jessicagiffuni Jessica Giffuni

Continuación de ''La niebla de los bosques''. Segunda parte Cinco años después, Jess, dispuesta a enfrentar el pasado que tanto la atormenta, decide regresar a visitar a sus padres, lo que no sabe es que aún el peligro asecha al peculiar pueblo de Menchas, solo que ahora trae consigo una nueva envoltura, el nuevo inspector. ¿Podrá Jess salvarse está vez? ¿Descubrirá la verdad?


Horreur Horreur Adolescente Déconseillé aux moins de 13 ans.

#paranormal #misterio #drama #suspenso #295
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Las gotas hostigan el parabrisas como proyectiles en un campo de batalla, obligándome a encender el limpiaparabrisas, el habitual clima me anuncia que en cuestión de minutos estaré por entrar al pueblo de Menchas.

El corazón se me encoje a tal punto que siento, que en cualquier momento se me detendrá, pensé que regresar cinco años después me sentiría distinta o tal vez neutra frente a los recuerdos que me persiguen en mis pesadillas.

Veo el cartel de ''Bienvenidos a Menchas'', otro golpe en mi corazón, bajo la velocidad de mi Volvo S60, respiro hondo y me repito el mantra que he estado diciéndome toda la semana ''Todo está bien, todo estará bien, solo es una visita''. Lo repito varias veces con la vista puesta en la carretera esforzándome para no voltear a mirar el bosque.

Enciendo la radio donde George Mccain da el pronóstico del día, al parecer lloverá todo el día algo que no me sorprende, es común de este lugar. Me concentro en la voz de George y en la carretera, por fin logro tranquilizar mis emociones.

A lo lejos veo una silueta de un hombre de pie en medio de la calle, toco bocina para que se quite, pero este parece no escucharla, se mantiene plantado mirándome. Vuelvo a tocar ¿Qué onda con este tipo? algo me resulta familiar en él, ¿Óscar?, ¡Óscar! clavo los frenos terminando frente suyo. Me quito el cinto con rapidez, abro la puerta y bajo torpemente del coche, sin embargo, no hay nadie. Miro alrededor, nadie solo yo. Vuelvo a subir al coche, cierro la puerta y recuesto mi cabeza en el volante, fatigada, seguro me estoy volviendo paranoica.

Vuelvo a abrochar el cinto y arranco hacia casa de mis padres, el corto trayecto que me queda no paro en pensar en el chico que vi en la carretera, era él, estoy más que segura que era mi amigo.

Entro al centro de Menchas, todo se mantiene igual, nada ha cambiado en estos últimos cinco años, sigo conduciendo hasta pasar por la cafetería, la nostalgia y los recuerdos vuelven a inundarme. Si, fuera otro futuro, apenas pisara Menchas ya hubiésemos organizado un encuentro aquí en la vieja cafetería y todo volvería a hacer igual que antes, ponernos al día, compartir anécdotas, la torpeza de Óscar, ir de compras con Ginya. Pero no se puede regresar el tiempo atrás y nunca haber ido a esos malditos bosques y ellos estarían... estarían... siento mis mejillas ardiendo y pegajosas, no recuerdo cuando comencé a llorar.

Levanto la mirada al cielo — Cuanto los extraño — expreso. Cierro los ojos dejando que las lágrimas caigan por mi cara. Me limpio el rostro, y regreso a conducir.

Después de unos largos minutos a fin de cuentas llego a mi antigua casa, al parecer algo que esta cambiado, el jardín esta lleno de plantas incluso tiene hasta un pequeño nomo, y ahora es amarilla como el sol, no me gusta mucho, pero tampoco me desagrada.

Aparco el coche en la entrada, apenas apago el motor y mi madre ya salió corriendo a recibirme. Bajo cerrando la puerta detrás de mí y dejo que mi madre me envuelva en un cálido abrazo, después de cinco años era lo que más necesitaba para calmar la tristezas de mi alma.

— ¡Cariño! estás aquí — dice con la voz quebrada.

— Hola, mamá — le regalo una sonrisa melancólica, sin embargo me permito llorar.

— No tienes idea de cuánto te hemos echado de menos, mi niña.

— Lo sé, mamá. Yo igual los he echado bastante de menos — la sonrisa de mi madre me llena por dentro.

— Entremos antes que vuelva a llover. Tu padre llegara en cualquier momento de trabajar.

La sigo hacia la casa. Entro, pero siento que no pertenezco aquí a mi hogar, no hay nostalgia ni recuerdos que me invadan de felicidad, solo siento dolor y aún más cuando miro a mi madre, ella no tiene idea de lo que hice aquella tarde en el bosque, ni lo que sacrifique, pero algo sé, que gracias a ese sacrificio salve muchas vidas. Las desapariciones y muertes repentinas cesaron bastante desde aquél día.

— Cuéntame ¿Qué tal la universidad? — pregunta mientras la sigo a la planta de arriba, donde se encuentra mi antigua habitación.

— Bien, normal.

— ¿Normal, en tu último año? - me lanza una mirada preocupada.

— Mamá, es lo de siempre, mucho estudio, exámenes que preparar — me encojo de hombros.

— Yo hablaba de amigos, ¿algún muchacho? — abre la puerta de mi cuarto. Todo, se mantiene intacto. Siempre creí que cuando me marchara a la universidad, mi madre sacaría mis cosas de cuando era más joven y las guardaría en el ático.

— No puedo distraerme en mis estudios, es mi último año — agarro mi viejo oso de felpa, lo miro y lo regreso a su lugar. Miro alrededor y lo único que veo que falta, son las fotos junto a los chicos.

Mi madre se da cuenta enseguida — Pensé que seria mejor quitarlas para cuando llegaras, no quiero que vengas a angustiarte, sino a pasar lo mejor posible.

— Gracias mamá — me limito a decir.

— ¿Qué tal, si me ayudas a preparar la cena? — apoya su mano en mi hombro, regalándome una compasiva sonrisa. Asiento sin decir nada.

La sigo y cierro la puerta detrás de mí. Ya en la cocina me toca lo habitual preparar la ensalada, comienzo a picar la verdura.

— He pensado en ir de compras al centro mañana, así ya elegimos tu atuendo para la graduación.

— Mamá, queda un par de meses todavía — entrecierro los ojos.

— Lo sé, pero sería divertido comprar juntas y distraernos un poco — suelto la cuchilla de golpe sobre la mesada.

Doy un respingo — No vine acá para que me distrajeras, vine a visitarlos a pasar estos días con ustedes porque los extraño. Se supone que me debo enfrentar al pasado.

— Jess, es que no. No quiero verte como la última vez — sus ojos se llenaron de lágrimas, me mordí el interior de la mejilla para no ponerme a llorar.

— Estoy bien.

— Nunca quisiste contarnos que sucedió — piensa la palabra antes de terminar.

La puerta principal se abre justo, cuando mi madre abre la boca para acabar la frase.

— ¡Ya llegue! ¿Dónde está mi niña? — agradezco infinitamente la interrupción de mi padre, me ahorra entrar en discusión con mi madre.

— Papá.

— ¡Oh! mi caperuza. ¿Cómo has estado? — dice envolviéndome en un fuerte abrazo. Lo abrazo de igual forma, pero, sin aviso previo comienzo a sollozar.

— ¿Por qué lloras, cariño? — me aparta agarrando mis hombros para que lo mire, me limpio las lágrimas con la manga de mi buzo.

— Los extrañe mucho.

— Jess — dijo mi madre acariciando mi espalda.

— Nosotros también te extrañamos hija — mencionó mi padre.

****

La cena fue agradable, pese que me llenaron a preguntas de la universidad, las cuales respondí a todas con gusto, con la espera que no saliera el tema de hace cinco años atrás. Levante la mesa y me ofrecí a lavar los platos, mientras mi madre preparaba su habitual café.

— Subiré a mi habitación, estoy algo agotada del viaje — excuse secando mis manos.

— Está bien — responde mi madre no muy contenta, pero ignoro la expresión de su rostro. La saludo y subo a mi cuarto y tranco la puerta, quiero estar sola, en verdad lo necesito, los ojos se me cierran del cansancio. Me apronto para dormir y me meto debajo de mis cálidas mantas, sin embargo, mi mente empieza a recordar todo lo vivido del día, sin saltearse la aparición de aquél chico en la ruta, quién juro que era Óscar.

Me pongo a observar el techo, los ojos se me cierran pero, el recuerdo de la ruta no me deja, tomo mi reproductor mp3 de mi bolsa, le doy play a la lista de reproducción y me concentro en la música dejando en blanco mi mente, los parpados comienzan a cerrarse hasta que todo queda negro.

El sonido de las aves me despierta, es encantador escucharlas. Abro despacio los ojos, aún sigo mirando el techo, estiro lento el cuerpo para desperezarme y me siento en la cama, me parece extraño que las cortinas se encuentren cerradas, no recuerdo cuando, en que momento las cerré, incluso el dulce sonido de las aves resuenan del otro lado.

Bajo despacio de la cama, camino hacia la puerta, quito la tranca, la abro confiada, pero el pasillo de arriba no esta, sino un oscuro bosque, esto debe ser una pesadilla pienso para mis adentros. Cruzo al otro lado, pero mi habitación también desaparece, estoy frente a la Chevrolet Pick - up, siento como la sangre se me hela en las venas, esto no puede estar sucediendo, él esta muerto, yo lo maté.

— ¡Estás muerto! — grito.

— Estamos muertos — responde una voz femenina y familiar. Me vuelvo de golpe hacia ella. Ginya.

— Gin.

— Asesina — me escruta con la mirada vacía.

— ¿Qué? Gin — doy un paso a donde esta, para mi asombro se acerca a mi sin quitarme la mirada de encima.

— Asesina. Nos arrebataste la vida, eso no hacen las amigas — escupe las palabras con frialdad.

— No fue así — sollozo — Él jamás me diría su ubicación. Solo me mataría.

— Pero hubieses muerto con tus amigos — el odio radia de su rostro pálido y sin vida.

— Y muchas personas continuarían muriendo — respondo entre llanto.

— ¡Cobarde! — me grita.

— Gin, por favor...

La figura de la ruta que había visto al llegar aparece detrás de ella, se acerca dejándose ver bajo el claro de luna, Óscar.

— Eres una asesina — me acusa sin expresión alguna.

— Nunca quise abandonarlos, pensé que...

— ¿Qué ya estábamos muertos? — pregunta Gin — Nos dejo morir mientras desangraban nuestras heridas en lo profundo del maldito bosque.

— Tu lo mataste y nunca viniste por nosotros — dijo Óscar, clavando su mirada frígida en mí.

— Ustedes me dijeron que no fuera al bosque a buscarlos — los miro a los dos, por defecto la risa de Ginya me desconcierta y en cierto modo me asusta.

— ¿Enserio? ¡Mentirosa!

— ¡No!

— Nos dejaste morir para salvarte a ti — dice Óscar con el gesto serio.

— Ahora pagarás — La figura de Gin empieza a cambiar de forma, su rostro se vuelve masculino, su complexión más grande, pero su sonrisa, esos dientes afilados, se transforma en él, en el inspector. Saca un arma, el mismo arma que use, me apunta y jala del gatillo.

— ¡No! — abro los ojos y me encuentro sentada en mi cama, oigo a mi padre llamándome y golpeando la puerta del otro lado para abrirla, de pronto un pequeño hacha traviesa la puerta haciendo un hueco en donde una mano pasa y abre la tranca.

Me sobresalto y vuelvo a gritar. Mi madre entra corriendo a envolverme en sus brazos y mi padre la sigue detrás.

— Cariño, tranquila ya paso fue solo una pesadilla.

— ¿Una pesadilla? — pregunto aturdida.

— Sí — me contesta mi padre — Oímos tus gritos.

Miro a la mesita de noche, mis pastillas para las pesadillas, no las tomé.

— Jessica, ¿Qué sucede? — me interroga mi madre, la miro, por su expresión sé que debo seguir asustada.

— Nada, fue solo un mal sueño.

— Con los chicos — dice papá. Asiento con la cabeza incapaz de responder con palabras.

— Quiero regresar a dormir — les digo antes que comiencen el interrogatorio.

— Esta bien. Dejaré la puerta arrimada.

— Pero — mi madre interrumpe.

— Vamos cielo, dejemos que descanse — observa el frasco de pastillas, luego a mi padre y se pone de pie, siguiéndolo hasta la puerta.

Dejan la puerta arrimada como prometió mi padre, me siento tonta y vulnerable como una niña. Tomo el frasco y me trago dos pastillas, me doy vuelta hacia la pared y cierro los ojos.

El ruido de abajo me despierta, pero esta vez veo los rayos de sol entrar por la ventana y alumbra parte de la habitación. Me pongo de pie algo aturdida, la cabeza me pesa y me cuesta aclarar un poco la vista, sé que son los efectos de las pastillas ya que me pasé y abuse tomando dos. Logro estabilizarme y voy a la ventana, miro y veo a mi padre limpiando el garaje. Todo lo antiguo, muebles, viejas bicicletas, cajas de juguetes de cuando era niña, ropa, todo esta fuera en el jardín de casa, súbitamente veo a un hombre un poco mayor que yo, por como luce no pasa los treinta, parece estar cargando una camioneta cuya marca desconozco, nuestras pertenencias se hayan en ella.

Me visto de prisa y peino mi cabello con un moño desarreglado, bajo rápido las escaleras, todavía con la cabeza atontada, veo a mi madre con una taza de café en sus manos mirando por la ventana, me le acerco lento para no asustarla, sin embargo me nota antes de que llegue a la cocina.

— Ya estás despiertas — dice con suavidad tomando un sorbo de su café.

— Buenos días — la saludo y me pongo a observar por la ventana a mi padre y al joven. Es guapo, aliñado y sencillo a la vez — ¿Qué están haciendo? — le preguntó a mi madre sin quitarle la mirada al chico.

— Tu padre le esta dando a Brian, lo que ya no usamos más para donarlo a la caridad.

— ¿Brian? — entrecierro los ojos.

— Sí, es el nuevo inspector del pueblo hace tres años.

El corazón se me encoje, rápidamente, cayo mi ego ''no todos tienen que ser asesinos'' le repito.

— Porque no vas a saludar, te haría bien un amigo, Brian es muy amable.

— Ya no tengo siete años para que me mandes a hacer amigos nuevos — mi comentario le saca una risita tonta, de igual forma me lo hace a mí.

La rodeo, había olvidado lo pequeña que era la cocina. Agarro una taza limpia del mueble y me sirvo un café. Por fortuna mi madre no hace ningún comentario sobre mi pesadilla de anoche.

Bebo un sorbo — Pensé en dar una vuelta en el coche luego, tengo que comprar unas cosas para la universidad — le anunció a mi madre que no quita la mirada de la ventana.

— ¿Quieres qué te acompañe?

— No, gracias — respondo, me doy cuenta de mi tono cortante — No es que no quiera que me acompañes, es que debo dar varias vueltas — digo esta vez con voz suave.

— Tranquila querida, lo entiendo.

Mi padre entra de repente secándose el sudor con un trapo manchado quiero pensar que esta manchado a que se este limpiando con uno sucio.

— Pasa Brian, no seas tímido hombre.

El joven entra con cautela, saluda a mi madre con la cabeza.

Es alto y delgado, pero bendecido con un marcado cuerpo en conjunto con su tez mestiza, sus ojos verdes y su cabello estilo Bouffant me cautivan, creo que si continuo mirándolo, corro el riesgo de que se me caiga la saliva y me vea como una tonta. Seguro debe tener muchas mujeres detrás de él.

— Oh veo que ya estás despierta, mi caperuza — me saluda mi padre sirviendo dos vasos de agua fresca — Pero que mal educado soy. Brian, ésta es mi hija de quien te he hablado, Jessica.

Genial, lo que me faltaba mi padre le había estado hablando a este completo extraño, desconocido sobre mí y como si fuera poco a un policía. Me dedica una tímida sonrisa mostrando sus dientes, lo observo bien, tiene cicatrices en sus brazos y le faltan unos falanges de su mano derecha, eso me llama la atención ¿Cómo? ¿Dónde? y ¿Por qué perdió sus dedos? ¿A qué se deben esas cicatrices? Mi cerebro comienza a preguntarse, aún así, me percato de que lo estoy examinando con la mirada y reacciono de manera precipitada — Un gusto, Jessica — tiendo mi mano, duda antes del contacto, sin embargo estrecha mi mano con suavidad y asienta con la cabeza.

— Brian, ¿Te gustaría acompañarnos a desayunar? — le pregunta mi madre con una amplia sonrisa interesada.

— Le agradezco señora, pero como sabe los sábados son atareados para mí — me tranquiliza saber que al menos no es mudo. Su voz es áspera y dulce a la vez, una mezcla muy determinada.

— Bueno, a ver si un día de estos puedo convencerte de que nos acompañes.

Le dedica una leve sonrisa a mi madre.

— Ok, deja ir al muchacho, Marta.

Mi madre le tira una mirada asesina a mi padre, sin embargo saluda con una sonrisa a Brian, éste los saluda y me examina con la mirada, algo que me incomoda un poco, pero a la vez me gusta. Me dedica una sonrisa y acompaña a mi padre afuera.

— No, digas nada — le advierto a mi madre quién me mira con una sonrisa socarrona.

Dejo mi taza en el lavavajilla y subo a mi habitación a cambiarme. Miro el reloj de mi mesita de noche y me apronto lo más de prisa que puedo antes de que cierre la librería de Marie.

Reviso mi cartera y tanteo los bolsillos de mi abrigo antes de salir del cuarto por si se me olvido algo, bajo las escaleras y agarro las llaves de mi coche.

— No me esperen para almorzar — le aviso a mi madre y le doy un abrazo.

— ¿Llegas a cenar? — pregunta mi madre. Como si fuese a salir con alguien, desde la muerte de los chicos, no hay nada más en este pueblo con quién me haya relacionado en el pasado, y pueda decir que puedo organizar una salida.

— Sí. Solo pasaré el resto del día haciendo mis cosas — digo cerrando la puerta de casa. Presiono el llavero para desactivar la alarma.

— ¿A dónde vas tan temprano mi caperuza? — anuncia mi padre saliendo de la cochera con una caja en mano.

— Tengo un par de vueltas que dar en el pueblo, vuelvo antes de la cena.

— ¿Me podrías hacer un favor?

— Sí, claro — respondo encendiendo el auto.

— ¿Puedes llevarle esto a Brian? — me muestra la pequeña caja — Son algunos de mis viejos periódicos — concluye. Lo miro y bajo la mirada a la caja ¿Por qué coleccionan estás cosas?

— Por supuesto ¿A dónde se lo llevo?

— A la estación.

— De acuerdo.

Miro de nuevo mi reloj — Papá, debo irme o cerrará la librería.

— Ten cuidado, cariño. Y no te olvides por favor de entregarle eso a Brian, me lo pidió hoy sin falta.

Asiento con la cabeza y acelero.

Conduzco hasta el pueblo en silencio, sin radio, sin nada. Observo por el rabillo del ojo la caja de los periódicos, ¿Por qué tan urgente? Vuelvo a consultar la hora, en diez minutos Marie ya cierra, acelero un poco más.

Aparco frente a la librería, tomo mi cartera y bajo del coche. Cruzo la calle corriendo justo cuando veo a Marie dando vuelta al cartelito de ''CERRADO''.

— ¡Espera! — grito. La mujer me mira extraño con los ojos achinados y rápidamente los abre como platos.

— ¿Jessica?

— La misma — sonrío agitada.

— No puedo creerlo ¿Cuánto tiempo? — dice destrancando la llave de la puerta — Pasa.

Entro todo sigue igual, nada ha cambiado ni siquiera las estanterías de lugar. Me acuerdo que cuando éramos más jóvenes con Gin, solíamos discutir los cambios que le haríamos a este lugar si fuese nuestro. Siento una punzada en el corazón al recordar aquello.

— ¿Cuánto tiempo ha pasado? — me pregunta Marie devolviéndome a la realidad — ¿Cuatro, cinco años?

— Cinco — respondo.

— ¿Gustas una taza de café?

— No, gracias acabo de desayunar.

— Los sábados se me pasa volando el tiempo que ni recuerdo que todavía no es mediodía.

— Aún sigues cerrando a la misma hora — digo echándole un vistazo a las estanterías.

— Sí, muchas cosas no cambian por acá — se encoge de hombros — ¿En qué puedo ayudarte?

— Ya veo. Necesito unos libros de economía.

— Así que te fuiste a la universidad a estudiar eso. Buena elección.

— Gracias.

— ¿En cuál estás?

— En la WCU la universidad de Washington.

— Recuerdo cuando tu y los chicos venían y disputaban sobre que universidad irían — cuenta Marie buscando los libros que le pedí.

— Si, me acuerdo — respondo casi en un susurro. Marie se voltea apenada.

— Los siento. No quise — le hago un gesto con la mano para que no continúe.

— Esta bien — dibujo una media sonrisa. Me da los libros — ¿Cuánto te debo?

— Puedes pagarlos cuando tengas que volver al centro.

— Me voy el lunes — le anuncio sacando mi cartera.

— ¿No te dan más días en la universidad?

— Los suficientes para prepararme para el próximo semestre. Quédate con el cambio.

Me despido de Marie que me acompaña a la puerta — Me alegro verte, Jess. Y perdón por haberte puesto incómoda.

— A mi también me alegra verte, Marie. Descuida — la saludo con la mano y cruzo a guardar los libros en el coche.

Almuerzo en el restaurant de comidas rápidas Middle. Doy las vueltas en las tiendas, compro todo lo que preciso antes de regresarme a Washington y para terminar vuelvo a Middle por un café, para no tener que ir a la cafetería de la carretera y enfrentarme a las personas que me conocen como los recuerdos que podrían revivir o que el lugar tiene.

Vuelvo al coche cargada con las bolsas, guardo todo en la cajuela y me siento dentro, miro el reloj en una hora anochecerá. Me pongo en marcha a la estación de policía.

Llego a la estación, apago el motor. Tomo una bocanada de aire y miro la caja ¿Recortes? digo a la nada. Apoyo la caja sobre mi falda y la abro. Hay periódicos del más amarillento hasta el más blanco de la semana pasada, empiezo a leer el encabezado de las noticias, son crímenes. Los paso de largo hasta que un encabezado me deja paralizada, ''LA ÚLTIMA MUERTE QUE CAUSA RANDONAUTICA'' leo la noticia, aunque la voz en mi interior dice que no lo haga. La ignoro y comienzo a leer.

''La famosa y nueva aplicación Randonautica causa sensación y pánico en los jóvenes del pueblo de Menchas, lo que nos deja a la intriga de la desaparición de los adolescentes.

Al parecer la misteriosa aplicación causa curiosidad en estos jóvenes, lo que los lleva a atreverse a usarla para luego desaparecer la mayoría sin dejar rastro alguno.

Una fuente desconocida revelo que en un peculiar canal de YouTube se subían videos de las muertes de personas menores de dieciocho años, el canal fue investigado por el departamento de tecnología criminal de la policía, pero desafortunadamente el usuario no dejo rastro alguno. Al parecer hay sospecha de que quien subió los videos los eliminó de la plataforma para despistar a la policía.

El caso se cierra con la desaparición de los cuerpos de Ginya Rivera y Óscar García, ambos jóvenes fueron capturados en los bosques de Menchas, según el interrogatorio de la joven Jessica James quién declaro que estuvo con sus amigos ese día y pudo huir.

Los cuerpos de estos jóvenes continúan desaparecidos, hasta el momento solo hayan prendas de la vestimenta de uno de los jóvenes y el móvil'' .

Las lágrimas caen por mi ardiente cara, doblo y lo aparto, agarro el siguiente con el encabezado ''RANDONAUTICA: MUERTE O ESCAPATORIA'' veo dos fotos una de Óscar y otra de Gin.

''El misterio continua. La policía dejo el caso archivado hasta hallar nueva evidencia. El departamento de policía de Menchas plantea la sospecha de que ambos jóvenes fingieron su desaparición para huir del mismo poblado dado que ambos eran extranjeros''.

Ellos dejaron de buscar, con el descaro de poner la escusa de que huyeron. Óscar y Gin jamás harían algo así. La imagen de mi amigo en la carretera la tengo presente en mi mente como un flash — ¿No puede ser verdad? — pregunto para mi misma.

Recuerdo que la mayoría de los casos la policía abandonaban la búsqueda dando explicaciones vacías, seguramente eran patrañas como esta. Enrollo la hoja convirtiéndola en una bola de papel arrugada, y la arrojo a la caja de nuevo.

El inspector. Tiene que haber noticia de él, sé que su cuerpo nunca lo encontraron sino ya estaría en la cárcel hace tiempo, tampoco es que fuera tan imposible de encontrarlo. Nunca maté a nadie, y cuando tuve que hacerlo fue para detener todos estos homicidios, era la única salida que encontré de todos modos él iba a matarme aquél día.

Comienzo a buscar entre la pila de periódicos que tengo en la falda, leo todos los titulares alguno que nombre su desaparición. Finalmente lo encuentro ''MISTERIO EN LA POLICÍA DE MENCHAS'' luego otro subtítulo ''¿RANDONAUTICA ESTARÁ EN ESTO?'' y es justo debajo la foto del asesino de mis amigos, el hombre que maté. Esa palabra se siente amarga en mi boca.

''La desaparición sin rastro del inspector Richard nos ha dejado a todos desconcertados. Anuncio el jefe de la policía Williams Stone.

Según la declaración del jefe del departamento de policía del pueblo de Menchas y algunos de los habitantes que conocían al inspector, eliminaron toda posible sospecha de que el mismo estuviera detrás del caso como principal sospechoso.

Se estima que el inspector pudo haber sido capturado por el mismo atacante de Óscar García y Ginya Rivera, tras buscar rastro de estos dos jóvenes desaparecidos la pasada semana''.

Cierro los ojos, aún no puedo creer que él continúa impune en el caso. Aunque si lo pienso mejor, era imposible que lo inculparan no dejaba rastro alguno, pero a mi si iban a acusarme mis huellas están en su cuerpo. Doblo de mala gana el periódico y lo arrojo dentro de la caja ¿Por qué el nuevo inspector le pediría esto a mi padre? Algo que me da comienzo a no confiar en él.

Bajo del coche y entro a la comisaria, me dirijo a la mujer con varios kilos de maquillaje detrás del mostrador — ¿Disculpe? — llamo su atención.

— ¿Sí, en qué puedo ayudarla?

— Estoy buscando al inspector, Brian.

— Temo que hoy es su día libre, pero puedo ayudarla igualmente.

— Gracias. Pero, es a él a quien busco.

— ¿Eres su novia? — aquella pregunta me toma por sorpresa.

— No — respondo cortante — No es mi novio, es que olvido algo en mi casa, perdón en casa de mis padres — digo embarrando más la respuesta.

— Menos mal, por un segundo pensé que si — me responde aquella mujer descarada. La observo por un instante y aunque lleva un exceso importante de maquillaje es mucho más mayor que mi madre.

Pienso dos veces si dejarle la caja, opto por no. Me doy media vuelta de regreso al coche. Lo arranco cansada por el largo día que estuve, pienso en decirle a mi padre los motivos por los cuales no le deje la caja a la recepcionista, seguro que el tal Brian no le hará daño esperar un día más.

Me detengo en el semáforo esperando con poca paciencia que la luz cambié, pero involuntariamente mi cabeza voltea a nada menos que ver a aquél pilar de árboles. El bosque. Siento como si algo o alguien me atrajera a el — No — me digo en voz alta. Sé que mi mente obedecerá, en cambio mi alma sabe algo que me niego a escuchar. Por suerte la luz cambia y acelero, sin previo aviso una sombra ligera se me cruza, piso los frenos y giro en la calle hasta que logro maniobrar el volante y mi auto queda apuntado en dirección a las afueras de Menchas, las bocinas me inundan los oídos. Siento como mi corazón se acelera con el susto, la respiración se me agita, aún así bajo del coche busco a la persona que se me cruzo, nadie. Continuo mirando a todos lados desesperada por esta criatura que casi arrollo, sin embargo recibo bocinazos de conductores enojados.

— ¡Apártate niña! — me grita un hombre acompañado de la bocina.

— ¡Aprende a conducir! — grita otro hombre maduro y más se le unen detrás.

— Lo siento — me disculpo aunque sé que con el escandalo no me escuchan. Subo rápido al coche y arranco, sigo por la carretera que conduce a las fueras del pueblo, sé que tengo que seguir hasta la mitad de esta para poder dar vuelta y regresar a casa.

Persisto pensando en el ser que se me cruzo, ¿Dónde fue? no entiendo como no lo pude prevenir si llevaba la vista atenta al frente, le doy vueltas al asunto en mi cabeza hasta que caigo en la cuenta de que a mis costados tengo los bosques, aquél sitio que me devuelve cinco años atrás. De repente vuelvo a sentir la sensación inquietante dentro mí, que me dice que me dirija allí. Miro a través de la ventanilla al sosegado arboleado, a simple vista parece un inocente y apacible ecosistema, pero dentro de el, el terror inunda. Regreso mi vista al frente y estoy justo por pasar en donde vi a Óscar, o el sujeto extraño que me pareció ser él, así que desacelero lentamente. Finalmente el auto se detiene, miro fijamente el bosque y dejo que la sensación me inunde. Noto que eso dentro de mí grita, desabrocho el cinto y desciendo, todavía continuo de pie apoyada en la puerta sin quitar la vista del lugar. Los recuerdos, el dolor revive en el interior como una pesadilla que jamás cesa o acaba. Decido caminar hacía la arboleda, no sé si estoy haciéndole frente al pasado, o simplemente retando a mi vulnerable estado mental. La sensación golpea mi pecho con fuerza, me adentro al bosque llego hasta donde recuerdo acabe con una parte de esta pesadilla, percibo que la nada me observa, sin embargo sé que no es la nada lo que me mira. Las lágrimas brotan de mis ojos, no hago nada para reprimirlas, me dejo llevar por el peso que conllevan. Sé que están ahí, sé que aún, no se han ido y que no lo harán hasta que todo salga a la luz.

Me limito a hablar solo a sentir como mi corazón duele y mi pecho arde, me siento hipócrita diciendo perdón, cuando sé lo que hice.

Me parece ver una figura parada por el rabillo del ojo, me volteo a ella. Una chica que no conozco me observa con una expresión inquietante, no me asusto, sino que me quedo viéndola. Luce un poco más joven que yo, por su aspecto no llega a los veinte, lleva el cabello por los hombros de un castaño oscuro, similar al mío, viste sencilla con unos jeans azul, una sudadera a rayas y unos tenis blancos. Su mirada pasa de mí a detrás de mí.

— Levanta las manos — me ordena una voz áspera — Voltéate — obedezco, lentamente me doy la vuelta. Abre unos ojos de platos al verme, enseguida baja el arma. Lanzo una mirada fugaz en dirección a la chica, pero ya no esta.

— ¿Qué haces en este lugar? — me interroga.

— ¿Acaso ya no se permite bajar al bosque? — me mira francamente.

— Temo que no — responde guardando su arma.

— Imagino la razón.

— Es sospechoso adentrarse en el bosque — dice volteando a mirar mi coche. Comienzo a caminar hacia la carretera, me sigue detrás como si fuera a custodiarme.

— ¿Problemas con el coche?

— Sí, así fuera llamaría al linche, no iría — apunto con la cabeza — al bosque ¿No crees?

— Buen argumento. ¿Entonces por que estabas allí? — señala vagamente de donde veníamos ¿No sabes que es peligroso adentrarse ahí?

— ¿Crees que no lo sé? Vi capturar a mi amigos — y matar un hombre, completé para mis adentros.

— Lo siento — se limito a responder. Me sentí algo mal por descargarme con él, después de todo estaba siendo amable conmigo.

— Brian ¿Cierto? — pregunte abriendo la puerta del acompañante.

— El mismo.

— Mi padre me pidió que te entregara esto — le tiendo la caja, la toma con el seño fruncido — Son periódicos.

— Oh, si John me había comentado de ellos.

— Nunca entenderé el guardar recortes de periódicos — dije mirando sus falanges faltantes.

— Nunca sabes cuando los precisarás — oculto la mano en su bolsillo, bien ahora me siento tonta. Cierro la puerta del coche.

— ¿Entonces que hacías en este lugar? — me pregunta colocando la caja en la parte trasera de su camioneta.

— Eso no te incumbe — respondo rodeando mi auto para subir a él.

— De hecho si, si no quieres una multa.

— ¿Qué? ¿Desde cuando se multa por entrar al maldito bosque? — pregunto incrédula.

— ¡Hey! Suave.

— ¿Y tu qué? Apareces de la nada.

— No, simplemente conducía hacía casa y vi tu coche.

— ¿Vives en las afueras de Menchas? — pregunto.

— ¿Me estás interrogando? — espeta con una risa tonta.

— Simplemente me parece extraño que aparezcas de la nada. Y baje, por qué — se me traba la lengua, que le voy a decir, baje porque tengo un sexto sentido que me avisa cuando personas que ya no están me miran — Necesitaba aire fresco, me sentía muy nerviosa.

— Comprendo. Pero la próxima vez intenta no internarte tanto dentro, esta vez te pagaré la multa, se que John no esta pasando por buenos momentos como para que le caiga el correo en su casa — explica tranquilo. ¿Qué, mis padres pasando por un mal momento? ¿Cómo es que este sujeto sabe más que yo?

— Sí — le sigo la corriente, no me gusta que los demás se enteren cosas de mi familia. Abro la puerta para subir al auto.

— Vivo aquí — sonríe — en el bosque — pongo los ojos en blanco — En una cabaña — lo miro por un momento, hay algo en él que no sé definir, algo bueno pero a la vez peligroso. Me niego a juzgar a alguien que no conozco por pura paranoia y subo al coche.

Veo por el retrovisor que hace lo mismo sube a su camioneta, se abrocha el cinto y me regala una sonrisa, aparto rápido la mirada. Doy contacto y enciende el motor, me coloco el cinto y acelero despacio, noto que viene detrás de mí — Uf — resoplo. Por fin llego a la mitad de la carretera y de modo cuidadoso doy la vuelta cruzándome una vez más con él por el otro carril, nuestras miradas se cruzan y de nuevo siento ese algo cuando me mira, mientras que él simplemente me dedica una sonrisa amable. Vuelvo a fijar la vista al frente y esta vez acelero más rápido, miro de soslayo el bosque esperando sentir o ver, sin embargo nadie aparece frente a mis ojos. No tengo idea de la velocidad en la que iba por defecto llego demasiado de prisa al semáforo, suerte que no había una patrulla o alguien del tránsito. Doblo a la izquierda y luego la próxima calle a la derecha en cuestión de minutos estoy en casa, aparco el coche y apago el motor. Opto por quedarme en silencio un momento, recuesto la cabeza en el asiento y en lo único en que puedo pensar es en los periódicos, la sensación de haber vuelto a pisar el aborrecido bosque y en la chica que apareció por unos instantes. ¿Quién sería? ¿Tal vez otra víctima de ese maldito?

La luz del porche se enciende y la puerta se abre, mi padre me mira desde allí, salgo antes que me llame. Abro la puerta trasera y comienzo a bajar mis cosas, una vez que tengo todo, cierro la puerta con el pie y con todo el peso subo los pequeños y cortos escalones que me separan de la puerta de la casa. Mi padre se apresura a agarrar la caja que se me resbala — Gracias — gesticulo.

— Te me trajiste medio pueblo — me espeta entre risas, algo que me saca una risita también. Entro primero dejo todas mis cosas en un rincón en el suelo. El exquisito y delicioso olor a estofado despierta mis tripas haciendo rugir mi estómago.

— ¿Qué tal tus compras? — grita mi madre desde la cocina.

— ¡Bien! — responde mi padre por mí — Tenemos la mitad del pueblo aquí dentro.

Algo que hace salir de la cocina a mi madre.

— Jess — dice mi madre inspeccionando los paquetes.

Me encojo de hombros — La mayoría de las cosas son caras en Washington — ¿No se quema algo?

— ¡Mi estofado! — corre mi madre a la cocina.

Agarro los paquetes y me dispongo a subirlos hasta mi habitación.

— Déjame ayudarte cariño.

— Descuida, puedo — me quita algunos y sube conmigo.

Abro la puerta de la habitación y dejo todo al costado de la cómoda, papá hace lo mismo.

— Gracias — le agradezco.

— Jess, hija. Sé que ya eres mayor, pero deberías tratar de conocer nuevas personas, sé que es difícil y doloroso, pero tu estás aquí, la vida continua — la última frase me toca en lo profundo — te comprendo más de lo que crees, solo quiero que seas feliz. Estoy agradecido a Dios, que hoy te tengo conmigo, que a mi hija nada le sucedió y pienso que como agradecimiento deberías vivir.

— ¿Crees que no me lo he planteado? — por alguna razón sus palabras no me enojan como pasa con el resto de las personas, sino que me duelen.

— Entonces hazlo. Deja de pensarlo tanto y lánzate al mundo — sin dejarme responderle se da media vuelta y sale de mi habitación. Por su expresión sé que le duele más que a mí, por más que me esfuerce por aparentar que sigo siendo yo, es inútil. El espejo dice que si, sin embargo lo que sea, que haya en mi interior no, una parte de mí se fue con mis amigos y otra murió aquella tarde. Jamás había asesinado a una persona por más mala que fuese, pero ese día no había nada más en mi que el odio apoderándose, solo soy consciente en haber tomado el arma de mi padre por protección pero al jalar el gatillo. Las lágrimas se deslizan por mis mejillas en silencio, nunca se irá esta mezcla de angustia, dolor, rabia, mi compañera de cuarto de la universidad tiene razón, las pastillas no quitan el dolor solo no te permiten sentirlo y eso no es una solución.

**********

Después de pasar un buen rato ordenando en la valija las cosas que compre para llevarme a Washington, decido bajar a la cocina aunque sea a picotear algo antes de la cena.

Entro a la cocina y me encuentro a mi madre mirando fijo el temporizador — ¿Mamá? — pregunto, mirando también lo mismo que ella. Se vuelve hacía mí, con el rostro enrojecido rasgo de que estuvo llorando, pienso ignorar sin embargo, ella se adelanta a la pregunta que debería de hacer.

— La cebolla, me destroza — me dedica una media sonrisa mejor dicho una mueca.

— Me alegro de no haber sido yo — digo sacándole hierro al asunto. Se ríe bajito.

— Tienes hambre. Ahí hay unos panecillos dulces — me señala el recipiente de la mesada. Me acerco a este y tomo uno, lo muerdo y mi boca parece derretirse ante este delicioso sabor.

— ¡Están riquísimos! — exclamo encantada con este delicioso sabor.

— Me alegro que te hayan encantado querida.

Comienzo a poner la mesa mientras mi madre sirve los platos. Una vez lista la mesa nos sentamos a esperar a mi padre, quien baja las escaleras.

Comemos sin decir palabra alguna, recuerdo el comentario de Brian, sobre que mi padre no esta pasando por un buen momento, entonces decido sacar el tema.

— ¿No hay algo que me tenga que poner al día? — pregunto sin levantar la vista de mi plato.

— ¿A qué te refieres hija? — pregunta mi madre. Esta vez levanto la mirada.

— ¿Qué es ese mal momento por el cual están pasando?

Ambos se miran y luego a mí.

— Nadie está pasando por un mal momento, cariño ¿De dónde sacaste eso? — pregunta mi padre llenando su cuchara.

— Es un pueblo chico, todo se sabe — respondo — ¿Es tema de dinero? — argumento mirando a los dos.

— No - dice mi madre casi inaudible — Es solo que — mira a mi padre pidiendo ayuda.

— La policía vino con una orden a revisar la casa — explica mi padre.

— ¿Qué? ¿A qué se debe eso? — suelto la cuchara en el plato.

— Los padres de Gin y Óscar, pidieron reabrir el caso, quieren saber que sucedió con sus hijos. Y al parecer nos tienen bajo sospecha. Brian, nos esta ayudando en eso.

— ¿Qué? — pregunto irritada — Nos acusan a nosotros porque ya no les queda más excusas para dar.

— Por eso, no quería que vinieras — dice mi padre.

— Papá — le llamo, cual logro captar su atención.

— Jess — me interrumpe antes que pueda continuar — Sí sabes o recuerdas algo más de esa noche, necesitamos que lo digas. En cuanto la policía regrese de nuevo, seremos la mira del pueblo y lo peor será que quedaremos marcados de sospechosos del caso de los chicos.

— El asesino — digo casi audible.

— ¿Sabes quién es? ¿Lo recuerdas? — me interroga mi padre — No tengas miedo en decirnos, sea quién sea, no podrá hacerte daño.

— ¿Qué? — los miro a los dos, las lágrimas están en el borde. Me pongo de pie, camino rápido a la puerta y agarro las llaves colgadas de mi auto, abro y cierro la puerta principal de un golpazo. Sin mirar atrás subo al coche, lo enciendo y salgo de mi casa, conduzco sin saber a donde ir, en lo único en que quiero y puedo pensar es en estar lejos de casa, mejor dicho la casa de mis padres, esa ya no es mi casa desde que me fui a la universidad y eso fue lo mejor, nunca debí haber vuelto, ni siquiera a visitarlos.

Me detengo en la avenida, miro a la oscuridad del bosque, siento como la bronca sube por mis extremidades, quiero romper algo, gritar, descargar toda está ira de mi cuerpo. Así, que grito y golpeo con todas mis fuerzas el volante del maldito coche, los ojos se me nublan de las lágrimas. Lloro, grito y golpeo, sin embargo la bronca, ese enojo sigue ahí ¿Por qué soy tan cobarde? ¿Por qué no acabo con esto de una vez? Me pregunto a mi misma tras las lágrimas, recuesto la cabeza en la ventanilla tratando de tranquilizarme, cierro los ojos y dejo que las lágrimas corran por mi caliente rostro, no lo soporto más, le repito a mi atolondrada mente.

De repente me golpean el vidrio de la ventanilla, me sobresalto, miro al hombre que llama mi atención, para variar el nuevo inspector. Me hace una seña de que baje la ventanilla, presiono el botón contra mi voluntad y ésta baja.

— ¿Te encuentras bien? — pregunta amable — Antes que digas algo, tú padre me pidió que te buscara.

— No necesito una niñera — le espeto.

— Supongo que no, pero aún así, no es bueno que salgas — le interrumpo.

— ¿Porqué? tanto mis padres como yo somos sospechosos, ¿No es bueno tener un asesino suelto a esta altura de la noche? — me mira compresivo ante mi irónica pregunta.

— Estoy haciendo lo posible para que se den cuenta que esto es absurdo, pero debes admitir que es raro como pudiste escapar aquella noche.

— ¿Estás insinuando qué yo lo hice?

— Yo no dije eso. Solo que para el resto de mis colegas lo es, créeme conozco a tus padres.

— Tu no conoces a nadie, porque si fuese así, no serían señalados como sospechosos — mi boca escupe las palabras con rabia. Miro el volante esperando para no verle la cara.

— Sígueme — responde yendo a su coche, lo pienso mientras él sube a su camioneta, no puedo juzgarlo no lo conozco. Pasa a mi lado y toca bocina para que le siga, enciendo el motor y voy detrás suyo. Observo el lugar por donde me dirige, es la zona donde vivía Gin, me concentro en seguir la camioneta para no divagar en el pasado. Nos detenemos a media calle de la casa de Gin, frente a una pequeña cafetería.

Espero que baje de la camioneta, para hacer lo mismo. Bajo del coche y cierro la puerta, me quedo observando la pequeña y sencilla cafetería.

— Entremos — lo sigo detrás. Entramos, un lugar acogedor y familiar, agradable para mi gusto. Nos sentamos en una mesa del lado de la ventana, lo más alejados del resto de los clientes.

Una chica joven se nos acerca — Brian — le saluda sonriente.

— Hola, Sam — le responde éste de igual manera.

— Veo que hoy tienes compañía — dice la chica examinándome con la mirada — ¿Qué les sirvo?

— Dos cafés — la chica asiente sin borrar su sonrisa, me da un último vistazo y se va a pedir la orden. Brian, se le queda viendo por unos segundos y luego vuelve la mirada a mí.

— Bien. Hablemos — dice.

— ¿Qué? — suelto molesta.

— De ti.

— ¿De mí? — la pregunta parece divertirle ¿Qué clase de policía es éste sujeto?

— Al parecer no te caen bien los polis — dice cruzando los brazos sobre la mesa.

— ¿Acaso hacen algo bien?

La chica regresa con los dos cafés que pidió Brian. Me vuelve a mirar, al parecer mi cara habla por si sola, aparta fugazmente la mirada y se retira.

— Hacen lo que pueden — dice Brian, volviéndome a la realidad.

— ¿Disculpa?

— Tus testimonios no han ayudado mucho que digamos — toma un sorbo de café.

— Les describí todo lo que sucedió esa maldita noche, pero nadie fue capas de ir al fondo de esto, olvidaron el caso, como han hecho con el resto de los casos de ese año — respondo revolviendo mi café.

— Sabiendo todo lo que estaba pasando ¿Por qué adentrarse en un bosque en medio de la noche?

Pienso antes de responder, tiene razón ¿Qué persona razonable se metería en el bosque? — Éramos jóvenes e inmaduros, sabes como son los adolescentes. Mi amigo nos reto a nuestra amiga y a mí, a comprobar que esa aplicación mentía. Les dije que no era buena idea, había algo que no me latía — las imágenes de esa noche se sienten como si hubiese sido ayer.

— ¿Aún así, fueron?

— Óscar no era de creer mucho en esas cosas, aunque no del todo.

— ¿A qué te refieres con no del todo? — lo miro a los ojos por primera vez, esos ojos color esmeralda tan penetrantes e intensos, de esos que aparentan estar llenos de misterio y vida a la vez.

Trago saliva — Él solía creer en mi intuición — finalmente bebo un sorbo del café.

— Debió haberlo hecho ese día — éste comentario fue suficiente para nublar una vez más mi vista. Tenía razón, odio hablar con éste tipo, pero tiene razón. Si, Óscar hubiese hecho caso una vez más a mi intuición o yo hubiese hecho algo para evitarlo, estaríamos los tres acá y nada de esto hubiera sido real.

— Lo siento — se disculpo.

— ¿Por qué me haces estás preguntas?

— Como dije tengo la intención de ayudar a tus padres, y a ti. Los conozco hace tres años, sé que son buenas personas, y a ti hace un par de horas, pese de tu mal carácter y tu fastidio hacía la policía, sé que eres buena e inocente o mejor dicho afortunada.

Asiento con la cabeza, sus palabras parecen sinceras y honestas. Llama a la chica con un gesto, a los segundos ésta se nos acerca con la cuenta. Saco la cartera, pero el inspector apoya su mano sobre la mía evitando así, que abra mi cartera — Yo invito — espeta dibujando una leve sonrisa. Saca su billetera y le tiende la tarjeta a la chica, quién vuelve a mirarme.

— Me pareces familiar — me dice finalmente agarrando la tarjeta del inspector — ¿Eres la chica a la que le mataron los amigos? — su delicadeza al tocar el tema me deja perpleja, no sé si quiero responderle de mala forma o directamente arrancarle esas ridículas extensiones rubias.

— Sam, reclama el cambio — dice Brian retirando la tarjeta del dispositivo compacto. La tal Sam, abre la boca para decir algo más, pero Brian la interrumpe — Andando — me ordena con rapidez, lo sigo sin chistar, de igual modo le agradezco que me sacara apresurado sino está noche dormiría en la celda de la estación por haber agarrado de los pelos a una camarera.

Abre la puerta para que pase primero, de pronto alguien me pecha, me vuelvo, pero no hay nadie.

— Lamento el atrevimiento de las palabras de Sam, a veces no mide lo que dice — se disculpa.

— ¿La conoces?

— Se puede decir que si.

Siento que alguien nos mira y viene detrás pisándome los talones, me volteo, sin embargo no veo nada, pero sé que está ahí.

— ¿Todo bien?

— Si — respondo casi inaudible.

— Te acompaño desde mi camioneta hasta tu casa — anuncia Brian.

— No es necesario.

— Tú padre me pidió un favor, soy de palabra — le respondo que si, todo para la tranquilidad de mis padres. Subo al coche, pero continuo mirando hacía la cafetería, no puedo saber que es hombre o mujer, solo sé que esta ahí, de pie mirándome y que no me es familiar.

Las luces de la camioneta iluminan todo el auto dentro, enciendo el motor, espero que la camioneta pase antes y le sigo, para que le sea más seguro de que no pienso huir, además de que me cohíbe que me sigan.

Lo sigo en silencio y despacio, parece amable pese a eso la sensación sobre él continua, no quiero juzgarlo por mi experiencia en el pasado. Me detengo detrás de la camioneta y apago el motor, las luces del comedor están prendidas, me siento mal por haber preocupado a mis padres de esta forma, aunque deben entender que ya no soy aquella adolescente testaruda, descarto que nunca fui rebelde.

Bajo del coche, Brian ya me esta esperando en la vereda — ¿Vas a entregarme en la puerta? — pregunto arqueando la ceja.

— Como un buen policía, sí — sonríe divertido. Aparto la mirada de sus llamativos ojos, me quedo mirándome los pies.

— Me disculpo de nuevo por Sam y por si fuera poco haberte hecho sentir mal.

— Gracias — esta vez le sonrío. Caminamos despacio hacía el porche, subo los escalones con la esperanza de que se fuera, pero sube también.

— Te veo mañana.

— ¿Qué? — digo atónita.

— John, me pidió que lo ayudará con la instalación eléctrica — me indica con la cabeza el garage.

— ¿Eres electricista? — le pregunto con sarcasmo.

— No, pero puedo decir que se me da bien — se encoge de hombros. Esto ya es raro. — Sé lo que estás pensando, me gusta ser servicial. Es una forma también de conocer al pueblo, trabajo de esta manera, pero con tu padre es distinto.

— ¿Por qué es distinto?

— Es un buen hombre — la puerta nos interrumpe antes de que me pueda continuar explicando.

— ¡Jess! — exclama mi madre envolviéndome en un abrazo — Nos tenías preocupados.

— Disculpe, señora James, por no avisarle. Invite a Jess un café y estuvimos charlando un poco sin querer se nos paso el tiempo.

— Me quedo tranquila que estaba contigo, muchas gracias Brian.

— Brian — dice mi padre apareciendo detrás de mi madre — Gracias, perdón por haberte molestado.

— No se preocupe — le hace un gesto desprocupante con la mano sana a mi padre.

— ¿Quieres pasar? — le pregunta mi madre aún agarrada de mi cintura.

— Le agradezco. Ya es algo tarde — se despide de mis padres con un gesto, mientras sus ojos se encuentran con los míos por un instante — Descansa — concluye.

Entro dentro con mis padres.

— Lo que daría por un yerno así — pongo los ojos en blanco, sigue soñando, un policía sería con lo último que saldría.

Me pongo en marcha, subiendo las escaleras hasta que la voz de mi padre me para en seco — ¿A dónde vas?

— A mi habitación — me vuelvo a él — No te basta con hacerme traer con un poli, como una adolescente de prepa.

— Porque seas una adulta, no tienes el derecho de irte de esa forma a estás horas de la noche, ¿Sabes los nerviosos que nos tenías?

— Lamento haberme ido de esa forma, pero necesitaba respirar.

— ¿Respirar? ¿En esa forma en la que saliste, bajo medicación?

— ¿Qué? — bajo los pocos escalones que subí y me pongo delante de mis padres — ¿Estuvieron revisando mis cosas?

— No hace falta revisar, dejaste el frasco de las píldoras antidepresivas sobre la mesa de noche junto a la de dormir. ¿Sabes lo peligroso qué es conducir bajo ese estado? y de esa forma te viniste conduciendo desde Washington.

— No, estoy drogada todo el tiempo. Puedo conducir y tener vida normal ¿Enserio me crees tan irresponsable, papá?

— Dijiste que estabas bien cada vez que tú madre o yo te llamábamos, quién toma esa clase de medicación definitivamente no esta bien.

— ¡No estoy enferma! — levanto la voz — Solo que no me las pueden sacar de golpe, me bajan las dosis gradualmente hasta que las pueda dejar definitivamente — explico lo más calmada que puedo.

Sacude la cabeza rascándose la nuca — Nunca debimos haberla dejado sola — le dice a mi madre.

— John, si te dice que está bien, lo está. Yo confío en ella, ya te explico lo de las pastillas — explica con suavidad mi madre.

— Sabes que lo dice para no preocuparnos.

— En eso se parece a ti — le indica mamá.

— Te agradezco que te preocupes por mí, papá — le digo amable — Pero ya maduré y esto es algo que debo hacerlo sola.

— ¿Te parece sano sufrir sola?

— No, puedo cargarlos con mis problemas toda su vida.

Me doy vuelta y vuelvo a subir las escaleras. Veo la puerta, cubierta con un nylon negro cubriendo donde el hacha rompió, la cierro esta vez sin tranca.

11 Août 2021 22:47:25 1 Rapport Incorporer Suivre l’histoire
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Limdbergh Lisboa Limdbergh Lisboa
Uff, me dejo impactado
~

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