Histoire courte
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Un mismo asiento

Otro viernes, otra tarde, otro pasaje.

El camino a casa no era tan malo, pensaba la joven mujer mientras se sentaba en la parte trasera del autobús. A esa hora, en esa ruta, había muchos asientos libres, y el trayecto era bastante tranquilo.

Su nuevo trabajo era fascinante, lo único malo es que quedaba bastante lejos de su hogar y necesitaba tomar ese camión para llegar a él. No podía permitirse comprar un auto en ese momento, así que un asiento en ese autobús sería su único medio de transporte por algunos años.

Todos los días a esa hora de la tarde se encontraban las mismas ocho personas: Dos ancianas ya jubiladas, un hombre que siempre hablaba enfadado por su celular, un par de adolescentes sucios y sudados con un balón entre sus manos, una mujer con un bebé, el chofer y ella.

En ocasiones, subía más gente.

Un par de jóvenes, hombre y mujer, subieron al autobús una tarde. Ambos se notaban nerviosos, y tomaron su lugar en los asientos delanteros.

Extrañamente, la semana siguiente a esa, ambos adolescentes volvieron a subir a la ruta. Parecían más tranquilos, más acostumbrados a la presencia del otro.

La tercera semana que ambos aparecieron, la mujer supo que verlos iba a ser parte de su rutina de los viernes.

No es que a ella le gustara observar a los demás en sus asuntos, pero debía admitir que verlos a ellos dos le causaba una gran ternura.

La chica, pequeña y menuda, tenía largo cabello castaño, grandes ojos cafés y una cara redonda bastante tierna. El chico era alto, un poco fornido, con una cara más madura, enmarcada por mechones de cabello negro azabache y ojos color miel.

Cada semana que pasaba, podía notar más y más que ambos eran un par de tortolos enamorados que no tenían idea de qué hacer. Él usualmente titubeaba en sus palabras y ella reía ante su timidez, poniéndolo aún más nervioso.

A las ocho semanas aproximadamente, ambos subieron a la ruta con una gran sonrisa. La chica llevaba un sencillo pero lindo ramo de flores en sus brazos. Esa imagen hizo reír a la mujer de felicidad, y tuvo que disimular su propia emoción con una tos falsa.

Había una extraña belleza en las escenas que le brindaban esos dos.

En ocasiones, ella terminaba exhausta por el trabajo y el ver a la joven pareja riendo le brindaba relajación. También, durante las pocas veces en las que ella no se encontraba nada bien, los dos adolescentes enamorados le daban un poco de esperanza.

La mujer suponía que subían a esa ruta después de estudiar, pues siempre bajaban en una parada cerca de algún centro comercial o cerca de una estación. Sea como sea, se podía sentir a kilómetros la inocencia que una relación a esa edad podía ofrecer.

No importaba si era un día lluvioso, soleado, ventoso o si estaba helando, ambos adolescentes subían cada viernes.

En los demás pasajeros, se podía apreciar cambio en sus vidas.

El chofer, comenzó a adelgazar; el hombre que siempre parecía enfadado, comenzó a sonreír después de varios meses y se mostraba especialmente amable con la mujer que subía con su, ahora, niña pequeña; los dos chicos que subían al camión, sucios y lodosos estaban creciendo y, un día, en lugar de haber dos ancianas jubiladas en el autobús, solo había una.

Los dos adolescentes, sin embargo, no sufrían cambios. Claro, un día la joven apareció con su cabello más corto, y el chico se notaba un poco más robusto, pero su actitud seguía siendo la misma: tierna, divertida y jovial.

La mujer, aunque no podía admitirlo en voz alta, amaba sus escenas rutinarias.

Pero una vida sin cambios, no es vida.

Una semana, ella parecía estar molesta con él; la siguiente, el chico se veía más serio de lo usual; tres semanas después, la niña tenía los ojos y nariz extrañamente rojos.

La mujer no entendía lo que sucedía, y cada vez que parecía que algo andaba mal, reprimía el impulso de preguntarle a los dos qué era lo que les ocurría.

No podía hacer nada más que ver cómo las escenas de los dos jóvenes se volvían menos dulces, menos alegres. Ella simplemente los observaba, un día a la semana, desde el asiento de un viejo autobús.

Y de repente, una tarde, ninguno de los dos apareció.

Pasaron las semanas, y a veces subía el chico, ignorando al mundo con un par de audífonos en sus oídos. En ocasiones subía la chica, jugando con sus llaves durante su viaje.

Pasaron los días, pero ya no subían juntos.

Pasaron las semanas, y la mujer seguía en el mismo asiento de un viejo autobús.

Pasaron los meses, y la mujer tuvo el dinero suficiente para tener su propio auto.

Pasaron los años, y la mujer subía al camión cada semana, sentándose en el mismo asiento, en el viejo autobús, buscando en vano una historia que ya no existía.

5 Septembre 2021 13:37:48 0 Rapport Incorporer Suivre l’histoire
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La fin

A propos de l’auteur

Isari AS La lectura nos lleva a la mente y corazón del escritor, espero poder mostrarles lo mejor de mí a través de lo que hago.

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