ella tomó la decisión que le indicó su corazón acelerado y emitiendo el característico sonido de “señal” al mismo tiempo que atacó tan feroz como pudo.

La bestia no pudo bajar su garra derecha en dirección al infante. En respuesta al ataque del pequeño felino de su propia especie, se vio obligado a cambiar de movimiento y primero deshacerse del agresor para después cumplir su objetivo. Pero en el caótico ambiente la bestia se percató de su descuido, aun así, ya era demasiado tarde para poder hacer nada.

—Las acciones. ¡¡¡Si!!! —se dijo el infante al escuchar la señal.

“Pelear es tomar a la vida y a la muerte de la mano mientras danzas en un campo lleno de posibilidades. Si quieres aprender a bailar dentro de dicha tempestad, no te enfoques en las posibilidades, enfócate en tu cuerpo y no temas improvisar”.

Las palabras de Heroclades fueron recordadas por el pequeño, mientras que su cuerpo respondía al ritmo del son de la batalla.

Abalanzado todo su ser hacia adelante, la rústica lanza fue impulsada contra el pecho de la bestia distraída. La punta del cuerno bien afilado perforó el pelaje que en dureza se comparaba con el acero. Agujereó la carne, llegó a chocar contra las costillas y acto seguido, tal vez por la inclinación, se escurrió y continuó su camino al interior del colosal cuerpo, llegando al corazón.

Abriendo la boca, el infante engulló toda una bocanada de aire para, así, apretar los dientes y seguir empujando, aunque la sangre de su enemigo intentara arrancar el agarre de su arma.

Por el lugar se propagaron los desesperados latidos de un órgano a punto de apagarse. Pum, pum… bump… Las manos ensangrentadas del infante, a pesar de que estaban sosteniendo la lanza tan fuerte como podía para que no se le resbalara, parecieron fundirse con el interior de la bestia. El tronco alargado se convirtió en un órgano palpitante. Si Rey pudiera ver en ese momento, estaba seguro de que vería el corazón agonizante de su enemigo entre sus manos. Por más que apretara sus dedos, la desagradable sensación no se marchaba. Se mantenía ahí. Como si su única intención fuera hacerle sentir culpable.

“Las fuerzas en mí se desvanecen y la lanza en tus manos es la responsable”, dijeron los latidos. Aun así, el pequeño ya estaba decidido a dar su vida, en cambio, para no soltar y seguir empujando.

El dolor en su pecho era inmenso, pero la frecuencia del llanto que la pequeña peluda emitió cuando fue cortada por sus garras se hizo más grande e hiriente. Recuerdos del mismo llanto de una de las crías que había abandonado le dañaron el corazón de una peor manera que hubiera podido hacerlo, una lanza treinta veces más grande y encendida en llamas. La bestia, menos cegada por el hambre y la irritabilidad, rindió todas sus ganas de luchar al voltear su rostro de regreso a la pequeña peluda que sufría en el suelo. Pegó un vistazo, olisqueo y luego gritó con todas sus fuerzas, lo que pudiera describirse como el llanto de un bebé.

Por razones ajenas a Rey, el inmenso invasor rugió con todo el poder de su rabia, aun así, no soltó su arma. No podía detener las bocanas de aire, estaba perdiendo la concentración y la calma. No contaba que tomara tanto tiempo matar algo vivo.

“Quiero ir a asistirle. Ella está sufriendo”, se dijo con desespero, ya que también escuchaba a la pequeña sufriendo. El infante gritó y trató de seguir empujando, aunque se ahogara entre los chorros de sangre que salían disparados de entre las entrañas de la enorme bestia carnívora.

La pequeña peluda se valía de las frecuencias finas de su garganta para comunicar agonía en cada respiro. Cuando ella cerraba sus ojos podía regresar al pasado, ese lugar en donde una cómoda madriguera le cobijaba. En donde todo brillaba y podía ver a su madre, un padre y hermanos regocijados de goce. Entre ellos se tocaban para sentir afecto, construir intimidad, compartir olores en un juego de felicidad. Pero al abrir sus pestañas, veía lo contrario. En un presente no tan adornado y cruel, algo le llamó la atención. El rostro triste de su padre, ese que ponía cuando no había nada que comer y debían de pasar la noche con el estómago vacío. Él también estaba llorando y mostraba en sus ojos cristalizados algo que ella no esperaba. Que su papá estuviera decepcionado de sí por haber tenido que protagonizar un acto tan bajo y a la vez feliz de poder encontrar el fin a su sufrimiento.

En efecto, la compasión ocupó el lugar de la necesidad cuando el noble guardián del Paraíso vio la situación que había provocado. Dos crías de especies diferentes malheridas, casi al borde de la muerte. El animal se sintió inútil, siempre se había visto como un padre incompetente y cobarde.

—Aún no es tarde para hacer el bien… Espero me puedas perdonar y encuentres honor en mi sacrificio —dijo.

Con la poca vida que le quedaba decidió acostarse en frente de la entrada de su cueva y mantenerse despierto hasta el último latido de su corazón.

En el proceso, Rey sintió que su oponente no tenía intenciones de seguir luchando. Escuchó cómo la bestia se volteó y llevó su lanza, la cual pareció trabarse en el camino con una roca y quebrarse en pedazos.

Todo había sido muy raro para Rey y aunque aún no podía ver, usando sus manos buscó en el suelo con la esperanza de encontrar algo afilado que le pudiera ayudar a defenderse.

El animal, con su gigantesco cuerpo, sin remover la lanza de su pecho, camino a la salida y, tras echarse cansado en el suelo, tapó la entrada para que ningún otro invasor protagonizará la matanza que él estuvo a punto de llevar a cabo. Mirando la lluvia para limpiar sus lágrimas, él sintió cómo todo caía en la oscuridad hasta que después de dar un último suspiro no sintió más.

—¿Habré tomado la mejor decisión? —se preguntó la bestia con incertidumbre.

El pequeño seguía utilizando sus manos, como un ciego que buscaba por su bastón en el suelo, pues se encontraba renuente a creer en lo que no podía ver. Con sus dedos bañados en la sangre que aún palpitaba, Rey no podía borrar la desagradable sensación transmitida por los latidos de un corazón en agonía. De pronto, el metálico olor del líquido rojo se volvió luz y alumbró dentro de la oscuridad del tétrico lugar.

Junto a ojos que pudieron ver, un mecanismo en lo más profundo del pequeño fue accionado. En él se despertó la impulsiva necesidad de llevarse la sangre del oponente a los sabios. De saborear el líquido, tragar y consumirlo.

Rey no había sentido algo semejante en el pasado.

—¿Por qué he de negarme a satisfacer esta curiosidad que me ha entrado de repente? —se preguntó.

Y así, olvidando por un instante todo lo que sucedía a su alrededor, probó el líquido dejado por su enemigo caído.

De un solo sorbo se le apaciguaron los latidos del corazón, con esto fue capaz de pensar con más claridad, oler, ver y respirar mejor. También le sanaron parcialmente las heridas en su piel. Los colmillos aumentaron en tamaño. Se sintió menos cansado, las enormes cargas que llevaba a cuesta ya no parecían tan significantes como para aplastarle, detenerle o ahorcarle. De su espalda los músculos dormidos y mal formados de dos alas despertaron al punto de querer salir.

En el preciso momento en que Rey se embarró la lengua de sangre ajena, sintió que en su cuerpo se desencadenaron funciones que no conocía. Pero los mecanismos internos siempre estuvieron con él, eran parte de la naturaleza heredada de su madre, solo que hasta el momento habían permanecido dormidas y la sangre de alguien más fue la llave que los encendió e hizo funcionar por así decirlo.

Aunque estaba asombrado, aún más era la preocupación que sentía por su amiga misma que le obligó regresar al momento. Rey arrojó al aire dos preguntas que, sin duda, tenían más importancia:

—¡¿Dónde estás?! ¿Puedes escucharme?

El pequeño felino, tan pronto escuchó cómo le llamaban, decidió aprovechar cada exhalación que daba para poder hacer vibrar sus cuerdas vocales, aunque estas se debilitaban con cada momento que transcurría.

Rey se acercó a donde provenía el llanto. Lo suficientemente cerca para arrodillarse y extender sus manos, examinó a su compañero y acto seguido sacó conclusiones.

“Respira más rápido de lo normal”, se dijo a sí mismo al sentir el calor de una herida y varios órganos expuestos. “Está sufriendo. Le duele”. Rey trató de no mover el pequeño cuerpo. “Ya no me responde… está muriendo. No, no… no. ¡No!”.

El infante, siempre optimista, ahora pensaba en el peor escenario posible, pero todo tenía sentido en su cabeza. Él había ganado una pelea imposible, sin luchar o tener las condiciones. La vida tenía el derecho de reclamar algo a cambio por su suerte no merecida.

….

Atraída por el inimaginable lloriqueo nunca antes escuchado del pequeño al que perseguía, entre el cuerpo de la bestia y las rocas a la entrada de la cueva, una sombra intangible asomó su cabeza. Ahí estaba ella, no la vida, pero sí quien de cierta manera se le oponía y vestía de negro. Curiosa observaba con sus ojos violetas al interior, como si quisiera confirmar lo que sus oídos no podían creer. La pequeña sombra que escondía una daga entre las túnicas que vestía no sabía cómo reaccionar, tampoco cómo consolar a alguien que estaba sufriendo. También era muy tímida como para llamar la atención y por reflejo desapareció del lugar, apenas percibió ser detectada.

Presionando los dientes hasta hacerlos rechinar, Rey sabía que no podía dejarse entretener por cosas sin importancia cuando aún tenía que buscar una solución para la condición de su compañero. Por atípica que fuese la situación, más oscuridad en la entrada de la cueva no representaba amenaza alguna, tampoco ayuda. El pequeño, dirigiendo su atención a quien más lo necesitaba, con un movimiento de brazo izquierdo atravesó la palma de su mano opuesta con un pedazo de la lanza quebrada. Sin mostrar incomodidad por el dolor, se lastimó cuanto pudo con el propósito de hacerse sangrar:

—¡Toma de mi sangre! —dijo con voz temblorosa, respirando profundo para tratar de no dejar salir el agua que se le escurría de la nariz—. Dale, traga… ¡Te hará bien tomar sangre! Como me hizo a mí… ¿Ves? Abre los ojos. Mírame. Mis heridas mejoran.

La sangre de su mano caía al interior de la boca de su compañero peludo, le pasaba entre los dientes, le bañaba la lengua, pero continuaba hasta el suelo.

Era la única solución lógica en su cabeza, el pequeño creía que su acompañante sería capaz de recuperarse, así como él se había sanado si hacían lo mismo.

“¿En qué me equivoqué? ¿Por qué todo está saliendo mal? No está tragando”, pensó el pequeño. “Sí, eso tiene que ser. Tengo que voltear su rostro hacia arriba y dejarle caer mi sangre en medio de su boca”.

A ciegas, Rey tomó la cabeza de su acompañante y la volteó hacia arriba. Dejando caer el líquido al interior de la boca entreabierta, se encontró con un sonido poco compatible con la vida. El sonido tan característico que emite alguien cuando se ahoga con agua. Un burbujeo, arcadas e intenciones de vomitar. De pronto, todo un chorro de fluidos salió de dentro del estómago del felino y salpicó el cuerpo de Rey. Solo en ese momento, el pequeño se dio cuenta de que estaba causando más daños que ayuda y detuvo sus intentos de forzar a su acompañante a tomar sangre, para acariciarla con la mano cual si se estuviera disculpando.

Costó aceptarlo, pero la naturaleza de ellos dos era diferente. Tan diferente como lo eran sus cuerpos. Uno tenía pelaje, el otro no. Uno tenía dientes grandes, el otro no. Uno caminaba a cuatro patatas, el otro no. Por supuesto, uno no tenía por qué recuperarse, mientras que el otro sí. Por más sangre que el felino recibiera, la condición de este no iba a mejorar.

Con ojos abarrotados por resignación y agua que les hacía ver cristalizado, el pequeño exhaló todo el aire en sus pulmones, aceptando así lo que era obvio.

“Tengo una segunda opción”, pensaba mientras se escurría las lágrimas del rostro. “Puedo esperar a que las luces del día regresen, esperar la llegada de los mayores, pero no sé si esta oscuridad quiera perder su batalla en contra de la luz. Aaah, el agua que cae tampoco quiere poner de su parte. Soy solo yo, nadie más. Yo no te voy a dejar atrás, así tenga que vivir por ti”.

Resignado, Rey se dio cuenta de que no pudo hacer más que mantenerse despierto para cuidar del pequeño guardián hasta que él mismo saliera del estado crítico. Animarle cuando perdiera las ganas de seguir viviendo, compartir el calor corporal cada vez que tuviera frío, alimentarlo si tenía hambre y limpiarle cada vez que hiciera falta.

El agua parecía caer con menos ferocidad, se había transformado en un sonido relajante. Una canción de cuna que, junto a la tediosa monotonía del silencio y el cansancio, retomaron de a poco la voluntad de los ojos del pequeño cachorro de licántropo. Aun así, este se mantuvo inquebrantable. Calentando el cuerpo de su compañero, respirando por él cada vez que era necesario. Sí, Rey le cerraba la boca con sus manos, ponía sus labios sobre la nariz del felino y le inflaba los pulmones cuantas veces hiciera falta.

“Por primera vez me siento feliz”, pensaba Rey mientras se rascaba sus pesados ojos, para luego echarle un vistazo a su acompañante. “Sus heridas han mejorado en apariencia. Ya no apestan, tampoco siguen sangrando. Puede respirar y no sentir más frío. ¿Debería limpiar su cuerpo una última vez?

Rey se tumbó de rodillas apoyando sus manos en el suelo y comenzó a lamer los pelajes del felino. “Aunque mi lengua no sea rugosa, igual hace el trabajo”.

Una vez culminada su limpieza, caminando a la salida, Rey tocó lo que eran grandes huesos y con la misma se preguntó:

—Qué inconveniente es no poder saber cuánto tiempo queda. Aunque ha pasado tanto como para que la carne de la enorme bestia se descompusiera. Me sabe a penas —Llevando un trozo de hueso a la boca—. ¿Será porque tal vez me siento en deuda? Por ella es que aún vivo y he podido comer sin necesidad de salir de la cueva. Aunque ya no me apetezca como en un principio, por el mal olor y el mal sabor, puedo seguir consumiéndola. También obtuve estas prendas con las que me protejo del frío… Sé que muchas preguntas no tienen sentido, pero quisiera saber la razón por la cual mi situación terminó así. Podría aprender. No, necesito aprender. Pero, por ahora debo ser paciente.

—Ah, estoy en los huesos —se dijo a sí mismo mientras se pinchaba el pellejo en su estómago retraído. No tengo carne debajo de mi piel, tal vez… me estoy descomponiendo.

Se tocó el rostro, miró sus manos.

—Pero aún sigo vivo. No tiene sentido que me esté pudriendo. He perdido mucho peso por dejar de comer, ya ni los huesos quedan del guardián muerto. Oh, por fin dejó de caer agua.

El pequeño respiró tan hondo como pudo.

—Es momento de que el suelo de afuera duerma. Creo que es seguro salir a buscar más comida para mí. Aunque, ahora que lo pienso bien, ella no enflaquece como yo. Será que está dormida… sí, así parece ser. Ahora que duerme, nada podrá hacerle daño, es una protección divina que viene incluida con este lugar tan extraño. En cualquier caso, no podré seguir escapando, no quiero dejarle atrás. Tampoco quiero morir por no comer y si todos duermen, esta es mi oportunidad de prepararme para el mañana.

Rey dio sus primeros pasos fuera de la cueva.

—“El camino de alguien fuerte es solitario si no sabe cuidar a quienes te acompañan”. No es así, Heroclades. Que la soledad me abrace en este viaje. ¿Habré de vencer a la desesperanza y mantenerme cuerdo en el proceso? — se preguntó a sí mismo. El suelo era duro, no intentaba tragarle.

Valiéndose de la mitad de la lanza como bastón, Rey se las arregló para avanzar sin tropezar. En su corazón estaban las respuestas, él podía dormir como los demás y esperar al mañana. Era el camino más fácil, no tendría que enfrentarse al hambre, tampoco a cualquier otro enemigo que pudiera estar despierto. Pero no era lo correcto.

—Tratar como si tu vida dependiera del triunfo para lograr un objetivo, es lo correcto —se dijo.

El pequeño caminó con lentitud y aunque no fuera guiado por su acompañante, esta vez no chocaba contra las piedras que flotaban, no tropezaba con las raíces, no se alarmaba por los diferentes ruidos de la noche. Todo porque estaba actuando con calma.

“Antes, cuando corría con sed de libertad, me tropezaba con todo”, pensó el pequeño. “Ahora, es diferente. No tengo por qué preocuparme de no dejar rastro. Puedo explorar este bosque, entrenar y hacerme fuerte. Los árboles, al parecer, son los únicos que permanecen despiertos, aun después de tanto tiempo… él dijo que eran mis mejores maestros. Pero ¿cómo aprender de ellos?”.

Cual si fuese un casco, Rey cargaba sobre su cabeza el cráneo del inmenso animal contra el cual se había enfrentado. Se protegía del frío con una densa capa conformada por cuero y pelajes rayados. Varios cuchillos de hueso componían parte de un rústico cinto echado sobre el hombro derecho, aunque sus pies seguían descalzos, y nada más le cubría.

Olfateando con la nariz y sintiendo con sus manos, Rey continuó adentrándose en la oscuridad llevando como referencia que la cueva quedaba a su espalda.

Gradualmente la noche dejó de ser tan oscura, Rey pudo llegar a distinguir siluetas a su alrededor.

—Oh, parece que se está haciendo de día. Debo regresar —se dijo—. De a poco puedo ver todo lo que me rodea, aunque los objetos no conservan la misma apariencia.

Regresando a la cueva Rey esperó a que el pequeño guardián despertara, pero no sucedió.

“¿Ummm? No abre los ojos sin importar cuánto le mueva. No está muerta, ya que su pecho aún late y se infla en busca de aire”.

Sentado y dispuesto a esperar, Rey vio cómo la cueva se alumbró de distintas tonalidades de gris. Nada era negro, o totalmente blanco, pero entre esos dos matices hasta las cuarteaduras de la madera se hicieron distinguibles.

—Si soy capaz de verlo todo, es que es de día ¿Pero por qué ella aún duerme? —se preguntó el pequeño mientras le pasaba la mano por la cabeza al felino—. Mi estómago suena mucho. El tiempo sigue pasando, hace aún más frío. Puedo ver cómo de arriba cae algo blanco que recubre el suelo fuera de la cueva. ¡Tengo que buscar ayuda! Pero antes debo poder llegar a donde están ellos para pedirla —se dijo a sí mismo al salir de la cueva y adentrarse en el bosque.

Mi estómago suena mucho. El tiempo sigue pasando, hace aún más frío. Puedo ver cómo de arriba cae algo blanco que recubre el suelo fuera de la cueva. ¡Tengo que buscar ayuda! Pero antes debo poder llegar a donde están ellos para pedirla —se dijo a sí mismo al salir de la cueva y adentrarse en el bosque. Mi estómago suena mucho. El tiempo sigue pasando, hace aún más frío. Puedo ver cómo de arriba cae algo blanco que recubre el suelo fuera de la cueva. ¡Tengo que buscar ayuda! Pero antes debo poder llegar a donde están ellos para pedirla —se dijo a sí mismo al salir de la cueva y adentrarse en el bosque.

Esta vez, al poder ver, no tenía que guiarse de su bastón, y tal vez podría encontrar lo que buscaba. Aun así, por más que caminó, Rey no encontraba rumbo a seguir.

—Ya lo tengo, marcaré los árboles en el camino. Es una buena idea. Mientras me mueva no me puedo quedar dormido, aunque de alguna manera parece que mi estómago suena más.

Rey se puso en marcha. Aunque no sentía sus pies y se hundía sobre la nieve blanca con el cuerno de unicornio, marcaba los árboles a su alrededor.

—Explorar parece ser un buen remedio contra el sueño. ¿Umm? Sueño, aún tengo sueño a pesar de que es de día. ¿Acaso el cuerpo de uno mismo no debe descansar tan solo en las noches?

Rey hizo memoria, no tenía más remedio que hablar consigo mismo.

—“Noche eterna”, dijo Heroclades. Aunque no conozca el significado de eterno, tal vez aún sea de noche y yo sea el único que esté despierto. ¡¿Acaso eso significa que puedo ver tan claro como si fuese de día?! Mmm. Es una posibilidad bien interesante. Ahora que lo pienso, puedo oler cosas que antes no. Un aroma dulce, una esencia que entra por mi nariz y va directo a mi estómago. Si es así, tal vez sea comestible.

Dirigiendo su mirada al suelo, continuó.

—Sea lo que sea, viene de debajo del suelo. Debo hacer mi camino. Mis manos y uñas son todo lo que necesito.

El pequeño se puso manos a la obra. Arañó el suelo una y otra vez, siguió escarbando hasta que apartó la tierra.

—El olor se vuelve más intenso. Ahora que lo pienso, aunque la profundidad de este agujero ya es mayor que el doble de mi tamaño, aún puedo ver cual si fuese de día. Aunque este agujero se vuelva mi propia tumba, estoy feliz. Muy feliz poder ver en la oscuridad es todo lo que deseaba, así como poder encontrar comida.

Arrancando el gran tubérculo, la sonrisa en el rostro del pequeño se quebró.

—Ya no estoy tan feliz. Si hubiera podido ver en la oscuridad desde un principio, ella no hubiera tenido que terminar tan grave. También si hubiera sido más fuerte… la fuerza significa mucho cuando el conocimiento es poca… ¿Cómo deshacerme de esta sensación que tuerce mi garganta, y de esta carga que me aplasta? Mi felicidad se convierte en carga. No creo que sea justo, ¿qué tanto podría yo avanzar si no tuviera que llevar esto que llevo a cuestas?

Entre pensamientos, dentro del interior del agujero, Rey mordía la gran raíz como si fuera un trozo de jamón ahumado. Mordisco tras mordisco, de mal humor resabiaba sobre su fracaso cómo un gato que comía mientras alguien le tocaba la cola. Satisfecho por el majar, Rey pegó un poderoso salto y así salió del agujero. Tras voltearse vio en dirección al árbol.

Satisfecho por el majar, Rey pegó un poderoso salto y así salió del agujero. Tras voltearse vio en dirección al árbol. Satisfecho por el majar, Rey pegó un poderoso salto y así salió del agujero. Tras voltearse vio en dirección al árbol.

—Tengo que ser más cuidadoso, compensar mi falta de fuerza con inteligencia. Como mismo antes. El escenario no cambia sea pasado, presente o futuro. Fíjate en todo. Presta atención, no solo veas por ver o escuches por escuchar. Descubre lo que se oculta ante los ojos de los que ves. Seguiré caminando. Echaré a andar y andaré más y más. Si la carga se hace más grande, yo la arrastraré con más fuerza.

Como quien se apretaba una herida con intención de tratar de calmar el dolor con más dolor, Rey continuó.

—¿Ups? Ya pasé por este lugar. Se me hace muy familiar, pero en los troncos no están mis marcas. “Difícil de aprender, muy fácil de olvidar”, dijo el Gran Mago Sabio… Siento que debo recordar, estoy pasando algo por alto. Con un poco más de tiempo, o una docena de pasos, vendrán las respuestas… no tengo opción. “¿Qué mejores maestros existen en este lugar que los árboles que componen al Bosque Siempre Cambiante? Ellos no llegaron a ese tamaño ni a ser lo que son sin antes resistir las mordidas del tiempo, luchar contra el viento, la lluvia, la tierra”., me dijo mi maestro. ¿Umm? Ahora que lo pienso. Mis heridas se han sanado, tal vez estos árboles tienen la misma habilidad, si es así tengo que comprobarlo.

En efecto, Rey de una estocada, cortó con el filo del cuerno la corteza de un tronco. Luego se sentó a esperar. No fue algo instantáneo, pero después de un tiempo el tronco regresó a la normalidad y más que sanarse pareció moverse.

—El árbol se movió. Con que de eso se trata.

Respuestas le vinieron a la mente.

“Este sitio se llama el Bosque Siempre Cambiante, por la recuperación de los troncos y con esta cosa blanca fría que cae de arriba no tengo manera de regresar por donde vine si solo sigo caminando”, pensó el joven atareado. “¿Umm? Mis uñas se han endurecido de tanto escarbar por comida, y si escalo uno de estos árboles, ¿qué podré encontrar en la cima?”.

Con la idea en mente, el pequeño se puso en pie y levantó su cabeza tanto como pudo.

Los árboles que le rodeaban eran inmensos e imponentes. Esos de troncos menos gruesos eran los más pequeños en altura y medían alrededor de 22 metros, aquellos de mayor grosor llegaban hasta los 3000 metros. Las cortezas que le recubren se veían lisas, con forma de botella, las ramas emergen en las copas con un diámetro de 300 metros, pero ninguno tenía hojas al final.

Tras respirar con profundidad, Rey hizo de su mano una garra y encajó sus uñas en la gruesa y robusta corteza del árbol más ancho que pudo encontrar. En forma vertical y sin cuerda, Rey escaló hasta el cansancio sin prestarle atención a las dos cargas que llevaba de su cuello y sobre sus hombros. Cuando estaba cansado y creyó que no podía más, en ese momento que el hambre volvió a tomar posesión de su estómago, Rey miró hacia arriba y se dio cuenta de que no había llegado ni a la mitad, aunque siquiera podía ver el suelo que había dejado.

—A esta altura, si comienzo a preguntarme si estoy perdido… solo agregaré más dudas sobre mis hombros, —se dijo—. Pero ¿habré sido muy ambicioso? —se preguntó.

Rey tenía el rostro pálido, las uñas desgastadas, el frío y el aire le azotaban con fuerza como un látigo con el propósito de tumbarle. Él no tenía en dónde refugiarse ni comida que comer. La altura era intimidante y la cima inalcanzable. Su vida dependía tan solo del filo de las uñas de sus dedos y pies, pero el tronco mantenía su solidez mientras que sus garras estaban a punto de ceder. Si soltaba su mano derecha, tomaba el cuerno del unicornio y lo usaba como soporte una vez encajado, Rey podría descansar un poco, aun así no era tarea fácil. El pánico le tomó por sorpresa haciéndole quedar frisado en el lugar. La piedra en sus hombros se volvió más pesada y la carreta que le tiraba de la garganta aún más grande. La mente de él se volvió caótica. Es imposible mantenerse calmado cuando sabía que el siguiente movimiento podía ser un fracaso y representar la muerte. Su mano izquierda estaba a punto de ceder, sus dos pies también. Sin el agarre de su mano diestra, ¿sería ese el final? ¿Qué podía hacer? ¿Había perdido su tiempo? ¿Era tanto su deseo de vivir? ¿Podía arrepentirse, regresar en el tiempo y reconocer que estaba equivocado?

—¡No! No quiero vivir una vida de arrepentimientos. ¡No voy a vivir una vida de arrepentimientos! Si tomé la decisión, voy a intentarlo. ¡Hasta el final! De otra manera, ni siquiera hubiera comenzado. Hasta el fin, aunque pierda mis manos, mis pies, mis ojos, o mi mente. Aun así, hasta el final. Con que no puedo seguir subiendo, ¿eh? ¿Quién aquí tiene la autoridad para impedirme continuar? —gritó con todas las fuerzas que pudo. El rugido se sintió liberador, la gran piedra que llevaba sobre sus hombros se le desprendió, así como reventó la soga que amarraba la carreta a su cuello.

Con su mano derecha, el pequeño tomó el cuerno y golpeó la corteza. No fue lo suficientemente profundo, se podía partir así que debía hacerlo de nuevo. Sosteniéndose con la garra izquierda y las uñas de sus pies, Rey continuó golpeando el tronco. Sus dos pies fallaron, pero no su mano derecha ni lo que sostenía en ella. Con el cuerno enterrado tuvo la oportunidad de dejar que el filo de sus uñas se regenerara para así poder posicionarse y volver a apuñalar al árbol. El proceso de escalada se hizo menos monótono para el pequeño. Después de ese momento, cada vez que podía, se llevaba un pedazo de corteza a la boca, le masticaba y tragaba. También tomaba la sabia antes de que esta se congelara y descansaba en el lugar para después continuar así hasta que sentía hambre y volvía a repetir el proceso. El aire se volvió más violento, y la temperatura aún más fría a medida que ascendía.

De pronto una inmensa sombra negra pasó por detrás del pequeño.

Rey presionó sus dientes, al mismo tiempo que subió las esquinas de sus labios. Él creía que era el único despierto, pero estaba feliz de estar equivocado. Sin pensarlo dos veces saltó al vacío tan rápido como pudo. Este enemigo era diferente: a diferencia del anterior, este emitía sed de sangre.

La sombra negra volvió a pasar y diez grietas se abrieron sobre el tronco, a la altura en donde el pequeño estaba. Un chillido se dio lugar.

Rey abrió sus manos y volteó su cuerpo en el aire con la intención de ver a los ojos a su oponente. Y ahí estaba, un ser inmenso cuyas alas extendidas alcanzaban hasta los tres metros de largo. La bestia emplumada tenía ojos de color marrón oscuro, el pico negro hacia la punta, aunque amarillo pálido en su inicio, dos patas cubiertas por plumas de las cuales se asomaban diez pares de uñas tan encorvadas y afiladas como las de los ligres. Era la otra punta del triángulo alimenticio del lugar. Estas aves eran los depredadores perfectos de los unicornios, con sus garras le agarraban y levantaban en el aire para después dejarlos caer, mientras que los ligres eran los depredadores naturales de estas aves, quienes se descuidaban cuando tenían que comer.

—A esta altura si caigo contra el suelo, ni pasando la lengua por la tierra podrás consumir de mí. Mas te vale agarrarme, —Rey se dijo a sí mismo con un plan en mente.

El gran animal emplumado encogió sus alas aumentando la velocidad de su descenso. En el momento justo, Rey frenó su caída abriendo sus extremidades y posicionándose de manera vertical para estrellarse contra su atacante. Esquivando el filo de las garras que le apuntaban, el pequeño se las ingenió para enterrar dos de los cuchillos que cargaba en su cinturón dentro de la boca de la bestia. La daga restante quedó en el pecho del ave que caía sin control y así Rey saltó de vuelta al árbol del cual se había tirado.

La bestia emplumada no pudo abrir sus alas a tiempo, cayendo al vacío de manera estrepitosa. Rey pudo escucharle golpeándose contra las ramas de los árboles pequeños hasta que se perdió de vista.

—Fue un buen cambio, mis dagas por tu corazón —dijo el joven que apenas terminó de saborear la sangre de su oponente seguía escalando como si nada hubiera sucedido.

El llanto de unos polluelos sin plumas llamó la atención del pequeño. Ese que ya se había olvidado de mirar hacia arriba y solo siguió avanzando se dio cuenta de que ya estaba en la copa del árbol. Cuando volteó la cabeza vio que no había escalado el árbol más grande y, aun así, aunque había menos troncos, la ventisca era tan densa y blanca que incluso le impedía ver la punta de su propia nariz.

—Conque esta es la cima —se dijo a sí mismo—. Hace mucho más frío. Casi no puedo ver nada. Aaaah, por enfocarme en el suelo no fui capaz de ver la grandeza de los árboles, por empeñarme en subir no fui capaz de notar la cima, por querer llegar a la cima arranqué otra vida de este mundo, y ahora que estoy arriba, aún sigo sin poder encontrar rumbo. Estoy perdido, cometiendo error tras error, pero aún estoy vivo. No puedo dejar que el peso de las dudas regrese. Enmendado tantas veces como puedo un producto de malas decisiones tomadas seguiré avanzando sin importar las consecuencias.

Él podía escuchar los chillidos desesperados justo encima, como si le guiarán a seguir subiendo.

—Ellos no tienen la culpa, ellos van a morir sin el calor de su madre. Debo hacerme responsable. Por mucho que me duela…

El pequeño, guiándose por el sonido de los polluelos hambrientos, llegó hasta el nido de estos y tras preparar su garra derecha, de una estocada apagó la vida de quienes lloraban para después devorarlos sin desperdiciar ni un solo trozo de carne. El nido era cálido, la estructura ofrecía una buena cobertura de la ventisca y un agradable olor a vida nueva. Era una casa en las alturas que se había construido con mucho trabajo y dedicación, notó Rey.

—Dije que no quería vivir una vida de arrepentimientos, así que no me puedo arrepentir —se dijo a sí mismo—. Es agradable tener una familia que te proteja…

Rey recordó cómo del otro lado de un lago de luz pudo ver a toda una familia de felinos jugar, familia la cual le hizo sentirse triste en su momento.

—No puedo pensar en eso, no ahora. Debo seguir avanzando, tengo a alguien que me espera y de mí depende… alguien de quién aprenderé a poder cuidar para no vivir más en la soledad.

14 Mai 2022 22:51:09 0 Rapport Incorporer Suivre l’histoire
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