aldolmayan Al Dolmayan

Nerea y Esmeralda son una pareja de investigadoras paranormales cuyo trabajo les envía a un remoto pueblo al sur de México. Ahí se adentran a explorar el temido Nido de Sirenas con la esperanza de encontrar, al fin, evidencia de seres maravillosos.


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Nido de Sirenas

Por siglos se ha pensado que los seres fantásticos, tan abundantes en las diferentes mitologías del mundo y recurrentes en las obras literarias, solo eran inventos del pensamiento arcaico. Ante la civilización actual, se tratan de ficciones, delirios o imaginaciones provenientes de la alterada percepción de los antiguos viajeros quienes, afectados por el cansancio, la falta de alimento o solamente invadidos por el miedo, presenciaron a estos entes monstruosos. Para la mayoría, resulta absurdo creer en la existencia de dragones, unicornios y demás, ya ni los niños pueden tomar como verdad esos cuentos. Sin embargo, aún existen regiones donde las leyendas tienen una gran importancia y los avistamientos de criaturas extrañas son comunes. Esos lugares eran mis preferidos.

Esta noche me trae tantos recuerdos. Hace unos años formaba parte de un grupo de investigadores paranormales aficionados junto a Esmeralda, mi novia en aquel entonces. Todo comenzó en la universidad mientras estudiábamos comunicación. Con el pretexto de pasar el rato y recopilar material para los trabajos, se nos ocurrió investigar sobre casos de fantasmas y monstruos de fantasía; ella tomaba el rol de directora y se encargaba de la cámara mientras que yo funcionaba como presentadora. Solíamos visitar casas o edificios con fama de encantados, entrevistábamos a videntes, médiums, incluso asistimos a varias sesiones espiritistas. ¿El resultado? Era muy variable pero nunca lo que esperábamos. A veces los culpables de los hechos paranormales eran animales callejeros o vagabundos, en otras no tuvimos certeza de lo que habíamos visto, pero sin importar la causa, siempre había momentos de miedo y mucho material para trabajar. Terminamos por abrir un canal en YouTube para mostrarle al mundo nuestras aventuras. Para nuestra sorpresa, tuvimos una repuesta muy positiva y nos hicimos de cierta fama. Nunca estuve segura si fue nuestro talento o el hecho de ser una pareja de chicas la causa de nuestro éxito en YouTube.

Las cosas avanzaron de manera acelerada después de la graduación. Todos los profesores conocían nuestra carrera como youtubers y uno de ellos tenía buenos contactos en la televisora local. Nos ofrecieron un segmento en uno de esos programas de variedades y aceptamos con gusto. Al cabo de tres años subimos de nivel y comenzaron los planes para un programa de mayores escalas. Era para televisión de paga, básicamente seguiríamos trabajando como siempre pero con un mejor equipo: yo seguía en mi labor de presentadora y mi novia hacía de directora, aunque de vez en cuando se permitía aparecer en pantalla. Nos dieron una cámara, micrófonos, asistentes de producción y todas las facilidades para viajar por todo el país. Las cosas se estaban dando con relativa facilidad. El programa duró cerca de dos años al aire, con dos temporadas en emisión y una tercera en proceso. Hasta que aceptamos ir a esa cueva.

Nuestro último trabajo fue en un pueblo costero del sur llamado Káaknab.[1] Yo me sentía más que emocionada por esta expedición, pero Esmeralda no estaba segura de la misma y con razón: fue la primera vez que nos internamos a una cueva. Hasta ese momento, todos nuestros viajes fueron a edificios viejos, haciendas en ruinas, conventos de la época novohispana u oficinas de “prestigiosos” expertos en temas paranormales. Lo que nos esperaba en ese pueblo era una caverna submarina donde, según los lugareños, habitaban sirenas desde tiempos remotos. Eso solo me emocionaba más, las sirenas eran de mis seres preferidos desde que tengo memoria, incluso tenía una cola de tela.

Nuestra expedición parecía normal, Esmeralda y yo llegamos acompañadas por Saúl y Roberto, nuestros asistentes técnicos, y una pila de aparatos necesarios para la filmación. Recuerdo que el sol estaba ocultándose. En la parada del autobús nos esperaban don Fermín, el líder de los pescadores, y Mayra, la ejecutiva de la televisora que nos consiguió esta expedición. Ella era una mujer sumamente persuasiva y decidida a todo con tal de obtener lo necesario para el programa. No entraré en detalles aburridos, solo diré que las presentaciones se dieron con toda la cortesía posible aunque nuestro anfitrión no paraba de advertirnos que era una pésima idea filmar en el Nido de las Sirenas, como ellos le dicen. Mayra lo ignoró y procuró que nosotros también, especialmente Esmeralda quien era fácil de intimidar.

—Todos estos pueblerinos son una pila de cobardes —nos dijo Mayra de camino a la posada. Esmeralda quiso escuchar a don Fermín, pero nuestra ejecutiva se dio cuenta de ello y la jaló a mi lado para evitar que escuchara sus palabras. El líder pescador dirigió sus advertencias a nuestros asistentes, pero ellos hicieron oídos sordos. Con el tiempo, nuestras investigaciones nos habían otorgado cierto escepticismo, aunque nosotras siempre conservamos la esperanza de descubrir un suceso sobrenatural real—. Miren que tenerle miedo a una cueva. Ni un solo hombre en el pueblo aceptó acompañarles, la única guía disponible es una chica que no se ha internado más de 100 metros y ni se diga de la policía. En este pueblito no hay tal cosa.

—¿Vamos a internarnos a una cueva sin guías ni seguridad? —preguntó Esmeralda asustada. No era raro que los lugareños se negaran a ayudarnos por miedo a sus propias creencias, pero la ausencia de policías ya debía prevenirnos de algo.

—No hace falta internarse tanto, chicas. Magia de la edición, ya saben —respondió con total confianza—. Solo necesitamos unas cuántas tomas que parezcan peligrosas, unos cuantos ambientes lúgubres y los editores se encargarán de hacer lo suyo. Además la televisora no las ha abandonado, tendrán seguridad privada. El tipo que las acompañará es un poco raro pero dice estar acostumbrado a este tipo de trabajos.

—¿Ves? Te preocupas demasiado cariño. Esto será otro caso como los habituales, un mito sin fundamento —dije para calmar a Esmeralda y, como si no fuera suficiente, le tome de la mano. Sí, no esperaba ver nada increíble en la cueva, pero mantenía la ilusión de por fin encontráramos algo extraño.

Llegamos a la posada cuando el cielo estaba por completo oscuro y los débiles faroles no ayudaban en nada. Me dio la impresión de que la noche en ese pueblo iniciaba antes de lo debido y, seguramente, terminaba mucho después de las siete de la mañana. Había un ambiente extraño en el pueblo, se respiraba una ansiedad permanente. Los moradores permanecían callados ante nuestra presencia, mas no éramos ignoradas. A diferencia de los muchachos, quienes solo recibían una que otra mirada de curiosidad, nosotras dos éramos el foco de atención, sobretodo de los ancianos. “Ideas retrogradas”, nos murmuró Mayra, “ignórelos chicas, no pasa nada”. Antes de entrar noté a una anciana muy interesada en mí.

Al interior del albergue nos esperaban dos personas. La primera era la dueña del negocio cuyo nombre no recuerdo, pero su amabilidad y eterna sonrisa son inolvidables; su gesto imperturbable y su robusta complexión le daban un aire maternal. De inmediato nos dirigió a nuestras habitaciones: una sencilla para Mayra, una doble para los chicos y la llamada matrimonial que compartí con Esmeralda. Nos dio una hora para descansar del viaje y alistarnos para la cena. La segunda persona que nos esperaba se presentó a media velada. Su nombre aun me estremece al recordarlo: Julian Sky. Planeábamos la excursión con Rosa, la muchacha que nos guiaría por un corto tramo de la cueva, y Esmeralda, pues daba sus órdenes a los asistentes para tener todo el equipo listo para la mañana, no quería que nos faltara nada una vez iniciada la excursión. Siempre admiré su diligencia y verla en esos momentos de seriedad absoluta era un deleite para mí. Creo haber escuchado algo sobre linternas cuando la puerta del comedor se abrió con un violento golpe y ante nosotros apareció un hombre alto con aspecto de matón y cabello rojizo oscuro. Nos miró con una ceja arqueada mientras atravesaba la habitación hasta desplomarse en una silla solitaria al extremo de la mesa. Lo miré asombrada y desconfiada, sus facciones y esa piel blanca lo delataban como un extranjero. Mayra se levantó de su silla, le hizo señas al recién llegado para que se acercara al grupo manteniendo su famosa sonrisa de negocios en el rostro.

—Señor Sky, acérquese. Estamos discutiendo sobre la excursión.

Se limitó a mirarla en silencio, inexpresivo. Sus ojos pasaron por cada uno de nosotros, pero tuve la impresión de ser su centro de interés. Se levantó mecánicamente y se acercó a Mayra. Aclaró su garganta con una muy fingida tos antes de dirigirnos una sonrisa parecida a la de nuestra ejecutiva. Pude distinguir una cicatriz a un costado de su cuello y que usaba un guante negro en la mano izquierda.

—Disculpen, estaba pensando en que idioma hablar con ustedes. A veces me confundo —dijo con una voz suave, tranquila y desinteresada—. Permítanme presentarme, soy Julian Sky y estaré a cargo de su seguridad. Por cierto, pueden llamarme Julian o pueden llamarme Sky, en verdad no me importa —y agregó en un susurro que solo yo pude escuchar—: y ustedes tampoco.

—Como nadie quería acompañarnos, la televisora encontró al señor Sky. Un par de políticos lo recomendaron —Mayra continuaba hablando emocionada, pero no puedo asegurar si lo hacía para convencernos a nosotros o a ella misma de la efectividad de ese hombre—. Es un profesional en su área. De hecho, viene de la cueva que explorarán. ¿Verdad?

—Sí, vengo de ahí. Revisé los alrededores y aunque no vi una sola sirena ni nada sospechoso, les recomiendo no ir—respondió grave. Dio un sorbo a la taza de café de Saúl para añadir con sorna—; así que mejor tomen sus cámaras y entrevisten a la gente o filmen mariposas.

—¿Qué ha dicho? —la expresión de Mayra cambio de pronto. Su sonrisa de negocios desapareció, golpeó en la mesa con el puño cerrado y ambos ojos me parecieron un par de balas asesinas—. ¡Tiene que estar bromeando! Ya hemos invertido en esta producción: hospedaje, materiales, transporte, incluso su pago por adelantado.

—Es una simple recomendación —se defendió Sky.

—¡No le pagamos para darnos recomendaciones! —los nervios de Mayra se alteraron de inmediato y no procuraba ocultarlos—. Se le pagó para protegerlos de cualquier amenaza.

—Eso hago.

—Con todo respeto, Sky —intervine—, nuestras experiencias en este programa nos han enseñado que los monstruos y fantasmas no existen. A menos que encontrara un nido de criminales, no veo motivo para no realizar la filmación.

Sus ojos color ámbar se fijaron en los míos de nuevo. Se llevó la mano al bolsillo y sacó una pastilla de menta que terminó en su boca.

—He visto su programa en televisión varias veces, también sus videos en YouTube. No crean que soy su fan, solo investigué a mis clientes —respondió haciendo uso de su voz suave—. Y puedo decirle Nerea que no lo hacen nada mal pero están muy lejos de conocer la realidad. He visto cosas que ustedes apenas imaginan.

—Nosotras siempre hemos aspirado a conocer la verdad del mundo.

—Tengan cuidado, muchas cosas es mejor dejarlas en la oscuridad, donde están más seguras —su tranquilidad al hablar me resultaba más incómoda que sus palabras—. En fin, hagan lo que gusten, igual les acompañaré. Podré ser muchas cosas, pero siempre cumplo con mis clientes.

Se levantó en el acto y abandonó el comedor no sin antes tomar su cena recién servida, agradeció a la dueña por la comida y le dijo que bajaría los platos cuando terminara. No volvimos a verlo durante la noche. No hacía falta, el tipo no me agradó y por mí, bien podría ausentarse. Continuamos en nuestros asuntos una vez que Sky se fue. Los muchachos y yo ignoramos su palabrería, pero Mayra permanecía enojada y noté a Esmeralda nerviosa, algo nada extraño. Ella siempre se ponía muy ansiosa antes de las filmaciones, incluso cuando hacíamos contenido para YouTube. Por debajo de la mesa deslice mi mano y la puse sobre su pierna; al sentirme volteó a mirarme y le ofrecí una sonrisa de confianza acompañada de un guiño, en respuesta, correspondió a mi gesto. Lo último que hice antes de volver a los planes fue susurrarle “todo estará bien” y robarle un beso. Que equivocada estaba.

La cueva era más peligrosa de lo pensado. Para llegar debimos ir en bote desde la playa y, no bastando eso, había que adentrarse unos diez o quince metros para tocar tierra. De inmediato hicimos uso de las lámparas para internarnos en aquella penumbra húmeda y salada, con nuestra joven guía al frente y yo siguiéndola de cerca. En todo momento miré hacia atrás para inspirarle valor a Esmeralda, quien se hacía la valiente mientras indicaba a Roberto a donde dirigir la cámara. Saúl avanzaba en silencio, cargaba el micrófono y dirigían su reflector al frente para guiarnos. Al fondo estaba Sky, callado e inexpresivo, con la mirada siempre al frente y su mano derecha en la cintura, lista para tomar su arma. Incluso aquella mañana intentó persuadir a Mayra de no visitar la cueva, a lo que ella se negó. Todos nosotros la apoyamos. En cuanto al entorno, no encontramos nada extraño; las paredes de roca, aunque irregulares, eran sólidas y el camino bajo nuestros pies no hacía más que bajar, obligándonos a ir a las profundidades de la caverna marina. No había indicios de vida alguna ni de actividad humana, solo una que otra piedra suelta y numerosas filtraciones de agua. Rosa dijo que llegamos hasta el punto que ella conocía. Nos detuvimos ahí en busca de un buen ángulo que disimulara un descenso más profundo y aprovechamos la escala para comer algo. Nos sentamos en torno a una lamparita y nos repartimos la merienda que nuestra amable anfitriona nos preparó. Roberto no perdió el tiempo para hacer burla de las constantes advertencias de don Fermín, al final todo eran embustes. Los comentarios provocaron hasta las risas de Esmeralda, hasta entonces temerosa.

—¿Ya ves? —le dije abrazándola—. Te preocupabas por nada.

—Así parece. Aunque es decepcionante que no existan seres maravillosos —respondió. Tomó un bocado de pescado y me lo dio a comer—. Oigan, ¿Sky no piensa comer?

“Que no coma”, pensé. El matón estaba de espaldas a nosotros, inmóvil. Le gritamos varias veces pero no respondió. Rosa fue la primera en alterarse y culpó a las sirenas del aparente trance de nuestro guardaespaldas. Que ridícula idea. Saúl se levantó para llamarle, le tocó el hombro y de inmediato volteó. Sky se llevó las manos a sus oídos para quitarse unos audífonos.

—¿Si? Disculpen, no estaba escuchando nada —dijo con una sonrisa irónica. Menudo matón nos consiguieron.

Dimos toda una vuelta por los alrededores dando la impresión de buscar algún pasadizo, menos mal que era una parte amplia de la cueva. Incluso nos adentramos a un túnel fuera de los límites establecidos por nuestra guía. El suelo era solido con pequeños charcos esparcidos por todo el lugar; pero sin duda alguna, lo más asombroso eran los pequeños ríos que corrían al interior de la cueva. Atrás habíamos dejado una parte donde el camino se limitaba a un puente natural de piedra sólida y dos corrientes de agua bordeaban nuestros pasos. Aquella toma haría valer cada segundo de la excursión. El trabajo avanzaba con normalidad, mis impresiones del lugar se mezclaban con las palabras de Rosa que, tímida ante la cámara, no paraba de contar los numerosos reportes de pescadores desaparecidos desde hacía cientos de años y las historias que su familia contaba sobre las sirenas. El caso más reciente sucedió apenas dos días antes de nuestra llegada, un vecino de don Fermín salió por la mañana a conseguir los pescados para la cena y no se volvió a saber nada de él, lo único que encontraron fueron sus herramientas de trabajo y un sombrero. Ante la falta de evidencia, no podíamos culpar a las sirenas; quizás, sostenía uno de los muchachos, el hombre se accidentó.

El encierro nos afectó la percepción del tiempo, ninguno tenía idea de cuánto había pasado desde que entramos. Cuando miré en el reloj pasaba de las 20 horas. Vaya filmación, dio la impresión de durar poco pero en verdad nos llevó todo el día. Nos dispusimos a regresar hasta que un grito nos atemorizó a todos. Distinguí a Rosa temblando frente un charco y algo sobre este, un objeto alargado y delgado. Sky nos hizo a un lado y pidió a Esmeralda que parara de grabar. Dirigió la luz de su linterna al charco, revelando una imagen espantosa: el objeto era un hueso, al parecer humano, aun con pedazos de piel desgarrada. El líquido a su alrededor no era agua, se notaba más turbio a la distancia y sospeché que era sangre, algo que confirmó Sky cuando tomó el hueso con su mano enguantada.

—Es un brazo humano —dijo con su voz calmada, plana, inexpresiva. Lo dejó sobré el charco de sangre y se dirigió a nosotros—. Creo que es hora de irnos.

—Pero este puede ser el hallazgo que hemos esperado toda nuestra vida —repuse. Mis palabras temblaban al igual que mis manos, mi corazón latía con fuerza golpeando violentamente con mi pecho y las náuseas se hicieron presentes; Sky tenía razón, sin duda, aunque mi mente me mandaba a seguir en la cueva, impulsada por el espectáculo que ese brazo arrancado significaba.

—Nerea, creo que Sky tiene razón —me interrumpió Esmeralda—, esto puede ser peligroso. Somos un grupo pequeño y quien sabe quién hizo eso. Voy a filmarlo, con esto tendremos material suficiente para iniciar una investigación más preparada, con equipo adecuado, hasta policías —quiso convencerme y lo logró. Pude sentir el miedo en su voz, imaginé sus ojos verdes llenos de temor, al borde de las lágrimas.

—Esperen… ¿escuchan eso? —interrumpió Roberto—. Parecen unos gritos… y vienen de ahí.

Guardamos silencio. Apenas eran entendibles unos lastimeros alaridos cuyo origen era difícil determinar; Roberto había señalado un rincón que terminaba en roca sólida, sin grieta alguna. Debimos correr en ese momento, Sky nos había advertido del riesgo que corríamos al permanecer en ese lugar; sin embargo, algo nos mantenía atrapados en esa cueva. Buscábamos la fuente de esos gritos, mismos que fueron acompañados por otras voces, claramente femeninas. ¡Eran las sirenas! Tomé a Esmeralda de la mano y jalé a Saúl del brazo para acercar los micrófonos. Escuché una especie de clic metálico a mis espaldas y unos lloriqueos juveniles, no me importaron. Las voces me cautivaron, aun me pregunto si era un efecto de estas o producto de mi afán por descubrir a las sirenas. “Ahí” señaló Esmeralda una fisura entre las rocas. El sonido era más fuerte en ese punto y una extraña luz tenue se escapaba por la abertura. Algo había detrás de ese muro, la prueba definitiva de que existe un mundo desconocido frente a nuestros ojos.

—Por acá, miren —nos llamó Roberto desde uno de los túneles.

Nos acercamos a él. Las débiles luces luchaban contra la penumbra para iluminar el camino al final del pasadizo. Nos internamos en este, ansiosos, curiosos, quizá poseídos por aquellas voces. Al final del túnel había una abertura del tamaño suficiente para asomarnos. Lo que vi me dejó petrificada, contuve el aliento y aferré los dedos a la piedra del muro, con una fuerza que podía romperme los dedos. Estábamos en una especie de balcón construido por la naturaleza; debajo de este se formaba una plaza primitiva iluminada por débiles lámparas aceite. Rocas pulidas retrataban a seres marinos y humanos por igual, todas dispersas alrededor de un lago en el cual se distinguían cabezas de mujeres con largos cabellos, todas en torno a una piedra parecida a una cama, colocada en el centro de cuerpo de agua. Ellas serían unas treinta, no pude contarlas. Esmeralda, apretó mi mano tan fuerte que sentí crujir mis dedos. Apenas en un susurro mandó a los muchachos comenzar a grabar el espectáculo de las sirenas. Y entonces aquellas comenzaron un escándalo, sus voces se volvieron una tormenta de gritos agudos y violentos. Una de ellas salió del agua y se detuvo ante la piedra, mientras que otras dos arrojaron un bulto tembloroso a la piedra. Me quedé fría ante tal imagen.

—Es una persona —murmuró Sky a nuestras espaldas. Saltamos del susto al escucharlo de pronto. Roberto volvió a la cámara y ajustó la lente. Sus manos temblaron sin control y caminó hacia atrás hasta topar con el muro de piedra.

—Es verdad… es un hombre, ¡un hombre! —quiso gritar, pero nuestro guardia logró callarlo a tiempo.

Y mientras nosotros mirábamos desde el balcón de roca, las sirenas se preparaban para el festín. La líder empuñó un cuchillo de piedra y lo dejó caer sobre el fiambre que pusieron frente a ella, una, dos, tres veces. La sangre se escurría hasta el lago, manchándolo poco a poco y provocando una reacción de euforia en las demás sirenas. Posiblemente aquel cuerpo era del pescador perdido. Teníamos que huir, las sirenas estaban inquietas y no sabíamos que pasaría. Intentamos recoger las cosas pero ocurrió lo que más temíamos. Las sirenas comenzaron a cantar mientras se repartían la carne de aquel hombre. Me sentí aturdida y, por la manera en que Esmeralda se tambaleó, ella debía pasar por lo mismo, ¿el canto nos estaba afectando? No vi a Rosa entre nosotros, Saúl quedó paralizado al borde del balcón y, para mi sorpresa, Sky retenía con sus brazos a Roberto, pues intentaba acercarse con desesperación al borde del balcón. Maldito astuto, debió subir a todo volumen la música que escuchaba en sus audífonos. Sentí un frio atroz en todo el cuerpo y recordé a Saúl. Me di la vuelta. Él ya estaba de pie sobre las rocas a punto de saltar. Un grito de Esmeralda resonó en la caverna cuando el muchacho se precipitó al vacío y yo me lancé para evitarlo. Sentí un dolor en el hombro después de arrojarme tras mi compañero y quedé tumbada en el borde de las piedras, con la mitad del cuerpo en el aire, aferrada a un brazo de Saúl. Se sacudía desesperado, arañaba los muros de piedra y lanzaba alaridos incomprensibles; yo sentía cómo se me resbalaba de los dedos pero también que me arrastraba con él. Miré al fondo del abismo. La altura no era peligrosa, pero nos esperaban un grupo de sirenas inquietas; cantaron con más fuerza, algunas arrojaron piedras, otras solo miraban y extendían sus brazos, listas para recibirnos. Entre ellas estaba la cámara que debí golpear al saltar. El vientre me dolía, mis brazos no resistían más y solo miraba como bajábamos. El dolor ardiente cesó de pronto, algo tocó mis pies por un instante; me sentí suspendida en el aire, atrapada en una caída eterna y las miradas de las sirenas se acercaban a mí. Esmeralda gritó mi nombre, su eco resonó en mi cabeza, cada vez más atenuado…

***

Ya no recuerdo cuantos años han pasado desde entonces, es difícil saberlo. Cómo pudiste adivinarlo, ni Saúl ni la cámara sobrevivieron a esa caída. Él fue devorado y el aparato reducido a basura, además, creo que no era a prueba de agua. En cuanto al resto del grupo… no puedo asegurarlo pero debieron sobrevivir, no vi sus cuerpos por ninguna parte. Aunque, para ser sincera, solo me importa la seguridad de Esmeralda. Ese grito suyo aún resuena en mi memoria de vez en cuando y estoy segura que ella intentó salvarme. No puedo evitar entristecerme cada vez que pienso en ella, la extraño como no tienes idea. Me limito a recordar sus caricias, sus abrazos, sus besos… Sin embargo, lo que más de duele es no poder decirle que sigo viva, solo que estoy atrapada en el nido de las sirenas. Sé que no debería, pero tengo la esperanza de que algún día venga por mí… Oye, las sirenas se comen a los hombres pero ¿sabes que les hacen a las mujeres?

—¿Por qué me cuentas todo eso? —preguntas tembloroso, arrinconado en la oscuridad de la cueva. Sí, fue mala idea venir aquí, a mi nuevo hogar. Con delicadeza acaricio tu rostro, sé que mis dedos escamados te causan una sensación extraña. Aunque no lo creas, me gusta cómo se ven, es como traer unos guantes que terminan en los codos.

—Mis compañeras no son muy platicadoras. La líder dice que en algún momento me acostumbraré —es curioso como ante este panorama el humano se pregunta cualquier cosa. Me acerco a ti, arrastrándome fuera del agua. Mis branquias se cierran por completo, ahora respiro por la nariz; es difícil mover mi cola fuera del agua pero me las ingenio para sentarme sobre tus piernas—. Esto es algo que siempre hago, me ayuda a conservar mi humanidad… aunque el instinto es muy fuerte —te digo al oído antes de clavar mis dientes afilados en tu cuello.

[1] Extrañísima contracción de mi invención de las palabras mayas k’áak’náab (mar, océano) y áak’ab (noche) que pretende significar “mar nocturno” o “mar de noche”.

17 Avril 2021 20:48:00 0 Rapport Incorporer Suivre l’histoire
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