lepquezada Eduardo Quezada

El erotismo y el romance predominaran tus sentidos y tus mas profundos deseos, te harán participe de dulces y fantásticas historias, pero por el momento, te cuento algunas que me parecen interesantes, que se me ocurren durante mi día a día y aburrimiento total.


#13 in Érotique Interdit aux moins de 18 ans. © Reservados

#sexo #fantasias #magia #desamor #celos #romance #amor
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La Familia Inmoral

Toda mi vida he vivido solo en casa de mi padre, pues al morir mi madre, él decidió salir a recorrer el mundo. Aprendí todo lo que se necesita para sobrevivir en este mundo yo solo y con ayuda de YouTube. Todo siempre había sido tranquilo, sin muchas complicaciones, pues mi padre me mandaba dinero cada semana además del que ya ganaba yo al trabajar.


Un día, su llamada me preocupó, pues se escuchaba extraño, entendí entonces, que estaba ebrio y de fondo, había una gran fiesta. Quizás con sus compañeros de trabajo o algo, hasta que alguien lo llamó.


—Hijo, me acabo de casar. En los días siguientes, mi esposa, tu nueva madre, irá a la casa, junto con sus hijas, tus nuevas hermanas, por favor, trátalas bien y dales una buena bienvenida —había dicho antes de colgar y que yo pudiese preguntarle los nombres o algo más de información.


Pasó una semana, luego de esa llamada y un taxi se estacionó frente a mi casa, de su interior, apareció tres mujeres, la más grande, supuse era la mamá, las otras dos, debían ser las hijas. Salí para recibirlas y ayudar con las maletas.

—Hola —dijo la mujer alzando la mano.


—Hola, mucho gusto —dije tomando su maleta para entrar—. Pasen, están en su casa —y ese dicho no era solo por mera cortesía.


Se instalaron en las dos habitaciones que sobraban en la casa, la mujer o Elena, se instaló en el cuarto de mi padre, María y Martha, se quedaron con el más grande, pues tenían que compartir habitación. Elena tenía cuarenta y cinco años de edad y no los aparentaba, María tenía veintitrés, la misma edad que yo y Martha era la más chica, con tan solo dieciocho años de edad.


Pasaban los días tranquilamente, mientras nos acostumbramos a la presencia de otras personas en un entorno que no habíamos imaginado. En los dos meses de vivir juntos, empecé a desarrollar una atracción extraña hacia ellas, pues no las veía como familia, no como mi padre las vería.


Elena, paseaba siempre en ropa interior por la casa, importándole poco que yo la llegase a ver, pues sus proporciones eran bastante buenas. Sus pechos rebotaban de una forma muy exquisita, su trasero de cantoneaba de manera tan sensual, que no podía dejar de verla, mucho menos cuando solo usaba un top que escondía apenas sus enormes pechos y la tanga rosa que le dio mi padre.


—Me parece que no deberías andar tan descubierta —había dicho Martha a su madre cuando yo estaba en mi habitación. Ellas creían que yo ya me había dormido, pero estaba escuchando su plática.


—No le veo problema, siempre he andado así, y tú lo sabes —dijo Elena con tranquilidad.


—Cuando éramos nosotras tres —respondió Martha.


—Creo que Martha tiene razón, y no lo dice porque no lo hagas, sino por Gerald, quién es un hombre al que conocemos muy poco —dijo María—. No quiero pensar mal de él, pero no conocemos mucho.


La conversación terminó pues escucharon que me puse de pie. Entre al baño y el silencio reinó en la casa.


Cuando salí, Elena estaba esperando para entrar, vestida con poca ropa como siempre, se acercó y creí que entraría al baño, pero ella, puso sus manos en mi pecho y pegó su cuerpo semidesnudo en mí. No supe si era una prueba de lo que había hablado, pero mi corazón se aceleró demasiado, no sabía que hacer o cómo reaccionar.


— ¿Elena? —pregunté con un poco de confusión.


Ella se acercó más y tomó mi rostro. Mi cuerpo no me respondía, estaba paralizado en ese momento.


— ¿Qué pasa? —preguntó con un tono de voz que jamás le había escuchado. Este era como cuando ruegan tranquilamente por algo.


— ¿Qué haces? —pregunté. Ella me sonrió y me besó. Sus labios eran suaves y termina un dulce sabor a cereza, quizás había usado uno de esos bálsamos labiales. No supe que hacer y solo me quedé mirándola hasta que se separó de mí—. ¿Que fue eso?


Ella se alejó un poco y me sonrió.


—Mis hijas estaban preocupadas por tu presencia, te tienen miedo, pues no te conocemos mucho, quise ver, qué harías en una situación en la que alguna de nosotras tomara una decisión tan delicada —dijo ella cruzándose de brazos—. La conclusión de esto es sencilla: podemos confiar en ti, pues de haber reaccionado de otra forma, no podríamos seguir llevándonos bien.


Al amanecer, me levanté a las seis de la mañana como todos los días, me duché y al salir del baño, choqué de frente con Martha, quien iba aún adormilada al baño.


—Perdón —dijo y se quedó parada frente a mi—. Siento haber dudado de ti, no era mi intención, pero debes entender, que es algo muy nuevo para nosotras, y me sentía un poco asustada.


—Tranquila, por eso es mejor hablar las cosas —dije.


—Qué bueno que lo dices —se acercó de golpe a mí y me rodeó el cuello con sus brazos y me besó sin avisar y no pude resistirme, la tomé del trasero y la levanté hasta mi cintura. Le respondí el beso y ella dijo—: Está era la respuesta que esperaba.


Nos besamos hasta que empecé a caminar hasta mi habitación, delante de la puerta, ella la abrió y entramos, la tumbé en la cama y la despojé de su pantalonera, solo para descubrir unos deliciosos labios rosas, perfectamente afeitados. La tomé de las piernas y la levanté hasta que mi cara quedó en su entrepierna.


—No te detengas —dijo con voz temblorosa y con toques de lujuria.

Comencé a chupar lentamente sus labios, luego, hacia zigzag en toda el área hasta detenerme en el clítoris, el cual lamí con delicadeza y succioné lentamente. Ella gemía por lo bajo, tratando de no hacer mucho ruido. Sus fluidos habían comenzado a salir de su interior y ese característico sabor salado me inundó la boca.


—Ya, por favor, mételo, hazme tuya —decía entre jadeos.

Me quité la toalla de la cintura y ella se deshizo de su blusa, acaricié esos pequeños pero hermosos pechos y me recosté suavemente en ella. La miré y nos besamos, mientras acomodaba mi pene para entrar en ella.


—Lento por favor, es mi primera vez —dijo mientras poco a poco, mi miembro de abría paso en su interior—. Siento..., Como entra.


Su voz sonaba llena de excitación, nuestros alimentos se mezclaban para escucharse a la par y cuando mi pene entró por completo gimió con un poco más de fuerza.


— ¿Te encuentras bien? —pregunté un poco preocupado.


—Tranquilo, continúa.


—Si es demasiado, dímelo.


Ella asintió y comencé a moverme lentamente. Su interior era estrecho, suave y caliente. Ella me abrazaba con fuerza y enterraba las uñas en la espalda, provocándome un placer que no sabía que podía sentir. Sus piernas me rodearon y con un movimiento sutil, me indicó que estaba lista para más fuerza. Nuestros cuerpos chocaban generando el típico sonido de aplauso. Ella me mordía el trapecio tratando de no gemir muy fuerte.


Pasó media hora y ya tenía que irme al trabajo, por lo que decidí apresurarme y ella lo aceptó. Me acomodé para poder moverme con mayor velocidad y ella se preparó.


—Estoy lista —dijo para después besarme.


Comencé lento, y gradualmente comencé a subir la velocidad a tal grado, que, en cada empuje, ella gemía mientras mordía una almohada, cada golpe de nuestros cuerpos hacía ruido, pero no me interesaba, hasta que por fin terminé, y ella conmigo. Su cuerpo se había estremecido como en anteriores ocasiones, pero esta vez, aún más. Me abrazó con fuerza y yo empujé hasta el fondo al terminar.


—Siento, como palpita, como terminas dentro de mí —dijo con una excitación enorme—. Alístate ya, tienes que trabajar. Más tarde quizás podamos hacerlo de nuevo.


La besé y me levanté lentamente.

De camino al trabajo, no podía dejar de pensar en lo que había pasado, jamás creí que podría hacer algo así con quién se supone ahora es mi familia, aunque hay distintos tipos de familia.


Trabajé mi jornada normal con la mente ocupada en los recuerdos con Martha. Aún podía escuchar sus dulces gemidos y sentir sus arañazos en la espalda, deseaba volver a casar para tener otro encuentro de esos.


Las mujeres en la casa se habían extinguido, pues todas salieron de compras al centro de la ciudad. Martha, caminaba de una manera extraña, pues aún sentía una presión en su interior después de tan fuerte primera vez, pero la disfrutó de una manera que deseaba tener más encuentros con Gerald. Su madre, tenían en mente, meterse a escondidas a la habitación del joven y hablar con él, además de hacer algo un poco sucio.


Cuando llegué a casa, no había nadie, salvo mi gato. Me senté en la sala de estar y me puse a ver una película mientras comía una torta que pedí por Uber Eats. Todo estaba muy tranquilo, tanto así que me quedé dormido.


Esa noche no pasó nada, pues Elena andaba muy extraña, y Martha y yo, optamos por esperar un poco antes de volver a hacerlo, aunque ninguno de los dos podía esperar mucho más.


Cuando desperté, a las tres de la tarde, solo estaba Elena en la casa. Yo había descansado pues sábado y domingo no se laboraba en mi planta, así que decidí desvelarme jugando en línea con mis amigos. Elena me escuchó despertar y subió corriendo las escaleras. Recién había encendido la computadora y ella tocó la puerta.


—Gerald, ¿Puedo pasar? —preguntó.


—Claro, pasa —dije sin saber lo que me esperaba.


La puerta se abrió y lo primero que vi, fueron los pechos desnudos de Elena, seguido de todo el cuerpo al desnudo de una hermosa mujer. Me quedé helado, no sabía que hacer o a donde mirar, simplemente me giré a la pantalla de la computadora para evitar un poco el contacto visual. No sabía porque ella me ponía tan nervioso. Sus manos se posaron sobre mis hombros y sus tetas envolvieron mi cabeza.


—Gerald, quiero, pedirte una cosa —dijo bajando sus manos por dentro de mí camiseta.


— ¿Qué cosa? —pregunté tratando de no mostrarme nervioso.


—Como sabes, soy una mujer que ya ha experimentado el sexo, y ya han pasado dos meses y algo, desde mi última vez, sinceramente, no creo que tu padre regrese pronto, y no me sería posible, aguantar tanto tiempo..., Sin que me penetren —dijo con la cara roja de pena, pues parecía que pedirme algo así, le causaba mucha vergüenza.


—Entonces, ¿por eso fue que me besaste el otro día? —pregunté.


—Sí. ¿Quieres..., Tener sexo conmigo? —preguntó tranquilamente—. Sé que es inapropiado por ser madre e hijo, pero no hay líneas de sangre que nos una.


Ella sacó las manos de mi camisa y me giré. Sus tetas quedaron frente a mi cara y sin pensarlo mucho, comencé a manosearla. Sus pechos se desbordaban de mis manos, pues eran enormes, casi de inmediato, sus pezones se pusieron duros y comencé a chuparlos. Ella puso sus manos en mi cabeza y metió sus dedos entre mi cabello.


— ¿Me aceptas a pesar de ser tu madrastra? —preguntó.


—No me quejo —dije lamiendo sus pezones nuevamente.


Ella se agachó hasta quedar cerca de mí cintura. Me comenzó a quitar la pantalonera y yo la ayude, luego con una de sus manos me masturbó lentamente, aunque era algo innecesario pues ya estaba duro como una roca. Me hizo acercarme más a la orilla y con sus pechos envolvió mi pene, utilizándolos como si fuera su vagina. Luego de eso, cada vez que la punta de mi pene quedaba expuesta, ella succionaba un poco.


La cargué y nos fuimos a mi cama, nos besamos apasionadamente, luego bajé a su cuello y pasé hasta sus pechos, ella disfrutaba de mí, pues jadeaba. Seguí bajando para besar su vientre y meterme entre sus piernas. La tomé de los muslos, y los separé para poder tener mayor acceso, besé el famoso gordito que se genera entre la ingle y la pierna como tal, luego metí mis dedos en su vagina y comencé a chuparle el clítoris, mientras gemía sin tapujos. Después de un rato, me acosté sobre ella y sin utilizar mis manos, introduje de golpe mi pene en ella. Su gemido fue tan delicioso que la embestí con fuerza después de eso. Mis penetraciones eran lentas, pero con fuerza, provocando un golpeteo más brusco, pues ella así me lo había pedido después.


Revolvía sus pechos mientras sus piernas me abrazaban con algo de fuerza, generando una especie de campo magnético que no me dejaba salir del todo de ella. Me enderecé y quedé sobre mis rodillas, luego tomé sus tobillos y alcé sus piernas sobre mi cabeza y comencé a moverme sin estar sobre ella. Tomé después sus brazos y los crucé, al igual que sus piernas las cuales quedaron sobre mi pecho y me recosté sobre ella, mientras sus piernas evitaban que cayera del todo, comencé a penetrarla con fuerza hasta que ambos terminamos en un orgasmo mutuo y delicioso.


Pasó un mes desde que empezamos a tener sexo descontrolado, hasta el punto en el que nos veíamos solo para coger, pero aún había una chica que no había tenido en mi cama, pues había estado muy ocupado con Elena y Martha.

Una noche, escuché a María masturbarse en la ducha, diciendo mi nombre por lo bajo. Eso me sorprendió pues no imaginé que ella querría tener algo así conmigo. Toqué la puerta y ella respondió:


— ¿Sí?


— ¿Se puede? Hay algo de lo que debo hablar contigo —dije esperando a que abriera la puerta o algo, pero ella al abrirla, estaba desnuda, pensé que se cubriría o algo.


—Pasa, pero debes quitarte la ropa, te ducharas conmigo —dijo adelantándose.

Hice lo que me pidió lo más rápido que pude y entre a la ducha. El agua era caliente y ver el cuerpo de María con más detalle me hizo endurecer. Ella tomó mi pene y se acercó.


—Te escuché gemir, y entre enero gemidos, oí mi nombre ¿Estoy en lo correcto? —pregunté.


Ella asintió y me besó tiernamente, después de rodear mi cuello con sus brazos, yo hice lo mismo, pero en su cintura y la apreté a mí con fuerza. La tomé poco después del trasero y la levanté hasta mi cintura, pasé los brazos por debajo de sus piernas y la volví a sostener del trasero, luego, con una mano, coloqué mi pene en su entrada y la bajé poco a poco, mientras entraba. Sentí como si cuerpo me aceptaba cálidamente hasta que llegué a lo más profundo.


Ella se acomodó con sus pies en mi cintura y sin que la ayudará comenzó a mover su cuerpo provocando unas penetraciones que jamás había pensado se sentirían tan bien. Sus gemidos hacían eco en el baño y nuestros cuerpos chocando también. María no se detenía a pesar de venirse tan fuerte que tenía que detenerla. Se había dejado llevar por la calentura y el placer era demasiado, tanto así que, al acabar, lo hicimos al mismo tiempo y sin así continuamos teniendo sexo en diferentes posiciones hasta que escuchamos que alguien entró a la casa.


Pasaron seis meses desde mi primer encuentro con Martha y cada noche, tenis sexo una vez con cada una de las mujeres de la casa, hasta que un día, las tres me esperaron desnudas en la sala y tuvimos la mejor experiencia sexual que jamás habríamos podido experimentar.


Mi padre regresó a los ocho meses desde aquella primera vez y duró al menos una semana, pero no tocó a Elena en lo absoluto y ella me buscó al primer momento en que mi padre se marchó de nuevo de la casa.

6 Février 2022 05:03:19 5 Rapport Incorporer Suivre l’histoire
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DP Daiane Pimentel Pereira
Interessante...

Adriana López Adriana López
Muy interesante.... Intenso... Me gustó!!!
February 18, 2022, 22:54

  • Adriana López Adriana López
    Que bien pero revisa y corrige porque en dos ocasiones repetiste párrafos anteriores February 18, 2022, 23:20
  • Eduardo Quezada Eduardo Quezada
    Gracias. Lo que se está cocinando es más largo y mágico February 18, 2022, 22:55
~

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