Histoire courte
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Uno

Pepe cruzó el primer carril del boulevard bajo las lámparas públicas, con carpeta en la mano derecha y la zurda en la bolsa canguro de la sudadera roja pálido, casi rosa, con el gorro puesto hasta las cejas para calentarse las orejas. Esperó en el camellón cegado por los vehículos, y luego trotó hasta alcanzar el otro lado, dónde tomó su lugar tras una docena de tamitantes frente al registro civil.

—¿Ya mero?—saludó Pepe al último de la fila.

—Ya mero—le respondió un calvo de barbas largas.

—¿Hace mucho que esperas?

—Apenas llegué, los de adelante como una hora.

Pepe se inclinó hacia enfrente para mirar a los primeros, paseando los vasos humeantes dentro de su propio metro cuadrado, todos impacientes por realizar su trámite antes del periodo vacacional.

—Todo al último — continúo el calvo sonriendo de nervios— como siempre.

—Pues yo llevo toda la semana queriendo sacar el acta de nacimiento de mi viejito— respondió Pepe—, para que pueda cobrar la pensión, pero como es de las de antes no la encuentran.

—Nunca encuentran nada.

El cielo mutó de negro a gris, luego el sol sorvió todo el calor para poder encenderse, haciendo tiritar a los presentes replegados a la fachada de cristal. Pasó otra hora hasta que, en punto de las nueve de la mañana, un vigilante les repartió turnos de cartón, para entonces la fila llegaba hasta la esquina de la manzana.

Eran las nueve y cuarto cuando se abrieron las puertas, Pepe advirtió un letrero en estas:

"Horario de atención, nueve a tres, sábado inicia periodo vacacional".

Sonrío aliviado de contar con todo el viernes para resolver su asunto, a la entrada respondió confiado a la chica de información.

—Vengo por un acta de nacimiento, ya tengo el certificado de no defunción y la autorización del delegado.

—Espere un momento, ya no debe tardar la encargada de impresiones.

Pepe tomo asiento, distraído por el vaivén de burócratas de ropas formales y fragancias finas, amontonados en torno al checador de entrada. Ellos, en pantalones de raya planchada justo en medio de la pierna, camisas lisas y sacos a tono, sonrisa delatora de los próximos días de asueto. Ellas, con el rítmico taconeo sobre la madera aparente, de vivos colores por la temporada veraniega, cargando en una mano la bolsa de mano y en la otra, charola desechable de comida rápida.

Para distraerse de aquel bullicio Pepe se dejó hipnotizar por el segundero del reloj, colocado justo sobre el acceso al lugar. Luego de varios giros de tiempo perdió el interés y se lamentó de no haber cargado también con su propio desayuno.

Cerca de las diez llegó una señorita de cabellos lacios, disculpándose con la encargada de dar la información.

—Ya me habían cerrado la escuela y me tuve que aporrear con la directora, imagínate, dónde voy a dejar a mi Kasandra—, se quejó.

Eran solo dos los que esperaban delante de Pepe, el primero hizo fila en vano, ya que la ventanilla que buscaba era distinta. Al segundo le fue negada la atención, debido a que aún no obtenía la autorización del delegado, fueron dos minutos que duró la negativa y diez de discusiones vanas.

Pepe sonrió y le dirigió los buenos días a la funcionaria; no hubo respuesta.

—Necesita pasas al área de archivo, para que le localicen su acta de nacimiento.

—Es que es de las de antes— aclaró Pepe—, no está en el sistema.

—Ya lo sé, deben cotejarla en físico.

Tras de esto siguió una serie de explicaciones, todas inútiles, por lo que Pepe no quiso seguir la discusión, presionado por quienes se encontraban tras de él. Se retiró de la ventanilla y casi tropieza con una empleada distraída, libreta en mano, con evidente sobrepeso que, sin embargo, caminaba como si su vida dependiera de ello.

Siguió las flechas de los pasillos y subió al tercer piso, con los pulmones saliéndose por la garganta preguntó al encargado del archivo.

—Buen día, me pidieron cotejar en físico un acta de nacimiento.

—Debe hacer fila— le respondió sin alzar la cabeza.

Apenas advirtió su descortesía, se disculpó para preguntar quién era el último en llegar, resultando ser chico de veintitantos años vestido de mujer.

Se mantuvo de pie en un rincón, hasta que se desocupó un asiento y se sintió tentado ganarle el lugar al trasvesti, desvío la vista y miró a la misma empleada, subiendo las escaleras con agilidad gatuna, meneando el vestido de flores al ritmo de su andar.

Volvió a mirar el asiento y la chica de manzana de Adán prominente ya ocupaba el lugar, se cruzó de piernas dejando entrever sus muslos sin afeitar, provocando en Pepe una mueca de desagrado.

La fila avanzaba a buen ritmo, hasta que en punto de las diez se detuvo, las ventanillas de atención bajaron las persianas para luego exhalar aromas a comida rápida, café negro y charlas sin sentido, interrumpidas por algunas risas estridentes. Pepe quiso ignorar los aromas, pero sus tripas delataron el ayuno.

Cerca de las once se reanudaron las actividades, pero Pepe tubo que aguardar ocho personas antes de él, la última se quejó de discriminación por su condición de grupo vulnerable y, bajo amenaza de interponer una denuncia, se le concedió más de media hora y tres empleados para resolver suasunto; un cambio de género en sus documentos.

Llegó el turno de Pepe y habló sin rodeos.

—Necesito un acta de nacimiento de mi apá, José Reyes, ya tengo el certificado de no defunción y la...

—Necesitamos cotejarla en físico— le interrumpió el empleado— deje se la buscamos. ¡Fátima!

El burócrata mandó llamar a una practicante, la cual aún portaba el uniforme del colegio, falda a cuadros y blusa ceñida al cuerpo —dile a Jonás que me busque el expediente de José Reyes, es de los viejitos.

A la chica le basto alzar la voz para llamar a Jonás, cerca de donde se encontraban ambos. Cuarenta minutos después este volvió —no está, creo entre la semana también lo pidieron, debe estar en su escritorio—.

El empleado se revolvió en su silla exhibiendo las axilas empapadas por el calor que ya gobernaba el lugar, para entonces Pepe se había retirado la sudadera y se lamentó de no haberse fijado que se puso la playera con las costuras por fuera.

—Aquí la tenía ya, mire— dijo el funcionario mientras se ajustaba los lentes— José Reyes.

Pepe examinó la copia del documento que le alcanzó el empleado, pronto hizo notar el error

—Esta es la mía —aclaró— yo ocupo la de mi papá que también se llama Jose Reyes.

El empleado esforzó una sonrisa y explicó.

—Entonces usted debe solicitar la autorización del delegado, pero ahorita ya no lo encuentra.

—Eso ya lo hice —dijo al momento de mostrar el documento.

—Entonces valla a revalidaciones con eso.

Pepe sintió por primera vez en el día un apice de frustración, pero sabedor de lo tardado de esos trámites se limitó a agradecer y se retiró mientras reacomodaba su carpeta, en eso el casi dejó de serlo y choco de frente con las telas floreadas de la empleada itinerante —disculpe señor— luego continuó su marcha.

Pasaban las doce del día cuando Pepe hacía una nueva fila, está vez, en la ventanilla de revalidaciones, siendo el décimo cuarto lugar, en eso un timbre lo interrumpió; era su padre.

—¿Ya sacaste eso?

—No apá, pero ya casi termino.

—Si no puedes así déjalo ya.

—No apá, es para su pensión.

—Pero tienes toda la semana dando vueltas.

—Esta es la última, antes que se vallan de vacaciones.

—Pos hay como veas.

Quince para la una correspondía el turno de Pepe, pero por un lado de él se le adelantó un sujeto saludando al empleado de revalidaciones.

—¿Cómo está inge?

—Bendito Dios bien, ¿Ya me tiene eso?

—Ahorita se lo tengo.

Para las trece con doce minutos Pepe hacía medias sentadillas en su lugar para mitigar el cansancio de las esperas de pie, fue hasta entonces que el burócrata tubo tiempo para él, justo después de despedirse de aquel sujeto.

—Hasta luego inge, salúdeme a mi tía. Ahora sí señor, a sus órdenes.

—Ocupo un acta de nacimiento de mi papá— repitió el mantra del día—, ya tengo la constancia de no defunción y la autorización del delegado.

—Permítame— dijo al agacharse ante el documento, dejando entrever su peluquín.

El servidor público se tomó todo el tiempo del mundo, sin importante la fila de ciudadanos asfixiados por la falta de ventilación. Para esa hora el sol pegaba de frente a la fachada de cristal y solo quienes se encontraban tras las ventanillas tenían clima, a los demás les bastaba su propio sudor para refrescarse.

—Pero si usted ya tiene todo— dijo al alzar la vista tras los anteojos gruesos—. Pase al cuarto piso, pregunte por Marisela, ella le va a sellar sus papeles y luego baja a planta baja, detrás de información para que le den su acta.

Para llegar al cuarto piso, Pepe alargó los pasos y subió de dos en dos los escalones, hasta llegar a una sala de espera abarrotada de gente. Dónde quiera que agudizara el oído las murmuraciones giraban en torno a la intermitencia de la encargada.

Minutos después apareció la chica de vestido de flores, abriéndose paso entre compermisos y empellones. A lo lejos Pepe logró escuchar "es que si no les cobro antes de salir a vacaciones luego ya no traen dinero". Aún se dió un tiempo de realizar anotaciones en su libreta de mano y luego comenzó a atender a los ciudadanos.

Siendo las catorce con veinte Pepe estubo frente a ella, con los labios secos y la playera húmeda.

—Ya tengo el certificado de no defunción y la autorización del delegado.

Tras una breve revisión, la chica de las flores le concedió el honor, el privilegio de sellarle su solicitud de una copia del acta de nacimiento de su padre.

Pepe exhaló un "gracias" en señal de triunfo y se dirigió a la planta baja, justo donde inició, ahora con los pasos cansados que resonaban fundidos con la verborrra de los presentes, el reflejo de la fachada le quemaba los ojos, creyó haber perdido peso debido a la transpiración y una ducha se antojaba regalo divino, pero aún debía realizar la impresión.

Pepe tomó fila, la última de la jornada, frente a la ventanilla de impresiones. Eran veinticinco minutos antes de las quince, hora fatal, y se supo aliviado de ya encontrarse dentro del lugar para realizar su trámite.

El avance de los ciudadanos era lento y nadie llegó después de Pepe, quien esperaba a ese alguien para encargarle su lugar en la fila y poder orinar.

A las catorce cincuenta Pepe no aguantó y fue al inodoro, se apresuró a pesar de tener a cuatro personas adelante, salió a buscar su lugar aún con las manos escurriendo pero ya no había fila. Las impresiones de agilizaron por casualidad justo antes del fin de la jornada y la ventanilla lucía la persiana baja y vacío detrás.

—Señorita— le suplicó al cristal—, también necesito una impresión.

Permaneció inmóvil, Pepe esperaba una especie de milagrosa respuesta de un objeto inanimado, en cambio, a su alrededor un bullicio acrecentado tenía lugar.

Uno a uno fueron saliendo de sus lugares de trabajo los burócratas, repartiendo sus buenos deseos de vacaciones a sus similares, algunos abrazos y apretones de manos, todo en torno al checador de salida.

En el acceso al lugar los últimos tramitantes salían unos cabizbajos, otros refunfuñando y Pepe, que aún no daba lugar a su infortunio, un poco de ambas. En seguida alzó la vista hasta donde estaba el reloj de pared, el cual anunciaba cinco antes de las quince.

Entonces se supo derrotado y avanzó al acceso sorteando a los empleados, pasó junto a dos de ellos entrados en años que conversaban a voz alzada, al pasar a lado le estalló una carcajada en el oído y apresuró el paso hasta alcanzar el exterior, menos caluroso que dentro.

Se dió media vuelta maldiciendo su suerte y murmuró para sí:

—Ya mero—.






13 Avril 2021 02:47:34 0 Rapport Incorporer Suivre l’histoire
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La fin

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