aragonz-escritora 𝓐𝓻𝓪 𝓖𝓸𝓷𝔃

La adolescencia de Miguel fue complicada y problemática. Su hermano mayor siempre fue "el perfecto" y su hermana la niña mimada. Solitario y errático, decidió caminar por senderos inesperados, abrazando la fe como única forma de vida. Control, celibato y oración; una tríada que mantuvo su alma en paz... hasta que una inesperada visita altera el juego. ¿Cómo puede una pequeña brisa convertirse en un huracán que lo arrasa todo a su paso? ¿Qué sucede cuando el ángel más bello toca a tu puerta e invoca a esos demonios que habías sepultados? ¿Podrá Miguel mantener sus convicciones o caerá preso de una fiebre lujuriosa?


#18 in Érotique Interdit aux moins de 21 ans. © Todos los derechos reservados. Safe creative 2203300830850

#romance #relato-corto
38
4.2mille VUES
Terminé
temps de lecture
AA Partager

1. Un ángel bajo la lluvia

La primera vez, sucedió casi como un sueño. No lo esperaba, estaba cansado y hambriento; mi mente solo podía pensar en la cazuela de mariscos que Bertha había dejado preparada. Ni siquiera le había pedido que lo hiciera; ella siempre dejaba una fuente tapada en el refrigerador para que yo pudiera calentar la cena cuando mi día finalizara.

―Esta noche hay cazuela de mariscos, padre ―dijo con esa sonrisa cansada que siempre portaba.

Me sentí culpable pues sabía todo lo que había trabajado durante el día pero no podía pedirle que dejara de venir. No, después de conocer su historia. Una viuda que dedicó su vida a los estrictos mandatos maritales, que soportó un marido abusivo y crió cinco hijos, encontraba en la iglesia un oasis de paz.

Cuando el verdugo de su vida descendió a los infiernos ―porque estaba seguro que ese demonio no vería las puertas del cielo jamás―, ella se sintió perdida; entonces, la asistencia a misa fue su brújula.

El padre Jonathan dijo que su incursión a las actividades parroquiales la salvaron de la depresión; entonces, ¿quién era yo para negarle ese espacio? Aún cuando hubieran pasado quince años de su primera tarea, ella continuaba fiel. Bertha estaba próxima a cumplir los setenta.

―El señor esté contigo, hija mía ―dije con solemnidad mientras realizaba una bendición con la mano, pensando en que ella bien podría ser mi madre y yo la llamaba hija. Desconocía la razón que me llevaba a cuestionar detalles como ese pero, en el último tiempo, eran cada vez más frecuentes.

―Amén, padre ―contestó con algarabía.

Suspiré al verla partir, al tiempo que agitaba la cabeza y me lanzaba a cerrar las puertas de la parroquia.

Miré mi reloj pulsera.

21.04

Hice fuerza para arrastrar las majestuosas hojas de madera. Un pequeño chirrido me recordó que debía aceitar las bisagras. Más trabajo; la casa del señor no tenía descanso.

El sonido sordo de las puertas retumbó gracias a la acústica de la nave abovedada. Comencé a apagar las luces y, mientras pasaba de interruptor en interruptor, quité el alzacuellos como un oficinista se quita un traje. Mi día laboral había finalizado.

No es que me molestara mi trabajo; había elegido el camino de Dios pero, en calurosas noches de Julio como esta, el quitarse la ropa era una bendición. El sudor hizo que la camisa se pegara a mi espalda y el canto de las cigarras me anticipó la lluvia.

Un rayo iluminó la casi oscura sala. Sí, esta noche llovería. ¡Bendita sea la tierra que reciba tal gracia!

Pasé la mano por mis labios, una fina capa de sudor me molestaba. El calor era demasiado intenso y la humedad hizo que el aire llegara hasta mis pulmones con dificultad. Solo pude pensar en desnudarme y ducharme por un tiempo muy muy largo.

Suspiré y desprendí los primeros botones de mi camisa negra; comencé a doblar las mangas hasta casi llegar a los codos. Ya podía dejar de ser tan formal.

Las últimas luces fueron apagadas y el tiempo era solo mío. Me aventuré por el pasillo que conducía a mis aposentos; ese lugar privado donde solo Bertha tenía acceso y durante un día a la semana.

Mi pequeño refugio privado.

Como cada noche, mi rutina comenzó:

Desnudarme.

Ducha merecida.

Pantalones de chándal, pies descalzos y melena despeinada.

Poner la bandeja de comida en el horno microondas mientras colocaba la mesa para uno antes de ir por el computador.

Comida servida y algún documental de Animal Planet.

El llamado de Dios asombró a mi familia; ellos esperaban que fuera veterinario pues siempre amé los animales. Jamás imaginaron que leer la vida de San Francisco de Asís fuera el detonante. Uno podía servir al señor y sus criaturas.

Un golpe frenético detuvo mis pensamientos. Con el ceño fruncido, dejé mi cena, tiré de la camiseta que colgaba en la silla y me dirigí hacia la puerta. Era extraño, nadie llamaba a la iglesia en días de tormentas y en horas tardías, excepto que fuera para una extrema unción.

Acomodé mi ropa y abrí la puerta.

Un ángel húmedo tiritaba bajo la lluvia.

Pequeña. Rubia. Con la melena desordenada y pegada a su rostro. Los brazos cruzados sobre una camiseta rosa empapada que cubría sus pechos de manera precaria y unos minúsculos pantalones de color negro que dejaban sus torneadas piernas al descubierto. Unas zapatillas planas de color negro y…

¡Bendito Jesús! ¿Por qué la miraba con los ojos de un hombre? Alcé la vista y me centré en su rostro.

Perfecta.

Bajo una espesa manta de pestañas húmedas, sus ojos color cielo me miraron con esperanza. Ella sonrió con esos labios suculentos que tenía y mi mente desvarió otra vez.

―Se suponía que debía llegar más temprano ―su voz era dulce, calma y melodiosa― pero mi coche se detuvo en medio de la carretera y eso lo complicó todo. Mi casero se fue y no puedo entrar ―señaló la pequeña vivienda ubicada al otro lado de la cerca―. No soy religiosa pero mi madre sí ―aclaró― y siempre decía que la casa de Dios estaba abierta a los necesitados. Hoy soy esa necesitada, padre. ¿Podría albergarme por esta noche? En este pueblo no hay hoteles.

―No hay hoteles ―repetí casi en automático.

―¿Me ayudará, entonces?

―Eh… sí, sí. Pasa, hija mía.

Ella rió bajito y mi estómago sintió algo extraño.

―Podría ser su hermana más que su hija ―comentó mientras yo cerraba la puerta―. Es una de las cosas que no entiendo de la religión pero… ―se encogió de hombros― ¿Quién soy yo para cuestionar?

―Padre Miguel ―extendí la mano.

―Brisa Martínez y no soy madre de nadie ―sonrió y su mano se unió a la mía.

Lo que aquel contacto me provocó, hizo que soltara su agarre de un modo acelerado. Ella frunció el ceño más no emitió palabra alguna.

―Sígueme, por favor ―caminé hacia la cocina.

―¿Podría prestarme un sanitario? ―murmuró― Necesito secarme y mudarme de ropa.

Mostró una mochila que, hasta ese momento, no había visto. La llevaba colgada en el hombro izquierdo. Asentí con la cabeza y le pedí que me siguiera.

Subió las escaleras detrás de mí. Le mostré el cuarto de baño que había al lado de mi habitación y la dejé sola.

Bajé a toda velocidad. Necesitaba pensar por qué mi mente actuaba de esa manera. En mis diez años de sacerdocio, jamás una mujer llamó mi atención como ella.

Esto no está bien. Nada bien.

Intenté pensar en cualquier estupidez y no en la mujer con cara de ángel que, en esos momentos, estaría usando mis propias toallas para secar esa piel tan perfecta. Coloqué otro plato y cubiertos mientras me negaba a imaginar cómo sus ropas húmedas caían al suelo y su cuerpo desnudo se exponía en mi propio baño.

Coloqué un vaso y me pregunté si esos suculentos labios dejarían marcas contra el cristal o si serían tan suaves que acariciarían mi polla mientras…

¡Basta! No sabía qué me estaba sucediendo.

No era sano.

No era normal.

No era yo.

―¿Cómo es posible que no exista posada alguna en este lugar? ―levanté la vista al escuchar su pregunta.

Brisa estaba parada en medio de mi cocina, con los brazos cruzados con tanta fuerza que sus tetas se alzaban de manera maravillosa. Bajé la cabeza y carraspeé.

―En un lugar tan pequeño, es difícil que encuentres posadas.

―Pues todos los lugares deberían considerar a los viajeros ―comentó mientras avanzaba hacia la mesa.

Maldito sea el momento en que decidí bajar la mirada. Por el rabillo de los ojos, pude ver sus piernas perfectas y mi entrepierna, de nuevo, pulsó con insolencia.

―No sabía si habías cenado ―dije de modo apresurado―. Si no eres alérgica a los mariscos… ―señalé la fuente.

―¡Oh! Eso está bien para mí ―se acercó con rapidez y se dejó caer en la silla. También me senté y comencé a servirle la cena―. En estos momentos, tengo tanta hambre que podría comerlo a usted, padre.

Podría comerlo, padre.

Podría comerlo, padre.

Podría comerlo, padre.

Coloqué el plato sobre la mesa; creo que con demasiado ímpetu pues un sonido sordo se escuchó en la cocina. Ella murmuró un agradecimiento y comió en silencio. Yo, por mi parte, comí sin levantar la vista pues temía que adivinara mis pecaminosos pensamientos.

―Entonces… ―levanté la mirada hacia ella―. ¿Podré dormir en algún sillón de la sala o donde fuera que los sacerdotes tienen lugar?

―Puedes hacerlo en mi cama ―respondí sin pensar y, en el mismo instante en que lo dije, quise golpearme por ser tan inoportuno―. Es decir… ―carraspeé― No me molesta cederte mi cama. No es que yo pensaba en…

Ella rió abiertamente, mostrando sus perfecta dentadura. Unas pequeñas arrugas se formaron en la comisura de sus ojos y un hoyuelo se marcó en su mejilla derecha.

Perfecta.

Un ángel perfecto.

Lucifer era el ángel más hermoso.

Lucifer fue la tentación.

Ella era la tentación.

―No se preocupe, padre; entiendo su punto. No creo en su religión ni en esas tradiciones sin sentido pero respeto a los demás.

―¿Tradiciones sin sentido?

―Sí, ya sabe. Eso del celibato es una de ellas ―apoyó los codos sobre la mesa y sostuvo las manos unidas debajo de su barbilla―. No puedo imaginar el por qué una persona abandonaría la posibilidad de sexo de por vida ―mi pene comenzó a despertar―. Es que soy antropóloga ―se excusó― y me cuesta creer que un pensamiento mágico tenga tantos adeptos y, en nombre de un ser inexistente, renuncien a cierta parte de su propia esencia como especie animal.

―Somos seres pensantes ―refuté― y como tales, podemos discernir entre el bien y el mal. Podemos hacer sacrificios en pos de un bien mayor.

―¿Y cuál sería el bien mayor que consigue usted al ser célibe? ―ladeó la cabeza.

―Servir a Dios y entrar en comunión con él.

―En algunas culturas, esa comunión la encontraban a través del consumo de sustancias.

―No creían en Dios.

―Lo hacían ―insistió―. Le daban otros nombres pero, en esencia, es lo mismo.

―No es lo mismo.

―¿Es que acaso cada uno tiene su propio Dios? ―ladeó la cabeza― ¿No le parece un poco descabellado lo que dice? Es decir, hasta suena discriminativo. Solo si uno se abstiene, logra comunión con Dios. Es muy loco e infantil.

―Quizás no conoces el poder que tiene el Señor.

―¿Y qué poder sería ese?

―El poder de la compasión, la misericordia y el perdón.

Brisa rió con suspicacia. Ella era una mente ágil y cuestionadora. Me gustaba eso. Yo, antes de abrazar esta vida, había sido un joven rebelde y cuestionador como ella.

―Entonces… ―apoyó su espalda contra el respaldo y sus brazos quedaron suspendidos en el aire. Solamente las muñecas se apoyaban contra la mesa― Si yo dijera que soy una asesina, una maltratadora o incluso una ninfómana, ¿su Dios me perdonaría?

―Si te arrepientes, el reino de los cielos podría ser tuyo.

―Incluso si fuera una adicta al sexo y no puedo parar ―insistió y creo que palidecí pues un sudor frío recorrió por mi espalda.

―Incluso si fueras una adicta al sexo podrías recibir la gracia divina ―dije con un hilo de voz.

Mordió sus labios y no dijo nada. Solo se quedó allí mirándome a los ojos como si quisiera desnudar mi alma.

Ella era la tentación.

Ella era el pecado.

Yo era la carne débil.

Yo estaba teniendo pensamientos obscenos.

―Es tarde, padre ―murmuró.

―¿Perdón? ―parpadeé confundido.

―Digo que ya es tarde ―mostró el viejo reloj que colgaba en la pared de la cocina― y seguramente querrá descansar.

―¡Ah, si, si! ―¿cómo podía ser tan idiota?― Seguro.

Me levanté y comencé a recoger la mesa.

―Padre ―ella cerró su mano sobre mi antebrazo. Levanté la mirada― Usted me da un lugar donde dormir, lo menos que puedo hacer en agradecimiento es lavar los platos.

―No es necesario.

―Insisto. Por favor, ¿me permite servirlo esta noche?

¿Me permite servirlo esta noche?

¿Me permite servirlo esta noche?

¿Me permite servirlo esta noche?

Y mi mente se disparó hacia lugares donde no debía ir.

―Yo… sí, claro ―logré contestar.

―Puedo dormir en cualquier lado, incluso en mi auto si es un inconveniente que una mujer esté compartiendo techo con alguien religioso. No sé cómo se comportan ustedes.

―Somos humanos, igual que tú.

―Dudo que sea igual que yo ―sonrió con dolor―. Pero haré de cuenta que ambos somos buenos. Al menos, esta noche lo soy ―rió de su propia broma.

―Sígueme ―ordené―. Arriba están las habitaciones ―comencé a subir las escaleras― La primera es la mía pues es mucho más sencillo el acceso ante una emergencia ―no sabía por qué, de pronto, necesité hablar y hablar―. Las demás habitaciones están vacías. Puedes elegir la que desees pero, si me permites un consejo, te diría que elijas la más alejada; podrás descansar tranquila sin que mis ruidos te despierten.

―Interesante ―murmuró―. Supongo que tampoco es bueno que usted escuche mis ruidos.

Y quise saber a qué malditos ruidos se refería. Apuré mis pasos para acabar con esta situación lo antes posible. Sus pequeños pasos resonaban a mi espalda.

―No es necesario que regreses. Mañana yo organizaré la cocina. Es tarde y debes estar cansada ―abrí la puerta, encendí la luz y me eché a un lado para que entrara―. Es tu habitación. Que descanses, Brisa.

―Usted también padre ―me sonrió―. Que sueñe con los angelitos.

No, yo no soñaré con los angelitos. Tendré pesadillas con uno solo.

Me despedí con un movimiento de cabeza y, mientras caminaba por el largo pasillo oscuro y solitario, murmuré:

―Perdóname padre, porque he pecado… en pensamientos.

28 Mars 2022 02:43:54 10 Rapport Incorporer Suivre l’histoire
21
Lire le chapitre suivant 2. Sacerdote impuro

Commentez quelque chose

Publier!
RA Rusari Arias
OMG 🙀 Miguel te veo mal!
Vanessa Polanco Vanessa Polanco
Marcelino pan y vino!!! Que leen mis ojos?? Pura tentación 🤭😈
March 31, 2022, 04:04
María Isabel María Isabel
Lo que son las cosas de la vida, un Ángel perfecto lo lleva a pecar al padrecito Miguel.... Podrá dormir algo? O solo tendrá pesadillas eroticas ? 🤣🤣🤣
March 29, 2022, 01:49
Eliana lopez Eliana lopez
Y pues que lo hagarren confesado al padre cito!! 😬😬😬😬
March 28, 2022, 15:37
Andrea P Andrea P
¡Virgen del Socorro! Para el padresito conciliar el sueño? 🤔
March 28, 2022, 13:52
luz Adriana luz Adriana
Pobre padre lo pusieron a sufrir 🤣🤣🤣
March 28, 2022, 12:39
Lucia Mendez Lucia Mendez
Una noche de tormenta, le llegó la tentación a Miguel y va ser una noche demasiado larga
March 28, 2022, 04:12
Nesly Carrasquilla Nesly Carrasquilla
Ave María purísima...... Este padre se viene con todo 🙈
March 28, 2022, 04:00
Mariela Vega Mariela Vega
Wow... he quedado 🔥me siento tan pecadora y no me asusta🤭 Tengo muchas ganas de Conocer más de Miguel y Brisa ella sí que sabe.
March 28, 2022, 03:37
M. Liliana M. Liliana
Seeeee! Nueva historia!!! Ya quiero conocerlos más!!!
March 28, 2022, 03:03
~

Comment se passe votre lecture?

Il reste encore 9 chapitres restants de cette histoire.
Pour continuer votre lecture, veuillez vous connecter ou créer un compte. Gratuit!