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Los gemelos Layqas

Roth y Edwin jugaban todo el tiempo a compartir sus experiencias, pues eran Layqas, magos escasos y poderosos. Ambos eran gemelos y nacieron con la capacidad de poder experimentar las vidas de los demás ingresando en sus mentes, y así explorar sus recuerdos y emociones, y si lo pretendieran, jugar con ellos como quisieran.


Roth y Edwin recibían halagos provenientes de incontables partes del mundo: de reyes y reinas, de personas importantes, y de miles de desconocidos. Y cada uno de ellos lo hacían con el único propósito de ganarse el favor de los gemelos, pero más importante, por miedo.


Les tenían terror a sus represalias, a las maquinaciones que podían provocar en sus cabezas. Cómo cambiar sus sueños, borrar los recuerdos, copiarles la vida, implantar pesadillas, descubrir sus secretos, apreciar sus sentimientos más bellos, o aquellos que ambicionaban olvidar, pero a la acción que más temían, era a aquella capaz de volverlos locos.


Edwin no entendía por qué le tenían miedo si no lo conocían, no todos eran malos, menos él. No pretendía hacerle daño a nadie, ni siquiera quería saber sus nombres. Más con el rechazo que les mostraban, rechazo el cual no le afectaba, porque a los poco segundo lo ignoraba y por un momento lo olvidaba. No obstante, si comprendía que él pertenecía a un tipo de personas especiales, pues siempre su mamá, y en principal su papá, se lo recordaban. Era un Alto, un Layqa, un brujo de la mente y la vida. Y por ser un alto, un brujo legendario, tendría un gran futuro lleno de fama, envidia, adoración, y temor. —Siempre te van a temer y van a desconfiar de ti y de tu hermano —le decía su padre—, ya que jamás estarán seguro si cuando están frente a ti, lo que dicen y piensan en realidad lo pensaron ellos. Y si hacen algo y luego se arrepienten, van asumir que lo hicieron porque tú los influenciaste para que lo llevaran a cabo. Y créeme, si es una persona importante, se vengará.


Su hermano Roth recién había llegado de un largo viaje por diferentes partes del país junto a su papá. Había acompañado a su papá que iba a reunirse con algunos hombres y mujeres que ansiaban conocerlo. Él ya había viajado el mes pasado, pero fue un viaje corto, apenas duró una semana y no probó ni conoció demasiadas cosas. Era una pena. Sin embargo, Roth debía haber experimentado cientos de sensaciones nuevas, porque según tenía entendido, los lugares que iba a visitar se hallaban repletos de sitios hermosos, animales raros, juegos alocados, y miles de comidas y bebidas deliciosas. Así pues, gracias a su hermano, iba a poder entretenerse y vivir cientos de impresiones nuevas por largas horas en los días siguientes.


No obstante, no podían estar mucho tiempo compartiendo las experiencias, sino su mamá los retaría, ya que, si no se tenían cuidado, podía resultarles peligroso. Pese a la adrenalina que le generaba jugar con el tiempo, la gracia se encontraba en apreciar las emociones que poseía y disfrutaba su hermano. Sí, él tenía las suyas, pero el privilegio de vivirlas como otro las había sentido, era único.


Edwin posó la mano en la frente de Roth. Sin apenas transcurrir un segundo, comenzó a buscar y sentir cada cosa que su hermano vivió en las semanas anteriores. Era impresionante: Roth se había fascinado con unas inmensas torres hechas de vidrio con forma de conos, y rematadas en la cima por una prolongada aguja. Vaya, no podía faltar un mal momento. Roth sintió asco cuándo por desgracia se topó a gente tirada en uno de los caminos pidiendo monedas, ya sean de oro o plata. También a la vez se contuvo de insultarlos, Roth los odiaba, no toleraba a ese tipo de personas.


Se había puesto mal por el incesante cambio del calor del sol al pasar de ciudad en ciudad. Ay no, las malas miradas, esas a cada rato estaban presentes, más en reuniones. Resultaban incómodas en toda ocasión: debían soportarlas por dos, las primeras en carne propia, y la segunda vez al compartirlas. Era una circunstancia que desearía evitar, pero no podían, formaban parte del recorrido por la mente.


Había más. El lago verde azul de la ciudad Baikal, era hermoso... Edwin sintió la tristeza de su hermano al no poder caminar sobre el agua del lago. Roth sí era sincero, pero la sinceridad debía ir acompañada de bondad. De todas maneras, Roth no se frustró por demasiado tiempo, después de horas se le esfumó la desilusión. Oh no, tuvo la fortuna de ver a los katsivori volando bajo el cielo estrellado. Cuanta suerte había tenido. Era increíble cada una de las vivencias que Roth experimentó...


Dejó de sentir los dedos de su hermano en la frente. Abrió los ojos... Frente a él estaba él... No, no, no... Se repitió una y otra vez. Edwin se había sobrepasado, habían estado mucho tiempo compartiendo las experiencias. Él no, no... ¿Quién era? Se rascó la cabeza con rabia, frustrado, y en exceso desesperado. Había extinguido a su hermano, no, su hermano se había extinguido solo, era su culpa, no de él... de su otro él, de quién sea. Su mamá lo iba a matar, su mamá les había advertido, una y otra vez les repitió que era peligroso, y ellos no hicieron caso.


El Roth frente a él lo observaba desorientado y asustado, era obvio, no reconocía la mirada, y, sobre todo, sabía lo que acababa de ocurrir.

—Debemos irnos, mamá nos matara.

—¿Tú eres yo? —preguntó el verdadero Roth, todavía aturdido y hasta un poco tonto.

—Si, una mitad. Pero desde hace un instante ya no. Si, pienso como tú. Por ese motivo quiero huir, porque tú, yo... somos unos cobardes... y unos estúpidos.

—¿Y a dónde iremos?

—No lo sé... jamás pensaste a donde ibas huir.

Ambos Roth se levantaron, y sin decir ninguna palabra se marcharon. Los gemelos Layqas huyeron, jamás se volvió a saber de ellos, y nadie de esa ciudad lamentó la desaparición cuando descubrieron que se habían escapado. Inclusive sus padres, quienes por un lado se sintieron aliviados al ya no tener que lidiar con las consecuencias de ser los progenitores de los dos únicos brujos de la mente y la vida nacidos en cientos de años.

25 Avril 2021 14:01:04 0 Rapport Incorporer Suivre l’histoire
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La fin

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