E
Eylo Márquez


El rey de una pequeña ciudad africana en la frontera del Imperio Bizantino, ve amenazada la ciudad por la Peste de Justiniano. ¿Será capaz de salvar a su reina y a la ciudad?


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Regreso a Usarén

El orondo obispo caminó lentamente llevando a la mula de la rienda. El calor del desierto era insoportable en esas fechas y el buen clérigo se compadeció del animal y decidió librarlo de su peso. Deteniéndose, se limpió el sudor. El monasterio se divisaba a lo lejos y llegaría en unas pocas horas. El ruido de un gran grupo de jinetes que se detuvo a su lado lo sacó de sus pensamientos.

—¡Mi rey! —exclamó reconociendo entre ellos al rey, en realidad, un señor de la guerra que se denominaba como tal, de Usarén, la pequeña ciudad donde ejercía su ministerio—. ¡No os hacía de vuelta tan pronto!

Hacía unos pocas semanas un grupo armado había salido de Usarén para defenderse de unos ataques que estaban sufriendo las tierras situadas al oeste de la ciudad, por parte de grupos nómadas hostiles. Su regreso había sido rápido y parecían satisfechos. El obispo observó que no los acompañaban prisioneros. Prefirió no preguntar. Su rey castigaba con dureza los ataques a sus tierras.

—¿Qué haces caminando tú solo al medio día y con este calor, obispo? ¿No pudo proporcionarte el primo de mi esposa caballos y escolta?

—Sabes bien que el primo de tu esposa es gentil en extremo y me hubiese proporcionado cuanto le hubiese pedido, mi rey, pero solo voy a hacer mi visita periódica al monasterio y no lo informé de mi ausencia.

El monasterio se encontraba a unas millas de la ciudad, menos de medio día a pie. Había sido fundado al borde del desierto por un grupo de ermitaños. Gran cantidad de hombres y mujeres habían tomado votos debido a la fama de santo de su primer abad. Tenían sus propios cultivos y no requerían nada para su supervivencia, pero al obispo le gustaba ir de tanto en tanto a rezar ante la tumba del hombre santo y a departir con los monjes con la excusa de llevarles libros, víveres o medicinas desde la ciudad.

—¿Tu mula está herida? —preguntó el rey bajando de su montura y examinando las patas del animal.

—¡No! Es solo que es vieja como yo y se fatiga con este calor.

El rey hizo un gesto y dos de los hombres que lo acompañaban pusieron a disposición del obispo un par de mulas fuertes, y trasportaron la carga desde su cansado animal a las nuevas monturas. El obispo se lo agradeció y aceptó además dos odres de agua.

—¿Quieres que te proporcione escolta para llegar al monasterio, obispo?

—No será necesario, mi rey. El monasterio ya está a la vista y yo mismo llevo una cota de mallas bajo mi túnica además de un cuchillo y mi báculo— dijo mostrando un grueso garrote —. He reconducido a más de un mal cristiano valiéndome de él. Ya sabes que en mi juventud formé parte de la infantería romana…

El rey asintió. Había escuchado muchas veces esa historia. Le agradaba el bonachón obispo, muy diferente de su fanático antecesor, al que el mismo rey había enviado al martirio, pero estaba impaciente por estar de vuelta en su ciudad y en los brazos de su reina, así que viendo que el obispo tenía cuanto necesitaba, volvió a montar.

—Te veré a tu regreso a la ciudad, obispo. Ahora estoy impaciente por ver a mi reina.

—La reina se alegrará de verte de regreso tan rápido. Está muy complacida por la marcha de las obras de restauración. Seguro que estará deseando enseñártelas.

El rey sonrió educadamente. Ver viejos edificios no era lo que tenía en mente.

La partida real se puso en marcha y, siguiendo la antigua calzada romana que se adentraba en las montañas, estuvieron en pocas horas en la ciudad. Cuando llegaron, ya había anochecido, pero los guardias de la muralla lo reconocieron y abrieron sus puertas. El rey los suyos atravesaron la ciudad y luego tomaron el camino serpenteante y rodeado de campos de cultivo que subía hasta la ciudadela, en la parte alta de la ciudad.

Las puertas de la ciudadela estaban abiertas. No hacía falta cerrarlas ya que su reina era una mujer sabia y piadosa, venerada por la población de la ciudad, y no había que temer violencia por su parte. Sin embargo, el rey siempre dejaba un contingente armado bastante numeroso en la ciudad y en la ciudadela en previsión de problemas. En los últimos años había extendido su poder por varias de las ciudades de los alrededores y los romanos lo honraban considerándolo su federado. Había costado mucha sangre conseguir esa paz y el rey no era una persona ingenua; no pensaba que fuese a durar para siempre. Si lo atacaban, ya fuesen otros mauri, los romanos, la ciudad rival de Tálam o, incluso, invasores extranjeros, estaría preparado.

Sus tropas se quedaron en la guarnición, pero él avanzó con su caballo hasta las puertas del palacio, donde los criados se apresuraron a hacerse cargo de su montura. Distinguió a uno de sus hijos mayores, aún un niño, entre ellos y le encargó que supervisase que su magnífico corcel era perfectamente atendido. El rey criaba caballos de gran calidad. Hace años se había reservado el mejor de ellos, el más rápido, dócil y obediente para él mismo. Ya no era así. Su mejor yegua, la más tranquila, la mejor educada y la más inteligente estaba destinada a su reina, y él se conformaba con el segundo mejor de sus animales pero, aun así, era un animal magnífico y merecía ser mimado. Su hijo, a pesar de ser un niño, podría hacerlo. Él mismo recordaba cómo cuidaba de los caballos de su tribu cuando tenía su edad y vivía en un campamento nómada. Sus hijos eran los príncipes de una ciudad amurallada, pero debían aprender y apreciar lo que había hecho posible que su tribu ocupase una posición prominente en África, si no querían perderlo en un futuro.

Antes de que se marchase le preguntó al niño por su madre. Este le indicó que se encontraba en su aposento, en el piso de arriba, acostando a sus hijos pequeños. El rey asintió y se dirigió al piso de arriba, sin permitir que la doncella de su esposa lo anunciara. Quería sorprenderla.

Cuando entró en su aposento, su esposa le narraba a sus hijos pequeños una historia con voz dulce. Permaneció en pie junto a la puerta oyendo como su reina le hablaba a sus hijos sobre los grandes reyes de Usarén, que eran los antepasados de ella. Él, se dijo, había sido mejor que muchos de ellos: había doblegado al reino de Tálam, su perpetuo enemigo; Usarén estaba protegido por un gran ejército y el oro que pagaban los romanos por proteger sus ciudades servía para restaurar los viejos monumentos romanos. Sí, él era un gran rey, mejor que los antepasados de su esposa. Estaba seguro de que ella se daba cuenta y se sentía orgullosa de ser su reina.

Cuando la reina terminó su historia, arropó a sus hijos y después de besar su frente salió de la habitación. Él se ocultó y observó como ella, cubierta con una fina túnica que dejaba adivinar los suaves contornos de su cuerpo, se cepillaba lentamente su largo cabello rubio. La había visto hacerlo docenas, si no cientos de veces, en los más de diez años que llevaban juntos, pero esa imagen siempre lo llenaba de ternura y deseo hacia ella. ¿Cómo era posible que con los años su belleza aumentase? ¿Era alguna magia aprendida de las Damas blancas o de las antiguas reinas de Usarén? ¿Sería que el aplomo que había ido ganando con lo que la hacía más atractiva? ¿O quizá eran los años de ternura compartidos lo que la hacía verla así?

El rey dejó de preguntárselo y se dirigió en silencio hacia ella, se arrodilló a su espalda y besó su cuello acariciando sus brazos desnudos.

—¿Has vuelto, mi señor? —preguntó ella sin sobresaltarse.

Entonces se volvió para que él besase sus labios y recorriese con sus manos el contorno de su cuerpo.

—Te deseo, mi reina.

—Estoy segura de que antes te gustaría quitarte esa coraza, darte un baño en las termas del palacio y cenar algo.

—Eres sabia, mi reina, sí que deseo librarme de esta armadura que nos separa.

Ella, sin dejar de besarlo, soltó las correas de la coraza y, después, cogiéndolo de la mano, lo llevó hacia la escalera que accedía directamente a los baños desde sus aposentos. Él la retuvo y la besó.

—Acompáñame, mi señor, y untaré tu cuerpo con aceites y lo masajearé. Después podremos relajarnos juntos en la gran piscina templada.

—Sabes que no puedo negarte nada, mi reina —dijo él dejándose conducir de la mano.

3 Mars 2022 22:55 1 Rapport Incorporer Suivre l’histoire
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Norman Reyes Norman Reyes
muy bien
August 10, 2022, 15:11
~

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