p-r-whitehallow1621434268 P.R. Whitehallow

No mires mucho a la oscuridad, porque no es el lobo quien acecha ahora. Cuidado con las garras, ya no pertenecen al tigre. Huye del rugido, porque el león ha perdido la corona. Teme, simple humano, a los yirei, porque ellos no planean dejar que estemos en la cima de la cadena alimenticia.


Fantaisie Fantaisie urbaine Déconseillé aux moins de 13 ans.

#romances #yirei #yraa #332 #371 #402 #elvelo #relatoscortos
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Terapeuta de Pesadillas

—Se veía MUY feo.

El niño movió sus regordetas manos para más o menos dejar en claro su punto antes de volver a agarrar la jirafa de peluche que había dejado en su regazo. Apoyó sus nudillos contra la boca, pensativo.

—¿Y dices que el fauno salió del armario? —preguntó mientras su mano libre garabateaba algo en una letra ilegible. Cualquiera podría afirmar que su caligrafía apestaba tanto que sus letras parecían runas. La jirafa dejó de moverse durante un momento mientras el pequeño pensaba detenidamente en lo que iba a decir.

—Sí, y me dijo que iba a comerme la lengua si decía pío. —El rostro del infante se volvió más pálido que antes, las lágrimas llegaron a sus ojos y pronto empezó a hipar.

—No te preocupes —sonrió con tranquilidad—. Solo fue un mal sueño, David. —Dio unas palmadas a su pequeña cabeza al decirlo. Su paciente le apartó la mano de un manotazo.

—¡Le dije que el fauno era verdadero! —sus mejillas enrojecieron al decirlo.

—Me refería a la parte del susto —contestó recostándose contra el respaldo de su no tan cómodo sillón—. Eres un chico listo, David, por supuesto que no inventarías disparates. —Sonrió.

El niño abrió la boca para responderle, mas fue interrumpido por los suaves golpes en la puerta. Ignorando el ligero escalofrío que recorrió su espalda, caminó hacia allí. Dio una última mirada al niño, recordándole la promesa que habían hecho antes, un asentimiento energético fue todo lo que necesitó para abrir. Una mujer vestida con ropas que parecían ser de oficina, aunque los colores eran demasiado chillones, apareció del otro lado. Sus ojos castaños abiertos de par en par. Le sonrió mientras le comentaba muy brevemente el desempeño de su sobrino. Una sonrisa aliviada se apoderó del rostro de la mujer en cuanto terminó de decir que el niño estaba pasando por una pequeña crisis. Pronto estaría mejor.

Aguardó a que ambos desaparecieran por el pasillo antes de borrar la expresión afable que había tenido. Cerró la puerta con cuidado. Miró a la nada mientras sus pies iban hacia el portero y destrababa la puerta de entrada. Volvió a sus notas ilegibles… bueno, no, para Ioan Ratley esas cosas que apenas podían llamarse letras eran más que entendibles. Revisó su agenda por última vez antes de salir del consultorio. Puso llave y se acomodó el abrigo, palpando un pequeño bulto en su bolsillo.

Sacó su celular, algo viejo, pasando a gran velocidad una larga lista de contactos donde solo había números sin rostro. Frenó en uno y llamó.

No había tiempo que perder.



Dio una última calada al cigarrillo antes de tirarlo con cierta bronca al suelo y pisarlo. Aquel hábito le irritó de sobremanera.

—Cada vez son más escurridizos, ¿no, Ratley?

Miró al sacerdote que tenía por acompañante, preguntándose de nuevo por qué diantres traía a gente religiosa como ellos a sus cacerías.

—Ustedes son demasiado ruidosos —contestó sacando el pequeño frasco con un líquido en su interior. Lo sacudió un poco, considerando sus opciones antes de volver a guardarlo. Rogaba no tener que usarlo aquella noche. Sin esperar al cura, empezó a avanzar entre las calles llenas de niebla, las manos metidas en los bolsillos, ocultando los puños apretados. Sus ojos de halcón se fijaban en cada esquina, atentos al movimiento incluso de los despistados ratones.

—Entonces… ¿Los rumores son ciertos? —La voz del hombre santo le resultó molesta. Aguardó unos instantes, meditando sus palabras.

—Depende de lo que usted crea, no lo traje para que haga preguntas —respondió finalmente. No supo si con aquello había inquietado al hombre cuya cabeza de huevo se veía bastante frágil. Quizás había caído como uno de los tantos comentarios “raros” que solía hacer. Sacudió la cabeza. «¡Enfócate!»

Giró en una esquina y el terror llegó antes de que su mente comprendiera lo que ocurría. Parecía humano, tenía dos brazos, dos piernas y su cabello desordenado se veía con inquietante claridad a la luz de la farola. Ioan había visto demasiados monstruos de ese tipo. Los ojos de las bestias se reconocían. El frasquito se pegó a su mano de golpe, como si hubiera escuchado la plegaria muda del terapeuta.

Sintió que el sacerdote chocaba contra su espalda, haciéndole trastabillar por un momento. Lo escuchó refunfuñar, reprochándole por dejarlo solo en un callejón de mala muerte. Ioan sentía el corazón golpeando con fuerza entre sus costillas. Sus fosas nasales parecieron expandirse, buscando aquellos olores de la muerte.

—¿Están bien?

Levantó la cabeza de golpe y sus ojos chocaron con los de aquella aberración. Unos ojos como de gato y cabra a la vez. Apenas pudo contener el impulso de escupir.

—No es asunto suyo —mordió su lengua antes que la palabra “monstruo” se escapara de sus labios. La aberración se apartó con las palmas extendidas a la altura de su cabeza. Se enderezó, tenía que acabar con aquello—. Nos han pedido que lo localizáramos, muchacho.

El sujeto pareció sorprendido en un primer momento y, por un espantoso instante, le pareció ver la mirada de un niño en aquellos ojos. «No te distraigas Ioan Ratley». Los recuerdos de los niños que habían aparecido en su consultorio aquella misma mañana regresaron a su memoria.

El sacerdote, ajeno a todo, se acercó al muchacho. Ioan se mantuvo quieto, con sus ojos de depredador fijos en la presa que seguía con las manos alzadas en son de paz. Esas cosas no entendían ese concepto. Respiró hondo, acariciando la tapa de vidrio pulido dentro de su bolsillo. Vio al hombre regordete entablar una conversación con el escuálido vampiro mal hecho, leía los labios de ambos sin entender nada.

Transpiraba, los cuerpos desfigurados que había visto antes. Tenía que acordarse de aquello. No podía perder la concentración. No podía engañarse ante la ilusoria apariencia de aquel demonio, de aquel engendro… «Deberían desaparecer». Una vez más los ojos depredadores de él se fijaron en los pálidos de su presa. Lo vio acercarse a su persona, ahora con las manos a los costados de su cuerpo.

—¿Buscas al yraa? —le preguntó el ser. Ioan apretó los dientes, movió la mandíbula, conteniendo las ganas de destrozarlo.

—Ya lo he encontrado.

El alivio pareció apoderarse de la expresión de él. Una sonrisa macabra se empezó a dibujar en los labios del muchacho y antes que pudiera decir algo, lo golpeó en la panza. Ni bien apartó la mano, sacó el frasquito del bolsillo, vaciándolo de un trago. El poder era asombroso. Sus músculos se sentían con una fuerza extra, el cansancio era un lejano malestar en lo más profundo de su ser. Preparó el pie para darle una patada que haría volar el cuerpo de cualquier humano convencional… pero no peleaba contra un humano.

Su pie golpeó al aire. Miró hacia un costado, sintiendo que la farola lo enceguecía. Su adversario jadeaba, su rostro con una clara muestra de estar intentando superar el dolor. Al parecer, este era uno de los más fáciles. «Justo de los que chillan al morir.» Abrió y cerró los puños, avanzaba tranquilo, sus ojos fijos en los de su contrincante.

—¿Lo disfrutaste? —preguntó en cuanto lo agarró por el cuello antes de que pudiera escapar.

—No entiendo —balbuceó el otro intentando abrir su mano. Observó los pies, estaban descalzos, con los dedos un poco más largos de lo normal que terminaban en garras. Volvió a verlo a los ojos.

—Hablo de las dos víctimas de tu estupidez, monstruo —escupió. Aumentó la presión de su agarre y acercó el rostro—. De los pobres padres que han perdido la vida por culpa de tu incapacidad de vivir entre humanos.

No obtuvo respuesta. Los ojos de su presa gritaban en silencio, probablemente queriendo engañarlo para luego convertirlo en su próxima cena. El sacerdote se mantenía a cierta distancia, lo escuchaba murmurar rezos inútiles.

Oyó la risa justo antes de que algo impactara con fuerza contra su oído. El mundo se volvió una masa confusa de siluetas claras. Cualquiera que fuera la charla que estuviera ocurriendo, se escapaba de su comprensión. Vio una mujer con alas de murciélago saliendo de sus hombros, una cola de diablo que se movía hipnotizante entre sus piernas. Avanzaba con sus piernas de caballo marcando un clop-clop escalofriante contra el adoquín. La sonrisa de tiburón brillaba a contraluz. Con cierta dificultad, se puso de pie.

—Como te dije, eres un imbécil —entendió finalmente—. Te dije que si lo veías, lo acababas antes de que él lo hiciera.

Ioan pasó la vista por un instante al joven que seguía frotándose la garganta y tosiendo en el suelo. El efecto del líquido empezó a notarse. Sus brazos parecieron crecer, sus uñas le dolieron un poco mientras crecían para dar paso a las garras, su hocico se estiró a medida que los dientes de oso se asomaban. Respiró hondo y el golpe de la bestia femenina llegó casi en un parpadeo. Un quejido involuntario se escapó de sus labios al sentir que sus pies se arrastraban contra el suelo.

Lanzó un golpe con las garras extendidas, listo para rasgar en tiras la piel de su adversario en el acto. Sin alterar su sonrisa, la quimera evadió el golpe y extendió las alas al separarse del suelo en medio del salto. El aire silbó entre sus dientes al gruñir. La observó dar vueltas a su alrededor cual mosca insufrible.

«¿Y el otro?» Volteó justo para verlo desaparecer entre la niebla unas calles más abajo. Corrió para alcanzarlo, pero antes de que pudiera irse muy lejos, enterró el morro en el duro suelo. El dolor se extendió como pólvora encendida por todo su ser, sus ojos se anegaron momentáneamente. Dio un golpe a ciegas hacia donde sentía el peso que le impedía darse vuelta. Giró, dejando la panza expuesta justo el tiempo suficiente para que su atacante quisiera darle un segundo golpe que podría ser letal. Antes de que le tocara con la punta de las pezuñas, lanzó un zarpazo y desvió la trayectoria lo suficiente para que cayera de costado sobre sí.

Gruñidos y chillidos resonaron por todos lados. Sus garras rasgaban lo que podían, a veces aire, otras veces encontraban un poco de resistencia. Lanzaba dentelladas desesperadas a medida que el dolor crecía. Para cuando volvió en sí, sentía un líquido caliente que caía por sus labios.

Le dolía el pecho, los hombros, los brazos, las piernas… Cayó de rodillas, suponiendo que el efecto de la droga terminaría pronto. Sólo tenía que dejar que sus huesos se acomodaran. Las garras se retractarían solas, poco a poco volverían a ser simples uñas. Su cabeza palpitaba al son de su corazón. El mundo seguía siendo demasiado nítido. Los olores eran más que insoportables. ¿Por qué no había cambiado nada? Se levantó, mirando el desastre que yacía a sus pies. Su contrincante, con ojos vacíos, seguía sonriendo.

—… y nos recibas en la Gloria. Amén —oyó que decía el sacerdote a varios metros de distancia. Se volvió hacia él, jadeando a la vez que su cabeza daba vueltas.

—Esos son todos —logró articular con cierta dificultad. La mirada del religioso seguía siendo de horror—. Descuide, ya vuelvo a mi humanidad —dijo agitando una zarpa para quitarle hierro al asunto. Con un asentimiento rápido, el hombre se despidió y salió casi corriendo por la calle más cercana. Ioan no hizo nada más que quedarse donde estaba, sintiendo que el peso sobre sus hombros aumentaba poco a poco. Miró sus heridas, ya cicatrizadas, y el miedo empezó a abrazarlo con sus flacuchos brazos.



Entró al consultorio con la cabeza todavía dándole vueltas. No pudo aguantar mucho tiempo parado, por lo que dejó que su cuerpo cayera contra el mullido sillón. Soltó un suspiro, apoyando la cabeza contra la mano, presionando cuanto pudiera. No oyó el picaporte de la puerta, tampoco los escandalosos pasos de la mujer. Apenas pudo abrir un ojo para encontrarse con el rostro alterado de su sobrina.

—¿Has vuelto a salir a la noche? —Cruzó los brazos ante aquello. Ioan tomó una gran bocanada de aire.

—Fui a por unas copas, nada más Larisa.

—Ajá, y el frasco con el perfume también es, en realidad, un shot —señaló agitando el frasquito ahora vacío frente a sus ojos. Era tan pequeño, no más grande que su dedo índice…

—Exactamente —respondió casi sin pensar. Los ojos de su sobrina se opacaron.

—Mi novio te vio anoche —dijo guardando el frasquito entre sus codos al cruzar los brazos de nuevo—. Dijo que estabas en un estado… peculiar.

—Borracho como nunca, seguramente —asintió cruzando una pierna sobre la otra. El gesto le hizo querer gritar.

Larisa lo contempló en silencio, las lágrimas asomando por sus ojos mientras toqueteaba el mechón rebelde de pelo castaño.

—Sí, borracho como una cuba. —Dio media vuelta, regresando a la puerta mientras sacaba el celular del bolsillo de su abrigo —. Gracias por tu honestidad, tío.

La cabeza de Ioan se aclaró por un segundo, pero la puerta se cerró a las espaldas del último pariente que le quedaba. Su mano quedó estirada a la nada. Las uñas ligeramente afiladas y estaba seguro de que su sobrina había cambiado de champú.

Una silenciosa lágrima se deslizó por su mejilla. Recordó el frasquito y deseó tenerlo en sus manos para poder estamparlo contra el suelo.

7 Août 2021 23:09:35 2 Rapport Incorporer Suivre l’histoire
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Mavi Govoy Mavi Govoy
Me encanta el título de este capítulo. "Terapeuta de pesadillas", es buenísimo.
January 15, 2022, 09:07

  • P.R. Whitehallow P.R. Whitehallow
    Me alegra que te guste, realmente no se me ocurría algo mejor. 😊 January 15, 2022, 15:38
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El Velo
El Velo

Del otro lado del velo, un mundo donde la magia tiene las más variadas apariencias y lo imposible puede volverse posible. Allí, del otro lado, están las tierras de Enchantland, donde brujos y magos se ocultaron de la Inquisición en el siglo XVI; y más allá del océano, se encuentra el continente de Landon, donde la magia y la ciencia pelean a muerte. Pero la magia tiene tantas capas que no todos pueden encontrarse del otro lado. En savoir plus El Velo.