mauromartinprimero1 Mauro Martin

Historia corta narrada en primera persona que relata la historia de un joven monje que profesaba los hábitos en un convento de la ciudad en el año 1983. Una noche, alguien toca la enorme puerta del convento, y él, al abrir la misma, nota que quien tocaba era una mujer, quien le pedía asilo para ella y para pequeña hija. El joven monje sabe que a esa hora de la noche no está permitido recibir visitas y menos alojar mujeres en aquel sitio. Pero el corazón le pedía a gritos que hiciera una excepción. ¿Permitirá aquel joven monje que aquella desconocida ponga un pie en aquel convento, irrumpiendo un poco las reglas en pro de que ella pueda pasar la noche bajo un techo? Historia de reflexión que seguramente lo dejará sorprendido. Parte de la Versión Mejorada de Historias Cortas.


Inspirant Tout public. © Mauro Martín Chicmul Chan

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Episodio 1: Visita Inesperada

Convento de Monjes Hermanos de San Pedro

30 de Noviembre de 1983, 11:07 pm


Ya es un poco tarde. Todos mis demás compañeros ya se han ido a recostar en sus habitaciones. Yo, en cambio, me encuentro aquí en la capilla, haciendo últimas oraciones del día. Me tocaba hacerlas. Éstas no eran más que una serie de oraciones que se hacían a diario y a ciertas horas de día: Por la mañana, tarde y antes de irse a dormir. Aunque siendo franco eran unos rezos algo tediosos, pero un mal necesario. ¿O un bien necesario, si bien son oraciones dirigidas al mismísimo Dios y a la virgen María?


Me encuentro en un monasterio, un lugar no muy grande pero tampoco muy pequeño. Había de todo, hasta una pequeña capilla y un pequeño jardín que la rodeaba. El paisaje en esa zona se veía bastante hermoso, casi tanto como lo sería la jardinería de alguna mansión para ricos o algo por el estilo.

Me encontraba en aquel lugar por voluntad propia. Desde muy joven—tenía más o menos unos 12 ó 13 años—comencé a sentir unas ganas de meterme en uno de estos lugares, siendo un monje y consagrar mi vida a Dios. Y aquí estoy, dentro de aquel sencillo pero respetable lugar. Técnicamente, aún no tomo los hábitos oficiales de monje, pero el abad a cargo del monasterio, José de Juárez, me comentó que, si le echaba ganas a esto de ser monje, con toda seguridad podré tomar los hábitos para el año siguiente. Dependía de mí que aquello sea posible.

No llevo mucho aquí—digamos unos 2 meses—, y puedo decir que me siento bastante a gusto. Es agradable estar aquí viviendo una vida de mucha calma, tranquilidad y, cómo no, con mucho quehacer.

Pero dentro de todo lo que me gustaba hacer, también había cosas que digamos no me gustaba mucho hacer. Y una de esas cosas era el hacer oración la mayor parte del día. A pesar de no llevar más de dos meses aquí en este monasterio, aun no me acostumbro a la idea de tener que estar orando la mayor parte del día y antes de hacer casi cualquier cosa.

Para todo hay que estar haciendo oración: Al despertar, al ir a la misa mañanera, antes de hacer los quehaceres, antes de comer, de dejar la capilla, antes de ir a dormir… Ya sólo faltaba que tenga que orar mientras me echo un baño. Por suerte, aquello último no era necesario ni mucho menos obligatorio que se hiciera. No obstante, sé de algunos hermanos que incluso hasta se echan sus cánticos mientras se bañan y en voz alta. Vamos, como si uno no llegara a escucharlos desde el otro lado de los baños e incluso desde lo más lejos de allí. En lo personal, no me molestaba que lo hicieran, de todos modos, era consciente que no faltaría aquel que quiera alabar a Dios hasta en la ducha. Bien por él, seguro hasta el Señor lo recompensará con un pase directo a su coro de ángeles en el cielo.


Miré el reloj de pared de la capilla que yacía en una de las paredes laterales de la misma. Ya rallaba de las once y media. Ya estaba por terminar mis oraciones. Unos dos párrafos más y ya concluiría con aquellas letanías que ya me parecían nunca iban a terminarse.

Unos minutos después, ya me encontraba cerrando la capilla. Al fin ya había terminado de rezar, gracias a Dios. Me dirigí a los dormitorios, con una tremenda necesidad de irme a dormir. Me sentía cansado y somnoliento. Estaba con los ojos a medio cerrar, los pies a punto de estallar del dolor por estar de pie todo el día. Ya estaba dispuesto a irme hacia mi celda, cuando justo en ese momento, alcancé a oír unos golpes. Que más que golpes, parecían portazos dados a alguna puerta. “¿De dónde vendrán esos golpes?”, me fui preguntando hasta que deduje sin dificultad que tales golpes provenían de la puerta principal.

Era extraño que alguien tocara y más a estas horas de la noche. Todos ya estarían durmiendo o al menos viendo la televisión o haciendo alguna otra cosa que no pudieran hacer en el día. Nadie vendría hasta este lugar sólo para dar portazos a la puerta y mucho menos a estas horas de la noche. Muy, muy extraño.

Me preguntaba quién era la persona que estaba tocando esa puerta. Y pese a que los golpes producían unos ruidos espantosos, éstos no parecían ser lo suficientemente fuertes como para despertar a alguien, ni mucho menos a mis compañeros de celda. Y yo, siendo el único que se encontraba despierto, inquieto por saber quién era el que estaba llamando a la puerta, estaba en mí si atender a ese llamado o simplemente ignorarlo. No sabía quién podría ser, tal vez podría ser alguien con muy malas intenciones, un ladrón tal vez. Pero algo dentro mí me decía que la situación se iría a tornar un poco diferente. No lo sabía con certeza, era algo así como una pequeña corazonada, de esas que no serían de las malas.

Ya no lo pensé más y me fui acercando hacia la puerta principal. Los golpes seguían impactándose contra la puerta. Y a medida que me fui acercando, éstos se hacían cada vez más fuertes. Y finalmente, decidí abrir la puerta. Y para mi propia sorpresa, quien había estado detrás de la misma en todo ese rato había sido nada menos que una mujer y al parecer de buen porte, vestía un harapo como de esos que suelen vestir las inditas del pueblo y tenía su cabello recogido en un par de hermosas trenzas morenas. Y tras de ella, sobre su espalda, traía algo que estaba amarrado desde su vientre.

¿Por qué una mujer se hallaba tocando la puerta de un monasterio de hombres? Una cosa muy extraña. Y más porque en este lugar se mantenían a las mujeres a raya. Por lo que había notado en todo este corto tiempo en que me encontraba viviendo en aquel lugar, ninguno de los hermanos monjes había hecho contacto con ninguna mujer. De hecho, a ellos les estaba terminantemente prohibido hacer contacto con alguna mujer. Incluso no podían abrir la puerta sin el permiso del hermano a cargo, que un día era Alfredo, otro día era Rodolfo o al otro día era hasta yo. El caso era que, toda visita femenina era terminantemente prohibida para nosotros. Y el único que recibía las visitas femeninas era el abad Juárez. Y de la oficina de éste último no pasaba absolutamente ninguna.

Nos tenían aislados de conocer y ver a toda persona que fuera una mujer. Supongo que por aquello de la castidad o por la creencia aquella que reza que todas las mujeres lo único que hacían era despertar pasiones prohibidas o pecaminosas en los hombres. Y en los que eran monjes la cosa era peor. “El Diablo encarnado en una mujer”, como dijo alguna vez Genaro, otro compañero monje. Por algo estaba que no podíamos tener contacto con ninguna mujer.

Tenía entendido que en al principio las visitas femeninas estaban restringidas a este lugar. Incluso si fueran mujeres de negocios o parientas de los propios monjes no se les permitía entrar. No obstante, los tiempos han ido cambiando y el abad en turno ahora permite que las mujeres entren al monasterio, pero sólo si eran monjas o parientas de alguno de los compañeros monjes. Eso sí, sólo de la entrada a la oficina, de allí las féminas no avanzaban a más, ni siquiera las compañeras monjitas.

Incluso los mismos hermanos monjes tenían prohibido mirar a una mujer, aunque he de confesar que un par de veces llegué a ser testigo mudo de alguna que otra mirada indiscreta. Como sea, era la vida y consciencia de ellos, no la mía. Ni cómo juzgarlos.

Entonces, me quedé viendo a aquella mujer—joven, como de unos veintitantos, por cierto—, que parecía tener una cara como de angustiada, con la desesperación que parecía amenazar con comerse su propia alma o algo así.

— ¡Ayúdeme por favor! —decía ella en un tono muy propio las inditas que yacían por aquí en la comunidad.

— ¿Qué puedo hacer por ti, hija, pese a que ya es muy tarde para recibir visitas y además estás tocando a un monasterio de monjes?

—¡Ay santo padre, que Dios me ampare por esta noche! —respondía ella, angustiada—. Necesito un lugar donde poder pasar la noche, estoy aquí en este pueblo sola, aquí con mi hijita—dijo la mujer, señalándome justo por detrás de su espalda. Y en ese momento, comprendí que ella tenía su rebozo amarrado hasta su vientre porque era por allí donde traía a su criatura.

Debido a esa parte un tanto conmovedora, una parte de mí decía que tuviera compasión de ella y la dejara pasar. Pero, igual que como con mis demás compañeros monjes, debería estar apegándome a las reglas y no hacer ningún contacto con aquella fémina. Tampoco debí haber abierto la puerta. Pero ya era demasiado tarde como para arrepentirse. Además, a estas alturas de la noche, ya habría infringido cuando menos unas tres o cuatro reglas del monasterio, las cuales no eran muchas, de acuerdo, pero es que eran las más importantes. Como sea, el caso estaba en que una parte de mí parecía pedirme a gritos que haga algo por esa mujer y su pequeña hijita.

Como si aquello no fuera suficiente, se comenzaron a escuchar truenos. Noté que el cielo se había nublado, y de repente se sintió un viento como de esos que sólo se sienten cuando va a llover.

— ¡Por favor, padre, necesito que alguien me ayude! Necesito donde guardarme. Nadie de por acá me quiere dar asilo en este lugar, y menos teniendo a mi hijita aquí conmigo—decía ella angustiada—. Necesito que me ayude… por favor. Se lo ruego se lo suplico.

Comencé a observarlas a ellas detenidamente. Y si bien aquellas criaturas del Señor necesitaban donde pasar la noche, el monasterio no era el sitio ideal. No obstante, estando yo allí frente a aquella mujer desamparada del destino, podría decidir entre negarle la entrada y seguir con mi vida y hacer como que no pasó absolutamente nada, o arriesgarme a un posible castigo por haberla dejado pasar a los rincones de un sitio que era exclusivo de puros hombres monjes. Pero ¿qué había de aquella criatura que tenía a sus espaldas? Necesitaba donde pasar la noche. Además, el cielo amenazaba con descargar su furia en forma de lluvia a la vez que lanzaba rayos y truenos, como si fuera el mismo Diosito enojándose por algo.

— ¿No tiene algún pariente por aquí que le pueda echar la mano? —le pregunté, en un intento por hacer que aquella mujer encontrase donde guarecerse en algún otro sitio y dejara de pelearme demasiado contra esa parte mía que insistía que sea yo quien le diera refugio.

— No, señor—contestó ella—. No tengo a naiden por acá. Yo soy una india que llegó aquí porque mi marido me trajo hasta acá. Pero él se volvió muy malo. Y me pegó duro. A mi niña no le pasó nada malo, pero es preferible que a mí me pase algo que a ella. Yo la quero mucho. Mi esposo es un hombre muy malo, me pega mucho y es por eso es que le ando huyendo. Y ahora no tengo otro lugar a donde ir.

— No lo sé, criatura—le respondía a la vez que me iba rascando la nuca, pensante en lo que iba a hacer—. El lugar es un monasterio de hombres y se supone que no debemos siquiera hacer contacto con mujeres y mucho menos darle refugio a una. Ya sabe, por respeto al celibato y a Nuestro Señor Jesucristo.

— Entiendo, padrecito—dijo ella, como pareciendo resignarse—. ‘Tons tendré que irme a aguarecer en algún rincón, por allí en la vil calle. Y con el cielo retumbando, anunciando lluvia. Y esta hija mía.

Y vaya que tenía mucha razón la pobre indita. El cielo seguía tronando, los relámpagos se hacían cada vez más pronunciados y la brisa que se sentía era cada vez más fuerte. Comenzaban a caer gotas de agua por todos lados. En cuanto a la criatura que llevaba en su vientre…

Me encontré con un dilema. Por un lado, podría dejar entrar a la mujer y hacer que pase la noche aquí. Pero por el otro, no la dejaría entrar por hacer respetar las reglas del monasterio, y hacer que ella pase la noche con la lluvia encima en alguna parte de la ya vaciada calle, junto con su bebita, del cual le calculaba que no tenía ni siquiera el año o dos. Las dos mujeres en ese momento estaban tremendamente vulnerables y a merced no solo de aquella tormenta que se anunciaba con cierta furia, sino también de cualquier otra amenaza que pudiera perjudicarlas seriamente.

Y tras un buen rato pensándolo, finalmente tomé mi decisión: Decidí apoyar a aquella mujer, aun en contra de las reglas de aquel monasterio. Al fin y al cabo, ¿qué era lo peor que pudiera pasar? ¿Qué mis demás compañeros y hasta el abad Juárez las descubrieran y buscaran al responsable de que las hayan dejado entrar? ¿Qué podría ganar aquí si no más que algún terrible castigo por mi desobediencia o peor aún mi expulsión de aquel sitio en el que tanto me agradaba estar?

—Mire, está a punto de llover. La voy a dejar pasar, pero le voy a pedir que guarde silencio mientras esté aquí adentro. Y en cuanto a su bebita…

—No se preocupe por eso. Mi hija no es chillona, es muy tranquila, se lo aseguro—respondió la joven indita,

—Venga conmigo.

— Gracias, siñor—dijo la mujer agradecida.


La llevé directamente hacia mi dormitorio, pues no tenía dónde alojarla sin que sea vista al día siguiente por los demás monjes. Y considerando el hecho de que no podríamos compartir el mismo espacio ella y su chiquita y yo, tenía que irme a dormirme en otro sitio.

Mi celda no era muy grande que digamos, pero tampoco demasiado pequeña. No había más que una cómoda, la cama y una pequeña área donde usualmente me pongo a rezar antes de dormir. Pero no me molestaba que ella estuviera en mis aposentos, lo importante era que al menos ella podría pasar la noche allí mismo. No era la gran cosa que pudiera ofrecerle a aquella mujer, pero era lo que había.

— Este es mi humilde dormitorio—le dije—. Puedes acomodarte aquí con tu niña y pasar la noche aquí. Sólo te voy a pedir una cosa:

— ¿Qué cosa, padrecito?

— Necesito que para mañana antes de las 7 ya estés lista para irte de aquí. No es porque no me agrades ni nada por el estilo. Se ve que eres una mujer que se preocupa mucho por tu hija y todo, pero entenderás que, dado que la gran mayoría de mis compañeros suelen levantarse a esa hora del día y todos ellos casi no interactúan con mujeres, pues el que te vean por aquí podría hacer que… ya sabes.

—Comprendo, padrecito—dijo la joven indita, entendiendo lo que yo le quería decir sin que suene demasiado explícito con mis palabras—. No se preocupe, mañana a primera hora me iré de aquí sin que nadie me vea a mí y a mi hijita. Téngalo por asegurado.

—Eso espero, hija. De todas maneras, mañana temprano trataré de llegar aquí para que te lleve personalmente a la puerta. Y bueno, siéntete como en casa. Ya me voy a dormir.

— Espere, ¿a dónde se va a dormir? —preguntó la indita al ver que estaba ya por salir de mi propia celda.

— Afuera, en unos de los bancos que hay en los pasillos o tal vez en la capilla, al fin y al cabo todavía tengo las llaves de la misma.

— No señor. No duerma allí—dijo ella—. Mejor dormimos mi niña y yo en la capilla y usted se duerme aquí.

— No es necesario, hija. Aquí nadie te va a molestar, al menos por esta noche y de aquí a mañana. Tú tranquila, que yo caigo dormido donde sea.

— Muchas gracias, señor, por lo que está haciendo por mí— me dijo ella, agradecida una vez más, además de sostenerme mis manos, como si fuera a besarlos. Cosa que hizo, pero acabé rechazando—. No sé qué hubiera sido de mi y de mi bebita sin su ayuda.

— No es nada, mujer—le dije—. Bueno, ya es tarde, ya van a dar casi las doce. Será mejor que descanses. Buenas noches.

— Buenas noches, padrecito—dijo ella.

Tras haberme despedido de aquella humilde indita, yo me sentí con la plena satisfacción de haber hecho mi buena obra del día. Había ayudado a una mujer a darle asilo, aun cuando ello quebrantaba un poco las reglas del monasterio.

A pesar de ello, algo muy dentro de mí decía que aquella infracción cometida no era para tanto. La chica se quedaría en este lugar sólo por una noche y al día siguiente se iría, sin dejar rastro de su presencia.


Antes de despedirme, había hecho énfasis al decirle a aquella mujer que se fuera antes de las siete de la mañana. Espero esa mujer me haga caso y no se quede dormida pasada de esa hora.

Además, si se diera el caso de que los demás monjes la vieran, ¿qué sería lo peor que podría pasar? A pesar de mi optimismo, esperaba que los demás compañeros—y todavía más el abad—no la vayan a descubrir mañana poco antes de que se vaya.


CONTINUARÁ…

29 Janvier 2022 05:56:54 0 Rapport Incorporer Suivre l’histoire
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