marymarcegalindo Marymarce Galindo

Para el dios Horus, Mashrek representa los recuerdos dolorosos de su infancia, cuando su tío Seth emprendió una despiadada persecución contra él y su madre, la diosa Isis. El testimonio de un niño que vivió oculto y alejado de su divinidad. Para leer este especial te recomiendo que leas el fic "Deja Vú".


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#Infancia-del-dios-Horus-Ennead #Horus-perseguido-por-Seth #Horus-niño
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Uno

Las huestes de Seth que pisaban nuestros pasos no nos dejaron más opción que tomar el delgado camino que llevaba hacia las cataratas. El río rugía entre las rocas y hacía vibrar nuestros pies. Mi madre apretaba mi mano para que pudiera seguir corriendo detrás de ella, le sería difícil avanzar conmigo en las espaldas. Si no hubiera bajado el poder de su magia con tanta severidad nos habríamos escabullido entre los matorrales.

Ella sabía que existían numerosas cavernas abiertas en las rocas y me di cuenta que tenía la intención de bajar por el acantilado hasta entrar en una de ellas para perdernos en el laberinto pétreo de la montaña. ¿Cuál sería nuestro destino? Ni la gran diosa de la magia lo sabía.

Cada latido de mi corazón era un bombazo dentro de mi pecho, el aire del río quemaba mis pulmones y mis delgadas piernas parecían quebrarse con cada paso. No era cansancio, a esa edad podría correr como las pequeñas gacelas de las praderas. Lo que mermaba mi vitalidad era el temor pues, a los pocos minutos que tomamos aquel sendero, una potente voz gritó el nombre de mi madre y el eco retumbó en el profundo espacio abierto entre las montañas como. Fue como si un trueno hubiera gritado: «¡¡Isis!!».

Al escucharlo mi madre y yo detuvimos la carrera y por unos segundos nos convertimos en pequeños bultos de piedra; fríos, estupefactos y inmóviles. Madre apretó mi mano y jaló de mí sacándome del trance, buscó la sombra de algunos árboles que languidecían en el camino y siguió adelante conmigo a cuestas.

Era Seth.

El mismo dios de la guerra era quien pisaba nuestras las huellas. Montado en sus extrañas bestias parecía estar respirando detrás de nuestras orejas. Mi madre no miraba atrás, a mí me venció la curiosidad y pude ver las gigantescas patas de un león con alas. Temblé de solo imaginar que si el animal se acercaba a nosotros estaríamos perdidos.

Tomamos un camino aún más estrecho que el anterior, me faltaba el aliento, mi cuerpo temblaba sin control y me preguntaba por qué ese dios monstruoso nos odiaba tanto. Tuve que seguir las huellas dejadas por mi madre para no tropezar con las piedras. Cualquier paso en falso retrasaría nuestra huida y sería el fin para los dos.

De pronto, delante de nosotros, vimos a dos hombres de gran tamaño con unas extrañas espadas en la mano, luminosas como nunca había visto antes. Mi madre se detuvo de improviso, me resguardó detrás de su cuerpo, levantó el brazo y dijo algo que en ese momento no entendí. La roca donde los dos atacantes miraban a mi madre tembló y uno de ellos cayó hacia el vacío, el otro saltó a un lado y mi madre aprovechó el momento para tomar otra ruta, una donde nosotros mismos tuvimos que abrir el camino entre el escaso follaje.

Corrimos entre los arbustos secos y las puntiagudas piedras que herían mis pies. Mi madre estaba extrañamente callada, miraba cada rincón para ver por dónde huir o donde podríamos refugiarnos. Estábamos solos, nadie nos ayudaría. Incluso la diosa del cielo nos contemplaba de lejos sin mover ni una sola nube o convocar las aguas del firmamento y el dios de la tierra prefirió permanecer dormido para no ver la angustia de su hija sagrada.

Nuestra desesperada carrera nos llevó hasta una saliente tan alta como las murallas de las ciudades del Mashrek. Una firme punta rocosa que avanzaba y se adentraba más allá de las orillas del Iteru. Pocos metros más adelante las cataratas bullían con fuerza y ocultaban las voces de los cazadores que corrían detrás de nosotros.

Mi madre se detuvo, se inclinó hasta estar a mi altura, me abrazó, me puso un manto sobre el cuerpo y me dio un beso. Vi lágrimas en sus ojos y pensé que esa era una despedida. Me aferré a su cuello con las pocas fuerzas que quedaban en mis escuálidos brazos y cuando mis manos cansadas no pudieron estrecharla más, dejé que en su regazo me regalara algo de calor.

A sus espaldas sonó la voz potente de un hombre, aquel que nos perseguía. Mi madre su puso en pie de inmediato y me cubrió con su cuerpo. Yo sujetaba su viejo vestido de cáñamo sintiendo el frío del terror en la nuca y pensando que eso no podía estar pasando.

Recuerdo que mis dedos me dolían y que escuchaba el ensordecedor sonido del río como si gritara en mis oídos. Era un dios muy pequeño e insignificante, un dios que podía perder la vida si se ahogaba y que no había desarrollado ningún poder divino. No sabría cómo luchar contra la muerte y la carne que habitaba era un cuerpo imperfecto que no estaba preparado para resistir la presión y el aliento bajo el agua.

La voz que se dirigía a mi madre era la de Seth. El rey de Mashrek estaba frente a nosotros, tenía un centenar de cazadores rodeándonos con armas extrañas que brillaban en la oscuridad y solo quería una cosa de los dos.

—¡No tienes a donde ir Isis! —Su voz sonaba como una irónica trompeta de batalla y me provocaba pavor—. Vuelve conmigo a Nubt, sé mi reina y tal vez le perdone la vida a ese bastardo.

Sentí que el corazón se me cuarteaba. Varias veces había escuchado a los niños de los pueblos llamarme de esa manera tan ruda porque me veían sin padre y porque todos decían que mi madre era una mujer rara, loca y sucia. Nadie podía ver la gloria que llevábamos por dentro.

—¿En verdad perdonarás la vida del hijo de Osiris? —Mi madre estiró el brazo y me sujetó del hombro pegándome a ella—. ¿Qué harás con él, Seth? ¿Será tu esclavo?

Seth comenzó a reír a carcajadas y sentí que su khopesh rasgaba la roca puntiaguda donde estábamos parados. Mi madre comenzó a retroceder hacia el río. Durante unos segundos intenté resistir su empuje; pero fue vencido por su enardecida fuerza y retrocedí con ella.

—¡Ese maldito es mi enemigo y ya sabes lo que hago con mis enemigos, hermana! —dijo Seth y con la espina estremecida por el espanto comprendí perfectamente sus palabras.

Quería que mi madre empleara el poder de su magia, quería que le nacieran alas para salir volando y alejarnos de ese reino de terror, pero mi madre siguió retrocediendo lentamente, tenía su brazo derecho estirado hacia adelante y con la mano izquierda seguía sujetando mi hombro. Caminamos de espaldas hasta llegar al borde del roquedal. Abajo, el río formaba picos que se estrellaban contra las rocas y su aroma parecía el aliento de una gigantesca serpiente a punto de devorar a la presa.

Con el siguiente paso entendí qué quería hacer mi madre y pensé que esos serían mis últimos minutos en Kemet, en ese cuerpo delgado, eternamente infantil, en esa vida de miseria, en ese estado de terror, rencor y dolor.

Quise convencerme de que tal vez sería mejor así; pero volví a temblar presintiendo mi muerte.

—¡Entonces tendrás que matarnos a los dos, Seth! ¡Considérame tu enemiga! —gritó mi madre sin dudar—. ¡Mataste a mi esposo y me quitaste todo el honor de diosa y de mujer; pero si tocas a mi hijo juro que mi venganza no tendrá límites!

—Está bien Isis. —Seth reía como loco y yo asomé la mirada para ver cómo era ese monstruoso ser; pero mi madre volvió a cubrirme con su cuerpo—. No tienes por qué sacar las garras contra tu querido hermano menor. Dejaré que ese asqueroso niño viva. ¿Está bien?

Mi madre apretó aún más mi hombro y entre dientes me dijo algo que heló mi sangre.

—Horus no temas hijo, yo te sostendré —masculló como ave herida.

—Madre… no. Tengo miedo… no lo hagas… —supliqué.

Mi madre retrocedió un largo paso. Mi pie se deslizó más allá de la roca y el horror se apoderó de mi cuerpo cuando ella retrocedió el otro pie.

Caí y el manto que me cubría voló con la fuerza del viento que golpeaba desde la primera caída de agua. Sentí el vacío de la larga caída, alcancé a ver cómo la arena en la orilla del río se levantaba y formaba largos brazos casi como serpientes sin fin que se movía hacia nosotros.

Levanté la mirada y mi madre también caía. De su mano se desprendió un rayo, no tan potente como aquellos que alguna vez la vi lanzar en la oscuridad de las marismas que formaba el limo, con él detuvo al animal que Seth formó con su arena y pocos segundos después mi cuerpo se hundió en el torrente del bravo Iteru.

Estaba tan aterrado que no quise luchar para salir a respirar, me dejé arrastrar por la corriente que enloquecida me llevó contra las rocas. Recuerdo haberme golpeado el brazo contra la gruesa superficie de un troco y sentir un agudo dolor.

Unos segundos después, cuando el propio río me devolvió a la superficie, volví a caer y oía la voz de Seth que retumbaba entre los acantilados, maldiciendo, llamando a mi madre y llamándome bastardo. El agua llevaba mi cuerpo de un lado a otro y lo golpeaba contra las corrientes y las pequeñas rocas. Vi a mi madre pasar junto a mí, ella estiró el brazo intentando asir mis cansadas manos, pero estaba muy lejos y el peso del agua evitaba que se moviera con destreza.

La diosa que alguna vez había sido ama y señora del río sagrado de Mashrek estaba siendo devorada por sus aguas y yo junto con ella.

Abajo nos esperaba la espuma de un gigantesco remolino del cual no íbamos a salir. Nos tragaría como lo hacía con muchos animales, hasta los cocodrilos evitaban nadar por ese sector del río donde las aguas de la segunda catarata golpeaban hasta el centro mismo del lecho. Nos esperaba la muerte y quise llorar porque quería seguir viviendo, la voluntad de seguir en este mundo me hacía luchar contra las aguas y me obligaba a buscar las manos de mi madre. De pronto en medio del gutural sonido del río escuché la voz del dios que creó mi espíritu y me envió desde un reino lejano de los cielos con un solo mandato.

«Tienes una nueva oportunidad», me dijo el día que dirigió mi alma a Kemet para habitar el cuerpo de un dios solar.

Mientras entraba en el fondo del furioso remolino me pregunté por qué el dios supremo me dio una nueva oportunidad. Pensé que aquel dios lejano que jamás respondía mis llamadas se había equivocado y cuando el vacío de la caída tragaba mi esperanza mi corazón se iluminó porque recordé mi propósito.

De pronto una poderosa mano que salió de la nada sujetó mi brazo.



Notas de autor:

Tal como lo prometí este es el primer extra de Deja-Vú que lanzaré durante los treinta días que trae noviembre y donde compartiré el testimonio del pequeño Horus durante sus días en Mashrek.

Quiero agradecer de forma especial a una artista muy joven que se encargo de hacer la portada para este extra.

Pchic0la_dibuja a quien pueden encontrar en sus cuentas de Facebook y Twitter que comparto a continuación:

https://www.facebook.com/Pchicoladibuja

https://twitter.com/Pchic0la_dibuj4

Arte, humor, puntualidad y responsabilidad son los componentes de su trabajo. Gracias mi Pichi.

Agradezco vuestro apoyo y vuestros comentarios.

Seguimos en contacto.

2 Novembre 2021 00:05:09 2 Rapport Incorporer Suivre l’histoire
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Sharay Anime Sharay Anime
BELLISIMO MI MARY !!!!!
November 04, 2021, 10:32

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