marymarcegalindo Marymarce Galindo

Después de algunos siglos en los que Horus y Seth no han intercambiado ni siquiera miradas se presenta en Kemet un enemigo poderoso que pone en duda la supervivencia misma de los dioses. Los antiguos rivales de Mashrek y Maabarath tendrán que unir fuerzas si quieren preservar la vida en su mundo, pero para lograr este objetivo tendrán que deponer sus miedos, superar su natural desconfianza y sanar las heridas que provocaron el desamor entre los dos.


Fanfiction Anime/Manga Interdit aux moins de 21 ans.

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Fuerzas opuestas

La arena del desierto se sacude y se levanta al paso de miles y miles de guerreros que marchan armados para enfrentar un enorme peligro que amenaza la paz y la vida. Seth observa el ordenado desplazamiento de sus batallones, los contempla serenos, fuertes como las grandes acacias de los llanos de Mashrek y con los sentidos agudizados. Como a los leones de las sabanas, Seth los ve dispuestos a defender el reino.

El ánimo que llevan los jóvenes en las miradas y la fiereza que guardan los expertos en sus gestos alimenta el espíritu del dios guerrero. Seth sonríe, aspira el ardiente aire del desierto y observa a su khopesh tomando forma en su mano. Feliz se lanza en busca de la línea de choque, busca con pasión a sus generales y de entre todos ellos distingue el aura brillante y engrandecida de Rémses, el mismo al que enterró tres siglos atrás y al que dio la bienvenida cuando aún era un niño hace setenta años. Aún es un semidios fuerte, lleno de vida y de experiencias bélicas a lo largo de sus vidas que nuevamente lo hicieron digno de la confianza absoluta que Seth deposita en sus mejores guerreros.

Seth convoca a las dunas con sus potentes palabras divinas y ellas se estremecen en un ruido ensordecedor, las tropas avanzan sin miedo porque saben que la tierra que vibra bajo sus pies solo responde a la voz marcial de su dios. La arena se eleva hacia el cielo, se arremolina como sacudiendo la pereza que había guardado durante tantos siglos de paz y cobra vida en forma de bestias aladas —cabeza de cocodrilo, cuerpos de leones—, quimeras que jalan con natural sumisión el carro del dios de la guerra.

La gigantesca marcha de hombres y armas se extiende por la planicie del voraz desierto y se dirige hacia un horizonte oscuro donde las nubes negras anuncian una gran tormenta. Seth se dispone a despejar el cúmulo de nubes que se revuelve furiosas en el cielo y abrir un paso seguro para sus tropas. Se adelanta en su gran carro, vuelve la mirada y se convence del valor de sus hombres, hostiga con las riendas a sus bestias y éstas mueven las alas con fuerza ganando la distancia que lo separa de esa masa infernal de nubes, rayos y truenos.

Con la felicidad inflando su corazón y la sonrisa abierta de par en par, Seth ingresa en la densa profundidad de la tormenta, busca el lugar exacto para convocar la fuerza del desierto y aplastar esa potencia arrolladora que proviene del cielo. Sin temor a los incesantes rayos que estallan por doquier, Seth avanza entre las nubes negras hasta que llega a un lugar donde todo movimiento es nulo, donde el aire y los rayos se han detenido, un lugar donde solo encuentra paz.

En el ojo de la tormenta la luz del sol vuelve a brillar y Seth siente que un poder divino mueve las nubes y las convierte en armas mortales. De inmediato piensa en el dios del cielo. Él tiene suficientes motivos para arrasar con Mashrek y buscar venganza. Durante siglos estuvo tranquilo, callado, agazapado como las serpientes, esperando su momento para soltar su ira y su poder. «Muéstrate ya cobarde», piensa mientras mira a su alrededor buscando la brillante luz del tocado de halcón. Seth toma aire y levanta su pesada khopesh para mostrarle que no le tiene miedo y que está dispuesto a defender su reino.

Las alas de las bestias de arena se detienen de improviso y Seth observa impávido cómo se precipitan hacia el vacío, su poder se ve mermado en un solo instante y un poderoso flujo de aire lo envuelve haciéndolo caer en espiral. Seth levanta el khopesh y lucha contra esa fuerza invisible. El arma se vuelve cada vez más grávida y sus brazos parecen pesar toneladas cada vez que quiere batirse contra el poderoso viento que lo rodea.

—¡Lucha directamente conmigo, maldito bastardo! —grita el dios de la guerra a la nada y en respuesta siente una presencia que lo asfixia y ante la que se siente pequeño.

Seth se esfuerza por seguir arremetiendo con su curvada arma hasta que sus pies entran en contacto con frías losas. El lugar está oscuro y silente, una helada brisa llega desde el interior y Seth la sigue para hallar la salida. Sus ojos divinos apenas pueden ver la luz que reflejan los muros altos de ese lugar, se detiene un momento y piensa que se encuentra en un templo. Recorre el pasaje estrecho tocando las frías paredes pétreas y tanteando con su arma el aire por si el enemigo lo espera en esa espesa oscuridad. Ni un solo sonido, ni siquiera el rumor de los roedores del desierto que suelen aventurarse dentro de los pasajes ocultos de palacios y templos, ni el sisear de una serpiente, ni el sonido del viento lo acompañan en su crispada caminata.

«Un laberinto», piensa el dios de la guerra y en ese momento no puede determinar si está en uno de los templos de su reino o se encuentra en alguna trampa tendida por su enemigo acérrimo, Montu. El lugar es similar al laberinto que alguna vez recorrió antes de ser su prisionero, pero Seth no siente el aura del gran toro del sur, parece no haber nadie más que él en ese lóbrego lugar. Sus dedos se deslizan por el delgado canal por el que se unen los enormes bloques de piedra que han cerrado ese laberinto en la matriz soterrada de algún templo.

Sin apretar el paso y sin dejar de mover la khopesh buscando un enemigo, Seth avanza en contra de la brisa pura que le pega el mentón, el cuello y los hombros. Camina hasta que un delgadísimo haz de luz pega en sus ojos y observa que el pasaje se bifurca. Seth se detiene y contempla bien el lugar. Frente a él continúa el pasaje y la brisa que le señala la salida, del lado derecho observa que el pasaje se hace más luminoso y la construcción se vuelve rudimentaria. ¿Qué debe escoger? ¿Seguir avanzando en la más profunda oscuridad hasta llegar al lugar por donde ingresa el aire o caminar hacia la luz que ofrece el otro pasaje?

Seth decide caminar hacia la luz. Prefiere ver al enemigo y enfrentarlo que seguir adivinando en la oscuridad. Paso a paso el pasaje se le hace conocido, lo ha visto algunas veces —las pocas que estuvo en él— y reconoce el camino de salida. Lo que no reconoce es el profundo silencio que se siente en el lugar. El dios de la guerra decide no distraerse más en sus pensamientos y salir de inmediato para… Seth no recuerda qué estaba haciendo antes de llegar a ese lugar.

Apresura sus pasos.

Con la luz de las pocas antorchas que iluminan el pasaje, el dios de la guerra observa las puertas que compactas han cerrado el destino de numerosas almas que parecen retroceder a su paso. Seth chasquea la lengua, no le gusta estar en ese lugar, no le gusta recordar que en ese sitio se decidió la muerte de miles de héroes y humanos, no le gusta ver las pocas inscripciones que hablan de un pasado doloroso.

De pronto Seth escucha que alguien llora y jadea. Su cuerpo entero se estremece. Ha escuchado llorar a tantos prisioneros y sin importarle sus súplicas, explicaciones y promesas los condenó al sacrificio, que uno más llore no debe importarle; pero no entiende por qué ese llanto es tan profundo, esa pena es tan dolorosa y ese gemido es tan conocido.

Seth tiene que pasar por esa puerta y algo le dice que no se detenga, que siga adelante cuando pase por la celda del único prisionero que parece estar aún con vida. Algo le dice que debe salir para hacer aquello que estaba haciendo antes y que ya no recuerda.

«No tengo por qué sentir miedo», repite mientras sus pasos presurosos lo acercan a esa celda, Pero carajo, es una celda más de las dos centenas de celdas que tiene ese lugar enterrado en la arena, es una puerta más que debe pasar y luego podrá llegar al patio de su cuartel, podrá llamar a los centinelas, a los tenientes, a los capitanes, a los comandantes, al general a cargo. Podrá llamar a cualquier infante hijo de puta para que le explique por qué mantienen a ese prisionero con vida y luego hará aquello que ya no recuerda.

Pocos pasos lo separan de la celda, sus oídos escuchan con más claridad los gemidos y su corazón parece un tambor que interrumpe sus pensamientos. La vaga luz de la antorcha ilumina la pesada puerta de madera y hierro que tapia la celda cerrando al quejoso prisionero en ella. Seth pasa dispuesto a seguir su camino y olvidar el llanto de ese malnacido, pasa y observa una rendija. La puerta está abierta.

El dios de la guerra se detiene y molesto se cuestiona el motivo por el que han podido ser tan descuidados los guardias, piensa que deberá imponerles un castigo. Un nuevo gemido le tensa los hombros hasta el dolor y le hace pensar que un guardia está torturando al prisionero. Hace tiempo que Seth no aprueba las conductas brutales en su guardia y si alguien no está obedeciendo sus órdenes debe pagar el atrevimiento.

Decidido a castigar al rebelde. Seth abre la puerta, dispuesto a matar al prisionero para ahorrarle sufrimiento y darle fin a su torturador. Empuja la gruesa puerta que cede con dificultad, toma la antorcha pendiente del dintel e ingresa a la celda. La ve húmeda, sucia, llena de bichos, la siente pestilente, huele a sudor, a sangre y a muerte. La ve más larga de lo que por lo general es una celda donde esperan su condena los reos de guerra.

Seth piensa en la guerra, en las armas, en los escudos, en los carros, en los caballos que los jalan y recuerda que sus ejércitos caminan por el desierto, que pronto enfrentarán un enemigo. No recuerda quién es el enemigo ni cómo se declaró la guerra. Sabe que debe salir de la celda, pero la luz de esa agonizante antorcha le muestra que al fondo un hombre sostenido por cadenas gime en la más absoluta soledad.

No puede reconocer al hombre que se retuerce de dolor y llora, la luz parece morir en la tea y Seth se aproxima. Piensa en la mejor manera de acabar con la vida del prisionero. Una daga en el corazón, un corte en la yugular, romperle el cuello, cortarle toda la cabeza… no eso no, quizá su alma no merezca morir dos veces. Seth se acerca y el hombre tiene los brazos abiertos y la cabeza gacha, Seth observa las heridas que cruzan su espalda y dejan expuestas la piel, los músculos y parte de los huesos. Piensa que los guardias se han ensañado con él.

Antes de tomar su daga y acabar con el macabro dolor que retuerce al hombre Seth aproxima la antorcha al rostro del condenado, se fija en el hilo de sangre que baja por su mejilla y cae gota a gota al suelo. Con la punta de su arma el dios de la guerra levanta el mentón del hombre y aproxima más la antorcha. Lo que ve le espanta aún más.

Dos cuencas vacías, huecas, rotas y dentro de ellas serpientes revolviéndose hacia todos lados. La luz se hace más clara y el dios de la guerra deja de sentir el mango de la antorcha en su mano. Aprieta suavemente los dedos y nota que están mojados, que un líquido caliente y pegajoso escurre por entre los espacios y que dos esferas de ligera dureza se comprimen en el interior.

—Horus… —Seth vuelve a ver al dios del cielo herido y mutilado, sangrante y lloroso, gimiente y suplicante. Frente a él tiene un crimen en proceso.

—Seth —Horus le muestra la enrojecida carne en el interior de sus ojos vacíos y después de vencer un doloroso espasmo, cambia la contracción de sus mejillas, el rictus de sus labios desaparece y el jovencito sonríe.

Enormes alas sangrantes le nacen en la espalda y las cadenas que sujetan sus brazos y sus piernas se mueven con violencia. Su risa vence el llanto y el gemido, la queja desaparece y una carcajada grave sacude el silencio mortal que envuelve los pasajes y las celdas de la prisión.

Seth baja la mirada y observa que el pecho de Horus se abre y un enorme forado a la altura del corazón y sangra. Los ojos de Seth se vuelven a fijar en el rostro del dios del cielo y es otra voz y otra risa la que sale por sus ensangrentados labios.

—O-Osiris… —musita Seth petrificado.

—¡Prepárate! —Horus mueve los labios, pero la voz parece provenir de otro lugar.

El dios de la guerra intenta preguntar qué significa esa advertencia, pero siente que un remolino lo eleva y deja al sufriente prisionero sujeto de sus cadenas. En súbito movimiento se eleva sobre la prisión, sobre el cuartel de Men-Nefer, sobre el valle del empobrecido río Iteru, sobre su reino lleno de desiertos, sobre el mundo. Seth regresa al ojo de la tormenta a esa paz extraña, siente que una poderosa fuerza lo empuja hacia las dunas donde su ejército sigue marchando. Seth trata de luchar contra la potencia de esa tromba que lo arrastra, levanta el brazo para hacer estallar su khopesh contra el poderío del aire, el aire que parece provenir de la agitación de unas gigantescas alas. Piensa en Horus, piensa en la guerra, piensa en Anubis, piensa que está solo y cuando mira su mano derecha para hacer el primer movimiento de su arma observa que por los espacios de su puño escurre sangre fresca, siente el vértigo de la caída, siente el aire frío de montañas nevadas, abre su puño y mira las esferas de un blanco nítido, con ligeros hilos carnosos que los sujetaban a las cuencas y con los iris azules que aún irradian su tranquila belleza.


.


El dios Seth despertó una vez más sobre las cobijas revueltas de su enorme lecho de rey. Tenía el puño apretado, el cuerpo lleno de brillante sudor y el pecho afiebrado de recuerdos y remordimientos. Esa era una de las miles de madrugadas que despertaba de su eterno sueño, un sueño en el que repetía el castigo al que había sometido al príncipe Horus cuando descubrió la estratagema de su engaño. De una u otra forma Seth rememoraba con total nitidez el momento que vencido por la ira vació los ojos de Horus y los arrancó con su mano. Lo había soñado miles de veces en formas distintas y siempre era lo mismo. Horus quedaba solo en la oscura celda y él guardaba los ojos en el brillante cofre.

Pero ese sueño no terminó como las otras veces y Seth, arrebatado por el temor y la agitación de la pesadilla, no pudo dejar de pensar en la advertencia que los labios de Horus y la voz de Osiris le dieron.

“Prepárate”.

Saltó de la cama y tras unos minutos en los que recuperó la calma del divino guerrero decidió que reforzaría aún más sus tropas y sus suministros, comenzaría un entrenamiento riguroso en sus cuarteles y prepararía todo para lo que él sabía que sería un gran enfrentamiento.

Miró al oriente y con una sonrisa forzada determinó su respuesta.

«Te estaré esperando, Horus. No te tengo miedo».



Horus el portavoz del cielo, el hijo perfecto de Atum y gran señor de Maabarath gozaba una vez más de la intensa satisfacción que le producía vivir un tiempo sin tiempo en la sagrada Shambal, una ciudad ubicada entre el mundo de los dioses y la dimensión de las esferas etéreas de Atum al que solo se podía llegar en espíritu.

No existe lenguaje humano para describir la magnificencia de tan prístino lugar, solo los sentimientos pueden acercarse a una concreción de las experiencias que solo los seres más elevados del universo pueden vivir entre sus inmensas torres con cúpulas brillantes, sus jardines colgantes llenos de flores y sus extensos prados llenos de colores refulgentes. Amor, paz, sosiego, tranquilidad y libertad absolutos son los sentimientos que quedan depositados en el alma de aquellos que pasean por sus amplias calles empedradas de rubíes y diamantes y que contemplan la maravilla de la creación desde sus balcones cristalinos, mientras disfrutan del murmullo de las fuentes y del canto de las estrellas.

Cada década, el dios del cielo se retiraba por cuatro ciclos lunares a la sacra montaña Sagarmatha a presentar su corazón ante el creador del universo y padre de todos los dioses, Atum el omnipotente. Su aura cargada de penas y resquemores se purificaba con la voz del creador y sus ojos espirituales se recreaban con las maravillas que contemplaba en éxtasis divino, cuando traspasaba las murallas de Shambal. Solo con ese viaje Horus podía recomponer su corazón roto y seguir dirigiendo el destino de dioses, héroes y hombres que vivían en su pacífico imperio.

Pocas veces los dioses de Kemet pudieron ver y conversar con el hijo de Isis, pocas veces pudieron compartir un momento con él, solo los más cercanos pudieron escuchar las maravillosas visiones que él experimentaba en la ciudad sagrada de Atum, aquella donde vivían los jueces de sus cortes etéreas. Pocos dioses tenían el privilegio de sentarse a la mesa con Horus, porque el dios del cielo pasaba mucho tiempo en contemplación divina ya fuera en sus templos y en las montañas, atrayendo con su mente y su alma bendiciones para el mundo entero.

Los dioses pronosticaban que esa actitud contemplativa y pacifista de Horus lo convertía en el perfecto candidato para tener un escaño entre los dioses puros que gobernaban los mundos altos del espíritu o los jueces supremos de las cortes celestiales.

Incluso su madre Isis se atrevió a decir que Horus no pasaría por el Duat el día que dejara el mundo, sino que tendría un lugar honorífico entre los jueces de las cortes etéreas, más que su padre Osiris que gobernaba en el Duat. Solo Ra, Sekhmet y Seth se atrevieron a dudar de esa afirmación.

Como fuera el sentimiento que guardaban los dioses por Horus, éste no dejaba de ser un pilar fundamental para la prosperidad y tranquilidad de su mundo y tenían que reconocer su silencioso trabajo a favor de la paz.

Durante el último retiro que Horus vivía como lo había hecho durante cientos de años la montaña se bañaba con una tenue niebla que en las partes más altas se convertía en copos finos y delgados de nieve y en las partes más bajas en suave lluvia que regaba con amor los campos y las calles de los pueblos cercanos a Sagarmatha.

Dentro de la caverna, sentado sobre una cómoda poltrona de piel de yak, el dios del cielo mantenía su cuerpo en la misma posición de hacía varios días, sentado con las piernas cruzada sobre sí, los brazos descansando en cada rodilla, las palmas de las manos mirando al techo de puntiagudas rocas, el rostro relajado y los párpados sellados para proteger las vacías cuencas de sus ojos.

La mente de Horus se hallaba concentrada en su respiración y en el pulso lento que recorría sus venas, el alma de Horus recorría las calles del Shambal como si fuera un niño pequeño y el espíritu de Horus se esparcía como pequeñísimas chispas de luz por toda la montaña, bajaba por los acantilados, por las escarpadas nieves, por los delgados hilos de agua, por los arroyos y por los ríos hacia los pueblos de las cordilleras que, taciturnos, guardaban silencio religioso sabiendo que su amado dios los colmaba de bendiciones desde la montaña.

Solo habían pasado dos lunas y Horus estaba en su especial momento de gloria, en un momento en el que se detenía a contemplar la maravilla de la creación y donde podía ver el vórtice que conectaba las dimensiones y los infinitos universos, allí donde las voces de los dioses creadores parecían un canto festivo que animaba a materializar estrellas, mundos y almas y conocer el propósito de la vida, de la muerte y del espíritu votivo. Al fondo, entre todo ese espectáculo entreverado de universos y dimensiones de formas y colores distintos se encontraba el principio creador, el impulso mismo de la existencia espiritual y material, aquel que no tenía forma y que adquiría todas las formas, el que era el inicio y el fin en sí mismo, aquel al que todos los dioses creadores como el gran Atum llamaban padre, aquel cuyo nombre contenía todos los nombres y todos los significados, Amón.

Horus se hallaba extasiado mirando y sintiéndose uno con esa energía cuando Atum lo llamó instalándose como una idea fija en su corazón. Horus perdió la maravillosa concentración y respondió a la voz de su creador, elevó la cabeza y vio los ojos puros del bello dios. Atum fijó su mirada en los ojos espirituales de Horus y lo elevó hasta verlo traspasar los límites de su reino, Horus se llenó de luz y contempló a Kemet desde las alturas divinas del dios creador.

Vio que los ejércitos de todos los imperios y reinos remontaban valles, montañas, mares y ríos, vio a los hombres llevando las armas, armaduras y escudos, los armamentos más sofisticados. Los contempló montados en sus caballos o caminando a paso forzado, se juntaban, mezclaban sus copas, sus armas, sus canticos y sus estandartes formando un solo ejército gigantesco.

Los ojos de Horus se convirtieron en uno solo y con él pudo hallar al dios que comandaba los ejércitos. Con armadura de oro, casco oscuro de diorita, khopesh en el brazo, escudo con los símbolos de Mashrek y la sonrisa torcida, Seth miraba un horizonte de una oscuridad pesada, extraña y tenebrosa. Sin mirar atrás levantaba su espada, picaba el costado de su caballo y gritaba a hombres y dioses que lo seguían con fervor absoluto.

Horus no pudo recocer los rostros, no pudo ver qué pueblos y qué dioses marchaban tras de Seth para enfrentar esa nada oscura que se extendía cada vez más en el horizonte. Se puso en medio de las filas y columnas de guerreros, los vio pasar junto a él desenvainando las espadas y levantando las picas llenas de luz, gritando a una sola voz por la victoria y sonriendo a la muerte.

Estremecido de pies a cabeza y con un gran agujero en el pecho, Horus sintió cada uno de los corazones de esos guerreros, tenían preguntas, tenían coraje y tenían temores, pero sin detenerse marchaban hasta el fin del mundo para enfrentar aquella gigantesca batalla que amenazaba con devorarlos. Pensaban en los hijos, madres, mujeres y padres ancianos que habían dejado en los pueblos y se daban confianza los unos a los otros para seguir adelante, para alcanzar los pasos del dios de la guerra y para vencer a su peor enemigo, el miedo.

Horus se elevó por encima de los ejércitos y voló hasta donde Seth seguía avanzando en su enorme caballo de penachos brillantes. Miró fijamente su rostro, pudo ver sus labios retorcerse una y otra vez mostrando la alegría que le provocaba las guerras, pero cuando vio sus ojos por debajo de su casco negro y puntiagudo, Horus observó que Seth tenía un sentimiento extraño en la mirada. Por unos segundos se concentró en sus ojos bermejos y pudo notar todos sus sentires. Con espanto comprobó que el dios de la guerra tenía un atisbo de duda y de temor en su corazón. Un punto débil que lo convertía en un dios vulnerable si quería ganar al poderoso enemigo que tenía en frente.

Como en un viaje hacia el pasado Horus volvió en sí mismo y se halló frente a la mirada de Atum que apacible lo contemplaba y escuchó una vez más su voz clara como los manantiales y chispeante como el fuego de una hoguera.

—Tu hora ha llegado, Horus —le dijo el dios supremo—. La paz que tanto amas, no será el camino que tengas que recorrer.

—Estoy preparado, padre —respondió Horus con voz trémula.

—Lo sé —comentó Atum sin perturbarse—, pero no olvides que debes fijarte en todos los detalles, en cada rama, en cada piedra y en cada rincón, en las luces y en las sombras porque solo viendo bien sabrás qué deberás hacer en el campo de batalla.

La voz de Atum resonó en todo Shambal y remeció en cuerpo y alma a Horus. El dios del cielo se alejó de la brillante ciudad y raudo como un halcón que se lanza sobre la presa, retornó a su mente y a su cuerpo. Con una profunda inspiración volvió a restablecer los latidos de su corazón, el flujo de su sangre y el ritmo de su respiración. Observó la oscuridad del natural recinto, lentamente se puso en pie y luego de sentir otra vez el tono de sus músculos dormidos caminó hasta la entrada de la caverna, miró al cielo y todavía podía sentir en el intenso palpitar de su corazón la voz de Atum. Horus movió los dedos y el aire llevó hasta sus manos las pocas cosas que había llevado para su retiro, una manta para cubrirse del frío, un morral donde aún se conservaban dentro de un recipiente de madera unas bolas de sambar para que pudiera alimentar el cuerpo de vez en cuando y el largo parche blanco que cubría sus ojos ciegos. Con solo pensarlo, el viento formó un remolino haciendo aparecer el tocado azul con ribetes dorados de halcón que cubrió su cabeza y sus enormes alas aparecieron en su espalda.

«Es tiempo de volver», pensó y recordó la mirada de aquel a quien, en tantos siglos, no había podido olvidar y que un día turbio, en el que la verdad cruzó los cielos como saeta envenenada, había dejado su vida en la completa oscuridad.

[...]

Alas, encono, ojos, paciencia, garras, venganza...

Algo anida en las estepas frías de Kemet.



Notas de autor:

Hola queridas lectoras. Presento la segunda parte de Deja Vú que esta vez estará centrada en un escenario distinto a los desiertos y templos. Seth y Horus volverán a verse, pero aún no sé cuáles serán las circunstancias ni cómo reaccionarán sus corazones.

Espero que me sigan acompañando en esta parte de la historia que promete batallas externas e internas entre dioses y un enemigo poderoso que poco a poco irán descubriendo quién es. Habrá entrega, desconfianza y sacrificios para asegurar la paz y la vida en Kemet el mundo de los dioses.

Gracias por leer.

8 Janvier 2022 05:13:31 0 Rapport Incorporer Suivre l’histoire
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